Lógica general 3/19. De las partes de la oración.

De las partes de la oración

Hemos dicho antes que las dos partes de que consta la gramática general o filosofía del lenguaje son, la lexicología, que trata de las partes de la oración en particular y tomadas aisladamente, y la sintaxis, que trata de la unión, dependencia y colocación de las palabras en la oración como expresión del pensamiento. Por eso esta parte de la gramática trata de la concordancia, régimen y construcción, siendo la más importante la construcción, porque es la más universal y la que se encuentra con mayor regularidad en todas las lenguas. Ya hemos dicho que omitimos la sintaxis, porque su relación con la Lógica es menos importante y directa que la de la lexicología.

La oración, en general, es la expresión oral del pensamiento, según algunos; pero esta definición parece inexacta, puesto que puede aplicarse a las partes de la oración, como sucede en el nombre. Más exacta y propia nos parece la que solían dar los Escolásticos: «voz o palabra articulada, cuyas partes significan algo tomadas aisladamente:» vox ad placitum significativa, cujus partes separatim aliquid significant. En efecto: en esta oración: «Pedro es prudente», cada una de las partes significa o expresa algún pensamiento, algún concepto o modificación del mismo. Por el contrario, las partes o sílabas de los nombres que componen dicha oración nada significan por sí solas y como tales. Los Escolásticos decían también, no sin razón, que la significación de la oración puede verificarse, o a modo de afirmación y negación (per [27] modum affirmationis et negationis) como en esta: Pedro discurre; o a modo de simple dicción (tamquam simplex dictio), como si decimos: Dios omnipotente.

En nuestra lengua las partes de la oración gramatical son nueve: nombre, pronombre, verbo, participio, artículo, preposición, adverbio, conjunción, interjección. Estas partes varían con los diferentes idiomas: pues mientras el hebreo y el árabe solo consta de tres, que son nombre, dicción y verbo, el latín admite ocho y el griego diez. Las partes que deben apellidarse necesarias y esenciales en la oración gramatical son el nombre y el verbo; con ellas se puede expresar el juicio, que es la manifestación propia y perfecta del entendimiento, y corresponden al doble elemento que entra en la constitución del mismo, pues mientras el nombre corresponde al elemento objetivo del juicio, el verbo corresponde al elemento subjetivo. De aquí procede que mientras las demás partes varían con los idiomas, el nombre y el verbo son partes de la oración gramatical en todas las lenguas. Dejando el nombre y el verbo para tratar de ellos con más detención en artículos especiales, daremos aquí alguna ligera noción de las otras partes de la oración.

a) Pronombre es aquella parte de la oración que se pone en lugar del nombre, bien sea para evitar la repetición de éste, bien para dar concisión y claridad a la misma. Generalmente expresa la relación de las personas agentes o pacientes que entran en la oración. Pueden ser personales, relativos, posesivos y demostrativos. Los posesivos, como mío, tuyo, nuestro, &c., y también los demostrativos, como este, aquellos, esos, &c., son en realidad verdaderos nombres adjetivos.

b) Participio es aquella parte de la oración que expresa la situación activa o pasiva de alguna cosa acompañada de alguna circunstancia o modificación del tiempo. Se llama participio, porque es un nombre que participa de las propiedades del verbo en cuanto que incluye la connotación y significación del tiempo incluido en aquel, y también porque se deriva de algún verbo.

c) Artículo es aquella parte de la oración que sirve para [28] determinar la extensión y el género de los nombres apelativos y universales. Suele dividirse en numeral, posesivo y demostrativo. Además, puede ser o especificativo, que sirve para determinar la especie; o individuativo, que sirve para determinar los individuos. Este último, si significa los individuos sin determinarlos, como cuando se dice: «leí algunos libros» se llama indefinido: si determina los individuos por su pertenencia, situación, número, &c., como si se dice: «he leído tus gramáticas», entonces se llama definido o determinado.

d) Preposición es aquella parte de la oración cuyo oficio es representar y expresar las diferentes relaciones que pueden existir entre los términos o ideas que entran en la indicada oración gramatical. Como éstas relaciones son muy numerosas y variadas, no es posible que haya tantas preposiciones como relaciones; y de aquí el que una misma preposición sirva para expresar diferentes relaciones que se reconocen por los antecedentes, consiguientes y sentido de la oración. Las principales preposiciones son las de tiempo, de orden, de lugar, de situación, de distancia, de fin, de medio, de unión, de separación, de posesión, &c.

e) Adverbio, que literalmente significa junto al verbo, como palabra compuesta de ad y de verbum, denota aquella parte de la oración que sirve para expresar una idea determinada, pero modificándola al propio tiempo. Ordinariamente modifica la atribución del verbo; pero también puede modificar otras partes de la oración que tengan carácter atributivo. Así es que el adverbio considerado en sí mismo y en su valor ideológico, puede resolverse en un nombre con una preposición. Los principales son los de tiempo, de lugar, de orden, de modo.

f) Conjunción es aquella parte de la oración que representa la relación entre dos juicios y expresa la relación entre dos o más proposiciones. De aquí se deduce que el oficio de la conjunción en la oración gramatical es unir o juntar dos o más proposiciones que representan y expresan un pensamiento completo.

g) Interjección es aquella parte de la oración cuyo objeto [29] propio es representar y expresar las afecciones internas del alma, y esto generalmente, según que esas afecciones, sensaciones y sentimientos incluyen cierto grado de vehemencia. Se llama interjección (interjectum, arrojado entre), porque es una palabra que se arroja entre las demás, sin ligarse o relacionarse con ellas como partes de la oración gramatical. Las interjecciones suelen constar de pocas sílabas y no son muy numerosas, consideradas como sonidos articulados; pero puede decirse que se multiplican indefinidamente según el modo y accidentes de expresión que pueden acompañarlas, como son la mