ANÁLISIS CRÍTICO DE LA TESIS CASSICIACUM. POR LA DRA. MIRA DAVIDOGLOU (1/2)

MYRA DAVIDOGLOU
Dra. Myra Davidoglou, autora del presente trabajo.

Gentileza de Cuba Católica

Nota de Cuba Católica: Traducimos este excelente trabajo de la difunta Myra Davidoglou,  profesora de filosofía, quien fuera cismática oriental, pero finalmente convertida a la fe católica tradicional. Este trabajo fue publicado hace 29 años exactamente, en 1991 en el periódico “La Voie” y desde entonces, no se había traducido al español. Me decidí a traducir estos textos, por la calidad de sus contenido y su profundidad de análisis. Agradezco a varios amigos de Europa, especialmente de Francia y Bérgica, que me ayudaron con la aclaración de algunos términos y expresiones de la Dra. Espero que este análisis sirva para que los católicos que adhieren a la Tesis con buena voluntad, entiendan de una vez que no descanza en hipótesis de razón seria, esto sin quitarle el mérito a su autor, Mons. Guerard des Lauriers, que al final de sus días se retractó de dicha tesis, reconociendo que estaba llena de enormes errores teológicos.

 

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Al final de su vida, poco antes de su muerte, Mons. Guérard des Lauriers escribió esta confesión al Dr. Alfred Denoyelle (en francés) : « Cher Monsieur, J’ai trouvé, en arrivant ici, votre envoi et votre lettre. MERCI. Je conserve donc, au moins provisoirement (vous me direz), l’étude de A. Denoyelle. En ce qui me concerne personnellement, je souscris à toutes ses conclusions. Son étude est excellente ! Maintenant, je crois que ma thèse contient des erreurs théologiques énormes. En fervente union, au service de la Vérité et dans la prière. M. L. G. des Lauriers, O.P. » Fuente : http://users.skynet.be/histcult/0_aveu.htm. TRADUCCIÓN: Estimado señor, cuando llegué aquí encontré su envío y su carta. GRACIAS. Por lo tanto, mantengo, al menos temporalmente (me lo dirás), el estudio de A. Denoyelle. Personalmente, estoy de acuerdo con todas sus conclusiones. Su estudio es excelente! Ahora, Creo que mi tesis contiene enormes errores teológicos. En ferviente unión, al servicio de la Verdad y en la oración. M.L.G.  des Lauriers, O.P.

 

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Primera Parte – La Voie, n° 21

(Primavera de 1991)

1. A pedido de varios de nuestros lectores, examinaremos aquí la llamada tesis de Cassiciacum. A diferencia de lo que este nombre pueda sugerir, no tiene conexión con la enseñanza o la persona de San Agustín, su nombre fue tomado de una revista, Les Cahiers de Cassiciacum (Los cuadernos Cassiciacum), donde fue publicado en 1979.

RESUMEN DE LA TESIS

2. Lo resumimos lo más brevemente posible. Según su autor, Mons. Guérard des Lauriers y sus discípulos, desde el 7 de diciembre de 1965, fecha de la promulgación de la Declaración “Dignitatis humanæ personæ” del Conciliábulo Vaticano II la cual contenía “una proposición herética, cuando debería haber sido una verdad revelada infaliblemente” (1), el ocupante de la Sede Apostólica ha dejado de ser formalmente Papa; ya no disfruta de la ayuda divina prometida por Cristo a su Iglesia; por lo tanto, está privado de la autoridad papal (2) y, por lo tanto, el derecho a gobernar y enseñar a la Iglesia; sus actos de magisterio y gobierno son inválidos. (3) Sin embargo, sigue siendo Papa materialmente y, en este sentido, es “nuestro Pontífice” (4), ocupando por derecho la Sede Apostólica (5) que como resultado no puede recibir a otro ocupante. (4)
Por papa material se entiende un papa potencial, alguien que puede ser papa pero quien no lo es actualmente. Por papa formal se entiende un papa en el sentido completo de esta palabra, un hombre que es actualmente papa, porque recibió de Dios lo que hace que un papa sea papa, es decir, la forma del pontificado supremo, que consiste en el pleno poder de la jurisdicción universal (cf. canon 219).

3. Todos los papas que la Iglesia Católica ha conocido desde su fundación son papas formales. La idea de que un papa potencial tenga derecho al título de Romano Pontífice y a la Sede Apostólica es una novedad, en el sentido de que nada, absolutamente nada autoriza a deducir de la Sagrada Escritura o la Tradición Apostólica, las dos únicas fuentes de la Revelación Divina, o incluso en la historia de la Iglesia, la posibilidad de la existencia de tal papa. En este sentido, estamos tratando con una doctrina puramente humana, y ahora nos limitaremos a corroborar su racionalidad.

LAS DOS PROPUESTAS DE LA TESIS

4. Hemos visto que, en su conjunto, la tesis se reduce a dos proposiciones: la primera a saber, que Pablo VI, después de haber sido privado de la jurisdicción suprema por Jesucristo, dejó de ser formalmente Papa, esta primera proposición es a los ojos del autor un realidad (6), un hecho establecido con la misma certeza del orden de la fe. (7)
La segunda proposición de la tesis, sostiene que Pablo VI no dejó de ser materialmente papa; pero el autor nos dice que se basa solo en la apariencia. (6)

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Mons. Guerard des Lauriers OP, inventor de la absurda y herética tesis, de la cual se retracto definitivamente un año antes de su muerte, recociendo que contenía muchos errores filosóficos y teológicos.

LA SEGUNDA PROPUESTA: UN HECHO DUDOSO

5. Esta segunda proposición obviamente no se infiere de la primera. A priori, el que pierde la forma del pontificado, es decir, el poder de gobernar y enseñar a la Iglesia universal, por lo tanto pierde el pontificado, que no puede existir sin su forma en el sujeto, en otras palabras, en el elegido del cónclave. Nuevamente, es la forma, en el sentido filosófico del término, lo que hace que una cosa sea lo que es. Sin forma una cosa no es; en algunos casos solo podría llegar a ser, lo cual es diferente.
Tomemos dos ejemplos: un bloque de mármol podría llegar a ser una estatua, pero no lo es, mientras el escultor no le haya dado la forma. Del mismo modo, un diácono podría llegar a ser un sacerdote, pero no lo será antes de su ordenación, ya que el sacramento del orden es la forma del sacerdocio.
6. ¿Se dirá que quien perdió el papado aún no lo ha perdido? Para tratar de demostrar la posibilidad de este círculo cuadrado, al menos se debería partir de cierto principio o hecho indiscutible, no de una “apariencia” que, como tal, no puede constituir el fundamento racional de una demostración. Y sin embargo, es en la “apariencia” (6), como él dice, que el autor confiará en tratar de establecer, no sólo la ocupación de facto (lo cual es obvia), sino también la ocupación de derecho, (5) de la Sede de Pedro por hombres como Montini o Wojtyla, que él mismo nos recuerda que son herejes, y por lo tanto, “en derecho, están fuera de la Iglesia, por excomulgados y anatematizados” (8) por el Concilio Vaticano (1870).
7. El autor ni siquiera niega la posibilidad de la invalidez de la elección, en 1963, del cardenal Montini y, en consecuencia, la posibilidad de la vacante de la Sede Apostólica. Admite fácilmente que “los argumentos desarrollados (para probar la herejía del cardenal Montini) son ciertamente impresionantes, especialmente por su convergencia” (9) y observa después de examinar el texto de una conferencia dada por Pablo VI (10) antes de su ascenso al pontificado: “El pensamiento del cardenal Montini está radicalmente viciado por el racionalismo ateo”. (11) Y para concluir: “La segunda parte del texto citado constituye una impresionante profesión de fe en la doctrina teilhardiana, que inevitablemente conduce a la adoración del hombre y no a la religión revelada (…) ¿Tenía el cardenal Montini fe cuando fue elegido papa? ¿Fue válida la elección? Nos limitamos a recordar que la pregunta permanece abierta”. (11)
La doctrina teilhardiana es una de las múltiples variantes del panteísmo que se reduce, en un sentido, al ateísmo, en otro sentido, a la idolatría. Lo menos que debemos admitir, si no queremos contradecimos demasiado visiblemente, es que la ocupación de la Sede Apostólica por Pablo VI no parece ajustarse a la ley, y que una duda pesa sobre la legitimidad de esta ocupación. Ahora bien, la duda es un estado de equilibrio entre la afirmación y la negación debido al hecho de que los motivos para afirmar equilibran los motivos para negar. De ello se deduce que el argumento principal en el que nos basamos en un intento de establecer el derecho del pontífice conciliar al trono de Pedro, la supuesta “apariencia” (6) se destruye a sí mismo.

UNA HIPÓTESIS SIN COMPROBAR

8. Independientemente de este último punto que examinaremos más adelante, la llamada tesis de Cassiciacum sería más bien una hipótesis y una hipótesis ilegítima, ya que asume la validez de la elección del ocupante de la Sede, y por lo tanto, la existencia de un papa material, supuestos que no se demuestran con argumentos de razón o autoridad, ni se verifican en sí mismos o en sus consecuencias. Esto es, además, lo que sus defensores admiten implícitamente, cuando después de haber discutido detenidamente concluyen con esta fórmula evasiva “por lo tanto, no es imposible que un sujeto sea papa «materialmente» sin serlo «formalmente»”. (12) Y es correcto, pero tampoco es imposible que un sujeto no sea papa ni formal ni materialmente, o que esté incluso fuera de la Iglesia, o casado o bantú, ¿qué sé yo? Hay un sinfín de cosas que no son imposibles, y que por lo tanto son posibles. Con tales argumentos probamos todo y lo contrario de todo. Los defensores de la hipótesis, sin embargo, deducen paradójicamente que, mientras no hayamos demostrado más en contra de ella, “debemos” dar por sentado lo que, por su propia admisión, solo es posible, a saber: que el jefe notoriamente herético de la iglesia conciliar es materialmente papa. (13) “Tenemos que hacerlo”, dicen. Las oleadas de autoritarismo no son razones.

LA FUENTE DE LA HIPÓTESIS: UNA COMPARACIÓN DE SAN ROBERTO BELARMINO

9. La idea de suponer un papa potencial para legitimar la ocupación de la Sede de Pedro por un enemigo de la fe proviene de una comparación del cardenal San Roberto Belarmino, una comparación de la que hablaremos más adelante porque antes debemos recordar que este doctor de la Iglesia había rechazado expresamente cualquier supuesto escenario de un papa herético. “Está demostrado por argumentos de autoridad y razón que un hereje manifiesto queda depuesto ipso facto”, escribe en su libro “De Romano Pontífice”. (14) Por “depuesto ipso facto” se entiende que el papa hereje se encuentra depuesto por la comisión misma del crimen de herejía, sin que se requiera un juicio o una declaración de la Iglesia. “Un hereje manifiesto no puede ser Papa”, dice San Belarmino nuevamente. “Un Papa manifiestamente herético deja de ser el Papa y la cabeza (de la Iglesia), de la misma manera que deja de ser cristiano y miembro de la Iglesia”. (14) De hecho, para San Roberto Belarmino, como para todos los Padres de la Iglesia, aquellos que no confiesan la fe cristiana no pueden ser miembros de la Iglesia.
10. Sobre estos puntos, los defensores de la tesis se apartan de la doctrina de la Iglesia. Argumentan que quien enseña habitualmente la herejía (15) y, por lo tanto, no confiesa la fe católica, no se le puede decir hereje, ya que es humanamente imposible demostrar que tiene la intención de enseñar herejía, en otras palabras, hacer lo que hace. (16) En su opinión, solo el papa y los obispos, que están divinamente inspirados, conocen los pensamientos secretos de los hombres; y solo ellos, por lo tanto, tienen el poder de atribuirle a alguien una calificación personal y juzgarlo. (16) Desde esta perspectiva, no se puede decir que un hombre que generalmente miente es un mentiroso, ni que un hombre que tiene la costumbre de robar, sea un ladrón, ni que el individuo que cometa asesinato tras asesinato, sea un asesino. En cualquier caso, sería imposible para un tribunal humano probarlo, ya que solo el papa y los obispos tienen el poder de establecer la culpa de alguien. Esto complicaría extrañamente la vida judicial e incluso la vida, si fuera cierto. Volveremos más tarde a esta ficción que sustenta la tesis de Cassiciacum y según la cual los miembros de la jerarquía se asimilan a los dioses. Por el momento será suficiente notar que el Papa y los obispos no tienen el poder de adivinación que se les atribuye; porque “los mismos ángeles ignoran los pensamientos secretos de los corazones, objetos conocidos solo por Dios”, (17) como nos recuerda Santo Tomás de Aquino. Esto también lo confirma el Papa León XIII en su encíclica “Apostolicæ curæ”: “De la mente o intención, puesto que de suyo es algo interior, no juzga la Iglesia; pero debe juzgar de ella, en cuanto que se manifiesta en lo exterior”. (18)

LA MATERIA Y LA FORMA DEL PONTIFICADO SOBERANO, SEGÚN SAN ROBERTO BELARMINO

11. Volvamos a la comparación que el autor tomó prestada de San Belarmino. “Los cardenales escribieron esto, cuando crear un pontífice, ejercen su autoridad no sobre el pontífice, ya que aún no está, sino sobre la materia, es decir, sobre la persona que disponen de alguna manera por elección, para que reciba de Dios el forma del pontificado”. (19) El santo doctor aquí compara al hombre a quien se elige en un cónclave con un material capaz de recibir la forma que el artista divino quiere imponerle. Esta forma, la autoridad pontificia, es el elemento determinante que constituye al Papa como tal; y la materia, representado por el “papabile”, es el elemento determinable, por lo tanto, debe poder someterse a la acción del Agente. De hecho, toda materia no es apta de recibir cualquier forma (20); y así a un material líquido, por ejemplo, un escultor no puede darle con el cincel la forma de una estatua; como tampoco puede un jefe de estado derivar la forma de gobierno de una jauría de perros; la forma necesita una materia apropiada. (21) “Si un material no puede recibir la forma impuesta por el artesano, escribió San Agustín, no podríamos darle el nombre de materia”. (22)
12. De ello se deduce que para ser capaz de ser Papa, un sujeto debe ser sobre todo “formable”, por lo tanto, en este caso, “papable” y, por lo tanto, cumplir con las tres condiciones de elegibilidad del pontífice romano, que están bajo la ley divina: 1) pertenecer a la Iglesia; 2) tener el uso de la razón: 3) poder recibir órdenes sagradas. Por la primera condición se eliminan los infieles, apóstatas, herejes y cismáticos; por la segunda, los niños y dementes, por la tercera, las mujeres. La elección de una persona que pertenezca a cualquiera de estas categorías será nula por derecho divino. (23)

LA ELEGIBILIDAD DE LOS PONTÍFICES CONCILIARES

13. Siendo así, para saber si Pablo VI fue materialmente papa, en otras palabras, si era un material adecuado para someternos a la acción del Agente divino, debemos comenzar preguntando si Juan Bautista Montini era elegible. (24) Consideramos el caso de Montini porque es el que examinó el autor del sistema Cassiciacum, valiendo los mismos argumentos y las mismas conclusiones, “mutatis mutandis”, para Karol Wojtyla. Hemos visto que para el autor no se puede excluir la hipótesis de una caída de Pablo VI en la herejía antes de su elección; en este caso no hubiera sido elegible. (24) “Si fuera así”, escribe, “sostenemos que el cardenal Montini nunca fue papa”. (25)
Para algunos de sus discípulos, sin embargo, la duda es casi imposible; tanto Montini como Wojtyla realizaron todo lo necesario y suficiente para recibir la autoridad papal de Dios; (26) eran, sin duda, la “materia” apropiada. Este certificado implícito de ortodoxia emitido a dos notorios modernistas parece aún más sorprendente ya que los discípulos en cuestión no pueden haber ignorado “la inquietante profesión de fe” del cardenal Montini “en la doctrina teilhardiana”, según la expresión de su maestro del pensamiento, doctrina publicada en los “Cuadernos Cassiciacum”, en los que colaboraron o leyeron, (11) ni la adhesión pública del cardenal Wojtyla a las doctrinas heréticas promulgadas por el Concilio Vaticano II mucho antes de su “adhesión” al Pontificado Supremo. (27) Pero, cualquiera que sea la divergencia inicial de puntos de vista entre el maestro y los discípulos, todos están de acuerdo al final en mantener que el ocupante de la Sede Apostólica es y sigue siendo potencialmente Papa, (28) y por lo tanto, al menos desde su perspectiva, Papa de Derecho (de Iure). (5)

MONTINI NUNCA HA RECIBIDO LA FORMA DEL PONTIFICADO

14. En cuanto a la pregunta de si este ocupante nunca recibido de Dios la forma del pontificado o si lo perdió después de haberlo recibido, la tesis no deja respuesta. (29) El funcionario electo del cónclave, dicen simplemente, obstaculizó la recepción de la forma, al negarse en su corazón, en un momento que no especifican, a realizar el bien de la Iglesia. (30)Obviamente podemos imaginar todo. Esta falta de intención se deduciría de los hechos observados, es decir, herejías enseñadas por el ocupante después de su elección. (31)
Sin embargo, habría sido fácil responder esta pregunta. El autor admite, como hemos visto, que Pablo VI, al promulgar el 7 de diciembre de 1965 una declaración herética que debería haber sido una verdad divinamente revelada (1), no disfrutó de la asistencia divina prometida por Jesucristo a su Iglesia (Mat 28, 20) y a Pedro (Lc 22, 32) Ahora bien, si él no fue investido con la fuerza de no poder fracasar en el ejercicio de su oficio de doctor de todos los cristianos, es porque nunca antes lo había sido; de lo contrario, no podría haber fallado, como lo hizo, en este ejercicio. Suponer lo contrario es absurdo. Se deduce que Pablo VI murió sin haber recibido nunca la forma del pontificado. Queda por ver si pudo haberlo recibido o si su sucesor, Juan Pablo II, puede recibirlo, en otras palabras, si un ocupante públicamente herético de la Sede de Pedro es un papa potencial, como afirman los defensores de la hipótesis.

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 Ricossa, famoso defensor de la absurda, blasfema y herética tesis en Italia.

EL OCUPANTE ES CAPAZ DE FORMA, SI…

15. Hemos visto que para el autor no hay duda, a pesar de la elección reconocida por él como posiblemente inválida del cardenal Montini (11) (25) un hecho que no tiene en cuenta en su razonamiento, y que por lo tanto, está radicalmente distorsionado. Se limita a recordar, que este “Papa, por su comportamiento habitual y notorio, obstruye la comunicación de los poderes de Jesucristo, quien lo constituiría papa “formaliter” (formalmente), tal papa sigue siendo papa “materialiter” (materialmente)… Él es un sujeto inmediatamente capaz de convertirse o volver a ser un Papa formaliter si abandona sus errores”. (32)
16. Este texto presenta dos dificultades, la primera de las cuales ya la hemos resuelto: el ocupante no puede “volver a ser” lo que nunca fue, la suposición de un fallo del magisterio infalible es contradictoria (supra § 14).
La segunda dificultad proviene del hecho de que el autor considera al ocupante como “un sujeto inmediatamente capaz de convertirse formalmente en Papa, si abandona sus errores”. (32) Cómo: “¿él es capaz, si…?” Pero en la situación actual, las preguntas correctas serían: ¿es este ocupante de la sede capaz de la forma del pontificado o no lo es? ¿Puede él recibirla o no? Porque si no puede, si no es capaz “hic et nunc”, él no es la materia apropiada, en el sentido filosófico de esta expresión; por lo tanto, no es materialmente papa. Nuevamente, la materia, como tal, tiene la capacidad de recibir la forma, y si un sujeto no puede recibir tal perfección, tal forma sobreañadida (dado que es de una forma accidental, por supuesto), no se le puede dar por analogía el nombre de materia. (supra § 11).

UNA EXPLICACIÓN INTENTADA: LA DISPOSICIÓN FALTANTE

17. ¿Se dirá que la aptitud de una materia para recibir la forma se desarrolla por las disposiciones que preparan la materia para el acto, es decir, para esta recepción? (33) ¿y que, en el presente caso, el ocupante de la Sede aún no tiene todas las disposiciones necesarias para esta actuación? Esto es lo que sostienen los defensores de la tesis. (34)
Dicen que dado que, el funcionario electo del cónclave suele enseñar herejía, se infiere que no tiene intención de lograr el bien de la Iglesia; sin embargo, esta intención es la condición para recibir de Cristo la forma del pontificado (35) que supone el carisma de la indefectibilidad; por lo tanto, mientras esperamos que el ocupante de la Sede cambie las disposiciones íntimas y declare herético al Concilio Vaticano II, debemos sostener que sigue siendo materialmente Papa (34), ya que la ausencia de buenas intenciones hacia la Iglesia, no es obstáculo para la validez de una elección papal. (35)
Para el autor también hay un analogía entre la falta de intención del ocupante de lograr el bien de la Iglesia y la negativa del pecador a recibir la gracia de la justificación; (36) para la que se requiere la cooperación del sujeto, por un movimiento de su voluntad.

1. LA HETERODOXIA DEL SUJETO. REFUTACIÓN

18. Esta opinión no puede defenderse por dos razones, de las cuales la primera es esta. De que el ocupante enseñe herejías, no deducimos inmediatamente su falta de intención de lograr el bien de la Iglesia, ya que entre estas dos propuestas hay juicios intermedios que el autor ha omitido y que es importante considerar, si no se quiere dejar el punto en discusión en la oscuridad. Aquí reconstruimos el razonamiento del autor.
El ocupante enseña herejía. Ahora, la herejía es un acto humano, es decir voluntario. (37) Entonces, el ocupante quiere enseñar herejía; el tiene la intención de hacerlo. Ahora la herejía daña a la Iglesia. Entonces el ocupante tiene la intención de dañar a la Iglesia. Por lo tanto, se deduce, por supuesto, que no tiene la intención de no dañarlo, y, por lo tanto, de lograr el bien de la Iglesia.
De hecho, por el hecho de que un hombre realiza un acto, se infiere directamente que quiere realizar este acto, y no que no quiere realizar el acto contrario. La falta de voluntad (o intención) para realizar un acto solo podría inferirse directamente de la no ejecución de este acto. Así, una madre que no cuida a sus hijos nos permite concluir inmediatamente que ella no tiene intención de lograr el bien de ellos. Sería de otra manera si ella los torturara; entonces deduciríamos directamente su intención de dañarlos.
El mismo razonamiento se aplica al caso de los “pontífices” conciliares. Un Juan Pablo II no solo falla, como en el pasado el Papa Honorio, en defender la fe ortodoxa contra los herejes; sino que el mismo Juan Pablo II arruina la fe al enseñar sistemática, pública y obstinadamente la herejía y al obligar a los católicos a enseñarla. Estos son hechos notorios de los cuales deducimos inmediatamente su voluntad deliberada para hacer que la fe cristiana desaparezca por completo, si eso fuera posible.
La proposición elíptica del autor, que oscurece la complicación innecesaria que introduce en su razonamiento, parece haber sido dictada por la preocupación de ocultar, en la medida de lo posible, la herejía del ocupante para defender mejor su supuesto derecho a la Sede Apostólica. En cualquier caso, la conclusión “el ocupante no tiene la intención de lograr el bien de la Iglesia” supone que la proposición anterior en la que se basa es cierta, a saber: “el ocupante pretende enseñar herejía”, por lo tanto, actuar mal, ya que es esta proposición, y solo ella, la que permite al autor decidir sobre la intención del ocupante con respecto a la bien de la Iglesia
19. De allí se deduce que la famosa disposición de la cual el elegido del cónclave todavía carecería para poder recibir de Jesucristo la forma del papado, no es otra cosa que la ortodoxia. Ahora, la abdicación de la fe divina por un sujeto, no da testimonio de una incapacidad accidental y, por lo tanto, remediable, para ocupar la silla de Pedro; de ninguna manera es una cuestión, como tratan de hacernos creer, de un detalle comparable a la falta de disposición y preparación de la materia para la recepción de la forma; es por el contrario, una incapacidad radical del sujeto que, por lo tanto, repele el nombre de materia. Un hereje de ninguna manera puede acceder al pontificado soberano, como dijimos anteriormente (supra § 12) (23), y no le corresponde al Arzobispo Guérard des Lauriers ni a sus discípulos modificar las condiciones de elegibilidad del sucesor de San Pedro, porque son de derecho divino. Además, si queremos considerar la ortodoxia como una disposición simple para ser adquirida por el sujeto después de su elección, debemos, por razones de coherencia, considerar elegibles a los niños que, en esta perspectiva, siempre podrán crecer y recibir posteriormente la forma del pontificado, y los no bautizados, con el pretexto de que no es imposible que algún día la autoridad pontificia de arriba los convierta en papas formales, si por casualidad se convierten.

2. LAS LEYES DE LA IGLESIA. LA CONSTITUCIÓN “VACANTIS APOSTOLICÆ SEDIS”. REFUTACIÓN

20. La segunda razón para rechazar esa opinión es que contradice las leyes de la Iglesia, en particular la Constitución de Pío XII sobre la vacante de la Sede Apostólica y la elección del Romano Pontífice, “Vacantis apostolicæ Sedis”, (38) bajo los términos de los cuales no hay para el representante electo de un cónclave ninguna disposición adicional para adquirir y disfrutar de la plenitud de la jurisdicción universal. Habiendo dado el “consentimiento (el funcionario electo a la elección) (…), el funcionario electo es inmediatamente (illico) papa verdadero, y él adquiere por ese mismo hecho y puede ejercer la jurisdicción plena y absoluta sobre todo el universo” (Cap. VII, 101).

LA ENSEÑANZA DE SAN ROBERTO BELARMINO

21. Esto es, además, lo que ya apareció muy claramente del texto, que citamos de San Belarmino (supra § 11) quien explica que “los cardenales, cuando elijen un pontífice, ejercen su autoridad no sobre el pontífice, ya que él todavía no está, sino sobre la materia, es decir sobre la persona a quien disponen de alguna manera mediante la elección, para que pueda recibir de Dios la forma del pontificado”. (19) Por lo tanto, se considera que esta persona es la materia apropiado antes de la eleccion, cuando todavía se describe coloquialmente como “papable”, es decir, capaz de recibir la forma del Papado. Decimos mucho antes de la elección y no después, porque es precisamente por elección, según San Roberto Bellarmino, que los cardenales le confieren al que ya es materialmente Papa (de lo contrario esta expresión no tendría sentido), la disposición que lo prepara para la recepción de la forma del papado, una vez que se haya dado su consentimiento para esta elección.

EL CANON 219

22. La prescripción antes mencionada de Pío XII (supra § 20) (38) se encuentra en estos términos en el Código de Derecho Canónico de San Pío X: “El Romano Pontífice, legítimamente elegido, obtiene por derecho divino, inmediatamente después de la aceptación de la elección, el pleno poder de la jurisdicción suprema” (can. 219). Lo obtiene de inmediato, en latín “statim”; Pío XII dice “illico”. Entre la aceptación de los elegidos y el pleno poder dado por Dios, por lo tanto, no existe el menor lugar para un pontificado material como “posibles determinaciones posteriores”. (34) Según el sueño de los proponentes de la hipótesis, se prepararía para el acto. Montini, como Wojtyla más tarde, aceptó la elección que, para usar la comparación de San Belarmino, lo había dispuesto para que recibiera de inmediato (statim) la forma del papado. Sin embargo, y esto es obvio, no se le proporcionó la infalibilidad prometida por el Salvador a San Pedro (Lucas 22, 32), ni, en consecuencia, el poder para gobernar a la Iglesia.
Por lo tanto, solo queda una explicación posible, según el Canon 219 anterior, y es que Montini no fue “legítimamente elegido”, al menos por esta razón, la de que incluso antes de entrar al cónclave, él no era papable, en el sentido propio de este término; por tanto, no era, y nunca fue un papa potencial o material: su elección fue inválida. Los hechos también corroboran este razonamiento, ya que es de conocimiento común que Montini, como Wojtyla su sucesor, había caído en la herejía mucho antes de su elección. (39)
23. Para eludir las prescripciones del Canon 219 y la Constitución “Vacantis apostolicæ Sedis” (38), los partidarios del sistema dicen que Montini no aceptó sinceramente la elección; que no tenía buenas intenciones hacia la Iglesia (35) (36) y que en su corazón él había rechazado los poderes de Jesucristo (30); en resumen, ellos dicen cualquier cosa. A este tipo de objeciones obviamente sería fácil responder que si Montini estaba en contra de Cristo, significa que no le pertenecía; que por lo tanto estaba fuera de la Iglesia; que por lo tanto no era elegible y que su elección es nula. Pero ya hemos dicho lo suficiente sobre el tema. Las leyes de la iglesia son lo que son; el resto es literatura.

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Donald J. Sanborn, uno de los partidario de la absurda, blasfema y herética tesis en USA

3. LA ANALOGÍA ENTRE EL ACTO DE JUSTIFICACIÓN Y LA RECEPCIÓN DEL CARISMA DE LA INFALIBILIDAD. REFUTACIÓN

24. Finalmente, hay que decir una palabra sobre la analogía que el autor dice ver entre la recepción de la infalibilidad para el electo de un cónclave y el don de la gracia justificante a los justificados, porque en ambos casos se debe estar preparado y dispuesto a estas gracias por un acto de la voluntad (supra § 17, p. 11).
No existe una analogía en la relación prevista, pero para comprenderla primero debe saber lo siguiente. La gracia justificante o santificante, que “nos hace agradables a los ojos de Dios” (Éfeso. 1, 6), se le da al hombre para su propia justificación; los teólogos la llaman “gratia gratum faciens”. El carisma es una gracia dada gratuitamente (“gatia gratis dada”) a un hombre por su cooperación en la justificación de otros, según esta palabra del Apóstol: “A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para la utilidad de su hermanos” (I Cor 12, 7). (40) Esta gracia, al estás más allá de las posibilidades de la naturaleza, no se debe al hombre de ninguna manera. (40) Los dones de profecía, sabiduría, ciencia, lenguas, interpretación de lenguas, que sirven para enseñar a otros las verdades de la fe, son ejemplos de la manifestación del Espíritu en la Iglesia. (cf. I Cor 12, 8-9). Dichos dones no necesariamente implican gracia santificante, (41) aunque Dios con mayor frecuencia los otorga a aquellos que están en estado de gracia, particularmente a sus santos.
25. Además, hay una diferencia entre la gracia justificante y el carisma, que una es una gracia cooperativa, y la otra una gracia operativa. La primera es cooperativa porque Dios, que comenzó a dirigir la voluntad del hombre hacia él, coopera con esta voluntad, cuyo libre consentimiento en la acción divina es por lo tanto requerido para su justificación. (42) El que te creó sin ti, dice San Agustín, no te justificará sin ti. (43) La segundo gracia, el carisma, es una gracia operativa, porque Dios, al favorecer a alguien con sus dones sobrenaturales, opera sin su ayuda, y esto es comprensible. El don de la sabiduría, que es el conocimiento de las cosas divinas, como los misterios, o el de la ciencia, que es el conocimiento de las cosas humanas, como las realidades creadas que sirven para demostrar la existencia y la perfección de Dios, estos dos dones, por ejemplo, están dirigidos principalmente a la inteligencia, no a la voluntad, y sin embargo no requieren su consentimiento. La mejor prueba de esto es que las verdades previamente ignoradas por nosotros a menudo se imponen a nuestro conocimiento sin que nuestra voluntad participe en él. (44) El carisma es, por lo tanto, a diferencia de la gracia santificante que es una cualidad divina inherente al alma, y contrario a lo que afirma el autor de la tesis, (45) una gracia actual, no habitual, no transformadora, en resumen, considerada en el pleno sentido de la palabra; no implica en la persona que lo favorezca una deliberación previa, ninguna intención particular, ni disposición habitual del alma, porque se otorga sin ningún mérito personal. (41)
Esto es lo que el autor de la hipótesis parece haber ignorado al inventar una analogía que no se basa en nada. Una vez más, si existe la necesidad de una disposición sujeta a la gracia santificante o habitual que une el alma con Dios haciéndola participar en su naturaleza (II Pe 1, 4; 1 Jn 3, 1-2) (46), por otro lado, no es necesario recibir de Dios el carisma de la indefectibilidad o cualquier otro carisma que no produzca esta unión. (47)
26. A este respecto, no carece de interés citar un texto de R. P Héris OP, en su comentario sobre la doctrina de Santo Tomás de Aquino sobre la gracia: “Ciertos estados o funciones en la Iglesia, escribió, podrían postular la intervención carismática del Espíritu Santo, al menos en ciertas ocasiones; así es, por ejemplo, el carisma de la infalibilidad papal. Pero esta intervención no ocurrirá debido a las disposiciones íntimas del sujeto que es favorecido por este o aquel carisma, sino para satisfacer las necesidades de la Iglesia, y la promesa de asistencia que Cristo le hizo (…). Los carismas (no están al servicio de las almas que los poseen) sino al servicio del Cuerpo Místico de la Iglesia, y son las necesidades o la utilidad de la Iglesia las que explican el don que se hace de estas gracias libres actuales a un individual, no el estado del alma del que está satisfecho”. (47)
Conclusión: la famosa disposición del alma requerida para que el ocupante de la primera Sede obtenga la forma del pontificado es una ficción teológica destinada a darle a su ocupación de facto una apariencia de ley sin la cual el absurdo de la hipótesis de Cassiciacum sería demasiado obvio.

LA VALIDEZ DE LOS CONCLAVES DE 1963 Y 1978

27. En estas circunstancias, no tiene sentido refugiarse detrás de la supuesta validez de los cónclaves de 1963 y 1978. Para el autor “no es imposible que fueran válidos”. (48)De lo que se deduce que no es imposible que hayan sido inváldos. Ya hemos notado la inanidad del “principio” en el que se basa todo el sistema Cassiciacum. (Supra § 6, § 7). Para los discípulos, por otro lado, parece no haber dudas en cuanto a la validez de los cónclaves que, dicen, confieren a sus funcionarios electos una “determinación” relativa al “orden legal de la Iglesia”, (49) una determinación que solo puede “aniquilar otra determinación del mismo orden legal, opuesta a la primera” y que proceda de la misma autoridad. (49) Hasta entonces la teoría de la permanencia del papa material (50), elegido por un cónclave válido (35) “es necesaria, no solo de hecho (…) sino legal y absolutamente”. (50) – Sic volo, sic iubeo, pro ratione voluntas mea” . Las suposiciones gratuitas, hechas en un tono comminatorio, son las características de las doctrinas voluntaristas, de las cuales la de Cassiciacum es un ejemplo perfecto.
28. Una determinación del orden legal de la Iglesia “debe ser aniquilada”, se nos dice. (49) Muy bien, pero uno solo puede aniquilar lo que existe o existe, al menos en cierto sentido o de cierta manera. Uno no puede aniquilar lo que no es. Ahora, en este caso, la pregunta es precisamente si el cónclave del cual el ocupante herético salió como “papa” realmente le confirió tal determinación legal, en otras palabras, si la elección de dicho cónclave fue válida. La respuesta es esencialmente que en razón de “la determinación de un orden legal inaugurado en el sujeto por el hecho de haber sido elegido y de haber aceptado su elección”.(51) Pero esta es una petición en principio, un razonamiento vicioso que supone como verdad lo que está en cuestión. Esto solo nos obliga a rechazar como irracional toda la tesis de Cassiciacum. Volveremos a este tema (infra § 40).
También examinaremos esta tesis, pero luego, en su aspecto canónico, para no dejar dudas sobre el acuerdo perfecto entre las leyes de la Iglesia (48) y la razón correcta. Por el momento, como hemos dicho, es en este último aspecto que lo estamos considerando, sin olvidar, sin embargo, que lo que es repugnante a la razón no puede estar de acuerdo con la Fe porque ambos provienen de Dios que no puede contradecirse ni engañarnos.

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P. Nicolas Desposito, defensor de la novedosa absurda y herética tesis, que abandona a Santo Tomás de Aquino.

LOS ELEGIDOS EN EL CONCLAVE NO FUERON DESIGNADOS POR DIOS, COMO DEBEN SER

29. Los defensores de la hipótesis atribuyen la elección del Romano Pontífice a la Iglesia, (48) lo cual es cierto en el sentido de que la Iglesia de Roma y, en consecuencia, los cardenales reunidos en cónclave pueden considerarse como una recapitulación de la Iglesia universal. La Iglesia es el cuerpo de Cristo (Efesios 1, 23; Col 1, 24) Ahora bien, Jesucristo rechazó a los elegidos de los cónclaves de 1963 y 1978 (2)(29); Él les negó los poderes para enseñar y gobernar Su Iglesia, con lo que los defensores de la tesis concuerdan fácilmente. (29) Por lo tanto, Jesús no rezó a Su Padre para que la fe de Montini o Wojtyla no fallara (cf. Lc 22, 32); No los instituyó pastores de su rebaño (cf. Jn 21, 15-17); en resumen, se negó y se niega a reconocer en ellos a los sucesores de aquel a quien dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18)
¿Por qué? ¿Se apartó repentinamente el Señor de su Iglesia a la que había adquirido al precio de propia sangre? Es absolutamente imposible. ¿O habría omitido ayudarla durante estos cónclaves? No es menos absurdo ni menos insultante a Dios porque si los hombres pueden ser infieles, Cristo es fiel; no puede negarse a sí mismo. Ahora bien, Él prometió a los Apóstoles y a sus sucesores estar con ellos todos los días hasta la consumación del siglo (Mt 28, 20), es decir, hasta el fin del mundo. Y en otro lugar: “Donde dos o tres están reunidos en Mi Nombre, yo estoy en medio de ellos”. (Mt 18, 20) Por lo tanto, Cristo no pudo abandonar a los cardenales reunidos para la elección de su representante en la tierra. Fueron estos cardenales quienes abandonaron a Cristo eligiendo hombres que lo odiaron, como reconoce el propio autor cuando los declara privados, por voluntad de Dios, del derecho a gobernar la Iglesia porque son contra Cristo. (29)
30. En estas condiciones, ¿cómo puede el mismo autor sostener que estos hombres ocuparon la Sede Apostólica no solo de hecho, sino también de derecho? (28) ¿Qué hombre podría tener el derecho de ocupar el púlpito y el trono de Pedro, cuando Dios le negó el derecho de enseñar y gobernar su Iglesia? (29) Porque el púlpito supone el derecho a enseñar y el trono el derecho a reinar. Además, ¿quién tiene derecho a oponerse a la voluntad de Dios? Otra pregunta: ¿quién, a menos que sea un enemigo de Dios, se atreverá a reclamar conferir tal derecho? Además, tal derecho es irreal; es una quimera, como el pseudo derecho a la libertad de conciencia y de religiones; y es inútil tratar de hacer que la Iglesia asuma la responsabilidad de cotejar este poder mentiroso con los peores enemigos de su Dios y Salvador, Jesucristo. La Iglesia no está en rebelión contra su Cabeza, no ha hecho su Revolución de Octubre, al contrario de lo que se imagina, en su ceguera, el Padre Congar. La Iglesia y Cristo son uno; este es un gran misterio (Ef 5, 31-32; 1, 23; Col 1, 24)

LOS PONTÍFICES HEREJES SON ELEGIDOS POR LOS HOMBRES

31. Por lo tanto, no podemos esquivar esta alternativa: los últimos pontífices fueron elegidos por Dios o por los hombres; no hay una tercera posibilidad. Ahora las Escrituras claramente enseñan que, a través de las asambleas de clérigos y de los fieles, es solo Dios quien designa a los pastores de su pueblo. De hecho, ningún hombre, como tal, puede conferir o “asumir esta dignidad; sino es llamado allí por Dios, como Aarón” (He 5, 4). El Hombre Jesucristo mismo “no tomó la gloria de convertirse en sumo sacerdote; no, fue Él quien le dijo: “Eres un sacerdote para la eternidad, según el orden de Melquisedec” (Sal. 109, 4; He 5, 5). San Marcos informa que Jesucristo “escaló la montaña y llamó a aquellos (de Sus discípulos) que Él quería (es como Dios que Cristo actúa aquí); Él instituyó doce para hacerlos compañeros y enviarlos a predicar” (3, 13-14). “Soy yo”, les dijo en otra parte, “quien te eligió y te estableció” (Jn 15, 16). Fue Dios quien, en la asamblea de ciento veinte fieles presididos por el apóstol Pedro, designó a Matías para ocupar en el ministerio apostólico el puesto que Judas había abandonado (cf. Hechos 1, 23-26); es Dios quien desde entonces estableció a todos los obispos. “Cuídense, les dice Pablo a los pastores de la iglesia de Éfeso, a ustedes y a todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha nombrado obispos para gobernar la Iglesia de Dios” (Hechos 20, 28). La elección de los votantes, ya sea un cónclave o un capítulo, por lo tanto expresa la voluntad de Dios, no la voluntad de los hombres. El Catecismo de San Pío X recuerda esta verdad de la fe divina y católica: “El poder que tienen los miembros de la jerarquía eclesiástica no proviene del pueblo, y sería una herejía decirlo. Él viene solo de Dios” (Cap. 10, § 3) (Mt 28, 18-19; Jn 20, 21; 21, 15-17). También Pío XII escribió en su Constitución “Vacantis apostolicæ Sedis”, sobre la elección del Romano Pontífice (38): “Oramos a los elegidos, nuestro heredero y sucesor, asustados por la dificultad del cargo, para que no se nieguen a tomarlo, sino que se sometan con bastante humildad al diseño de la voluntad divina; porque Dios, que impone el cargo, también pondrá su mano en él, para que el elegido pueda llevarlo. De hecho, el que da la carga y la carga, Él mismo es el auxiliar de la gestión y, de modo que la debilidad no sucumbe ante la grandeza de la gracia, el que ha conferido dignidad dará fuerza” (Cap. 6, 99).
32. Solo, si es Dios quien confiere la dignidad del Soberano Pontífice, como enseña la Iglesia infaliblemente, ¿cómo podría Dios rechazar al hombre a quien se lo otorgó por gracia al mismo tiempo? ¿La gracia y los poderes constitutivos del pontificado soberano, según la hipótesis de Cassiciacum? Dios estaría en contra de Dios? ¿Hay dos voluntades en él? Esto requeriría admitir dos dioses, ninguno de los cuales sería cierto. En resumen, esta suposición de un Dios en contradicción consigo mismo, de un Dios dividido en dos, destrozado y consecuentemente destruido, aniquilado es monstruoso. Sin embargo, constituye el resultado lógico e inevitable de las premisas planteadas por el autor que, en nuestra opinión, no midió las consecuencias.
33. Dijimos anteriormente que los pontífices heréticos que salieron de los últimos cónclaves fueron elegidos por Dios o por los hombres. “Tertium non datur”. Pero no fueron elegidos por Dios, lo hemos demostrado. El hecho es que son los hombres elegidos. Ahora, una asamblea cuyos miembros se han rebelado contra Dios no merece el nombre de cónclave ; esto es un robo, y la elección de un papa hecho en estas condiciones puede no ser tan nulo, nulo y de ningún efecto; no puede conferir a nadie ninguna “determinación legal” (49), sin derecho (28), (49), sin prerrogativa (28), sin título de ningún tipo (28), sin poder, decimos bien: ninguno, ni siquiera el “poder de ser papa” o de convertirse en uno. Contrariamente a lo que afirma el inventor del papado en el poder (28), que parece no haberse dado cuenta de que al afirmar la validez de los cónclaves cuyos funcionarios electos no fueron designados por el Espíritu de Dios, como deberían haber sido, se puso del lado de los hombres contra su Dios.

UN SOFISMA COMPLEJO

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Sr. Héctor Lazaro Romero, otro defensor de la herética, blasfema y absurda tesis.

34. Este error resulta de la compleja falacia sobre la cual el autor fundó su sistema. Lo llamamos complejo porque contiene otras falacias. Para explicar cómo el ocupante de la primera Sede (en este caso Montini) puede no ser Papa, cuando parece permanecer (6), el autor lo considera en dos aspectos diferentes, teniendo en cuenta los hechos, en un caso, ignorándolo, en el otro. El problema planteado es que el autor proporciona dos respuestas que no solo son diferentes (que podrían ser legítimas, dada la otredad de los informes), sino contradictorias, lo que no es justificable.
35. Por un lado, de hecho, y para corroborar su afirmación: “el ocupante no es formalmente papa” (6) en otras palabras: Jesucristo lo privó del derecho a gobernar Su Iglesia (52), él considera el tema desde un punto de vista teológico (53) o, como dice uno de sus discípulos en otra parte, desde el punto de vista de la fe (7).
Además, tiene en cuenta los hechos aquí, es decir, la herejía que el ocupante enseña habitualmente y públicamente desde su elección.
36. Por otro lado, y en un intento de acreditar su opinión, según la cual “el ocupante es y sigue siendo materialmente Papa” (6) y, en consecuencia, puede ser Papa sin serlo actualmente, el autor considera al mismo ocupante bajo el relación ya no de fe sino de ley (5), en este caso el derecho canónico (55), ya que, desde esta perspectiva, es el cónclave cuya validez se encuentra bajo el poder canónico (55) lo que dio el ‘eligió el derecho a ocupar la Sede Apostólica (5).
Aquí el autor ignora por completo los hechos, es decir, la herejía enseñada públicamente por Montini antes de su elección. Esta omisión única, que puede explicarse por el deseo del autor de ocultar, a los efectos de su hipótesis, la inelegibilidad de un notorio modernista, lo priva de todo carácter científico y le quita toda credibilidad. De hecho, se trata de esta falacia de inducción que tiene su origen en una mala observación de los hechos (56).

UN ERROR DE RAZONAMIENTO

37. Además, el autor considera que Montini es un papa potencial que ocupa la Sede de Pedro no solo de hecho sino también en la ley (4), (5), sino que esto no tiene sentido; para un sujeto que puede ser Papa (pero no lo es actualmente) puede, sí, solo puede ocupar este cátedra por derecho; actualmente no lo ocupa por derecho. Lo mismo sería cierto para un prometido que puede definirse como el posible esposo del que prometió casarse con él; es contra todos los derechos que él se instale en su casa. Cuando era un papa material, Montini no tenía nada que buscar en el Vaticano. “Operatio sequitur esse”.

LEY DEL CANON VERDADERO Y FALSO

38. Además, el autor (5), (55) y sus discípulos (5), (49) invocan la ley canónica en un intento de legitimar la permanencia, a la cabeza de la Iglesia, de un papa privado de Dios del derecho a gobernarlo (29), pero tal afirmación se opone a esta misma ley canónica, como hemos demostrado anteriormente (§ 20, § 22), ya que en los mismos términos del canon 219 (§ 22), que el autor también olvida citar, el Romano Pontífice “obtiene por derecho divino inmediatamente (statim) después de la aceptación de su elección, el pleno poder de la corte suprema” si ha sido “legítimamente elegido” (legitime electus). Ni Montini ni Wojtyla obtuvieron este poder del derecho divino; por lo tanto, no fueron “legítimamente elegidos”; por lo que son, en el espíritu del legislador eclesiástico, unos usurpadores.

DERECHO DIVINO Y DERECHO ECLESIÁSTICO

39. Además, ¿qué es esta ley canónica supuestamente opuesta (5) a la ley divina (29)? Si, en circunstancias imprevistas, extraordinarias, una ley eclesiástica no pudiera aplicarse sin la transgresión de una ley divina (que no es el caso aquí, como hemos visto: § 20, § 21, § 22, § 23, § 37), tal aplicación no podría hacerse sin pecado grave, la razón de ser de la ley eclesiástica es solo para facilitar a los fieles el servicio de Dios y la observancia de la ley divina para la salvación. Además, la ley puramente eclesiástica es circunstancial, la ley divina, eterna. La Iglesia, como todas las cosas, existe solo a través de Dios que siempre gana, en todas partes y sobre todo.

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Robert L. Neville, otro despistado defensor de la herética y blasfema tesis

UNA PETICIÓN DE PRINCIPIO

40. Recordemos además que es en virtud de esta ley eclesiástica, falsamente concebida como opuesta a la ley divina (§ 38), que, según los partidarios del sistema, Montini tiene el poder de ocupar el cátedra de Pedro sin ser un verdadero papa. Este poder, este derecho, le fue conferido por los cardenales que lo eligieron. Esto da como resultado lo que ya hemos señalado anteriormente (§ 28), a saber, que es sobre la validez de la elección del ocupante del Cátedra en el que se basa esta conclusión sin precedentes que, decimos, “absolutamente imperativo” (50) y según el cual el ocupante de la Sede Apostólica “sigue siendo por derecho un papa potencial” (5), (49), (50), por lo tanto, no un papa por ley. Sin embargo, de la validez de esta elección, el autor admite además que es una apariencia (6), una simple imposibilidad (54); en resumen, que está en cuestión (57). En otras palabras, el autor toma como principio de su demostración el derecho de un papa en el poder a ocupar la Sede Apostólica en virtud de su elección, es decir, lo que debe demostrarse. “Id quod ab initio ad demonstrandum propositum est” (58), en este caso, la validez de esta elección. Esta es la petición en principio mencionada anteriormente (§ 28).

UN CÍRCULO VICIOSO

41. Además, en la argumentación de los proponentes de la hipótesis, esta petición de principio es doble porque puede tomar la forma de otra falacia de deducción, el círculo vicioso que consiste en demostrar una por la otra, dos proposiciones que también necesitan una demostración (59). De este modo, prueban la existencia de un papa en el poder por el derecho de Montini a ocupar la primera cátedra en virtud de su elección, y basan implícitamente la validez de esta elección en el hecho de que Montini, aparentemente ocupando por derecho la primera cátedra, puede ser papa y, por lo tanto, es papa potencial.

UN ARGUMENTO FALAZ

42. A este respecto, debe agregarse que los doctrinarios del sistema han recurrido a un método engañoso de argumentación, utilizado a menudo por pensadores modernos, como Teilhard de Chardin y los transformadores en general, y que consiste en pasar subrepticiamente, a través de una secuencia graduada de diferentes expresiones con significados similares, desde una hipótesis (a veces fantasiosa) hasta una conclusión arbitraria expresada a la manera de un dogma. Así, en el caso que nos interesa, comenzamos estableciendo esta premisa “que no es imposible que el cónclave del cual Wojtyla fue elegido fuera válido” (54); a partir de ahí deducimos que este cónclave es aparentemente válido, luego válida “en toda apariencia” (53) y, por lo tanto, válido, sí, ciertamente válido, esta última declaración “imponiéndose no solo de hecho sino también en la ley y absolutamente” (50). Esta es la sorprendente conclusión de nuestros lógicos.

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Geert Jan Stuyver, del Istituto Mater Boni Consilii, vigilante de la tesis herética, y con oficio para la tesis.

UNA CONSECUENCIA INACCEPTABLE: NEGACIÓN DE LA UNIDAD DE DIOS

43. Este razonamiento cautivador o solo uno de los sofismas resueltos anteriormente (§ 36, § 37, § 40, § 41) bastaría para anular la hipótesis de un papa material que ocupa por derecho la Sede Apostólica, sin mencionar la incompatibilidad de esta hipótesis con las leyes divinas y eclesiásticas que rigen la elección del Romano Pontífice (supra § 12, § 20, § 22) (Can 219) (38). Volveremos a este aspecto de la pregunta más adelante. Por el momento debemos preguntarnos por qué esta argumentación defectuosa lleva a una conclusión que no solo es absurda sino blasfema, según el cual Dios se opondría a sí mismo, como vimos anteriormente (§ 32).
44. Recordamos la posición del problema. Por un lado, los defensores de la tesis consideran al ocupante de la Sede en relación con la fe (7) y teniendo en cuenta la herejía manifestada por él desde su elección (1) (§ 34, § 35), y concluyen que el ocupante no es formalmente Papa, ya que Jesucristo le negó el poder de la jurisdicción suprema (6), (52) (supra § 34, § 35).
Por otro lado, prevén o pretenden considerar el mismo tema desde el punto de vista de la ley, y sin tener en cuenta la herejía manifestada por él antes de su elección (6) (§ 36); esta vez concluyen que él existió como un papa material, ocupando la Sede de Pedro no solo de hecho sino también en la ley (5), (50).
En otras palabras, en un caso tienen en cuenta la voluntad de Dios, mientras que en el otro no les preocupa, ya que aparentemente han olvidado que los obispos, a fortiori los de Roma, son designados por El Espíritu Santo (Hechos XX, 28) (§ 31, § 32, § 33).
Según su razonamiento, el Espíritu que había abandonado la Iglesia en el momento del cónclave la habría entregado voluntariamente a los enemigos de la verdad; decimos: voluntariamente, porque es inconcebible que Dios no supiera lo que estaba haciendo. Entonces Cristo, que interviene aquí solo después del cónclave, rechaza la elección a la que el Espíritu de Dios no podría haber aceptado; Por lo tanto, rechaza la elección de Su Padre que, en esta perspectiva aberrante, tanto maniquea como triteísta, habría actuado en el cónclave contra Su propio Hijo. Este es el resultado, sin ser aparentemente deseado, de un argumento engañoso concebido en el deseo de imponer una nueva opinión sin fundamento en la realidad.

LA TESIS CONTIENE OTROS ERRORES DE RAZONAMIENTO

45. Nuestro estudio sería demasiado largo si tuviéramos que identificar todos los errores de razonamiento que ocultan la hipótesis de Cassiciacum; con mayor frecuencia encajan entre sí, como las muñecas rusas. Este es el caso, como hemos visto, con la compleja falacia que hemos desmantelado (supra § 34 y siguientes).
Un ejemplo de error, lo que demuestra especialmente la insuficiencia del pensamiento del autor a la realidad, sería en lo que dice de su papa material, es decir que se trata de “un sujeto inmediatamente capaz de convertirse formalmente en Papa, si abandona sus errores” (32) (§ 15). Ya hemos establecido la imposibilidad absoluta de que el ocupante de la Sede Primera vuelva a ser lo que nunca podría ser (§ 14, § 15, § 16): un verdadero Papa. Pero descubrimos otra desviación de la lógica en esta proposición.
Suponiendo que un todo compuesto por una materia segunda y una forma accidental se destruye, esta materia no siempre volverá a ser lo que era antes de la recepción de la forma. Ejemplo: de un bloque de mármol, un escultor ha dibujado una estatua que luego se rompe en varias piezas; a estos restos, estos restos de mármol, el escultor no pudo restaurar la forma inicial de la estatua. Otro ejemplo: un obispo residencial abandona públicamente la fe ortodoxa; por el mismo hecho, abdica tácitamente, conforme a la ley (can. 188 § 4), su autoridad y su puesto que queda vacante sin ningún procedimiento. Ahora la herejía manifiesta priva a este obispo no solo de la forma ordinaria del lugar (una forma constituida por el oficio y por el poder de la jurisdicción, el poder del orden, es imborrable, como sabemos, y no puede ser destruido), sino también la forma de miembro de la Iglesia. Por lo tanto, el obispo desviado no se convierte en lo que era antes de su nombramiento; ya no es hijo de la Iglesia. “Mutatis mutandis”, se podría decir lo mismo de Pablo VI o Juan Pablo II, supuso que inicialmente habían recibido de Dios la forma del papado (60). Una vez caídos, obviamente no habrían recuperado su estado de papas potenciales, de “papabili”, miembros del Colegio Sagrado, sino que, de ahora en adelante privados de todo poder, toda dignidad y todo cargo, habrían estado (como de hecho están y estaban por su herejía, incluso antes de su entronización) fuera de la Iglesia. De ello se deduce que un sujeto privado accidentalmente de una forma adventicia, superado, no necesariamente recupera su forma anterior. Por esta razón, no menos que por lo que hemos dado previamente (§ 14, § 16), la suposición del autor es gratuita. Pero dejemos allí las imprecisiones y ambigüedades que invaden el sistema.

UN PAPA QUE NO PUEDE SER PAPA

46. Volvamos a su idea principal de la existencia de un papado potencial. Hemos probado suficientemente que el ocupante de la Sede no solo nunca recibió de Dios la forma del pontificado supremo (§ 14, § 15, § 16), sino que no puede recibirlo, que él es incapaz, y que los argumentos extraídos de no sé qué disposición o intención íntima del hereje son solo sueños. Ni la teología, ni la metafísica, ni el derecho canónico, ni la costumbre de la Iglesia tienen nada que ver con la novela, ni siquiera psicológica (§ 17 a § 26).
Esta incapacidad del ocupante de la Sede para recibir de Cristo la forma del pontificado es reconocida por el autor: “El cardenal Montini”, escribe, “es incapaz de ejercer el poder pontificio, porque ya no es un sujeto metafísicamente capaz de hacerlo”. (61). Y en otra parte: “(El ocupante de la Sede) ya no es un sujeto metafísicamente capaz de recibir la comunicación de ser ejercido por Cristo (es decir, la comunicación del poder de la jurisdicción suprema); y como esta comunicación no puede recibirse, no se ejerce” (62). En resumen, el autor reconoce explícitamente que el ocupante de la Sede Apostólica es incapaz de la forma del papado.
47. Solo si esto es así, el mismo ocupante no puede compararse con un material capaz de recibir la forma “no apto quod libet ex quocumque” (63). De hecho, la materia está, por definición, ordenada a formarse; está a su servicio, lo hemos dicho una y otra vez (§ 11, § 16). Ahora el autor admite que Montini y Wojtyla son “lobos” (62), “progresistas, es decir, de hecho, herejes” (8) que “destruyen la Iglesia” (62). Por lo tanto, no son, analógicamente hablando, el material apropiado, y uno no puede, sin engañar al mundo, darles el nombre de papas materiales, ya que, repitámoslo por enésima vez, esto simplemente significa que pueden recibir de Dios “las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 19), que lo merecen.
Y, sin embargo, como sabemos, los defensores de la hipótesis afirman que “el ocupante de la Sede Apostólica permanece materialmente papa” (50).
Se deduce que, según su doctrina, el ocupante de la Sede es capaz y no capaz de la forma del pontificado, que puede y no puede ser papa al mismo tiempo. Ahora “afirma y negare simul impossibile est”. “Es imposible afirmar y negar al mismo tiempo.”

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Joseph Selway, otro defensor de la herética tesis

OBJECION

48. Para negar la contradicción interna a la que se reduce la tesis de Cassiciacum, ¿se dirá que no es en el mismo sentido que el ocupante puede y no puede recibir la forma del papado? ¿Que aquí, al menos, no hay tonterías?
Esto es lo que podría aparecer en una primera lectura de ciertas propuestas. Cuando decimos, por ejemplo, que el ocupante de la Sede “no es un sujeto metafísicamente capaz de recibir poder pontificio” (61), (62), obviamente consideramos al ocupante en términos metafísicos o, como el autor lo dice en otra parte, teológico (53), es decir, de fe (7). Por otro lado, al afirmar que el mismo ocupante “permanece por derecho papa material” (5), (50), parece ser considerado desde el punto de vista de la ley. Decimos bien: parece que lo imaginamos, y no: lo imaginamos; porque la ley a la que se hace referencia aquí no es ley divina ni ley eclesiástica, lo que se diga en otra parte (49). En realidad, las palabras “correcto” y “legal” que usamos (5), (49), (50) no tienen sentido, como se desprende de lo que se ha establecido previamente a este respecto (§ 29 a § 33 y § 20, § 22, § 23, § 31, § 38), pero en aras de la claridad ahora lo resumiremos.

EL OCUPANTE NO ES PAPA MATERIAL DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA LEY

49. El ocupante herético no es un papa potencial, ni por derecho divino ni por derecho eclesiástico:
a) Por derecho divino, porque el Espíritu Santo, que inspira la ciencia, “huye del engaño” (Sap. 1, 5) y que, por lo tanto, no es menos irracional suponer que en el cónclave, el Espíritu de Dios ha elegido, para ocupar el púlpito de la verdad, un enemigo de la Sabiduría de este mismo Dios, un hombre cuyo “pensamiento estaba radicalmente viciado por el racionalismo ateo” (11) como señala el propio autor, seguidor de “la doctrina teilhardiana que conduce inevitablemente al culto del hombre, no a la religión revelada” (11). Dios no se burla de sí mismo (supra § 31, § 32, § 33, § 44);
b) Por derecho eclesiástico, porque de acuerdo con el derecho canónico (§ 20, § 22) y la Constitución “Vacantis apostolicæ Sedis” (38) (§ 20), si el ocupante hubiera sido capaz de recibir la forma del pontificado, él la habría obtenido “por derecho divino, inmediatamente después de la aceptación de la elección” (Can. 219) (§ 22), pudiendo ejercer “por el mismo hecho jurisdicción plena y absoluta sobre todo el universo” (38) (§ 20) El ocupante, como sabemos, consintió en esta elección. Sin embargo, Dios no lo convirtió “illico” en un “verdadero papa” (38); No le dio “inmediatamente todo el poder de la jurisdicción suprema” (can. 219); Se negó a conocerlo.
50. En consecuencia, el ocupante de la Sede no pudo obtener la forma del papado; era incapaz de hacerlo, y mantener lo contrario equivale a responsabilizar a Dios por la ruina de su Iglesia que, en este supuesto, habría querido privar positivamente de su asistencia y su poder en la persona del funcionario legítimo electo de un cónclave, elegido capaz y digno, según la tesis, de ser el sucesor del Beato Pedro en quien Dios mismo lo había fundado. Si Montini era capaz del papado, Dios era culpable de rechazarlo; no podemos salir de allí. Los defensores de Montini y Wojtyla tienen que elegir entre Dios o sus enemigos para acusarlos por la destrucción de la Santa Iglesia. En cuanto a nosotros, sabemos que “las mentiras nunca han estado en la boca de Cristo” (cf. 53, 9) que dijeron a los Apóstoles: “He aquí, estoy contigo todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 28, 20) y a Pedro: “Te daré las llaves del Reino” (Mt 16, 19). En las cosas inmutables que son promesas, “es imposible que Dios nos engañe” (He 6, 18). Porque solo Dios es veraz, y todo hombre es un mentiroso.
51. Por lo tanto, los ocupantes modernistas de la Primera Cátedra nunca fueron aptos para recibir el poder de la jurisdicción suprema; nunca fueron papas potenciales, ni en términos de fe, ni en términos de ley, ya sea la ley divina o la ley eclesiástica. Es este último informe el que nos interesa aquí, ya que es desde el punto de vista legal (49), (64), como hemos visto (§ 48), que los partidarios del sistema se colocan para afirmar la permanencia de un papado potencial en la Sede Apostólica desde la elección de Pablo VI (50), (64). El orden legal al que se refieren “se expresa, dicen, en las leyes (leyes eclesiásticas, derecho canónico) y procede inmediatamente de la autoridad visible de la Iglesia” (49). Estas leyes eclesiásticas (además no exclusivas de la ley divina) sobre la elección del Romano Pontífice son el canon 219 y la Constitución de Pío XII (38) que hemos examinado detenidamente (§ 20, § 22, § 29 a § 33, § 38, § 49 b) y que nos obligó a concluir que los cónclaves de 1963 y 1978 eran inválidos. Una vez más, si Montini y sus sucesores habían sido “legítimamente elegidos”, bajo los términos de estos mismos leyes habrían obtenido el derecho divino “inmediatamente” después de su consentimiento, el pleno poder de la jurisdicción suprema (Can 219) (38). Sin embargo, no recibieron inmediatamente este poder de Dios, y sería un desprecio de la Majestad divina suponer que por capricho se lo rechazó. Por lo tanto, no fueron elegidos legítimamente. Entonces no pudieron ser “papas reales” (38), recibir “iure divino”, por derecho divino, la forma del pontificado. De esto se deduce que, en términos de ley, y no solo la ley divina sino también la ley canónica, estos hombres no son materialmente papas y, por lo tanto, usurpan la sede de Pedro.

Fr.
Damien Dutertre, otro defensor de la absurda y herética tesis

CONCLUSIÓN

52. Debemos concluir. Como sugerimos anteriormente (§ 47, § 48), la hipótesis de Cassiciacum se reduce a una contradicción interna. De hecho, es imposible que el mismo ocupante de la Sede Apostólica (¡si nos referimos a Montini o Wojtyla, lo que sea!) que el mismo ocupante sea capaz y no capaz de la forma del pontificado, en otras palabras, que simultáneamente pueda y no pueda ser Papa, y que bajo un mismo aspecto, aquí el de la ley canónica (que incluye, repitamos, los preceptos del derecho divino, como el canon 219), como mostramos. Esta imposibilidad lógica absoluta de afirmar y negar al mismo tiempo el ser de un sujeto bajo la misma relación se basa en la imposibilidad ontológica absoluta de la coexistencia de opuestos. (65). En dos palabras como en mil: el ocupante modernista de la Sede Apostólica no es capaz de lo que es incapaz: ser papa. Esta es una verdad obvia, una realidad que nos obliga a rechazar, en virtud del principio de contradicción, que es el primero de todos los axiomas en el orden del conocimiento (65), la totalidad de la tesis llamada Cassiciacum, sin perjuicio de los otros motivos de inadmisibilidad indicados durante este análisis.

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Abreviaturas utilizadas en las referencias

  • CASS “Cahiers de Cassiciacum”, Assoc. Santa Herménégilde, Niza 1979-1981.
  • AUT = “La situación actual de autoridad en la Iglesia”, Assoc. Santa Herménégilde, Niza 1985.
  • SLB = “Bajo la bandera”, AM Bonnet de Viller, 18260, Villegenon.
  • BOC = “Bulletin de l’Occident Chrétien”, 92310 Sèvres
  • CRI = “El ejercicio diario de la fe en la crisis de la Iglesia”, Oratoire ND de la Sainte Espérance, Burdeos 1984. Padre Belmont.

NOTAS

1. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 12 et 16.
2. P. Bernard Lucien AUT p. 9
3. Mons. Guérard des Lauriers OP Cass 1, p. 37.
4. Ibid. p. 36, n° 3.
5. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 36, n° 21 – B CRI, p. 22 – P. Bernard Lucien AUT, p. 27.
6. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 21.
7. P. Bernard Lucien AUT p. 9 et 11.
8. Mons. Guérard des Lauriers OP SLB, Suppl. au N° 8, Nov-Dic. 1986, p. 10.
9. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 36, n° 2.
10. Cardinal Montini, “Religion et travail,” 27 mars 1960, Turin, Doc. Cath. 19-06-1960, n° 1330 – Voir l’étude de ce texte dans la Voie n° 9, p. 13 sq.
11. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 107 et 108.
12. P. Bernard Lucien CASS 2, p. 85.
13. Ibid. p. 86.
14. S. Roberto Belarmino, “De Romano Pontifice” Lib. II, cap. XXX.
15. “Declaración de Mons. Guérard des Lauriers”, BOC n° 84, octubre de 1983.
16. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1 p. 79 y 82.
17. S.Th. Ia, 12, 8.
18. “De mente vel intentione, utpote per se quiddam est interius, Ecclesia non iudicat; at quatenus extra proditur iudicare ea debet” León XIII, Encicl. “Apostolicæ curæ”, 13 de septiembre de 1896, Denz. 3318.
19. “De Romano Pontifice”, op. cit. Lib. II, cap. XXX
20. Ver Aristóteles, “Physique”, II, 2, 194 b 9 y passim.
21. Aristóteles, “De anima”, II, 2, 414 a 25.
22. S. Augustin, “De natura boni”, XVIII, 18.
23. Xavier Da Silveira, «La misa de Pablo VI: ¿qué pensar al respecto?»: “Es una opinión común que la elección de una mujer, un niño, un loco o de alguien que no es miembro de la Iglesia, es decir, los no bautizados, los apóstatas, los herejes y los cismáticos, es nula por la ley divina”.
Sipos-Galos, «Enchiridion luris Canonici»: “Eligi potest (sc P.R.) quodlibet masculino, usu rationis pollens, membrum Ecclesiae. Invalide ergo eligerentur feminæ, infantes, habituali amentia laborantes, non baptizati, hæretici, schismatici. Para ser elevado al Soberano Pontificado, por lo tanto, uno debe ser “hombre, tener el uso de la razón y ser miembro de la Iglesia. Las elecciones de mujeres, niños, dementes, no bautizadas, herejes y cismáticos son, por lo tanto, inválidas”.
Plochl, «Lexicon for Theology and Church», 1963, T. VIII, col. 60-63: “Puede ser elegido cualquier varón católico bautizado y legítimo, excepto los menores de edad y los locos.”
Después de la doctrina común de los teólogos y canonistas, vale la pena recordar la enseñanza del Magisterio. El Papa Pablo IV, en su Constitución Apostólica “Cum ex Apostolatus Officio”, del 15 de febrero de 1559, define como nula, inválida y sin ningún efecto la elección de un hombre que se ha desviado de la fe católica. Vea nuestro estudio en La vía, N° 6, 7, 9, 10, 11, 12, “Retrato de un papabile: JB Montini”.
24. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 88, 107, 108.
25. Ibid. p. 88
26. P. Bernard Lucien AUT, pág. 31
27. Karol Wojtyla, “En las fuentes de la renovación”, Estudio sobre la implementación del Concilio Vaticano II, El Centurión, París 1981 – Edición original publicada en idioma polaco bajo el título “U podstaw odnowy, Studium o realizacji Vaticanum II”, Cracovia 1972.
28. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 36, n° 3 et note 21 – P. Bernard Lucien AUT p. 53.
29. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 37 et note 22.
30. P. Bernard Lucien CASS 2, p. 86 et passim.
31. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 9, 12, 16 et 68 à 71.
32. Ibid. p. 90.
33. Cf. S. Th. 1, 48, 4.
34. P. Bernard Lucien CASS 2, p. 84.
35. P. Bernard Lucien CASS 2, p. 86 – Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 76 et 78 b) 1.
36. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, p. 50.
37. S.Th. I – II, 6, 1.
38. Constitution “Vacantis apostolicæ Sedis”, 8 décembre 1945, AAS Pío XII, T. VII, p. 276.
Cap. VII, 101: “Hoc consensu prestito intra terminum, quatenus opus sit, pendenti arbitrio Cardinalium per maiorem votorum numerum determinandun, illico electus est verus Papa, atclue actu plenam absolutamque iurisdictionem supra totum orbem acquirit et exercere potest”.
Cap. VI, 99: “Electum vero haeredem et Successorem Nostrum rogamus, ne numeris arduitate deterritus ab eodem subeundo se retrhat, at potius divinae voluntis consilio humiliter se subjeiciat: nam Deus qui imponit onus, manun etiam Ipse supponet, ne ei ferendo sitar “es enim qui oneris auctor, Ipse est administrationis adiutor; y ne sub magnitudine gratiae sucumbat infirmus, dabit virtutem qui contulit dignitatem”.
39. Vea nuestra serie de artículos “Retrato de un papabile” dentro La vía, N° 5, 6, 7, 9, 10, 11, 12.
40. S.Th. I-II, 111, 1.
41. Así, San Juan nos dice que Caifás “como el Sumo Sacerdote profetizó que Jesús debe morir por la nación, y no solo por la nación, sino también para llevar a los dispersos hijos de Dios a la unidad” (11 51, 52), pero, especifica el evangelista, Caifás “no dice eso de sí mismo, sino porque allí fue sumo sacerdote este año” (Ibid.). También leemos en el Catecismo del Concilio de Trento: “Los bienes que son comunes a todos (en la Iglesia) no son solo los dones que nos hacen justos y aceptables para Dios. También son gracias gratis, como la ciencia, el don de profecía, el don de lenguas y milagros y cosas similares. Estos privilegios, que a veces se otorgan incluso a los malvados, nunca se otorgan para beneficio personal, sino para el bien y la edificación de toda la Iglesia” (Cap. X, § 1O).
También podemos consultar a Santo Tomás de Aquino, S. Th. I-II, 111, 1, sol. 2 y 3.
42. S. Augustin, “De gratia et libero arbitrio”, cap. 17 – S. Th. I-II, 111,2 – Concilio de Trento, ses. VI, cap.7, Denz. 798, 799, 819.
43. S. Augustin, Sermo 169.
44. S. Th. I-II, 111, 4.
45. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 48, 49.
46. S. Th. I-II, 110, 4, conc. I-II, 111, 5, sol. 2
47. S. Thomas Aquinas, “La Grâce”, Ed. Du Cerf, París 1961, nota explicativa de Ch.-V. Héris OP n° 55, pág. 290, 291.
48. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 108 – Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 3-4, pág. 144
49. P. Bernard Lucien AUT pág. 27 – P. Hervé Belmont CRI p. 22
50. P. Bernard Lucien AUT pág. 28
51. Ibid. p. 18 y 53.
52. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 37
53. Ibid. p. 22
54. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 3-4, pág. 144
55. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 23
56. Cf. F.-J. Thonnard, AA, “Précis de philosophie”, Desclée & Cie, París 1960, p. 112
57. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 108
58. Aristóteles, “Anal. Pr.” II, 16.
59. Régis Jolivet, “Traite de philosophie”, Ed. Emmanuel Vitte, París 1965, p. 129 sq.
60. Pablo IV, Const. “Cum ex Apostolatus Officio”, 1559.
61. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 39
62. Mons. Guérard des Lauriers OP CASS 1, pág. 56 y 92, nota 66.
63 Santo Tomás de Aquino, comentario sobre Aristóteles, “En el XII Métaph”.
64. P. Bernard Lucien AUT pág. 53
65. Ver Aristóteles, Metafísica, Mons. Guérard des Lauriers OP 3, 1005 b 10 a 35 y Mons. Guérard des Lauriers OP 4, 1006 a 1 a 15.

[1] Inanidad: Cualidad de lo inútil o insustancial.

[2] “Hoc voto, sic iubeo, sit pro ratione voluntas = Lo quiero, así lo mando, baste mi voluntad como razón”. (Juvenal: Saturae 6, 223).

LOS QUE ESTÁN SEPARADOS DEL GOBIERNO DE LA IGLESIA ESTÁN FUERA DEL CUERPO MÍSTICO

Las doctrinas expresadas en la Encíclica «Mystici Corporis» del Papa Pío XII, están en flagrante contradicción con las que actualmente están enseñando de palabra o con los hechos, la inmensa mayoría de los pastores de la Iglesia de las «catacumbas», expulsada de los templos después de la gran Apostasía del «Concilio» Vaticano II.
Debemos destacar algunas doctrinas que serán con seguridad una luz esplendorosa en este momento de oscuridad y desconcierto para todos aquellos verdaderos católicos, que si bien han caído en una gran confusión después de la apostasía del clero mundial incluida la jerarquía vaticana con los supuestos «papas» desde Juan XXIII, desean la unidad y el triunfo de la Iglesia contra las potencias infernales que hoy dominan al mundo en forma sin precedente, y contra todos aquellos que dentro de la misma Iglesia serán enemigos de esta unidad, ya sea por una consciencia errada honesta, o por desorientación, o lo que es peor, porque habiéndose infiltrado en el Rebaño remanente, han llegado a ocupar, incluso, sedes episcopales, con el único fin de controlar y luego destruir lo poco que ha quedado en nuestro día, de la Iglesia desolada.
«Se apartan, dice Pío XII, de la verdad divina, aquellos que se forjan la Iglesia de tal manera, que no pueda ni tocarse ni verse, siendo solamente un ser «pneumático», como dicen, en el que MUCHAS COMUNIDADES de cristianos, aunque separadas mutuamente en la Fe, se juntan sin embargo por un LAZO INVISIBLE».
Sin analizar la forma descarada en que los herejes del Vaticano enseñan esta doctrina y la ponen en práctica con las llamadas Iglesias Protestantes y con otras, es muy claro que su influencia está ganando terreno conforme pasa el tiempo, en las filas de la tradición, puesto que si se niega LA NECESIDAD ABSOLUTA DE LA UNIDAD BAJO LA AUTORIDAD DE PEDRO, es evidente que se creen unidos, sustentando así esta herejía, que si bien pueden condenar de palabra, la práctica actual tan evidente terminará con infectar a todas las comunidades para arrojarlas fuera de la Iglesia. No es desconocido que hay divisiones doctrinales ya, en varios puntos esenciales que no admiten interpretaciones diversas.
Por este motivo, dice Pío XII que, «LOS QUE ESTÁN SEPARADOS ENTRE SI POR LA FE O POR EL GOBIERNO, no pueden vivir en este único Cuerpo y de este su único Espíritu». No reúne aquí en este texto, la Fe y el gobierno, sino que claramente vemos que aunque se tenga la misma Fe PERO NO EL MISMO GOBIERNO, no se está participando del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, ni del Espíritu Santo, porque dice: «…los que están separados entre sí, por la fe, O POR EL GOBIERNO». Los actuales «islotes» de la Fe, son gobernados por sus obispos o por sus sacerdotes y ninguno de estos micro gobiernos obedece a una sola cabeza, es decir, que NO ESTÁN UNIDOS BAJO EL MISMO GOBIERNO. Esto es absolutamente incuestionable. Y esto, NO ES IGLESIA CATÓLICA.
El Padre Remigio Vilariño Ugarte, S. J. en su libro Puntos de Catecismo, dice al respecto: 367. «EL PAPA ES CENTRO DE UNIDAD Y DE COMUNIÓN. A él deben estar unidos absolutamente todos los que quieran pertenecer a la Iglesia fundada por Jesucristo. Los que se apartan de su doctrina son HEREJES; los que se apartan de su gobierno y obediencia son CISMÁTICOS». En el número 395, dice: «La unidad (de la Iglesia) debe ser doble: unidad de DOCTRINA y unidad de GOBIERNO… Jesucristo quiso que fuese UNA MISMA LA FE DE TODOS… Jesucristo quiso que fuese UNA MISMA LA CABEZA DE TODOS… Siempre se ha creído desde los primeros tiempos por los Padres que la Iglesia de Cristo debía tener estas dos unidades; y los que no se sujetaban a la unidad de doctrina, eran expulsados y separados como HEREJES, y los que no se sujetaban a una cabeza, el Papa, eran expulsados por CISMÁTICOS. En esto la Iglesia se ha mostrado siempre firme».
«Hállanse en un peligroso error, continúa Pío XII, aquellos que piensan poder abrazar a Cristo Cabeza de la Iglesia, sin adherirse fielmente a Su Vicario en la Tierra. Porque quitando esta Cabeza visible, y rompiendo los vínculos sensibles de la unidad, OSCURECEN Y DEFORMAN el Cuerpo místico del Redentor de tal manera que los que andan en busca del puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo».
¿Qué pensaremos de aquéllos que no solamente se separan de la obediencia al papa, sino que estando la Iglesia en peligro gravísimo y sin papa, se niegan a elegirlo pidiendo sin embargo milagros o señales del Cielo o la intervención directa de Dios para solucionar la crisis?, ¿no son más culpables que los herejes del Vaticano y reos de «oscurecer» y de «deformar» el Cuerpo místico de Cristo, cuando se niegan a elegir al representante de Jesucristo, que ha de hablar infaliblemente en Su nombre?, ¿qué motivo humano por grave que sea, habrá más poderoso que la unidad y la salvación de la Iglesia?, ¿no condena Pío XII a los obispos que se creen independientes, y que no quieren elegir al papa, del que dice, les comunica la jurisdicción ordinaria?. Los herejes del Vaticano han sido condenados, entre otras cosas, por desoír las voces de los papas de los pasados tiempos. ¿No están haciendo exactamente lo mismo los jefes de la Iglesia tradicionalista al oponer su opinión y voluntad a lo que la Iglesia ordena?.
Ahora, a la mayoría parece, que la Iglesia ha quedado tan pequeña que no amerita la elección de un papa. O no lo eligen, porque están esperando a Elias y a Enoc para que les diga qué hacer. O porque esperan ilusamente la recuperación de las iglesias o el Trono material de Roma, o porque hay muy pocos electores, o porque se dice que el actual usurpador es papa material, aunque no formalmente, y por tantos otros motivos que aislados o todos juntos, no tienen ninguna fuerza ni validez, para VEDAR LO QUE ES ESENCIAL A LA IGLESIA pues si han reconocido la mayoría de ellos que en el Vaticano se sienta un hereje, se debe proceder de inmediato a elegir a Pedro que unifique a la Iglesia. Si ésta ha sido reducida a su mínima expresión, NO ES COSA QUE A NADIE INCUMBA SINO SOLO A DIOS, porque El ha tolerado esta situación por alguna razón que nadie puede juzgar y mucho menos utilizarla como un argumento que juztifique la rebeldía contra Dios.
Y no se piense que es exagerado el calificativo de cismatico y sospechoso de herejía para todo aquel que diga que obedece a los papas anteriores, lo cual demuestra con los hechos que es falsísimo, pero que se niegue a elegir al papa, cualquiera que sea la situación e incluso contra cualquier contingencia humana por grave que parezca, porque negarse a elegir al papa, es DESOBEDECER A LOS PAPAS ANTERIORES.
Pero se podría pensar que la responsabilidad es solamente de los pastores y no de los fieles. Pío XII nos aclara: «Además, nuestro Salvador, dado que no gobierna la Iglesia de un modo visible, quiere ser ayudado POR LOS MIEMBROS de Su Cuerpo místico en el desarrollo de su misión redentora. Lo cual no proviene de insuficiencia por parte suya, sino más bien porque EL ASÍ LO DISPUSO para mayor honra de su Esposa Inmaculada. Porque mientras al morir en la Cruz concedió a su Iglesia el inmenso tesoro de la redención, sin que ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando se trata DE LA DISTRIBUCIÓN de ese tesoro, no sólo comunica a su Esposa sin mancilla la obra de la santificación, sino que quiere que en alguna manera provenga de ella. Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante; QUE LA SALVACIÓN DE MUCHOS DEPENDA de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, Y DE LA COLABORACIÓN DE LOS PASTORES Y DE LOS FIELES…»
Es por lo tanto INSOSLAYABLE LA RESPONSABILIDAD DE TODOS LOS FIELES CRISTIANOS, siendo junto con los pastores parte del Cuerpo místico de Cristo, en esta hora de angustia, en la gran tarea de salvar a la Iglesia, y en la medida que les corresponde, SON CORRESPONSABLES DE LA DIVISIÓN Y DE LA AUSENCIA DEL PAPA, y deben colaborar en la medida de su capacidad y entendimiento para que la Iglesia se una, bajo las llaves de Pedro.
Dice después Pío XII que «la Iglesia ha de ser tenida, por UNA SOCIEDAD PERFECTA… superior a todas las demás sociedades humanas, a las que supera como la gracia sobrepuja a la naturaleza y como lo inmortal aventaja a todas las cosas perecederas». También dice que Cristo «quiso que la comunidad fundada por El fuera UNA SOCIEDAD PERFECTA en su género y dotada de TODOS LOS ELEMENTOS JURÍDICOS Y SOCIALES PARA PERPETUAR EN EL MUNDO LA OBRA DIVINA DE LA REDENCIÓN».

Negar en las presentes circunstancias, sumamente graves, indiscutiblemente nunca acontecidas en la Iglesia y muy probablemente finales, que la Iglesia «SOCIEDAD PERFECTA», fundada por Jesucristo Dios, que posee «TODOS LOS ELEMENTOS JURÍDICOS Y SOCIALES» para perpetuarse y nunca ser vencida por ninguna clase de enemigo, repito, negar que tenga posibilidades, y que por esto está completamente IMPEDIDA, por lo cual es necesario un milagro o la intervención directa de Dios, es levantarse abiertamente, no solamente contra la autoridad del Papa Pío XII, del cual dicen, fue el último pontífice legítimo en el sagrado Trono de San Pedro, sino contra la Providencia divina, como si no hubiese previsto una situación como la actual, que amerita Su intervención, lo cual haría de la Iglesia fundada por El, UNA SOCIEDAD IMPERFECTA, e incapaz de salir de las peores crisis.

Si se enseña que la Iglesia es una sociedad perfecta, pero con las obras se niega lo que se enseña, esto es, se pide a Dios un milagro para solucionar la crisis, es evidente que esa es una doctrina que no se cree en lo absoluto y es haber perdido la fe en Dios y es haber caído en la herejía. Y es ponerse del lado de los que están destruyendo a la Iglesia. Y es militar con los que «oscurecen y deforman el Cuerpo místico del Redentor de tal manera que los que buscan el puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo».
Ratifica Pío XII lo dicho anteriormente, en la siguiente forma: «TIENE QUE HABER UNA UNIÓN DE TODOS SUS MIEMBROS, por lo mismo que tiende a un mismo fin», siendo por «voluntad de su Fundador, UN CUERPO SOCIAL Y PERFECTO», «y cuanto más noble es el fin que persigue esta unión, y más divina la fuente de que brota, tanto más excelente será sin duda la unidad». Pero también se puede añadir a propósito de ésto, que, tanto más culpable será la inacción, cuanto más grave y necesaria sea la unidad y la participación, sobre todo estando de por medio la misma Iglesia.
¿Cómo puede pedirse a Dios el milagro de la recuperación y la salvación de la Iglesia, si no se quiere elegir a Pedro, pero ni siquiera hay la unidad lo cual está matando la Caridad por voluntad del hombre?. Si se soslaya la responsabilidad pidiendo milagros, si se dice que la crisis debe ser solucionada solamente por los eclesiásticos y no también por la acción conjunta de los fieles, ¿cómo es posible que se pida a Dios la salvación de la Iglesia?.
«ES UN CRIMEN LA PASIVIDAD Y NEGLIGENCIA en consentir que la Iglesia esté privada de su Cabeza visible (se falta al deber más grave y santo, según dijo San Pío X) y mal vamos a evitar el efecto del castigo, si no eliminamos la causa del mismo», dijo el Prof. Tomás Tello en su artículo «La cuestión clave».
El Padre Vilariño dice: «372. PRIMADO DEL PAPA. Así, pues, el Papa es el Jefe de la Iglesia. Y como Pedro sobre los Apóstoles, así el Papa tiene autoridad sobre todos los demás prelados, y con más razón sobre los fieles. Y, por tanto, es el Primado de la Iglesia. Por lo cual decía muy bien San Ambrosio: Ubi Petrus ibi Ecclesia, (donde está Pedro (el Papa), allí está la Iglesia). Y puédese decir: DONDE NO ESTA PEDRO, NO ESTA LA IGLESIA».
Esta doctrina, no está sujeta a ninguna clase de discusión ni parecer humano, provenga de donde provenga. Todo aquel que no quiere elegir al papa aún en esta hora de tremenda confusión, en la que la Iglesia ha sido expulsada de los templos y reducida a un corto número, indudablemente ya no pertenece a la Iglesia. Ha dejado de ser católico.

No puede admitirse confusión ante una doctrina tan claramente expresada por tantos papas, teólogos y Padres de la Iglesia. Puede admitirse cierta confusión cuando no ha sido propuesta la doctrina, pero después de ésto, no debe haber rechazo alguno.

EL MILAGRO QUE SE ESTA PIDIENDO.
El milagro es un testimonio de la doctrina en cuyo favor se hace o es la manifiesta aprobación divina de alguna obra que el hombre realiza, y no es posible que venga por otra cosa, porque Dios no puede cooperar con la mentira.
Por este motivo, si para apoyar una acción o una doctrina. Dios hace un milagro, todos entenderán así que El está aprobando plenamente. Lo mismo puede decirse de la profecía cumplida, porque decir las cosas futuras con certidumbre cuando ninguna razón hay para conjeturarlas, es un milagro, obra del poder de Dios.

No puede haber un milagro de Dios, si nadie va a entender qué es lo que se pretende, y si los hombres no están trabajando por la unidad de la Iglesia y la elección del papa, aunque esto humanamente parezca imposible. En estas condiciones, no habrá un milagro, sino un castigo muy merecido.

LA NECESIDAD DE LA AUTORIDAD.
No siempre es posible establecer, de común acuerdo, lo que los particulares deben hacer en la Iglesia, para su extensión, conservación y santificación. Estos bienes, además, pueden ser conseguidos frecuentemente de diversos modos, y no es fácil llegar solamente por la discusión o por la reflexión, a ver cuál es el mejor camino de todos ellos. Además, todo hombre es impulsado por su naturaleza egoísta a colocarse en el centro del Universo y así exige que los demás eviten todo lo que no le parece y hagan lo que va a ser para su personal provecho, sin preocuparse en querer u ordenar lo que sirve a los demás o impidiendo lo que siendo de provecho para todos, a ellos les daña. Estos tales individuos o sociedades, existe el peligro, exigen a los demás, lo que ellos no están dispuestos a hacer, y piden mucho, ¡y a veces muchísimo!, sin dar nunca, ABSOLUTAMENTE NADA.
Por ese motivo, es necesario un poder capaz de imponerse sobre todos. Una de las cosas esenciales para la UNION, es la autoridad, y ES ELEMENTAL, Y TODO MUNDO LO SABE, que uno de los deberes de cualquier sociedad, e indiscutiblemente de los miembros de la Iglesia, ES TENER UNA AUTORIDAD EFICIENTE Y PROCURAR QUE ESTA EXISTA SIEMPRE. Por eso decía el Papa León XIII en su Encíclica «Immortale Dei»: «PUESTO QUE NO HAY SOCIEDAD QUE SE MANTENGA EN PIE SI NO HAY QUIEN ESTE POR ENCIMA DE LOS DEMÁS, moviendo a todos con eficacia y unidad de medios hacia un fin común, se sigue que a la convivencia civil, ES INDISPENSABLE LA AUTORIDAD». Si esto decía de la sociedad civil, ¿no lo diría con mayor fuerza y razón de la Iglesia?
En su Encíclica «Diuturnum Illud» escribe: «En toda comunidad o reunión de hombres, LA NECESIDAD OBLIGA a que exista algunos que manden, para que la sociedad, SIN PRINCIPIO O CABEZA QUE LA RIJA, NO SE DISUELVA 0 SE VEA PRIVADA DE CONSEGUIR EL FIN PARA EL CUAL NACIÓ Y FUE CONSTITUIDA».
Santo Tomás de Aquino en «De Regimini Principum» enseña que: «En todas las cosas en las cuales alguien es ordenado a un fin, o en las que obra de un modo o de otro, ES NECESARIO QUE EXISTA UN DIRIGENTE POR EL CUAL SE LLEGUE DIRECTAMENTE AL FIN DEBIDO».
Es obvio que la necesidad de un papa para la Iglesia constantemente gobernándola, es una necesidad mayor que la de un gobernante temporal. ¡Y este es un severísimo precepto de Jesucristo!
La autoridad es además necesaria, porque no todos hacen espontáneamente lo que deben hacer, y no falta quienes contrariamente a lo que se debe obrar, se inclinan a obstaculizar todo aquello que no les parece: con la abstención, con la ocultación o negación de medios a su disposición, o con acciones abiertamente contrarias.
Y aunque en algunos de estos casos se puede interpretar cierta honestidad, no falta muy seguido, sin embargo, la mala voluntad, el egoísmo o incluso el deseo de destruir no tanto a veces por las pasiones, SINO POR LAS INFILTRACIONES. Y no faltan quienes obran contra el bien común por alguna anormalidad o por alguna distracción.
La Revelación, la Tradición de la Iglesia, el Magisterio, han subrayado enérgicamente que la procedencia de la autoridad es Dios. Así, por ejemplo, en Proverbios leemos: «Por mí, los reyes reinan…; por mí mandan los príncipes y los poderosos administran justicia» (Cap. 8, v. 15 y sig.). O lo que dice Sabiduría Cap. 6, v. 3: «…os fue dado por el Señor y la soberanía por el Altísimo».

Y el Eccles. Cap. 17, v. 4: «Dio a cada nación un jefe». Y es harto conocido lo que Cristo N. S. dice a Pilatos: «No tendrías poder alguno contra mí, si no se te hubiese dado de lo alto…»

No determina Dios, sin embargo, LA FORMA EN QUE LOS HOMBRES HAN DE ELEGIR A SUS GOBERNANTES, y tampoco ha determinado LA FORMA DE ELECCIÓN PAPAL, sino que deja esta responsabilidad al hombre mismo, SIN DISPENSARLO DE LA NECESIDAD Y OBLIGACIÓN DE TENER AUTORIDAD O PAPA que es Su representante en la Tierra.
Por lo tanto, renunciar al derecho y a la gravísima obligación de elegir papa, según lo anteriormente dicho, y sabiendo perfectamente que «DONDE NO HAY GOBIERNO EL PUEBLO VA A LA RUINA» (Prov. Cap. 11, v. 14), es APROBAR LA DISCORDIA entre los hombres, sabiendo que todos hacen las cosas como les parece, y es DARLE ENTRADA CONSCIENTE Y VOLUNTARIAMENTE AL EGOÍSMO de gentes o grupos y a la creación de infinidad de lidercillos firuletes y gritones que todo ordenan o critican sin hacer absolutamente nada. Es ser ENEMIGO DE LA UNIDAD, es abrir la entrada en la Iglesia a toda clase de PASIONES y apoyar la acción de quienes infiltrados, quieren destruir los últimos reductos de la Fe. Pero lo más grave de todo: es oponerse a la Tradición, que se dice defender, a los dictados de las Sagradas Escrituras y al Magisterio de la Iglesia, todo lo cual en conjunto, no es otra cosa que LEVANTARSE EN ABIERTA REBELDÍA CONTRA DIOS.

Quienes en esta hora de angustia y necesidad para la Iglesia se niegan a elegir al papa para que la unifique, son demoledores de la Iglesia, y han de ser considerados como de los peores que en su historia ha tenido, pues no solamente desoyen los dictados de los papas anteriores, aunque hipócritamente digan oírlos, sino que se niegan a elegirlo sabiendo que a falta de pastor, las ovejas se dispersan y se pierden.

LA DEFENSA DE LA CIUDAD FORTIFICADA.
Decía Santa Teresa de Jesús: «Cuando los enemigos han asolado todo el país, el soberano, viéndose en una situación desesperada, se retira a una ciudad que hace fortificar cuidadosamente. Desde allá él opera de tiempo en tiempo salidas contra el enemigo y, tan grande podrá ser el valor de los hombres mejores encerrados en la plaza, que ellos solos harán más que un ejército de soldados apocados. A menudo así se obtiene la victoria o si no se es vencedor, por lo menos no se es vencido. En efecto, SIEMPRE QUE NO SE ENCUENTRE TRAIDOR EN LA PLAZA, no se puede ser forzado más que por el hambre. Ahora bien, entre nosotros, no es jamás el hambre la que obliga a capitular. Se puede morir, sí: ser vencido, jamás».
En nuestro día, la Iglesia ha sido asolada: sus templos violados, su Sacrificio desterrado, sus Sacramentos adulterados e invalidados, sus doctrinas cambiadas, su autonomía económica destruida y entregada a la banca internacional judía, sus puestos de mando usurpados por sus peores enemigos, su Liturgia prostituida y sus fieles seducidos y engañados lanzados por todos lados a las doctrinas más extrañas.
Los pocos fieles que han quedado, se han reunido en una ciu dad pequeña, que toda ella constituye el resto de aquella otra más rrande, y han tratado de conservar todo lo que han podido, PERO NO HAN SABIDO FORTIFICAR CUIDADOSA Y ADECUADAMENTE SU FORTALEZA, porque dentro de ellos han venido también agentes del falso rey usurpador del trono de la gran ciudad. Y estos se han encargado de convencer a muchos de ellos, de que no es necesario que se nombre a un rey verdadero que los dirija, aduciendo toda clase de razones que a ellos en nada favorecen, sino exclusivamente al rey usurpador.
Sin embargo, es innegable que por más pequeña que la fortaleza sea, NECESITA UNA CABEZA QUE LA DIRIJA, porque si la lucha no está UNIFICADA, y cada soldado hace lo que a su parecer sea lo mejor, el falso rey vendrá en cualquier momento y con mucha facilidad los podrá destruir. Pero si algún día fuera posible recuperar el trono de la ciudad grande, esto siempre se hará imposible estando todos divididos y a veces hasta enemistados. Un ejército en el que todos los bajos jefes mandan a sus tropas diversas cosas es fácilmente derrotado y no hay nadie además que tenga sentido común que pueda venir a apoyarlos para ser también destruido.
Entre los cristianos, no podemos pensar nunca en la derrota, aunque las crisis en nuestra santa Iglesia parecen que la van -. destruir. Porque nuestro Señor Jesucristo, ha empeñado Su palabra y las puertas del Infierno no pueden prevalecer contra ella. Esto es de Fe, y no podemos pensar de otra manera. Pero es necesario estar unidos con los vínculos de la Caridad y la voluntad humana lograr la unidad, porque para que ésta sea lograda no es necesario ningún milagro, sino exclusivamente QUERER HACERLO.
La unidad ha de lograrse con plenitud, cuando el papa sea elegido y así, esperar a Jesucristo el dia de la Parusía si esta crisis es terminal, o esperar el milagro de Dios, entonces sí, que permita la recuperación de los templos y del Trono sagrado de San Pedro que está en Roma. Mientras no se logre ésto, mientras no se desoiga a los agentes del falso rey no tenemos ningún derecho a milagros del Cielo.
Un Rey más poderoso vendrá en nuestra ayuda, pero debemos de ser dignos de que nos visite.
LOS QUE QUIEREN RECUPERAR LOS TEMPLOS Y LA SEDE ROMANA.
Es verdaderamente asombroso ver cómo muchos se niegan a la elección de un papa que sería la cabeza en esta tremenda lucha actual para unificar a la Iglesia dispersa, pero pretenden con esa Iglesia dispensa y lógicamente sin ninguna fuerza, recuperar el Trono romano de San Pedro y también los templos del mundo. Sin meternos a analizar esta postura estulta e incongruente, que a veces nos parece intencional y subversiva, quiero considerar entre los muchos, dos puntos que con frecuencia se olvidan o tal vez se desconocen para aclarar que los que tal cosa pretenden, están caminando hacia un callejón sin salida, si no antes, la Iglesia remanente está unida bajo la obediencia de un papa.
1. LA AUTONOMÍA ECONÓMICA DE LA IGLESIA ESTA TOTALMENTE DESTRUIDA.
El día 2 de junio de 1835, en un pequeño pueblecillo sin historia, Riese, nació en el seno de una familia pobre, José Melchor Sarto, el futuro y grandioso Papa San Pío X. No quiero hacer una biografía de su vida, sino destacar muy particularmente su humilde origen y las carencias económicas que lo llevaron a asistir a sus primeras clases de latín y religión recorriendo los doce kilómetros desde Riese hasta Castelfranco, descalzo para no gastar los zapatos que llevaba al hombro.
Es profunda y violentamente contrastante la razón del origen humilde de Juan XXIII que aducen sus apologistas para aprobar el inicio de una serie de medidas que destruirían completamente todo el potencial económico de la Santa Sede.
Cuando Pío XII murió, la Iglesia pasaba por lo que algunos autores llaman «el milagro económico», pues su influencia financiera se había extendido a bienes raíces, cemento, acero, banca, productos farmacéuticos y químicos, seguros, fuerza eléctrica, molinos, turismo, ingeniería, construcción y una serie de empresas que le permitían una AUTONOMÍA muy saludable y conveniente frente a los poderes mundiales enemigos del orden cristiano.
Pero Juan XXIII, ese hombre «de extracción campesina», queriendo que la Iglesia fuera pobre como su Fundador y proyectara una imagen de pobreza cristiana, inicia una serie de operaciones secundadas después por sus sucesores que desembocan con celeridad no solamente en una serie de muy sucios escándalos, sino en la entrega del poder económico de la Iglesia a la banca judía internacional.
El escritor Wilton Wynn, muy bien enterado de las cosas que en el Vaticano pasan entre bambalinas, escribe en su libro Los Guardianes de las Llaves que Paulo VI, «en vez de apoyarse enteramente en el antiguo club de la nobleza negra para efectuar movimientos financieros, la Santa Sede empezó a canalizar sus inversiones por medio de organizaciones internacionales como Credit Suisse, de Zurich, Chase Manhattan, Banker Trust, Hambros y, los Rothschilds». ¡NADA MENOS!. Este autor, dice que el Cardenal Vagnozzi, dijo con orgullo, «ya no tenemos control de una sola compañía».

Destrucción a fondo, entrega, a fondo y TRAICIÓN A FONDO de esos supuestos cuatro «papas» que suben como una mafia anticrística más efectiva que todos los enemigos de la Iglesia juntos, porque dentro de ella y recorriendo sus venas y centros vitales la han destruido.

2. LA IGLESIA QUE OBEDECE AL VATICANO ESTA TOTALMENTE INFILTRADA.
Harto conocido es el texto de San Pablo que ya en su época denuncia que había comenzado a obrar el «misterio de iniquidad» DENTRO DE LA IGLESIA. San Agustín en La Ciudad de Dios hablando de este texto, dice que los partidarios del Anticristo, un día DENTRO DE LA IGLESIA, formarían un poderoso cuerpo, para destruir a la Iglesia. Y es bien conocida también la Encíclica «Pascendi» de San Pío X denunciando un mal muy avanzado y envenenando a la Iglesia por todos lados. La famosa policía secreta por él creada para detectar el mal, caería en el desprestigio por los ataques y las presiones.
La verdad es que desde hace muchísimos años los puestos de mando han sido tomados por quienes esperaban el momento del cambio, mientras propiciaban otras numerosas y muy graves infiltraciones. Con apariencia de piedad y de ortodoxia, agazapados, ganando posiciones, engañando a los jerarcas y al pueblo, paralizaban poco a poco, cautamente y en el momento oportuno todos los movimientos de su gran enemiga la Iglesia.
A la muerte del gran Pío XII, vino la avalancha, el río de podredumbre se desbordó y con esa mentada «ventana» abierta de Juan XXIII, entraron en la Iglesia toda clase de males que pocos años antes se pensaban imposibles.
No es un misterio para mi el cambio tan radical de mentalidad del clero mundial, cuando en tan poco tiempo aceptó las cosas más increíbles. No hubo tal cambio, sino que lo que hubo es un movimiento disciplinado e inmediato para ponerse a las órdenes de quienes por la infiltración habían llegado al Trono de San Pedro. Ideal acariciado por tantos siglos por los enemigos de Jesucristo.
La Iglesia del Vaticano está totalmente impedida para retornar a la ortodoxia, porque está paralizada por toda la gente perfectamente adiestrada que la ha invadido, y la misión que todos ellos tienen es destruir toda noción de Cristianismo, acabar con la memoria del Crucificado, aunque en forma paulatina que los hace hablar de cosas aparentemente cristianas que engañan y seducen a la masas desorientadas e ignorantes de católicos.
Es la hora de la gran prostituta del Apocalipsis, y es la hora en que los pocos favorecidos que están en la Iglesia remanente deben unirse y elegir al padre común, para no ser completamente destruidos. Y es la hora de desoír completamente a todos aquellos que predicando una prudencia paralizante o con textos teológicos o canonicos embrollados que ya nadie entiende, tratan de detener toda la acción que hará que las fuerzas del Infierno no prevalezcan contra la Iglesia, porque aunque hemos de esperar con Fe firmísima la ayuda de Dios, debemos de creer que también es necesaria la acción de los hombres que aman a la Iglesia.
La Iglesia es la pequeña Ciudad que ha quedado fuera, y todo lo que no sea SALVARLA, UNIFICARLA Y ELEGIR AL PAPA, no es católico y HAY QUE DESECHARLO POR COMPLETO.
¿Vendrá luego la recuperación de Roma, o lo que debemos esperar es al Señor para darle su merecido a Sus enemigos?
LA ESTRUCTURA QUE VA SURGIENDO.
La muerte lenta de la Ciudad Católica, no ha dejado un vacío evidentemente, sino que poco a poco, como ésta ha ido desapareciendo de todas partes, ha sido substituida por partes o por emanaciones morbosas de la Ciudad de Satanás. Es sumamente difícil si no se tiene la ayuda de Dios, no ser afectado en alguna forma pues muchos de estos cambios aparecen como algo bueno, o arreligiosos o simplemente producto del progreso del mundo de hoy, que debe prosperar y cambiar.
No dejan de introducirse los elementos descaradamente anticatólicos donde es posible y las gentes han sido ya suficientemente infectadas, por el ambiente, por los líderes incluso de la iglesia de Juan Pablo II o por los falsos ideales «promisorios» del siguiente milenio de paz y de fraternidad.
Y es tan grande el desplazamiento de la Ciudad Católica, y es tan formidable el poder que la va expulsando de todos lados y aplastando, que sus promotores están ya a punto de cantar su triunfo, igualmente que sucedió el día que mataron a Cristo. El bajó al sepulcro, pero tres días antes de Su resurrección.
YA ES TIEMPO DE UNIRNOS Y DE ACTUAR.
Por este motivo, es ya tiempo de actuar, es ya tiempo de olvidar rencillas, es tiempo de deponer las opiniones personales, para que sean resueltas por el Santo Padre. Hay que ubicarse en la situación de EXTREMÍSIMA NECESIDAD, por la que nuestra Iglesia está pasando, que si bien, es de Fe que nunca será destruida, el negar sistemáticamente nuestra acción y nuestra cooperación para sacarla de esta situación, nos enfrenta abiertamente a Dios, que ciertamente sí actuará al fin, PERO LO HARÁ EN CONTRA DE NOSOTROS, para hacer prevalecer Su santísima voluntad.
¡Se supone que no estamos tratando con enemigos de la Iglesia, sino con católicos que han sufrido las mismas desgracias, consecuencia de la gran Apostasía y usurpación del Trono de San Pedro!
Es tiempo de recibir a todos los que quieran actuar, colaborando en alguna forma en favor de nuestra divina Institución. NO HAY LEY HUMANA INCLUSO ECLESIÁSTICA CUANDO POR LA EXTREMÍSIMA NECESI DAD LA QUE ESTA EN PELIGRO ES LA MISMA IGLESIA. Todos los que manejan estas cuestiones sin darse cuenta de la situación por su diabólica terquedad, no están más que destruyendo y saludable sería que se retiraran para no estorbar, si es que egoistamente no colaboran.
Es tiempo ya de unir los esfuerzos sacrificados por nuestra causa que es la causa de Dios. Y es tiempo también de concientizarnos de que ESTA PUEDE SER NUESTRA ULTIMA OPORTUNIDAD, pues Dios no ha de tolerar mucho tiempo más nuestra ridicula y escandalosa división y nuestra posición «prudente» cuando tantas almas buenas han sido engañadas y seducidas por el prosópago del Vaticano, y se están perdiendo.
Algunos esperan a Elias y a Enoc para que digan qué es lo que hay que hacer. ¿No saben que las Sagradas Escrituras dicen que todo mundo se burlará de ellos, que nadie los creerá, que harán con ellos todo lo que les dé la gana y que cuando muertos harán todos fiestas y se mandarán regalos?, ¿no saben que pocos han de conocerlos, porque si Dios evidenciara su personalidad, la conversión no tendría mérito sino que seria servil y de conveniencia?.
La Iglesia no es la «SECTA» del Vaticano. La Iglesia vive en esas comunidades escondidas y perseguidas esparcidas por todo el mundo, a cuya cabeza, obispos y sacerdotes, muy pocos por cierto, tratan de conservar la ortodoxia. Pero deben ya unificarse, pues ya no se puede a estas alturas justificarse la confusión que a todos afectó después del «Concilio» de Juan XXIII y Paulo VI. No es posible aceptar que esa Iglesia, aunque pequeña, siendo la verdadera, NO TENGA UN PAPA, para que la unifique, para que la ilustre, y para que ¡SI DIOS QUIERE!, la lleve al triunfo. Ya es tiempo, por ahora, de olvidarnos de recuperar nuestros templos que Dios nos devolverá a su debido tiempo, pero no es posible olvidarnos de elegir a Pedro, porque los templos no son esenciales para la existencia y unidad de la Iglesia, pero Pedro es ABSOLUTAMENTE NECESARIO, y es una gran des gracia, el destierro del Sacrificio de los altares del mundo, pero no es menos desgracia que hoy, en nuestro día, Pedro no está en el mundo, ni quieren elegirlo. Y esto es escandaloso.
¡Ya es tiempo, señores obispos, señores sacerdotes, señores dirigentes de comunidades religiosas, señores dirigentes de grupos católicos diversos, DE TERMINAR CON ESTE ESCÁNDALO, CON ESTA CONFUSIÓN Y CON ESTA DIVISIÓN, porque si voluntariamente hemos renunciado a la UNIDAD Y HEMOS MATADO LA CARIDAD, ha llegado, pues, el momento del fin!. Y así como no hay ley humana que justifique no salvar a la Iglesia, pues «LA NECESIDAD NO ESTA SUJETA A LA LEY», tampoco se debe obedecer a quien nos quiere paralizar. Si no actuamos según dicta nuestro más estricto deber y responsabilidad, vendrá el Señor y aplicará con su Brazo victorioso el castigo que merecemos .

POSICIONES INSOSTENIBLES ACATÓLICAS

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Aquí se razona a la luz del Magisterio de la Iglesia, y jamás se calumnia de nadie,

porque, a los que profesionales de esparcir cieno, les decimos:

«Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor obscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche el cieno

Y seguiremos, por la gracia de Dios y hasta cuando a Él le plazca, proclamando estas verdades:

Vimos en el anterior número 4 de la revista Sacrificium que ni Roncalli -Juan XXIII- ni Montini -Pablo VI- ni Wojtyla -Juan Pablo II- ni Ratzinger -Benedicto XVI- ni Bergoglio -Francisco- han podido ser legítimos papas de la Iglesia Católica porque, siendo imposible que un verdadero Papa enseñe la herejía, todos éstos firmaron los documentos heréticos del Conciliábulo conocido como Vaticano II, enseñaron de palabra y obra doctrinas heterodoxas -ecumenismo, libertad religiosa para el error, colegialidad episcopal, salvación fuera de la Iglesia, entre otras- y aprobaron leyes heréticas -v. gr.: nuevo Código de Derecho Canónico, cambios en los ritos de los siete sacramentos, hasta una nueva misa, y muchas falsas doctrinas más- lo cual es imposible en un legítimo Papa.

Gracias a Dios, ya son centenares de miles los que han recibido y aceptado la luz para confesar que la Sede de San Pedro está vacante o usurpada. Es decir, que quien se dice papa en realidad no es el legítimo Vicario de Cristo en la tierra. Y que la Sede de Pedro está sin la provisión del legítimo Pastor de la Iglesia desde la muerte de su santidad Pío XII en 1958.

Pero, por desgracia, habiendo ya pasado más de 61 años con la Sede de S. Pedro vacante, muchos de los que recibieron la luz la negaron a posteriori, suscribiendo novedosas doctrinas y tesis insostenibles para los católicos. Todas estas falsas doctrinas con las que se ha envenenado a los clérigos y fieles, no son más que la obra del anticristo para impedir obrar de la única forma que lo puede hacer la Iglesia, a saber: si no hay papa por muerte natural, moral o tácita (canon 188, por herejía), la Iglesia tiene como deber primero y gravísimo la elección del sucesor de Pedro, porque siendo la Iglesia una sociedad perfecta no puede carecer de la cabeza para obtener su fin. El Papa, pues, es necesario como el principio de unidad y fortaleza.

Para impedir este deber gravísimo (San Pío X) de la Iglesia de elegir al Papa en tiempo de Sede vacante, al que Dios le dará la autoridad, al cual hemos de sujetarnos para salvarnos (Concilio Ecuménico de Florencia, Trento, etc.), se han manifestado varias posiciones insostenibles que tratan de dividir la Túnica inconsútil de Cristo, haciendo lo que sea para hacer casi imposible la elección de su Vicario en la Tierra.

En este número de nuestra revista trataremos, pues, de describir dichas soluciones y avisar a los lectores sobre las razones de su absoluta falsedad y por ende, del peligro que se cierne de perder el alma en aquellos que las abrazan, al ser todas ellas, ora heréticas, ora erróneas, ora temerarias.

 

POSICIONES INSOSTENIBLES ACATÓLICAS

1.ACÉFALOS

En la primera Epístola del Apóstol San Juan, (II, 22) encontramos un texto poco comprendido. Dice: « ¿Quién es el embustero sino el que niega que Jesús es Cristo?» A esos que lo niegan, les llama San Juan «anticristos».

Sin cabeza, cada cual como le place.

San Agustín nos aclara: Jesús es el nombre propio y Cristo, Su oficio; negar su oficio como lo negaron los judíos, es estar fuera de la verdad (In Epist. Ioan, ad Parthos). No todos los herejes niegan a Jesús, sino que se creen todos ellos sus seguidores y muchos lo creen firmemente, pero ellos no dan oídos a la Iglesia, ni están unidos a Pedro que es el papa.

Y, hoy día, no son pocos los que estando dentro de la misma Iglesia Católica remanente, la única verdadera, pueden ser inscritos con el término de «anticristos». Si se les predica algo contra lo que ellos creen, querrán convencerte de que todo lo que dices es cosa tuya. Pero si les demuestras que todo lo que dices ha sido enseñado por los santos, por los papas, por los Padres de la Iglesia, por el Magisterio, entonces comenzarán a murmurar contra la misma Iglesia, anteponiendo sus falsas ideas, sus falsas prudencias o pareceres humanos o mundanos a la Doctrina que la Iglesia ha enseñado de ella misma.

Con la seguridad de ser cuestionado por muchos, he de exponer ante los soberbios e ignorantes de nuestro tiempo, de los que ya hay tantos entre los fieles y entre los pastores, doctores oscuros e improvisados, la doctrina de la absoluta necesidad de que la Iglesia tenga siempre y sin faltar un papa para que la dirija y unifique, especialmente durante este tiempo de máximo desconcierto. Y también la he de exponer ante esos prudentes y legistas tan claramente condenados por nuestro Señor Jesucristo en Mat. 11, 25, en Luc. 10, 21, y en 11, 46.

PARA SER CATÓLICO ES INDISPENSABLE
ESTAR ADHERIDO AL ROMANO PONTÍFICE

San Ambrosio (330-397) dice en «De poenitentia», I, Cap. VII, lo siguiente: «No se puede tener parte en la herencia de Pedro, sino a condición de permanecer adheridos a su sede».

En el «Diccionario de la Fe Católica» de la Editorial JUS, 1953, encontramos en: «Papa, primacía del: …el papa es el centro de la unidad y de la comunión, siendo la comunión con el papa, la señal característica de la ortodoxia católica». Es también, como veremos después, la señal característica que distingue al verdadero cristiano.

La Iglesia siempre ha considerado cismático a todo aquel que se separa de la Sede de San Pedro.

El Papa San León XI (1049-1054), en carta del 8 de septiembre del año de 1053 a Miguel Cerulario, decía: «…si no estás unido a la cabeza (el papa), no puedes pertenecer al cuerpo de la Iglesia». (Hefele-Leclercq, Historia de los Concilios, T. IV, 2a. parte, Pág. 1097)

El Papa Bonifacio VIII (1294-1303), en su Bula «Unam Sanctam» de noviembre de 1302, dice: «Definimos y abiertamente proclamados como de necesidad absoluta para la salvación, la subordinación al romano pontífice de toda humana creatura». Bonifacio VIII toma este texto de Santo Tomás de Aquino en «Contra Errores Graecorum», II, 27.

Y San Roberto Belarmino, en Dottr. Crist. No. 54, dice: «La Iglesia es la sociedad de todos los fieles, gobernada por nuestro Santo Padre el Papa» y en esta forma, decía el Papa San León Magno (440-461): «…en Pedro se asegura la fortaleza de todos». (Serm. 3 de assumpt. sua ad Pontif.)

Innumerables son los textos que se pueden aportar para afirmar esta doctrina, cosa que ahora no haremos, porque para los detractores actuales de la ortodoxia, ésta sigue siendo una verdad confesada, por lo menos de dientes para afuera, y no se necesitan grandes comprobaciones.

Se deben suceder, sin embargo, en el sagrado Trono de San Pedro, en forma constante, otros papas hasta el fin del mundo.

LOS PAPAS HAN DE TENER PERPETUOS SUCESORES

El primer Concilio Vaticano (ses. IV, en. 1) dice: «Si alguno dijere, pues, que no es institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el Primado sobre la Iglesia universal, sea anatema».

Quiero anotar aquí, a modo de paréntesis, que he oído de un Obispo tradicionalista decir que nunca entendió el dogma de la infalibilidad pontificia; que ella es darle las prerrogativas de Dios a un hombre; que no es necesario el papa actualmente, porque hay «jerarquía», Sacramentos y todo lo necesario. ¡Este es un hereje formal!

Jaime Balmes en su obra «La Religión Demostrada», que escribió en 1841, T. 1, Pág. 927, dice: «…la autoridad que la ha de regir y gobernar (a la Iglesia), no puede ser una autoridad intermitente».

Y el «Catecismo Romano», edición de la B. A. C., Pág. 227, dice: «El Primado debe ser perenne en la Iglesia… Como consecuencia de las afirmaciones precedentes, deducimos que en la Iglesia ha de existir una autoridad suprema que ostente el Primado que Cristo fundó».

Perpetuo, según el Diccionario de la lengua, es «que dura, permanece para siempre». Perenne es «continuo e incesante». Intermitente es «que se interrumpe o cesa, y vuelve a proseguir». ¿Se están verdaderamente entendiendo los términos, y una vez entendidos, se aplican y practican?

Porque los hombres, y no Dios, han de elegir al papa. Y ellos tienen la gravísima obligación de hacerlo. Jesucristo no bajará para elegir ni para decir en qué momento hacerlo. Los hombres son los que deben cumplir este precepto de Jesucristo, en el mismo momento que haya sede vacante, sin que ninguna contingencia humana, pretexto o razón, por grave que sea, dispense de hacerlo o cambie esta obligación.

La Revelación nos dice: «Donde no hay gobierno, va el pueblo a la ruina» (Prov., 11, 14), y el Magisterio nos enseña que Pedro tendrá perpetuos sucesores, por lo que es herética la afirmación de que es posible que se extinga en la Iglesia el poder y el deber de elegir papa. La constitución divina de la Iglesia es inmutable, enseña San Pío X (Denz. 3453 y 2053), y por lo tanto, no es variable como las situaciones o los delitos, ni es relativa a las variaciones situacionales. Afirmar lo contrario es herejía.

Esta perpetuidad, es muy claro, debe ser porque la Iglesia siempre y en todo momento necesita de una dirección y de un centro de unidad. Nuestro Salvador, imponiendo a Pedro con solemne investidura el mandato de apacentar Su grey, lo constituyó cabeza y pastor de la gran familia cristiana.

ES ABSOLUTAMENTE NECESARIO

QUE EN LA IGLESIA HAYA UN PAPA

El Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga en su libro «Donde está el papa, allí está la Iglesia», pág. 90 y 91, dice: «Un rebaño que no tenga pastor, va a la ruina y a la muerte… Pedro, pues, en cuanto Pedro, en cuanto fundamento de la Iglesia, Pastor de los pastores, Vicario de Cristo sobre la tierra, es un cargo, un oficio, un ministerio del cual la Iglesia nunca puede carecer». ¡Que apunten muy bien estas palabras sus antiguos colaboradores y actuales detractores!

San Roberto Belarmino (1542-1621), Doctor de la Iglesia,  dice en su «Explicación más copiosa de la Doctrina Cristiana Breve», que escribió por orden del Papa Clemente VIII y que se tradujo al español por orden del Card. Lorenzana a fines del siglo XVIII, lo siguiente: «…es menester creer y confesar la santa ley de Cristo, según la enseñan los Prelados y Predicadores de la misma Iglesia; pero esto no basta, sino que es necesario estar en la obediencia del Sumo Pontífice Romano, reconocerle, y tenerle por superior supremo y Vicario en lugar de Cristo». Es decir, que debe estar presente en la Iglesia, porque la Piedra es el papa vivo y su magisterio vivo y no el conjunto de papas que ya han muerto.

El «Catecismo Romano» de la B.A.C dice en la pág. 231: «Una Iglesia visible necesita también un jefe visible».

Jaime Balmes en la obra citada antes, T. 1, pág. 924, dice: «Me parece a mí que si Jesucristo no hubiera establecido sobre la tierra una autoridad viviente para enseñarnos la verdad, apartarnos del error y aclarar nuestras dudas, nos habría dejado en una confusión tal, que no nos habría servido de mucho la luz de la verdad divina».

El «Catecismo Romano» mencionado antes dice: «Particular atención merecen las notas y propiedades que caracterizan a la verdadera Iglesia… Porque uno es el jefe visible, el que ocupa la Cátedra de Roma, como legítimo sucesor de San Pedro, príncipe de los Apóstoles» (Pág. 225). Y en la pág. 226: «Ha sido siempre unánime el sentir de los Padres sobre la necesidad de una cabeza visible para establecer y confirmar la unidad de la Iglesia. San Jerónimo escribe así a Joviniano: Uno solo es el elegido para que, constituida la cabeza, se quite toda ocasión de cisma».

Porque, efectivamente, la presencia de Pedro, que es el papa reinante y no los papas que han muerto, es un antídoto puesto por el mismo Cristo para evitar los cismas. Porque, «no basta hablar de solidaridad, dice el «Catecismo Romano», pág. 232, nota 174, y de compañerismo. Si no queremos tergiversar y destruir nuestro Evangelio, es preciso llegar a la inteligencia, a la apasionada elaboración de una unidad viviente».

«Al anteponer al bienaventurado Pedro a los demás Apóstoles, en él instituyó (Cristo) un principio perpetuo de una y otra unidad (de Doctrina y gobierno) y un fundamento visible, sobre cuya fortaleza se construyera un templo eterno», dice (sesión IV del 18 de julio de 1870, del Concilio Vaticano I) la «Constitución Dogmática I sobre la Iglesia de Cristo».

Así también, el Papa León XIII en su Encíclica Satis Cognitum del 29 de junio de 1896 dice: «…es de todo punto necesaria la verdadera autoridad y autoridad suprema, a la que ha de someterse toda la comunidad…»

Por ese motivo, en la Constitución del Papa Pío VI (1775-1799) Auctorem Fidei, contra el Sínodo de Pistoya del 28 de agosto de 1794, se condenan ciertos derechos atribuidos a los obispos contra la autoridad del papa. Dice a este respecto: «La doctrina del Sínodo por la que profesa: estar persuadido que el obispo recibió de Cristo todos los derechos necesarios para el buen régimen de su diócesis, como si para el buen régimen de cada diócesis no fueran necesarias las ordenaciones superiores que miran a la Fe y a las costumbres, o a la disciplina general, cuyo derecho reside en el Sumo Pontífice y en los Concilios universales para toda la Iglesia, es cismática o, por lo menos, errónea».

EL PAPA ES EL CENTRO DE LA UNIDAD CONTRA LA DIVISIÓN

Esta es una doctrina mantenida en toda la historia de la Iglesia. San Jerónimo (340 o 350-420),  por ejemplo,  en «Contra los luciferianos», 26, carta 41, dice: «La Iglesia está fundada sobre Pedro, el único escogido entre los doce Apóstoles, a fin de que la autoridad de un jefe universal impida todo peligro de escisión».

San Pedro Crisólogo (405-450), Arzobispo de Rávena, en su Carta 25, escribe: «…es en él (en el papa) donde el bienaventurado Pedro, sobre su propia Sede, sobrevive y preside a fin de asegurar a las almas leales la verdad de la Fe y, sin el consentimiento del cual, ningún obispo puede conocer las causas de la Iglesia y de la Fe».

San Ignacio de Antioquía desde el año 69, en su Epístola a los romanos, dice que la Iglesia de Roma es «cabeza de la alianza de la caridad». (G. Rauschen, Compendio de Patrología. Herder, pág. 39. 1909). Y el Papa Pío IX (Denz. 1686) dice: «No hay otra Iglesia Católica, sino la que se edifica sobre el único Pedro, se levanta por la unidad de la Fe y la caridad en un solo cuerpo conexo y compacto».

En el T. III, pág. 297, del «Catecismo de Perseverancia» del Abate J. Gaume, leemos: «La unidad es el carácter esencial de la verdad, porque Dios es uno, y la verdad es Dios revelado al hombre. El Salvador ha querido que Su Iglesia fuese una, y la representa bajo la forma de un rebaño que tiene un solo pastor, de una casa donde habita un solo jefe, de un cuerpo cuyos miembros están perfectamente unidos. Por eso, la verdadera Iglesia, debe ser una; una en su Fe, una en sus leyes, una en su esperanza, una en su jefe». Por eso la Iglesia organiza en perfecta gradación jerárquica, uniendo a todos, y así, «los obispos (dice en el T. III, pág. 300) todos se encuentran sometidos al Sumo Pontífice, jefe supremo de la Iglesia, el cual, revestido de una primacía de honor se muestra más elevado que todos, a fin de que todos vean en él, el centro de la unidad al que se reúnen todos los radios».

También el Papa León XIII, en su Encíclica «Satis Cognitum» antes mencionada, dice: «Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido a Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, necesariamente, se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada».

El Papa Pío XII en su Encíclica «Mystici Corporis» también decía: «…los que están separados entre sí, por la Fe o por el gobierno, no pueden vivir en este único cuerpo (la Iglesia) y en este único espíritu».

A este respecto, el «Catecismo Romano», ya mencionado, pág. 229, apunta: «San Optato de Milevi dice: No te puede excusar la ignorancia porque tú bien sabes que en Roma tiene sentada su Cátedra episcopal, sobre la cual él se sentó como cabeza de todos los Apóstoles, para que todos tuvieran en él solo, la unidad de la Cátedra, y no pretendieran cada uno de los Apóstoles imponer la suya propia. Y así sea cismático y prevaricador quien contra esta suprema y única Cátedra, pretendiera levantar otra».

Pero se puede pensar que Pedro y sus sucesores necesariamente deben tener siempre su sede en Roma, confundiéndose así la ciudad con la Iglesia Romana, porque aunque es normal que la Iglesia Católica Romana tenga su sede en esta ciudad, no pueden estar ligadas, si acaso el papa pudiera estar en otro lugar.

LA IGLESIA ROMANA ES EL PAPA, 
Y SI NO HAY PAPA, NO HAY IGLESIA ROMANA

San Pedro Damián (1007-1072) dice: «Vos mismo sois la Iglesia Romana; no es a la mole de piedra de la que está formada a la que yo recurro, sino solamente a aquél en quien reside toda la autoridad de esa misma Iglesia» (D’Ales. Dictionnaire Apologetique de la Foi Catholique, T. III, Col. 1487).

También San Hilario escribe: «Hacéis muy mal en amar tanto los muros, en fincar así en los edificios vuestro respeto por la Iglesia, y cubriros de este pretexto para invocar una pretendida paz: ¿Puede dudarse que el Anticristo se sentará en los mismos lugares?» (Biblia de Mons. Straubinger. Ediciones Progreso. Tlalnepantla, Edo. de México, pág. 199. 1969).

Por esto, el Beato Papa Benedicto XI (1303-1304), al abandonar Roma en 1303, exclamó: « ¡Roma no está ya en Roma: toda entera está donde yo esté!» Y así decía León XIII en su Carta Testem benevolentiae, al Cardenal Gibbons, un 22 de enero de 1899: «…con razón se llama (la Iglesia) Romana; pues donde está Pedro, allí está la Iglesia», misma doctrina que enseñó San Ambrosio.

JESUCRISTO Y EL PAPA SON LA MISMA CABEZA

En el «Catecismo de Perseverancia» mencionado antes, t. III, pág. 311, leemos: «En el cuerpo humano existe una cabeza que rige todos los demás miembros, que influye en cada uno de ellos por las emanaciones que le envía; un corazón de donde la sangre parte y a donde vuelve para purificarse y tomar calor y para partir otra vez; además, el cuerpo está animado, vivificado por un alma que le comunica el movimiento, la hermosura y el vigor. Así mismo, en el cuerpo de la Iglesia hay una cabeza, nuestro Señor Jesucristo, el cual rige todos los miembros, que influye en cada uno de ellos, por medio de Sus gracias; un corazón que es la santa Eucaristía, de donde el amor parte y a donde vuelve para purificarse, para tomar calor y para partir de nuevo; finalmente un alma, el Espíritu Santo, el cual diseminándose por todas partes en tan admirable cuerpo, le comunica la hermosura, la fuerza, la vida de gracia en la tierra y la vida de la gloria en la eternidad».

En estas doctrinas se han basado muchos para predicar el gravísimo error de que Cristo gobierna a la Iglesia cuando no hay papa; y por lo tanto, no habiéndolo ahora, Él gobierna a Su Iglesia, de lo que concluyen que el papa no es necesario. No ha de efectuarse, pues, un cónclave que se presenta temerario, apresurado, imprudente. Se han de esperar mejores condiciones, mejores tiempos o situaciones que Jesucristo propicie para la elección que vendrá cuando Él quiera. Oración, paciente espera y acatamiento de la divina Voluntad. Y esta es una herejía muy rayana en la protervia herética. Muchos ignorantes quieren doctorar en religión, como quien pretende curar a un enfermo con solo leer el libro de medicina.

San Francisco de Sales (1567-1622) decía: «La Iglesia no puede estar siempre reunida en un concilio… En las dificultades que sobrevienen diariamente, ¿a quién sería mejor recurrir, de quién podría tenerse la ley más segura, la regla más cierta, que del jefe general y Vicario de Jesucristo?… la Iglesia tiene siempre la necesidad de un confirmador infalible al cual nos podamos dirigir, de un fundamento que las puertas del infierno y principalmente el error no puedan echar abajo, y que su pastor (o sea, los obispos o sacerdotes) no pueda conducir al error a sus hijos». (R. Sineux. Los Doctores de la Iglesia, pág. 394-395. Dictionnaire Apologetique de la Foi Catholique, de A. D’Ales, t. III, Cois. 1445-1446 que cita la fuente: Oeuvres, Ed. de Annecy, 1892, t. I, pág. 305).

Jesucristo edifica a Su Iglesia por medio del Sumo Pontífice, y no lo hace por medio de los papas que ya han muerto, o por el Derecho Canónico, o por los Cánones de los Concilios, o por las Encíclicas, o por medio de la Doctrina, o por las Sagradas Escrituras, o por la opinión de un líder firulete cualquiera. Antes que nada, y sobre todas las cosas, es necesario el papa y luego todo lo demás, porque si falta el papa, no hay Iglesia.

Pues esto es lo que pretenden los nuevos herejes, yo no sé cuánto materiales y cuánto formales, que pululan en el mundo «tradicionalista», engañando a muchos con el truco diabólico de que, por la crisis tan terrible que ahora padece la Iglesia, es necesario esperar mejores condiciones; y los seguidores de estos pastores no se han dado cuenta de que precisamente la enormidad de la crisis hace más urgente la presencia de Pedro, para unificar a todos y luchar contra los apóstatas del Vaticano.

Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de San Mateo, v. 18, del Cap. 16, dice: «…a éste (a Pedro) especialmente lo premia: A ti te digo que tú eres Pedro, etc… Primero le da el nombre y, en segundo lugar, el poder… Y en cuanto a lo primero, primeramente da el nombre y enseguida la razón del nombre: y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Pues a esto he venido al mundo, a fundar la Iglesia. Isaías, 28, 16: ‘He aquí que pongo por fundamento en Sion una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella, no vacilará’. Marcada está como la piedra que sirvió de cabecera a Jacob y que él ungió, como dice el Gen. XXVIII… Y esta piedra es Cristo, y por esta unción todos son llamados cristianos, por lo cual no nos decimos cristianos solo por Cristo, sino por la piedra. Por lo cual especialmente le impuso el nombre (a Pedro): Tú eres Petrus, por la piedra que es Cristo… Propiedad de la piedra es que se ponga como fundamento y también para que dé firmeza… Sobre esta piedra, esto es, sobre ti, piedra: porque de mí que soy piedra, te viene que tú seas piedra. Y así como yo soy piedra, así, sobre ti, piedra, edificaré».

Sería bueno que apuntaran y reflexionaran muchos las palabras de Sto. Tomás: «No nos decimos cristianos solo por Cristo, sino por la piedra». Y a la luz de las doctrinas consagradas en la Revelación y recibidas por toda la Tradición y la Teología, que en parte mínima y suficiente hemos transcripto aquí, descubrieran la terrible desviación que es negarse a tener en la Iglesia al papa, pensando que Jesucristo la gobernará sin Su Vicario, cuando dijo otra cosa.

Por lo tanto, nuestro Señor Jesucristo y Pedro son la misma piedra. Por ese motivo, Pío XII (1939-1958), en su Encíclica «Mystici Corporis», 35, dice: «Cristo y su Vicario, constituyen una sola cabeza». Y así también en «Controversiarum de Summo Pontífice», Ed. de Vives, París, 1870, San Roberto Belarmino dice que nuestro Señor Jesucristo puso a Pedro este nombre, porque con este mismo nombre Él es designado en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: Isaías, 4, 14 a 28; Daniel, 2, 35 y 45; Salmo 107, 22; Mateo, 21, 42; Rom., 9, 1; Cor., 10, 1; Efe., 2, 1; I de Pedro, 2, 4, etc. «Sólo con Pedro, dice, comunica Cristo su nombre, el nombre que lo significa a Él mismo, para indicar que a Pedro lo hace fundamento y cabeza de la Iglesia, con Él».

Corrobora esta doctrina el Papa San León, que en su epístola 89 ad Vienn. prov. escribe: «Esto dijo (Cristo) expresando una asociación de indivisible unidad, lo que era él mismo quiso significarlo diciendo: Tú eres Piedra…» Y en el sermón que pronunció para conmemorar el tercer aniversario de su elevación al sumo pontificado dijo: «Así como mi Padre te reveló mi divinidad, así también yo te hago notar tu excelencia, porque tú eres Pedro; esto es, de la misma manera que yo soy piedra invulnerable, yo la piedra angular, que de una y otra, hago una sola, yo el fundamento, en lugar del cual ninguno puede ponerse, con todo, tú también eres la piedra, y para que afirmado con mi virtud, las cosas que son propias de mi poder, sean también tuyas, en participación conmigo».

También el Papa Bonifacio VIII, en su Bula «Unan Sanctam» del 18 de noviembre de 1302, dice: «La Iglesia, pues, que es una y Única, tiene un solo cuerpo, una sola cabeza, y no dos como un monstruo, es decir, Cristo y el vicario de Cristo, Pedro y su sucesor, pues que dice el Señor: Apacienta a mis ovejas». Porque la Iglesia está gobernada por el sucesor, uno sólo, de San Pedro, y no todos los anteriores, que con Cristo hace una sola cabeza y son la misma piedra, por voluntad del Señor. Doctrina tan firme enseñada siempre por la Iglesia, negada ahora por quienes quieren que Cristo los gobierne sin el papa para atenerse a libros, a inspiraciones o a la voluntad caprichosa de los obispos, divididos en muchos gobiernos. Deberían estudiar bien la Encíclica Mystici Corporis para averiguar dónde queda esa pretendida jurisdicción ordinaria que creen tener cuando se niegan a elegir al sumo pontífice, y cómo queda todo aquello que es consecuencia de esa jurisdicción.

Se han convertido por esto en estrellas errantes, sumergidos en su soberbia, que llevan a la desviación más grande a las almas confiadas a ellos. Porque si se han encontrado razones suficientemente poderosas para negarse a seguir la Doctrina, o si se piensa que no se está negando ninguna doctrina, o que es muy lógica su actuación debido a las contingencias sumamente especiales de nuestro tiempo, entonces ya se tiene una prueba indiscutible de que se ha caído en la herejía. Con mucha razón San Pablo anunció que vendrían tiempos en los que la sana doctrina no sería soportada.

NO QUERER ELEGIR AL PAPA ES NO QUERER ESCUCHAR A

JESUCRISTO Y DESPRECIAR SUS LEYES Y GOBIERNO

El Dr. Mons. José S. Correa en su libro «La Infalibilidad del Romano Pontífice» escribe: «Es claro que quien se rehúsa a escuchar al Pontífice, se rehúsa en realidad, de verdad, a escuchar a Dios». Y añade en la pág. 101: «y ahora los herederos de la perfidia judaica ponen sobre el altar un anticristo cualquiera, por no poner al vicario de Cristo: «et nunc Antichristis multi facti sunt»: hay en la actualidad muchos anticristos, dijo San Juan en su Epístola (II, v. 18) como si lo hubiera dicho para nuestros tiempos actuales».

Hay una profunda ignorancia de los textos bíblicos. Nuestro Señor Jesucristo dijo que Él «edificaría» Su Iglesia sobre la Roca, sobre Pedro, y edificar es una palabra que tiene muchos y más amplios significados. Generalmente sólo se toma en este texto por «construir».

Edificar, según el Diccionario de sinónimos y palabras afines, es «construir, fabricar, levantar, elevar, obrar; ejemplarizar, moralizar; combinar, fundar». Moralizar es: «sanear, educar, edificar, ejemplarizar». Elevar es: «alzar, erigir, levantar, edificar, construir; encumbrar, exaltar, realzar, engrandecer, ennoblecer, promover, aumentar, subir, ascender». Educar es: «enseñar, instruir, doctrinar, perfeccionar, afinar», etc. Muy sabia palabra utilizada por nuestro Señor Jesucristo. No es, pues, solamente construir la Iglesia.

Pedro edifica, y lo hace Cristo por él, construyendo la Iglesia y no destruyéndola; elevándola, moralizándola, es decir, enseñando, legislando; fundando, saneando, es decir, defendiendo a la Iglesia de las herejías; obrando, es decir, estando presente como un centro de unidad; alzando, levantando, construyendo, encumbrando, exaltando, engrandeciendo a la Iglesia que debe triunfar sobre todos sus enemigos; doctrinando, perfeccionando y afirmando, es decir, confirmando a todos en la Fe. Así es como Cristo gobierna a Su Iglesia. Mediante el magisterio vivo del Sumo Pontífice, que no es un acto puramente humano y natural, estando fundado en la Fe sobrenatural y regido por ella. «Esta potestad aunque se ha dado a los hombres, y se ejerce por un hombre, no es humana, sino antes bien, divina» (Denz. 874 y 469). La Causa primera que es Cristo, no elimina las causas segundas. Solamente cuando se confieren las gracias sacramentales, es Dios el autor único. Pero por Su ley ordinaria se vale de ministros humanos a modo de causas instrumentales. «El derecho divino que procede de la gracia no abroga el derecho humano, que se funda en la razón natural» (Sum. Theo. 2-2, 10, 10). Querer confundir las cosas es querer corregir el plan divino y juzgar lo que Él ha establecido. Él habla por Pedro, gobierna por Pedro, construye por Pedro y combate por Pedro contra todos sus enemigos. Gobierna invisiblemente por Pedro. Esperar que por medios sobrenaturales obre lo que no dijo, está lleno de fábula y de soberbia y es un gravísimo pecado de tentar a Dios: «no tentarás al Señor tu Dios». (Hasta aquí un texto de Mons. José F. Urbina).

Refutada cum laude la posición insostenible, pululan por el ciberespacio “tesis” erróneas sobre cómo se hará la elección del Papa, dada la actual situación de un usurpador -el sexto desde el Sumo Pontífice Pío XII- sentado en la Silla de San Pedro-. Entre ellas refutamos, además de la anterior, las siguientes falsas soluciones: b) La solución mística; c) la solución Casiciacum; d) La solución del Papa invisible y e) la solución ecuménica.

2. LA SOLUCIÓN MÍSTICA

 Una de las más insólitas y más «sesudas» es la solución “mística”. Se podría expresar tal «inspirada» solución, que nos deja atónitos, así (tomo el argumento de un blog revelacionista):

«San Pedro escogerá entonces al nuevo papa. La Iglesia será reconstituida, las órdenes religiosas restablecidas; y las casas particulares de los cristianos se volvieron semejantes a los conventos, tan grandes eran su ardor y celo por la Gloria de Dios».

Al parecer, esta admirable esperanza está basada en una revelación privada de una beata, que no ponemos en duda con la sola fe humana, y naturalmente a los distinguidos y múltiples interpretes eruditos viadores de tal revelación,  cuya interpretación sí ponemos en duda, como si a ellos Dios les hubiera dado el don de distinguir su significado más profundo, en el caso de que fuese verdadera.

Sobre esto, nos enseña San Juan de la Cruz, Doctor Estático, a quien hoy no se quiere seguir, en el cap. XIX de la Subida al Monte Carmelo, entre muchos ejemplos con el siguiente: 

«En los Jueces Jue. 20, 11, ss. también leemos que, habiéndose juntado todas las tribus de Israel para pelear contra la tribu de Benjamín, para castigar cierta maldad que se había consentido entre ellos, como Dios les había señalado capitán para la guerra, partieron ellos tan seguros de la victoria, que, al ser vencidos y al morir veintidós mil de los suyos, quedaron muy maravillados y lloraron delante de Dios todo aquel día, no sabiendo la causa de la caída, pues ellos habían entendido la victoria por suya. Y cuando preguntaron a Dios si debían volver a pelear o no, les respondió que fuesen y peleasen contra ellos. Entonces, teniendo ya por suya la victoria esta vez, salieron con gran atrevimiento, y también salieron vencidos esta segunda vez y con pérdida de dieciocho mil de su parte. De lo que quedaron confusísimos, sin saber qué hacer, viendo que, mandándoles Dios pelear, siempre salían vencidos, más aún porque ellos excedían en número y fortaleza a los contrarios, pues los de Benjamín no eran más de veinticinco mil setecientos, y ellos cuatrocientos mil. Y de esta manera ellos se engañaban en su manera de entender, porque el mensaje de Dios no era engañoso, ya que Él no les había dicho que vencerían, sino que peleasen. Y, así, Dios los quiso castigar mediante estas derrotas por cierto descuido y presunción que tuvieron, y así humillarlos. Pero cuando por fin les respondió que vencerían, así fue, aunque vencieron con mucha astucia y trabajo».

 Y prosigue poniendo más ejemplos del Antiguo y Nuevo Testamento, diciendo: «en estas visiones no se ha de mirar nuestro sentido y lengua sabiendo que la de Dios es otra lengua, y que el espíritu de aquello es muy diferente de nuestro entender y dificultoso. Y lo es tanto, que incluso el mismo Jeremías, aunque fuera profeta de Dios, al ver que los conceptos de las palabras de Dios eran tan diferentes del común sentido de los hombres, parece que también se engañaba con ellos y que vuelve por el pueblo diciendo en Jer. 4, 10.: Heu heu heu, Domine Deus, ergone decepisti populum istum et Jerusalem, dicens: Pax erit vobis, et ecce pervenit gladius usque ad animam, que quiere decir: “¡Ay, ay, ay, Señor Dios, acaso has engañado a este pueblo y a Jerusalén, diciendo: ¿Vendrá la paz sobre vosotros, cuando ves que el cuchillo ha venido aquí a clavarse hasta el alma?” Y era que la paz que Dios les prometía era la que habría entre Dios y el hombre por medio del Mesías que les enviaría, y ellos entendían que era la paz temporal. Y, por eso, cuando tenían guerras y dificultades, les parecía que Dios los engañaba, pues les acaecía lo contrario de lo que ellos esperaban. Y así decían, como también dice Jeremías en Jer. 8, 15.: Exspectavimus pacem, et non est bonum, esto es: Estamos esperando la paz, y no hay quién dé Paz. Y así, era imposible que ellos se dejaran de engañar, pues solo se gobernaban por el sentido literal. Porque, quién no se confundiría y erraría si se atara a la letra en aquella profecía que David dijo de Cristo en Sal.71, 8. (y en todo el salmo 71),  donde dice: Et dominabitur a mari usque ad mare, et a flumíne usque ad terminos orbis terrarum, esto es: “Dominará desde un mar hasta otro mar y desde el río hasta los confines de la tierra”, y en lo que dice también allí Sal. 71, 12.: Liberabit pauperem a potente et pauperem cui non erat adiutor, que quiere decir: “Liberará al pobre del poder del poderoso, y al pobre que no tenga quien lo ayude”; viéndolo después nacer en bajo estado, y vivir en la pobreza, y morir en la miseria, y que no solo no se hizo dueño. […] De donde, cegándose ellos  [los fariseos] con la bajeza de la letra y no entendiendo el espíritu y verdad que había en ella, le quitaron la vida a su Dios y Señor, según san Pablo dijo de la siguiente manera en He. 13, 27-28.:  Qui enim habitabant Jerusalem et principes eius hunc ignorantes, et voces prophetarum, quae per omne sabbatum leguntur, iudicantes impleverunt, que quiere decir: “Los que moraban en Jerusalén  y sus príncipes no sabiendo quién era ni entendiendo las sentencias de los profetas, que se leen cada sábado, lo juzgaron y acabaron con Él [Cristo]”».

De esta y de otras maneras las palabras y visiones de Dios pueden ser verdaderas y ciertas, y engañarnos nosotros en ellas, por no saberlas entender alta y principalmente y conforme a los propósitos y sentidos que Dios lleva en ellas. Y así, lo más acertado y seguro es hacer que las almas huyan con prudencia de tales cosas sobrenaturales, acostumbrándolas, como hemos dicho, a la pureza de espíritu en fe oscura, que es el medio de la unión.

Para el católico que conoce bien el catecismo -y que no se guía sobre interpretaciones que algunos clérigos predican en sus sermones sobre revelaciones privadas, por ejemplo, sobre la famosa profecía de Nostradamus, aventurando cual insensatos fechas del fin de los tiempos o del mundo-, ante este nuevo intento de los fariseos de impedir que el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, tenga una cabeza visible, es decir, que la Iglesia elija un Papa para acabar con el estado actual de Sede vacante, de inmediato le surgirán varios interrogantes, a poco que tenga algo de sentido común:

1º ¿Si es así, por qué razón no se sujetan a cualquiera de los varios individuos que actualmente se dicen “papas”, elegidos por San Pedro y San Pablo, por el mismo Cristo o por la Virgen María? Coherentemente no se sujetan a ellos, porque no suena a católico, y además les parece ridículo.

2º Y quizás más importante: Si San Pedro mediante una revelación a alguien le manifestara que es su voluntad que él sea el papa legítimo, ¿cómo podría el católico aceptar de fe divina tal voluntad, si todo fiel debería saber que es magisterio infalible de los Papas que una revelación privada no se puede creer con fe divina, sino con fe humana (O sea, sin fe sobrenatural y por lo tanto carente de mérito sobrenatural, y libre el alma de aceptarla o rechazarla)?

3º Si el católico no está obligado a creer las profecías, visiones, revelaciones privadas, ¿cómo podría prestar la sujeción debida a alguien, como ya existe, que dice ser elegido por San Pedro? Y si no está obligado a creer porque no es de fe divina, ¿para qué serviría un papa al que los fieles estarían libres de obedecer o de contrariar?

4º ¡Y cuántos otros, enajenados o pillos o auto engañados, no se arrogarían haber sido elegidos por San Pedro u otro santo! ¿No es esto un abuso y agravio al Príncipe de los Apóstoles, que llevaría aun a una situación peor que durante el Cisma de Occidente, quizás con una docena de sujetos que reclamen al unísono ser elegidos por San Pedro?

5º ¿Dónde quedaría la aceptación pacífica de la Iglesia y su esencial responsabilidad de elegir Papa? ¿Sería una sociedad imperfecta incapaz de cumplir con su fin -el primero, la elección del sucesor de San Pedro- que tendrá que haber una revelación cada vez que haya un grave problema?  Siempre la Iglesia hizo frente a cualquier coyuntura difícil, y Dios asistió siempre a su Iglesia sin excepción,  cada vez que resolvió los difíciles inconvenientes de sucesión.

Ni siquiera fue la paloma que se posó sobre el laico Fabián, en el que nadie había pensado como sucesor de Pedro, lo cual fue interpretado por algunos como una intervención divina, lo que le hizo Papa, sino la elección del pueblo y clérigos -esa era la forma de elección de entonces, porque entonces no había cardenales, ya que tal colegio es una institución de origen humano y no divino- y la aceptación de la Iglesia, que junto a su beneplácito le convirtió en Vicario de Cristo, al que Dios le dio la autoridad, ejerciendo el Oficio del año 236 al 250. Jamás en la Iglesia se hizo una elección del Papa por revelación privada.

Pero veamos ahora desde el magisterio, no desde nuestra opinión, la razón de por qué no puede ser alguien elegido por revelación privada, visión, etc. por San Pedro u otros santos.

El Papa Benedicto XIV, en su Tratado sobre la Canonización de los Santos, establece: “En cuanto a lo que concierne a revelaciones privadas, no deberían ser recibidas con un sentido de fe Católica, sino con fe humana, de acuerdo a las reglas de prudencia que nos presentan tales revelaciones como probables y piadosamente creíbles. Esto no es para decir que estas revelaciones no pueden o no están destinadas a ser el instrumento de grandes gracias, aún para los fieles; pero como no son el objeto de un acto de fe teológico, ponerlas en duda o negarlas no es un pecado de herejía».

San Pío X nos dice: “Cuando se trata de formar juicio acerca de las piadosas tradiciones conviene recordar que la Iglesia usa en esta materia de tal gran prudencia, que no permite que tales tradiciones se refieran por escrito, sino con gran cautela y hecha la declaración previa ordenada por Urbano VIII; y aunque esto se haga como se debe, la Iglesia no asegura la verdad del hecho, sino se limita a no prohibir creer al presente, salvo que falten argumentos de credibilidad.  Enteramente lo mismo decretaba hace treinta años la Sagrada Congregación de Ritos (Decr. 2 mayo 1877): “Tales apariciones y revelaciones no han sido ni aprobadas ni reprobadas por la Sede Apostólica, la cual permite sólo que se crean piadosamente, con mera fe humana, según la tradición que dicen existir, aunque esté confirmada con testimonios y documentos idóneos.  Quien esta regla siguiere, estará libre de todo temor, pues la devoción de cualquier aparición, en cuanto mira al hecho mismo y se llama “relativa”, contiene siempre implícita la condición de la verdad del hecho; más en cuanto es “absoluta”, se funda siempre en la verdad, por cuanto se dirige a las mismas personas de los santos a quienes se venera” (Pascendi, AAS vol. XL, p.649).

La canonización de un santo no supone nunca la aprobación de las revelaciones de las que haya sido objeto, sino la exaltación de sus virtudes heroicas (cualquier tratado de teología básico se lo dirá).

Tratemos de dejar unos cuantos puntos claros:

  1. La revelación privada no es superior a la revelación pública por ser posterior en el tiempo. Después de la venida de Cristo no hay que esperar ya ninguna revelación nueva respecto a la salvación. Y la sujeción al Papa es necesaria para la salvación, luego la Iglesia en su actual estado tiene los medios necesarios para la elección. La Revelación pública se considera cerrada después de la muerte del último apóstol.
  1. La revelación privada no es igual a la Revelación pública en su valor objetivo. Por el contrario, toda revelación privada tiene un valor objetivamente inferior y subordinado.
  1. La revelación privada no es complementaria o perfectiva de la Revelación pública en cuanto a su contenido. Dios ha revelado públicamente todo lo que en su Sabiduría consideró necesario creer y practicar en orden a la salvación eterna. No “se olvidó” contenidos que luego tuvieran que completarse por medio de videntes. Y no está en las atribuciones del magisterio, aunque apruebe-más abajo veremos qué parte aprueba en sus resoluciones- una revelación privada, el acrecentar o modificar con ella el contenido dogmático del depósito de la revelación.
  1. La revelación privada no es una realidad exenta de la autoridad de la Jerarquía eclesiástica, establecida por institución divina, como la única competente para juzgar sobre las visiones o apariciones, en tanto custodia de la verdadera Revelación y la verdadera Devoción.
  1. La revelación privada no es inspiración bíblica, por la cual puede decirse que Dios es autor de la Sagrada Escritura que usa del hagiógrafo como instrumento humano. Las revelaciones privadas pertenecen a la categoría de los fenómenos místicos extraordinarios.

En cuanto a las personas distintas del beneficiario de la revelación privada,  todos los teólogos ofrecen una doctrina común; y la Iglesia, por lo demás, nos da también en este punto una enseñanza oficial clara: deja libre la discusión sobre la cuestión especulativa, pero se pronuncia cuando se trata de la práctica. Antes de su aprobación por la Iglesia, las revelaciones privadas que pueden llegar a nuestro conocimiento se nos presentan a nuestra prudencia, a nuestro sentido crítico y a la libertad que tenemos -dentro de los límites de una opinión prudente- de dar o rehusar nuestra adhesión. Después de su aprobación por la autoridad eclesiástica, ¿no cambia la naturaleza de este asentimiento? Esto depende de la naturaleza de esta aprobación. Podemos decir ahora que no cabe aquí un asentimiento de fe divina, ya que estas revelaciones no tienen como objeto las verdades contenidas en la revelación pública, sino que conciernen a la práctica cristiana, tanto personal como social; por tanto, el asentimiento que exigen es un asentimiento de fe humana. Así, creemos como de fe divina que la Virgen María fue concebida sin pecado original, pero no con fe divina que la misma Virgen se lo haya dicho a Bernardita; esto lo creemos sólo como una verdad histórica; y tampoco creemos en el dogma de la Inmaculada porque la Virgen se lo haya manifestado a Bernardita, sino porque Dios lo ha revelado y la Iglesia así nos lo enseña. Dicho esto, quien rehusara prestar todo asentimiento a una revelación particular aprobada positivamente por la Iglesia, -ver más abajo la distinción entre los tipos de aprobación- no podría ser condenado como hereje, según la doctrina de la Iglesia proclamada por varios papas como San Pío X, Benedicto XIV,  pero podría ser tachado de desobediente o temerario.

Sin embargo, los representantes del modernismo como Rhaner, todos condenados por la Pascendi de San Pío X, consideran que puede ser considerada de fe divina si les consta.

Sorteando estos extremos erróneos se sitúa la teología mística católica, cuyo más insigne representante es, junto a Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, proclamado doctor de la Iglesia, de cuya obra hace un encendido elogio el gran tomista Réginald Garrigou-Lagrange, diciendo: «Una de las partes más originales y más profundas de la doctrina de San Juan de la Cruz, con la que más ha hecho progresar la teología mística y merecido el título de Doctor, es la que se refiere a lo que él llama la noche pasiva del espíritu». Así lo reconoció la Iglesia en 1926, al proclamar doctor a San Juan de la Cruz por sus obras Místicas. En ellas, de una parte, no hay un ápice de iluminismo, revelacionismo, aparicionismo, etc.; respecto a las revelaciones privadas siempre aconseja no guiarse por ellas; y de otra, tampoco una tilde de quietismo, pues «Su objetivo no era la negación y el vacío, sino la plenitud del amor divino y la unión sustancial del alma con Dios. Reunió en sí mismo la luz estática de la Sabiduría Divina con la locura estremecida de Cristo despreciado» (Butler, Vidas de los Santos de Butler; Oficio Divino). Es sorprendente la armonía que se da entre la Teología mística de San Juan de la Cruz y la Teología escolástica de Santo Tomás de Aquino, Doctor Angélico y común de la Iglesia, al cual el doctor estático cita y sigue sin desviarse. Sabido es que Santo Tomás de Aquino niega el carácter de fe sobrenatural a la confianza puesta en la revelación privada. Estudiar la Subida al Monte Carmelo, libro impedido en el Opus Dei, no es más que aplicar el Tratado de la Fe de Santo Tomás de Aquino a la mística.

«Todos afirman con la boca llena el estado de necesidad extrema de la Iglesia, las herejías que se propagan libremente en todos los niveles, pero se estremecen al ver definidas las consecuencias que esto acarrea al orden social de la Iglesia. Santo Tomás lo expuso admirablemente cuando escribió: «Utrum ei qui subditur legi liceat agere praeter verba legis» («Sí es lícito al que está sometido a la ley obrar más allá de la letra de la ley»). (S. Th. 1-2, 96,6). Se apegan a la ley humana oponiéndola a las normas superiores divinas, como si la intención del legislador fuese impedir lo que es de absoluta necesidad para la existencia de la Iglesia: la jerarquía de Orden y la jerarquía de jurisdicción, e inventan cualquier excusa para no cumplir con su deber; y peor, tratan de impedir que los verdaderos católicos cumplan con el suyo. Esto origina la nueva secta de los «Acéfalos», sin jerarquía, sin Sacramentos, sin papa, sin solución. Por los delitos de los herejes que se apartan de la Iglesia, juzgan que la Iglesia fue destruida o damnificada en su perfección jurídica y que no tiene medios «lícitos y válidos» de recuperarse.» ( Homero Joas)

Acudamos no a soluciones falsas sobre las que el alma tiene libertad para creer con fe humana o negarlas, sino a lo que dicen, por ejemplo, teólogos de nota que reflexionaron sobre la situación.

Cardenal Cayetano, dominico, desempeñó con tanto acierto su cargo que los papas se fijaron en él para afrontar los graves problemas de la Iglesia. Colaboró asiduamente con cuatro Papas. Con Julio II capitaneó la defensa de las órdenes mendicantes en el Concilio Ecuménico Lateranense V, y allí se identificó como promotor de la ansiada reforma de la Iglesia que ni los Papas ni los cardenales se atrevían a afrontar. Le hizo a este Papa un servicio impagable en la desautorización del conciliábulo de Pisa (1511-12). Su sucesor, León X, requirió sus servicios para los grandes conflictos de la Iglesia y los premió nombrándolo cardenal con el título de San Sixto. Le envió como legado pontificio a Alemania para tratar de atajar y corregir al heresiarca Lutero (1517). También tomó parte decisiva en la elección de Carlos V como emperador, aunque para ello tuvo que ganarse la confianza de los electores alemanes (1519). En 1520 interviene en el consistorio que dicta la condenación definitiva de Lutero (1520). Dice:

 «Por excepción y de forma supletoria este poder (de elegir un papa) compete a la Iglesia y al Concilio, sea por la inexistencia de cardenales electores, sea porque son inciertos o cuando la propia elección es incierta, como ocurre en época de cisma» (De comparatione autoritatis papae et concilii, C. 13 y C. 28).

Vitoria, Fray Francisco de Vitoria, gran teólogo, filósofo y jurista del siglo XVI, que fue profesor en las universidades de París, Valladolid y Salamanca, escribe:

  «Aunque San Pedro nada hubiese determinado, una vez muerto, la Iglesia tiene poder para sustituirlo y nombrarle un sucesor (…) No restaría otro medio a no ser la elección por la Iglesia. Luego, la Iglesia podría elegir otro (…). «Si por calamidad, guerra, peste, faltasen todos los Cardenales, no debe dudarse que la Iglesia podría proveer para sí un Sumo Pontífice (non est dubitandum quim Ecclesia possit sibi provideri de Summo Pontífice)». Y la causa principal es:

«Porque de otra forma existiría la Vacancia perpetua (vacaret perpetuo) en aquella Sede que debe durar perpetuamente». Donde tal elección: «a tota Ecclesia debet provideri et non ab aliqua particulari Ecclesia» (Debe ser procurada por toda la Iglesia y no por alguna Iglesia particular»)... Eso porque: «Illa potestas est communis et spectat ad totam Ecclesiam. Ergo, a tota Ecelesia debet provideri»(«Ese poder es común y se refiere a toda la Iglesia. Luego, debe ser procurada por toda la Iglesia»). (De Potestate Ecclesiae, Recolectio 18)

  Billot, cardenal (Belarmino), examina «cómo sería aplicada» la elección papal, «en caso extraordinario», cuando fuese necesario proceder a la elección, no siendo posible cumplir las disposiciones de la ley papal, como en el caso del gran Cisma de Occidente. «Se debe admitir sin dificultad que el poder de elección sería pasado a un Concilio general». Porque «la ley natural prescribe que, en tales casos, el poder atribuido a un Superior es derivado al poder inmediatamente inferior, porque el mismo es indispensablemente necesario para la sobrevivencia de la sociedad y para evitar las tribulaciones de la extrema necesidad». (De ecclesia Christi) (Bellarmino: Controversiae, De Clericis, 1. 7, c. 10).

   Luego: «non est dubitandum» («No se debe dudar»), «se debe admitir sin dificultad» que la Iglesia siempre tiene y tendrá, en cualquier situación, por más grande y extraordinaria que sea, medios válidos y lícitos para elegir un papa. Esto se infiere de la noción de «sociedad perfecta» que es la Iglesia. La «vacancia perpetua» es imposible en una sociedad que debe durar perpetuamente.

Veamos ahora lo que la Iglesia dice con precisión cuando aprueba una revelación -que ni siquiera es el caso de estas revelaciones en las que se apoyan los que dicen que será San Pedro quien elija a un Papa-:

El juicio de la autoridad.

En lo relativo a las revelaciones particulares existe la necesidad personal y eclesial de guardar un equilibrio entre dos extremos: el exceso de credulidad y la desconfianza temeraria. Lo que no siempre es fácil. Dado que buenos cristianos, e incluso santos, pueden engañarse y tomar por revelaciones lo que no son más que alucinaciones o ilusiones, es necesario un criterio que permita superar la incertidumbre y que manifieste a los fieles la verdad sobre una revelación particular. Por ello, la jerarquía de la Iglesia somete a discernimiento las revelaciones antes de emitir un juicio.

Muchas veces las revelaciones reciben aprobación o reprobación en una Iglesia particular. Tal es el caso, por ejemplo, de la aparición de Akita (Japón), que sólo cuenta con aprobación del falso obispo local, postconciliar. Pero Akita no tiene aprobación de la Iglesia universal, menos todavía no habiendo Papa.

¿Está dentro de las atribuciones dadas por Jesucristo al magisterio pontificio el juzgar sobre las revelaciones privadas? Es doctrina común que el magisterio tiene competencia para pronunciarse al respecto. El contenido de las revelaciones privadas se constituye por una o varias proposiciones de carácter religioso, que tienen relación -a veces muy estrecha- con las verdades que integran el depósito de la revelación pública. La supuesta sobrenaturalidad de la revelación privada cae dentro del campo de las acciones morales y el magisterio pontificio se extiende no sólo a la fe, sino también a las costumbres. Además las revelaciones tienen frecuentemente repercusión en la vida de la Iglesia: ellas han dado origen a santuarios y sitios de devoción; con ellas se han iniciado en la Iglesia determinadas formas de culto, que han llegado a la liturgia; su multiplicación en ciertas épocas de la historia ha conmovido la vida cristiana, despertando a veces un malsano prurito de lo maravilloso y espectacular, y sembrando en muchas personas una confusión lamentable. Por ello también la potestad de gobierno puede estar implicada en la regulación disciplinar de las revelaciones particulares.

Reprobación.

Veamos ahora el aspecto negativo de la intervención de la autoridad pontificia: la reprobación. Son muchas las revelaciones privadas y las apariciones que ha reprobado el magisterio pontificio. Hay ocasiones en que el Santo Oficio –no los obispos- ha juzgado, negando expresamente su carácter sobrenatural con la fórmula «non esse supernaturales»: Ezquioga (1934), Heroldsbach (1951), Garabandal -aunque ya en pleno conciliábulo, por lo que podemos decir en este caso que la Iglesia no se ha pronunciado aún, pero sí se puede aplicar la doctrina de la Iglesia respecto a las revelaciones privadas, y la hermenéutica de Nuestro Señor Jesucristo «por sus frutos los conoceréis»-, etc. Otras veces la fórmula del Santo Oficio ha sido que las pretendidas apariciones y revelaciones «no se pueden aprobar». Es el caso de Loublande (1920). En otros supuestos, el juicio se ha limitado a prohibir las obras en que van circulando determinadas revelaciones privadas. Así lo hizo, por ejemplo, con los escritos de Luisa Piccareta, Valtorta,  puestos en el Índice de Libros Prohibidos en 1938 los de aquella, y en 1960 los de ésta. Finalmente, en ocasiones la fórmula, negativa también, tiene una expresión menos reprobatoria: «non constare», que en rigor puede llegar a ser un simple reconocimiento de que no se ha podido comprobar. Ejemplo puede ser el decreto del Santo Oficio sobre el P. Pío de Pietrelcina de 1923: «Non constare de eorum factorum supernaturalitate».

Aprobación.

Más compleja y necesitada de distinciones es la denominada aprobación. Dicen los teólogos que la aprobación de la Iglesia no es propiamente tal, queriendo significar que estamos ante actos magisteriales de alcance limitado. Hay tres clases de aprobación:

1ª. Negativa: en la revelación nada hay contra la fe y las costumbres. Es un mero nihil obstat. Nada dice, pues, de la sobrenaturalidad.

2ª. Permisiva: se permite la lectura y difusión de las cosas reveladas. Se trata de una ampliación del nihil obstat a los escritos del vidente, sin cambiar la naturaleza de la aprobación. Tampoco dice nada sobre la sobrenaturalidad.

3ª. Positiva: la Iglesia se pronuncia sobre tres aspectos, oportunidadhistoricidad y carácter sobrenatural de una revelación particular. Esta aprobación supone la negativa.

Como las revelaciones contienen varios elementos de diverso tipo, y son hechos que se desarrollan en el tiemposiempre será importante leer los documentos oficiales para tener claridad sobre lo que ha sido aprobado y lo que no; y enterarse de qué clase de aprobación han recibido las diferentes partes de una revelación o aparición. Este criterio resulta imprescindible para evitar manipulaciones frecuentes de los que con vehemencia las defienden, silenciando parte de la verdad u ocultando los límites precisos de la aprobación, muchas veces por ignorancia.

Aprobación positiva. Cabe advertir que, ordinariamente y en la mayoría de los casos, la aprobación de la Iglesia es de tipo negativo o permisivo, sin pronunciarse positivamente.

Anticipemos un criterio importante: el hecho que el visionario sea santo no acredita que sus visiones o revelaciones hayan recibido aprobación positiva. Se canonizan las virtudes, no las visiones. Así, por ej., Poulain hace un catálogo de unos 32 casos de personas canonizadas, beatificadas o muertas en olor de santidad, caídas en error en las apariciones que creían haber visto y en los mensajes celestiales que creían haber recibido. Porque las visiones y revelaciones, admitido su probable origen divino, no constituyen un sólido argumento de santidad, ya que no consiste en ellas la perfección cristiana. Solamente las virtudes teologales, juntamente con la gracia, las demás virtudes y los dones del Espíritu Santo son los medios inmediatos de unión con Dios. Una vez probadas las virtudes heroicas, y en relación con estas, se toman en cuenta las visiones y revelaciones, que ilustran más la santidad, pero no la constituyen. 

Son muchos los casos en que la Santa Sede, al hablar de estos fenómenos extraordinarios en las vidas de los santos, introduce una fórmula restrictiva: «ut fertur», «ut traditur», «uti traditum est». Algunos ejemplos de esta cláusula restrictiva: las Letras decretales para la canonización de Santa Catalina Labouré (1947), homilía de la Misa de canonización de la misma Santa (1947), Letras decretales para la canonización de San Bernardino Realino (1947), Carta de Pío XII al Cardenal Legado que enviaba a Fátima (1951), entre otros. Estas palabras expresan una manera corriente de proceder en la Santa Sede; al menos, cuando se trata de la beatificación y canonización de los Siervos de Dios. En esos procesos los fenómenos extraordinarios se consideran en su posible relación con la autenticidad de las virtudes y con la integridad de la fe católica; no en su realidad histórica, ni en su pretendido carácter sobrenatural. Esta actitud de precisión ante la realidad y la sobrenaturalidad de las apariciones y revelaciones privadas es la que consagra el decreto de la Congregación de Ritos citado en la encíclica «Pascendi» (n. 55): según la tradición que dicen existir… Luego la Santa Sede no afirma tal sobrenaturalidad de estas revelaciones de los mismos santos.

La constancia y generalidad con que se expresan estas normas de la Santa Sede obligan a pensar en una actitud ordinaria, que debe aplicarse también a los casos muy numerosos en que los documentos pontificios incluyen la narración de apariciones y revelaciones sencillamente. Creemos que el sentido habitual de esos textos –aunque no contengan la fórmula restrictiva– no es el de una aprobación positiva expresa de la realidad y sobrenaturalidad de los hechos, sino que deben entenderse como una sencilla narración de los mismos, tal y como los dan testimonios humanos fidedignos. Así parece que deben entenderse textos como: Letras decretales para la canonización de Santa Juana de Arco (16 de mayo 1920), Letras decretales para la canonización del Cura de Ars (31 de mayo 1925), Letras decretales para la canonización de San Pedro Canisio (21 de mayo 1925), Letras decretales para la canonización de Santa Margarita María Alacoque (13 de mayo 1920). Otro caso que pudiera citarse es el de Santa Catalina Labouré y la aparición de Nuestra Señora que dio origen a la Medalla Milagrosa: el decreto de virtudes heroicas de 1931 no contenía fórmula restrictiva y sin embargo Pío XII incluyó en 1941 la restricción «ut traditur».

CONCLUSIÓN

Pues viendo con claridad que no se puede sostener este tipo de solución mística, habrá que concluir con verdadero sentido común que el Legislador divino que hizo la constitución divina de la Iglesia «quiso» que en ella existiesen «papas», «Pastores y Doctores hasta la consumación de los siglos» (DS. 3050) (D. 1821).

     Luego, «quiso» electores hasta el fin de los siglos, preceptuó electores siempre que existiese vacancia. Ahora bien, Dios no manda cosas imposibles de ser cumplidas en la práctica, ni moralmente, ni jurídicamente. Tal afirmación es la herejía de Jansenio: «Algunos preceptos de Dios son imposibles (…), falta la gracia por la cual se vuelvan posibles» (DS. 2001) (D. 1092). Muchos preceptos morales y jurídicos presentan dificultades para ser cumplidos en la práctica; de ninguno puede decirse que sea «imposible». Lo que es de necesidad dogmática en la constitución divina de la Iglesia no puede ser «moralmente» y prácticamente imposible.

     Imposibilidad significa ausencia de medios para el fin y una sociedad perfecta jurídicamente, la Iglesia, siempre tiene medios para alcanzar su fin por sí misma.

 Luego, la solución de que será San Pedro u otros santos quienes, al fin,  por revelación privada o acción extraordinaria, elijan un Papa para acabar con la Sede vacante es más que falsa, añade más confusión a las almas, y las conduce por acantilados donde es fácil caer en el asacramentalismo o, incluso, como hemos visto en directores eruditos de blogs ya desaparecidos, perder la fe y quedar confundidos (esperemos y rezamos para que no lo estén eternamente). Y puesto que hay ya un par de “papas” que dicen ellos mismos  haber sido elegidos místicamente, los predicadores de esta insólita opinión no tienen que seguir esperando al cumplimiento de una revelación privada que, a decir de estos, ya se ha cumplido en ellos. Si son coherentes, síganlos, y si no, dejen de conducir a los ciegos al precipicio. Para más inri, ahora acusan a los conclavistas de no haber convocado desde hace muchos años un cónclave para elegir un Papa, que lógicamente ellos no seguirían. ¡Iluminismo en estado puro!

La voluntad del legislador, Pío XII, era la elección de un Papa a su muerte. Dado que no hay cardenales válidos y legítimos –el último nombrado por él falleció hace más de veinticinco años– le corresponde decir a la Iglesia quiénes sean los electores que la representen en un cónclave o en un Concilio. Y ya llevamos demasiadas décadas sin cumplir con nuestra obligación, saliéndonos por la tangente, dando rienda suelta a nuestros propios gustos y prejuicios para evitar el deber de obrar. Omisión muy grave que produce la mayor insolencia del ser humano frente a la Iglesia, siendo cada cual un maestrillo con su librillo, lo que produce más y más desviaciones de la fe teologal, más insubordinación: un verdadero cáncer del alma de nuestra época, que está llegando a metástasis y afecta ya a casi todos los entendimientos, tal cual tristemente comprobamos por aquí y por acullá. 

3.LA SOLUCIÓN ABSURDA EN FILOSOFÍA DE LA «TESIS» CASSICIACUM

Expone Mons. Sanborn, siguiendo a Gerard de Lauriers, la doctrina o tesis CasiciacumNo entienden lo que es la sucesión Apostólica material, no formal. No distinguen la materia de la forma en la autoridad. Ella es clásica, es de la filosofía tomista y de muchos teólogos; existe entre los cismáticos y, según algunos, también entre los anglicanos: Sucesión Apostólica material es la que posee la Sede sin autoridad; formal es la posesión de la Sede con autoridad. Si no fuera posible la posesión de la Sede sin autoridad, no sería posible la distinción. Luego ella prueba la tesis, no es invención espuria”.

Para los seguidores de esta falsa doctrina no se puede elegir un Papa porque ya está ocupando la Sede de S. Pedro uno materialmente de forma legítima.

La Ontología tomista distingue entre potencia y acto; entre materia y forma. Y concluye Santo Tomás que la materia y la forma sólo se dan en el compuesto. Cualquiera que tenga uso de razón lo entiende: v.gr. nadie ha visto ni se puede imaginar siquiera la materia prima madera; lo que ha visto o puede imaginar es una silla de madera, una mesa de madera, una puerta de madera, etc.; sólo se puede concebir la materia dotada ya de una forma: silla, mesa, puerta, etc.

Descubierta la desviación de la tesis de Santo Tomás de Aquino, insisten los dos prelados:

“No ven el todo accidental. Confunden materia prima y materia segunda. En los entes per se la materia no puede existir sin la forma. Pero los entes per accidens, nacen de la unión de la substancia con la forma accidental. La substancia se vuelve materia con relación al accidente. Pueden existir separados, sin la corrupción del compuesto, la materia y la forma. Así es la relación entre un hombre y ser blanco, o músico”.

Tal doctrina es herética en Teología y es estulta en Ontología.

  1. Es herética en Teología porque el hombre, en cuanto a su forma substancial humana, no tiene capacidad natural para recibir la forma de miembro principal del Cuerpo visible de Cristo, sin ser antes miembro de la Iglesia por el Bautismo y por la profesión de la verdadera fe (D.S. 3802).

Quien no es miembro de la Iglesia, no puede ser Cabeza. Sólo en el Ecumenismo cualquier pagano o hereje puede ser miembro y cabeza visible de la falsa iglesia. Por lo tanto, los prelados no distinguen entre orden natural y sobrenatural. Un siervo de Lucifer podría ser Cabeza visible de la Iglesia, según dicha tesis.

El Concilio de Trento describe al hombre, en cuanto hombre, según la Revelación divina: “es inmundo, hijo de la ira por naturaleza, siervo del pecado, está bajo el poder del Demonio y de la muerte” (D.S.1521). Por eso, el siervo de Lucifer no puede ser Cabeza del Cuerpo místico de Cristo.

  1. En Ontología tal doctrina es una aberración. Nadie jamás vio un accidente de un cuerpo material como “existente”en el mundo fuera de la mente: extensión, color, tiempo, cantidad, forma. Si el accidente existe “in alio”, en la materia, no existe “in se” como una substancia. Nadie vio un “católico” ser humano, separado de su persona humana. La forma accidental de “hijo de Dios” no existe separada de la persona humana, ni [tampoco la forma accidental] del “hijo de la perdición” existe separada de mengano o fulano.
  2. En Lógica se define la esencia de un ser como: “id quod est”.Pero en la Ontología, el “ens quod est” sólo existe cuando es compuesto de materia y forma, de potencia y acto. Y cuando se usa el término “papa” y se afirma que una persona “es papa”, significa que aquel ser humano se compone con la forma del papado, definida por el Derecho divino. Significa el compuesto.

– Enseña el Padre Paolo Dezza: “La causalidad de la materia y forma consiste en la unión. Por ella de dos realidades resulta el ente compuesto. Una depende de la otra para existir. No pueden existir separadas una de la otra”.

“El ente posible, en potencia subjetiva no es otra cosa en el acto. No es real. Son principios inteligibles, no sensibles; no representables por la imaginación. Se refiere a un todo ontológico y no a un todo lógico. Difiere el modo de existir en la realidad y en la mente. En realidad son dos partes diferentes; en el todo lógico la mente aplica una forma a un sujeto individual para significar una identidad entre esta forma y este sujeto” (Metaphysica Generalis, p. 201).

-Enseña el Padre Gardeil: “Materia y forma no se representan como dos cosas que, por composición, causan una tercera. Sin la unión, no existen materia y forma, esencia y existencia. Son dos entidades incapaces de tener existencia separada una de la otra. Son dos principios correlativos que tienen realidad (existencial) cuando se completan”. (Introd. a la Filosofía, Metafísica, p. 121).

Por lo tanto, la “separación” del “papa material” es una necedad.

-Enseña Santo Tomás de Aquino:

  • “El ente compuesto no existe en cuanto sus partes están divididas, sino sólo después que ellas constituyen el compuesto”.“La existencia de un ser consiste en su indivisión. Así como cada ser conserva su existencia, conserva también su unidad”.(S.T. 1, 11, 1).
  • “En los entes compuestos de materia y forma: sin la materia o sin la forma, no puede ser dicho aquello que es. Son dos principios por los cuales el ente existe. La substancia compuesta es aquello que es”. (S. C. G. 2, 54)
  • “Como los accidentes tienen existencia y esencia propias; y como su existencia no es su esencia; en ellos una cosa es su existencia y otra cosa es aquello que es. Así se componen”.(In IV Sent. 12, 1, 3 ad 5).
  • “El ente no es un género. Por lo tanto, su existencia no puede ser la esencia o la substancia o el accidente. Por lo tanto, a la esencia de un accidente compete existir en un sujeto. Pero, por esto, el accidente no deja de ser accidente y no le compete la definición de la substancia(S.T. 3. 77. 1, ad 2).
  • “El blanco pertenece a la persona de Sócrates, no en cuanto él sea Sócrates; sino en cuanto Sócrates es blanco” (S.T. 3, 17, 2).

Esto es: No en cuanto Sócrates es substancialmente hombre; sino en cuanto tiene la forma accidental de la blancura.

  • “Las formas comienzan a existir hechos los compuestos”(S.T. 1, 45, 8).
  • “De modo propio y verdadero sólo las substancias son entes. Los accidentes tienen existencia, solo por los entes. Por lo tanto, la blancura se dice del ente porque, por ella, un ser es blanco. Así, de modo propio, ninguna forma [es] subsistente sin estar completa. Pero ellas existen cuando están compuestas” (S.T. 1.90.2, c, adl).
  • “El que predica algo no predica accidentalmente; predica cuanto o cual o de qué modo”(S.T 3, 2,6).

     De estas lecciones de los maestros de la Ontología, se percibe claramente la estulticia de la “existencia” de un “papa”, separando la materia de su forma. Dos principios del ser, ontológicos, no son dos substancias que existen por separado. La esencia substancial humana no es la esencia accidental de miembro de la Iglesia; ni de su visibilidad entre estos miembros. La esencia humana natural no es la esencia de la forma accidental sobrenatural de miembro de la Iglesia de Cristo. Los hombres existen en el Infierno y en el Cielo, dentro y fuera del reino de Cristo. La pura potencia subjetiva para ser miembro del reino de Cristo o para ser papa, común a todos los seres humanos, en el orden existencial es un “nihil actuale”. Y, si quisiera obrar como si fuera papa: “nihil actum est”, por cuanto “el obrar sigue al ser”. Por lo tanto, la “Tesis” de los dos prelados o es ignorancia o dolo o ambas cosas.

Pero, además, la Teología Católica distingue entre poder de Orden y poder de jurisdicción, y enseña que el poder de Orden permanece en los herejes y cismáticos, pero no el poder de jurisdicción.

Por lo tanto, la “Sucesión Apostólica material” en la transmisión del poder del Orden, a partir de los Apóstoles hasta el obispo, sin interrupción, no se da en el hecho de  “poseer la Sede” en cuanto al poder de jurisdicción ordinaria, como el de la Sede Apostólica de San Pedro, con el primado de jurisdicción.

Por lo tanto, al poseer de hecho y “materialmente” una Sede, por un cismá­tico o herético, no posee el poder divino de Jurisdicción, no confiere “derecho” al papado o a la sede episcopal.

Solamente el Positivismo, materialista y ateo, juzga que los actos materiales generan derechos. La “Sede”, papal o episcopal, por Derecho divino es un cargo de la Constitución divina de la Iglesia; sólo puede ser ocupado por un miembro fiel de la Iglesia; no es un mueble material, una silla.

Por lo tanto, querer “aplicar al papado” lo que pertenece al poder de Orden y no al poder de Jurisdicción es una concepción del Positivismo ateo, es una perversión. Es querer introducir en la Iglesia esta perversa herejía.

Es pretender que los dos poderes proceden de los actos materiales positivos, de la voluntad del pueblo y no del Derecho divino. Tal distinción no es de la Filosofía y de la Teología Católica, sino el sentido de los filósofos positivistas y ateos y de los teólogos heréticos y cismáticos.

Por lo tanto, es doctrina luciferina pretender que en la Iglesia un falso “papa material” en cuanto al poder de jurisdicción es “verdadero papa”. Sería pretender que la Iglesia Católica es atea, positivista, agnóstica, masónica.

2°.- Tal sentencia viene de la herejía de la libertad religiosa luterana, contra el poder divino de jurisdicción dado por Cristo “solamente a Pedro”.

 -Así Pío VI condenó al obispo heresiarca J. N. von Hontheim, de sobrenombre Febronio, por querer la igualdad del poder de jurisdicción entre el papa y todos los obispos.

La Iglesia sería gobernada como una “república” humana. El papa tendría sólo el poder de “mirar por la conservación de la unidad”, para suplir negligencias, para exhortar y dar ejemplos. “No tendría poder en las otras diócesis. Él recibiría su fuerza y poder de la Iglesia” (ab Ecclesia) (D.S. 2596). No lo recibiría de Dios, directa e inmediatamente, como Cristo dio el poder a San Pedro.

Ahí está la raíz herética de no diferenciar entre el poder de Orden y el de jurisdicción en esta doctrina de Mons. Guerard y Mons. Sanborn. Y ellos son seguidos por [los] sedevacantistas acéfalos, ligados a los lefebvristas en la “unión” ecuménica de los hombres “entre sí”, sin subordinación jerárquica de jurisdicción, por Derecho divino, y al Magisterio de la Iglesia Católica. Esto es sumamente herético.

Pío IX condenó en el Syllabus el Positivismo ateo: “El Derecho consiste en el hecho material; todos los actos humanos tienen la fuerza del Derecho”“La autoridad procede de la suma de fuerzas materiales” (D.S. 2959-2960). Niega, pues, el origen divino de la autoridad, además de no diferenciar los poderes de Orden y de Jurisdicción. Se mezcla la herejía con el Ateísmo. Y estos “guerardistas” y sedevacantistas acéfalos hacen estas mismas mezclas y quitan la Cabeza visible de la Iglesia.

Mons. Lefébvre dijo tener una “actitud práctica” en relación al papa, apartándose del “orden teórico y teológico”, “de la Lógica absoluta de los principios”. Es el Agnosticismo, sin la razón y sin la fe divina dogmática, condenada en el Decreto Lamentabili (D.S. 3426).

Desde su concepción herética, insiste con pertinacia Mons. Sanborn: El cónclave fue convocado legalmente. El designado para ser papa (Bergoglio) es válido. Él puede recibir el poder papal. Hasta su muerte es un papa material o hasta que renuncie o hasta que una autoridad verifique la vacancia”.

 Un cónclave de miembros de la Iglesia Católica no es un cónclave de luteranos, de budistas, de musulmanes, de cismáticos orientales. La Iglesia Católica no es una sociedad temporal cuya Constitución es cambiante por el arbitrio de los miembros de esta sociedad. Las leyes electorales de la Iglesia Católica están subordinadas al Derecho divino, a la unidad de fe y de gobierno, a la forma monárquica del gobierno. Sólo es miembro elector o miembro elegible quien fuere miembro fiel subordinado a la unidad de fe y de gobierno. La unidad de la Iglesia no tolera la división en el credo y en el gobierno. Un ser uno no tolera la división en lo que pertenece a su esencia, que no existe separadamente en la materia y en la forma. No es permitido separar el ser compuesto de naturaleza humana y de naturaleza divina, de espíritu y materia.

  1. – Paulo IV definió la nulidad de la elección si el electo no fuera miembro fiel de la Iglesia. El Derecho de la Iglesia Católica procede de la Fe y de la Moral definida por autoridad divina, no por el “número de fuerzas materiales” “por los actos materiales”o por los “votos” o por el “consenso”arbitrario, independiente y libre de la subordinación a la autoridad divina. La fe católica “es universal, común a todos, clérigos y seglares; pertenece a todos los cristianos” (D.S. 639); la elección de un papa está “subordinada al Derecho divino” (D.S. 3114). Por lo tanto, cualquier “elección” fundada en los actos materiales será [algo propio] de la herejía del Derecho positivista ateo (D.S. 2959- 2960) o del Ecumenismo, que procede del libre “consenso” de los hombres entre sí (D.S. 3074). No será “elección” de la Iglesia Católica la realizada con luteranos, con masones, con judíos, con agnósticos. Será nula, será de una secta no católica.

3.- Paulo IV estableció: “Si apareciera un Cardenal o Pontífice Romano que antes de su promoción a Cardenal o de su asunción como Pontífice Romano se desvió de la fe o cayó en herejía, su promoción o asunción será nula, inválida y vacía, lo mismo si fue hecha con la unánime concordancia de todos los Cardenales” (Cum ex Apostolatus, 71, 72).

[Lo anterior  se basa en] la naturaleza del delito contra la fe, que, ipso facto, separa de la unidad de la Iglesia. El poder no procede del “consenso” de los hombres (D.S. 3074) sino del Derecho divino.

  1. – Así fue la condenación de los jansenistas que querían la validez de la elección venida de las “iglesias” (D.S. 2603) sin subordinación al Derecho divino (D.S. 3060), sin la cual nadie se salva (D.S. 875).

“Por lo tanto, debe ser tenido por herético” (Can. 2315) y “sujeto a las penas de los heréticos” (Can. 2314,1) quien juzga tal “elección válida”, con “convocación legal”, con “designación legal y válida” para el papado. Quien juzga “válido” tal “papa”, como los secuaces de Mons. Lefebvre y Dom Mayer, como los secuaces de Mons. Guerard y Mons. Sanborn está fuera de la unidad de fe; hace el “juicio propio” del hereje (Tit III, 10-11).

5.- Por lo tanto, tal “elección” es nula, tal “designación” para el papado es nula y tal electo no “puede recibir el poder papal” y no tiene “derecho al papado” “hasta su muerte”. Cónclave de herejes no es cónclave de fieles católicos.

6.- No existe la “Sucesión Apostólica material” porque aquí se trata del poder de jurisdicción que no permanece en los herejes; que procede “directo e inmediato” de Dios y no, como el poder del Orden, por transmisión por la Sucesión del poder de Orden de los Apóstoles.

  1. Paulo IV enseña la nulidad del poder de ese “Pontífice Romano” fuera de la unidad de fe y de gobierno: “sin necesidad de cualquier otra declaración adicional que deba hacer, de hecho o de Derecho”(72-74-75). Tales personas están privadas de “toda autoridad, cargo y poder”, “penitus et in totum”,sin cualquier “jus aliquod”. Él ya “renunció tácitamente” al cargo, “sine ulla declaratione” (Canon 188, 4).

8.- Observemos la doctrina pervertida de estas personas: se apartan de la unidad de fe y de gobierno queriendo dar “validez” en la Iglesia a los actos de los herejes; queriendo que los siervos de Lucifer sean la Cabeza “válida” de los fieles del “cuerpo conexo y compacto” (Ef. IV, 15) de la Iglesia contra el Derecho divino (1 Cor VI, 1). Tales prelados y sus secuaces son emisarios de Lucifer, de la Bestia, del Dragón, del Anticristo. “Reconocen” a Lucifer y no a Cristo.

Quien no es papa, no tiene el ejercicio de un poder que no posee. El obrar sigue al ser. Por lo tanto, los prelados aceptan el obrar de una “autoridad” nula como si fuese válida. Quien usurpa un poder divino que no posee es un “ladrón y salteador, que no entró por la puerta” (Jo I, 1) que vino: “tantummodo a populo” (D.S. 1769) como quieren los herejes.

1.-Quien no es “Autoridad” en la Iglesia de Cristo, sino hereje, no obra para el bien común, sino por el mal común. No enseña la verdad, sino la herejía, la falsedad; no lleva por el camino del cielo, sino por el camino de la perdición eterna.

2.- No lleva a la santificación de los Sacramentos porque el Sacramento del Orden Sacerdotal, venido del pueblo, de la “asamblea celebrante”, del “presidente de la comunidad” es enteramente nulo. Si Mons. Sanborn tiene un seminario y ordenó sacerdotes con esta doctrina espuria, igual a la de la “nueva iglesia”, todas sus ordenaciones son nulas, al igual que las del Vaticano II, por defecto de forma y de intención o hasta de ministro y de causa eficiente. La validez de los Sacramentos exige las cuatro causas definidas por el Derecho divino y por el Concilio de Florencia (D.S. 1313).

3.- Por lo tanto, la “autoridad” del poder de jurisdicción no procede de la “intención” buena o mala de obrar por parte de un electo por elección nula, independiente de la unidad de fe y de gobierno. No es el arbitrio humano de los electores o del electo humano el que confiere la forma, sino el poder divino que procede “directo e inmediato” de Dios a la materia del miembro de la Iglesia, dispuesta para recibirlo por la condición de la elección válida y de la aceptación válida siendo miembro actual del Cuerpo místico de Cristo.

Por lo tanto, el “impedimento” existente para recibir el poder de jurisdicción resulta de que la persona no es miembro de la Iglesia, de no tener unidad de fe divina y católica; de no tener “comunión” con los otros miembros terrestres y visibles del “cuerpo conexo y compacto” (Ef. IV, 15) del conjunto compuesto de todos los miembros visibles de este Cuerpo, subordinado al Magisterio de la Sede de Pedro.

4.- Por lo tanto, no existe “unión” entre la materia y forma del papa­do en una persona si ella está separada de la unidad de fe y de gobierno de la Iglesia Católica. La “condición” de la elección válida por Derecho humano no retira la condición de elección válida por Derecho divino que aquí el prelado despreció. “Quien no cree ya está condenado” (Jo III, 18). “Sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hebr. XI, 6).

5.- Ahí se sigue la “norma práctica” de los agnósticos y modernistas: “Los dogmas de fe deben ser conservados sólo según un sentido práctico, como normas preceptivas del obrar y no como normas del creer” (D.S. 3426). La norma del creer, como “obsequio racional” universal, común a todos (D.S. 639)  viene de la “reducción de la inteligencia como en obsequio a Cristo” (2 Cor X, 15). La norma del obrar se aparta de la “Razón Teórica” y la fe universal se coloca bajo la Razón Práctica, donde la voluntad libre individual rige las acciones ciegamente para el bien o para el mal.

CONCLUSIÓN

1.- Las doctrinas específicas de Mons. Guerard des Lauriers, de Mons. Sanborn y del Instituto Mater Boni Consilii son graves aberraciones en Filosofía y son  apostasía en Teología Dogmática. Se fundan en el hombre sin Dios. El poder de las Órdenes conferido por ellos en el presbiterato y en el episcopado es nulo, como en el Ecumenismo del Vaticano II. Los que lo recibieron de buena fe recibieron un poder nulo, sin la validez [que tiene] el poder de Órdenes de los cismáticos que tienen la “Sucesión apostólica material”. Aquí, el Humanismo sin Dios destruye tanto el poder de Órdenes como el de Jurisdicción.

2.- En cuanto a los otros prelados que “validan” tal papa herético de la “nueva Iglesia”, admiten el absurdo de que los agnósticos y ateos pueden ser gobernantes de los fieles y maestros de la unidad de fe católica. Y los que rechazan la Cabeza visible y fiel de la Iglesia con falsos argumentos rechazan “ipso facto” la misma Iglesia de Cristo, perfecta, santa, una; y siembran la libertad religiosa individual, la dispersión del rebaño de Cristo, contra la unidad querida por Cristo.

4. LA SOLUCIÓN DEL PAPA INVISIBLE

La falsa solución, como es fácil de demostrar, consiste en la conspiranoica exposición de los hechos siguientes:

En el Cónclave del año 1958, fue electo válidamente el Cardenal Siri y éste había aceptado asumiendo el nombre de Gregorio XVII. El primer e irrefutable signo que lo confirma fue la clara fumata blanca que duró cerca de cinco minutos, seguida luego de media hora de inexplicable angustiosa espera. Hecha la elección, en efecto, el Cardenal Siri parece que fue obligado a renunciar con graves amenazas. Gregorio XVII ejerció como Papa con desconocimiento de tal oficio por todo el orbe católico. Muerto en 1985, le auto sucedió Gregorio XVIII.

Contra esta tesis romántica está el hecho documentado con muchas fotos de que el Cardenal Siri aceptó y celebró la nueva misa, que firmó todos los documentos heréticos del Concilio Vaticano II y que se sujetó a los usurpadores de la Sede de San Pedro. Luego, según el canon 188 del CIC de 1917 y según la Bula Cum ex Apostolatus Officio del Papa Paulo IV, nunca fue legítimo Papa, en el caso de que hubiera aceptado la elección.

Por otra parte, el Papa es el obispo de Roma y, como tal, recibe la consideración de cabeza visible de la Iglesia católica. Si nunca dijo que fuera electo Papa, no podía estar en él la visibilidad de la Iglesia; porque la Iglesia está donde está el Papa.

Siendo de fe definida, o sea, obligado creer que para salvarse es necesario estar unido al Papa, un papa incógnito de forma perenne no puede ser el  Papa de la Iglesia católica, la cual proclama urbi et orbi tras cada elección legítima y aceptación del elegido el nombre del nuevo Vicario de Cristo. La razón es que al ser secreto impide la unidad de los católicos con el Papa, lo cual es necesario para salvarse. El Cardenal Siri, además, nunca reivindicó el papado.

5.LA SOLUCIÓN ECUMÉNICA

La falsa propuesta dice así: a) Para que la elección del Papa sea legítima deben participar los jerarcas actuales del Vaticano o, en su defecto, los “obispos” o el clero suburbicario de Roma o, al menos, aceptarla, pues con división la elección sería ilegítima  y el resultado crearía otra división. b) Al igual, deben participar miembros del clero tradicionalista, hayan declarado o no la Sede vacante, con tal que celebren la Misa tradicional, porque de lo contrario se repetirá el fracaso de experiencias pasadas.

La falsa propuesta coloca la “división” como hecho antecedente que impide la elección. Pero también coloca la “división” como efecto consecuente, causado por la elección. Uno coloca un hecho concreto real para negar el mandamiento divino. Otro acusa al propio mandamiento divino de causar división entre seres humanos.

     Ahora bien, si ya existe esa división antecedente, y de hecho existe, ya existe el cisma entre las personas; y los cismáticos ya están separados de la unidad de la Iglesia, quien en la fe, quien en el régimen. La naturaleza de esa división “separa de la Iglesia” (D.S. 3803) porque la Iglesia es una, con una sola fe, en un solo rebaño, con un solo Pastor monárquico, visible.

Los que están divididos no están divididos porque la unidad de la Iglesia, con una sola fe y con un solo Pastor visible, causa cisma. Están divididos contra la norma de unidad de la Iglesia porque quieren la libre división ecuménica entre los miembros de la Iglesia, sin unidad de fe ni de régimen. La unidad de un ser, por definición, excluye la división. Todo ser es necesariamente uno; un rebaño dividido en cuanto a la fe y al Derecho divino no es el rebaño de Cristo, sino obra humana libre de los ecuménicos.

De donde, los que alegan esa “división”, antecedente o consecuente, son los que proponen una concepción ecuménica de la Iglesia, sin unidad de fe. Eso es una “falsa religión” (Pío XI). El “Coetus fidelium”, por definición, tiene la necesaria unidad de fe y, además de eso, debe tener,  por “necesidad de Derecho divino”, la unidad de régimen (León XIII). Ahora bien, los que no quieren esa elección papal, niegan la doble unidad de la Iglesia; son cismáticos y adhieren a la herejía del Ecumenismo. Son falsos católicos: quieren la unidad con personas acéfalas, seguidoras del “juicio propio”, meramente humano, sin subordinación jerárquica al Magisterio universal dogmático de la Sede de Pedro.

Se objeta, para poner más inconvenientes al deber de la Iglesia, que, ya que no hay cardenales porque todos han abrazado las herejías del concilio Vaticano II y, además, porque no han sido nombrados legítimamente por los verdaderos Vicarios de Cristo, debe haber al menos entre el cuerpo de electores algún miembro del clero suburbicario de Roma. Pero resulta que, siendo esto un ideal deseable, es hoy imposible; y la razón es que ninguno de los obispos suburbicarios tiene jurisdicción sobre sus diócesis, por haber sido nombrados por antipapas; y, además, porque ni siquiera son obispos, puesto que fueron consagrados con el rito inválido de Montini; pero, sobre todo, porque están fuera de la Iglesia, excomulgados Latae Sententiae al haber abrazado las herejías conciliares. Y lo mismo que se dice sobre estos obispos de la iglesia conciliar, se aplica al clero de Roma y de las diócesis suburbicarias. Ergo, si hubiera clérigos en Roma que siendo católicos quisieran sumarse a la elección de un Papa, deberían ser invitados al cónclave para representar a la iglesia de Roma. Pero si no los hubiese, no se puede dudar de que es a toda la Iglesia, que conserva el poder de elegir a un Papa, a quien corresponde tal elección. Y tras la aceptación del oficio por el elegido, Él es el obispo de Roma y, por lo tanto, el Papa de toda la Iglesia. La razón es que Roma está donde está el Papa, como hemos comprobado en la historia, por ejemplo, cuando los papas legítimos residían en Aviñon.

Francisco de Vitoria escribe: «Aunque San Pedro nada hubiese determinado, una vez muerto, la Iglesia tiene poder para sustituirlo y nombrarle un sucesor (…) No restaría otro medio a no ser la elección por la Iglesia. Luego, la Iglesia podría elegir otro (…). «Si por calamidad, guerra, peste [o herejía como en el presente], faltasen todos los Cardenales, no debe dudarse que la Iglesia podría proveer para sí un Sumo Pontífice (non est dubitandum quim Ecclesia possit sibi provideri de Summo Pontífice)». Y la causa principal es: «porque de otra forma existiría la Vacancia perpetua (vacaret perpetuo) en aquella Sede que debe durar perpetuamente». Donde tal elección: «a tota Ecclesia debet provideri et non ab aliqua particulari Ecclesia» (Debe ser procurada por toda la Iglesia y no por alguna Iglesia particular»)... Eso porque: «Illa potestas est communis et spectat ad totam Ecclesiam. Ergo, a tota Ecelesia debet provideri»Ese poder es común y se refiere a toda la Iglesia. Luego, debe ser procurada por toda la Iglesia»). (De Potestate Ecclesiae, Recolectio 18)

El cardenal Tomás Cayetano, maestro general de los dominicos y diplomático de la Santa Sede, afirma: «Por excepción y de forma supletoria, este poder (de elegir un papa) compete a la Iglesia y al Concilio, sea por la inexistencia de cardenales electores, sea porque son inciertos o cuando la propia elección es incierta, como ocurre en época de cisma» (De comparatione autoritatis papae et concilii, C. 13 y C. 28). Dígase lo mismo por inexistencia de clero romano católico.

«En caso de no ser aplicables las normas, recaería sobre la Iglesia, por devolución, la tarea de suplir a las mismas.» (Cardenal Tomás Cayetano de Vio. Apología Iusdes Tractatus, c.XIII) 

Ahora bien, cuando se habla de la aceptación pacífica de la Iglesia Universal, como señala S. Alfonso Mª Ligorio y todos, se ha de pensar, como dice Pío XII, que “entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas”. No cabe, pues, esperar ingenuamente la aceptación de aquellos que, negando la infalibilidad del Papa en su magisterio ordinario y la necesidad de la obediencia al soberano Pontífice, reconocen como papa, material o formal, a un hereje al que no obedecen, porque además de negar la eficacia de la oración de Cristo por Pedro, lo que constituye blasfemia, cae sobre ellos la condenación de la Iglesia sobre Pedro de Osma, porque la proposición de éste: “La Iglesia de Roma puede errar” es considerada una proposición herética. Luego, los que sostienen tal proposición, por la misma doctrina infalible de Pío XII que hemos visto, se han separado miserablemente ellos mismos de la Iglesia. Los que están fuera de la Iglesia no pueden elegir.

Así mismo, tampoco debe contarse entre el número que incluye la aceptación pacífica de la Iglesia a aquellos que se hallan “en un peligroso error: quienes piensan que pueden abrazar a Cristo, Cabeza de la Iglesia, sin adherirse fielmente a su Vicario en la tierra. Porque, al quitar esta Cabeza visible  y romper los vínculos sensibles de la unidad, oscurecen y deforman el Cuerpo místico del Redentor, de tal manera, que los que andan en busca del puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo; aquí están descritos todos los obispos y sacerdotes clericus vagustodos acéfalosY la razón es que el gobierno de Cristo en la Iglesia es visible y ordinario a través de su Vicario porque “Ni se ha de creer que su gobierno se ejerce solamente de un modo invisible y extraordinariosiendo así que también de una manera patente y ordinaria gobierna el Divino Redentor, por su Vicario en la tierra, a su Cuerpo.”

Por lo mismo, no se debe contar entre el número de los miembros de la Iglesia que acepten pacíficamente una elección a aquellos que no obran según la Constitución divina de la Iglesia, pues es doctrina infalible que “para que el episcopado mismo fuera uno e indiviso y la universal muchedumbre de los creyentes se conservara en la unidad de la fe y de la comunión por medio de los sacerdotes coherentes entre sí, al anteponer al bienaventurado Pedro a los demás Apóstoles, en él instituyó un principio perpetuo de una y otra unidad y un fundamento visible sobre cuya fortaleza se construyera un templo eterno; y la altura de la Iglesia, que había de alcanzar el cielo, se levantara sobre la firmeza de esta fe. Y puesto que las puertas del infierno, para derrocar, si fuera posible, a la Iglesia, se levantan por doquiera con odio cada día mayor contra su fundamento divinamente asentado, Nos, juzgamos ser necesario para la guarda, incolumidad y aumento de la grey católica, proponer con aprobación del sagrado Concilio, la doctrina sobre la institución, perpetuidad y naturaleza del sagrado primado apostólico -en que estriba la fuerza y solidez de toda la Iglesia- para que sea creída y mantenida por todos los fieles, según la antigua y constante fe de la Iglesia universal; y a la vez proscribir y condenar los errores contrarios, en tanto grado perniciosos al rebaño del Señor. No caben, pues, la multitud de clérigos vagos o acéfalos, obispos o sacerdotes,  que dicen que es imposible una elección, por lo que no dejan de abrazar con esa postura la herejía jansenista que afirmaba que Dios manda cosas imposibles. No se deben considerar, tampoco, entre los que deben aceptar la elección  a todos aquellos que sin ninguna relación con la jerarquía, pretenden ser cabezas de sus capillas como si ellos mismos fueran el papa, y nada están dispuestos a hacer por la perpetuidad del primado apostólico, antes bien, se convierten en los más furibundos perseguidores de aquellos verdaderos católicos que emprenden trabajos para la reconstrucción de la jerarquía y la elección de aquél en que estriba la fuerza y solidez de la Iglesia. Todos estos son herejes y cismáticos amparados en la Misa tradicional y disfrazados de sotanas o solideos; nada importa a la Iglesia, que sólo puede rogar por su conversión,  su aceptación o no de la elección.

Tampoco se deben contar entre los miembros de la Iglesia que deban aceptar pacíficamente al elegido a todos aquellos que profesan la herejía de que el Vicario de Cristo puede errar, porque “la apostólica doctrina de ellos [los verdaderos papas], todos los venerables Padres la han abrazado y los Santos Doctores ortodoxos venerado y seguido, sabiendo plenísimamente que esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”. Por lo tanto, todos aquellos que profesan esta herejía, en general, pero no solo ellos, también la ideología lefebvrista, no forman parte del número para determinar si la Iglesia acepta pacíficamente al papa elegido, ni pueden ser electores.

Huelga decir que quedan excluidos igualmente el gran número de “obispos”, “cardenales”, “sacerdotes” y fieles de la falsa iglesia conciliar que predica una nueva religión, distinta de la católica; y junto a ellos, los semiprivacionistas defensores de la llamada tesis Cassiciacum que reconoce como papa materialiter a Bergoglio y como legítimos electores a los actuales “cardenales” herejes; tesina, pues, que es el mayor absurdo filosófico y teológico imaginado por mente humana.

Son, pues, el resto de católicos los que han de aceptar pacíficamente la elección para que el elegido sea verdadero Papa.

La “unión” de los predicadores de la división no es la de la Iglesia Católica, aunque conserven íntegros los ritos de San Pío V en la liturgia. 

Santo Tomás muestra que existen dos modos de ser herético: el directo, negando directamente un artículo de la Fe, y el indirecto, colocando premisas de las cuales se sigue la negación de la Fe. Los modernistas dicen que pueden no negar directamente la Fe, pero que pueden colocar premisas de las cuales se siga que los dogmas de fe son falsos o dudosos (D.S. 3424). Colocando una práctica imposible, para impedir la elección de un Papa, se seguiría que el dogma de fe, universal y abstracto es falso. Se aparta de la norma del creer por consecuencia de una perversión de la norma práctica, de la norma del obrar.

     De donde se simula que se profesa el dogma de la fe de los “perpetuos Sucesores” de Pedro (D.S. 3058) negando ser posible cumplir el deber de elegir un Papa. Pío XII enseña que los principios de la Moral cristiana se fundan en las verdades de la Fe cristiana, en el conocimiento de las verdades de la fe universal. No existiría el deber gravísimo de elegir un Papa si no fuera absolutamente necesaria la existencia del Papa para que sea principio visible de la unidad de fe y de régimen. Si no fuera posible de hecho, no existiría el precepto ni la norma del creer.

     La norma de fe obliga en todos los casos singulares, en todas las situaciones donde no existe otro camino sino el de la obediencia para alcanzar el fin de tener en la Iglesia el principio visible y perpetuo de la unidad. La norma de extinción de la vacancia fue posible, siempre, durante veinte siglos. La Iglesia, como sociedad perfecta, tiene en sí y por sí todos los medios necesarios para su acción y su incolumidad como una sociedad divinamente instituida. Quien ordena el fin -los Sucesores de Pedro- ordena los medios para eso: la existencia de perpetuos electores y elecciones válidas.

 La elección del Papa fiel tiene por efecto natural la unidad de régimen y de fe, querida por Dios y predicada por el Vaticano I. Quien no quiera la unidad verdadera de la Iglesia en la fe y el régimen, sino una unidad ecuménica con pluralidad libre de credos, ese no quiere la unidad que Cristo quiso y que el Vaticano I explicitó. Siempre en dos mil años el Papa fue el principio visible de la unidad de la Iglesia y así debe ser hasta el fin con los verdaderos Papas. Los efectos del primado de Pedro son los mismos hoy y en todos los tiempos. Los que no quieren esos efectos, sino otros, mezclados con Liberalismo, Civilización Moderna y un Cristianismo no dogmático, esos son los que rechazan al Papa fiel. Están fuera de la Iglesia, fuera de la unidad de fe y de régimen.

     La obra de Cristo, divina, no perdió su fuerza. Ella causa “frustración”  a los modernistas, a los no católicos, masones, ateos, herejes y paganos.

     El Papa fiel separa a los fieles de los infieles (2 Cor. VI, 14-18); no deja que los fieles sean juzgados por los infieles (I cor. VI,12).

     El caso individual de Lino II, experiencia a la que se refiere el argumento falso, fue en verdad una elección válida según las posibilidades de los fieles en medio de la crisis actual. Lo que después él hizo o dejó de hacer es responsabilidad personal de él y en nada cambia el Magisterio universal de la Iglesia.

 Si los obispos que se dicen sedevacantistas se reuniesen para tratar la unidad de fe entre ellos, apartando a los que no la quieren, naturalmente verían también la posibilidad y el deber de elegir la Cabeza visible de la Iglesia. Si no lo hacen es porque no quieren la unidad de la Iglesia en la Fe y en el régimen; porque están fuera de esa unidad.  Convocados, pues, al conclave o al Concilio, si lo rechazan es prueba evidente de que no quieren la unidad de Fe y Régimen en la Iglesia.

Finalmente, otra vez la historia enseña que el argumento es falso, ya que en el Concilio de Constanza los electores no representaban a ninguna iglesia particular, sino a las cinco naciones católicas. Fue mediante este Concilio que se eligió legítimamente al Papa Martín V, con el que concluyó el Cisma de Occidente que había durado treinta y nueve años.

El presente artículo se puede copiar y divulgar libremente, sin ni siquiera citar procedencia y autor.

P. José Vicente Ramón.

24 OBJECIONES Y RESPUESTAS SOBRE LA ETERNIDAD DE LAS PENAS DEL INFIERNO

Desde el hombre conoce que Dios es remunerador, no ha dejado de buscar una “vacuna” para evitar, desde el principio de inmanencia, o sea, desde sus propias ideas,  la eternidad de las penas del infierno, e incluso la inutilidad del mismo al proclamar con teología volteriana que, si existe, está vacío (K Rhaner), o que no es un lugar físico (Wojtyla). Hubo en la antigüedad grandes sabios, como Orígenes que enseñaron falsamente que, al final, hasta los demonios serían redimidos; al presente hay otros herejes, como Bergoglio, que proclaman la herejía de que las almas que no merecen el cielo no padecerán sufrimientos, sino que serán aniquiladas; existe toda una literatura “pseudo” católica que adoctrina en una misericordina muy peligrosa para las almas que la suscriben. Sin embargo, el infierno existe y es un dogma de fe católica; y al igual es dogma la eternidad de las penas del infierno.

 

El presente artículo tiene como propósito enseñar esta verdad de la eternidad de las penas, a la vez que adiestrar a los lectores para que puedan rebatir los argumentos de los herejes e incrédulos, porque pensamos que sólo predicando la verdad y aprehendiéndola cada alma, se establecen los verdaderos principios para, en el lenguaje tan “pandémico” ad hoc, evitar que las ánimas sean contaminadas con errores y herejías, y así no tengan puesta una esperanza falsa en una vacuna (solución) en el más allá. Porque el que muere en gracia de Dios se salva para siempre, pero el que muere en pecado mortal se condena eternamente. Ni uno ni otro pueden ya revertir jamás su situación de bienaventuranza o de condena.   Aprendamos todos que no hay vacuna (falsa idea) contra la realidad: que son los eternos decretos de Dios, que la verdadera Iglesia de Cristo, la católica, ha enseñado hasta la muerte del último legítimo Papa, y seguirá enseñando infaliblemente tras la elección del siguiente Vicario de Cristo en la tierra.

 

Objeciones y soluciones

 

Para proceder en la solución de las objeciones de la manera lógica y encadenada posible, vamos a recogerlas en forma de conversación o diálogo entre un incrédulo que pregunta y un de teólogo que contesta.

Objeción 1.La eternidad de las penas del infierno se opone a la justicia de Dios. Es injusto castigar eternamente un pecado que duró sólo unos momentos.

RESPUESTA. Ningún crimen se castiga por el tiempo que se tarda en cometerlo sino por la gravedad intrínseca que tiene. La justicia humana, ¿no condena, a veces a prisión perpetua y aun a la pena capital al malhechor metido su crimen en un instante? Pues, teniendo en cuenta que el pecado— sobre  todo el cometido contra el mismo Dios con voluntaria y obstinada maldad–encierra una malicia en cierto modo infinita, por razón de la distancia infinita que separa al ofensor del ofendido, justo es que se le castigue con una pena también infinita. Y, no pudiendo serlo en intensidad, tiene que serlo por lo menos en extensión. Luego la intensidad de las penas del infierno no solamente no se opone a la justicia de Dios, sino que es una exigencia y postulado elemental de la misma.

Objeción 2. Se me hace muy difícil concebir la malicia infinita del pecado. Una criatura no puede realizar un acto infinito.

RESPÙESTA. La infinitud relativa del pecado no se toma del acto en sí mismo u objetivamente considerado, sino de la infinita distancia existente entre pecador y Dios. Al pecar libré y voluntariamente, el pecador se adhiere a una criatura que le aleja o separa de Dios. Y este alejamiento es, de suyo infinito y naturalmente irreparable.

Objeción 3. El pecador no comete su pecado previendo y aceptando esa proyección eterna. Al menos, la mayoría de los hombres pecan tan sólo provisionalmente, esperando arrepentirse después.

RESPUESTA.  Esa esperanza en un futuro arrepentimiento es una ilusión tan vana como inmoral. Vana, porque el pecador no podrá salir de su pecado sin la gracia del arrepentimiento, que Dios no está obligado a darle y puede que le niegue de hecho en castigo de tanta ingratitud. El que se arroja a un pozo del que no puede salir sin que de arriba le echen un cable, se resigna a permanecer en él eternamente si los de arriba—que no tienen obligación de ayudarle, por su loca temeridad—dejan de arrojárselo de hecho. Y es, ade­más, inmoral, porque se apoya precisamente en la misericordia de Dios para ofenderle con mayor tranquilidad.

Objeción 4. De todas formas, el pecador peca en el tiempo. ¿Por qué castigarle en la eternidad?

RESPUESTA. Desde el momento en que el pecador coloca actualmente su fin úl­timo en una criatura renunciando a su último fin sobrenatural con el que es absolutamente incompatible, muestra bien a las claras que con mayor motivo se entregaría a ese pecado si pudiera gozar eternamente el placer momentáneo que le ofrece. Si por un instante de dicha, fugaz y pasajero, acepta la posibilidad de quedarse sin su fin sobrenatural eterno, ¡cuánto más se lanzaría a cometer ese pecado si pudiera permanecer en él impunemente durante toda la eternidad! En este sentido dice profundísimamente Santo Tomás que el pecador, al separarse de Dios, peca en su eternidad subjetiva (*). Por consiguiente, si el pecador ha ofendido a Dios en su eternidad, es muy justo que le castigue Dios en la suya, como dice San Agustín.

(*)He aquí las palabras mismas de Santo Tomás: «Decimos que alguien peca en su eterni­dad no sólo por la continuación del acto que perdura toda su vida, sino porque, por el mero hecho de haber puesto su fin en el pecado, tiene la voluntad de pecar eternamente. Por lo que dice San Gregorio en los Morales (c19: ML 76,738) que ,los inicuos quisieran vivir siempre para permanecer sin fin en sus iniquidades» (I-II,87,3 ad I; cf. Suppl., 99,1).

 

En su magnífica Suma contra los Gentiles insiste Santo Tomás en el mismo argumento con las siguientes palabras: “Ante el juicio divino, la voluntad se computa por el hecho, porque el hombre sólo ve lo exterior, pero Yavé mira el corazón (I Reg. 56,7). Ahora bien: quien a cambio de un bien temporal se desvió del último fin, que se posee por toda la eternidad, antepuso la fruición temporal de dicho bien a la eterna fruición del último fin; por donde vemos que hubiera preferido mucho más disfrutar eternamente de aquel bien temporal. Luego, según el juicio de Dios, debe ser castigado como si hubiese pecado eternamente. Y es indudable que a un pecado eterno se debe pena eterna. Por tanto, quien se desvía del último fin debe recibir una pena eterna (Contra gen., III,144.).

Objeción 5. Pero la malicia subjetiva del pecado, ¿no depende del grado de conocimiento y voluntariedad con que ha procedido el pecador?

RESPUESTA. Ciertamente que sí.

Objeción 6. ¿Y qué pecador se da cuenta al cometer su pecado del alcan­ce y trascendencia de su acto? Sería menester para ello tener una idea muy  clara de la grandeza de Dios y de la inconmensurable eternidad.

RESPUESTA. El pecado cometido en esas condiciones sería de una malicia verdaderamente satánica. Ése fue el pecado de los ángeles rebeldes, cuya ma­licia fue tal, que Dios les negó para siempre el beneficio de la redención, que ofreció, sin embargo, al hombre pecador.

Objeción 7. Luego vos mismo confesáis que el pecado del hombre no reune la malicia satánica de los demonios, y, por consiguiente…

RESPUESTA. Por consiguiente, Dios se compadeció de él y le ofreció el beneficio de la redención, que negó a los ángeles rebeldes. Pero precisamente por esto, la reincidencia voluntaria del hombre en su pecado después de haberse derramado para redimirlo toda la sangre del Hijo de Dios encarnado, supone por lo menos mayor ingratitud, si no queremos admitir también mayor malicia subjetiva. Y esto basta para que ese pecado, cometido libre y voluntariamente, tenga la fuerza suficiente para apartarlo eternamente de Dios lo fin último sobrenatural.

Además, como dice excelentemente un teólogo, «el hombre que sospecha de su padre una misteriosa grandeza para él desconocida, un sacrificio secreto, pero incomparable, llevado a cabo en su favor por padre, ¿no es responsable, si le ofende, de eso mismo que no conoce? Nosotros, que sabemos la grandeza inconmensurable de nuestro Dios, su ternura infinita y la sublimidad del sacrificio de la cruz, ¿podemos decir con fundamento que no somos responsables ante el misterio de la justicia del cielo, bajo pretexto de que, en el momento de pecar, nuestra imaginación inteligencia no nos representaban con exactitud aquella justicia?( P. Sertillanger, Catecismo de los incrédulos-Barcelona 1934-)

 

Objeción 8. Pero ¿por qué crea Dios a los que sabe que se han de condenar?

RESPUESTA. Entre otras razones que trascienden infinitamente la pobre inteli­gencia humana, hay que decir que porque de lo contrario se seguiría una gran inmoralidad, lo cual repugna a la infinita santidad de Dios. En efecto: si Dios, llevado de su infinita misericordia, no creara más que a los que se han de salvar, se seguiría que el hombre podría impunemente burlarse de Dios, conculcando uno por uno todos los mandamientos de su ley divina. No sería menester siquiera que se arrepintiera de sus pecados, ya que Dios tendría que perdonarle forzosamente más pronto o más tarde. Con lo cual podría darse el caso de un pecador que, después de haber sufrido en la otra vida una pena temporal más o menos larga, entraría finalmente en el cielo sin haberse arrepentido de su pecado y sin haberle pedido perdón a Dios. ¿Quién no ve que esto sería una monstruosidad escandalosa, mil veces más inconcebible que el hecho de crearle previendo que se va a condenar?

Por lo demás, una cosa está del todo clara en la teología de la salvación, cualquiera que sea la escuela teológica a la que se pertenezca, y es que Dios no crea ni creará jamás a nadie para que se condene haga lo que haga (re­probación positiva), sino únicamente a pesar de prever que se querrá conde­nar voluntariamente (reprobación negativa en castigo del pecado volunta­riamente cometido). ¿De quién es la culpa, por consiguiente, si el pecador se condena? Sería el colmo de la inmoralidad pedirle cuentas a Dios por castigar justamente un crimen del que sólo el perverso pecador ha tenido libre y voluntariamente la culpa.

Objeción 9.     Pero ¿por qué la pena del pecado ha de ser eterna? ¿No bastaría un castigo temporal—aunque fuera larguísimo—para satisfacer las exigencias de la divina justicia?

RESPUESTA. De ninguna manera. La obstinación del pecador, perpetua aferrado a su pecado, obliga a mantenerle la pena eternamente El pecador no se arrepiente ni se arrepentirá jamás. Y en estas condiciones el castigo tiene que ser necesariamente eterno. Mientras permanezca la culpa, no debe terminar la pena.

Objeción 10. ¿Y por qué el pecador no puede arrepentirse?

RESPUESTA. Porque con la muerte termina el plazo del arrepentimiento. Tiempo tuvo durante toda su vida, y el pecador lo rechazó pertinaz y obstinadamente hasta el último suspiro. La culpa es exclusivamente suya. ¿ más pudo hacer Dios de lo que hizo? ¿No derramó toda su sangre  desde lo alto de la cruz y no le ofreció su eficacia redentora hasta el momento mismo de la muerte?

Objeción 11. La misericordia de Dios es infinita. Parece absurdo señalar un límite determinado más allá del cual no pueda ya ejercerse.

RESPUESTA. La misericordia de Dios es infinita ciertamente. Pero su ejercicio y manifestación están regulados por los demás atributos de Dios, especial­mente por su santidad, su justicia y su sabiduría. Y la santidad exige que no se le dé al pecador oportunidad de burlarse perpetuamente de Dios a propósito de su misericordia y la justicia reclama el castigo inexorable del pecador definitivamente obstinado en su maldad Y, puesta la divina sabi­duría a señalar un límite para que el pecador puede rectificar sus malos pasos, ninguno más oportuno que el de la hora de la muerte.

Objeción 12. ¿Por qué?

RESPUESTA. Porque con ella termina el estado de vía- esto es, la etapa viajera de nuestra vida—y penetramos en el estado de término, o de la inmutable eternidad. Es natural que el destino definitivo que el pecador eligió libre­mente en el último segundo de su vida viajera permanezca para siempre en la inmutable eternidad.

Objeción 13. ¿Y es que el pecador no continúa siendo libre?

RESPUESTA .Para elegir su destino, no. La muerte le arrebató para siempre el estado fluctuante de su espíritu y le fijó—le fosilizó podríamos decir—en el fin libremente elegido.

Objeción 14. ¿Y por qué el espíritu puede fluctuar en esta vida entre el bien y el mal y no ha de poderlo hacer en la otra?

RESPUESTA . Porque lo exigen así, de consuno, la psicología del alma separada y la justicia de Dios.

Objeción 15. Hacedme el favor de explicar el misterio

RESPUESTA. No es tan difícil como creéis. La simple filosofía nos dice que el alma no está sujeta ya al vaivén de las pasiones y de las impresiones caprichosas del mundo corporal y sensible. Desligada por completo de la materia actúa a la manera de los espíritus puros, ángeles y demonios. No  por vía de discurso, sino de intuición, y de tal forma quiere lo que el entendimiento le presenta como apetecible, que lo que quiere una vez lo quiere para siempre. En la eternidad nadie rectifica el bien o el mal.

Objeción 16. ¿Y por qué no les vuelve Diosa colocar en situación de nuevamente elegir?

RESPUESTA. Porque lo impide su divina justicia y su infinita seriedad. La justicia señaló un plazo para el ejercicio incontenido y desbordante de la misericordia: la hora de la muerte. Y la infinita seriedad de Dios le im­pide volverse atrás ofreciendo al pecador una nueva oportunidad de conversión después de haberse burlado definitivamente de El.

Objeción 17. Aunque el pecador no lo merezca, ¿acaso no sería esto un desbordamiento de amor y de misericordia digno de la grandeza so­berana de Dios?

 

RESPUESTA. De ninguna manera. Sería, por el contrario, un gran escándalo, que dejaría sin explicación posible la infinita santidad de Dios.

Objeción 18. ¿Por qué?

RESPUESTA. Porque ello equivaldría a autorizar al pecador para burlarse eternamente de Dios.

Objeción 19. No lo comprendo.

RESPUESTA. Pues es muy sencillo. Si, a pesar de continuar obstinado en el pe­cado y de no merecer, por consiguiente, el perdón, Dios le perdonara de todas formas, el pecador podría reírse eternamente de El.

Objeción 20. Pues ha habido algún Santo Padre partidario de la bella opi­nión de Orígenes, que imagina el perdón final para el mismo Sata­nás y todos sus secuaces angélicos y humanos.

RESPUESTA. La apocatástasis origenista ha sido expresamente condenada por la Iglesia (Denz. 211). Y esa hipótesis no solamente no es bella, sino que es una monstruosidad inconcebible.

Objeción 21. Haced el favor de demostrarlo.

RESPUESTA. Escuche el discurso que, al anunciarle el perdón de Dios, pronun­ciaría Satanás dirigiéndose a todos los demonios y condenados del infierno:

“Amigos: ya sabía yo que este final tendría que llegar algún día. Por eso me rebelé sin miedo contra Dios y os arrastré a todos vosotros en mi rebelión. Y como mi orgullo no podía sufrir la humillación de pedirle perdón a Dios, por eso no se lo pedí ni se lo pido ahora.  Ha sido El quien ha tenido que rendirse ante lo inflexible de mi actitud. Yo no me he inclinado ni me inclinaré jamás ante El; ha El quien se ha inclinado ante mí. Y estoy seguro que todos vosotros y mis fieles súbditos y amigos, compartís en absoluto mis propios sentimientos. Ninguno de vosotros pedirá jamás perdón a Dios ni acatará sus órdenes. Soy yo vuestro único jefe. Y ahora—aquí lanza una carcajada sarcástica—vámonos al cielo a sentarnos en los tronos de gloria junto a la bendita Madre de Dios, para eternamente de El y de su Madre por habernos admitido al cielo sin arrepentirnos de nuestros pecados y sin habernos inclinado ante su divina Majestad».

 

Objeción 22. ¿Dónde consta que Satanás pronunciaría ese discurso?

RESPUESTA.  En su obstinación diabólica. Escuche un diálogo habido entre el demonio—que hablaba por boca de un energúmeno de París—y el sacerdote que le exorcizaba en nombre de la Iglesia:

Sacerdote: ¿Cómo te llamas?

Energúmeno: Legión, porque somos muchos.

Sacerdote: ¿Quisierais ser aniquilados por Dios?

Energúmeno: ¡No!

Sacerdote: Pues no lo comprendo. Porque, si Dios os aniquilara dejaríais de sufrir, y esto no dejaría de ser un bien para vosotros.

Energúmeno: Dejaríamos de sufrir, es verdad; pero dejaríamos también de odiar a Dios, y preferirnos seguir odiándole eternamente.

Sacerdote:Y ahora decidme: ¿qué os parece?

Objeción 23. ¿Ofrece garantía histórica ese relato?

RESPUESTA.  Me es completamente indiferente. No lo he aducido como prueba histórica, sino únicamente por vía de ejemplo, para expresar una realidad indiscutible. Sea o no histórico, lo cierto es que el odio y la obstinación contra Dios son las disposiciones habituales de Satanás y de todos los con­denados. Este dato nos lo asegura terminantemente la teología, ya que no es sino una consecuencia inevitable de su estado de condenación.

Objeción 24. Pues si es así, ¿por qué no aniquilar a criaturas tan perversas, en vez de conservarlas eternamente en el ser?

RESPUESTA.  El aniquilamiento—lo hemos dicho ya—sería una rectificación de la obra de Dios, y es la criatura culpable y no el Creador quien debe rectificar. Aparte de que Dios no puede envolver en idéntico castigo a todos los condenados, que han pecado en grados muy desiguales de maldad. Finalmente, el aniquilamiento impediría la manifestación permanente y eterna de la justicia vindicativa de Dios, que contribuye también a glorificarle ante toda la creación.

 

 

EL PORQUÉ DE TANTAS FALSAS RELIGIONES

Multitud de religiones.

Profundo misterio que aquí se envuelve. Los católicos reconocen y lamentan este daño mucho más que todos los sectarios. Explicación del principio «quod nimis probat nihil probat», lo que prueba demasiado no prueba nada. Aplicación de este principio a la dificultad presente. Reglas de prudencia que conviene no perder de vista. Motivos de la permisión divina. Fatales consecuencias del pecado del primer padre. Impotencia de la filosofía en la explicación de los misterios del hombre.

     Voy a pagar, mi estimado amigo, la deuda que en mi anterior contraje, de responder a la dificultad que V. me proponía, relativa a la permisión de Dios sobre tantas y tan diferentes religiones. Éste es uno de los argumentos que sin cesar producen los enemigos de la religión, y que suelen proponer con tal aire de seguridad y de triunfo, como si él solo bastara a echarla por tierra. No se crea que trate yo de desvanecer la dificultad, eludiendo el mirarla cara a cara, ni de disminuir su fuerza presentándola cubierta con velos que la disfracen; muy al contrario, opino que el mejor modo de desatarla es ofrecerla en toda su magnitud. Añadiré, además, que no niego que haya en esto un misterio profundo, que no me lisonjeo de señalar razones del todo satisfactorias en esclarecimiento de la objeción indicada, pues estoy íntimamente convencido de que éste es uno de los incomprensibles arcanos de la Providencia, que al hombre no le es dado penetrar. Me parece, no obstante, que les hace a muchos más mella de la que hacerles debiera; y tan distante me hallo de creer que en nada destruya ni debilite la verdad de la Religión Católica, que antes juzgo que en la misma fuerza de dicha dificultad podemos encontrar un nuevo indicio de que nuestra creencia es la única verdadera.

     Es cierto que la existencia de muchas religiones es un mal gravísimo; esto lo reconocemos los católicos mejor que nadie, pues que somos los que sostenemos que no hay más que una religión verdadera, que la fe en Jesucristo es necesaria para la eterna salvación, que es un absurdo el decir que todas las religiones pueden ser igualmente agradables a Dios; y, por fin, los que tal importancia damos a la unidad de la enseñanza religiosa, que consideramos como una inmensa calamidad la alteración de uno cualquiera de nuestros dogmas. Por donde se ve que no es mi ánimo atenuar en lo más mínimo la fuerza de la dificultad ocultando la gravedad del mal en que estriba; y que a mis ojos es mayor este daño que no a los del mismo que me la ofrece. Nadie aventaja ni aun iguala a los católicos en confesar lo inmenso de esa calamidad del humano linaje; porque sus creencias los precisan a mirarla como la mayor de todas. Los que consideran como falsas todas las religiones, los que se imaginan que en cualquiera de ellas puede el hombre hacerse agradable a Dios y alcanzar la eterna salud, los que profesando una religión que creen única verdadera, no profesan el principio de la caridad universal sin distinción de razas, pueden contemplar con menos dolor esas aberraciones de la humanidad; pero esto no es dado a los católicos, para quienes no hay verdad ni salvación fuera de la Iglesia, y que, además, están obligados a mirar a todos los hombres como hermanos, y desearles en lo íntimo del corazón que abran los ojos a la luz de la fe, y que entren en el camino de la salud eterna. Bien se echa de ver que no trato, como suele decirse, de huir el cuerpo a la dificultad, y que antes procuro pintarla con vivos colores. Ahora voy a examinar su valor, presentándola desde un punto de vista en que por desgracia no se la considera comúnmente.

     Tienen los dialécticos un principio que dice: quod nimis probat nihil probat; lo que prueba demasiado no prueba nada; lo que significa que, cuando un argumento cualquiera no sólo concluye lo que nosotros nos proponemos, sino también lo que a las claras es falso, de nada sirve para probar ni aún lo que nosotros intentamos. La razón en que este principio se funda es muy clara: lo que conduce a un resultado falso, ha de ser falso también; luego, por más especioso que sea su argumento, por más apariencias que tenga de solidez, por el lirismo hecho de llevarnos a una consecuencia falsa, nos da una infalible señal de que o entraña alguna falsedad en las proposiciones de que se compone, o algún vicio de razonamiento en el enlace de las mismas, y por tanto en la deducción a que nos lleva. Si, por ejemplo, me propongo demostrar que la suma de los ángulos de un triángulo es mayor que un recto, y con mi demostración pruebo que dicha suma es mayor que dos rectos, esta demostración de nada servirá, porque con ella pruebo demasiado, es decir, que es mayor que dos rectos, lo que no puede ser; y este resultado será para mí una infalible señal de que hay un vicio en la demostración, y que no puedo aprovecharme de ella para probar nada.

     Otros ejemplos: si, examinando un antiguo manuscrito, pretendo desecharle como apócrifo, y señalo para ello una razón crítica, de la que resulten condenados también códices cuya autenticidad no admita duda, claro es que debo apartarme de mi razonamiento, seguro de que está mal concebido: prueba demasiado, y por lo mismo no prueba nada. Si, examinando la veracidad de la narración de un viajero, me empeño en que se ha de dar fe a sus palabras alegando razones de las que se infiere que es menester dar crédito a otras relaciones conocidamente falsas, mi manera de discurrir sería mala también porque probaría demasiado.

     Perdone V., mi querido amigo, si me he detenido algún tanto en desenvolver este principio que en muchísimos casos sirve y de que pienso hacer uso en la cuestión que nos ocupa: y con esto entenderá V. que no juzgo del todo inútiles las reglas para bien discurrir, y que mi desconfianza en los filósofos no se extiende a todo lo que se halla en la filosofía.

     Apliquemos estos principios. Se nos objeta a los católicos la multiplicidad de religiones, como si a nosotros únicamente embarazara la dificultad, como si todos los que profesan un culto, se cual fuere, no debiesen sobrellevar in solidum todos los inconvenientes que de ahí pueden resultar. En efecto: si la multiplicidad de religiones algo prueba contra la verdad de la católica, lo mismo prueba contra la de todas; tenemos, pues, que no sólo viene al suelo la nuestra, sino cuantas existen y han existido. Además: si la dificultad que se levanta contra la permisión de este mal significa algo, es nada menos que una completa negación de toda providencia, es decir, la negación de Dios, el ateísmo. La razón es obvia: el mal de la multiplicidad de religiones es innegable; está a nuestra vista en la actualidad, y la historia entera es un irrefragable testimonio de que lo mismo ha sucedido desde tiempos muy remotos; si se pretende, pues, que la Providencia no puede permitirlo, se pretende también que la Providencia no existe, es decir, que no hay Dios.

     Infiérese de aquí que la permisión de la muchedumbre de religiones es una dificultad que embaraza al católico y al protestante, al idólatra y al musulmán, al hombre que admite una religión cualquiera, como al que no profesa ninguna, con tal que no niegue la existencia de Dios. Por ejemplo: si se me presenta un mahometano con su Alcorán y su Profeta, pretendiendo que su religión es verdadera y que ha sido revelada por el mismo Dios, le podré objetar el argumento y decirle: «Si tu creencia es verdadera ¿cómo es que Dios permite tantas otras? Si se engañan miserablemente los que viven en religión diferente de la tuya, ¿por qué, permite Dios que todos los demás pueblos del mundo permanezcan privados de la luz?» A quien no niegue la existencia de Dios, imposible le ha de ser el no admitir su bondad y providencia; un Dios malo, un Dios que no cuida de la obra que él mismo ha criado, es un absurdo que no tiene lugar en cabeza bien organizada; y hasta me atreveré a decir que menos imposible se hace el concebir el ateísmo en todo su error y negrura, que no la opinión que admite un Dios ciego, negligente y malo. Suponiendo, pues, la existencia de un Dios con bondad y providencia, queda en pie la misma dificultad arriba propuesta: ¿Cómo es que permite que el humano linaje yerre tan lastimosamente en el negocio más grave e importante, que es la religión? Si se nos dijera que Dios se da por satisfecho de los homenajes de la criatura, sean cuales fueren las creencias que profese y el culto en que le tribute la expresión de su gratitud y acatamiento, entonces preguntaremos: ¿cómo es posible que a los ojos de un Ser de infinita verdad sean indiferentes la verdad y el error? ¿cómo es dable concebir que a los ojos de la santidad infinita sean indiferentes la santidad y la abominación? ¿cómo es posible que un Dios infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente próvido, no haya cuidado de proporcionar a sus criaturas algunos medios para alcanzar la verdad, para saber cuál era el modo que le era agradable de recibir los obsequios y las súplicas de los mortales? Si las religiones sólo tuviesen entre sí diferencias muy ligeras, el absurdo de darlas todas por buenas fuera menos repugnante, pero recuérdese que casi todas ellas están diametralmente opuestas en puntos importantísimos; que las unas admiten un solo Dios, y otras los adoran en crecido número; que unas reconocen el libre albedrío del hombre, y otras lo desechan; que unas asientan por uno de los principios fundamentales la creación, otras se avienen con la eternidad de la materia; recórrase la enorme variedad de sus respectivos dogmas, de su moral, de su culto, y dígase si no es el mayor de los absurdos el suponer que Dios puede darse por satisfecho con adoraciones tan contradictorias.

     Vea V., mi estimado amigo, cuán bien se aplica a esta cuestión el principio dialéctico que más arriba he recordado; y cómo una dificultad que algunos se empeñan en dirigir exclusivamente contra los católicos, no les toca a ellos únicamente, sino a todos los hombres que profesan una religión, y aún a los puros deístas. ¿Qué debe hacerse en semejantes casos? ¿Cómo se pueden obviar tamañas dificultades? He aquí el camino que en mi concepto debe seguir un hombre juicioso y prudente; he aquí la manera de discurrir más conforme a razón: «El mal existe, es cierto; pero la Providencia existe también, no es menos cierto; en apariencia son dos cosas que no pueden existir juntas; pero, supuesto que tú sabes ciertamente que existen, esta apariencia de contradicción no te basta para negar esa existencia; lo que debes hacer, pues, es buscar el modo con que pueda desaparecer esta contradicción, y, en caso de que no te sea posible, considerar que esta imposibilidad nace de la debilidad de tus alcances.»

     Si bien se observa, en los negocios más comunes de la vida hacemos a cada paso un raciocinio semejante. Nos encontramos con dos hechos cuya coexistencia nos parece imposible; a nuestro juicio se excluyen, se repugnan; pero ¿nos obstinamos por esto en negar que los hechos existan, cuando tenemos bastantes motivos para darnos la competente certeza? De seguro que no. «Esto es para mí un misterio, decimos; no lo entiendo, me parece imposible que así sea, pero veo que así es.» En seguida, si la cosa merece la pena, buscamos la razón secreta que nos explique el misterio; pero, si no damos con ella, no por esto nos creemos con derecho a desechar aquellos extremos de cuya existencia no podemos dudar, por más que nos parezcan contradictorios.

     Por donde verá V., mi estimado amigo, que una inconcebible ceguera nos impide a menudo el emplear en el examen de las verdades más importantes, que son las religiosas, aquellas reglas de prudencia de que nos valemos en los negocios más comunes; y rechazamos como ofensiva de nuestra independencia y de la dignidad de nuestra razón, aquella conducta que no vacilamos en seguir a cada paso en la dirección y arreglo de nuestros más pequeños asuntos.

     Tan grabados tengo en mi ánimo estos principios enseñados por la buena lógica y por la más sana prudencia, que me sirven sobremanera en muchas otras dificultades pertenecientes a la religión y no dejan que se perturbe mi espíritu a la vista de la obscuridad que en ellas descubro y que en mi debilidad no soy bastante a desvanecer. ¿Qué consideraciones más espantosas que las sugeridas por la terrible dificultad de conciliar la libertad humana con los dogmas de la presciencia y predestinación? Si el hombre no atiende a más que a la certeza e infalibilidad de la presciencia divina, quédase sobrecogido de horror, erízansele los cabellos a la sola consideración de la fijeza del destino, la sangre se le hiela en las venas al pensar que, antes de nacer él, ya sabía Dios cuál había de ser su paradero; pero, tan luego como reflexiona un instante, sobreponiéndose al terror y a la desesperación que se apoderaban de su alma, encuentra abundantes motivos para sosegarse, halla aquí un misterio pavoroso, es verdad, pero que no le abate ni desalienta.

     «¿Eres libre, se dice a sí mismo, para obrar el bien y el mal? Sí, dudarlo no puedes, te lo enseña la fe, te lo dicta la razón, lo experimentas por el sentido íntimo, y con experiencia tan clara, tan infalible, que no quedas más cierto de tu existencia que de tu libre albedrío. Luego nada importa que no comprendas cómo esta libertad se concilia con la presciencia de Dios.»

     «Este misterio que yo no comprendo, ¿debe alterar en algo mi conducta, volviéndome flojo para el bien, y poco cuidadoso de evitar el mal? ¿es prudente, es lógico el pensar que, haga yo lo que quiera, siempre se verificará lo que Dios tiene previsto, y que, por consiguiente, son vanos todos mis esfuerzos en seguir el camino de la virtud? No. ¿Y por qué? Porque lo que prueba demasiado no prueba nada; y, si este raciocinio valiera, se seguiría que tampoco he de cuidar de mis negocios temporales, porque al fin no será de ellos más de lo que Dios tiene previsto; que por la misma razón no he de comer para sustentarme, ni guarecerme de la intemperie, ni andar con tiento al pasar por la orilla de un precipicio, ni medicarme cuando me halle indispuesto, ni retirarme cuando se me viene encima un caballo desbocado, ni salir de una casa que se está desplomando, y cien y cien otras locuras por este jaez; es decir, que el atenerme a tal regla me privaría de sentido común, hasta de juicio; haría de mí un loco rematado. Luego la tal regla es falsa, luego de nada debe servirme, luego lo que he de hacer es dejarle a Dios sus incomprensibles arcanos, y portarme yo como hombre recto, juicioso y prudente.»

     A esto vienen a parar muchas de las dificultades que contra la religión se proponen: miradas superficialmente, ofrecen una balumba abrumadora; examinadas de cerca, al tocarlas con la vara de la razón y del buen sentido, desaparecen cual vanos fantasmas.

     Veamos ahora si se puede encontrar la razón de que Dios permita tal muchedumbre de religiones, tal masa de informes errores en el punto que más interesa al humano linaje. La explicación de este misterio, yo no alcanzo que pueda encontrarse sino en otro misterio, en el dogma de la Religión Católica sobre la prevaricación y consiguiente degeneración de la descendencia de Adán. El pecado, y, como su consiguiente castigo, las tinieblas en el entendimiento, la corrupción en la voluntad: he aquí la fórmula para resolver el problema; revolved la historia, consultad la filosofía, nada os dirán que pueda ilustraros, si no se atienen a este hecho misterioso, obscuro, pero que, como ha dicho Pascal, es menos incomprensible al hombre que no lo es el hombre sin él.

     Ésta es la única clave para descifrar el enigma; sólo por ella alcanzamos a explicar esas lamentables aberraciones de la mayor parte de la humanidad; no hay otro medio de dar una explicación plausible a esta calamidad inmensa, como ni a tantas otras que afligen la infortunada prole de los primeros prevaricadores. El dogma es incomprensible, es verdad; pero atreveos a desecharle, y el mundo se os convierte en un caos, y la historia de la humanidad no es más que una serie de catástrofes sin razón ni objeto, y la vida del individuo es una cadena de miserias; y no encontráis por doquiera sino el mal, y el mal sin contrapeso, sin compensación; todas las ideas de orden, de justicia, se confunden en vuestra mente, y, renegando de la creación, acabáis por negar a Dios.

     Sentad, al contrario, este dogma como piedra fundamental; el edificio se levanta por sí mismo, vivísima luz esclarece la historia del género humano, divisáis razones profundas, adorables designios, allí donde no vierais sino injusticias, o acaso; y la serie de los acontecimientos desde la creación hasta nuestros días se desarrolla a vuestros ojos, como un magnífico lienzo donde encontráis las obras de una justicia inflexible y de una misericordia inagotable, combinadas y hermanadas bajo el inefable plan trazado por la sabiduría infinita.

     Si entonces me preguntáis ¿por qué tan considerable porción de la humanidad está sentada en las tinieblas y sombras de la muerte? os diré que el primer padre quiso ser como un Dios sabiendo el bien y el mal, que su pecado se ha transmitido a toda su descendencia, y que en justo castigo de tanto orgullo está el género humano tocado de ceguera. Esta calamidad, grande como es, no necesita que se le señale otro manantial que a todas las otras que nos afligen. Las terribles palabras que siguieron al llamamiento de Adán cuando le dijo Dios: «Adán ¿dónde estás? resuenan dolorosamente todavía después de tantos siglos: y en todos los acontecimientos de la historia, en todo el curso de la vida, siempre se trasluce el terrible fulgor de la espada de fuego, colocada a la entrada del Paraíso. El sudor del rostro, la muerte, se os ofrecerán por doquiera: en

ninguna parte notaréis que las cosas sigan el camino ordinario; siempre herirá vuestros ojos la formidable enseña del castigo y de la expiación.

     Cuanto más se medita sobre estas verdades, más profundas se las encuentra: in sudore vultus tui vesceris pane, comerás el pan con el sudor de tu rostro, dijo Dios al primer padre; y con este sudor lo come toda su descendencia. Recordad esa pena, y haced las aplicaciones a cuantos objetos os plazca, y no hallaréis nada que de ella se exceptúe. No vive el hombre de sólo pan, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios; no se verifica, pues, la terrible pena sólo con respecto al pedazo de pan que nos substenta, sino en todo cuanto concierne a nuestra perfección. En nada adelanta el hombre sin penosos trabajos, no llega jamás al punto que desea sin muchos extravíos que le fatigan; en todo se realiza que la tierra, en vez de frutos, le da espinas y abrojos. ¿Ha de descubrir una verdad? No la alcanza sino después de haber andado largo tiempo tras extravagantes errores. ¿Ha de perfeccionar un arte? Cien y cien inútiles tentativas fatigan a los que en ello se ocupan, y a buena dicha puede tenerse si recogen los nietos el fruto de lo que sembraron los abuelos. ¿Ha de mejorarse la organización social y política? Sangrientas revoluciones preceden la deseada regeneración; y a menudo, después de prolongados padecimientos, se hallan los infelices pueblos en un estado peor del en que antes gemían. ¿Se ha de comunicar a un pueblo la civilización o cultura de otro? La inoculación se hace con hierro y fuego: generaciones enteras se sacrifican para alcanzar un resultado que no verán sino generaciones muy distantes. No veréis el genio sin grandes infortunios; no la gloria de un pueblo sin torrentes de sangre y de lágrimas; no el ejercicio de la virtud sin penosos sinsabores; no el heroísmo sin la persecución; todo lo bello, lo grande, lo sublime, no se alcanza sin dilatados sudores, ni se conserva sin fatigosos trabajos; la ley del castigo, de la expiación, se muestra por todas partes de una manera terrible. Ésta es la historia del hombre y de la humanidad; historia dolorosa ciertamente, pero incontestable, auténtica, escrita con letras fatales dondequiera que los hijos de Adán hayan fijado su planta.

     Yo no sé, mi estimado amigo, por qué no ha llamado más la atención este punto de vista, y por qué han debido escandalizarse tanto los filósofos de los dogmas de la religión que tan en harmonía se encuentran con lo que nos están diciendo los fastos de todos los tiempos y la experiencia de cada día. La prevaricación y degeneración del humano linaje es el secreto para descifrar los enigmas sobre la vida y los destinos del hombre; y, si a esto se añade el adorable misterio de la reparación, comprada con la sangre del Hijo de Dios, se forma el más admirable conjunto que imaginarse pueda; un sistema tan sublime, que a la primera ojeada manifiesta su origen divino. No, no pudo nacer de cabeza humana combinación tan asombrosa; no pudo el espíritu finito idear un plan tan vasto, tan estupendo, donde se trabaran de tal suerte unos arcanos con otros arcanos, que del fondo de su obscuridad pavorosa arrojaran rayos de vivísima luz para esclarecer y resolver todas las cuestiones que sobre el origen y destino del hombre andaba hacinando la filosofía.

     Esto es lo principal que tenía que decirle a V. sobre las dificultades propuestas; ignoro si V. quedará enteramente satisfecho; sea como fuere, lo que puedo asegurarle con toda la sinceridad y convicción de que soy capaz, es que, en las obras de todos los filósofos, desde Platón hasta Cousín, no hallará V. sobre el particular nada con que un espíritu sólido pueda contentarse, si no está tomado de la religión. Ellos lo saben, y ellos propios lo confiesan. Una vez han llegado a dudar de la divinidad del cristianismo, no saben de qué asirse; acumulan sistemas sobre sistemas, palabras sobre palabras; si su espíritu no es de alto temple, abandonan la tarea de investigar, fastidiados de no divisar en ningún confín del horizonte un rayo de luz, y se abandonan al positivismo, o, en otros términos, procuran sacar partido de la vida disfrutando de las comodidades y placeres; si su alma ha nacido para la ciencia, si sedienta de verdad no quiere abandonar la tarea de buscarla, por grandes que sean las fatigas y patente la inutilidad de los esfuerzos, sufren durante toda su vida, y acaban sus días con la duda en el entendimiento y la tristeza en el corazón.

     En la actualidad, entusiasta como es V. de la filosofía y admirador de ciertos nombres, no comprenderá fácilmente toda la verdad y exactitud de mis palabras; pero día vendrá en que recuerde mis avisos aún mucho antes de que blanqueen su cabeza las canas. No, no necesitará V. que la tardía vejez, cargada de escarmientos y desengaños, venga a abrirle los ojos: no sé si los abrirá V. para ver y abrazar la verdadera religión, pero sí al menos para conocer la futilidad de todos los sistemas filosóficos en lo tocante al origen, vida y destino del hombre. ¿Qué más? Ni siquiera necesitará usted estudiarlos a fondo para quedarse profundamente convencido de la impotencia del espíritu humano, abandonado a sus propios recursos: en el vestíbulo mismo del templo de la filosofía, encontrará la duda y el escepticismo; y penetrando en su santuario oirá el orgullo disputando sobre objetos de poca entidad, ocupándose en juegos de palabras simbólicas e ininteligibles, y procurando en cuanto le es posible ocultar su ignorancia, eludiendo con una afectada preterición las cuestiones que más de cerca nos interesan, cuales son, las relativas a Dios y al hombre. No se deje V. deslumbrar con los vanos títulos con que se adornan los diferentes sistemas, ni se abandone a supersticiosas creencias con respecto a los pretendidos misterios de la filosofía alemana, ni tome V. por profundidad de ciencia la obscuridad del lenguaje. No olvidemos que la sencillez es el carácter de la verdad, y que poco fía de sus descubrimientos quien no se atreve a presentarlos a la luz del día. Estos tan ponderados filósofos, que rodeados de tinieblas viven como trabajadores que estuviesen explotando riquísimas minas en las entrañas de la tierra, ¿por qué no nos manifiestan el oro puro que han recogido? Otro día, si la oportunidad se brinda, entraremos de nuevo en esta cuestión; entre tanto, disponga de su afectísimo y S. S. Q. B. S. M.

Jaime Balmes

LIBRO PROFÉTICO DEL NUEVO TESTAMENTO: APOCALIPSIS

Origen apostólico y divino del Apocalipsis.

El testimonio que S. Juan Apóstol y Evangelista se da a sí mismo como autor del Apocalipsis, es tan claro, que antes de la mitad del siglo III no se encuentra escritor alguno ortodoxo que haya vacilado en afirmar el origen apostólico y divino de este libro, y en toda la Iglesia el Apocalipsis fue recibido como profecía divina.

En los códices más antiguos este Libro se titula Apocalypsis Joannis = Apocalipsis de Juan: los más recientes al nombre propio añadían el título honroso de Teólogo, o de Teólogo y Evangelista.

El autor se llama a sí mismo «Juan siervo de Jesucristo, que ha dado testimonio de la palabra de Dios» (Cf. 1, 1-2; 22, 8); dice que estuvo «en una isla que se llama Patmos, por la palabra de Dios, y por el testimonio de Jesús» (1, 9) y habla con tanta autoridad a las siete Iglesias de Asia, que es evidente que estuvo al frente de ellas, de manera que los mismos obispos de aquellas Iglesias debieron escuchar sus palabras (1,4-3,22). Sin que con esto se llame a Juan Apóstol, aunque el mismo no se llame Apóstol, no cabe duda de que lo fue. Y a la verdad así fue entendido su testimonio por los más antiguos testigos; pues todos se sirvieron del Apocalipsis como de obra apostólica y divina.

Como, según el testimonio de S. Ireneo, este libro fue compuesto hacia fines del imperio de Domiciano (esto es, el año 95) no se han de buscar indicios de él en las obras de los primeros Padres apostólicos. Pero desde mediados del siglo II, es decir unos cincuenta años después de haber sido escrito, empiezan a abundar los testimonios.

En las Iglesias de Asia, a las cuales fue el Apocalipsis directamente entregado por un autor, el primer testigo es S. Justino M. el cual afinna que la revelación (o apocalipsis) fue hecha «Joanni uni ex Christi Apostolis = a Juan uno de los Apóstoles de Cristo» (c. Tryph. 81).

En el mismo tiempo un obispo de Sardes, S. Melitón, compuso un libro «del Apocalipsis de Juan». La Iglesia de Esmirna en su relación sobre la muerte de S. Policarpo, narra que el mártir empezó su súplica con algunas palabras del Apocalipsis. En Hierápolis, no lejos de Laodicea, una de las siete Iglesias, S. Papías, discípulo de S. Juan Apóstol, escribió algunas cosas sobre el Apocalipsis, en las cuales afirmó también su origen divino.

De máxima autoridad es el testimonio de S. Ireneo, que aunque fue obispo de Lyon, en su calidad de discípulo de Policarpo, es necesario contarlo entre los testigos de Asia. Ahora bien, no solamente atribuyó el Apocalipsis al Apóstol como autor, sino que tratando del número de la bestia, apela al testimonio de aquellos que «facie ad faciem Joannem viderant = cara a cara habían visto a Juan», y con cuidado indica el tiempo en que se publicó (C. Haer. 4, 20 sq.; 5, 30, 35). A éste se añade Apolonio, presbítero de Éfeso, que contra los montanistas «se sirvió de los testimonios del Apocalipsis de Juan», y entiende indicar al Apóstol Juan (Eus. H. E. 5, 18). Luego durante todo el siglo II la tradición sobre el origen apostólico y divino del Apocalipsis en las Iglesias de Asia en las cuales S. Juan había pasado sus íntimos años, es unánime.

Combina con las Iglesias de Asia también la Iglesia de la Siria occidental y oriental, y el mismo consentimiento lo hallamos en la Iglesia de Alejandría, cuyos testigos eximios son Clemente Alej., y Orígenes.

No es menor el consentimiento del Occidente. En la Iglesia romana, ya lo usó S. Hermas, lo consigna el Canon de Murat. San Hipólito lo explicó y lo alegó frecuentemente bajo el nombre de Juan Apóstol.

De la Iglesia galicana ya hemos visto el testimonio de S. Ireneo, al que se añade toda la Iglesia Vien. y Lugd. que en su epístola a los hermanos de Asia alega el apocalipsis como Escritura. De la Iglesia de África tenemos los testimonios de Tertuliano y S. Cipriano, los cuales reconocen el origen divino y apostólico de este libro.

Después de tantos y tan graves testimonios del siglo II y del principio del III, se ve como Eusebio pudo con razón poner el Apocalipsis entre sus omologoúmena; mas en el mismo lugar mirando la incertidumbre que nacida en algunas Iglesias de Oriente desde mediados del siglo III duró algunos siglos, dice que se le puede poner entre los libros espurios.

Desde mediados del siglo III, en verdad, no se halla un consentimiento tan pleno y unánime, porque la grande autoridad de San Dionisio Alejandrino (+264) hizo que algunas Iglesias, principalmente en Siria y Palestina, la excluyeron de la pública lectura; pero un número mucho mayor de Iglesias orientales y todas las occidentales conservaron la antigua tradición del origen apostólico y divino de este lihro, y las otras Iglesias, casi todas, volvieron a ella.

Algunos obispos de Egipto, entre los cuales el principal fue Nepos de Arsinoe[1], rechazando el excesivo estudio de la interpretación alegórica introducido por Orígenes, cayeron en otro extremo, y explicando en sentido propio también las descripciones simbólicas del Apocalipsis, dieron origen a un milenarismo grosero y carnal. San Dionisio M., discípulo de Orígenes, impugnando este error, puso en duda el origen apostólico del Apocalipsis, de cuyos testimonios se abusaban los milenarios y prefirió atribuir el libro a un piadoso hombre apostólico, de nombre Juan.

Esta sentencia no fue en verdad recibida por la Iglesia de Alejandría; pero por algún tiempo en algunas otras Iglesias, principalmente en la Iglesia palestina y antioqnena, empezó a prevalecer. La abrazaron algunos Padres. San Jerónimo exagera cuando dice «Graeeorum ecclesias Apocalypsin non suseipere = que las Iglesias de los Griegos no reciben la Apocalipsis» (ad Dard. ep. 129, 3); pues con todo el Occidente que (excepto algunos escrúpulos nacidos en España en el siglo VII y luego reprimidos por el Conc. de Toledo en el año 633) antes de la aparición del protestantismo siempre sostuvo el origen apostólico del Apocalipsis juntamente con su origen divino, las más de las Iglesias orientales plenamente se mantuvieron conformes.

De la mayor autoridad en esta cuestión son los Alejandrinos más recientes que S. Dionisio M., de los cuales basta nombrar a S. Atanasio, que registra en su canon el Apocalipsis sin mínimamente titubear, y de sus testimonios se sirve frecuentemente contra los Arríanos (Ep. fest. 39, c. Arian. 2, 23, 45; 3, 4, etc.), a S. Dídimo y a S. Cirilo Alejand., y estos dos bajo el nombre de Juan Apóstol alegan el Apocalipsis como autoridad divina (Didym. de Trinit. 3, 5; in Judae ep.; S. Cyr. de Ador, in spir. 6, etc.). A éstos añadimos otros dos escritores egipcíacos: S. Nilo Ab. y S. Isidoro Pelusiota.

En las Iglesias de Palestina, S. Cirilo de Jerusalén lo omitió en su canon; pero lo alegan bajo el nombre de Juan, S. Metodio Tyr. y S. Epifanio, el cual también reprende a los Alogos por haber rechazado el Apocalipsis con los otros libros de Juan Apóstol (Haer. 51, 3).

En Capadocia S. Gregorio Nac. omitió el Apocalipsis en el catálogo de las Escrituras, pero en las obras suyas lo usó como divino y apostólico. Igualmente como obra del «Evangelista» y «Escritura» lo alegaron S. Basilio M. y S. Gregorio de Niza; los dos sucesores de S. Basilio en la sede de Cesárea, Andrés de Cesar, y Aretas de Cesar, lo ilustraron con comentarios.

En la Siria oriental ya se ha dicho que en el mismo tiempo lo usó San Efrén. Finalmente el Concilio Trulano (c. en Constantinopla el año 692), numeró en su canon «el Apocalipsis de Juan» con los demás libros del N. T., y desde aquel tiempo en todas las Iglesias orientales, también en las cismáticas (excepto sólo la nestoriana) se admite el Apocalipsis como obra de Juan Apóstol divinamente inspirada.

Este unánime consentimiento del orbe cristiano no pudieron perturbarlo aquellos pocos que en el siglo XVI intentaron negar al Apocalipsis su origen apostólico y su carácter profético. Pero en el siglo XVIII nuevos adversarios se levantaron contra la autenticidad del Apocalipsis. Y los racionalistas todos no solamente rechazaron su divina inspiración, porque no quieren reconocer verdaderos vaticinios, sino que los más de ellos también niegan porfiadamente que el Apóstol Juan sea su autor. Con todo, a los argumentos que ya había sacado S. Dionisio M. de la inscripción, dicción y estilo del libro, no agregaron nada fuera de algunas erróneas interpretaciones de algunos pasajes. Y las razones internas tan lejos están de debilitar los testimonios históricos que atribuyen a Juan Apóstol el cuarto Evangelio, las tres epístolas y el Apocalipsis, que más bien hay que decir que lo confirman: y la diferencia de dicción y estilo que existe entre el cuarto Evangelio y el Apocalipsis se explica muy bien si se considera la diversa índole de los dos libros.

En el siglo XVI Erasmo repitió las dificultades de S. Dionisio, mas no se atrevió a negar la autenticidad del libro. Lutero la negó. Entre los racionalistas algunos, máximamente los Neotubingianos (Tubinga – Wurtemberg) reconocen a Juan Apóstol como autor del Apocalipsis, porque así creen poder más fácilmente negarle el cuarto Evangelio; pero los más atribuyen el Apocalipsis a Juan presbítero o a Juan Marcos, o a no sé qué impostor llamado Juan.

Los principales argumentos ya traídos por S. Dionisio M. son los siguientes:

  1. a) «Juan Evangelista no insertó su nombre ni en el Evangelio ni en las epístolas; mas el autor del Apocalipsis puso su nombre en el mismo exordio» (S. Dionisio y los modernos). — Mas respondemos que esto fue hecho con muchísima razón, porque el Apocalipsis es libro profético, al cual no podía faltar el nombre del autor; los autores antiguos de historia no encabezaban con su nombre sus libros; la primera Epístola es como la prefación del Evangelio, y en las otras dos el Apóstol puso aquel nombre suyo, que era conocido en las Iglesias de Asia. — Y si los modernos añaden que las cosas que se leen en Apoc. 18, 20 et 21, 40, no pudieron ser escritas por el Apóstol, nosotros, por el contrario, decimos y afirmamos que en aquellos pasajes no se encuentra nada que se oponga a la modestia ni a la verdad.
  2. b) Advierte S. Dionisio que el Evangelio respecto a la lengua griega, está escrito con corrección y elegantísimamente, mas la dicción griega del Apocalipsis no es muy correcta, y tiene barbarismos y solecismos. Y los modernos añaden que expresiones y frases frecuentemente usadas en el Evangelio, no se encuentran en el Apocalipsis; y expresiones usadas en el Apocalipsis, no se encuentran en el Evangelio. — Contestamos que la elegancia de la dicción griega en el Evangelio no se exagera menos que la falta de pureza en el Apocalipsis. Además en el Apocalipsis S. Juan continuamente tiene delante de los ojos los vaticinios del Antiguo T. y alude a ellos; de ahí la frecuencia de los hebraísmos. También se ha de tener presente que uno es el estilo del profeta y otro el del historiador, y las expresiones que cuadran muy bien en la narración histórica, no se prestan igualmente bien para las visiones proféticas.

Finalmente aunque la dicción del Apocalipsis no sea tan pura, con todo, tiene gran consonancia con el cuarto Evangelio; y si se mira a lo castizo de la lengua, en todo el Nuevo Testamento ningún libro se asemeja más al Apocalipsis que el Cuarto Evangelio.

  1. c) S. Dionisio pensó que del carácter y de toda la disposición de los dos libros (Evang. y Apocalip.) se arguye que el autor de uno no es el mismo que el del otro. Y los modernos dicen que en el Apocalipsis se halla mayor vehemencia, ingenio más ardiente, más exuberante fuerza de imaginación, que en el Evangelio.

Nosotros tampoco negamos esta diferencia, sino que añadimos que en el Evangelio S. Juan como testigo fiel narra lo que vio hacer y oyó decir por Cristo en la tierra, y que en el Apocalipsis igualmente como fiel testigo describe las sublimes visiones que le fueron presentadas. Y tal vez ¿es la misma índole la que se ve en las narraciones históricas de Isaías y de Jeremías y lo que se descubre en las visiones y vaticinios de los mismos escritores? Y si los modernos han pretendido descubrir en el Apocalipsis alguna ciencia rabínica, que Juan no ha poseído, se ha de notar que con el nombre de ciencia rabínica, por los adversarios se quiere principalmente designar la perfecta ciencia de las Escrituras, que el autor del Apocalipsis debía hacer ver; mas ¿quién podrá probar que S. Juan ignoró las Escrituras? ¿No se descubre tal vez la misma ciencia del Antiguo Testamento en el cuarto Evangelio?

  1. d) La última objeción es sólo de los modernos que dicen que el Apocalipsis difiere del Evangelio en las doctrinas. Mas no concuerdan los adversarios entre sí y uno pone delante un punto de doctrina, y otro punto. Y para bajar al particular, he aquí algunos puntos que son los principales.

Dícese: El Evangelista contraría el judaísmo; y el autor del Apocalipsis lo favorece. — Sólo podrá decir que el Apocalipsis judaíza el que aplica todas las cosas que se dicen de Jerusalén, de las doce tribus, etc., en sentido propio a la ciudad de Jemsalén y al antiguo pueblo judaico, y no ve que se trata de la Iglesia. Y que la Iglesia no conste de solos Judíos, se ve de 5, 8 sqq. y 7, 9 sqq. y 21, 24, etc.

Añaden que en el Evangelio se enseña la venida de Cristo solamente espiritual, y en el Apocalipsis solamente la visible. — R. Véase en el Evangelio 5, 28 sq.; 6, 39 sq.; 11, 24; 12, 48, en la primera Epístola 2, 18, 28; 4, 13, 17; y nótese que la venida espiritual de Cristo en el alma de los fieles, la enseña también el Apocalipsis, 3, 20, etc.

Pretenden sostener que en el Apocalipsis se predica a un Mesías castigador, y en el Evangelio, salvador. — R. Sin duda el Apocalipsis contiene muchas más cosas sobre la suerte futura de los pecadores (y también, sobre la salud de los bienaventurados) y sobre los castigos de los enemigos del Mesías; mas también el Evangelio predica el Mesías futuro como juez y anuncia los castigos para los pecadores (Jn. 3, 26; 5, 22-29; cf. todas las disputas del Señor con los Judíos).

Se dice que todo el libro contradice a Marc. 13, 32, como si en el Apocalipsis nos hubiese sido revelado el día y la hora del juicio futuro. — Otras cosas agregan que no merecen el honor de una respuesta.

Luego sin razón se objeta la diversidad de doctrinas; más rectamente de la identidad de doctrinas inferimos que uno solo y el mismo es el autor del cuarto Evangelio y del Apocalipsis. En todos los libros que se atribuyen a S. Juan resplandece la divinidad de Nuestro Señor, más que en los otros; y como en verdad su Evangelio es la historia del Verbo encarnado que moró en esta tierra, así el Apocalipsis con razón es llamado la historia del Verbo encarnado que reina glorioso en los cielos. Solamente por S. Juan el Hijo de Dios es llamado Verbo (Jn. 1, 1 sqq.; 1 Jn. 1, 1; Apoc. 1, 2; 19, 13); solamente S. Juan nos lo presenta como Agnus (Jn. 1, 29, 36; 19, 36; Apoc. 5, 6, etc.); que todas las cosas han sido hechas por el Verbo lo enseña S. Juan (1, 3); y que el Verbo es el principio de toda criatura de Dios, lo enseña el Apoc. (3, 14).

Estas pocas cosas, a las que se podrían añadir muchas otras, ya bastante prueban que los testimonios externos de la autenticidad del libro son confirmados por el carácter y la índole del mismo libro.

  1. Carácter profético, argumento y orden del Apocalipsis.

El Apocalipsis es contado entre los libros proféticos ya por el testimonio del mismo autor del libro, ya por el de la Iglesia. Por este motivo, todas las descripciones de su argumento que niegan el carácter profético del libro, es necesario descartarlas desde luego. Mas aún rechazadas éstas, queda todavía una gran variedad de pareceres sobre el argumento genuino de este libro, pues los símbolos por medio de los cuales es propuesto el argumento, son explicados de diversa manera también por los católicos.

Nuestro libro es llamado por S. Juan la revelación, que Jesucristo recibiéndola del Padre, manifestó al Apóstol por un ángel, para que la manifestase a sus siervos (1, 1); trata de las cosas futuras «quae oportet fieri cito = que conviene sean hechas luego» (1, 1; 22, 6), y por tanto se llama también profecía (1, 3; 22, 7, 19). La Iglesia fundándose sobre el testimonio claro del autor, siempre contó entre los libros proféticos el Apocalipsis, y lo tuvo como único libro profético del Nuevo Testamento, aunque es cierto que en los Evangelios, y en las Epístolas se hallan algunos vaticinios; pero la revelación de las cosas futuras, constituye en la sola Apocalipsis un íntegro argumento.

Luego erraron los racionalistas, que aunque negaron el carácter profético del Apocalipsis, quisieron definir su argumento. Si a ellos prestamos fe, el autor de este libro hace el papel de un poeta, que adornó con ficciones poéticas cosas en parte presentes y en parte próximamente futuras, que se pueden llegar a conjeturar, o también una cierta vana esperanza propagada en aquel tiempo entre los cristianos, varios propusieron numerosos sistemas de explicación, los cuales estriban sobre hipótesis e interpretaciones arbitrarias.

Según otros en el Apocalipsis se expone como en un drama dividido en tres partes la victoria que los Cristianos pensaban que la nueva religión reportaría sobre el judaísmo y el politeísmo. Según otros se trata en este libro del imperio romano que Juan erróneamente esperó acabaría pronto, etc. No es el caso de perder tiempo en la refutación de estas y semejantes ficciones o fábulas.

También los católicos y aquellos acatólicos que admiten como verdaderos los vaticinios, están en desacuerdo sobre la determinación del argumento de este libro. Y esto, no nos extrañará si consideramos que a Juan, como a muchos profetas del A. T., fueron manifestadas las cosas futuras bajo el velo de los símbolos, y que este libro consta casi íntegramente de descripciones de visiones simbólicas. Con todo, algunos símbolos parece que son explicados en el mismo Apocalipsis o en otros libros sagrados,[2] mas nos es desconocida la significación de muchos otros. Daremos, pues, un esbozo de los principales sistemas de explicación propuestos por los católicos, e insinuaremos lo que más probablemente se ha de pensar de ellos.

Para que los varios pareceres sobre el argumento del Apocalipsis se entiendan más fácilmente, conviene adelantar un breve esbozo de toda la obra, que presente los principales símbolos y el orden de los mismos.

TÍTULO (1, 1-3). Insinúa el autor y escritor de las visiones, el argumento general y el fruto.

EXORDIO (1, 4 – 3, 22). Consta de ocho epístolas, con las cuales el libro es dirigido a las siete Iglesias de Asia.

  1. En la primera (1, 4-20) destinada a todos, el Apóstol narra que le fue mandado que escribiese estas visiones tenidas en Patmos y las transmitiera a las Iglesias.
  2. Las otras siete, dirigidas a las siete síngulas Iglesias (2,1-3,22), las alaban o vituperan según el estado de ellas, que se describe, y las amonestan a obedecer a lo que se les dice.

LAS VISIONES QUE SE DEBEN TRANSMITIR A LAS SIETE IGLESIAS (4, 1 -22, 5) componen el cuerpo de la obra.

  1. Introducción sobre el lugar y el modo con que el Apóstol recibió estas revelaciones (4, 1 – 5, 14). Arrebatado al cielo vio el trono de Dios rodeado de 24 ancianos y cuatro animales que alaban a Dios (4, 1-11); el que estaba sentado sobre el trono tenía el libro, cuyos siete sellos el Cordero abrió (5, 1 – 14); lo que aconteció en la apertura de los sellos, forma el argumento de las visiones.
  2. El Cordero abre los seis primeros sellos (6, 1-17); a la apertura de los cuatro primeros sellos por orden salen el caballo blanco para vencer, el bermejo, el negro, el pálido, para afligir la tierra con varios castigos (6, 1-8). Al abrirse el quinto los mártires piden que sea vengada su sangre; y al abrirse el sexto suceden grandes portentos; espanto de los malos (6, 9-17).
  3. Antes de ser abierto el séptimo sello son señalados los siervos de Dios (7, 1-17) y a su apertura siete ángeles toman las siete trompetas, a cuyo sonido se revelan las cosas que eran cerradas por el séptimo sello (8, 1-5).
  4. Al sonido de las cuatro primeras trompetas es destruida la tercera parte de la tierra, del mar, de los ríos, de las estrellas (8, 6-12).
  5. Antes del sonido de las otras tres se dice el triple ¡ay! a los moradores de la tierra (8, 13) y al sonido de la quinta trompeta salen langostas, que atormentan a los hombres que no tienen la señal de Dios. Primer ¡ay! (9, 1-12).
  6. Al sonido de la sexta trompeta cuatro ángeles destruyen la tercera parte de los hombres, mas los restantes no hacen penitencia (9, 13-21). Por tanto al Apóstol se le manda comer el libro ofrecídole por el ángel, para que de nuevo profetice a las gentes (10, 1-11); el templo también debe ser medido excepto el atrio que es entregado a las gentes para ser conculcado, mientras en el mismo tiempo dos testigos de Dios profetizan (11, 1-6); éstos, muertos por la bestia, luego resucitan; es destruida la décima parte de la ciudad. Segundo ¡ay! (11, 7-14).
  7. Al sonido de la séptima trompeta los ancianos celebrando la victoria de Dios (11, 15- 19) aparece una mujer que ha de dar a luz un hijo rey, a quien el dragón persigue; mas arrebatado para Dios, es desechado el dragón, el cual entonces hace guerra contra los piadosos (12, 1-18). También dos bestias, suben una desde el mar, y la otra desde la tierra y seducen a los hombres; el nombre de la segunda bestia se indica con el número 666 (13, 1-18). Entretanto, estando el Cordero sobre el monte Sión, tres ángeles anuncian la cercana caída de Babilonia la grande, y al Hijo del nombre se le manda enviar una hoz sobre la tierra, para vendimiar y echar los racimos en el lago de la ira de Dios (14, 1-20).
  8. Siete ángeles reciben siete copas; habiendo sido derramadas sobre la tierra, se originan nuevas plagas (15, 1 – 16, 21).
  9. Uno de estos ángeles hace ver al Apóstol la condenación de aquella grande cortesana Babilonia (17, 1-18), el segundo bajando del cielo anuncia que Babilonia ya había caído (18, 1-20), el tercero predice que la ruina será eterna (19, 1-10).
  10. Sigue la última lucha del verbo de Dios con el dragón. La bestia es vencida y es echada por el ángel en el abismo por mil años, después de los cuales será soltada por breve tiempo (19, 11 -20, 3); resucitan los santos y reinan con Cristo mil años; pasados los cuales, Satanás mueve nueva guerra; pero vencido es echado en el infierno para ser eternamente atormentado; con él son castigados aquellos cuyos nombres no están en el libro de la vida (20, 4 – 15).
  11. Existe un nuevo cielo y una nueva tierra, sobre la cual del cielo desciende la nueva Jerusalén (21, 1 – 22, 5).

EPÍLOGO. En él se dice que todas estas cosas son verdaderas y que se cumplirán pronto (22, 6-20) y el libro termina deseando a todos los santos (según el texto griego) la gracia de Nuestro Señor Jesucristo (22, 21).

Ante todo hay que advertir que, según el parecer más probable, el argumento propio sólo empieza con el capítulo cuarto; y el orden de los eventos será el mismo de los símbolos, de manera que después de aquellos eventos que son significados por los siete sellos, a la apertura del séptimo sello, siguen los eventos anunciados por las trompetas, y al sonido de la séptima trompeta, siguen aquellos otros eventos que son descritos sucesivamente.

Este libro parece que está trabado de tal manera que, aunque se puedan admitir algunas prolepsis, o anticipaciones (11, 15 sqq.; 18, 1-3) todas las cosas están colocadas según el orden de tiempo.

La otra opinión que sostiene que por los sellos, las trompetas y las copas se prenuncian los mismos o al menos simultáneos eventos, por la autoridad de los Padres que la siguieron, no se puede rechazar del todo, aunque parece poco probable considerada en sí misma. San Victorino Petav. ya advirtió «non aspiciendum esse ordinem dictorum, quoniam saepe Spiritus S., ubi ad novissimi temporis finem percurrit, iterum ad eadem tempora redeat et suppleat ea, quae minus dixerat = No se debe mirar al orden de las cosas dichas, porque a menudo el Espíritu S. cuando corrió hasta el fin del último tiempo, de nuevo vuelve y suple las cosas que dijo muy brevemente» (in Apoc. 7, 2).

En el mismo parecer fue más allá S. Agustín, pues pensó que no sólo había repetición de las mismas cosas, sino plena inversión de orden.[3] Esta opinión gustó a muchos; pero si no se usa suma diligencia y cautela, esta opinión se ve que puede abrir un anchísimo campo a arbitrarias explicaciones.

Se controvierte si las epístolas que antepone al libro, pertenezcan o no al argumento mismo del libro.

Casi innumerables son las definiciones del argumento del Apocalipsis, y difícilmente se encuentran dos intérpretes que lo expilquen de la misma precisa manera. Unos intérpretes creen que el profeta describe proféticamente en su libro toda la historia de la Iglesia. Otros sostienen que trata principalmente de la primera edad de la Iglesia, casi hasta los comienzos del siglo V. Los últimos finalmente opinan que el autor trata de los últimos tiempos de la Iglesia.

Entre estos varios sistemas, el primero que sostiene que la visión apocalíptica abraza todas las edades, o tiempos de la Iglesia, desde la primera hasta la última, aunque no le falte autoridad externa, con todo, no es abonado por la probabilidad interna.

Algunos sostenedores de este sistema opinaron que en este libro se indicaban sucesivamente los principales acontecimientos, alegres y principalmente tristes, de cada edad de la historia de la Iglesia; otros ven descritas en las siete cartas, sellos, trompetas, etc., las varias edades, etc.; otros los principales acontecimientos, etc.

Este sistema, que tiene algún fundamento en los Padres, no empezó a ser cultivado sino en la edad media. Se apoya sobre una muy incierta hipótesis; pues todos sus adeptos han supuesto que ya vivían en la última edad de la Iglesia, y por tanto se esforzaron por acomodar a las visiones los siglos precedentes distribuidos en cinco o seis edades. Observamos nosotros, ¿quién puede decir en que época de la Iglesia nos hallamos? Los Tesalonicenses ya en el tiempo apostólico habían pensado que era próxima la venida de Jesucristo; de igual manera pensaron en su tiempo S. León M., S. Gregorio M. y otros!

Con mayor razón se debe rechazar la interpretación de aquellos que quieren deducir con precisión del Apocalipsis el año de la venida de Cristo. «Mas de aquel día, y de aquella hora nadie sabe… Estad sobre aviso, velad, y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo» (Marc. 13, 32, 33).

El segundo sistema (que sostiene que el argumento principal son los primeros tiempos de la Iglesia y principalmente su triunfo sobre el judaismo y el politeísmo, y cree que se abrazan o abarcan sólo ligeramente los últimos tiempos de la Iglesia en los últimos dos capítulos del Apocalipsis), verdaderamente fue desconocido por los Padres; sin embargo el disentimiento continuo de ellos crea grandísimo prejuicio contra la verdad de él.

Este sistema fue seguido por muchos: Bossuet lo adoptó: poco más o menos siguieron a Bossuet: Dupin, Calmet, Lallemant, etc. Según Bossuet, después de los avisos a las Iglesias de Asia, empiezan los vaticinios. La primera sección de los vaticinios (4, 1-8, 12) predice las desgracias, pérdidas infligidas a los Judíos por Trajano y Adriano y explica las razones por que los Judíos se atrajeron aquellos castigos. La segunda sección, brevísima (9, 1 – 12), describe las herejías judaicas nacidas en los siglos II y III. La tercera finalmente (9,13-20,15) predice la caída del imperio romano pagano que debía empezar con la irrupción de los Partos y terminar con la expugnación de Roma bajo Alarico a principios del siglo V. Los últimos dos capítulos (21,1-22,21) según Bossuet contienen las promesas. Otros dividen el Apocalipsis en otras secciones, etc. No hay dos autores que vean expresados con los mismos símbolos y visiones los eventos de los cuatro o cinco primeros siglos de la Iglesia.

El tercer sistema también, que sostiene que se predicen los últimos acontecimientos de la Iglesia en tiempo del Anticristo de tal manera que la primera historia de la Iglesia, más que descrita, es apenas vislumbrada, fue propuesto bajo varias formas. Y como es abonado por la autoridad de los Padres y se conforma más con la índole misma del libro, se debe preferir a los anteriores; y lo que algunos modernos oponen a su verdad, es cosa de poca importancia.

Las cosas que los Stos. Ireneo, Hipólito, Agustín y otros traen del Apocalipsis, las explican en general del tiempo del Anticristo o de las cosas que sucederán después de haber sido vencido el Anticristo, y los comentarios más antiguos, que nos quedaron, de Andrés y Aretas Ces., de S. Victorino Petav., del ven. Beda, aunque apliquen algunas cosas a los primeros tiempos, o también las expliquen de una manera más general de las discordias o guerras entre los justos y los pecadores, o de la lueha de la carne y del espíritu en cada hombre, la gran mayoría de aquellas cosas la refieren a los últimos tiempos de la Iglesia.

Este mismo método de explicación en la edad media fue seguido por Alcuino, Ruperto Tuit., etc., y en tiempo más reciente por Fr. Ribera, Comelio a Lapide, y muchos otros, a los cuales se añadieron los recientísimos Aug. Bisping, Fil. Krementz, etc.

Esta explicación es en cierta manera tradicional, aunque no se le puede llamar tradición en sentido propio, porque este sistema no fue siempre propuesto bajo la misma forma, y cada uno de los símbolos en cada forma es explicado de diversa manera. Mas aquí el disentimiento de los intérpretes es otra razón por la cual creemos que se debe preferir este sistema. Porque si la mayor parte del Apocalipsis (lo que suponen los dos primeros sistemas) tratara de cosas ya verificadas o acontecidas, el consentimiento de los intérpretes no debía absolutamente faltar siquiera en la explicación de los símbolos principales. Mas si por el contrario (como sostiene el tercer sistema) la mayor parte del Apocalipsis trata de las cosas futuras, que sólo pueden ser objeto de conjeturas de parte de los intérpretes, es evidente que no podía haber idéntico consentimiento, a no ser que se diga que los intérpretes fueron iluminados por el mismo espíritu profético que el autor.

Los adversarios de este sistema objetan:

  1. a) S. Juan dice que los vaticinios se deben cumplir cito = luego (1, 1-3; 22, 6, 20); o dice «tempus prope est — el tiempo está cerca» (1, 3; 22, 10). R. No se debe extremar el sentido de la palabra cito. Pues todos los intérpretes católicos sin excepción extienden al menos los dos o tres últimos capítulos de los últimos tiempos de la Iglesia; ahora bien aquel «cito» (22, 6) abarca o comprende también aquellos últimos capítulos; luego puede y debe ser explicado en los otros vaticinios en el sentido que en estos últimos capítulos.
  2. b) Dicen: inútiles serían los vaticinios si tratasen sólo de los últimos tiempos. R. Del fin y de la utilidad del Apocalipsis trataremos en el número siguiente. Nosotros les preguntamos a ellos: ¿Fue tal vez inútil aquel proto-evangelio que fue dado a nuestros primeros padres después de su pecado y que sólo después de tantos siglos debía cumplirse y que no pudo ser por ellos plenamente comprendido?
  3. c) Agregan que los sostenedores de este sistema deberían sostener el milenarismo condenado por la Iglesia. R. En primer lugar: muchos intérpretes que defienden este sistema, repudian duramente cualquier milenarismo, y de consiguiente se presenta esta objeción sin motivo; en segundo lugar negamos que la Iglesia haya condenado toda forma de milenarismo (Cf. S. Agust. serm. 259, 2; Civit. Dei, 20, 7 et Franzelin de Div. Trad. p. 204).
  4. d) Finalmente objetan que los cap. 17 y 18 se deben entender de Roma pagana, y por tanto todo el Apocalipsis trata del judaismo y del politeísmo vencidos. R. La conclusión se extiende demasiado; porque con razón se pregunta si aquella Roma pagana es o no figura (tipo) o símbolo de la metrópoli en la cual morará el Anticristo, o más bien tipo o símbolo del mismo reino anticristiano. Tal vez ¿podrá uno dudar que el Señor (Mt. 24) habló de los últimos tiempos, aunque algunas cosas de las que dijo, debían cumplirse de un modo imperfecto y típico en la destrucción de la ciudad santa?
  5. Fin y utilidad del Apocalipsis.

Dios quiso dar por medio de S. Juan el Apocalipsis próximamente a las Iglesias de Asia, que se encontraban en gravísimos peligros, para exhortarlas y fortalecerlas a conservar la pureza de la fe y a sobrellevar las persecuciones, y a conseguir este fin responde óptimamente la obra.

Hacia fines del siglo I las Iglesias de Asia Menor se hallaban en grandes dificultades, que nacían de las varias herejías que se levantaban o que combatidas no habían desaparecido del todo, y de los perseguidores. Dios en su bondad dio a la Iglesia la revelación o Apocalipsis por medio de S. Juan, el solo sobreviviente de los Apóstoles: y no sólo exhortó a los cristianos a la confianza y paciencia, sino que también levantó sus ánimos con la magnífica descripción del triunfo final. En todas las epístolas con que S. Juan dirige el Apocalipsis a las Iglesias de Asia siempre se promete el premio «vincenti = al vencedor» y en cada una de las siete promesas es indicado uno de los frutos, de todos los cuales nos dicen los últimos dos capítulos, gozarán los bienaventurados en la nueva Jerusalén.

Sin embargo Dios destinó a la Iglesia universal de todos los tiempos la revelación o Apocalipsis, para que sirviera de consuelo y exhortación a todos los fieles de todos los tiempos en todas las tribulaciones: y también por medio de ella quiso exponer con más claridad muchos dogmas, para que el Apocalipsis fuera digna conclusión de los Libros Sagrados.

Sin duda todavía hoy es obscuro para nosotros el Apocalipsis; ni la mayor parte de sus símbolos fueron explicados cumplidamente, ni su argumento fue definido con certeza; pero es cosa que se predice el triunfo final de Cristo y de la Iglesia sobre todos sus enemigos internos y externos. En todos los peligros que hubiere, siempre estamos seguros que la Iglesia los vencerá, y vencidos aquellos peligros alcanzará nuevo resplandor y nueva gloria. El Apocalipsis confirma la promesa hecha por el Señor, que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia fundada sobre Pedro, y es como un complemento de esta preclara promesa.

Mas en cierta manera el Apoc. completa también los cuatro Evangelios; los Evangelios en efecto nos presentan al Hijo de Dios que «semetipsum exinanivit formam servi accipiens» y que se humilló «factus obediens usque ad mortem crucis»; y el Apocalipsis nos presenta al mismo Hijo de Dios glorificado, «cui est datum nomen, quod est supra omne nomen, ut in nomine Jesu omne genu flectatur, et omnis lingua confiteatur, quia Dominus Jesus Christus in gloria est Dei Patris». Luego nos recuerda y explica los vaticinios del A. T. de la venida gloriosa y del reino eterno del Mesías; y el entero libro es como un cántico triunfal y nupcial de Cristo que vencidos todos los enemigos celebra sus bodas con su esposa la Iglesia (19, 7, 9; 20, 9, etc.). Además expone más claramente muchos otros dogmas sobre los ángeles, la gloria eterna de los bienaventurados y de las penas de los condenados, de los divinos atributos, etc., etc.

 Luego no obstante la obscuridad del argumento, el Apocalipsis es también utilísimo para nosotros y será utilísimo en todos los tiempos, hasta que finalmente, cumplidos todos los vaticinios, también todos los símbolos sean aclarados con luz divina. «Porque todas las cosas, que han sido escritas, para nuestra enseñanza están escritas, para que por la paciencia y consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Rom. 15, 4). Por otra parte si no la entendemos todavía, su obscuridad también nos exhorta a la humildad, y para que con S. Dionisio M. digamos: (Frag. 3): «Formándome de aquel libro (el Apocalipsis) esta opinión de que sobrepuja el alcance de mi sentido, creo que en él está escondida cierta arcana y verdaderamente admirable inteligencia de cada cosa. En efecto, aunque yo no entiendo, pienso sin embargo que las palabras encierran cierto sentido más alto; y no mido ni juzgo con mi mismo juicio las cosas, sino que concediendo la mayor parte a la fe, creo que son más sublimes de lo que puedan ser por mí alcanzadas. Ni condeno lo que no pude entender, sino que por esto mismo lo admiro más, porque no lo puedo comprender».

[1] NEPOS DE ARSINOË: Milenarista del siglo III y obispo de Arsinoë (en el Fayum, Egipto moderno); autor de himnos litúrgicos y de una visión judaizante del Apocalipsis llamada «Refutación de los alegoristas». Aunque perdido, Eusebio de Cesárea (Hist. Eccl., 7.24, 25) describe este libro como si hubiera sido refutado por el Obispo Dionisio de Alejandría (m. 265) en un tracto de dos volúmenes, «Sobre las promesas». Nepos propuso un punto de vista milenarista en el que interpretaba las promesas hechas a los santos en las Escrituras que debían cumplirse en esta tierra durante un reinado de los justos de mil años, en el que los poderes físicos del hombre recibirían plena satisfacción. Dionisio primero sostuvo una conferencia de tres días para disipar los efectos de esta doctrina entre los obispos egipcios, luego escribió su refutación.

[2] Lo que signifique: «Ego sum alpha et omega = Yo soy el alfa y el omega» (1, 8) se explica en 21, 6; 22, 13, con las palabras que se agregan: «initium et finis = el principio y el fin; primus et novissimus = el primero y el postrero (1, 17)». «Septem candelabra = siete candeleras» (1, 12) y «septem stellae = siete estrellas» (1, 16) se explica que significan las siete iglesias y los siete ángeles de ellas respectivamente en 1, 20. «Gladius ex utraque parte acutus = espada aguda de dos filos» (1, 16) se puede explicar con Is. 69, 2. «Claves mortis et inferni = las llaves de la muerte y del infierno» (1, 18 cf. 9, 1; 20, 1) según 3, 7, designa la suprema autoridad sobre la muerte y el infierno, etc.

[3] S. Agust. De Civit. 20, 17: «En este libro del Apocalipsis se declaran muchos misterios en énfasis profético, para excitar el entendimiento del lector, especialmente porque de tal suerte repite en muchas maneras unas mismas cosas, que parece que dice otras y otras: averiguándose que estas mismas las dice de una y otra y muchas maneras». Y en el mismo libr. c. 14: «Y para demostrar qué clases de muertos han de ser juzgados, esto es, chicos y grandes, recopilando, dice, como retrocediendo a lo que había dejado, o por mejor decir, diferido: Y el mar dió los muertos que habían sido sepultados en sus aguas; la muerte y el infierno dieron también los muertos que en sí tenían. Esto sin duda sucedió primero que los muertos fuesen juzgados, y sin embargo dijo aquello primero».

P. LUIS MACCHI

EL DOGMA DE LA RESURRECCIÓN GENERAL DE LOS CUERPOS

Importancia de la Resurrección de N. S. Jesucristo

Además de ser el argumento fundamental de nuestra fe cristiana, la Resurrección es importante por las siguientes razones:

  • Muestra la justicia de Dios que exaltó a Cristo a una vida de gloria, luego de que Cristo se había humillado a sí mismo hasta la muerte (Fil 2,8-9).
  • Con su Resurrección y posterior Ascención a los cielos, Cristo completó el misterio de nuestra salvación y redención; por su muerte nos libró del pecado, y por su Resurrección nos restauró los privilegios mas importantes perdidos por el pecado (Rom 4,25).
  • Por su Resurrección reconocemos a Cristo como Dios inmortal, la causa eficiente y ejemplar de nuestra propia resurrección (I Cor 15,21; Fil 3,20-21), y como el modelo y apoyo de nuestra nueva vida de gracia (Rom 6, 4-6; 9-11).

La Resurrección general

La resurrección es levantarse de entre los muertos, la reanudación de la vida. El Cuarto Concilio de Letrán enseña que todos los hombres, ya sea elegidos o reprobados, «se levantarán con los propios cuerpos que ahora tienen» (cap. «Firmiter»). En el lenguaje de los credos y las profesiones de fe esta vuelta a la vida se llama resurrección del cuerpo (resurrectio carnis, resurrectio mortuorum, anastasis ton nekron) por un doble motivo: en primer lugar, ya que el alma no puede morir, no se puede decir que vuelve a la vida; segundo, se debe excluir la afirmación herética de Himeneo y Filito de que las Escrituras denotan por resurrección no el retorno del cuerpo a la vida, sino el revivir del alma de la muerte del pecado a la vida de la gracia. (El tema de la Resurrección de Jesucristo aparece en un artículo separado, aquí sólo se tratará el tema de la resurrección general del cuerpo.)

«Ninguna doctrina de la fe cristiana», dice San Agustín, «tiene una oposición tan vehemente y obstinada como la doctrina de la resurrección de la carne» (In Ps. LXXXVIII, sermo II, n. 5). Esta oposición se había iniciado mucho antes de la época de San Agustín: «Trababan conversación también con él (Pablo) algunos filósofos epicúreos y estoicos», nos dice el escritor inspirado (Hch. 17,18.32), «…Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: ‘Sobre esto ya te oiremos otra vez’”. Entre los adversarios de la resurrección nos encontramos, naturalmente, con los primeros que negaron la inmortalidad del alma; en segundo lugar, todos aquellos, al igual que Platón, que consideraban el cuerpo como la prisión del alma y la muerte como un escape de la servidumbre de la materia; en tercer lugar las sectas de los gnósticos y maniqueos que consideraban toda la materia como mala; en cuarto lugar, los seguidores de estas últimas sectas, los priscilianos, los cátaros y los albigenses; en quinto lugar, los racionalistas, los materialistas y los panteístas de tiempos recientes. Contra todos éstos, primero estableceremos el dogma de la resurrección, y luego consideraremos las características del cuerpo resucitado.

Dogma de la Resurrección

Los credos y profesiones de fe y definiciones conciliares no dejan dudas de que la resurrección del cuerpo es un dogma o un artículo de fe. Podemos apelar, por ejemplo, al Credo de los Apóstoles, los llamados credos de Nicea y de Atanasio, el Credo del Undécimo Concilio de Toledo, el Credo de León IX, suscrito por el obispo Pedro y todavía en uso en la consagración de los obispos, la profesión de fe suscrita por Miguel Paleólogo en el Segundo Concilio de Lyon, el Credo de Pío IV, y el decreto del Cuarto Concilio de Letrán (c. «Firmiter») contra los albigenses. Este artículo de fe se basa en la creencia del Antiguo Testamento, en la enseñanza del Nuevo Testamento y en la tradición cristiana.

Antiguo Testamento

Las palabras de Marta y la historia de los Macabeos muestran la creencia judía hacia fines del sistema judío. «Ya sé», dice Marta, «que resucitará en la resurrección, el último día» (Juan 11,24). Y el tercero de los mártires Macabeos presentó su lengua y extendió sus manos, diciendo: «Por don del cielo poseo estos miembros, por sus leyes los desdeño y de Él espero recibirlos de nuevo» (2 Mac. 7,11; cf. 9,14). El Libro de Daniel (12,2; cf. 12) inculca la misma creencia: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno”. La palabra “muchos“ debe ser entendida a la luz de su significado en otros pasajes, por ejemplo, (Isaías 53,11-12; Mateo 26,28; Rom. 5,18-19).

Aunque la visión de Ezequiel de la resurrección de los huesos secos se refiere directamente a la restauración de Israel, tal figura apenas sería inteligible excepto para los lectores familiarizados con la creencia de una resurrección literal (Eze. 37). El profeta Isaías predice que el Señor de los ejércitos «consumirá a la Muerte, definitivamente” (Is. 25,8), y un poco más adelante añade: «Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán… descubre la tierra sus manchas de sangre, y no tapa ya a sus asesinados” (26,19-21). Por último, Job, desprovisto de todo el confort humano y reducido a la mayor desolación, es fortalecido por el pensamiento de la resurrección de su cuerpo: “Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro. ¡Dentro de mí languidecen mis entrañas!” (Job 19, 25-27). La traducción literal del texto hebreo difiere un poco de la cita anterior, pero la esperanza de la resurrección permanece.

Nuevo Testamento

Cristo enseñó expresamente sobre la resurrección de los muertos (Juan 5,28-29; 6,39-40; 11,25; Lucas 14,14) y la defendió contra la incredulidad de los saduceos, a quienes tachó de ignorantes del poder de Dios y de las Escrituras (Mateo 22,29; Lc. 20,37). San Pablo coloca la resurrección general al mismo nivel de certeza que la Resurrección de Jesucristo: “Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” (1 Cor. 15,12-14).

El Apóstol predicó la resurrección de los muertos como una de las doctrinas fundamentales del cristianismo, en Atenas, por ejemplo (Hch. 17,18.31-32), en Jerusalén (23,6), ante Félix (24,15), ante Agripa (26,8). Él insiste en la misma doctrina en sus epístolas (Rom. 8,11; 1 Cor. 6,14; 15,12 ss.; 2 Cor. 4,14; 5,1 ss.; Flp. 3,21; 1 Tes. 4,12-16; Tim. 2,11; Heb. 6,2), y en esto él concuerda con el Apocalipsis (20,12 ss.).

La Tradición

No es de extrañar que la tradición de la Iglesia primitiva está de acuerdo con la clara enseñanza de ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ya nos hemos referido a una serie de credos y profesiones de fe que pueden ser considerados como parte de la expresión oficial de la fe de la Iglesia. Aquí sólo tenemos que señalar una serie de pasajes patrísticos, en los que los Padres enseñan la doctrina de la resurrección general en términos más o menos explícitos.

  • San Clemente de Roma, I Cor., XXV;
  • San Justino Mártir, «De resurrect.», VII ss.; Idem, «Dial. c. Tryph.», LXXX;
  • Atenágoras, «De resur. carn.», III;
  • Taciano, «Adv. Graec», VI;
  • San Ireneo, «Contra haer.», I, X; V, VI, 2;
  • Tertuliano, «Contra Marcion.», V, IX; Idem, «De praescript.», XIII; Idem, «De resurrect, carn.», I, XII, XV, LXIII;
  • Minucio Félix, «Octav.», XXXIV;
  • Orígenes, tom. XVII, in Matt., XXIX; Idem, «De princip., praef., V; Idem, «In Lev.», V, 10;
  • Hipólito, «Adv. Graec.» in P. G., X, 799;
  • San Cirilo de Jerusalén, «Cat.», XVIII, XV;
  • San Efrén, «De resurrect, mort.»;
  • San Basilio, «Ep. CCLXXI», 3;
  • San Epifanio, «In ancor.», LXXXIII ss., XCIX;
  • San Ambrosio, «De excessu frat. sui Satyri», II, LXVII, CII; Idem, «In Ps. CXVIII», serm. x, n. 18;Ps. Ambr., «De Trinit.», XXIII, en P.L. XVII, 534;
  • San Jerónimo, «Ep. ad Paul» en LIII, 8;
  • Rufino, «In symbol.», XLIV ss.;
  • San Crisóstomo (Ps. Chrysostom), «Fragm. in libr. Job» en P.G., LXIV, 619;
  • San Pedro Crisólogo, serm. 103, 118; «Apost. Constit.», VII, XLI;
  • San Agustín «Enchirid.», 84; Idem, City of God XX.20;
  • Teodoreto, «De provident.», o IXix; Church History I.3.

La resurrección general apenas puede ser probada por la razón, aunque podemos mostrar su congruencia.

  • (a) Como el alma tiene su propensión natural al cuerpo, su separación perpetua de cuerpo parecería antinatural.
  • (b) Como el cuerpo es el socio de los crímenes del alma, y el compañero de sus virtudes, la justicia de Dios parece exigir que el cuerpo sea el partícipe del castigo y recompensa del alma.
  • (c) Como el alma separada del cuerpo es naturalmente imperfecta, la consumación de su felicidad, repleta de todo bien, parece exigir la resurrección del cuerpo.

La primera de estas razones parece ser instada por el propio Cristo en Mateo 22,23.; la segunda recuerda una de las palabras de San Pablo, 1 Cor. 15,19, y 2 Tes. 1,4. Además de insistir en las razones antes expuestas, los Padres apelan también a ciertas analogías que se encuentran en la revelación y en la naturaleza misma, por ejemplo Jonás en el vientre de la ballena, los tres niños en el horno de fuego, Daniel en el foso de los leones, el rapto de Henoc y Elías, la resurrección de los muertos, el florecimiento de la vara de Aarón, la conservación de las ropas de los israelitas en el desierto, el grano de semilla moribundo y que surge de nuevo, el huevo, la estación del año, la sucesión del día y la noche. Muchas pinturas del arte paleocristiano expresan estas analogías. Pero a pesar de las congruencias anteriores, los teólogos más generalmente se inclinan a la opinión de que en el estado de la naturaleza pura no habría habido resurrección del cuerpo.

Características del Cuerpo Resucitado

Todos se levantarán de los muertos en sus cuerpos propios, completos e inmortales; pero los buenos resucitarán para la resurrección de vida, los malvados para la resurrección del Juicio. Sería destruir la idea misma de la resurrección, si los muertos resucitasen en cuerpos que no fuesen los suyos propios. Además, la resurrección, como la creación, ha de ser considerada como una de las principales obras de Dios; por lo tanto, al igual que en la creación todas las cosas son perfectas de la mano de Dios, así en la resurrección todas las cosas deben estar perfectamente restauradas por la misma mano omnipotente. Pero hay una diferencia entre el cuerpo terrenal y el cuerpo resucitado; pues los cuerpos resucitados de ambos, santos y pecadores serán investidos con inmortalidad. Esta admirable restauración de la naturaleza es el resultado del triunfo glorioso de Cristo sobre la muerte, como se describe en varios textos de la Sagrada Escritura: Isaías 25,8; Oseas 13,14; 1 Cor. 15,26; Apoc. 2,4. Pero mientras el justo disfrutará de una felicidad sin fin en la totalidad de sus miembros restaurados, los malvados «buscarán la muerte, y no la hallarán, desearán morir, y la muerte huirá de ellos» ( Apoc, 9,6).

Estas tres características, identidad, integridad, e inmortalidad, serán comunes a los cuerpos resucitados de los justos y los malvados. Sin embargo, los cuerpos de los santos se han de distinguir por cuatro dotaciones trascendentes, a menudo llamadas cualidades.

(1) La primera es la “impasibilidad” que los colocará más allá del alance del dolor y las molestias. El Apóstol dice “…se siembra corrupción, resucita incorrupción” (Cor. 15,42). Los escolásticos llaman a esta cualidad impasibilidad, no incorrupción, para marcarla así como una peculiaridad del cuerpo glorificado; los cuerpos de los condenados serán de hecho incorruptibles, pero no impasibles; estarán sujetos al calor y al frío, y a todo tipo de dolor.

(2) La siguiente es el «brillo» o «gloria», por la cual los cuerpos de los santos han de brillar como el sol. «Se siembra vileza,” dice el apóstol, «resucita gloria” (1 Cor. 15,43); Mt. 13,43; 17,2; Flp. 3,21). Todos los cuerpos de los santos han de ser igualmente impasibles, pero serán dotados de diferentes grados de gloria. De acuerdo con San Pablo: «Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor.» (1 Cor. 15,41-42).

(3) La tercera cualidad es la de “agilidad”, por la cual el cuerpo será liberado de su lentitud de movimiento, y dotado con la capacidad de moverse con la mayor facilidad y ligereza a donde al alma le plazca. El Apóstol dice “se siembra debilidad, resucita fortaleza” (1 Cor. 15,43).

(4) La cuarta cualidad es “sutileza», por la cual el cuerpo se vuelve sujeto al dominio absoluto del alma. Esto se deduce de las palabras del Apóstol: «Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual» (1 Cor. 15,44). El cuerpo participa en la más perfecta y espiritual vida del alma hasta el punto que se convierte en sí mismo como un espíritu. Vemos esta cualidad ejemplificada en el hecho de que Cristo pasó a través de los objetos materiales.

Fuente: Maas, Anthony. «General Resurrection.» The Catholic Encyclopedia. Vol. 12, pp. 792-793. New York: Robert Appleton Company, 1911

SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS. Royo Marín

 

LA PASIÓN DEL SEÑOR

O Las Siete Palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz

ÍNDICE

 

Fr. Antonio Royo Martín O. P.

AL LECTOR

 

Las páginas siguientes contienen el texto íntegro del sermón de las Siete Palabras —recogido en cinta magnetofónica—• que pronunció el autor en la Iglesia Parroquial de San José, de Madrid, en la noche del Viernes Santo. 30 de marzo de 1956, y que fue retransmitido por Radio Nacional de España en conexión con otras emisoras españolas.

Solamente se han introducido ligeros retoques de forma, para adaptarlo a una publicación escrita; pero conservando íntegramente el contenido doctrinal y hasta el estilo intuitivo y directo del género oratorio moderno. Se ha respetado incluso alguna alusión circunstancial, que era de palpitante actualidad en el momento de pronunciar el sermón.

LAS SIETE PALABRAS INTRODUCCIÓN

¡Viernes Santo!..,   ¡Sermón de las Siete Palabras.,.!

En tal día como hoy, el más grande de los oradores sagrados que ha conocido España, fray Luis de Granada, subió al pulpito para explicar al pueblo cristiano los dolores inefables del Redentor del mundo clavado en la cruz. Comenzó su discurso con estas palabras:

«Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan». Y no dijo mas. Una emoción indescriptible se apoderó de todo su ser; sintió que la voz se le anudaba en la garganta, estalló en un sollozo inmenso… y con el rostro bañado en lágrimas hubo de bajarse del pulpito sin acertar a decir una sola palabra más.

Ningún otro sermón de cuantos pronunció en su vida causó, sin embargo, una impresión tan profunda en su auditorio. Todos rompieron a llorar, y, golpeando sus pechos, pidieron a Dios, a gritos, el perdón de sus pecados.

No exageraron. ¡No exageraron! porque es preciso tener el corazón muy duro o muy amortiguada la fe para no conmoverse profundamente ante el solo anuncio del sermón de los dolores que Nuestro Señor Jesucristo padeció por nosotros en la cruz.

¡Viernes Santo! ¡Sermón de las Siete Palabras!…

 

Contemplemos rápidamente, en sintética mirada retrospectiva, los acontecimientos que precedieron a la crucifixión.

 

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Jerusalén. Jueves Santo de la primera Pascua cristiana. Alrededor de

 

las siete de la tarde, Jesucristo, que había amado apasionadamente a los suyos, en la víspera de su muerte los amó hasta el fin, hasta no poder más: «Hijitos míos: un nuevo mandamiento os doy. Que os améis los unos a los otros como yo os he amado»* Y volviéndose loco de amor cogió un trozo de pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad y comed, porque esto es mi Cuerpo». Y en seguida: «Bebed todos de este cáliz: porque esta es mi Sangre que será derramada por la salvación del mundo». Y cuando San Juan, aquel jovencito que se sentía amado por su Maestro con particular predilección, hubo tomado aquel bocado divino y aplicado sus labios sedientos al cáliz de vida eterna, sintió que sus fuerzas desfallecían por momentos y reclinó suavemente su cabeza sobre el pecho de su divino Maestro para descansar en Él su éxtasis de amor…

Ha terminado la Cena. Salen a la calle. La luz plateada de la luna el Jueves Santo coincide siempre con el plenilunio del mes de Nisán— ilumina suavemente las callejuelas de Jerusalén, Pasan junto al templo. Descienden por el camino escalonado hasta el torrente Cedrón, cruzan el puentecito y llegan a la entrada del huerto de Getsemaní, Jesucristo recomienda a sus apóstoles que permanezcan en oración a la entrada del huerto.

Y     tomando aparte a Pedro, Santiago y Juan se interna entre los olivos al mismo tiempo que exclama: «¡Me muero de tristeza, siento una tristeza mortal!».

Y     arrancándose todavía de los tres como a la distancia de un tiro

de piedra, cae de rodillas.

Y     primera, segunda y tercera oración: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que Yo lo beba, hágase tu voluntad». Y cuando primera, segunda y tercera vez escucha en el fondo de su alma la orden terminante de su Padre que le manda subir a la cruz, Jesucristo se desploma ensangrentado: «Vínole un sudor como de gotas de sangre que corrían hasta el suelo…».

Instantes después se presenta Judas acompañado de una turba de soldados: «Amigo, ¿a qué has venido? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?».

Y     Pedro desenvaina su espada y Cristo le impide defenderle…

Y     atadas las manos, como a un vulgar malhechor, es conducido a empujones hasta el palacio del Sumo Pontífice Caifás, no sin antes comparecer un momento ante su suegro Anas, que le había precedido en la suprema magistratura de la Sinagoga.

Y comienza la burda parodia del proceso religioso: «Este ha dicho que puede destruir el templo y reconstruirlo en tres días». No concuerdan los testimonios. La situación se hace embarazosa…

De pronto el Sumo Pontífice toma una resolución definitiva. Poniéndose majestuosamente de pie, con toda la pompa y solemnidad que correspondía al Jefe supremo del Sanedrín, interroga autoritativamente al detenido: «Por el Dios vivo te conjuro que nos digas de una vez claramente si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». Y Jesucristo le responde sin vacilar: «Tú lo has dicho: Yo soy. Y os digo, además, que un día veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad».

«¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de nuevos testimonios?

¿Qué os parece?». «¡Reo es de muerte!». Y a empujones y bofetadas le encierran en un calabozo hasta la mañana siguiente en que le presentarán al Procurador romano para exigirle la sentencia capital que merece como blasfemo.

*      *    *

Mientras tanto, Pedro niega tres veces a su Maestro, acobardado ante una mujerzuela y un grupo de soldados que se calienta junto al fuego…

 

*      *    *

¿Dónde pasó la noche del Jueves Santo Judas el traidor? No lo dice el Evangelio. Pero sin duda que no pudo conciliar el sueño un solo

 

instante. Corroída su conciencia por los remordimientos, al apuntar el día se presentó en el templo ante los príncipes de los sacerdotes. Le quemaban el alma aquellas treinta monedas que eran el precio de su vil traición. «¡Devolvedme al Justo! He entregado sangre inocente». Y al instante, la carcajada sarcástica de los sanedritas;

«¿Y a nosotros qué? ¡Allá te las hayas! ¡Vete de aquí, miserable! No queremos nada contigo».

Y fue y se ahorcó.

¡Cuántos Judas hoy como ayer! Después de la traición, el desprecio, la desesperación y el suicidio: «que el traidor no es menester — siendo la traición pasada».

*    *    *

Ha ido amaneciendo lentamente. A primera hora de la mañana Jesucristo es conducido, maniatado, ante el Procurador romano, Y lanzan ante él la primera calumnia:

«Aquí tienes a un agitador que perturba a la nación y prohíbe pagar los tributos al César, constituyéndose en Mesías y rey de los judíos». Le interroga Pilatos. Nada malo descubre en ÉL Los sanedritas insisten enfurecidos: «¡Desde Galilea hasta Judea tiene revolucionado a todo el pueblo!».

Ha sonado una palabra nueva: Galilea, Pilatos pregunta si aquel hombre es galileo. Y al conocer que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envía al instante, gozoso de encontrar un medio de desembarazarse de aquel asunto tan desagradable.

Pero Jesucristo, que ha respondido lleno de serena dignidad a las

preguntas del Procurador romano, no se digna abrir los labios divinos ante el infame Herodes, que, entre otros crímenes repugnantes que pesaban sobre su conciencia, había mandado degollar a Juan el Bautista en una noche de crápula, de orgía y de pecado. Y cubierto de una vestidura blanca, en calidad de loco, Herodes devuelve el preso a Pilatos, reconciliándose con él, pues estaban disgustados entre sí.

 

El Procurador romano le interroga de nuevo. Recibe un mensaje de su mujer recomendándole que no se meta con aquel justo, pues ha padecido mucho en sueños por causa de él. Pero la chusma sigue gritando, azuzada por los jefes de la Sinagoga.

Ya no sabe qué hacer. De pronto se le ocurre una idea luminosa: «¿A

quién queréis que os suelte, a Barrabás o Jesús llamado Cristo?». Y el representante de Roma escucha estupefacto el griterío del pueblo:

«¡Suelta a Barrabás!». «¿Pues qué he de hacer con Jesús, el titulado

rey de los judíos?». «¡¡Crucifícale, crucifícale!!…».

Pilatos hace todavía un esfuerzo supremo para salvarle, a costa de una medida injusta y brutal: «Le castigaré y le pondré después en libertad». ¡Le declara inocente y ordena castigarle!…

Y viene el tormento espantoso de la flagelación. No emplearon con Él la verga —que era el azote más suave reservado a los ciudadanos romanos—, sino el horrible flagelo formado con largas tiras de cuero, llenas de bolitas de plomo y huesos de animales. Y Cristo, desnudo, atadas sus manos a una columna muy baja para que presentara cómodamente a los verdugos su espalda encorvada, recibe aquella tremenda tempestad de azotes… Carne amoratada, que se vuelve muy pronto rojiza; la piel que salta hecha pedazos y la divina víctima que queda cubierta de sangre… ¡Tenía que expiar en su carne purísima la lujuria desenfrenada de toda la humanidad pecadora!…

Pero era preciso llevar hasta el colmo la burla y el escarnio, ¡Van a coronarle Rey de los judíos! Y las espinas rasgan su cabeza, no en forma circular o de guirnalda, sino a modo de casco, capacete o celada que la cubría y atormentaba por entero. Y la vestidura regia, y el cetro de caña en las manos, y las burlas y blasfemias del populacho. ..

Jesucristo quedó hecho una lástima. Inspiraba compasión. Al contemplarle Pilatos en aquella forma lo presenta al pueblo para ver si le queda todavía un poco de corazón: «¡Ecce homo!».

Y la chusma asalvajada, como una fiera instigada por la fusta del domador, lanza de nuevo, más estentóreo que nunca, el grito de su reprobación definitiva: ¡ ¡ Crucifícale, crucifícale!!…

¡Pobre pueblo judío! Cinco días antes, el domingo de Ramos, había aclamado frenéticamente a Cristo en su entrada triunfal en Jerusalén:

«¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Y ahora reclama a gritos su muerte. La historia se repite todavía. El populacho grita siempre ¡viva! o ¡muera! al dictado caprichoso de los jefes que le manejan y engañan.

Y Pilatos, el político cobarde, símbolo de la debilidad en el ejercicio de un poder que no era digno de administrar, se lavó las manos en vez de lavarse la conciencia y entregó a la ferocidad de los judíos al divino preso para ser crucificado.

*      *   *

«Y llevando sobre sus hombros su propia cruz, salió hacia la colina del Calvario».

*     *    *

Mientras tanto, en un rincón de Jerusalén ocurría una escena impresionante. San Juan, el discípulo amado, lo había presenciado todo. Y cuando oyó la sentencia final y vio a su divino Maestro cargado con la cruz, se creyó en el deber de comunicárselo a la Madre de Jesús. Y corrió hacia Ella. No se daba cuenta de que estaba siendo en aquellos momentos instrumento de la voluntad del Padre.

María tenía que presenciar la crucifixión de su divino Hijo en calidad de Corredentora de la humanidad. Y San Juan, en medio de un sollozo inmenso, le da la terrible noticia: «¡Señora!… ¡condenado a muerte!». Debió lanzar María un grito desgarrador y acompañada del discípulo virgen se echó a la calle en busca de su divino Hijo. Y, de pronto, al doblar de una esquina.,. ¡Oh Virgen de los Dolores, qué caro te costamos!… Renuncio» señores, a describir la escena.

Y Jesucristo se cae con la cruz a cuestas. Se ve claramente que no podrá llegar al Calvario. Un hombre que regresa del campo es requerido para que le ayude. «¿Yo?, ¿por qué?, ¿qué tengo yo que ver con éste?». Y como se resiste a cumplir la orden, le agarran por el cuello y…: «¡Coge la cruz, si no quieres que te clavemos en ella a ti también!». Y a pesar de cogerla a regañadientes, Jesucristo le mira agradecido. Y se lo pagará espléndidamente. Aquel hombre —dice San Marcos— era Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, dos excelentes cristianos de la Iglesia primitiva que aparecen en las epístolas de San Pablo, Un momento de vergüenza y de dolor llevando la cruz del Maestro… ¡y la fe cristiana y la felicidad eterna de toda su familia! Espléndida recompensa la de Jesucristo, a los que le ayudan a llevar su cruz.

*   *   *

Han llegado a la cumbre del Calvario. Jesucristo tiene que pasar por la inmensa vergüenza de la desnudez total. ¡Tenía que reparar la inmensa desvergüenza de los que, llamándose cristianos, se desnudan sin rubor en las playas y en las calles de nuestras ciudades! Le ofrecen un calmante para atontarle: vino mirrado con hiel.

Jesucristo, fino y agradecido, lo prueba un poquito, pero no quiere beberlo. Lo dice expresamente el Evangelio. Quiere apurar hasta las heces el cáliz del dolor.

«¡Échate sobre el madero!», le dicen brutalmente los soldados. Y, obediente hasta la muerte, Jesucristo se tiende con los brazos extendidos sobre la cruz, Y al instante el primer clavo, de un golpe seco, cose su mano derecha al madero de nuestra redención.

Señores: en la Iglesia de Santa Cruz de Jerusalén, en Roma, se conserva uno de los clavos auténticos de la cruz de Nuestro Señor. Es imposible contemplarlo sin un estremecimiento de horror. No es un clavo liso, pulimentado; es un clavo de forja, cuadrilátero, desigual, con aristas y rugosidades. Estremece pensar el desgarro que aquel clavo debió causar en la carne divina de Jesús.

Debió retorcerse de dolor la divina Víctima (¿Te dolió mucho, Señor? ¡Yo te clavé ese clavo con mis pecados!). Pero los soldados continuaron su tarea impertérritos. Unos cuantos golpes más… y las manos y los pies quedan fuertemente sujetas al madero.

¡Arriba la cruz, para que todo el mundo la contemple! Y al dejarla caer de golpe sobre el agujero preparado de antemano para recibirla, debió lanzar un gemido de dolor, que sólo María recogió en su corazón y que se perdió en un clamoreo de blasfemias y de burlas.

¡Ya está levantado sobre el mundo el primer

Crucifijo! ¡Ya está la augusta Víctima en lo alto de la cruz!

¡Cristianos! Caigamos de rodillas ante Él, golpeemos nuestro pecho y dispongámonos a oír su sublime, su divino, su maravilloso sermón de las Siete Palabras.

PRIMERA PALABRA

«PADRE, PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN» (LC. 23, 34)

 

Acababan de levantar en alto a Jesucristo clavado en la cruz. Y precisamente entonces: cuando se levantó aquel clamoreo de blasfemias y de insultos; cuando los silbidos del pueblo se mezclaron con las risotadas de los escribas y fariseos; cuando saboreando su triunfo lanzaron sus enemigos su reto definitivo:

«¿Pues no eres tú el Hijo de Dios? Ahora tienes la ocasión de demostrárnoslo. ¡Baja de la cruz y entonces creeremos en ti y caeremos de rodillas a tus pies!» Y dirigiéndose a la chusma añadirían sin duda: «¿Veis cómo teníamos razón? ¡Veis cómo no era más que un hechicero y embaucador?»»

Y precisamente entonces: cuando Jesucristo hubiera podido ordenar a la tierra que se abriera y hundir para siempre en el infierno a aquellos energúmenos, precisamente entonces, «Jesús decía:   Padre, perdónalos que no saben lo que hacen».

Decía. Así leemos en el Evangelio de San Lucas, único que recoge esta primera palabra de Cristo en la cruz. «Iesus autem dicebat…». No lo dijo una sola vez. Lo repitió varias veces: decía.

«¡Padre»!

¡Qué palabra en boca de un hijo moribundo! ¿Os acordáis? Cuando vuestro hijo se moría en la flor de su juventud; cuando mirándoos con ternura con aquellos ojos lánguidos y casi inexpresivos os dijo por última vez; «¡Padre, madre!…» ¡Cómo se os clavó en el alma esta palabra!

Al reo condenado a muerte no se le niega nada en la última hora. A un hijo que va a morir… ¿qué se le podrá negar?

Jesucristo quiere conmover a su Eterno Padre. Y dirigiéndose a Él le dice con inefable ternura:

«Padre, perdónalos».

Jesucristo les reconoce culpables. Si no lo fueron no pediría perdón por ellos.

El mundo no conocía el perdón. «Sé implacable con tus enemigos»,decían los romanos. El perdón era una cobardía: «Ojo por ojo y diente por diente». Era la ley del talión que todo el mundo practicaba.

Y sin embargo el perdón es el amor en su máxima tensión. Es fácil amar; es heroico perdonar.

Pero hay un heroísmo superior todavía al mismo perdón. Escuchad.

«Que no saben lo que hacen».

Jesucristo: eres la verdad eterna. Se lo dijiste anoche a tus discípulos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Eres la verdad infinita y eterna. Tenemos que creer lo que nos dices. Pero ¡qué difícil de entender nos resulta. Señor, lo que acabas de decir!

¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si en aquella mañana de primavera, cuando te presentaste delante de Juan el Bautista y te bautizó en el río Jordán se abrieron los cielos sobre ti y apareció el Espíritu Santo en forma de paloma y el pueblo entero oyó la voz augusta de tu Eterno Padre, que decía: «Este es mi Hijo muy amado en el que tengo puestas todas mis complacencias. Escuchadle». ¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si te han visto caminar sobre el mar como sobre una alfombra azul festoneada de espumas!

¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si fueron cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños, los que alimentaste en el desierto con unos pocos panes y peces que se multiplicaban milagrosamente entre tus manos! ? ¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si hasta tus discípulos se estremecieron de espanto cuando te pusiste de pie en la barca, azotada por furiosa tempestad e increpando al viento y a las olas pronunciaste una sola palabra: ¡Calla!,., y al instante el mar alborotado se transformó en un lago tranquilo, suavemente acariciado por la brisa! ¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si en todas las aldeas y ciudades de Galilea, de Samaria y de Judea has devuelto la vista a los ciegos y el oído a los sordos y el movimiento a los paralíticos, delante de todo el pueblo que te aclamaba y quería proclamarte rey! ¿Que no saben ]o que hacen?

¡Pero si en medio de ellos están aquellos diez leprosos —carne cancerosa, bacilo de Hansen…— y una sola palabra tuya: «¡Quiero, sed limpios!» bastó para transformar su carne podrida en la fresca y sonrosada de un niño que acaba de nacer!

¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si la muerte te devolvía sin resistencia sus presas! ¡Si te han visto resucitar a la hija de Jairo, todavía en su lecho de muerte, y al hijo de la viuda de Naím cuando le llevaban al cementerio! Y hace unos pocos días, a cinco kilómetros de Jerusalén, te acercaste al sepulcro de tu amigo Lázaro, que llevaba cuatro días enterrado y putrefacto. Y no invocando a Dios, sino con tu propia y exclusiva autoridad, le diste la orden soberana: «Lázaro, yo te lo mando, ¡sal fuera!», y como un muchacho obediente cuando se le da una orden, inmediatamente el cadáver corrompido se presenta delante de todos lleno de salud y de vida. ¡Y lo vieron los judíos, y lo vieron igualmente los príncipes de los sacerdotes, de tal manera que pensaron quitar también la vida a Lázaro, porque muchos creían en Ti por haberle resucitado de entre los muertos! ¿Cómo dices ahora que no saben lo que hacen? ¡Señor! Eres la suprema Verdad, tenemos que creer lo que nos dices, pero esto nos resulta muy difícil de entender. ¡Vaya si sabían lo que hacían! ¡Vaya si sabían lo que hacían!…

Anoche tuviste la osadía y el atrevimiento inaudito de decirle al príncipe de los sacerdotes que eras el Hijo de Dios; pero mucho antes habías tenido la osadía y el atrevimiento infinitamente mayor de demostrarlo plenamente. Eres el Hijo de Dios: lo habías demostrado hasta la evidencia. ¿Cómo dices, Señor, que no saben lo que hacen?

Y sin embargo, tienes razón. Señor. En realidad, en el fondo, no sabían lo que hacían aquellos desgraciados. No sabían lo que hacían, como no lo sabemos tampoco nosotros.

Porque tened en cuenta que Nuestro Señor Jesucristo, con su ciencia infinita, ciencia de Dios para la cual no hay futuros, ni pretéritos, sino un presente siempre actual, delante de la cruz nos tuvo presente a cada uno de nosotros. Con tanto lujo de detalles, con tanta precisión en los matices como si no tuviese delante más que a uno solo de nosotros.

Y     el Señor levantó su mirada al cielo y pidió perdón no sólo por aquellos escribas y fariseos, sino por cada uno de nosotros en particular: uno por uno, en particular. Teología, no afirmaciones gratuitas, señores, teología; con su ciencia infinita Jesucristo, en lo alto de la era, nos tuvo presentes a cada uno de nosotros en particular.

Pensó sin duda alguna en mí y pensó concretamente en ti cuando repetía muchas veces, según el Evangelio: «Padre, perdónalos que no saben lo que hacen».

No sabemos lo que hacemos, efectivamente.

¡Muchacho que me escuchas! Cuando te decides a pecar a costa del tesoro infinito de la gracia santificante; de esa gracia de Dios que es el precio de tu entrada en el cielo, el billete indispensable para entrar en la gloria; de esa gracia santificante que según el príncipe de la teología católica, Santo Tomás de Aquino, en su más ínfima participación vale más y es infinitamente superior a toda la creación entera, incluyendo a los mismos ángeles; cuando haces entrega de ese tesoro divino, infinito, por un momento de sucio y bestial placer: ¡no sabes lo que haces!

Y tu, muchacha: la que te presentas elegantísimamente desnuda en aquella fiesta de noche. La que eres saludada y aclamada como reina de la fiesta en aquel ambiente de pecado,., y ríes y gozas y te sientes feliz… ¡pobrecita!; ¡no sabes lo que haces!

Y aquel padre de familia que pisotea las leyes del matrimonio y tasa

a su capricho la natalidad, que no se preocupa de la educación de sus hijos, que se dedica solamente a sus negocios lícitos o ilícitos: ¡no sabe lo que hace!

Y tantos y tantos otros como pudiéramos recordar recorriendo cada uno de los pecados en particular; cuando pecando nos apartamos de la ley de Dios, en realidad tenía razón Nuestro Señor Jesucristo: no sabemos lo que hacemos:

¿Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!

Jesucristo no solamente perdona, no solamente olvida, lo que ya sería heroico; Jesucristo excusa y esto ya es el colmo del amor y del perdón. Busca una circunstancia atenuante, como hubiera buscado hasta una eximente total si pudiera encontrarla entre sus verdugos.

No pudo encontrarla puesto que pide perdón, y para el que es del todo inocente no se pide perdón. Les reconoció culpables, Pero ya que no podía encontrar la eximente total, al menos ofrece a su Eterno Padre una circunstancia atenuante: porque no saben lo que hacen.

Lección soberana dada por Nuestro Señor Jesucristo en lo alto de la cruz. Lección del perdón. Lección dura. A muchísima gente le resulta duro el sexto mandamiento, el séptimo, la honradez, la justicia social, etc., etc. ¡Ah!, pero sobre todo, ¡qué duro resulta perdonar!

Cuando se ha metido en lo hondo del corazón el odio y el espíritu de venganza; cuando en virtud de aquel pleito, de aquella herencia, de aquella discusión acalorada… la familia queda destrozada y el padre ya no se habla con el hijo, y los hermanos no se hablan entre sí… ¡por unas miserables pesetas que se estrellarán un poco más tarde sobre la losa del sepulcro!… Cuando se les ha metido el odio y el rencor en el alma, ¡qué difícil perdonar!… Por eso Nuestro Señor Jesucristo nos lo recordó en la cruz.

La doctrina del Evangelio, señores. Cristianismo íntegro. La doctrina del Evangelio.

¡Cuántas veces lo repitió Jesucristo a lo largo de su predicación! Enseñó la necesidad imprescindible de perdonar si queremos obtener para nosotros el perdón de Dios:

«Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen y calumnian, devolved a todos, bien por mal. Porque si sólo amáis a vuestros amigos, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen eso también los publícanos? Y si solamente saludáis a vuestros hermanos y amigos, ¿qué tiene eso de particular? Los mismos paganos lo hacen. Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

«Bienaventurados   los   misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia».

«Con la misma medida que midiereis a los demás seréis vosotros medidos».

«Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Así como nosotros perdonamos… de la misma manera, ¡estás leyendo tu sentencia de condenación, tú que rezas el Padrenuestro sin querer perdonar!)»

«Señor, ¿hasta cuántas veces tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces. No. Sino hasta setenta veces siete», o sea, siempre que tu hermano te ofendiere, sin tope ni límite alguno.

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

 

Esta es la doctrina de Jesucristo: clara, terminante, ineludible»

¡Maravillosa doctrina que el mundo no estaba acostumbrado a oír!

¡Qué bien la entendieron, qué bien la llevaron a la práctica los grandes discípulos del Crucificado! Un San Esteban, el protomártir, que cuando le estaban apedreando ve que se le abren los cielos y lanza aquella sublime exclamación imitando al divino Maestro:

«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».

Y después de San Esteban, tantos y tantos millones de mártires como han dado testimonio de Cristo perdonando de todo corazón a sus verdugos.

Como aquel sacerdote de la gloriosa Cruzada Nacional, que cuando estaban a punto dé fusilarle,, dijo; «Esperad un momento, esperad un momento nada más. Concededme esta dicha suprema de poderos bendecir. Os bendigo con toda mi alma. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,

Como una Santa Juana de Chantal, que perdonó de tal manera al que mató a su marido, que llegó a ser madrina de bautismo de uno de sus hijos; acción heroica que estremeció al mismo San Francisco de Sales.

Como el hijo de Luis XVI, el rey católico de Francia, cuando cayó en manos de sus verdugos. Cuando el carnicero Simón le estaba atormentando y le decía con sádico sarcasmo: «Dime, muchacho, dime: si llegases algún día a ocupar el trono de Francia, tú que eres el príncipe heredero, y me tuvieses en tus manos, ¿qué me harías, qué me harías si me tuvieses en tus manos?». Y aquel muchacho, educado cristianamente por sus padres, le contestó sin vacilar: «Te perdonaría de todo corazón».

¡Ese es el perdón cristiano! ¡Esa es la palabra y el ejemplo de Cristo!

¡Qué bien lo saben imitar los verdaderos discípulos de un Dios que en la cruz clavados tiene ya por los pecados

de todos los pecadores ¡de tanto abrirlos de amores los brazos descoyuntados!,..

Hay que perdonar. Es muy duro, pero fíjate bien, tú que odias, tú que te niegas a perdonar. Viernes Santo. Escuchando las Siete Palabras de Nuestro Señor Jesucristo clavado en la cruz, la ley soberana del perdón. Tú que tienes un odio en el corazón. Tú que no quieres perdonar, fíjate bien. Mira, si esa persona que te ha ofendido a ti injustamente (voy a suponer que tienes tú toda la razón del mundo), si esa persona que te ha ofendido se arrepiente de su pecado y le pide perdón a Dios, se salvará aunque tú no le quieras perdonar. Le puede importar muy poco que tú le perdones o le dejes de perdonar. En cambio tú, que no le quieres perdonar (fíjate bien, no te eches tierra en los ojos para no ver estas cosas tan claras, fíjate bien), ¡te vas a condenar para toda la eternidad!

De manera que tratando de vengarte de tu enemigo, no te das cuenta de que en realidad te estás clavando una puñalada en tu propio corazón. ¡Quieres vengarte de tu enemigo y en realidad te estás vengando de ti! El sé puede reír de tu ira e indignación. Si le pide perdón a Dios, va al cielo. En cambio si tú no le perdonas vas al infierno para toda la eternidad. ¿Cómo no ves que estás haciendo un mal negocio, que eres verdugo de ti mismo? Si no quieres perdonar, fíjate bien, no soy yo, es Cristo quien lo dice: «Con la misma medida con que midiereis a los demás, seréis medidos vosotros».

Si la muerte te sorprende con ese rencor en el alma, no te quepa la menor duda, ni te hagas ilusiones: descenderás al infierno para toda la eternidad. ¡Pobrecito que me escuchas!, en la tarde del Viernes Santo ¿no te decidirás a salvar tu alma perdonando de corazón a tu enemigo… volviendo a hacer las paces con tu familia destrozada?

—«Es que no lo merecen por la villanía de su ofensa».

¡Y qué más da que no lo merezcan! Lo merece Cristo y lo merece también la salvación de tu propia alma, que se pierde sin remedio si te obstinas en tu negativa de perdón.

Parábola maravillosa de Nuestro Señor Jesucristo, señores.

El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso tomar cuentas a sus siervos. Al comenzar a tomarlas se le presentó uno que le debía diez mil talentos (una fortuna colosal: más de sesenta millones de pesetas), pero como no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y saldar la deuda. Entonces el siervo, cayendo de hinojos, dijo: Señor, dame espera y te lo pagaré todo. Compadecido el señor del siervo aquel le despidió, condonándole la deuda. En saliendo de allí, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien denarios (cien miserables pesetillas), y agarrándole le sofocaba diciéndole: Paga lo que debes. De hinojos le suplicaba su compañero, diciendo: Dame espera y te pagaré. Pero él se negó, y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda. Viendo esto sus compañeros, les desagradó mucho, y fueron a contar a su señor todo lo que pasaba.

Entonces hízole llamar el señor, y le dijo: Mal siervo, te condoné yo toda tu deuda, porque me lo suplicaste. ¿No era, pues, de ley que tuvieses tú piedad de tu compañero, como la tuve yo de ti? E irritado, le entregó a los torturadores hasta que pagase toda la deuda. Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonaré cada uno a su hermano de todo corazón».

Es Jesucristo, señores, la Verdad Eterna, quien pronunció esta parábola. ¿No quieres perdonar? ¡Pues te condenas!, no te hagas ilusiones: te vas al infierno para toda la eternidad. Te lo recuerda la primera palabra de Jesucristo en la cruz.

¿Dices que te han ofendido demasiado? Escúchame: ¿Han llegado a clavarte en una cruz? ¿Están chorreando sangre tus manos y tus pies? Pues cuando clavado en la cruz, cuando chorreando sangre sus manos y sus pies, cuando las burlas y las blasfemias „ precisamente entonces es cuando Jesucristo Nuestro Señor decía con inefable dulzura: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

No tienes excusa. Si después de este sublime ejemplo de Jesucristo compareces delante de Dios con ese odio, te pierdes para toda la eternidad, ¡Ten valor! No por él, si no quieres; no por ese enemigo tuyo, sino por Cristo, por amor al divino Crucificado, por compasión hacia tu pobre alma que se va a perder por toda la eternidad. En esta noche de Viernes Santo, al pie de un crucifijo, ten el valor de decir:

¡Señor, voy a perdonar con toda mi alma! Voy a tomar la iniciativa de ofrecer el perdón aunque yo sea el ofendido.

Y si tu enemigo no te quiere perdonar, tú ya has cumplido, ya has hecho de tu parte lo que Cristo te exige para darte su perdón. Pero dile de verdad a Cristo que quieres perdonar de todo corazón a tu enemigo» hoy a los pies de un crucifijo, en esta noche del Viernes Santo.

Y si no tienes el valor de llegar hasta el supremo heroísmo de Nuestro Señor Jesucristo pronunciando su fórmula, que no solamente perdona, que no solamente olvida, sino que incluso excusa al culpable, al menos pronuncia esta otra que es absolutamente indispensable para obtener la salvación eterna de tu alma: «¡Padre, perdónalos aunque sepan lo que hacen!».

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SEGUNDA PALABRA

«HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAÍSO» (LUC. 23, 43)

Aún resonaba dulcemente en lo alto de la colina del Calvario el eco del perdón de Jesús cuando ocurrió otra escena de inmensa emoción y llena de fecundas enseñanzas para nuestra vida cristiana. Dice el Evangelio que a la derecha y a la izquierda de Jesucristo fueron crucificados dos ladrones. Dos facinerosos: el que luego resultó el buen ladrón, que era precisamente el que estaba a la derecha de Jesucristo, y el que resultó el mal ladrón, que era precisamente el que estaba a la izquierda del Señor.

Tal vez no les correspondía aquel día ser crucificados. Estaban condenados a muerte, pero seguramente hubieran sido ajusticiados después de los días solemnes de la Pascua de los judíos. Pero acaso para dar más brillantez al espectáculo de la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo fueron crucificados juntamente con Él, uno a su derecha y otro a su izquierda.

Al principio quizá comenzaron a blasfemar los dos ladrones; así lo insinúan San Mateo y San Marcos. San Lucas parece dar a entender que solamente uno de ellos comenzó a blasfemar del Señor. Sea de ello lo que fuere, al menos el ladrón que tenía a la izquierda comenzó a increpar a Jesucristo, repitiendo lo que estaba oyendo a los escribas y fariseos, a los jefes de la Sinagoga: «¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros, y entonces creeremos en ti».

Jesucristo escuchó en silencio esas blasfemias. Estaba crucificado escasamente a dos metros de distancia. Acaso dirigió una suave mirada, llena de amor y misericordia hacia aquel desgraciado, volviendo la cabeza hacia la izquierda, y… calló. Tal vez —es muy probable— repitió, para él solo, la palabra de perdón que acababa de pronunciar; porque ya os he dicho antes que el Evangelio emplea la expresión decía, lo cual quiere decir que la iba repitiendo, la dijo muchas veces, Y acaso una de las veces, levantando sus ojos al cielo, dijo; «Padre, perdónale, porque no sabe lo que hace ni lo que dice».

En realidad, no tenía él toda la culpa. Lo estaba oyendo a sus jefes en aquellos mismos momentos. No tenía él toda la culpa. Siempre el inductor es más culpable que el ejecutor material de un crimen.

El otro ladrón, el colocado a la derecha, tal vez al principio comenzó a blasfemar también, como insinúan San Mateo y San Marcos; aunque San Lucas afirma que fue solamente el de la izquierda. Lo cierto es que al contemplar el heroísmo sublime de Nuestro Señor Jesucristo, al escuchar el eco dulcísimo de su palabra de amor y de perdón, al ver de qué manera recibía aquella tempestad de insultos y de risotadas y blasfemias… con aquella paz y aquella mansedumbre, y aquella humildad tan profunda… y, sobre todo, bajo el influjo de la gracia de Dios, que se iba insinuando poco a poco en su corazón para irlo reblandeciendo y en su inteligencia para iluminarla, se verificó en el buen ladrón una profunda transformación psicológica. Y de pronto, en medio de aquella espantosa tortura, devorado ya por la fiebre —a los ajusticiados les subía en seguida la temperatura a treinta y nueve o cuarenta grados—, haciendo un esfuerzo para volverse hacia su compañero y encontrándose con la mirada de Jesucristo en el centro, atravesó la cruz del Señor para poner sus ojos en su compañero, y le dijo: «¿Ni siquiera a la hora de la muerte temes a Dios?».

Se siente apóstol y quiere conquistar el alma de su compañero.

Quiere también que arrodille su alma ante Cristo: «¿Ni siquiera a la hora de la muerte temes a Dios? Tú y yo estamos muy bien crucificados, porque hemos sido unos criminales, pero este que está en medio de los dos nada malo ha hecho, éste es inocente».

Confesión humilde de sus culpas. Se reconoce culpable: «Tú y yo somos criminales, estamos muy bien crucificados, pero éste es inocente».

¡Qué maravillas obra la gracia de Dios cuando cae de lleno sobre un corazón que no le pone obstáculos! ¡Dios mío! Y esto no es más que el preludio de una obra de arte, el pórtico de una maravillosa catedral.

Vamos a penetrar en el santuario. Sigamos escuchando al buen ladrón.

Acaba de hablar con su compañero. Ha querido enternecerle, ha querido comunicarle sus propios pensamientos; pero en la mirada llena de odio de aquel malvado, en su gesto torvo, en su manifiesta obstinación, comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Y dirigiéndose a Nuestro Señor Jesucristo le dice sencillamente:

«Señor…».

¡Pobrecito ladrón!, estás delirando, no sabes lo que dices; cuarenta grados de fiebre, estás delirando. ¿Señor un ajusticiado desnudo, abandonado de todos, colgado de una cruz y escarnecido de la plebe y de los jefes? ¡Pobrecito, estás delirando, no sabes lo que dices!

Pero el ladrón continúa impertérrito:

«Acuérdate de mí…».

¡Qué soberana invocación! ¡ Qué plegaria!: «Acuérdate de mí». No le pide un lugar en su reino, no le pide un trono; no cree merecerlo. El sabe que no lo merece: es un criminal. Simplemente le dice:

«Acuérdate de mí». Un recuerdo nada más. ¡Qué bien había comprendido el Corazón de Cristo!, ¡qué de cosas le había revelado la gracia de Dios en unos instantes!, ¡qué maravilla de la gracia!

«Señor, acuérdate de mí». Imitando a los grandes santos, las disposiciones de las almas perfectísimas, que nunca piden a Dios nada concreto, sino que cumpla en ellas su divina voluntad.

Alargando su mano de mendigo y pordiosero dice sencillamente:

«Señor, acuérdate de mí».

Cuando Lázaro, el amigo íntimo de Jesucristo, estaba gravemente enfermo y sus hermanas envían un recado al divino Maestro ausente, y le dicen: «Señor, el que amas está enfermo», no le dicen que vaya a curarle, no le dicen que vaya a hacer el milagro. Simplemente le dan la noticia con una confianza Inmensa: «El que amas está enfermo». ¡Conocían a fondo el Corazón del divino Maestro! Si El se entera que nuestro hermano está enfermo, Él le curará. ¡Con qué sencillez y confianza se lo dicen!

Sin embargo, esto no debe maravillarnos demasiado, porque las hermanas de Lázaro, Marta y María, conocían a fondo el Corazón del divino Maestro. Pero que un ladrón, cargado de crímenes monstruosos, a la hora de la muerte se inunde su alma de una claridad tan grande que de un salto se coloque en las disposiciones más perfectas de las almas santas, de los amigos íntimos de Jesús, y que le diga: «¡Señor, acuérdate de mí!», no te pido nada más que un recuerdo, todo lo demás corre por tu cuenta… ¡es sencillamente sublime!

Y todavía añade: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

A tu reino, fijaos bien. ¡Pobrecito! No cabe duda, está delirando, no sabe lo que dice: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Y no lo dice dudando: sí llegas a tu reino; no dice eso, sino: cuando llegues a tu reino. Está seguro de que llegará; y está seguro de que su reino no es de este mundo, puesto que aquel ajusticiado que tiene a su izquierda ha de morir dentro de unos instantes. Sabe muy bien que su reino no es de este mundo. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Quién se lo ha revelado? ¡Qué maravilla de la gracia! Una inundación de luz en !a inteligencia, una inundación de gracia en su corazón. Y en aquel instante —vuelvo a repetir— se planta de un salto en las disposiciones de las almas más perfectas, de los amigos íntimos de Jesús: «Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

Y Jesucristo, que no respondía a las blasfemias y a los insultos más que para perdonarlos; Jesucristo, que calló cuando el mal ladrón le estaba insultando; Jesucristo, desde lo alto de la cruz, contestó en el acto al buen ladrón y le contestó divinamente, a lo Dios. Le pedía un recuerdo y le dice: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Hoy mismo, esta misma tarde, antes de que el sol se ponga.

¡Señores! Estas palabras, según San Agustín, constituían un verdadero juramento. La palabra de Jesús se tenía que cumplir. El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras del Hijo del hombre no pasarán jamás. Aquella misma tarde se cumplieron en el buen ladrón.

Santo Tomás de Aquino, príncipe de la teología católica, dice que aquella tarde comunicó Cristo al buen ladrón la visión beatífica. No tuvo que esperar en el limbo o seno de Abraham a que se realizara la redención del mundo, como los Patriarcas y Profetas del Antiguo Testamento; porque, como explica Santo Tomás, aquella misma tarde comunicó Cristo la visión beatífica a todos los justos del Antiguo Testamento que estaban esperando la redención.

«Hoy, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». Y una vida de crímenes, una vida de excesos, una vida de pecados monstruosos, desembocó en el cielo sin purgatorio alguno. Su humildad, su fervor, su arrepentimiento, su fe en el divino Maestro, los tormentos de la crucifixión, equivalieron a las pruebas purificadoras y aquella misma tarde ¡la visión beatífica!

Señores» ¿quién podrá explicar el amor y la misericordia de Jesucristo, Redentor de la humanidad? Basta decir: ¡perdón! para que en el acto se nos cierren las puertas del infierno y se nos abran de par en par las puertas de la gloria.

Señores: en la vida del gran apóstol medieval San Vicente Ferrer, se lee una anécdota verdaderamente conmovedora y emocionante: después de uno de aquellos sermones tan encendidos que brotaban de los labios del gran apóstol valenciano, se le acercó un pecador que llevaba muchos años sin confesarse. Se confesó con un arrepentimiento vivísimo.   El santo estaba profundamente conmovido. Tan conmovido, que a pesar de que su penitente había llevado una vida tan desastrada, entregada de lleno a toda clase de crímenes y pecados, le puso una penitencia muy pequeña; porque gran teólogo como era San Vicente Ferrer, formado en los libros de Santo Tomás de Aquino, sabía que lo único que interesa en el momento de confesar un pecado es el arrepentimiento vivísimo, la profunda humildad con que le pedimos perdón a Dios. Y le vio tan arrepentido que le puso una muy ligera penitencia. Pero entonces aquel gran pecador, que esperaba una penitencia gravísima, porque creía qué la merecía, al ver que le ponía una tan ligera e insignificante, se echó a llorar a los pies de San Vicente Ferrer y le dijo: «¡No!, esa penitencia no la puedo aceptar. Tiene que ser mucho mayor, muchísimo mayor, como merecen mis pecados». Entonces San Vicente Ferrer, dándose cuenta de que el pobre pecador estaba mucho más arrepentido de lo que él pensaba, lejos de aumentarle la penitencia se la rebajó la mitad. Y fue tal el arrepentimiento, fue tal la emoción que se apoderó de aquel hombre al ver de qué manera tan benigna le acogía y abrazaba el ministro y representante de Jesucristo, fue tan profundo su dolor de contrición, que cayó muerto a los pies de San Vicente Ferrer. Y el gran santo, en visión intelectual, vio el alma de aquel pecador que entraba inmediatamente en el cielo sin pasar por el purgatorio. Se había cumplido también al pie de la letra la sublime palabra de Jesucristo: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso».

Señores, ¡qué maravillosa la segunda palabra de Jesucristo en la cruz! ¡Qué libro de meditación, qué de cosas nos dice!

Por de pronto, fijémonos en la escena.

Tres cruces en lo alto del Calvario: el inocente en el centro, el penitente a la derecha, el obstinado a la izquierda.

Tres cruces. Reflejo, símbolo de toda la humanidad caída, de todos los hombres sin excepción.

Todos tenemos que sufrir, todos tenemos que llevar una cruz: por las buenas o por las malas. Porque todos somos pecadores; y el dolor, la cruz, es el castigo del pecado. Os lo explicaré más detenidamente al comentar la cuarta palabra de Cristo en la cruz.

Todos somos pecadores, todos tenemos que sufrir, por las buenas o por las malas. ¡Qué poquitos pueden sufrir en plan de inocentes! Con inocencia total y perfecta, solamente Jesucristo Nuestro Señor y la Santísima Virgen Nuestra Señora, la Corredentora del mundo, la Reina y Soberana de los mártires. Ellos no tenían nada que sufrir por sus pecados personales, puesto que no tenían absolutamente ninguno; pero habían querido representar, voluntariamente, a todos los pecadores del mundo y tuvieron que padecer aquel espantoso martirio. Padecieron en plan de inocentes, para salvar al mundo entero.

Otros tienen que padecer en plan de penitentes. ¡Bendita penitencia! Aquella María Magdalena, mujer tan bella como depravada, pero que se hace después, por la penitencia, una santa de primera categoría. Aquel Pedro que la noche del Jueves Santo negó tres veces al divino Maestro, pero que después se le formaron dos surcos en las mejillas de tanto llorar aquel pecado. Aquel Agustín, este Dimas el buen ladrón, y tantos y tantos pecadores…

San Pedro de Alcántara se apareció después de muerto a Santa Teresa de Jesús, que le había conocido en vida, y le dijo resplandeciente de luz: «¡Bendita penitencia que me ha granjeado una gloria tan grande!». Se lo dijo a Santa Teresa resplandeciente de luz.

Pero hay también la cruz de los obstinados. Tienen que sufrir también —es inevitable—> pero sufren en medio del paroxismo de su rabia y desesperación. Sufrirán, mal que les pese, porque son pecadores y más pecadores que nadie, ya que pecan con protervia y obstinación. Tendrán que llevar la cruz. Con rabia y desesperación, con blasfemias e injurias contra el cielo. Lo que quieran, pero tendrán que llevar la cruz en este mundo y tendrán que descender después por toda la eternidad al infierno. ¡Qué terrible panorama!

Las tres cruces del Calvario: el inocente, el penitente y el obstinado satánico.

Todos tenemos que sufrir, señores, pero estamos a tiempo de escoger nuestra propia cruz.

No podremos escoger la cruz de la inocencia, pero a nuestra disposición está la cruz de la penitencia, que desemboca en el cielo. Pero quiero detenerme en otro aspecto que desde el punto de vista teológico es más impresionante todavía que el que acabo de destacar. Porque en esta segunda palabra de Jesucristo en la cruz se nos aclara el tremendo misterio de nuestra eterna predestinación.

Es dogma de fe católica: Dios quiere que todos los hombres se salven. Y lo quiere con esa seriedad que hay en la cara de Cristo crucificado. Si alguno dijere que Dios desea positivamente la condenación de un solo hombre predestinándole al infierno haga lo que haga, tanto si es bueno como si es malo, sepa que está diciendo una blasfemia, una verdadera herejía condenada por la Iglesia. Dios quiere que todos los hombres se salven. Y lo quiere, vuelvo a repetir, con esa seriedad que hay en la cara de Cristo crucificado. ¡Ah!, pero ha puesto en nuestras manos nuestra libertad. A todos los hombres del mundo, incluso al último salvaje que no ha recibido la visita del misionero, ni ha oído hablar jamás de Jesucristo, le toca Dios el corazón, le ilumina la inteligencia y le da las gracias suficientes, suficientísimas, para salvarse si él quiere.

¡Pero tiene que querer!

Porque Dios Nuestro Señor ha puesto en nuestras manos nuestra propia libertad, y tiene un respeto terrible, verdaderamente imponente, a nuestra propia libertad. ¡Respeta nuestra libertad! No quiere nuestra salvación a empujones, no quiere llevarnos al cielo a la fuerza. Está dispuesto a recibirnos a todos con los brazos abiertos, tan abiertos que los tiene clavados en la cruz para recibir y acoger a todos los pecadores. Basta una sola palabra: «¡Perdóname, Señor!», para que nos perdone en el acto. Por Él no quedará. Dios quiere la salvación de todo el género humano, absolutamente de todos.

Pero quiere que queramos, quiere que cooperemos. Y si no pronunciamos esa palabra de arrepentimiento, rechazando con verdadero dolor de corazón nuestros propios pecados, estamos perdidos para toda la eternidad. Cristo lo sentirá mucho, mejor dicho lo sintió mucho cuando estaba clavado en la cruz. Te estuvo viendo, pecador, cómo te alejabas de Él protervo y obstinado. ¡Cómo lloraba, cómo pedía perdón por ti! Pero tropezaba con el decreto inexorable del Eterno Padre: el respeto a la libertad humana. Él que quiere salvarse se salva, pero el que se empeñe en condenarse se condena. Contra la voluntad de Dios, pero precisamente porque Dios ha dejado en nuestras manos el libre albedrío y tiene un respeto aterrador, terrible, a nuestra propia libertad. El que quiere salvarse se salva, pero el que se empeña en condenarse se condena.

¡Cuántos Gestas, cuántos Dimas en el mundo de hoy y a todo lo largo de los siglos de la Historia!

Cuántos Gestas que están oyendo, mejor dicho, que no están oyendo este sermón de las Siete Palabras; porque cuando esta noche han puesto la radio buscando música de baile, al ver que las emisoras españolas, que tienen un sentido católico tradicional, están trasmitiendo sermones o los Oficios litúrgicos de Semana Santa, han sincronizado con una radio extranjera y han organizado un baile y ríen a carcajada limpia. No están oyendo el sermón, pero aunque lo oyeran sería igual, porque tienen el corazón endurecido y sólo les serviría de motivo de burla y escarnio de los misterios más augustos de nuestra fe. ¡Qué carcajadas lanzarían! «¡Qué cosas dicen los cristianos!… ¡Dios!… Dios, si existiera, no se preocuparía de nosotros; pero es que además no existe, ni existe tampoco el infierno. Me río de todo eso!».

¡Desgraciado!, no sabes lo que dices. ¿Acaso porque lances tu carcajada volteriana dejará el infierno de existir? Si tú dices ¡no!, pero Dios dice ¡sí!, será ¡sí! para toda la eternidad.

—«Es que yo no creo».

—¡Y eso qué importa! Las cosas de Dios son como Dios ha querido que sean, no como se te antojen a ti. Vuelvo a repetírtelo, quiero que mis palabras se te claven en el alma: si tú dices ¡no!, pero Dios dice ¡sí!, será ¡sí! para toda la eternidad.

Un alma grande, señores, un alma muy de Dios, que murió hace unos años en olor de santidad y cuyo proceso de beatificación ha sido ya incoado, dejó escrito en sus apuntes íntimos que Dios Nuestro Señor le hizo ver en repetidas ocasiones el infierno y oír el grito de horror que lanza un alma cuando cae para siempre en él. En el momento en que un alma se precipita en el infierno lanza un grito espantoso: «¡Maldición!… ¡ Horror!… ¡ Era verdad!… ¡Me equivoqué!.,. ¡ Para siempre!…» Lo oyó muchas veces esa alma santa: está incoado su proceso de beatificación.

¿No lo crees? ¿Te ríes? ¡Pobre de ti! Esa carcajada sarcástica tendrá una resonancia trágica para toda la eternidad en el infierno. ¡Sigue ahora gozando, sigue ahora riendo! ¡Pobre de ti!… ¡La que te espera para toda la eternidad!… Eres Gestas, el protervo, el obstinado. Estás viendo en estos días tantos ejemplos salvadores, respiras el ambiente cristiano que te rodea por todas partes, oyes las campanas de las Iglesias, ves a la gente que sale de las funciones litúrgicas, contemplas las procesiones de Semana Santa, acaso lias oído un fragmento del sermón… pero tienes el alma dura: eres Gestas, y te revuelves en medio de tu rabia y de tu desesperación contra ese Dios que te prohíbe tantas cosas que tienes metidas en el alma: tantas pasiones, tantas injusticias, tantos atropellos…, ¡eres Gestas! y no te quieres someter. Has oído el perdón de Cristo, sabes muy bien, como lo supo aquel infeliz, que basta una sola palabra de arrepentimiento para obtener plenísimamente el perdón de Jesucristo; y sin embargo, te vuelves enfurecido contra Él y rechazas su perdón y prefieres morir impenitente.

Es, señores, el misterio insondable de la libertad humana. ¡Cuántas cosas vio el mal ladrón desde lo alto de su cruz! Escuchó aquella palabra sublime de Nuestro Señor Jesucristo: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Vio dé qué manera perdonaba a su compañero toda una vida de crímenes ante una sola expresión de dolor. Un poquito más tarde vio cómo saltaba la roca del Calvario, en medio de aquel espantoso terremoto. Vio las tinieblas, y de qué manera se golpeaba el corazón el Centurión: «¡Verdaderamente Este era el Hijo de Dios!»; y a pesar de todo ello permanece obstinado y rebelde. ¡Es el misterio insondable, señores, de la libertad humana, luchando, forcejeando contra la misericordia de Dios! ¡Cuántos Gestas se agitan todavía sobre el mundo de hoy!

Pero también —y esta es la contrapartida infinitamente consoladora— ¡cuántos Dimas, cuántos buenos ladrones que han sabido arrepentirse a tiempo! Después de tantas injusticias, después de haber robado tantas cosas, han sabido robar también a la infinita misericordia de Dios el cielo para toda la eternidad.

¡Cuántos Dimas a través de la Historia, cuántos pecadores que se han vuelto a Dios y han encontrado a la vez la alegría en su corazón!

En mi vida de misionero ¡cuántas veces se me han acercado los pecadores después de una misión: «¡Padre, padre, qué alegría, qué felicidad!», y me han bañado con sus lágrimas mis manos consagradas de sacerdote de Cristo al encontrar el perdón de Dios. ¡Qué alegría se apodera de ellos! ¡Cuántos Dimas, cuántos buenos ladrones que volvían a la casa del Padre, cuántos arrepentidos!

Tú, pobre pecador que me escuchas, tú podrías ser también uno de ellos.

—«Pero, Padre, yo he pecado demasiado. ¡Tengo la conciencia cargada con tantos crímenes! ¡He pisoteado todos los mandamientos de la Ley de Dios!».

¡Calla! ¡Cállate, que el pecado más grave que has cometido en toda tu vida es precisamente este que estás cometiendo en estos momentos al decir: «Soy demasiado pecador; Dios ya no me puede perdonar». ¡Calla!, que ese es el más grave de todos los pecados que se pueden cometer.

Óyeme bien: tú, el que has sido un criminal, el que has pisoteado todos los mandamientos de la Ley de Dios, sin dejarte uno solo por activa y por pasiva, y con circunstancias agravantes de verdadero refinamiento; tú que llevas tantos años de crimen y de pecado, óyeme bien. Si te decides a volver a Dios no tendrás que emprender una larga caminata: basta un sollozo inmenso que estalle en tu corazón al decir ¡perdóname, Señor, perdóname! Basta eso. Al instante Cristo Nuestro Señor te perdonará: «Pronto, el vestido de boda como al hijo pródigo, arrancadle esos harapos, quitadle las alpargatas sucias, ponedle el anillo en el dedo y matad el mejor ternero cebado que tengamos en nuestro establo; porque es preciso celebrar un gran banquete, ya que este pobre hijo mío estaba muerto y ha resucitado, le había perdido y le he vuelto a encontrar». ¡Tú puedes ser un santo en la Iglesia de Dios Nuestro Señor!

¡Ah, señores, cuándo comprenderemos el amor y la misericordia infinita de Dios! ¡Cuándo entenderemos el Corazón de Cristo, su infinita compasión y misericordia para con los pobres pecadores! Señores: si Judas, aquel infame traidor que cometió el pecado más horrendo que registra la historia de la humanidad entregando con un beso de traición al Redentor del mundo; el pecador número uno de toda la humanidad, que a pesar de convivir tanto tiempo con Él no llegó a comprender el Corazón del divino Maestro; si Judas, digo, se hubiera arrepentido de su pecado y se presenta en la colina del Calvario, y cayendo de rodillas delante de la cruz de Cristo lanza este grito desgarrador: «¡Perdóname, Señor!», Jesucristo no hubiera pronunciado en la cruz siete palabras, sino ocho. Y la octava palabra, la que hubiese pronunciado sobre Judas el traidor, hubiera sido ésta:

«Tú serás columna de mi Iglesia, al lado de Pedro y de Juan». Y hoy veneraríamos en nuestros altares al Apóstol San Judas, el que entregó a Nuestro Señor.

¡Pecador que me escuchas! Estás a tiempo todavía, ¡estás a tiempo todavía! Aunque tengas la conciencia cargada con todos los crímenes imaginables, si le dices de verdad a Jesucristo: «Señor, perdóname». Cristo te dirá; «Hoy, hoy mismo, al caer de la tarde, al atardecer de tu vida —porque dice la Sagrada Escritura, señores, que mil años son ante Dios como el día de ayer que ya pasó, ¡como un solo día mil años!, de manera que los setenta u ochenta que tenemos que vivir en este mundo son como unos instantes—, hoy, hoy mismo, al atardecer de tu vida, estarás conmigo en el paraíso».

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TERCERA PALABRA

«MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO…, AHÍ TIENES A TU MADRE» (JN. 19, 26 27)

 

No es una escena sentimental inventada por algún poeta cristiano para conmover a los hombres. No se trata del guión cinematográfico de una terrible tragedia. Lo dice expresamente el Evangelio: «Stabat iuxta crucem Iesu Mater eius»: «Estaba junto a la cruz de Jesús, su Madre». Lo dice expresamente el Evangelio.

¡Pobrecita! Lo ha contemplado todo. Ha visto cómo desnudaban a su divino Hijo. Ha sentido en su carne virginal el dolor profundo del divino Mártir cuando le taladraban las manos y los pies para coserlos al madero de la cruz- Ha escuchado su primera y segunda palabras llenas de perdón, de amor y de misericordia. Ve que se está muriendo de sed en medio de espantosos tormentos.

Cuando matan a un corderuelo, apartan a la pobre ovejita para que no lo contemple, María tiene que estar allí. ¡Tiene que estar allí!

Estaba predestinado por Dios.

¡Qué maravillosa antítesis o paralelismo antitético: Adán-Eva, Cristo-María! Adán nos perdió a todos con la complicidad de Eva, Cristo nos salvó a todos, iba a decir, con lá complicidad de la Santísima Virgen María. Tenía que ser la Corredentora de la humanidad y lo fue. Por eso permaneció de pie en lo alto de la colina del Calvario, junto a la cruz de Jesús. Martirio inefable.

Absolutamente indescriptible.

¡Pobrecita! ¡¡Cómo hubiera querido abrazarse a la cruz, para socorrer a su divino Hijo! Pero la apartaron brutalmente. No la dejaron acercar.

En nuestro Museo del Prado hay un cuadro magnífico que representa a San Bernardo indeciso, vacilante. No sabe qué hacer. Tiene delante un gran Crucifijo y a la Virgen Santísima de los Dolores contemplándole. El artista ha sabido recoger genialmente el instante en que San Bernardo no sabe donde mirar, si a Cristo o a la Virgen, a la Virgen o a Cristo.

Son dos estrofas de una única sinfonía. Son dos episodios de un mismo drama, del drama redentor. La Santísima Virgen María, la Corredentora de la humanidad, contemplando el martirio inefable de Nuestro Señor, mezclando las lágrimas virginales de sus ojos purísimos a las gotas de sangre que iban corriendo desde lo alto de la cruz. Son dos aspectos de un mismo y gigantesco drama.

La Virgen María es nuestra Corredentora. Nos salvó juntamente con Nuestro Señor Jesucristo. Pero ¡a precio de qué dolor!

El martirio de la Santísima Virgen María es incomparablemente más trágico que el sacrificio que se le pidió al Patriarca Abraham cuando Dios le ordenó inmolar a su hijo Isaac. Porque el Patriarca Abraham era el padre, no la madre; y porque el sacrificio que se le pidió fue solamente intencional: no llegó a consumarse. En el Calvario no es el padre, sino la Madre, y el sacrificio se está consumando trágicamente. Y no de un golpe, sino gota a gota. ¡Martirio inefable!

«Oh, vosotros los que cruzáis por los caminos de la vida, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor».

No pudo abrazarse a la cruz de Jesús. Estaba prohibido terminantemente acercarse a la cruz de los ajusticiados, y la soldadesca seguramente apartaría con un gesto brutal a la Santísima Virgen si en algún momento quiso intentarlo. Pero estaba cerquita, y Jesús podía dirigirle la palabra sin levantar demasiado la voz.

Imaginemos la escena, señores. Sería mejor que callásemos, que rompiésemos a llorar, que nos pusiéramos de rodillas… Pero yo tengo que reproducir la escena en la forma que pueda, con mi palabra torpe y vacilante.

Jesús estaría contemplando desde lo alto de la cruz, a través de sus ojos cargados de sangre, a la Virgen María, imagen viviente del dolor en su máxima expresión. Allí estaba la Corredentora del mundo. ¡Cómo se aumentarían los dolores internos de Jesucristo viendo sufrir a su Madre santísima de manera tan espantosa! Pero El tenía que permitir aquello. Tenía que permitirlo, porque estaba decretado por Dios: una primera pareja, Adán y Eva, perdieron al mundo; una segunda pareja. Cristo y María, tenían que salvarlo.

Tenían que estar allí los dos, y El, obediente a la voluntad de su Eterno Padre, consentía en el martirio de su Madre santísima; y la Santísima Virgen María tenía que consentir y aceptar el martirio de Jesús, su Hijo inocente, para salvarnos a nosotros, los hijos de traición.

Pero Jesús la tenía muy cerquita, la miraba con inefable dulzura.

¡Cómo sería la última mirada que Nuestro Señor Jesucristo dirigió a su Madre queridísima! Cosas inefables, señores. Para caer de rodillas. Para callar. ¡Cómo la miraría!

Y le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo…», Y fijándose en Juan, el discípulo amado: «Ahí tienes a tu Madre».

Esta fue la tercera palabra, la tercera frase que pronunció Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, vamos a explicarla un poco.

El sentido literal, material, tal como suenan las palabras, era sencillamente éste: un buen hijo que está cumpliendo el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, que nos manda honrar al padre y a la madre. Sabía que iba a morir dentro de breves momentos, San José había muerto ya. La Santísima Virgen María no tenía a nadie en este mundo. Quedaba completamente sola. Y pensando en su Madre, pensando en el porvenir humano de su Madre, cumpliendo maravillosamente el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, pensando en Ella como buen Hijo, exclama: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

¿Por qué le dice «mujer» y no «madre»?.,. Ah, señores, qué maravilloso episodio. El Evangelio es divino, no sobra ni falta una sola palabra. ¿Por qué dijo mujer y no madre?

Dos son las interpretaciones principales que se pueden dar, y las dos son maravillosas.

En primer lugar, para no atormentarla más. ¡Madres que me escucháis, las que habéis perdido a un hijo en la flor de su juventud!

¿Recordáis? Cuando se os moría por momentos, cuando con los ojos moribundos os dijo por última vez: «¡Madre!», ¿os acordáis? ¡Cómo se os grabó en el alma aquella palabra, qué espina tan aguda! La tenéis todavía clavada en el corazón. La palabra «madre» en un hijo moribundo es como una puñalada, como una saeta que se clava en el corazón. Y Jesucristo, para no hacerla padecer más, para no atormentarla más con esa palabra tan dulce, tan tierna, tan delicada, para no destrozarle todavía más aquel corazón sangrante, renuncia a la dulzura de llamarla «Madre», y le dice: «¡Mujer!».

Pero, además, Cristo pronunció esa palabra para ciarnos a entender a todos que Ella era la «mujer».

En la mañana del Viernes Santo, Poncio Pilato. Procurador romano, sin saber lo que decía, pero cumpliendo los designios de Dios, señaló a Jesucristo: «Ecce homo»: ahí tenéis al hombre. ¡AI Hombre! Al prototipo de la humanidad noble, elevada, santa, sobrenatural. ¡Ahí tenéis al hombre; al prototipo del hombre!

Y Nuestro Señor Jesucristo, desde lo alto de la cruz, replica: ¡Ahí tenéis a la mujer! Al prototipo, al ideal más sublime de la mujer.

María era la mujer predestinada, la mujer por excelencia, anunciada ya en las primeras páginas del Génesis, el primer libro de la Sagrada Escritura. Al relatar la escena del paraíso terrenal, cuando Dios se dirige indignado a la serpiente infernal, que había seducido a nuestros primeros padres, le dice: «Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El linaje de la mujer aplastará tu cabeza y tú le pondrás asechanzas a su calcañal».

Era María la mujer anunciada en el libro del Génesis, en la aurora del mundo, en el primer día de la humanidad. ¡Ahí tenéis a la mujer!

«¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!». Juan será tu hijo. Él se encargará de tu sustento. Yo me voy a mi Padre, pero no te dejaré huérfana en el mundo. Juan se encargará de ti.

Y dirigiéndose con inefable ternura a Juan:

«Hijo, ahí tienes a tu Madre». Era como decirle:

¡Cuídamela bien…, cuídamela bien…, es mi Madre y también la tuya!

«¡Hijo, ahí tienes a tu Madre!».

¡Cómo la recibiría San Juan! Aquel joven apóstol, que ya la adoraba por ser la Madre de Jesús, cuando se sintió dueño de aquel tesoro que le había dejado en testamento su divino Maestro, ¡cómo la recibiría junto a su corazón de hijo! ¡Qué perla! ¡Qué joya le dejó Nuestro Señor en testamento al evangelista San Juan, a su discípulo amado, al discípulo virgen! La Madre Virgen, para el discípulo virgen. La pureza encomendada a la pureza.

¡Cómo recibiría San Juan a la Santísima Virgen María, cómo se la llevaría a su casa, con qué cariño la trataría! ¡Cómo la mimaría, con una ternura más que filial!

Son cosas inefables… En el cielo lo veremos todo, a mí no me cabe la menor duda. Porque si el pobre hombre, con su inteligencia tan limitada, ha sabido inventar una cosa tan magnífica como el cine sonoro, en tecnicolor y en relieve, que recoge maravillosamente la realidad y al cabo de un siglo se la puede volver a contemplar como si estuviera actualmente delante de nosotros, ¡qué cine sonoro, en tecnicolor y en relieve tendrán los ángeles en el cielo! Lo habrán recogido todo. ¡El cine, la película de Nuestro Señor Jesucristo, histórica, la misma, auténtica, la contemplaremos en el cielo!

Pero ¿qué digo? ¿Qué necesidad tendremos de cine cuando sabemos por la teología católica que la esencia divina es como una pantalla cinematográfica en la que se refleja todo cuanto sucede en el mundo, en el presente, en el pretérito y en el futuro? Allí, en los resplandores de la visión beatífica contemplaremos estas escenas sublimes y entonces caeremos de rodillas adorando estas cosas que ahora apenas podemos balbucir con nuestro torpe lenguaje humano. .

¡Como se la llevaría San Juan a su casa, cómo trataría a la Santísima Virgen Nuestra Señora!

Pero fijaos bien, este no es más que el primer sentido: el sentido literal, el sentido inmediato, podríamos decir, de esas palabras de Jesús. Pero todos los exégetas y teólogos católicos están perfectamente de acuerdo con los Santos Padres al decir que en estas palabras hay que ver, además de este sentido literal, un sentido típico, un sentido plenior, como decimos en exégesis católica. El sentido pleno de esta palabra tiene un alcance mucho más grande.

Un alcance universal, ecuménico, nos abarca absolutamente a todos. Todos los Santos Padres y expositores sagrados están perfectamente de acuerdo en decirnos que San Juan era en aquel momento el representante de toda la humanidad. Nos estaba representando a todos y a cada uno de nosotros. Y por eso, cuando Cristo Nuestro Señor dijo a San Juan: «¡Ahí tienes a tu Madre!», nos lo dijo a todos y a cada uno de nosotros en particular.

No es que Jesucristo en aquel momento constituyera Madre nuestra a la Virgen María. No, Jesucristo no constituyó a la Virgen Santísima Madre nuestra en la cumbre del Calvario. Ya lo era desde la casita de Nazaret. Porque la razón de ser de la maternidad espiritual de la Santísima Virgen María sobre nosotros no es el hecho de ser la Corredentora del mundo, sino el hecho de ser la Madre de Dios, la Madre del Verbo Encarnado. Ella es la Madre de la Cabeza del Cuerpo Místico. Está revelado por Dios, consta expresamente en la Sagrada Escritura. Cristo es la Cabeza de un Cuerpo Místico y todos nosotros somos sus miembros. Y como Ella es Madre de este organismo viviente, como la cabeza no puede ser arrancada y separada de los miembros, desde el momento en que es Madre física según la naturaleza de la Cabeza, tiene que ser también forzosamente Madre espiritual de todos los miembros que están espiritualmente unidos a esa Cabeza.

De manera que la maternidad de la Santísima Virgen María sobre todos nosotros arranca del hecho colosal de ser la Madre de Jesús. Si no fuera la Madre de Cristo-Cabeza, no sería la Madre de los miembros, que somos nosotros. Pero como es la Madre de la Cabeza, tiene que ser también la Madre de todos los miembros.

Madre física de la Cabeza y Madre espiritual de todos sus miembros porque somos efectivamente los miembros espirituales de Cristo.

¡Maravillosa teología! Jesucristo, en la cumbre del Calvario, no hizo más que promulgar solemnemente ante la faz del mundo la maternidad espiritual de María sobre nosotros. Pero no la hizo entonces Madre nuestra. Ya lo era desde la casita de Nazaret, o si queréis desde el portal de Belén, cuando alumbró al Hijo de Dios encarnado, y fue de una manera completa y total la auténtica Madre de Dios. Desde entonces es nuestra Madre espiritual. Aquí, en el Calvario, lo proclama solemnemente Cristo para que no olvidáramos nunca que es la Madre del dolor, la Madre Corredentora de todos los hijos de los hombres.

La Santísima Virgen María es nuestra Madre, Madre queridísima de todos nosotros.

¡Qué modelo de Madre la Santísima Virgen María!

Modelo de Madre para Jesús, su divino Hijo,. Yo me imagino muchas veces en mis ratos de recogimiento y meditación en mi celda monacal de San Esteban de Salamanca las escenas invernales que tuvieron lugar en la casita de Nazaret, cuando la Santísima Virgen María, nuestra dulcísima Madre, se reuniría junto al fuego con San José y el Niño Jesús. ¡Cuántas cosas se dirían! Una noche en la casita de Nazaret, ¡qué escena de cielo! Los ángeles estarían pendientes de aquel espectáculo divino. ¿Qué le diría la Virgen Santísima al Niño Jesús? ¿Qué le diría a Ella su Hijo Jesús a medida que se iba haciendo mayorcito, adolescente? ¿Cómo sería Nuestro Señor Jesucristo a los 18 años, a los 20 años? Sólo la Virgen gozó en silencio de su divino tesoro. La divinidad asomaba por sus divinos ojos y sólo María y José lo sabían, ¡Qué de cosas le diría Jesús a la Santísima Virgen para formar cada vez más, para modelar a su gusto el Corazón purísimo de la Reina y Soberana de los ángeles!

¡Misterios inefables, de que fue mudo testigo la casita de Nazaret! Y a su vez ¡qué de cosas le diría la Santísima Virgen al Niño Jesús cuando le besaba sus manecitas, cuando en el horizonte lejano entreveía ya la silueta trágica de la cruz!

La Santísima Virgen fue una mártir toda su vida. Pero, modelo incomparable de madres, supo respetar la voluntad de Dios sobre su Hijo. La predestinación de Cristo era la de ser el Redentor de la humanidad; y la Santísima Virgen María aceptó esta terrible predestinación y subió Ella misma a la cumbre del Calvario sin pronunciar una sola palabra de queja. No interpuso su corazón de Madre para impedir los dolores al divino Crucificado. Tenía que ser así. Lo había dispuesto Dios y María lo aceptó con inefable resignación.

¡Padres que me escucháis! Cuando Dios Nuestro Señor, en un alarde de infinita bondad y misericordia ponga sus ojos divinos sobre vuestra casa y escoja a vuestro hijo para sacerdote, o a vuestra hija para religiosa; cuando llame a vuestros hijos con esta, vocación soberana, la más alta que puede darse en este mundo, para escalar cumbres del sacerdocio católico, o ser esposa de Jesucristo en un convento de clausura o de vida activa, ¡padres que me escucháis!, respetad los designios de Dios. Y lejos de oponeros a su vocación, lo que sería un espantoso pecado, un verdadero crimen que clamaría venganza al cielo, caed de rodillas y dadle gracias a Dios por esta inefable misericordia que ha tenido sobre vosotros. Un hijo sacerdote, una hija religiosa, es lo más grande que puede ocurrirle a una familia cristiana. Respetad la vocación de vuestros hijos y caed de rodillas ante Dios en señal de gratitud y de amor.

Y respetad también los designios inescrutables del cielo cuando se lleve a vuestros hijos en la flor de su juventud. Una muerte temprana, ¡cómo llega al corazón de una madre! Cuando la muerte le arranca al hijo querido en la primavera de su vida, ¡qué inmenso dolor!… Pero, son misterios de Dios, señores. Hemos de caer de rodillas ante los misterios de Dios.

Esta misma mañana, sin ir más lejos, los periódicos de España han publicado una noticia que ha llegado al corazón de todos los españoles. Un jovencito español, en cuyas venas circulaba sangre real, ha visto tronchados sus quince abriles por un trágico accidente que le arrebató la vida momentos después de recibir la Sagrada Comunión en los Oficios del Jueves Santo. Yo me inclino con respeto ante su cadáver y, sobre todo, ante el corazón destrozado de su madre. Y aprovechando este milagro que tengo delante, la Radio Nacional de España, que lleva mi palabra a todos los rincones de la península, ruego a alguno de los miembros de la colonia española reunida en Estoril en torno a esa augusta familia entroncada con los destinos de España, les haga saber —para que les sirva de consuelo y lenitivo en su dolor— que en estos momentos tienen a su lado las oraciones, el respeto, el cariño y la simpatía de todos los buenos españoles.

Y vosotros todos, padres que me escucháis, los que habéis perdido un hijo en la flor de su juventud, ¡caed de rodillas ante Jesucristo crucificado y ante la Virgen María de los Dolores y unid vuestro dolor al suyo, santificándolo, elevándolo al plano sobrenatural! Adorad los designios de Dios,

Una anécdota final y termino. Fue en la gran guerra europea, la de 1914 a 1918. En un pequeño pueblecito francés, Góurcelette, se había dado una batalla campal. El campo quedó cubierto de cadáveres de los soldados de una compañía canadiense que luchó junto a los aliados. Los enteraron allí mismo, abriendo una zanja.

Terminada la guerra, el párroco de aquella pequeña localidad recibió una carta firmada por las madres de aquellos soldados canadienses que estaban allí enterrados. Poco más o menos la carta decía lo siguiente:

«Reverendo Sr. Cura: Somos las madres de los soldados canadienses que están enterrados junto a ese pueblecito. Los encomendamos a vuestras oraciones y a las señoras de Acción Católica» que por ser madres como nosotras comprenderán nuestro dolor. Solamente os pedimos una cosa, Sr. Cura: que arranquéis de los trigales que crecen sobre sus tumbas un manojo de espigas y nos las enviéis a nosotras.

Aquí las volveremos a sembrar, las reproduciremos todos los años; y con la harina que nos den, fabricaremos nosotras mismas el pan para la Eucaristía. De esta manera, cuando recibamos la Sagrada Comunión, recibiremos, a la vez, el sacrificio de nuestro Dios y el sacrificio de nuestros hijos. —Las madres de los soldados canadienses».

¡Qué hermosa, qué sublime manera de santificar el dolor!

¡Oh vosotros todos los que sufrís, arrodillaos a los pies de la Virgen de los Dolores! Esta tercera palabra de Jesús en la cruz nos recuerda que la Virgen es nuestra Madre. ¡Somos hijos de María, de la Reina y Soberana de los mártires! Unid vuestro dolor al dolor de la Virgen Santísima. Y, aunque sea a través del cristal de vuestras lágrimas, contemplad el cielo, invocad a la Virgen, y Ella calmará vuestro dolor.

Quiero daros a todos una consigna de vida eterna: ¡Rezad el Santo Rosario! Plegaria bellísima del hogar cristiano, del castizo hogar español. Que por desgracia vamos perdiendo las costumbres típicas del hogar español. Hay que restaurar la devoción del Rosario en familia. Una familia que todas las noches invoca a la Santísima Virgen y le dice cincuenta veces: «Ruega por nosotros pecadores, ahora…», ahora que tanto lo necesitamos, en medio de nuestras tribulaciones y de nuestras amarguras, de los asaltos del mundo, del demonio y de la carne, «¡ruega por nosotros ahora!», pero, sobre todo, «en la hora de la muerte», esa familia, digo, es imposible que se pierda. No se trata de la afirmación gratuita de un dominico exaltado, lleno de entusiasmo porque el Rosario arrancó del corazón de Santo Domingo de Guzmán. No se trata de eso. Se trata de la teología católica, que nos asegura que la gracia de la perseverancia final está vinculada infaliblemente a la oración perseverante. ¡Os lo aseguro terminantemente! Si rezáis el Rosario todos los días pidiéndole a la Virgen Santísima la gracia de la perseverancia final, si se la pedís cincuenta veces cada día en las Avemarías del Rosario, os aseguro terminantemente, no en nombre de la Orden dominicana, sino en nombre de la teología católica, que tenéis una garantía casi infalible de eterna salvación. La gracia de la perseverancia final está vinculada a la oración confiada, humilde y perseverante, y todas estas condiciones las realiza maravillosamente el Rosario. En honor de la Santísima Virgen Nuestra Señora, en este día del Viernes Santo, cuando Cristo en lo alto de la cruz nos acaba de recordar que es nuestra Madre queridísima, vamos a formular un propósito inquebrantable. ¡Españoles todos que me escucháis a través de estos micrófonos de Radio Nacional de España! ¡Todos de rodillas a los pies de Cristo crucificado! Y con todo el fervor y entusiasmo de nuestros corazones digámosle de verdad: para honrarte. Señor, en este día del Viernes Santo en que tanto padeciste por nosotros, te prometemos solemnemente que en nuestro hogar se rezará todos los días el Santo Rosario en honor de tu bendita Madre María, que es también la Madre queridísima de nuestro corazón.

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CUARTA PALABRA

«DIOS MIÓ, DIOS MIÓ, POR QUE ME HAS ABANDONADO» (MT. 27, 46)

Cerca de la hora de nona, o sea, cerca de las tres de la tarde. Nuestro Señor Jesucristo pronunció la cuarta palabra desde lo alto de la cruz. Las cuatro últimas palabras las pronunció en pocos instantes, en contados minutos, muy cerca ya de las tres, a punto de morir.

Dice el Evangelio que a partir de la hora de sexta, o sea, desde las doce de la mañana, cuando crucificaron a Jesús, densas tinieblas que se iban haciendo por momentos más espesas envolvieron la cumbre del Calvario, Diríase que el sol se ocultaba horrorizado para no presenciar el espantoso crimen del deicidio. Era también —si lo queremos ver así— un símbolo y una figura de la ceguera del corazón de aquellos judíos. Y Jesucristo Nuestro Señor, cerca ya de la hora de nona, lanzó este grito desgarrador: «Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado». Expresión que señala el momento culminante del martirio de Nuestro Señor en la cruz y que señala también uno de los arcanos más inescrutables del misterio de nuestra redención, ¿Qué significan esas palabras?

Tres son las principales soluciones desde el punto de vista teológico. PRIMERA SOLUCIÓN. Es muy fácil y muy sencilla. Jesucristo Nuestro Señor comenzó a recitar en voz alta él salmo 21, que empieza precisamente con estas palabras: «Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado», y continuó después recitando todo el salmo en voz baja.

La inmensa mayoría de los judíos sabían el salterio completo de memoria. Y en ese salmo, que es netamente mesiánico, el profeta, muchos siglos antes de que ocurriese la escena del Calvario, describe maravillosamente, como en una película anticipada, todo lo que estaba ocurriendo entonces.

En ese salmo se anuncian proféticamente los tormentos de Cristo clavado en la cruz:

«Todos los que pasan delante de mí se burlan y mueven sus cabezas y dicen: ¡Sálvele Dios, sálvele Yahvé, pues dice que le es grato..,» «Soy un gusano y no un hombre, soy el deshecho de la plebe, me desprecian todos». «Abren sus bocas contra mí, cual león rapaz y rugiente». «Tengo mi lengua pegada al paladar, me rodea una turba de facinerosos». «Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos». «Se han repartido mis vestiduras y echan suertes sobre mi túnica».

Señores, todo eso se estaba cumpliendo entonces al pie de la letra, en lo alto del Calvario. Todo estaba maravillosamente anunciado en el salmo mesiánico. Y Nuestro Señor Jesucristo, con infinita delicadeza, después de haber afirmado delante del pueblo y de los jefes de la Sinagoga que era Hijo de Dios, ahora en lo alto de la cruz va recitando lentamente el salmo 21 para decirles una vez más a los judíos: «¿Pero no veis que se está cumpliendo al pie de la letra todo lo que dice el salino de mí? Y fue recorriendo poco a poco todo el salmo mesiánico para que cayeran en la cuenta de que era Él el Redentor, el Mesías anunciado por los Profetas.

Una solución sencillísima que explica perfectamente el sentido misterioso de esas palabras.

Pero hay otra segunda todavía.

SEGUNDA SOLUCIÓN. Santo Tomás de Aquino, el príncipe de la

Teología católica, en ese maravilloso alcázar de la Teología que se llama la Suma Teológica, da una explicación también sencillísima, naturalísima, con sólo añadir una palabra a esa expresión misteriosa de Nuestro Señor en la cruz.

El sentido, según Santo Tomás de Aquino, sería el siguiente: «Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has abandonado en manos de mis enemigos?, ¿por qué has permitido que me claven en la cruz?» Nada más. No hay más misterios.

Y esto no lo diría Cristo en son de queja, sino sólo para que nosotros cayéramos en la cuenta de los sufrimientos inefables que estaba padeciendo en la cruz. Porque sería una espantosa blasfemia, una herejía monstruosa decir que Nuestro Señor Jesucristo, que tenía en sus manos el poder de Dios, hizo un milagro para no sufrir sus propios tormentos, y estaba representando una comedia y una farsa en lo alto de la cruz. Esto sería una espantosa y satánica blasfemia.

Nuestro Señor Jesucristo sufrió con una sinceridad enorme. Hizo milagros inmensos para socorrer las necesidades de los demás, pero jamás hizo un solo milagro en beneficio propio. Estaba sufriendo un tormento espantoso y una terrible tortura; y en prueba de ello y para que no nos cupiere la menor duda, lanzó esta dolorosa exclamación:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has entregado en manos de mis verdugos que me atormenta de esta manera?».

Este sería el sentido, según Santo Tomás de Aquino. TERCERA SOLUCIÓN. Pero hay otra tercera solución, profundamente teológica, que voy a exponer a continuación. No sabemos cuál de las tres soluciones es la verdadera. Cualquiera de las tres podría serlo, ya que todas ellas resuelven perfectamente el problema. Pero acaso la más profunda, la de más envergadura teológica, es la tercera que os voy a explicar.

Es dogma de fe católica, como todos sabemos, que Nuestro Señor Jesucristo quiso salir, voluntariamente, fiador y responsable ante su Eterno Padre por todos los pecados del mundo.

El fiador, cuando da su firma como garantía de una persona de quien sale responsable no debe nada a nadie. Pero si aquel a quien respalda con su firma resulta insolvente, tiene que pagar la deuda ajena. Tiene que pagarla él, porque ha salido fiador, ha dado su firma.

Este es el caso de Nuestro Señor Jesucristo. La humanidad era insolvente ante la justicia infinita de Dios. Habíamos cometido un crimen de lesa majestad divina. Y, al menos en razón de la distancia infinita que hay de nosotros a Dios, no podíamos rellenar aquel abismo insondable que el pecado había abierto entre Dios y los hombres. La humanidad entera, puesta de rodillas, era insuficiente para salvar aquel abismo. Éramos insolventes. No podíamos rescatarnos a nosotros mismos de las garras del infierno. Pero Nuestro Señor Jesucristo, al juntar bajo una sola personalidad divina las dos naturalezas, divina y humana, en cuanto hombre podía representarnos a todos nosotros, y en cuanto Dios sus actos tenían un valor infinito. Únicamente Él podía rellenar aquel abismo insondable con una superabundancia infinita.

Cristo salió voluntariamente fiador de la humanidad caída. Y el Eterno Padre, viendo a su divino Hijo, que personalmente era la inocencia misma y la santidad infinita, pero que quiso revestirse voluntariamente de la lepra y los harapos del hombre pecador, descargó sobre Él el peso infinito de su justicia vindicativa. Y, no en cuanto Hijo de Dios, porque esto sería contradictorio —Dios no puede abandonar a Dios—; ni siquiera en cuanto hombre, ya que la humanidad de Cristo está hipostáticamente unida a la divinidad del Verbo formando una sola persona con Él, y, aún en cuanto hombre. Cristo posee una santidad infinita; si no única y exclusivamente en cuanto representante de toda la humanidad pecadora, en cuanto revestido de la lepra de todos nuestros pecados, la justicia infinita se descargó con fiero ímpetu sobre Él y le hizo experimentar el espantoso desamparo que merecía, no Cristo, sino toda la humanidad pecadora. Y entonces fue cuando lanzó aquel grito desgarrador: «¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!».

Fijaos bien. No dice Padre mío, como dijo en la primera palabra y como dirá inmediatamente después en la séptima. No dice «Padre», sino «Dios mío». No habla ahora en plan de hijo. Ahora habla en plan de pecador, de representante de todos los pecadores del mundo. Y por eso no emplea el dulce nombre de Padre, sino una expresión llena de respeto y adoración: «Dios mío».

Ahí tenéis la tercera solución, profundamente teológica, de esta misteriosa palabra»

*   *   *

¡Pecador que me escuchas! Esta cuarta palabra de Jesucristo en la cruz encierra profundas enseñanzas para todos los que somos pecadores.

Reflexionemos unos instantes. En todo pecado pueden distinguirse dos aspectos: lo que llamamos en teología conversión a las criaturas, es decir, el abrazarse con un placer ilícito, prohibido por Dios; y lo que llamamos la aversión a Dios, el separarse de Dios voluntariamente, al conculcar a sabiendas su divina Ley.

Dos aspectos: un placer prohibido, que es lo que busca el pecador alucinado, al creer atolondradamente que encontrará en él la felicidad que ansia; y este apartarse de Dios, que es una consecuencia inevitable de esa tremenda equivocación.

Jesucristo tuvo que expiar en lo alto de la cruz estos dos aspectos del pecado. Y por los placeres ilícitos que se han permitido y se permitirán los hombres contra la Ley de Dios, tuvo que experimentar dolores inefables, infinitamente superiores a todos los que han sufrido en este mundo los hombres más desgraciados. El que más ha sufrido en este mundo fue, sin duda alguna, Nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios sabe hacer maravillosamente las cosas y cuando intenta algún fin sabe disponer los mejores medios para conseguir ese fin. Y como dispuso que Nuestro Señor Jesucristo redimiese al mundo desde lo alto de la cruz, le dotó de una sensibilidad exquisita para el dolor, incomparablemente más aguda que la de todos los hijos de los hombres. De manera que Nuestro Señor Jesucristo, para expiar los placeres de los hombres, tuvo que sufrir dolores inefables, tormentos de los cuales no podemos nosotros formarnos la menor idea.

Pero además tenía que expiar también la aversión a Dios, segundo y principal aspecto del pecado. El pecador, al pecar, se separa, esto es, abandona voluntariamente a Dios. Es muy justo y equitativo que cuando suene la hora de la justicia estricta. Dios se separe o abandone al pecador. He ahí el espantoso tormento que tuvo que sufrir Jesucristo en cuanto representante de toda la humanidad pecadora.

¡Pecador que me escuchas! Cuando te entregas al pecado ¡cómo ríes, cómo gozas, cómo te diviertes, con qué refinamiento saboreas aquel placer pecaminoso! Pero no te das cuenta de que te has apartado de Dios, de que te has quedado huérfano, de que te acabas de jugar un tesoro rigurosamente infinito. ¡Ah!, si te arrepientes de todo corazón en seguida, todavía estás a tiempo de obtener el perdón de Dios; pero si la muerte te sorprende en medio de tus orgías y placeres… ¡la que te espera para toda la eternidad!

Señores, en una ciudad no muy grande de España —me lo contaba hace poco un médico que tuvo que intervenir personalmente en este asunto— han ocurrido recientemente dos casos de fallecimiento repentino, instantáneo, por rotura del ventrículo del corazón, en una casa de mala nota, en el momento mismo de entregarse al pecado.

Aquellos infelices se disponían a gozar de espaldas a Dios y… ¡cadáver! Dos casos: rotura de ventrículo del corazón, muerte instantánea. ¡Desgraciados! Saborearon un momento de placer en este mundo y descendieron inmediatamente al infierno para sufrir allí el castigo de los dos aspectos del pecado: separación de Dios y tormentos espantosos para toda la eternidad.

Importa muy poco, señores, la carcajada del incrédulo:

—«¡Yo no creo en el infierno!».

¡Qué más da que no creas! Si tú no crees en el infierno pero el infierno existe, ¿dejará de existir, acaso, porque tú te empeñes en decir que no? Fíjate bien: es Cristo, que es la suma Verdad, es Cristo que está pronunciando el sermón de las Siete Palabras quien nos ha dicho catorce veces en el Evangelio que el infierno existe y hay en él un fuego cuya verdadera naturaleza todavía no han podido precisar los teólogos, pero se trata ciertamente de un fuego real, no metafórico, ni simbólico. No es una idea, no es una semejanza imaginativa que se forma en la inteligencia o imaginación del condenado. Es un fuego real, un tormento físico que atormenta ya desde ahora las almas de los condenados de una manera misteriosa y atormentará también sus cuerpos después de la resurrección de la carne.

«¡No lo creo!».

¡Qué más da! A pesar de tus burlas existe el infierno y en castigo de los placeres de los pecados cometidos en este mundo hay allí un fuego real, no metafórico, que atormentará a los condenados para toda la eternidad.

Pero esto, en fin de cuentas, sería lo de menos. Lo verdaderamente espantoso del infierno no es el primer aspecto, sino el segundo; es el desamparo de Dios, es aquel grito horrísono que lanzan las almas cuando caen en el infierno: «¡Maldición! ¡Me he equivocado!

¡Separado de Dios para toda la eternidad!».

Ya oigo otra vez la carcajada del incrédulo: «¡Ah! ¿De manera que lo peor en el infierno es estar separado de Dios? Pues entonces ya no tengo inconveniente en condenarme; porque en este mundo he prescindido de Dios y no me ha hecho falta para nada, absolutamente para nada. Tampoco me hará falta en el infierno».

¡Desgraciado! No sabes lo que dices. Mira: te gusta la belleza, ¿verdad? Por eso pecas tanto, sobre todo cuando se te presenta en forma de mujer….

¿Te gusta el dinero, verdad? Por eso robas tanto, porque hay muchas maneras de robar sin que nadie se dé cuenta y sin perder la fama de hombre honrado.

Te gustaría el aplauso, la gloria, que hablasen de ti los periódicos, salir en la pantalla cinematográfica como hombre famoso, como una figura mundial, ¿no es verdad?

Pues óyeme: a la hora de la muerte, cuando pierdas de vista las cosas de este mundo y ante los ojos atónitos de tu alma aparezcan los panoramas infinitos del más allá, contemplarás delante de ti un mar inmenso, sin fondo ni riberas. Y verás clarísimamente que allí está concentrado, en grado supremo e infinito, todo cuanto hay de belleza y de gloria y de riqueza, y de placer y de honores y de aplausos…

Todo cuanto podría saciarte plenamente, exhaustivamente, el corazón. Y cuando con una sed de perro rabioso trates de arrojarte a aquel estanque de placeres, a aquel océano de alegrías inenarrables que te harían infinitamente feliz, sentirás una mano vigorosa que te lo impide, al mismo tiempo que te dice: «¡Apártate de Mí, maldito!

¡Al fuego eterno!». Y entonces lanzarás un grito horrísono: «¡Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado!». Pero entonces, por desgracia, será ya demasiado tarde.

Fíjate bien, infeliz. Ahora te basta caer de rodillas como el buen ladrón y decirle: ¡Señor, perdóname! Pero como la muerte te sorprenda en tu soberbia y obstinación, si te mueres aferrado a tu pecado, aunque hayas sido el hombre más famoso del mundo —es inútil que te rías— ¡descenderás al infierno para toda la eternidad!

* * *

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Gracias, Jesús mío. Gracias por haber pronunciado esa palabra. Gracias por haber padecido por mí ese tormento espantoso de tu desamparo. Si no lo hubieras sufrido tú, si tú no hubieras sentido el desamparo de tu Eterno Padre, hubiera tenido que sentirlo yo eternamente en el infierno. ¡Muchas gracias, Jesús mío! Te agradezco en el alma esta cuarta palabra. Has querido sufrir tú este desamparo para que no quede yo desamparado para toda la eternidad.

Y ahora, a los pies de este maravilloso crucifijo, de esta escultura de Alonso de Mena que está representando precisamente la cuarta palabra; en esta Iglesia parroquial de San José, de Madrid, ante el Santísimo Cristo del Desamparo, en el que un gran artista español ha sabido plasmar una maravillosa expresión de dolor, te suplico, Jesús mío, para mí y para todos mis oyentes, que no nos desampares durante la vida, y sobre todo a la hora de la muerte. ¡No nos desampares a la hora de la muerte! Olvídate, Señor, de mis pecados, Y en virtud de la amargura infinita de tu desamparo… ¡Señor!… a la hora de mi muerte llámame y mándame ir a Ti para que con tus ángeles y santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.

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QUINTA PALABRA «TENGO SED» (JN. 19, 26)

Momentos después de pronunciar el divino Mártir del Calvario su cuarta palabra, desgarradora, abrió de nuevo sus labios divinos para decir: «Tengo sed».

Era muy natural. Cuando se pierde la sangre —¡qué bien lo saben los soldados que caen en el campo de batalla!—, cuando se pierde sangre se experimenta en seguida el tormento de la sed. El agua, que forma parte de la célula en proporción del sesenta al setenta por ciento, cuando se pierde sangre pasa por osmosis al torrente circulatorio para hidratar el plasma sanguíneo. Esto produce, naturalmente, la deshidratación de los tejidos y en seguida se experimenta el fenómeno cenestésico de la sed. Tienen mucha sed los heridos al perder la sangre.

Era muy natural que Jesucristo tuviera una sed ardiente. Sed de agua, sed fisiológica. El sudor de sangre en Getsemaní, las terribles torturas y la pérdida de sangre de la flagelación, de la coronación de espinas, de la cruz a cuestas y de la crucifixión. En lo alto de la cruz iba perdiendo gota a gota la sangre divina de sus venas.

Probablemente hacia las tres de la tarde, tanto Nuestro Señor Jesucristo como los dos ladrones que estaban crucificados, el uno a su derecha y el otro a su izquierda, tenían cuarenta grados de fiebre. Sed ardiente, ¡Un poquito de agua, tengo sed!

¡Pobre Jesús! Nadie le socorrerá. Tendrá que morir de sed. No tendrá una cariñosa monjita enfermera que le refresque los labios ardientes en aquellos últimos momentos.

Delante de Él tenía a la Virgen Santísima, pero la pobrecita no podía hacer absolutamente nada.

Al pajarillo no le falta nunca un charquito de agua donde apagar su sed. Hasta la florecilla en primavera, por la mañana, recibe la caricia fresca de una gotita de rocío. Pero Nuestro Señor Jesucristo, el Creador del mundo, el que había creado aquellos ríos del paraíso terrenal, el que mandó a Moisés herir con su vara una roca de la que brotó una fuente de agua clara y cristalina, no tendrá ni una sola gota de agua donde apagar su ardiente sed. ¡Se morirá de sed!

Uno de aquellos soldados, al escuchar esta palabra, mojó una esponja en el jarro de posea —era la bebida que tenían ellos para refrescarse: un poco de agua mezclada con vinagre, nada más— y la acercó con su lanza a la boca del divino Mártir debió aumentarle todavía más su sed. Pero lo gustó un poquito, con finura, con agradecimiento…

Jesucristo tenía una sed inmensa de agua natural. Pero Él, el divino Mártir, el divino Paciente, que no se quejó absolutamente de nada en medio de aquellos tormentos inefables de la flagelación, de la coronación de espinas y de la crucifixión; Jesucristo, que no abrió sus labios para musitar una sola queja, no se hubiera quejado tampoco de la sed material si no hubiera querido decirnos algo misterioso si detrás de ese sentido literal no hubiera un sentido figurado, un sentido alegórico, para decirnos algo más alto y más sublime todavía, con ser tan santa y adorable la sed material de Nuestro Señor Jesucristo.

Toda la tradición católica está de acuerdo en decirnos que, además de la sed material, tenía una sed espiritual verdaderamente devoradora. Nuestro Señor Jesucristo, en esta palabra, alargando su mano de mendigo, nos pedía un poquito de amor, un poquito de correspondencia a su infinita generosidad. En esta palabra se nos presenta como divino mendigo del amor del pobre corazón humano. Jesucristo, desde lo alto de la cruz, estaba contemplando el panorama de toda la humanidad. En virtud de su ciencia divina, para Él no había pretérito ni futuro, sino un presente siempre actual. Con su ciencia divina nos tenía presentes a todos, a cada uno en

 

particular. Y veía claramente las almas consoladoras de su divino Corazón, las que apagarían su sed ardiente, las que se entregarían a Él como almas víctimas para que pudiera triturarlas, para que pudiera destrozarlas y de esa manera asociarlas al misterio redentor y salvarle muchas almas.

¡Cuántas monjitas de clausura, cuántas almas grandes entregadas totalmente a Dios y sufriendo con la sonrisa en los labios persecuciones, calumnias, enfermedades, maledicencias, incomprensiones de todas clases, dolores y tormentos inefables! Son las almas víctimas, las almas consoladoras del Corazón de Cristo.

Veía a Teresa de Jesús en éxtasis, a Santa Catalina de Sena con las llagas en los pies, en las manos y en ej cora?,ón. Veía a San Pablo con aquel ímpetu apostólico que arrolló al mundo entero. Veía a todos los apóstoles a través de todos los siglos. Veía a las almas consoladoras de su Corazón, las que le daban un poquito de agua y le consolaban en su amargura. Pero veía también a tantos millones de almas seducidas por el mundo, el demonio y la carne corriendo desenfrenadamente tras los placeres de este mundo, charquitos sucios de aguas pestilentes que no sacian el corazón humano sino que le aumentan más y más su hambre devoradora de felicidad,

¡Pobres hombres! El hombre es un sediento de felicidad. Cristo veía a todos los hombres del mundo que han sido, son y serán hasta el fin de los siglos. Nos veía individualmente a todos.

Y a pesar de las diferencias de raza, clima, época y educación, en todos veía un denominador común, un fondo común en nuestras almas: un hambre y una sed devoradora de felicidad.

El hombre es un sediento de felicidad. ¡Nos la ha puesto el mismo Dios en el corazón! Somos sedientos de felicidad, Pero ¡cuánta gente, en qué proporción tan aterradora, equivoca el camino y va a beber esa felicidad en los charcos sucios del mundo, del demonio y de la carne!

Y lejos de apagarla sienten que les quema las entrañas una sed

 

inextinguible, cada vez más devoradora.

Pecador que me escuchas. ¡Pobrecito! ¿Pero no lo sabes por experiencia? Aquella noche el barrio chino, cuando lanzabas aquellas carcajaditas de enano en medio de aquella orgía, parecía que eras feliz, parecía que eras dichoso, parecía que habías encontrado la suprema felicidad. ¡Pobrecito! Y después encontraste que aquello era un charco sucio, que no te llenó el corazón. El corazón lo tenías vacío y después se te llenó de remordimientos, y

¡pobre de ti si no llegaste a sentir los remordimientos!

¡Pobre hombre sediento de felicidad! Buscando siempre apagar la sed que te devora y no lográndolo casi nunca, porque casi siempre equivocas el verdadero camino que conduce a ella.

Los verdaderos amantes del Corazón de Jesús: ¡esos sí que aciertan! Van a buscar el agua de la felicidad en la fuente limpia y cristalina de donde brota, que es el Corazón de Cristo: ¡éstos sí que aciertan!

Porque solamente en Dios está la verdadera felicidad, y esto lo enseña la simple filosofía, señores. Es una tesis de ética, de filosofía natural, de moral natural: puede demostrarse como dos y dos son cuatro. Porque el hombre no quiere ser feliz una temporada, no se resigna a serlo por un plazo más o menos largo; quiere ser feliz para siempre; y no de una manera relativa y hasta cierto punto, sino de una manera total y sanativa. ¡Ah!, ¿de manera que aspira en su corazón a una felicidad total, saciativa y para siempre? Pues esto es imposible encontrarlo en las criaturas, que son de suyo imperfectas, limitadas y caducas; esto solamente se encuentra en Dios. Y no en el tiempo, sino en la eternidad. Lo enseña hasta la simple filosofía.

Pero la inmensa mayoría de los hombres no lo entienden y corren con desenfreno detrás del mundo, del demonio y de la carne.

¡Pobrecitos! No saben lo que hacen. Han equivocado el camino, Son sedientos de Dios, sin saberlo ni sospecharlo.

Venid a Jesucristo todos los sedientos de felicidad. Venid a aquél

que dijo un día, paseando en el pórtico del templo de Jerusalén; «Si

 

alguien tiene sed, venga a Mí y beba». Venid a aquél que en una mañana de primavera, cuando, sudoroso y cansado por el largo caminar se sentó sobre el brocal del pozo de Jacob, le dijo a la mujer samaritana: « Mujer, dame de beber». Y cuando la mujer le dice:

«¿Pero cómo tú siendo judío me pides de beber a mí, que soy mujer

samaritana? ¿No sabes que entre samaritanos y judíos no hay trato alguno?» Cristo le responde: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide a ti agua para beber, tú se la pedirías a Él y Él te daría un agua limpia y cristalina que salta hasta la vida eterna».

¡Pobre hombre sediento de felicidad! Ven a Jesucristo, que Él te dará ese agua limpia que tú buscas, hasta la plena saciedad de tu corazón.

¡No serás feliz en otra parte, es inútil que lo intentes!

Tú, el marido infiel que a espaldas de tu legítima mujer le tienes puesto un piso a aquella mujer infame, ¡no eres feliz, ni lo serás nunca hasta que rompas con esa amistad criminal! El remordimiento te corroe las entrañas… ¡No eres feliz!…

Y lo mismo tengo que decirle a cualquiera que pretenda ser dichoso lejos de Cristo por los caminos del pecado. ¡No serás feliz!

Venid a Cristo todos los sedientos de felicidad.

¡Ah!, pero para que Cristo nos sacie esa sed devoradora de felicidad que atormenta nuestro propio corazón, es preciso que le demos nosotros a Él un poquito de agua para apagar su sed. Porque Cristo tiene sed de agua, pero sobre todo tiene sed de amor y nos pide a cada uno de nosotros una limosna caliente, la limosna de nuestro corazón: «Dame, hijo mío, tu corazón». A cambio de la felicidad Cristo nos pide nuestro amor.

¡Muchacho que me escuchas! ¡Pobrecito! Cristo te pide un poquito de agua. Cuando tus pasiones rujan, cuando tu sangre juvenil te esté hirviendo en las venas, cuando te parezca que ya no puedes más,

¡fíjate en el Crucifijo! Fíjate cómo te está diciendo, ¡te lo está diciendo a ti!: «¡Dame un poquito de agua, que tengo mucha sed!

¡Un poquito de pureza!… ¡Sé valiente, sé hombre!». Y aunque tus

 

pasiones rujan, ¡un poquito de agua para Jesús, que te la pide desde lo alto de la cruz!

Y tú, pobre muchacha, óyeme bien, que no voy a echar rayos y centellas contra ti. Estamos en la noche del Viernes Santo, en la noche del perdón y la misericordia, no te voy a tratar con dureza. Esta noche te voy a hablar con dulzura. Óyeme, pobrecita. La que vas elegantísimamente desnuda al baile, la que eres la reina de la fiesta. Todo el mundo te mira, todo el mundo habla de ti, ¡qué hermosa, qué bella! Todo el mundo te aplaude, sales en los periódicos, eres una estrella de la pantalla cinematográfica.

¡Pobrecita! ¡Si eres menos mala de lo que pareces! Eres una pobre

criatura equivocada. Te parece que en todo eso encontrarás el agua de la felicidad y, naturalmente, te lanzas como loca en pos de ella.

 

¿Pero no sabes por experiencia que no encuentras jamás la verdadera felicidad? Óyeme. Jesús te pide un poquito de agua de pureza y de amor y é1 te dará con divina sobreabundancia el agua limpia y cristalina de la verdadera felicidad… ¡Rompe para siempre esos trajes provocativos! ¡Acaba para siempre con tu vida de escándalos y de pecados! ¡Mira que andas por el mundo con una pistola asesinando almas, que es mucho más grave que asesinar los cuerpos!

¡Pobrecita! ¡Un poquito de agua! Jesús te lo pide desde la cruz. Y te va en ello tu propia y verdadera felicidad.

Y tú, padre de familia, el que tasas la natalidad porque no quieres tantos hijos, porque te resultan demasiado incómodos; tú, que estás pisoteando la Ley de Dios sin escrúpulo ni remordimiento. Mira que eso no se puede hacer; mira que por querer pasar unos pocos años de vida que te quedan en este mundo un poquitín menos incómodo sin tantos hijos, te vas a condenar después para toda la eternidad.

¡Todavía estás a tiempo! Estás haciendo un mal negocio. ¡Dale

un poquito de agua a Jesús, que. te lo pide desde la cruz! Cumple tus deberes de esposo, tus deberes de padre, cueste lo que cueste,

 

aunque te resulte duro; te lo pide Jesús desde lo alto de la cruz. Y tú, comerciante, industrial, hombre de negocios, que estás ganando demasiado dinero y demasiado aprisa, conculcando los fueros de la justicia y de la honradez. Fíjate bien: restitución o condenación. A la hora de la muerte ¡qué amargura si te has

enriquecido demasiado, si tienes muchos millones que tú no vas a disfrutar, pero que pesan sobre tu conciencia como un peso horrible por haberlos adquirido injustamente! Estás a tiempo todavía.

¡Restituye, restituye sin excusas absurdas! A tiempo estás todavía de salvar tu alma y de darle un poquito de agua a Jesús, que te la pide para hacerte feliz eternamente.

Y tú, rico, aunque tus riquezas sean legítimas y nada te remuerda la conciencia. Acuérdate de que un vaso de agua fría dado en nombre de Cristo no quedará sin recompensa. La limosna generosa y espléndida. ¡Acuérdate de los pobres, que son los predilectos de Jesús! Hay muchos ricos que se afanan en hacerse millonarios en este mundo para setenta u ochenta años, y no se dan cuenta de que pudieran ser millonarios y banqueros para toda la eternidad con la limosna generosa y espléndida. ¡Pon dinero a rédito en los bancos del cielo, entregándoselo a los pobres, y de esta manera darás un poquito de agua a Jesús moribundo y Él te dará la vida eterna!

Y tú, gobernante: justicia y caridad, rectitud intachable, cumplimiento de las leyes —tú el primero, delante con el ejemplo— y exactitud en hacerlas cumplir a los demás. ¡Que tienes obligación, que Dios te pedirá cuenta! Dentro de unos años, quizá de pocos días, vas a comparecer delante de Él con las manos vacías por no haberte inspirado en los principios cristianos ni haberlos inculcado a tus súbditos, a tus subordinados. ¡Autoridades!, cumplimiento íntegro de la Ley de Dios. De esta manera daréis un poquito de agua a Jesús, que os la pide desde su cruz. Y vosotros, obreros, los predilectos de Cristo. Pobres obreros, ¡cómo os han engañado! ¡Cómo os han engañado haciéndoos creer que Cristo es vuestro enemigo, que la

 

Iglesia es enemiga del obrero! Señores, Cristo, el obrero de Nazaret, el que tenía, no las manos finas del señorito, sino las manos ásperas del trabajador manual; el carpintero de Nazaret, el que predicó el amor a la pobreza, el que llamó bienaventurados a los pobres, a los desgraciados, a los perseguidos en este mundo. ¡Cristo enemigo de los obreros! Es ya el colmo de la desvergüenza y del cinismo en la calumnia. Y si se os dice que no es Cristo sino la Iglesia la enemiga del obrero, escuchad la doctrina social de la Iglesia: participación en los beneficios de la Empresa, salario familiar, trato humano, de verdaderos hermanos los unos con los otros, los patronos con sus obreros y los obreros con su patronos. Esta es la magnífica doctrina de Cristo, la doctrina social de la Iglesia. ¡Cómo te han engañado, pobre obrero! Te han hecho creer que la Iglesia tenía la culpa de todo. ¡Te han engañado, te han envenenado!… Pobrecito obrero, Cristo, desde lo alto de la cruz, te pide un poquito de agua. ¡Vuélvete a Cristo, que serás recibido con los brazos abiertos, que eres el predilecto de su Corazón! Obrero, ¡vuélvete a Jesús en esta noche del Viernes Santo! Te está pidiendo un poquito de agua; y a cambio de ella te promete y te dará la verdadera felicidad.

Y nosotros, los sacerdotes de Cristo: espíritu de sacrificio, espíritu de abnegación. Lancémonos con todas nuestras fuerzas a la conquista de las almas para que vayan al cielo, para que nadie se condene. Aunque tengamos que dejar jirones de nuestro propia vida en cada una .de nuestras empresas apostólicas, aunque tengamos que morir prematuramente. ¡De día y de noche, como el buen pastor, en busca de las ovejas extraviadas !

Y a todos los que me escucháis, sacerdotes o seglares, hombres o mujeres, ricos o pobres, jóvenes o ancianos, a todos, en nombre del divino Mártir, os pido una limosna: ¡Agua! ¡Un poquito de agua para Jesús, que se nos muere de sed!

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SEXTA PALABRA

«TODO SE HA CONSUMADO, TODO ESTA CUMPLIDO» (JN. 19, 30)

 

Instantes después de pronunciar su quinta palabra, el divino Crucificado pronunció la sexta: «Todo se ha consumado, todo está cumplido».

Con su ciencia divina, y hasta con su ciencia humana, fue

recorriendo todo el conjunto de las profecías del Antiguo Testamento y vio que estaba todo maravillosamente cumplido. No faltaba ni un solo detalle.

E1 Profeta Isaías había profetizado que nacería de una Madre

Virgen. Y delante de Él estaba la Santísima Virgen María, la Inmaculada, la Reina y Soberana de las vírgenes.

El Profeta Miqueas había dicho que nacería en Belén de Judá. Y en

Belén de Judá, en el portal de Belén, nació el Niño Jesús.

En el salmo 71 estaba profetizado que los Reyes vendrían a adorarle:

«Reges Tharsis et insulae munera offerent…» y los Reyes Magos se presentaron en Belén y le adoraron y le hicieron presentes de oro, incienso y mirra como estaba profetizado en el salmo.

El Profeta Oseas anunció que el Mesías vendría de Egipto. Y estalla la persecución de Herodes y el Niño Jesús tiene que huir a Egipto, y la profecía que se cumple al píe de la letra, como estaba anunciada.

«Y será llamado Nazareno», Y los primeros 30 años de su vida los vivió Jesucristo en la casita de Nazaret: «Será llamado Nazareno».

«Y saldrá la voz del que clama en el desierto y le preparará los caminos». Y el Precursor, Juan el Bautista, se presentó delante de todo el pueblo diciendo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor». Al pie de la letra. Se había

 

cumplido.

Estaba profetizado que entraría triunfante en Jerusalén sobre un pobre borriquillo. Y cinco días antes, el domingo de Ramos, entró triunfante en Jerusalén, sobre un pobre borriquillo.

Estaba profetizado que sería vendido por treinta monedas de plata. Y

en el pavimento del templo estaban todavía las treinta monedas de plata, precio sacrílego de la traición, arrojadas por el traidor Judas, Estaba profetizado en el salmo 21 que se burlarían de Él: lo acababa de recordar el mismo Jesucristo: «Mueven sus cabezas en son de burla… ¡Sálvele Yahvé, puesto que dice que le es grato!… Mi lengua está pegada al paladar… Han taladrado mis manos y mis pies y se puede contar todos mis huesos… Se han repartido mis vestidos y echan suertes sobre mi túnica». Todo se había cumplido al pie de la letra.

Faltaba un detalle. El salmo 68 dice expresamente: «Y en mi sed me dieron a beber vinagre». Y en aquel momento, el soldado, con la lanza, le daba a beber vinagre.

Y Cristo, recorriendo todas las profecías del Antiguo Testamento y

viendo que se habían cumplido maravillosamente todas en Él, lanzó un grito de profunda, de íntima y entrañable satisfacción: «¡Todo está consumado, todo está cumplido!».

Es el grito del triunfador que se cubre con el laurel de la victoria. Ahí está. Lleno de heridas, pero de gloriosas heridas, ¡Ha triunfado!

¡Consummatum est: Todo está cumplido!

O si queréis, y esto es más santo, más religioso y más elevado todavía. Más que el capitán que termina victorioso la batalla, es el sacerdote que después de celebrar la Santa Misa se dirige al pueblo y dice: ¡Ite Misa est!: ya podéis marcharos, la Misa está acabada,

¡Con qué íntima alegría se diría Jesucristo a Sí mismo en el fondo de su Corazón: «¡Iglesia santa!, ya te siento latir dentro de Mí como las madres sienten latir a sus hijos momentos antes del alumbramiento. Ya te siento. Iglesia santa, dentro de mí. Dentro de breves momentos

 

la lanza del soldado atravesará mi divino Corazón y brotará la Iglesia con sus siete sacramentos. Ya tengo salvado al mundo, ya he redimido a la humanidad. ¡Consummatum est! lo he cumplido todo! Es el grito de triunfo del que se ciñe, vuelvo a repetir, con el laurel de la victoria.

*    *    *

Jesucristo: te costó mucho. ¡Te costó mucho! Naciste como un gitano (¡perdóname, Señor!), naciste como un gitano en el Portal de Belén. Tuviste que huir como un facineroso a Egipto. Trabajo duro de carpintero durante treinta años. Y durante los tres años de tu vida apostólica, de tu vida pública, no tenías donde reclinar tu cabeza, Y te insultaron y te blasfemaron: «¡Si éste lanza los demonios en virtud de Belcebú, si es un endemoniado y un samarítano, no le hagáis caso!..,» Y luego lo de anoche: aquel sudor de sangre; y lo de esta mañana: la flagelación y la coronación de espinas y la cruz a cuestas y la crucifixión. ¡Te ha costado mucho, Jesucristo, pero has triunfado! Te felicito con toda mi alma. ¡Has triunfado! Te costó; pero lo cumpliste todo hasta el último detalle. Y ahora puedes lanzar satisfecho tu grito de triunfo: «¡Todo se ha consumado, todo está cumplido!».

* * *

Amadísimos de mi alma: todo pasa. ¡Todo pasa!… La belleza, el esplendor, las joyas, el triunfo, las alegrías, los placeres mundanales…

 

¡Todo pasa! Pero también el sufrimiento, y el hambre, y la sed y la amargura y las persecuciones y las calumnias. ¡Pasarán también!

Tú que ríes, que gozas, que bailas, que te diviertes en contra de

Cristo. ¡Pobre de ti! Porque todo eso pasará, pero quedarán sus consecuencias.

Y tú que sufres en la cama de un hospital, tú que soportas en silencio

por amor a Dios las injurias de los hombres, las calumnias, i a

 

persecución, el hambre, la desnudez… ¡feliz y dichoso de ti!, porque todo eso pasará, pero el mérito de tu paciencia y resignación perdurará eternamente.

A la hora de la muerte todos lanzaremos nuestro consummatum est.

¡Ah!, pero qué distinto el consummatum est del pecador, del

consummatum est del justo.

El pecador: «Pasaron para siempre mis deleites; y ahora el infierno para toda la eternidad».

El justo; «Pasaron mis tormentos, mis dolores y amarguras; y ahora el esplendor de! cielo para siempre, para toda la eternidad».

Estáis a tiempo todavía, pecadores que me escucháis, estáis a tiempo

todavía. No es un pobre hombre el que os lo dice, es Cristo Nuestro Señor desde lo alto de la cruz. Estáis a tiempo todavía. ¡Ah!, si quisierais de verdad… ¡Qué alegría tan entrañable a la hora de la muerte; qué consummatum est podríais lanzar a la hora de la muerte! Oídme bien todos. Escuchad lo que podréis decir a la hora de la muerte si queréis.

 

«En mis años mozos, ¡cómo me costó! ¡Cómo me costó vencer el ímpetu de mis pasiones! El gran problema de la juventud, sobre todo de la juventud masculina, es la pureza. ¡Cómo me costó! ¡Qué esfuerzo tan enorme tuve que hacer! ¡Cómo tuve que sudar sangre!

¡Cómo me costó!… Pero: consummatum est: lo cumplí. Con la gracia de Dios, huyendo de las ocasiones de pecado, confesando y comulgando con frecuencia, con una devoción tiernísima a la Santísima Virgen María… Me costó mucho, pero lo cumplí. Ahora muero tranquilo: consummatum est».

Después llegué al matrimonio. Las leyes sacrosantas del matrimonio,

¡qué duras me resultaron! (¿Por qué insiste tanto. Padre, en estas cosas? Porque son los pecados que se cometen hoy en el mundo. Yo no voy a perder el tiempo en aconsejaros que no os pongáis de rodillas ante una estatuilla de Buda; ¡si no lo hace nadie!, pero tengo

 

que combatir los pecados que la gente comete, y los que la gente comete son precisamente estos que estoy repitiendo; por eso insisto, porque quiero vuestro bien, porque quiero vuestra salvación). Las leyes sacrosantas del matrimonio muchas veces cuestan mucho, hay que reconocerlo. Hay cosas que son muy duras. Cuestan mucho.

Pero ¡qué alegría a la hora de la muerte! Me costó mucho, pero cumplí la Ley de Dios. Y Dios me ayudó y saqué a todos mis hijos adelante porque precisamente venían a este mundo en cumplimiento de la voluntad de Dios, y Dios jamás abandona al que cumple su divina voluntad. ¡Me costó mucho, pero lo cumplí! Ahora muero tranquilo: todo está consumado.

Aquella mala amistad, ¡cómo me costó arrancarla de mi corazón! La tenía metida en lo más hondo de mis entrañas; Pero Cristo me advirtió en el Evangelio: «Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y tíralo lejos de ti; porque te tiene más cuenta entrar en el cielo con un solo ojo que con dos ojos ser sepultado en el infierno. Y si es tu mano derecha la que te escandaliza, córtala sin compasión y tírala lejos de ti; porque te tiene más cuenta entrar en el cielo con una sola mano que no con las dos ser sepultado en el infierno». Y como eso no era más que el símbolo y la figura de aquella amistad criminal que tenía tan metida en mis entrañas, ¡cómo me costó arrancarme aquel ojo de la cara, aquella mano derecha! ¡Cómo me costó arrancármela! Pero la arranqué, y la tiré lejos de mí. Y ahora consummatum est, lo cumplí. ¡Con qué alegría muero!

Y aquellas malas confesiones, y aquel pecado vergonzoso callado tantas veces, ¡cómo me costó confesarlo! Pero me convencí de que no tenía más remedio: confesión o condenación. Si le pido perdón a Dios, pero no quiero pasar por el sacramento de la penitencia instituido por Nuestro Señor Jesucristo, Dios no me perdona: confesión o condenación. ¡Cómo me costó!, después de tantas confesiones sacrílegas, ¡cómo me costó! Pero por fin me confesé bien. Me costó mucho, pasé mucha vergüenza, pero me confesé.

 

Y ahora: consummatum est, cumplí con mi deber, muero tranquilo y en paz.

¡Ah, mis negocios! ¡Cómo me tentaba el tintineo del oro, la sed de riquezas y el afán de ganarlas a toda costa! Pero fui honrado. No gané ni una peseta injustamente. Gané menos dinero del que hubiera podido robar. Pero lo gané honradamente, y ahora muero tranquilo: consummatum est.

Y nosotros, sacerdotes, ¡qué alegría si a la hora de la muerte podemos decir en verdad: me entregué, me volqué, me destrocé, arruiné mi salud en busca de las almas. ¡Pero con qué fe, con qué ardor las buscaba! He dejado a jirones mi vida en las zarzas del camino, pero consummatum est: lo cumplí. ¡Qué alegría tan divina! Que nuestra última palabra, señores, sea una palabra sacerdotal.

Porque todos somos sacerdotes en cierto sentido: «Regale sacerdotium», dice el Apóstol San Pedro aludiendo a todos los cristianos. Todos participamos de alguna manera del sacerdocio de Cristo, todos podemos celebrar, cada uno a nuestra manera, nuestra misa particular, nuestra misa individual, mediante el cumplimiento de nuestros deberes y la inmolación de nosotros mismos en aras del sacrificio y la abnegación.

Y     a la hora de la muerte, después de haber dicho nuestra misa a todo lo largo de nuestra vida, subiendo poquito a poquito la cumbre de la colina del Calvario, podremos lanzar también nuestro grito de triunfo: ¡¡¡Ite Misa est!!! Acabada está la misa. Ya la he terminado: consummatum est. Y ahora al cielo para siempre, para siempre, para toda la eternidad.

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SÉPTIMA PALABRA

«SEÑOR, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU» (LC. 23, 46)

 

Se acerca el desenlace supremo. Cristo ha pronunciado su consummatum est. Se ha ido desangrando poco a poco: «gota a gota», dice Séneca que morían los crucificados: per stillicida. El rostro de Nuestro Señor Jesucristo se está transfigurando por momentos. Carne blanquecina que se vuelve violácea. Cejas hundidas. La nariz que comienza a afilarse. Los labios que se adelgazan…

La Santísima Virgen María lo está presenciando todo y en aquellos instantes su corazón virginal experimenta una indecible angustia:

«¡Ahora!»

Pero de pronto Nuestro Señor Jesucristo se rehace. Su rostro cobra todavía frescura y vigor. Y levantando sus ojos al cielo clamó con una grande voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

¡Padre! Ya no dice «Dios mío» como en la cuarta palabra. Ahora es el Hijo otra vez. El mismo que en su primera palabra quiso conmover el corazón del Padre cuando pedía perdón por sus verdugos: «Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen». Ahora vuelve a pronunciar esta dulcísima palabra: «Padre».

 

«En tus manos encomiendo mi espíritu» Es decir, en tus manos entrego voluntariamente mi alma. Me diste el mandato de subir a la cruz. Pero yo, tu divino Hijo, estoy totalmente identificado contigo.

«El Padre y Yo somos una misma cosa». Dos personas distintas,

pero una sola y misma esencia. La voluntad del Hijo estaba totalmente identificada con la voluntad del Padre. Eran dos personas, pero una sola esencia: «El Padre y Yo somos una misma cosa». Tú me mandaste morir en la cruz, pero yo la acepté voluntariamente,

 

con mi plena libertad identificada con la tuya.

En tus manos encomiendo mi espíritu: te voy a entregar el alma. E inclinando la cabeza, expiró.

AI revés de lo que hacen los demás hombres, señores. Los hombres inclinan la cabeza en el momento de morir, no antes. Precisamente es la muerte quien les abate la cabeza. Bajan la cabeza por exigencia de la muerte.

Jesucristo, no. Dice el Evangelio que inclinó la cabeza y después

murió. Inclinó la cabeza como dándole su consentimiento a la muerte, como diciéndole: «Ahora, apodérate de mí». Inclinó voluntariamente la cabeza y murió.

;Pero si la muerte no tenía ningún dominio sobre Él! ¡Pero si era Él quien tenía dominio absoluto sobre la muerte! Que lo digan sus resucitados, que lo diga la hija de Jairo, que lo diga el hijo de la viuda de Naím, que lo diga Lázaro, cadáver putrefacto de cuatro días. Jesucristo les mandó resucitar y resucitaron. La muerte era súbdita de Jesucristo, No podía apoderarse de Él. Solamente cuando Él le dio su permiso, la muerte se acercó con respeto a la cruz. «Et inclinato capite —dice el Evangelio— tradidit spiritum»: y bajando la cabeza entregó su espíritu.

Y     al instante un terrible terremoto sacude la roca del Calvario. La cruz de Cristo se balancea violentamente por la tremenda sacudida. La gente huye alocadamente. El velo del templo se rasga de arriba abajo. El Centurión se golpea el pecho: «Verdaderamente éste era el Hijo de Dios».

Los muertos resucitan. La Virgen María contempla aterrada el espectáculo…

Verdaderamente tenía razón un filósofo impío cuando en un

momento de sinceridad dijo: «La muerte de Sócrates es la muerte de un sabio, pero la muerte de Cristo es la muerte de un Dios».

Murió Jesucristo como Dios que era. Con una majestad imponente.

La naturaleza entera se conmovió ante la muerte de Cristo.

 

Y     el Antiguo Testamento terminó para siempre: el velo del templo se rasgó de arriba abajo como diciendo: se acabó para siempre. Las figuras ya no tienen razón de ser cuando está presente la augusta realidad.

Y     todavía el pueblo judío continúa en su obstinación. Esta misma

tarde, en los cultos del Viernes Santo, ha subido al cielo la oración entrañable de la Santa Iglesia pidiendo por el pueblo judío, que está obcecado todavía, que tiene la mayor obcecación que registra la historia de la humanidad. Es increíble, señores, su ceguera y obstinación. La gloria más grande del pueblo judío es precisamente haber sido el pueblo del Hijo de Dios; el que un judío sea nada menos que la segunda persona de la Santísima Trinidad hecha hombre. Y en su terrible ceguera los judíos no lo comprenden.

Rechazan su máxima gloria nacional, rechazan lo que debía enorgullecerás sobre todos los pueblos de la tierra. ¡Qué ceguera la de los judíos, señores! Se rompió el velo del templo; el Antiguo Testamento ya no tiene nada que hacer, las sinagogas están haciendo el ridículo en el mundo entero ¡y no abren los ojos, no se dan cuenta de que el Mesías, el Redentor de la humanidad, es Jesucristo Nuestro Señor!

Jesucristo murió. Y murió porque quiso. Voluntariamente, ya que

tenía pleno dominio sobre la muerte,

 

*    *    *

La Santísima Virgen María en aquellos momentos pudo ya, por fin, acercarse a la santa cruz. Yo me imagino que la pobrecita caería de rodillas para besa* el pie de la cruz y se incorporaría un poquitín para besarle los pies a su divino Hijo convertido ya en cadáver. La cruz era muy bajita, se levantaba escasamente medio metro sobre el suelo; de manera que la Santísima Virgen, para besarle los píes a su divino Hijo, tuvo que inclinarse reverentemente, acaso hasta ponerse de rodillas. Y me imagino que incorporándose poco a poco,

 

haciendo un esfuerzo supremo… acaso poniéndose de puntillas… subiendo, subiendo… llegaría a aplicar sus labios de Madre Virgen a la herida de su Corazón abierto, del que acababa de brotar en aquel momento la Iglesia Santa de Dios.

La Virgen Santísima, modelo de dolor al pie de la cruz. Jesucristo,

ya cadáver, acababa de consumar la redención del mundo. A María le faltaba todavía el tormento de su amarguísima soledad.

Jesucristo: ¡qué Buen Pastor! ¡Qué Buen Pastor has sido! ¡Has

sabido dar la vida por tus pobres ovejitas!

Jesucristo: Hace un rato te estaban provocando e insultando: «¿No eres tú el Hijo de Dios? ¡Baja de la cruz y entonces creeremos en ti!».

Jesucristo; ¡qué bien hiciste en no bajar de la cruz!

¡Pobrecitos de nosotros si llegas a bajar! Porque estaba predestinado por Dios que la redención del género humano no se consumase sino en lo alto de la cruz. ¡Tenías que morir en la cruz! Y en vez de mandar a la tierra que se abriese para hundir en el infierno a aquellos infames, pediste perdón por ellos, aceptaste en silencio aquel espantoso fracaso humano y no quisiste bajar de la cruz.

Precisamente porque querías salvarnos a nosotros.

¡Muchas gracias, Señor, porque no bajaste de la cruz! Porque quisiste morir en ella, ¡muchas gracias. Señor! Y por ello cada año te recordamos con amor, y cada año te queremos más.

Señores, ¿quién de vosotros, los cultos, los eruditos, se acuerda de las últimas palabras que pronunciaron en este mundo Sócrates, Aristóteles, Platón… los genios de la humanidad? ¡Nadie se acuerda de ellos! Y sin embargo las Siete Palabras de Jesucristo en la cruz todos los años las recordamos con amor.

Y todos los años caemos de rodillas ante Ti, divino Crucificado. Y porque moriste por nosotros, cada vez te queremos más, te amamos más. Lo más grande, lo más limpio, lo más puro, lo más inmaculado del mundo ha caído siempre de . rodillas ante Cristo. Y precisamente

 

(fijaos bien, ¡qué casualidad!) los criminales, los malvados, los enemigos de la honradez, de la civilización, de la dignidad, de la decencia humana, los enemigos del orden social… ¡esos son los enemigos de Cristo!

¿Pero no lo veis, no lo estáis viendo en el mundo de hoy como en el

de hace veinte siglos?

Lo más grande que ha habido en la humanidad ha caído siempre de rodillas ante Ti, Jesucristo crucificado. Eres el más grande de los hijos de los hombres precisamente porque eres el Hijo de Dios.

¡Si hasta en el odio satánico de tus enemigos se advierte tu divina y definitiva grandeza! Te odian tanto, Señor, porque eres tan grande, porque eres la figura cumbre de la humanidad. Por eso ellos te persiguen y por eso nosotros te adoramos y caemos de rodillas a tus pies.

Pero nosotros, Señor, no te adoramos como al filósofo más grande, como a la figura cumbre y al            prototipo   incomparable   de   la humanidad.

 

¡No! Nosotros te adoramos porque eres el Hijo de Dios, porque eres la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre, porque estás sentado a la diestra de Dios Padre y vendrás con gran poder y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos,

Jesucristo, ¡gracias por haber muerto por nosotros en la cruz!

 

* * *

También nosotros moriremos. Moriremos todos. Sin falta.

 

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir.

Allá van los señoríos,

derechos a se acabar y consumir;

 

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos y más chicos; allegados, son iguales

los que viven por sus manos y los ricos

 

Moriremos. Pero moriremos confiados, Señor, porque Tú has muerto antes por nosotros.

Yo quiero morir como Tú, Jesucristo. Tú eres inocente, yo soy pecador. Pero Tú has muerto por mí y por lo mismo ya puedo levantar mis miradas al cielo y con el corazón confiado decir:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Ya puedo morir tranquilo. Estoy perdonado, porque Cristo ha muerto por mí.

 

Y quiero morir, no solamente como Tú, Señor. Quiero morir contigo, quiero morir sintiendo tu Corazón palpitar junto a mi corazón.

¡Señor!, te lo pido en esta tarde del Viernes Santo. «¿Qué quieres en

recompensa por el sermón que acabas de pronunciar?» ¡Señor!, que a la hora de mi muerte me concedas la dicha inenarrable de recibir el Viático. Que pueda recibirte en mi alma, que pueda estrecharte junto a mi corazón, como Buen Pastor, momentos antes de comparecer delante de Ti como Juez Supremo de vivos y muertos.

¡Ven a mi corazón. Señor! Que reciba el Viático, que sienta palpitar tu Corazón lleno de amor junto a mi corazón moribundo. ¡Señor!, quiero morir no solamente como Tú, sino contigo, presente en mi corazón. ¡El Viático!

Y para todos mis oyentes, los que están abarrotando la Iglesia de San

José, de Madrid, y los millones de españoles que me están siguiendo a través de la Radio, para todos ellos. Señor, te pido la misma gracia. Te pido que mueran todos con el Viático en su corazón, con la alegría inmensa de sentir palpitar junto al suyo tu Corazón de Buen

 

Pastor. Quiero morir como Tú, quiero morir contigo, y esta misma gracia te pido para todos mis oyentes, para todos los españoles y para todos los redimidos con tu sangre preciosísima que acabas de derramar en la cruz.

 

*   *   *

 

Y Tú, Virgencita de los Dolores, Reina y Soberana de los mártires; Tú que eres mi Madrecita querida, Tú que tienes la obligación de tratarme como hijo. Aunque yo sea malo, Tú eres buena, Tú eres la Abogada y Refugio de los pecadores. Fíjate bien, Virgen María, lo que te voy a decir, interpretando el sentir de todos mis oyentes y de todos los españoles; fíjate bien» Madre mía querida:

Mientras mi vida alentare todo mi amor para ti. Mas si mi amor te olvidare… ¡Madre mía. Madre mía! Aunque mi amor te olvidare ¡tú no te olvides de mí!, que si Tú, Virgencita de los Dolores, Reina y Soberana de los mártires, si Tú no te olvidas de nosotros y vienes a la hora de nuestra muerte a recoger nuestro último suspiro, ya tenemos asegurada para siempre nuestra dicha y felicidad eternas.

Porque con tus manos virginales de Madre y de Corredentora nos llevarás hasta el trono de tu divino Hijo, y Tú le arrancarás aquella sentencia de vida eterna: «Bien, siervo bueno y fiel, porque fuiste fiel en lo poco, te voy a constituir sobre lo mucho: ¡entra para siempre, para siempre, en el gozo de tu Señor!»… Que así sea.

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SERIE APOLOGÉTICA (I): LA EXISTENCIA DE DIOS

RAZÓN DE ESTA ENTRADA

La necesidad de una misión ad gentes en las actuales naciones que, antaño formaban parte de la Cristiandad, y auténticos países de misión, no puede partir del fideismo sea de la especie que fuese,condenado por la Iglesia. La doctrina católica a este respecto está de acuerdo con la historia y la filosofía. Al rechazar tanto el racionalismo como el fideísmo, enseña que la razón humana es capaz (habilidad física) de conocer las verdades morales y religiosas del orden natural; que puede probar con certeza la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, y puede reconocer con toda seguridad la enseñanza de Dios; que, sin embargo, en las actuales condiciones de vida, necesita (de necesidad moral) la ayuda de la revelación para adquirir un conocimiento suficiente de todas las verdades naturales necesarias para dirigir la vida humana de acuerdo con los preceptos de la religión natural (Concilio Vaticano I «De Fide Cath.», cap. II; cf. Santo Tomás, «Cont. Gent.», Lib. I, c, IV). Para a auxiliar a los católicos en el apostolado necesario en esta gigantesca misión de conducir las almas a Cristo, con la ayuda del Espíritu Santo, ofrecemos estos resúmenes sobre temas catequesis fundamentales y primarios. El presente pueden descargarlo aquí:

Dios Existe

Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo.

  1. ¿Cuál es la verdad primera que ningún hombre debe ignorar?

La existencia de Dios, es decir, de un ser eterno, necesario e infinitamente perfecto, Creador de cielos y tierra, absoluto Señor de todas las cosas a las que Él gobierna con su Providencia. Esta es la verdad fundamental sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la moral, de la familia y de todo el orden social.

Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.

La moral carece de base si Dios, en virtud de su santidad, no establece una diferencia entre el bien y el mal; si con su autoridad suprema no hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal.

Es imposible concebir la familia y la sociedad sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de la caridad, etc.; y todas estas virtudes, si Dios no existiera, serían puras quimeras.

  1. ¿Podemos estar seguros de la existencia de Dios?

Sí, tan seguros podemos estar de que Dios existe como de que existe el sol. Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos corporales, porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que nos demuestran, sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido por completo la inteligencia para afirmar que Dios no existe.

No puede la mente humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y conocer algunas de sus perfecciones. A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor, cuya es la obra -puesto que la existencia del efecto supone la existencia de la causa que lo produjo-, así también podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa primera de todo cuanto existe. Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I: “Con la luz natural de la razón humana puede ser conocido con certeza, por medio de las causas creadas, el Dios único y verdadero, Creador y Señor nuestro”.

Orden de nuestra exposición:

  1. Principales pruebas de la existencia de Dios.
  2. Falsos sistemas inventados por los impíos para explicar el origen del mundo. Su refutación.

III. Bondades recibidas de Dios y efectos de su Providencia.

  1. Pruebas de la existencia de Dios.
  2. ¿Cuáles son las pruebas principales de la existencia de Dios?

Podemos citar siete que nuestra razón nos dicta, y que se fundan:

1º En la existencia del universo;

2º En el movimiento, orden y vida de los seres creados;

3º En la existencia del hombre, dotado de inteligencia y libertad;

4º En la existencia de la ley moral;

5º En el consentimiento universal del género humano;

6º En los hechos ciertos de la Historia;

7º En la necesidad de un ser eterno.

Estas pruebas pueden agruparse en tres categorías: físicas, morales y metafísicas.

Son pruebas físicas las que se fundan en la existencia, orden y vida de los seres creados (1ª y 2ª).

Son pruebas morales las que tienen por base el testimonio de nuestra conciencia, del género humano y los hechos conocidos de la historia (3ª a 6ª).

Como prueba metafísica -ya que éstas son menos asequibles para las inteligencias comunes- daremos solamente la que se funda en la necesidad de un ser eterno (7ª).

Todas estas pruebas tienen un fundamento común, que es un postulado o principio inconcluso, que todo el mundo admite: No hay efecto sin causa. Cualquiera de ellas, tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de Dios; pero consideradas en conjunto constituyen una demostración irrebatible, capaz de convencer al incrédulo más obstinado.

I.1. La existencia del universo.

  1. ¿Cómo se demuestra, por la existencia del universo, la existencia de Dios?

La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cuadro, una estatua; al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor que hayan hecho esas obras. Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener alguna causa; y a esa causa primera del mundo le llamamos Dios. Luego, por la existencia del universo podemos demostrar la existencia de Dios.

En efecto:

1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo.

2º No es fruto de la casualidad.

3º No ha existido siempre.

Luego, debe su existencia a un Ser Supremo y distinto de él.

1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo porque lo que no existe no puede obrar; y consiguientemente, no puede darse la existencia. El ser que no existe es nada; y la nada, nada produce.

2º El universo no es fruto de la casualidad, porque la casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.

3º El universo no ha existido siempre. Así lo reconocen a una todas las ciencias. La geología, o ciencia de la Tierra; la astronomía, o ciencia de los astros; la biología, o ciencia de la vida, etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio. “Nada hay eterno sobre la Tierra -dijo un sabio- y cuanto se contiene en las entrañas de los astros, o en su superficie, ha tenido principio y debe tener algún fin”.

Tres caracteres señala la Filosofía al ser eterno: es necesario, inmutable e infinito. Ahora bien:

1º El mundo es material, y el ser material no puede ser necesario. Ninguna de sus partes existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o aquélla. ¿Qué importa, verbigracia, un río o una montaña más o menos?… Luego, si ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.

2º El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se renueva: las plantas, los animales, el hombre…

3º El mundo no es infinito, pues siempre es posible suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe. Por consiguiente, tampoco es eterno, porque la eternidad -que es una perfección infinita- sólo puede hallarse en un ser infinito.

Si, pues, el mundo no ha existido siempre, es una obra que supone un obrero, de la misma manera que el reloj supone un relojero; la casa, un albañil; el cuadro, un pintor; la estatua, un escultor.

Conclusión. La existencia del universo demuestra la existencia de un Ser supremo, causa primera de todos los seres. Ese ser supremo es Dios.

Narración. Durante la revolución de 1793 decía el impío Carrier a un campesino de Nantes:

-Pronto vamos a convertir en ruinas vuestros campanarios y vuestras escuelas.

-Es muy posible -respondió el campesino-, pero nos dejaréis las estrellas; y mientras ellas existan, serán como un alfabeto del buen Dios, en el que nuestros hijos podrán deletrear su augusto nombre.

No se precisan largos discursos para demostrar que Dios existe. Basta abrir los ojos y contemplar las maravillas del mundo exterior.

I.2. Movimiento, orden y vida de los seres creados.

  1. ¿Puede demostrarse la existencia de Dios por el movimiento de los seres creados?

Sí, porque no hay movimiento sin motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo obedece a algún movimiento que tiene que ser producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, preciso es que lleguemos a un primer motor, eterno y necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.

1º Sostiene la Mecánica, que es una parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal; una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí mismo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego, para producir un movimiento es necesario un motor.

2º Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal de 40.000 kilómetros de circunferencia que realiza, según afirman los astrónomos, una rotación completa sobre sí misma cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con una velocidad de 28 kilómetros por minuto. En un año da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 kilómetros por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas…

3º Todo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible es un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido. Hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.

Digno de admiración fue, sin duda, el genio de Newton, que descubrió las leyes de los movimientos estelares; pero, ¿qué inteligencia fue necesaria para crear y aplicar esas leyes, lanzando a los espacios esos innumerables y veloces mundos que con tanta regularidad y armonía recorren el universo?

Decía Napoleón al general Bertrand, en la roca de Santa Elena: “Mis victorias os han hecho creer en mi genio; el universo me hace creer en Dios… ¿Qué es la más acertada maniobra militar, comparada con el movimiento de las estrellas?”

  1. ¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el mundo?

Sí; todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto el orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.

Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego, podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.

1º No se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Arrojad sobre el suelo un montón de letras mezcladas. ¿Por ventura podrán producir un libro, si no hay una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Reunid en una caja todas las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!

2º El orden que reina en el universo es perfecto; a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y ésta a aquél; las estaciones se suceden unas a otras. La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto [1]. La consecuencia es ésta: ese orden tan admirable supone un ordenador.

Pero dirá alguno: este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce.

Nadie se atreve ya, hoy día, a atribuir el orden del cosmos a la casualidad; pero se suele recurrir con frecuencia a las fuerzas o leyes naturales. Indudablemente existen leyes admirables que rigen el mundo visible, como la de la atracción, la de la gravedad, la fuerza centrífuga, etc., sobradamente conocidas y demostradas. Pero, precisamente, la existencia de esas leyes supone la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe legislador. ¿Quién las dirige? La materia es, de suyo, inerte; luego, existe un ser distinto que la mueva. La materia es ciega; luego, existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un orden perfecto.

Prescindiendo de estas razones, basta explicar rectamente los términos para deshacer el equívoco. Si por naturaleza se entiende un ser real, viviente, personal, que dirige y gobierna todas las cosas, entonces es Dios. Sería entonces cuestión de nombre, pues, de hecho, equivaldría a admitir su existencia. Pero si por naturaleza se entiende un ser imaginario, un ente de razón, algo irreal e inexistente, entonces es lo mismo que la casualidad, y no por cambiar de palabra se evitará el caer en el mismo absurdo.

Resumiendo: todo efecto debe tener una causa proporcionada; el orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de Dios.

Para Newton, el mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo; por eso repetía las palabras de Platón: “Vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente porque observáis orden en mis palabras y acciones; concluid, pues, contemplando el orden que reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que existe un Dios”.

El mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento. Afirmaba que era preciso haber perdido por completo el juicio para no deducir de la existencia del mundo la existencia de Dios, a la manera que, a la vista de un reloj, deducimos la existencia de un relojero. Discutíase un día en su presencia sobre la existencia de un Dios; y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la habitación había, exclamó:

“¡Cuanto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si no lo hubiera construido un relojero!”.

  1. ¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los seres vivientes?

Sí; la razón, la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra. Y como ese Creador no puede ser sino Dios, síguese que de la existencia de los seres vivientes podemos concluir la existencia de Dios.

En efecto:

Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas, la vida de los animales, la vida del hombre?

La razón nos dicta que no ya la vida intelectiva del hombre, ni la vida sensitiva de los animales, ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la materia. ¿Razón? Porque nadie da lo que no tiene; y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.

Los ateos no saben qué responder a este dilema. O bien la vida ha nacido espontáneamente sobre la Tierra, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo, que fecunda a la materia y hace germinar en ella la vida. Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de Pasteur, ya no hay sabios verdaderos que se atrevan a defender la hipótesis de la generación espontánea; la ciencia verdadera establece que nunca nace un ser viviente si no existe un germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.

¿Y cuál es el origen del primer ser viviente en cada una de las especies? Remontad cuanto queráis de generación en generación; siempre llegaréis a un primer creador de todos los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar seriamente a los ateos.

Narración. En una casa de familia cristiana, dos de las hijas, después de la comida, leían ambas, junto a una ventana, la Historia Sagrada.

Se acercó un joven, y en tono burlón les dijo:

-¡Cómo! ¿Ustedes leen la Historia Sagrada? ¿No saben que no existe Dios?

Si está Ud. tan seguro -respondió la más joven-, contéstenos a esta pregunta, ya que tanto sabe: ¿Qué existió primero, el huevo o la gallina?

-¡El huevo!

-¿Y de dónde salió ese primer huevo?

-¡Oh, me equivoqué, primero fue la gallina!

-Entonces, ¿de dónde salió la primera gallina?

-La primera gallina… la primera gallina… ¿La primera gallina?

-Sí, la primera gallina. ¿De dónde vino?

-¡Qué gallina, ni qué gallina! Ya me están hartando con tantas gallinas.

-Diga más bien, señor sabelotodo, que no sabe Ud. la respuesta, y reconozca que sin Dios es imposible explicar tanto la existencia del huevo como de la gallina.

Nuestro buen hombre se retiró corrido, repitiéndose por lo bajo ¿Qué habrá sido primero?

  1. Todos los seres del universo, ¿prueban la existencia de Dios?

Sí; cuantos seres existen en el universo son otras tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de una causa que les ha dado el ser, de un Dios que los ha creado a todos.

Muy bien conocen los sabios los elementos que integran cada uno de esos seres; y, sin embargo, no son capaces de producir uno solo; no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba.

Preguntaba Lamartine a un picapedrero de S. Pont: ¿Cómo podéis conocer la existencia de Dios, si jamás habéis asistido a la escuela, ni a la doctrina, ni os han enseñado nada en vuestra niñez, ni habéis leído ninguno de los libros que tratan de Dios?

Respondiole el picapedrero: ¡Ah, señor! Mi madre, en primer lugar, me lo ha dicho muchas veces; además, cuando fui mayor, conocí a muchas almas buenas que me llevaron a las casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres. Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de Él, y aun cuando nunca hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias, ¿no existe otro catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun de los más ignorantes? ¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto para leer el nombre de Dios? ¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido? Ignoro qué opinarán los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una estrella, pero ni una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena, sin decirle: ¿Quién es el que te ha creado?

Lamartine replicó: Dios, os responderéis vos mismo.

-Así es, señor – añadió el picapedrero-, esas cosas no pudieron hacerse por sí mismas porque, antes de hacer algo, es necesario existir; y si existían no podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las cosas. Vos conoceréis otras maneras más científicas para daros razón de ello.                 -No -repuso Lamartine-; todas las maneras de expresarlo coinciden con la vuestra. Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.

I.3. La existencia del hombre, inteligente y libre.

  1. ¿Podemos demostrar particularmente la existencia de Dios por la existencia del hombre?

Sí; por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin causa capaz de producirlo.

Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, síguese que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir, por consiguiente: yo pienso, luego existo, luego existe Dios.

Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?

¿Por ventura he sido yo mismo? ¿Fueron acaso mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?

1º No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe, no produce nada.

2º Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué padre, qué madre, no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?

Hay, además, otra razón. Mi alma, que es una substancia simple y espiritual, no puede proceder de mis padres. No de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es invisible; ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.

3º No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación. El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal; ni un animal, un hombre.                        

4º Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu Creador. ¿De dónde ha sacado mi

 alma? No la sacó de la materia, pues entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó. Y como el único que puede crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad, síguese que por la existencia del hombre queda demostrada la existencia de Dios.

I.4. La existencia de la ley moral.

  1. ¿Prueba la existencia de Dios el hecho de la ley moral?

Sí; la existencia de la ley moral prueba irrefutablemente que Dios existe.

Existe, en efecto, una ley moral absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece esta ley siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.

Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.

Él es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o los remordimientos de conciencia.

Nuestra conciencia nos dicta:

1º que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial;

2º que debemos practicar el bien y evitar el mal;

3º que todo acto malo merece castigo, como toda obra buena es digna de premio;

4º que esa misma conciencia se alegra y se aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal.

Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.

¿Cuál es el origen de esa ley? Evidentemente debe haber un legislador que lo haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo el hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.

Además de lo dicho, se ha de tener presente que, si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la justicia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.

El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito ¡Dios mío!… Es el grito de la naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios -dijo Lacordaire-. El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera cree no haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La ira de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonia la existencia de Dios.

I.5. La creencia universal del género humano.

  1. El consentimiento de todos los pueblos ¿prueba la existencia de Dios?

Sí; la creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.

Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!

Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades, buenas o malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto entre los pueblos antiguos como entre los modernos.

“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra -decía Plutarco, historiador de la antigüedad- y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.

El gran sabio Quatrefages escribió: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África creen en la existencia de Dios”.

Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al contrario, el origen del sacerdocio está en esa creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás habrían elegido hombres para el culto.

¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones? Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.

¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; tarde o temprano lo disipan la ciencia y el sentido común.

¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.

¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina. Esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.

La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres; o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.

Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.

Narración. En una reunión bastante numerosa, un incrédulo se expresó en contra de la existencia de Dios; y viendo que todo el mundo guardaba silencio, añadió:

-Jamás habría creído ser el único que no cree en Dios, entre tantas personas inteligentes.

-Os equivocáis, señor -replicó la dueña de la casa-; no sois el único; mis caballos, mi perro y mi gato comparten con vos ese honor; sólo que esos buenos animales tienen el talento de no gloriarse de ello.

  1. 6. Los hechos ciertos de la historia, ¿prueban la existencia de Dios?

Sí; porque un ser puede manifestarse de tres maneras: puede mostrarse, hablar y obrar. Ahora bien, Dios se mostró a nuestros primeros padres en el Edén, a Moisés en el Sinaí… Habló a los patriarcas y a los profetas. Hizo sentir su acción en el curso de los siglos; y los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, comprobados por la historia, son hechos que demuestran la acción y la existencia de Dios.

Hay dos maneras de conocer la verdad:

1º descubrirla uno mismo;

2º recibirla de otro.

El hombre sabe o cree. Sabe cuando alcanza la verdad con las solas facultades de su alma, la inteligencia, la razón, la conciencia, el sentido íntimo, los órganos del cuerpo; cree cuando se adhiere al testimonio de otros.

El medio más fácil para conocer a Dios es el testimonio de la historia. La Biblia, considerada como un simple libro histórico, está revestida de todos los caracteres de la veracidad exigidos por la conciencia. Por más que los racionalistas clamen, es tan imposible poner en duda los hechos históricos de la Biblia como lo es negar las victorias de Alejandro Magno o de Napoleón.

Ahora bien, según la Biblia, Dios se mostró de varios modos. Habló a nuestros primeros padres, a Noé, a los patriarcas, a los profetas… Pero es evidente que para mostrarse y hablar es necesario existir. Las milagrosas obras sensibles que ningún agente creado puede hacer por sí mismo, no son más que las obras de Dios. Por consiguiente, los milagros que nos cuenta la Biblia son otras tantas pruebas de la existencia de Dios…

1.7. ¿Cómo se prueba la existencia de Dios por la necesidad de un ser eterno?

Existe algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno, nada podría existir; luego, existe un ser eterno. Es así que este ser eterno es Dios; luego, Dios existe.

1º Que existe algo es evidente.

2º Si desde toda la eternidad no hubiera existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podrían darse a sí mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada, porque la nada es nada y no produce nada. Por consiguiente, era menester que existiera un primer ser, eterno, para dar la existencia los otros.

3º Este ser eterno es Dios. El ser eterno, por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita: la eternidad, que es una duración sin principio ni fin. Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a su naturaleza, a su esencia, del mismo modo que el brazo del hombre no puede ser más grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno, por el hecho de poseer un atributo infinito, posee también una naturaleza, una esencia infinita; luego, es infinito en toda clase de perfecciones. Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así que el ser infinito es Dios. Luego, Dios existe.

4º Puesto que este ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de otro: estaba solo. Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se puede crear a sí mismo; luego, es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el ser que nosotros llamamos necesario. Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia, como le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.

  1. ¿Podemos comprender a un ser eterno y necesario?

No; no podemos comprender su naturaleza, porque es infinito y, por consiguiente, está por encima de todo entendimiento finito. Tan imposible es comprenderle, como imposible es encerrar en la cavidad de la mano la inmensidad del mar. Sin embargo, nosotros estamos seguros de la necesidad de su existencia.

Como ya hemos visto, un ser no puede existir sino por sí mismo o producido por otros; no hay término medio entre estas dos maneras de existir. Ahora bien, los seres que pueblan el universo no pueden existir por sí mismos, porque existir por sí mismo es existir necesariamente y desde toda la eternidad. Pero, ¿quién no ve que sería absurdo suponer que todos los seres del universo existen necesariamente?

Fuera de esto, no es posible que todos los seres sean producidos, porque si todos fueran producidos, no se hallaría ninguno que les diera la existencia, y entonces ninguno existiría. Luego, existe un ser que no ha recibido la existencia de otro, que la tiene por sí mismo, que es necesario, eterno; y este ser eterno y necesario es aquel a quien todo el mundo llama Dios.

N.B. Se puede presentar el mismo argumento en una forma más científica, de la siguiente manera.

  1. ¿Puede probarse la existencia de Dios por la existencia de un Ser necesario?

Sí; se puede probar de una manera científica la existencia de Dios con este sencillo argumento:

  1. a) Existe un ser necesario; b) este ser necesario es Dios; luego, Dios existe.
  2. Existe un ser necesario.

1º Que existe algo es evidente, y los mismos ateos no lo niegan. Nosotros existimos…

2º Un ser no puede existir sin una razón suficiente de su existencia. Este principio es de una evidencia tal, que el probarlo, además de ser ridículo, sería inútil, ya que nadie lo discute.

3º La razón suficiente de la existencia puede ser de dos clases: o la naturaleza propia del mismo ser, o una causa externa. Luego, todo ser existe o por virtud de su propia naturaleza, por sí mismo, o es producido por otro. Este principio también es evidente, pues no hay otra manera posible de existir.

4º El ser que existe por sí mismo en virtud de su propia naturaleza, existe necesariamente, no puede menos que existir; y puesto que la existencia forma parte de la naturaleza de dicho ser, no puede carecer de ella. Es evidente que un ser no puede menos que tener su naturaleza, su esencia, lo que le hace ser lo que es.

Por tanto, si la existencia forma parte de su naturaleza, existe necesariamente, y, por lo mismo, se llama el Ser necesario.

Al contrario, el ser que debe su existencia a una causa extraña no existe sino dependientemente de esta causa, en cuanto que ha sido producido por ella. Podría no existir, y por eso se le llama ente contingente o producido por otro.

5º No es posible que todos los seres sean contingentes o producidos. Y, a la verdad, el ente producido no existe por su sola naturaleza. No existiría jamás si no fuera llamado a la existencia por una causa extraña a él. Luego, si todos los seres fueran producidos, no habría ninguno que les hubiera dado la existencia. Por consiguiente, si no hubiera un Ser necesario, nada existiría. Es así que existe algo; luego, existe también un Ser necesario.

  1. El ser necesario es Dios.

He aquí los caracteres principales del Ser necesario:

1º El Ser necesario es infinitamente perfecto.

El Ser necesario, por mero hecho de existir en virtud de su propia naturaleza, posee todas las perfecciones posibles y en grado eminente; tiene la plenitud del ser, y el ser comprende todas las perfecciones: es, pues, infinitamente perfecto.

De la misma suerte que un círculo posee esencialmente la redondez perfecta, así el Ser necesario posee esencialmente la existencia perfecta, la plenitud del ser; y habría contradicción en decir el Ser necesario no es infinito, como la habría en decir que el círculo no es redondo. Luego, el Ser necesario posee todas las perfecciones, y en grado tal que excluyen toda medida, todo límite.

2º No hay más que un solo Ser necesario.

El Ser necesario es infinito; y dos infinitos no pueden existir al mismo tiempo. Si son distintos, no son infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo que pertenece al otro. Si no son distintos, no forman más que un solo ser.

3º El Ser necesario es eterno.

Si no hubiera existido siempre, o si tuviera que dejar de existir, evidentemente no existiría en virtud de su propia naturaleza. Puesto que existe por sí mismo, no puede tener ni principio ni fin ni sucesión.

4º El Ser necesario es inmutable.

El Ser necesario no puede mudarse, porque nunca cambia su razón de ser y la causa de su existencia, que es su naturaleza misma. Por otra parte, mudarse es adquirir o perder algo, mientras que el Ser perfecto no puede adquirir nada, porque posee todas las perfecciones; y no puede perder nada, porque entonces dejaría de ser perfecto. Es, pues, inmutable.

5º El Ser necesario es un espíritu.

Un espíritu es un ser inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer; un ser que no puede ser visto ni tocado con los sentidos corporales. Todos los hombres han distinguido naturalmente la substancia viva, activa, inteligente, de la substancia muerta, pasiva, incapaz de moverse. A la primera la llamaron espíritu, y a la segunda, cuerpo o materia.

El Ser necesario es un espíritu esencialmente distinto de la materia. Y, en verdad, si fuera corporal, sería limitado en su ser como todos los cuerpos. Si fuera material, sería divisible y no sería infinito. Tampoco sería infinitamente perfecto, porque la materia no puede ser el principio de la inteligencia y de la vida, que son grandes perfecciones. Luego, el Ser necesario es una substancia espiritual, absolutamente simple.

Pero como estos caracteres del Ser necesario son idénticamente los mismos que los atributos de Dios, debemos concluir que el Ser necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios, y que Dios existe.

N.B. Con este argumento se prueba científicamente la existencia de Dios, a la manera como se demuestra un teorema de geometría.

Narración. Cierto joven que acababa de salir de una escuela moderna, se permitió en una reunión de amigos negar la existencia de Dios. Un notario tomó la palabra. -Veamos, amigo mío -dijo-; el universo existe. ¿Quién lo ha creado? ¿El hombre? Evidentemente, no. ¿Se ha creado a sí mismo? Tampoco una casa, por modesta que sea, no se construye sola; se requiere un obrero que reúna los materiales y los coloque ordenadamente.

-Permitidme -replicó el joven-; los seres que componen el mundo se han dado la existencia los unos a los otros.

-Muy bien -insistió el notario-; suponed una larga cadena vertical que llegue de la tierra al cielo y cuyos últimos eslabones se pierdan entre las nubes. Pregunto: ¿quién sostiene esa cadena y de dónde cuelga? ¿Creéis que bastaría contestar que el primero de los eslabones, empezando desde abajo, cuelga del segundo, el segundo del tercero, y así sucesivamente, remontándose hasta las nubes? ¿Creéis que, una vez llegados allá, se podrá admitir que la extremidad superior cuelga de las nubes sin que nadie la sostenga? Evidentemente, no. Es menester un primer eslabón fijo en alguna parte que sostenga los demás. De la misma suerte, hay que remontarse, necesariamente, a un primer Ser necesario que subsista por sí mismo, que posea en sí el principio de su existencia y pueda darla a los otros sin haberla recibido de nadie.

-Pero -replicó a su vez el joven-, si suponéis un número infinito de anillos, la dificultad desaparece.

-Amigo mío -dijo el notario-, ya se ve que estáis muy versado en matemáticas; ¿ignoráis que el número infinito es imposible? Donde hay serie hay número; se puede decir el primero, el segundo…, donde hay número, hay principio, un punto de partida, un primer término, que es la unidad. Así, diez supone nueve, etc.; dos supone uno. Las series de los seres tienen, pues, un principio, no son eternas.

Y aunque por imposible os remontarais a lo infinito, sería siempre necesario llegar a un primer Ser subsistente por sí mismo, porque una infinidad de seres producidos es tan capaz de producirse a sí misma como el último de los efectos. Multiplicad ceros hasta lo infinito, y no tendréis nunca valor alguno; infinitos ceros no valen más que un solo cero. Multiplicad ciegos hasta lo infinito, y no tendréis uno solo que vea. Las antorchas apagadas nunca darán luz, por numerosas que la supongáis. Si ningún ser existe en virtud de su propia naturaleza, si ninguno tiene por sí mismo el principio de su existencia, ningún ser puede existir. Ahora bien, el ser que tiene en sí mismo, en su naturaleza, la razón de su existencia, es el Ser necesario, aquel a quien todo el mundo llama Dios. Luego hay un Dios, ya que algo existe en este mundo.

El pobre joven, avergonzado, no tuvo qué replicar.

Enseñanza de la Iglesia: Catecismo.

Capítulo primero. El hombre es capaz de Dios.

  1. El deseo de Dios (27-49).

El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19, 1).

De múltiples maneras, en su historia y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso. Dios creó, de un solo principio, todo el linaje humano para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 26-28).

Pero esta unión íntima y vital con Dios (GS 19, 1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf Mt 13, 22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf Gn 3, 8-10) y huye ante su llamada (cf Jon 1, 3).

Se alegre el corazón de los que buscan a Dios (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, un corazón recto, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios. Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza; grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti (S. Agustín, conf. 1, 1, 1).

  1. Las vías de acceso al conocimiento de Dios.

Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas vías para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también pruebas de la existencia de Dios, no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de argumentos convergentes y convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas. Estas vías para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación, el mundo material y la persona humana.

El mundo. A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo. S. Pablo afirma refiriéndose a los paganos: Lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto. Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras, su poder eterno y su divinidad (Rm 1, 19-20; cf Hch 14, 15.17; 17, 27-28; Sb 13, 1-9). Y S. Agustín interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo… interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión (confessio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza (Pulcher), no sujeta a cambio? (serm. 241, 2).

El hombre. Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia (GS 18, 1; cf 14, 2), su alma, no puede tener origen más que en Dios.

El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas vías, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, y que todos llaman Dios (S. Tomás de A., s. th. 1, 2, 3).

Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana.

III. El conocimiento de Dios según la Iglesia.

La santa Iglesia, nuestra madre, nos enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas (Cc. Vaticano I DS 3004; cf 3026; Cc. Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado a imagen de Dios (cf Gn 1, 26).

Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón. A pesar de que la razón humana, hablando simplemente, pueda verdaderamente, por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo, hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de la incertidumbre de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII, enc. Humani generis DS 3875).

Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error (ibíd., DS 3876; cf Cc. Vaticano I DS 3005; DV 6; S. Tomás de A., s. th. 1, 1, 1).

  1. ¿Cómo hablar de Dios?

Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.

Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar.

Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas, pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor (Sb 13, 5).

Dios trasciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable (Anáfora de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.

Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar, en efecto, que entre el Creador y la criatura no se puede señalar una semejanza tal que la diferencia entre ellos no sea mayor todavía (Cc. Letrán IV DS 806), y que nosotros no podemos captar de Dios lo que Él es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a Él (S. Tomás de A., s. gent. 1, 30).

Resumen:

El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso. Viniendo de Dios y yendo hacia Dios, el hombre no vive una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios.

El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en quien encuentra su dicha. Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, no habrá ya para mí penas ni pruebas, y mi vida, toda llena de ti, será plena (S. Agustín, conf. 10, 28, 39).

Cuando el hombre escucha el mensaje de las criaturas y la voz de su conciencia, entonces puede alcanzar la certeza de la existencia de Dios, causa y fin de todo.

La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus obras, gracias a la luz natural de la razón humana (cf Cc. Vaticano I DS 3026).

Nosotros podemos realmente nombrar a Dios partiendo de las múltiples perfecciones de las criaturas, semejanzas del Dios infinitamente perfecto, aunque nuestro lenguaje limitado no agote su misterio.

Sin el Creador la criatura se diluye (GS 36). He aquí por qué los creyentes saben que son impulsados por el amor de Cristo a llevar la luz del Dios vivo a los que no le conocen o le rechazan.

  1. Refutación del ateísmo.

Materialismo – Panteísmo – Positivismo – Darwinismo.

  1. ¿Puede explicarse, prescindiendo de Dios, el origen del mundo y de los seres que lo componen?

No, es imposible. Todos los sistemas inventados para explicar el origen de los seres, el movimiento y el orden que reinan en el mundo, la vida de las plantas y de los animales, la vida intelectual del hombre son absurdos, imposibles. Es necesario recurrir a Dios todopoderoso, creador del mundo y de todo lo existente. Hemos de decir con la Iglesia: “Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra”.

Es fácil afirmar: Dios no existe; basta ser un necio. Dixit insipiens. Pero no termina todo en este aserto; hay que explicar el mundo, el mundo existe… Cabe deslumbrar con las palabras rimbombantes de inmanencia, períodos atómicos, gases en combustión, cantidades puras, etc., pero estas palabras nada explican.

Las pruebas de la existencia de Dios refutan el ateísmo; quédanos por demostrar lo absurdo de los sistemas imaginados para explicar 1º, la existencia de la materia; 2º, la organización del mundo; 3º, el origen de los seres vivientes. Estos sistemas pueden reducirse a cuatro: 1º, el materialismo; 2º, el panteísmo; 3º, el positivismo, y 4º, el transformismo o darwinismo.

Materialismo.

  1. ¿Qué es el materialismo?

El materialismo es el grosero error que no admite más que una cosa: la materia, cuyos átomos, primitivamente separados, se han reunido y han formado el mundo. Según este sistema, la materia es eterna y existe por sí sola, con sus fuerzas y sus leyes. Semejante sistema es imposible; y es baldón de nuestra época haber renovado estos errores paganos.

Los incrédulos modernos, al negar a Dios, no pueden librarse de admitir las perfecciones que este Nombre augusto representa. Las atribuyen a la materia, cuya existencia única proclaman haciendo de ella un ídolo. Dicen que es necesaria, eterna, increada y creadora del orden y de la vida.

Pero, nada más falso ni más imposible.

1º El Ser necesario no puede menos que existir; y es evidentísimo que la materia podría no existir. ¿Cuál es el ser, tomado individualmente, que sea necesario en este mundo? ¿Qué importan una piedra, un árbol, una montaña más o menos? Lo que es verdadero hablando de las diversas partes, es necesariamente verdadero hablando del todo; luego, la materia no es el Ser necesario.

2º El Ser necesario es infinito. ¿Puede decirse, por ventura, que la materia es infinita? Toda la materia ¿no es limitada? La materia no posee ni vida ni inteligencia; no es, pues, infinitamente perfecta; luego, la materia no es el Ser necesario.

3º El Ser necesario es inmutable; y al contrario, la materia está sometida a toda clase de mudanzas; las combinaciones físicas y químicas modifican diariamente su forma y manera de ser. Luego, una vez más, la materia no puede ser necesaria.

El ateo es, en realidad, digno de lástima por los absurdos que está obligado a admitir. Y así:

  1. a) Admite una materia, por naturaleza propia soberanamente imperfecta, y que, sin embargo, tendría una perfección infinita, la eternidad.
  2. b) Admite una materia absolutamente inerte, que se daría a sí misma un movimiento que no tiene.
  3. c) Admite una materia desprovista de inteligencia y que produce obras maestras de inteligencia, como lo es la organización del universo, ese reloj inmenso y complicado que no se rompe, que no se detiene, que no se gasta, que no se descompone nunca.
  4. d) Admite una materia que no tiene vida y que produce seres vivientes como la planta, el animal, el hombre.
  5. e) Admite una materia que no piensa, que no raciocina, que no es libre, y que produce seres capaces de pensar, de raciocinar, de querer libremente, como el hombre.

Los impíos modernos capitaneados por Renán han renovado el sistema de Epicuro. Suponen un número infinito de átomos que se mueven en el vacío. Un día, estos átomos se encontraron por casualidad, se unieron y formaron masas de las que resultaron tierra, sol, luna, estrellas, es decir, el mundo.

Su sistema es pueril y absurdo. Suponen átomos innumerables, mas no dice de dónde salen. Los suponen en movimiento, pero se olvidan de decir quién los mueve. Suponen que su encuentro fortuito ha producido el mundo, pero no dicen quién es el autor del orden admirable que reina en el mundo.

Estos incrédulos fundan su sistema sobre tres imposibles:

1º Es imposible que existan átomos sin un creador;

2º Es imposible que los átomos se muevan sin un motor;

3º Es imposible que el encuentro de los átomos haya producido el orden sin un ordenador inteligente.

Se necesita un Dios para crear estos famosos átomos, un Dios para ponerlos en movimiento, un Dios para formar esos globos admirables que ruedan sobre nuestras cabezas con orden y armonía sublimes.

Lo que se dice de los átomos puede aplicarse igualmente a las substancias gaseosas o líquidas, a la materia primera que ha servido para construir el mundo.

Panteísmo.

  1. ¿Qué es el panteísmo?

El panteísmo es un error monstruoso que no admite un Dios personal distinto del mundo; Dios sería el conjunto de todos los seres del universo. Este sistema no es más que un ateísmo hipócrita; repugna y es desastroso en sus consecuencias.

El segundo sistema inventado para explicar el mundo prescindiendo de Dios se llama panteísmo. Esta palabra significa que todo es Dios. Se presenta bajo formas muy diversas, pero su dogma constitutivo consiste en admitir una sola substancia, de la cual los seres visibles no son sino modificaciones o evoluciones. Es el Dios-naturaleza, el Dios-fuerza, el Grande-Todo; es la identidad de Dios y del universo. Se puede decir del panteísmo lo que decía Bossuet del paganismo: Todo es Dios, excepto Dios mismo.

“Según este ridículo sistema, usted es dios y yo soy dios. Un macho cabrío y un toro que rumia son nuestros hermanos en divinidad. Pero, ¿qué digo? Una berza, un nabo, una cebolla son dioses como nosotros. El hongo que usted recoge por la mañana es un dios que brotó durante la noche. Cuando una zorra atrapa una gallina, es un dios que atrapa a otro dios. Cuando un lobo devora un cordero, es un dios que se devora a sí mismo. El cardo y el asno que lo come son el mismo dios. Si yo corto a un hombre el cuello, ejecuto una acción divina… Ya ve usted cuán razonable es todo esto y, sobre todo, cuán moral. Con este sistema no hay más crímenes. El robo, el asesinato, el parricidio son caprichos de un dios… ¿Puede imaginarse nada más absurdo?… ¡Parece cosa de sueño ver a hombres que se dicen filósofos escribir y enseñar semejantes estupideces!”[2].

1º El panteísmo destruye la idea de Dios; porque Dios es inmutable, infinito, perfecto y necesario, y no puede, por tanto, ser variable, finito, limitado, imperfecto como la materia. Es un ateísmo hipócrita.

2º Admite efectos sin causa; porque si Dios es un ser personal distinto del mundo, no hay seres necesarios, puesto que el Ser necesario es único, y entonces, ¿dónde está la causa que ha producido el universo?…

3º Es contrario al sentido íntimo (o conciencia). Yo siento (o yo sé), sin que haya lugar a dudas, que yo soy yo, y no otro.

4º Contradice los enunciados de la razón, que descubre en Dios y en el mundo, atributos contradictorios.

5º El panteísmo es una verdadera locura, pero una locura criminal, porque abre la puerta a los vicios y aniquila la virtud, porque destruye toda idea de legislador, de ley, de conciencia, de deber, de castigo y de recompensa.

N.B. Hay dos formas principales de panteísmo: el naturalista, que es un materialismo disfrazado, y el panteísmo idealista del judío holandés Espinosa y de Hegel, popularizados en Francia por Renán, Taine y Wacherot.

Positivismo.

  1. ¿Qué es el positivismo?

El positivismo es un sistema que no admite nada real y positivo si no es materia; no reconoce sino lo que se puede comprobar con la experiencia, y considera como hipotético todo lo que no cae bajo el dominio de los sentidos: Dios, alma, vida futura. Este sistema degradante no es sino un materialismo hipócrita.

El positivismo es el último progreso de la razón humana, el último término de las evoluciones científicas. Los positivistas reconocen por jefe a Comte y por maestros a Littré, Renán, Robinet… No quieren buscar la causa primera de los seres, declarándola desconocida, y pretenden que no hay que tratar de ella… Según ellos, “nada hay real y positivo más que la materia, las fuerzas que le son propias y las leyes que de ella dimanan. Todo lo que no se halla en los hechos es inaccesible a la razón; los hechos, y sólo los hechos analizados y coordinados; lo demás es quimera. Lo infinito no es más que un ideal, y, por consiguiente, no hay Dios. Dios es una ficción o, a lo sumo, una hipótesis hoy completamente inútil. No hay alma espiritual. La idea, el pensamiento no son sino productos, secreciones del cerebro. En una palabra, una sola cosa existe, y ésta es la materia”.

Tal es el resumen de la doctrina positivista: la negación de Dios y del alma espiritual; la moral independiente o la moral sin Dios, que no tiene más principio ni más regla de conducta que el sentimiento del honor. Este sistema abyecto se reduce a una forma disfrazada del ateísmo; es un materialismo hipócrita.

La refutación de este grosero error se halla en las diversas pruebas que hemos presentado de la existencia de Dios. Estos pretendidos sabios se limitan a negar, sin probar nada. Pero se necesita algo más que una simple negación para destruir nuestras pruebas. Negar a Dios no es suprimir su existencia. Después de miles de años, el mundo cree en Dios, y tiene derecho a reírse de esas negaciones gratuitas. Por más que el ciego niegue la existencia del sol, el sol no dejará de iluminar.

Los positivistas rechazan la ley del sentido común y de la razón, que obliga a admitir una causa productora de los fenómenos que nosotros vemos. Más allá de esta bóveda estrellada, dice Pasteur, ¿qué hay? Otros cielos estrellados. Sea. ¿Y más allá?… El espíritu humano, impulsado por una fuerza invencible, no cesará de preguntarse: ¿Qué hay más allá? Hay que llegar a lo infinito, y sólo Dios es infinito.

Hay que llegar hasta el Ser necesario, pues, conforme hemos visto, no todos los seres pueden ser producidos; y no hay más que un solo Ser necesario, y este Ser necesario es el mismo Dios.

Generaciones espontáneas. – Transformismo o darwinismo.

  1. ¿Cuáles son las hipótesis imaginadas por los incrédulos para explicar, con exclusión de Dios, el origen de los seres vivientes?

Han ideado la hipótesis de la generación espontánea y la del transformismo o darwinismo. Estos dos sistemas, que adquirieron gran celebridad, son contrarios a las experiencias científicas; llegan a suponer efectos sin causa, y, por lo mismo, la ciencia y el sentido común los condenen y rechazan.

1º Algunos naturalistas, para prescindir de Dios, atribuyen el origen de los seres vivientes a las generaciones espontáneas. Así se llama el nacimiento de un ser vivo sin un germen anterior, por el solo juego de las fuerzas inherentes a la materia.

2º Llámase transformismo el sistema según el cual los seres vivientes más perfectos derivan de otros menos perfectos por una serie indefinida desde el ser más rudimentario hasta el hombre. De acuerdo con este sistema, los impíos pretenden que el hombre desciende del mono. El inglés Darwin, particularmente, se ha dedicado a explicar estas transformaciones sucesivas mediante dos agentes que llama selección natural y lucha por la existencia. Darwin ha dado al transformismo su nombre, y así se llama también darwinismo.

Estos dos sistemas, la generación espontánea y el transformismo, dejan siempre sin solución la cuestión de saber quién ha creado los primeros seres y quién les ha dado su energía vital…

Después de los experimentos de Pasteur y otros sabios, el sistema de las generaciones espontáneas ha quedado definitivamente refutado. El aire y el agua están llenos de gérmenes, para cuyo desarrollo sólo se requiere un medio propicio. Destruidos estos gérmenes, no hay más que una ley: no existen, si no son producidos por otros seres vivos de la misma especie.

El darwinismo tiene por base fundamental la transformación de las especies. Pues bien, si hay algo bien comprobado es que las especies son fijas, y no se transforman. Es posible perfeccionar las razas, pero las especies no se mudan; son y quedan eternamente distintas. Producir una especie nueva, decía Leibnitz, es un salto que jamás da la naturaleza; lo mismo afirman los sabios naturalistas. Luego tal sistema está en flagrante contradicción con las leyes de la naturaleza.

Estos enunciados, resultados de la experiencia y de la ciencia, están confirmados también por la historia y por la geología. Cuando se examinan las especies animales y vegetales recogidas en las tumbas egipcias y en los yacimientos fósiles, se las encuentra absolutamente iguales a las que viven en nuestros días. Las semillas encontradas en esas mismas tumbas no han dejado de producir vegetales idénticos a los nuestros.

Este sistema es contrario a la razón; admite efectos sin causa, ¡y qué efectos! Todo el mundo viviente. La razón por la cual una causa puede producir su efecto es porque lo contiene de alguna manera. ¿Cómo dar lo que no se tiene? Es imposible.

Pero una cosa se puede contener en otra, de tres maneras: a) Formalmente con todo su ser; así, un trozo de mármol está contenido en la cantera. b) Eminentemente, es decir, de una manera superior; así, la autoridad soberana contiene la de un prefecto, de un gobernador de provincia. c) Virtualmente, en germen, y es la manera como todos los seres vivientes están contenidos en el germen que los produce.

Pues bien, estos seres vivientes no están contenidos de ningún modo en la materia bruta; por lo tanto, existirían sin causa.

Además, ninguna causa puede producir un efecto o un ser de especie superior a ella, porque este grado superior de ser no tendría como tal, una causa positiva. Ahora bien, los seres vivientes son de naturaleza superior a la materia bruta; luego estos seres vivientes no pueden proceder de ella, porque serían efectos sin causa.

Por las mismas razones, los seres vivientes superiores no pueden proceder de los inferiores. Así, el hombre no puede proceder del mono; sería un efecto sin causa. “Ningún ser -dice Santo Tomás- puede obrar más allá de su especie, teniendo en cuenta que la causa debe ser más poderosa que el efecto y que el efecto no puede ser más noble que la causa”.

En resumen, el sentido común nos dice: no se puede dar lo que no se tiene; si no se tiene dinero, no se puede dar dinero. Ahora bien, la materia no tiene movimiento, no tiene vida, no tiene inteligencia; luego, no puede dar ni movimiento, ni vida, ni inteligencia. Pero en el universo hay movimiento, hay seres vivos, hay seres inteligentes; luego, existe fuera del mundo un Ser superior que ha dado al mundo el movimiento, la vida, la inteligencia. Este Ser es Dios.

Conclusión. Para explicar el origen del mundo, se ha de admitir el dogma de la creación. Crear es sacar de la nada; crear es producir seres por un simple acto de voluntad. Dios, por un simple acto de voluntad omnipotente, ha creado el mundo.

La creación no repugna por lo que respecta a la criatura, la cual es posible sin ser necesaria; puede, pues, empezar a existir; y, en efecto, nosotros vemos muchísimas cosas que nacen y empiezan…

La creación no repugna por lo que respecta a Dios, porque su poder es infinito; puede, pues, producir todo efecto que no repugne.

El dogma de la creación se impone. No queda fuera de ella otro medio para explicar el origen de los seres que forman el universo.

El mundo es finito, limitado, sujeto a mudanzas, y, por lo tanto, no puede ser el ente necesario. Luego ha sido producido por otro. No puede ser una emanación de la substancia divina, porque el Ente divino es absolutamente simple, indivisible, inmutable. No queda otro recurso para explicar su existencia que decir que ha sido creado por la omnipotencia de Dios. Aquí, la razón, como la fe, se ven obligadas a exclamar: ¡Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra!

Consecuencias funestas del ateísmo.

  1. ¿Cuáles son las funestas consecuencias del ateísmo?

El ateísmo conduce a las más funestas consecuencias:

1º Quita al hombre todo consuelo en las miserias de la vida.

2º Destruye la moral y entrega al hombre a sus perversas pasiones.

3º Hace imposible la sociedad.

1º El ateísmo quita al hombre todo consuelo. El corazón del hombre necesita de Dios cuando el dolor le hiere. Junto a un féretro, al borde de una tumba hay un solo consuelo eficaz. Suprimid a Dios, ¿y qué consuelo ofreceréis al hombre que llora la pérdida de una madre, de una esposa, de hijos tiernamente amados? Para ser ateos es menester no tener corazón.

¿Qué serían, sin Dios, los pobres, los enfermos, los débiles, los desheredados de la vida? Dios es el amigo de los que no tienen amigos, el refugio de los perseguidos, el vengador de los calumniados, el tesoro de los indigentes. Sin Dios, el mundo sería un infierno para las tres cuartas partes de la humanidad.

Si Dios no existe, ¿de qué sirve nacer para trabajar, penar, sufrir durante cuarenta o sesenta años, languidecer algunos meses en una cama de hospital y después morir y convertirse en pasto de gusanos? ¿Qué nos dan los crueles sofistas que dicen que Dios no existe? La embriaguez y la crápula: esto es lo que nos proponen en lugar del cielo. ¡Miserables!…

¿No es mejor mirar al cielo y decir a Dios: “Padre, no os olvidéis de vuestros hijos que trabajan, que sufren y esperan vuestro reino”?…

2º El ateísmo destruye la moral. Si no hay Dios, ninguna autoridad soberana impone el deber, ninguna justicia infinita recompensa a los buenos y castiga a los malos como conviene; el hombre sin deberes, libre del temor del castigo y sin esperanza de recompensa, no tiene por qué no dar rienda suelta a sus pasiones. Se destruye toda moral.

Una moral es esencialmente una regla de vida que obliga a un ser libre, prescribiéndole ciertos actos y prohibiéndole otros. Esta regla, obligatoria como toda ley, supone un legislador que la dicte, un juez que la aplique, un remunerador que recompense a los que la observan y castigue a los que la violan. Si falta Dios, no hay ni legislador, ni juez, ni remunerador de la virtud, ni castigador del vicio; el hombre queda entregado a sí mismo y a sus torcidas inclinaciones. La ley moral sin sanción carece de autoridad y será despreciada siempre que demande esfuerzos penosos y sacrificios.

Se nos dirá: ¿Y la conciencia?…

Si la conciencia, que manda o prohíbe, no es el eco de la voz de Dios, ahogaremos sus gritos y no la obedeceremos. La conciencia nada significa si no habla en nombre de un superior. Si Dios no existe, yo desafío a todo el mundo a que se me muestre una ley que me obligue en conciencia. ¿Quién me impide satisfacer todas mis pasiones? ¿Con qué derecho viene un hombre a imponerme su voluntad?… Dios es el principio de donde dimanan todos los derechos y todos los deberes. Sin Dios, un niño será, con el tiempo, un mal hijo, un mal padre, un mal esposo, un mal ciudadano, el primero de los impíos, el último de los hombres. Será un joven sin buenas costumbres, un hombre maduro sin conciencia, un viejo sin remordimientos, un moribundo sin esperanza.

3º Si no hay Dios, la sociedad es imposible. Una sociedad no puede subsistir si no existen la autoridad que impone las leyes, la obediencia que las cumple, y las virtudes sociales.

Ahora bien, faltando la creencia en Dios, los gobernantes de los pueblos no tienen espíritu de justicia, se convierten en tiranos, y en el poder no buscan más que el modo de satisfacer sus pasiones. Los súbditos pierden el respeto a la autoridad, el espíritu de sumisión a las leyes, y no tienen más aspiración que el placer, ni más freno que el temor, ni más regla de conducta que la utilidad o el capricho. Una sociedad de ateos sería ingobernable.

Si no admitimos a Dios, no se conciben virtudes sociales, ni justicia, ni caridad, ni espíritu de sacrificio, ni patriotismo.

Si la justicia no es impuesta por Dios, nadie la practicará. Dos comerciantes ajustan una cuenta. -¿Quiere usted un recibo? -Entre gente honrada no es menester; Dios nos ve, y esto basta. -¿Usted cree en Dios? -Yo sí, ¿y usted? –Yo, no. -Entonces, déme usted pronto un recibo…

Para vivir en sociedad hay que consagrarse al bien general, a veces hasta con el sacrificio de la propia vida. Soldado obscuro, colocado como centinela en los puestos avanzados, y sorprendido por el enemigo, si doy la señal de alarma, caeré hecho pedazos; la conciencia me intima que dé la señal y muera. Si Dios ha de recompensar mi abnegación, yo acepto la muerte. Pero si Dios no existe, ¿puedo yo sacrificar mi vida, único bien que poseo, sin tener ninguna esperanza?… Hay que morir por la patria, se dice; pero, ¿qué me importa la patria, si Dios no existe?…

Donde no existe la creencia en Dios, no solamente no hay virtudes sociales, sino que, por el contrario, se multiplican todos los crímenes, y los hombres no son más que animales salvajes que se devoran unos a otros. Pero, objetaréis: ¿Y la cárcel, y la policía?… De cada cien asesinatos apenas diez son descubiertos; un noventa por ciento de crímenes queda oculto e impune. Si no hay un Dios a quien rendir cuentas, basta evitar la policía, o comprarla. Tal sociedad sería bien pronto un matadero.

Todas las sociedades, dese el origen del mundo hasta ahora, han reposado sobre tres verdades fundamentales: la existencia de Dios, la del alma y la de la vida futura. Removed estas tres bases morales, y arrojaréis las sociedades al abismo de las revoluciones y las condenaréis a la muerte.

Los horrores y las matanzas de la Revolución del 1893 y de la Comune de París en 1871 no eran más que el ateísmo puesto en práctica. Ni que hablar de la primera y segunda guerra. El socialismo, que quiere destruir la sociedad hasta en sus cimientos, es el fruto natural del ateísmo; los mismos positivistas lo declaran en sus libros y revistas. Por consiguiente, se necesita para fundamento, y fundamento estable, de las sociedades humanas un Dios todopoderoso, bueno, justo, creador de todas las cosas y gobernador del mundo material por medio de leyes físicas, y de los hombres por medio de leyes morales. Todo descansa sobre esta base.

  1. ¿Hay realmente ateos?

Se llaman ateos aquellos que niegan la existencia de Dios. Se clasifican en tres categorías. Los ateos prácticos, que se portan como si Dios no existiera. Los ateos de corazón, que querrían que Dios no existiera, a fin de poder entregarse libremente a sus pasiones. Los ateos de espíritu, aquellos que, engañados por sofismas, creen que no hay Dios.

Hay, por desgracia, un número demasiado crecido de ateos prácticos que viven sin Dios, y no le rinden homenaje alguno.

Hay también, para vergüenza del género humano, ateos de corazón, que desean que no haya Dios, que así se atreven a decirlo y a escribirlo en sus libros y en los periódicos, porque temen a un Dios que castiga el mal.

Pero no existen verdaderos ateos que nieguen a sangre fría y con convicción la existencia de Dios. Solamente el corazón del insensato es el que desea que Dios no exista. Dijo el necio en su corazón, no en su inteligencia: ¡Dios no existe!

Las principales causas productoras del ateísmo son: 1º, el orgullo que obscurece la razón; 2º, la corrupción del corazón, al que molesta y espanta la existencia de Dios. Un día le dijeron a un hombre de ingenio: ¿cuál es la causa de que haya ateos? La cosa es muy fácil de explicar, contestó; para hacer un civet [3], tomad una liebre, dice la cocinera perfecta; para hacer un individuo que niegue la existencia de Dios, tomad una conciencia y manchadla con tantos crímenes que no pueda ya contemplarse a sí misma sin exclamar: “¡Ay de mí, si Dios existe!” Ahí tenéis el secreto del ateísmo.

Los que no creen o aparentan no creer en Dios son, por regla general, pobres ignorantes que no han estudiado nunca la religión; o gente malvada, orgullosa, ladrones, libertinos, interesados en que Dios no exista para que no los castigue según lo merecen. Dios es una pesadilla de los malhechores, mucho más odiosa que la policía, y su existencia se niega para andar con mayor libertad… “Yo quisiera ver -dice La Bruyère- a un hombre sobrio, moderado, casto y justo, negando la existencia de Dios; ese hombre, por lo menos, hablaría sin interés; pero un individuo así no se encuentra”. “Tened a vuestras almas en estado de desear que Dios exista, y no dudaréis de Él” (J. J. Rousseau).

Objetos del ateísmo.

Todos los argumentos que presentan los falsos sabios para librarse de Dios, y particularmente para no hacer lo que Él manda, se reducen a los dos siguientes: 1º A Dios no se lo ve. 2º No se le comprende.

1º Yo no creo sino en lo que veo. Pero a Dios no lo he visto. Luego, Dios no existe.

Respuesta. Se les podría preguntar: ¿Han visto ustedes Asia, África, Oceanía? ¿Han visto ustedes a Napoleón o a Carlos V? ¿Han visto al obrero que construyó el reloj que usan? ¿Ven el aire que respiran y que los hace vivir? ¿El fluido eléctrico que pasa rápido como el relámpago por el hilo telegráfico para transmitir el pensamiento hasta los últimos rincones del mundo? ¿Ven la fuerza que en la pólvora o en la dinamita hace pedazos las rocas más grandes? ¡Cuántas cosas admiten ustedes sin verlas, sólo porque ven sus efectos!

Pues bien, nosotros, por nuestra parte, creemos en Dios porque vemos en el mundo los efectos de un poder y de una sabiduría infinitos. Es cierto que a Dios no se le puede ver con los ojos del cuerpo, porque es un puro espíritu que no se puede ver, ni tocar, ni percibir con los sentidos. Pero ¿acaso no tiene el hombre diferentes medios para conocer lo que existe?

¿No existe la inteligencia, que ve la verdad con evidencia, sea que se manifieste al espíritu como la luz se manifiesta al ojo, sea que resulte de una demostración o raciocinio? Los que sólo quieren creer lo que ven, rebajan la dignidad del hombre y se colocan en un plano inferior al de los brutos. ¿Os atreveríais a negar la luz porque no la podéis percibir mediante el oído? ¿Puede un ciego negar la existencia del sol porque no lo ve? Pues de la misma manera, si no se ve a Dios con los ojos del cuerpo, se le ve con la razón, se le conoce por sus obras.

Un misionero preguntaba a un árabe del desierto: “¿Por qué crees en Dios? Cuando yo percibo -respondió él- huellas de pasos en la arena, me digo: alguien ha pasado por aquí. De la misma manera, cuando veo las maravillas de la naturaleza, me digo: una gran inteligencia ha pasado por aquí, y esta inteligencia infinita es Dios”.

Uno de los más célebres naturalistas, Linneo, decía: “En medio de las maravillas del mundo he visto la sombra de un Dios eterno, inmenso, todopoderoso, soberanamente inteligente, y me he prosternado para adorarle”.

Narración. Hace poco tiempo vivía un viejo que no tenía menos de cien años; y este anciano, que había estudiado durante toda su vida, era uno de los hombres más sabios de Francia y del mundo entero. Se llamaba Chevreul.

Un día que había hecho oración en público, un joven atolondrado de veinte años le dijo: “Usted, pues, ¿cree en Dios? ¿Le ha visto usted?”

 “Claro que sí, joven, yo he visto a Dios, no en Sí mismo porque es un puro espíritu, pero sí en sus obras. Sí; yo he visto su omnipotencia en la magnitud de los astros y en su rápido movimiento. Yo he visto su inteligencia y sabiduría infinita en el orden admirable que reina en el universo. Yo he visto su bondad infinita en los innumerables favores de que me ha colmado. Y usted, joven, ¿no ha visto todo eso? ¿No ve usted al pintor divino en el magnífico cuadro de la creación? ¿No ve usted al mecánico celestial en esta admirable máquina del mundo? ¿No ve usted al artista en su obra? Joven, es usted muy digno de lástima; está usted ciego”.

El joven, confundido, bajó la cabeza y se alejó.

2º Los incrédulos dicen también: Yo no puedo creer en lo que no comprendo; y como no comprendo a Dios, no existe.

“¿Cree usted en la tortilla?, decía, en 1846, el P. Lacordaire a un burgués incrédulo. Seguramente. ¿Y comprende usted cómo el mismo fuego que hace derretir la mantequilla endurece los huevos? El burgués no supo qué responder. ¡Cuántas cosas hay que admitir sin comprenderlas! ¿Cómo la misma tierra, sin color ni sabor, produce flores y frutos de matices y sabores tan variados? ¿Cómo el grano de trigo se transforma en tallo, y luego en espiga de 30, 40, 50 gramos? ¿Cómo el pan se convierte en nuestra carne y en nuestra sangre? ¿Qué es la luz, el vapor, la electricidad?… ¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es el alma? ¿Qué es la vida? ¡Misterio! Todo es misterio en torno nuestro, y a cada instante debemos inclinar nuestra pobre razón ante muchas cosas que nos vemos forzados a admitir.

Es indudable que nosotros no podemos comprender a Dios, porque comprender es contener, y nuestro espíritu es demasiado pequeño, demasiado limitado para contener a Dios que no tiene límites. Para comprender lo infinito es menester una inteligencia infinita; si el hombre pudiera comprender a Dios, Dios no sería Dios, porque no sería infinito. Pero nosotros podemos concebir a Dios, es decir, tener un conocimiento suficiente de su ser, de sus atributos y especialmente de su existencia.

Dios es, aquí abajo, lo que hay de más claro y más obscuro al mismo tiempo; de más claro en su existencia, de más obscuro en su naturaleza. Es visible en sus obras, que son a manera de otros tantos espejos donde se reflejan sus perfecciones adorables; y está oculto a causa de las sombras que envuelven su grandeza infinita; es el sol oculto detrás de una nube. Pero se rasgará el velo que nos oculta la divinidad, y, semejante al crepúsculo que anuncia el sol, el tiempo presente no es más que la aurora del día entero.

Narración. El célebre orador Combalot predicaba un día en Lyon. Acababa de exponer a su encantado auditorio las pruebas de la existencia de Dios; y, en una conclusión enérgica, había atacado al audaz sacrilegio de aquellos desgraciados que padecen la locura de rebelarse contra su Creador.

El padre, agitado, sudando a mares, baja del púlpito. Al llegar a los últimos escalones, se detiene, se golpea la frente y vuelve a subir como si fuera a empezar un nuevo sermón. No fue muy largo.

Lionenses, -dijo- desde vuestra ciudad se distingue el monte Blanco. Pues bien, ¡las ratas no se lo comerán!…

El público quedó maravillado y convencido. En efecto, sería cosa eminentemente ridícula una conspiración de ratas que juraran arrasar el monte Blanco. Pero no lo será nunca tanto como ese puñado de ateos que atacan a Dios y que se han prometido destruirlo. ¡Pobres ratas, que quieren arrasar una montaña, millones de veces más grande que el monte Blanco de los Alpes!

Todo de un Dios anuncia la eternal existencia; a Dios no se lo puede comprender ni ignorar. La voz del universo prueba su omnipotencia, la voz de nuestras almas nos le manda adorar.

III. Dios es el Creador, Conservador y Señor de todas las cosas. Él lo gobierna todo con su Providencia.

La vista del universo nos ha mostrado la existencia de una causa primera, de un Dios, Ser necesario, eterno, infinito, dotado de todas las perfecciones posibles. Este mismo espectáculo nos muestra también lo que es Dios en relación a nosotros. Dios es el Creador de todas las cosas y su soberano Señor. Él lo conserva y gobierna todo con su Providencia.

  1. ¿Por qué se llama a Dios Creador del cielo y de la tierra?

Porque Dios ha sacado de la nada el cielo, la tierra, los ángeles, los hombres y todo lo que existe.

Crear es hacer algo de la nada por el solo acto de la voluntad. Sólo Dios es creador; la creación exige una potencia infinita, porque de la nada al ser hay una distancia infinita que sólo Dios puede salvar. Aunque los hombres reunieran todos sus esfuerzos, no serían capaces de crear un grano de arena.

  1. ¿Por qué ha creado Dios el mundo?

Dios ha creado el mundo para su propia gloria, único fin verdaderamente digno de sus actos; y también para satisfacer su bondad comunicando a los seres creados la vida y felicidad de que Él es principio.

Dios no podía crear sino para su gloria. Él debe ser el único fin de todas las cosas, por la razón de su único principio. Dios no podía trabajar para otro, porque Él existía solo desde toda la eternidad. Aparte de esto, ningún obrero trabaja sino para su propia utilidad. Si trabaja para otro, es porque espera ser remunerado. Dios, comunicando el ser, cuya fuente y plenitud posee, no podía proponerse otra cosa que grabar en sus criaturas la imagen de sus perfecciones, manifestarse a ellas, ser reconocido, adorado, glorificado por ellas como un padre es bendecido, amado, alabado por sus hijos.

  1. ¿Cómo procuran la gloria de Dios las criaturas inanimadas o sin inteligencia?

Manifestando a los hombres el poder, la sabiduría y la bondad de su Creador. Estas criaturas existen para el hombre, y el hombre para Dios.

Contemplando las magnificencias del universo, el hombre aprende a conocer las perfecciones divinas que brillan en todas partes, y se siente obligado a rendir pleno homenaje al Autor de todas las cosas, no sólo en su propio nombre, sino en nombre también de todos los seres inanimados o privados de razón, de los cuales él se ve hecho rey, y cuyo intérprete y mediador debe ser necesariamente. Así, las criaturas materiales bendicen y adoran a su Creador, no por sí mismas, sino mediante el hombre, que, como pontífice de la naturaleza entera, ofrece un homenaje a la divinidad.

  1. ¿Dios es el Dueño o Señor de todas las cosas?

Sí; Dios es el Dueño de todas las cosas, porque Él las ha creado y las conserva.

Si el obrero es dueño de su obra, con mayor razón Dios es el Señor del universo, porque Él lo ha hecho, no solamente dándole forma como el artista a su obra, sino comunicando el ser a su materia, a su substancia. Y no es esto todo, sino que Dios lo conserva; de suerte que si por un solo instante dejara de sostenerlo, inmediatamente el mundo volvería a la nada.

El dominio de Dios es universal, porque todo lo que existe le debe el ser y la conservación. Es absoluto, y nadie puede resistir a su poder soberano. Es necesario, es decir, que Dios no puede abdicar de él, porque nada es independiente de Dios. Por consiguiente, si el hombre es libre, no es independiente. Puede negar a Dios su obediencia, pero a pesar de su rebeldía, queda sujeto a este deber.

  1. ¿El mundo necesita de Dios para seguir existiendo?

Sí; el mundo, que vino de la nada por la voluntad de Dios, no existe sino por la misma voluntad. Es necesario que Dios conserve los seres de una manera directa y positiva por una especie de creación continuada.

Fue necesario que Dios sacara de la nada al mundo para que existiera. También es necesario que lo conserve para que no vuelva a la nada. Para que un ser contingente o producido sea conservado en todos los momentos de su existencia, necesita del mismo poder y de la misma acción que se necesitó para que fuera producido, porque no contiene en sí mismo el poder de existir. Si la acción de Dios se detiene, el ente cae en la nada.

Imaginaos un objeto sostenido por la mano; si la mano se retira, el objeto cae. Mirad un arroyuelo, alimentado por una fuente; si la fuente se ciega, el arroyuelo se seca. Estas dos imágenes representan la situación de las cosas contingentes, sacadas de la nada por la mano divina; y porque existen han recibido de Dios la existencia por el acto creador. El mundo dura porque Dios lo hace durar; si Dios suspendiera su acción, el mundo se aniquilaría.

Dios, que conserva sus criaturas, concurre también a la acción de éstas de una manera positiva e inmediata. Y no es que Él obre en lugar de ellas, sino que les da la facultad de obrar y las ayuda a ejercer esa facultad. Es lo que se llama concurso divino; las causas segundas obran siempre sometidas a la influencia de la causa primera.

  1. ¿Gobierna Dios el mundo?

Sí; Dios gobierna el mundo con una sabiduría y poder infinitos. Gobierna el mundo material y el mundo espiritual; la actual sociedad civil y la sociedad religiosa; las naciones, la familia, los individuos; Él dirige todos los acontecimientos, y nada sucede sin su orden o permiso. Este gobierno que Dios ejerce sobre el mundo se llama Providencia.

Dios, después de haber creado el mundo, no lo deja entregado a sí mismo; no solamente lo conserva, sino que lo gobierna con su Providencia. Dios gobierna a todas las cosas, es decir, las dirige a su fin propio, y no sucede nada en el mundo sin su orden o sin su permiso.

El fin de las criaturas es el objeto para el cual Dios las ha creado; es la función a la cual el Creador las destina. Dios provee a todos los seres de los medios necesarios para alcanzar este fin, para desempeñar sus funciones.

  1. ¿Por qué decimos que nada sucede sin orden o sin permiso de Dios?

Porque hay cosas que Dios quiere y ordena positivamente, y otras que sólo permite. Dios quiere todo aquello que resulta de las leyes establecidas por Él; pero el pecado sólo lo permite. Él no lo autoriza, pero lo tolera por respeto a la libertad de que ha dotado al hombre.

  1. ¿Qué es la Providencia divina?

En su acepción más amplia, la Providencia es el cuidado que Dios tiene de todas sus criaturas.

En sentido estricto, la Providencia es la acción llena de sabiduría y de bondad por la cual Dios guía a cada criatura al fin particular que le ha señalado, y a todas a un fin general, que es su propia glorificación.

La palabra Providencia significa prever y proveer; es una operación divina por la cual Dios prevé el fin de todas sus creaturas y las provee de los medios necesarios para alcanzarlo. Dios dirige así todas las cosas a la realización de sus eternos designios.

  1. ¿Cómo probamos la existencia de la divina Providencia?

Dios no sería infinitamente sabio, poderoso, bueno y justo, si no velara por todas sus criaturas, particularmente por el hombre. Negar la Providencia es negar a Dios.

La historia enseña que todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, han creído en la Providencia; es, pues, su existencia una verdad de sentido común.

Fuera de eso, la negación de la Providencia implica las mismas funestas consecuencias que el ateísmo.

La idea de Dios, bien comprendida, demuestra la absoluta necesidad de la Providencia. Dios es infinitamente sabio, luego ha debido, al llamar cada cosa a la existencia, señalarle un fin especial y proporcionarle todos los medios para alcanzarlo; infinitamente inteligente, conoce todas las necesidades de sus criaturas; infinitamente poderoso, tiene todos los medios para auxiliarlas; infinitamente bueno, las ama como a hijos, y es imposible que no se cuide de su perfección y de su felicidad; infinitamente justo, debe premiarlas y castigarlas según sus propios méritos.

Negar estos atributos es negar a Dios.

El orden y la armonía que reinan en el universo son una prueba de la divina Providencia; si Dios no gobierna el mundo, reinarían en él, mucho tiempo atrás, la confusión y el caos. El orden que brilla en él proclama que el Ordenador no abandona su obra, así como la marcha segura del tren nos advierte que el maquinista está siempre en su puesto.

Todos los pueblos de la tierra han admitido la Providencia: los sacrificios y las oraciones son una prueba concluyente. Estos actos de recurrir a Dios en las calamidades no tendrían razón de ser si no se creyera en la intervención divina en las cosas humanas.

La sabiduría popular ha concretado en dos proverbios su fe en la Providencia: El hombre se agita y Dios lo lleva. El hombre propone y Dios dispone.

Esa es la verdad. Hablar de casualidad es una necedad. Nada marcha solo, porque nada se ha hecho solo. Nada sucede casualmente, porque nada sucede sin la voluntad de aquel que lo ha hecho todo.

Atribuirlo todo al azar o a las leyes de la naturaleza, pretender que Dios no cuida de nosotros es lo mismo que negar la existencia del verdadero Dios. Las consecuencias de esta negación serían tan demoledoras de toda la sociedad humana como las del ateísmo.

  1. ¿Cómo gobierna Dios el mundo con su Providencia?

Dios ordinariamente no obra sino tras el velo de las causas segundas, es decir, de leyes por Él establecidas. Él rige los seres privados de razón por medio de leyes físicas e inflexibles que jamás deroga sin especiales razones, aunque deban resultar algunos desórdenes parciales. Dios dirige a los hombres, seres racionales y libres, por medio de leyes morales; les impone la obligación o el deber de observalas, pero no los fuerza a ello, por respeto a su voluntad libre.

Los seres privados de razón alcanzan su fin particular, necesariamente, y por eso mismo su fin general, que es la glorificación de Dios. De acuerdo con las leyes que Dios ha establecido y que Él dirige, cada día el sol nos alumbra; la tierra nos sostiene, el fuego calienta, el agua nos refresca; toda criatura, todo elemento se mantiene y obra según reglas constantes, cuyo autor y guardián es Dios mismo.

Él ha dictado a los hombres leyes morales, cuya observancia debe llevarlos a su fin particular, que es la salvación, y al fin general de la creación, que es la glorificación de Dios. El hombre, haga lo que haga, procura siempre la gloria de Dios, pero no siempre consigue su salvación; porque Dios le deja en libertad, lo mismo para el bien que para el mal. Dios da a todos los hombres los medios necesarios para alcanzar su fin; y ellos tienen la culpa si no lo consiguen. Dios subordina las cosas del tiempo a las de la eternidad; por ejemplo, si el justo no es recompensado en este mundo, lo será en el otro.

  1. ¿No es indigno de Dios cuidar de todos los seres, aun los más ínfimos?

No; si Dios ha creído ser digno de Él crearlos, ¿por qué ha de ser indigno de Él velar por ellos? Precisamente porque el sol es muy grande y está muy alto, sus rayos llevan a todas partes la luz y la vida. Porque Dios es infinitamente grande, no hay chico ni grande en su presencia. Hay criaturas que Él ha hecho por un acto de bondad de su corazón, y que Él conserva, sostiene y alimenta como un padre y como una madre.

Él a los pajarillos alimenta. Y su bondad la creación sustenta.

Dios lo ha hecho todo; nada se substrae a su poder; es necesario asimismo que nada deje de estar sometido a su sabiduría, a su ciencia, a su Providencia. Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, y no cae ni uno siquiera sin la voluntad del Padre celestial. La Providencia de Dios nada deja fuera de sus cálculos sapientísimos e infalibles. “Donde la sabiduría es infinita no queda lugar para la casualidad”.

Forman falsa idea de Dios los que se figuran que el cuidado que tiene de las creaturas le causa cansancio, como se lo causaría al hombre. Dios lo gobierna y dirige todo sin esfuerzo y por un mismo y solo acto de su voluntad soberana; a la manera que el sol por una sola y única radiación ilumina el universo y esparce por todas partes el calor y la vida.

  1. Si Dios cuida de nosotros, ¿por qué hay diferencia de condiciones? ¿Por qué hay ricos y pobres?

La desigualdad de condiciones proviene necesariamente de la desigualdad de las aptitudes, de las cualidades físicas, intelectuales y morales de los hombres. Dios no debe a cada uno de nosotros más que los medios necesarios para conseguir nuestro fin, y no está obligado a dar a todos los mismos dones de fuerza, de inteligencia, etc.

Fuera de eso, esta desigualdad concurre a la armonía del universo y se convierte en fuente de las más hermosas virtudes y en lazo de unión entre los hombres.

1º La desigualdad de condiciones es debida frecuentemente al hombre, más que a Dios mismo. Es el resultado de la actividad de los unos y de la negligencia de los otros. Si tal hombre es más rico que usted, ¿no es, acaso, porque tiene más orden, más economía, mayor amor al trabajo? Y si usted es pobre, ¿no se debe, tal vez, a que es usted perezoso o pródigo?

2º La desigualdad de condiciones brinda la oportunidad de practicar la caridad. Es hermoso ver al rico despojarse de sus bienes para socorrer al pobre; como lo es ver al pobre soportar las privaciones con paciencia y resignación a la voluntad de Dios… He aquí por qué esta desigualdad concurre a la armonía del universo; ella aproxima el rico al pobre, el débil al poderoso, y, por las hermosas virtudes de la caridad, bondad y gratitud, establece entre ellos los dulces lazos de la verdadera fraternidad.

3º Por último, es la otra vida la que restablecerá el equilibrio. Los últimos, es decir, los pobres serán los primeros, porque con sus penas y sufrimientos habrán adquirido mayores méritos.

  1. Si Dios cuida de nosotros, ¿por qué hay padecimientos en este mundo?

Los sufrimientos provienen, frecuentemente, de nuestras propias faltas. Tendríamos menos que padecer si fuéramos más moderados en nuestros deseos, más razonables en nuestros proyectos, más sobrios y templados en nuestra vida.

Dios permite el dolor, ya para hacernos expiar nuestros pecados, ya para probar nuestra fidelidad, así en la desgracia como en la dicha; ya, finalmente, para desasirnos de este mundo de destierro y obligarnos a considerar el cielo como nuestra verdadera patria.

1º Los males del cuerpo son, generalmente, debidos a las culpas del hombre. ¡Cuántas enfermedades son el resultado de la sensualidad y de la intemperancia! Son una expiación que la naturaleza impone a los que infringen las leyes.

2º Hay otros males que son consecuencia de leyes generales establecidas por Dios para gobierno del mundo; un hombre cae en el fuego, se quema. ¿Está Dios obligado a hacer un milagro para impedir este accidente?…

3º Por último, los males físicos pueden venirnos también directamente de Dios, sea como castigos por faltas cometidas, sea como pruebas para hacernos adquirir méritos; sea como medios de que Dios se sirve para convertirnos y despegarnos de los bienes terrenos.

¡Cuántos hombres se perderían, embriagados por los placeres! Dios los detiene por la prueba, por la ruina, por las desgracias. El sufrimiento es para ellos lo que los azotes para el niño. Con el dolor se convierten. Nada aproxima tanto el hombre a Dios como el sufrimiento.

  1. Si Dios cuida de nosotros, ¿por qué existe el mal moral o el pecado?

Porque Dios no es la causa. Al contario, lo detesta y castiga; pero lo permite para dejar al hombre el uso de su libre albedrío y para sacar bien del mal.

Dios no es la causa del mal moral. Dios nos dio la libertad, lo cual es un bien; el pecado es el abuso de nuestra libertad, y en eso consiste el mal.

Indudablemente Dios tendría un medio radical para impedir el mal, y sería quitarnos la libertad; pero entonces ya no habría mérito. Ahora bien, hay más gloria para Dios en tener criaturas que le sirvan voluntariamente, que en tener máquinas dirigidas por una fuerza irresistible. “Para impedir que el hombre sea un malvado, ¿será preciso reducirlo al instinto y convertirlo en bestia?” No; Dios lo ha hecho libre, a fin de que fuera bueno y feliz.

Además, Dios permite el mal para sacar un bien mayor; así ha permitido el pecado original, para repararlo con la Encarnación; ha permitido la malicia de los judíos contra nuestro Señor Jesucristo, para salvar el mundo; permite las persecuciones, para hacer brillar el heroísmo de los mártires… El mundo se vería privado de grandes bienes si el mal no existiera.

  1. ¿En qué consiste el bien que Dios saca del pecado?

Consiste: 1º, en que lo hace servir a la ejecución de los destinos de su Providencia; 2º, en que hace brillar su bondad, atrayéndose nuevamente al pecador, o su misericordia, perdonándolo cuando se arrepiente, o su justicia, castigando sus crímenes; 3º, en que el pecador cuando se convierte, repara los ultrajes hechos a Dios con su penitencia y humillación voluntarias, y, a veces, haciéndose más virtuoso y afirmándose más en el bien.

  1. La prosperidad de los malos y las pruebas de los justos, ¿no deponen contra la Providencia?

No; porque no es cierto que todos los malos prosperen y todos los justos sufran tribulaciones; los bienes y los males de este mundo son, en general, comunes a todos los hombres.

Además, no hay en el mundo hombre tan malo que no haga alguna obra buena durante su vida; y Dios se la recompensa dándole la prosperidad aquí abajo, reservándose castigar sus pecados en el infierno. Del mismo modo, no hay hombre tan justo que no cometa algunas faltas. Dios se las hace expiar en la tierra, reservándose premiar sus virtudes en el cielo.

Hay pecadores que vienen en prosperidad, porque Dios quiere atraérselos por la gratitud, o premiarles aquí en la tierra el poco bien que han hecho, si deben después ser condenados eternamente. A veces, sin embargo, Dios castiga aun aquí, y de una manera ejemplar, a los escandalosos y a los perseguidores de la Iglesia.

También hay justos en la prosperidad, según los hechos atestiguan; pero no se ven libres de sufrimientos, porque los sufrimientos y las pruebas de esta vida están destinados

1º A despegar a los justos de todos los falsos bienes de la tierra;

2º A hacerlos entrar en sí mismos, para mejorarlos y perfeccionarlos;

3º A hacerles granjear más méritos y, por consiguiente, mayor felicidad eterna;

4º A hacerlos más semejantes a Jesucristo, modelo de los escogidos;

5º A hacerlos expiar sus pecados en este mundo, donde las deudas con la justicia divina se pagan de una manera mucho menos penosa que en el purgatorio.

Fuera de eso, el justo es, ordinariamente, más feliz que el malvado, porque goza de la paz del alma, mientras que el malvado es presa de sus remordimientos y de sus pasiones tiránicas.

Se dice muchas veces ¿Por qué Dios no castiga inmediatamente a los malos? Dios es paciente, porque es eterno; porque quiere dar lugar al arrepentimiento; porque si castigara siempre el vicio aquí en este mundo, y aquí también recompensara la virtud, el hombre no practicaría el bien sino por interés. Finalmente, nosotros no conocemos el plan divino, y debemos creer que Dios tiene buenas razones para proceder como procede.

  1. ¿Cuáles son nuestros deberes para con la divina Providencia?

1º Adorar con humildad, en todo, las disposiciones de la divina Providencia.

2º Dar gracias a Dios por los bienes concedidos y valernos de ellos para nuestra salvación.

3º Recibir con alegría, o por lo menos con paciencia, los males que nos envía, convencidos de que, viviendo de tan buen Padre, deben ser para nuestro bien.

4º Ponernos en sus manos con confianza y entrega absoluta de nosotros mismos, según esta regla de los santos Cada cual debe obrar y trabajar como si todo tuviera que esperarlo de sí mismo, y cuando haya hecho todo lo que estaba de su parte, no esperar nada de su trabajo, sino esperarlo todo de Dios.

Objeción. ¿Qué he hecho yo a Dios para que me mande tantos males?…

Casi siempre Dios podría reduciros al silencio, poniendo ante vuestros ojos atemorizados la larga serie de pecados que sólo la indiferencia religiosa oculta a vuestras miradas, y los dolores eternos del infierno a que esas faltas son acreedoras.

Dios podría siempre contestaros recordándoos las terribles penas del purgatorio, destinadas a hacer expiar los pecados veniales. Las penas de la presente vida son bien poca cosa comparadas con las expiaciones de la futura.

¿Qué habéis hecho a Dios? Preguntáis. ¿Acaso los mártires y los santos que han sufrido tanto le habían hecho algo? Sus sufrimientos no eran para ellos un castigo, sino una prueba; y porque salieron victoriosos de esas pruebas Dios los ha coronado con corona inmortal en el cielo.

Dios no ha hecho el dolor, que fue introducido en la tierra por el pecado, causa de todos los males que se sufren en esta vida o en la otra. Pero Dios saca bien del mal, y se vale del sufrimiento para salvarnos. El sufrimiento sirve para convertirnos, para hacernos expiar nuestros pecados, para hacernos adquirir méritos.

Notas:

[1] Léase a este propósito el hermoso tratado de Fenelón sobre la existencia de Dios.

[2] Maunoury, Veladas de Otoño.

[3] Salsa hecha con carne de liebre.

POR LA ENVIDIA FUERON DESTRUIDAS LAS MÁS ALTAS COLUMNAS DE LA IGLESIA.

De la Primera Carta de Clemente a los Corintios

Texto que consideramos muy apropiado, al contemplar como muchos clérigos sedevacantistas se destruyen, se traicionan entre sí, y aniquilan, si fuera necesario, comunidades católicas completas, incluidas familias de fieles, amistades, y sobre todo esperanzas. Al leer el texto aconsejamos que piense cada uno en que las palabras de Clemente están dirigidas a los fieles de siempre, y no sólo a los de Corinto de aquel lejano tiempo, por lo tanto trate de hacer un ejercicio de personalizar cada uno lo que enseña la Carta. Los paréntesis no están en el texto original.

Virtudes de la iglesia de Corinto (Ponga en su lugar el nombre de su comunidad o nación)

  1. Por causa de las calamidades y reveses, súbitos y repetidos, que nos han acaecido, hermanos, consideramos que hemos sido algo tardos en dedicar atención a las cuestiones en disputa que han surgido entre vosotros, amados, y a la detestable sedición, no santa, y tan ajena y extraña a los elegidos de Dios, que algunas personas voluntariosas y obstinadas han encendido hasta un punto de locura, de modo que vuestro nombre, un tiempo reverenciado, aclamado y encarecido a la vista de todos los hombres, ha sido en gran manera vilipendiado.

Porque, ¿quién ha residido entre vosotros que no aprobara vuestra fe virtuosa y firme? ¿Quién no admiró vuestra piedad en Cristo, sobria y paciente? ¿Quién no proclamó vuestra disposición magnífica a la hospitalidad? ¿Quién no os felicitó por vuestro conocimiento perfecto y santo? Porque hacíais todas las cosas sin hacer acepción de personas, y andabais conforme a las ordenanzas de Dios, sometiéndoos a vuestros gobernantes y rindiendo a los más ancianos entre vosotros el honor debido. A los jóvenes recomendabais modestia y pensamientos decorosos; a las mujeres les encargabais la ejecución de todos sus deberes en una conciencia intachable, apropiada y pura, dando a sus propios maridos la consideración debida; y les enseñabais a guardar la regla de la obediencia, y a regir  los asuntos de sus casas con propiedad y toda discreción.

  1. Y erais todos humildes en el ánimo y libres de arrogancia, mostrando sumisión en vez de reclamarla, más contentos de dar que de recibir, y contentos con las provisiones que Dios os proveía. Y prestando atención a sus palabras, las depositabais diligentemente en vuestros corazones, y teníais los sufrimientos de Cristo delante delos ojos.

Consideramos que hemos sido algo tardos en dedicar atención a las cuestiones en disputa que han surgido entre vosotros, y a la detestable sedición -sublevación de las pasiones-, no santa.

Así se os había concedido una paz profunda y rica, y un deseo insaciable de hacer el bien. Además, había caído sobre todos vosotros un copioso derramamiento del

Espíritu Santo; y, estando llenos de santo consejo, en celo excelente y piadosa confianza, extendíais las manos al Dios todopoderoso, suplicándole que os fuera propicio, en caso de que, sin querer, cometierais algún pecado. Y procurabais día y noche, en toda la comunidad, que el número de sus elegidos pudiera ser salvo, con propósito decidido y sin temor alguno. Erais sinceros y sencillos, y libres de malicia entre vosotros.

Toda sedición y todo cisma era abominable para vosotros. Os sentíais apenados por las transgresiones de vuestros prójimos; con todo, juzgabais que sus deficiencias eran también vuestras. No os cansabais de obrar bien, sino que estabais dispuestos para toda buena obra. Estando adornados con una vida honrosa y virtuosa en extremo, ejecutabais todos vuestros deberes en el temor de Dios. Los mandamientos y las ordenanzas del Señor estaban escritas en las tablas de vuestro corazón.

Prosperidad e ingratitud

  1. Os había sido concedida toda gloria y prosperidad, y así se cumplió lo que está escrito: “Mi amado comió y bebió y prosperó y se llenó de gordura y empezó a dar coces” (Dt. 32:15). Por ahí entraron los celos y la envidia,la discordia y las divisiones, la persecución y el tumulto,la guerra y la cautividad. Y así los hombres empezaron a agitarse: “los humildes contra los honorables, los mal reputados contra los de gran reputación, los necios contra los sabios, los jóvenes se puede entender los recién llegados, en lugar e atender a la edad) contra los ancianos” (Is. 3:5).

Por esta causa la justicia y la paz se han quedado a un lado, en tanto que cada uno ha olvidado el temor del Señor y quedado ciego en la fe en Él, no andando en las ordenanzas de sus mandamientos ni viviendo en conformidad con Cristo, sino cada uno andando en pos de las concupiscencias de su malvado corazón, pues han concebido unos celos injustos e impíos, por medio de los cuales también la muerte entró en el mundo (Sabiduría 2:24).

Os había sido concedida toda gloria y prosperidad. Por ahí entraron los celos y la envidia,la discordia y las divisiones,la persecución y el tumulto.

Celos y envidia, origen del mal

  1. Porque como está escrito: “Y aconteció después de unos días, que Caín ( el mayor) trajo del fruto de la tierra una ofrenda al Señor. Y Abel ( el menor) trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró el Señor con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no prestó atención a Caín ( al mayor) y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?

Si no has ofrecido rectamente y no has dividido rectamente, ¿no has pecado? ¡Calla! Con todo esto, él (Abel, el menor) se volverá a ti y tú ( Caín, el mayor) te enseñorearás de él. Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos a la llanura. Y aconteció que estando ellos en la llanura, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató” (Gn 4:3-8).

Veis, pues, hermanos, que los celos y la envidia dieron lugar a la muerte del hermano. Por causa de los celos, nuestro padre Jacob tuvo que huir de delante de Esaú su hermano. Los celos fueron causa de que José fuera perseguido a muerte, y cayera incluso en la esclavitud. Los celos forzaron a Moisés a huir de delante de Faraón, rey de Egipto, cuando le dijo uno de sus paisanos: “¿Quién te ha puesto por juez entre nosotros? ¿Quieres matarme, como ayer mataste al egipcio?” (Éx. 2:14). Por causa de los celos Aarón y Miriam tuvieron que alojarse fuera del campamento (¿Podríamos aplicar hoy en ciertas circunstancias,se quedaron sin los Sacramentos?). Los celos dieron como resultado que Datán y Abiram descendieran vivos al Hades, porque hicieron sedición contra Moisés el siervo de Dios. Por causa de los celos David fue envidiado no sólo por los filisteos, sino perseguido también por Saúl,que era rey de Israel, (la autoridad sobre el pueblo).

El martirio de Pedro y Pablo

  1. Pero, dejando los ejemplos de los días de antaño, vengamos a los campeones que han vivido más cerca de nuestro tiempo. Pongámonos delante los nobles ejemplos que pertenecen a nuestra generación. Por causa de celos y envidia fueron perseguidos y acosados hasta la muerte las mayores y más íntegras columnas de la Iglesia. Miremos a los buenos apóstoles. Estaba Pedro, que, por causa de unos celos injustos, tuvo que sufrir, no uno o dos, sino muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio,se fue a su lugar de gloria designado. Por razón de celos y contiendas Pablo, con su ejemplo, señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y el Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo enseñado justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del Occidente; y cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes, partió del mundo y fue al lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de resistencia paciente.

Mártires romanos bajo Nerón

Por causa de celos y envidia fueron perseguidos y acosados hasta la muerte las mayores y más íntegras columnas de la Iglesia.

  1. A estos hombres de vidas santas se unió una vasta multitud de los elegidos, que en muchas indignidades y torturas, víctimas de la envidia, dieron un valeroso ejemplo entre nosotros. Por razón de los celos hubo mujeres que fueron perseguidas, después de haber sufrido insultos crueles e inicuos, nuevas Danaidas y Dirces, alcanzando seguras la meta en la carrera de la fe, y recibiendo una recompensa noble, por más que eran débiles en el cuerpo.

Los celos han separado a algunas esposas de sus maridos y alterado el dicho de nuestro padre Adán: “Ésta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn. 2:23).

Los celos y las contiendas han derribado grandes ciudades y han desarraigado grandes naciones (e iglesias y comunidades religiosas).

Llamada al arrepentimiento

  1. Estas cosas, amados, os escribimos no sólo con carácter de admonición, sino también para haceros memoria de nosotros mismos. Porque nosotros estamos en las mismas listas y nos está esperando la misma oposición.

Por lo tanto, pongamos a un lado los pensamientos vanos y ociosos; y conformemos nuestras vidas a la regla gloriosa y venerable que nos ha sido transmitida; y veamos lo que es bueno y agradable y aceptable a la vista de Aquel que nos ha hecho. Pongamos nuestros ojos en la sangre de Cristo y démonos cuenta de lo preciosa que es para su Padre, porque habiendo sido derramada por nuestra salvación, ganó para todo el mundo la gracia del arrepentimiento.

( De Sede de la Sabiduría: Recordad hijos lo que nos dice el Apóstol de los gentiles:»Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios».Gálatas 5:19-21. Recordad la amonestación del Apóstol Santiago: Pero si tenéis celos amargos y ambición personal en vuestro corazón, no seáis arrogantes y {así} mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no es la que viene de lo alto, sino que es terrenal, natural, diabólica. Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala. Hijos, la envidia es un pecado monstruoso porque es el único que perdura, aún cuando ha pasado el hecho y aún cuando nos hacen bien, y todavía vía persiste cuando el envidiado se humilla. Porque la envidia es un pecado que consiste en una tristeza o pesar del bien ajeno. Nadie diga éste artículo no va conmigo´ porque soy obispo, presbítero o seglar, ya que nadie está exento de caer en este pecado, y a mayor dignidad más grande es la probabilidad de destruir a una nación o a una Iglesia entera. Terminamos, pues, con el remedio contra pa envidia que tanto afecta, en especial, a los clérigos de la «tradición», con una palabras de Fray Luis de Granada, que proporciona el remedio: «Mira también cuan contraria cosa sea a la caridad (que es Dios) y al bien común (que Él tanto procura) tener envidia de los bienes ajenos y aborrecer aquéllos a quien Dios crió y redimió, y a quien está siempre haciendo bien, porque esto es estar condenando y deshaciendo lo que Dios hace, a lo menos con la voluntad.

Y si quieres una muy cierta medicina contra este veneno, ama la humildad y aborrece la soberbia, que ésta es la madre de esta pestilencia. Porque como el soberbio ni puede sufrir superior, ni tener igual, fácilmente tiene envidia de aquéllos que en alguna cosa le hacen ventaja, por parecerle que queda él más bajo si ve a otros en más alto lugar. Lo cual entendió muy bien el Apóstol cuando dijo: No seamos codiciosos de la gloria mundana, compitiendo unos con otros, y habiendo envidia unos a otros. En tales palabras, pretendiendo cortar las ramas de la envidia, cortó primero la mala raíz de la ambición, de donde ella procedía. Y por la misma razón debes apartar tu corazón del amor desordenado de los bienes del mundo, y solamente ama la heredad celestial y los bienes espirituales: los cuales no se hacen menores por ser muchos los poseedores, antes tanto más se dilatan cuanto más crece el número de los que los poseen. Más por el contrario, los bienes temporales tanto más se disminuyen, cuanto entre más poseedores se reparten. Y por esto la envidia atormenta al ánima de quien los desea: porque recibiendo otro lo que él codicia, o del todo se lo quita, o a lo menos se lo disminuye.

Porque con dificultad puede este tal dejar de tener pena, si otro tiene lo que él desea.

Y no te debes contentar con no tener pesar de los bienes del prójimo; sino trabaja por hacerle todo el bien que pudieres, y pide a nuestro Señor le haga lo que tú no pudieres. A ningún hombre del mundo aborrezcas: tus amigos ama en Dios, y tus enemigos por amor de Dios, el cual, siendo tú primero su enemigo, te amó tanto, que por rescatarte del poder de tus enemigos puso su vida por ti. Y aunque el prójimo sea malo, no por eso debe ser aborrecido: antes en este caso debes imitar al médico, el cual aborrece la enfermedad y ama la persona: que es amar lo que Dios hizo, y aborrecer lo que el hombre hizo. Nunca digas en tu corazón: ¿Qué tengo yo que ver con éste, o en qué le soy obligado? no le conozco, ni es mi pariente, nunca me aprovechó, y alguna vez me dañó.

Mas acuérdate solamente que sin ningún merecimiento tuyo te hizo Dios grandes mercedes: por lo cual te pide que en pago de esto uses de liberalidad, no con El, pues no tiene necesidad de tus bienes, sino con el prójimo que Él te encomendó.  )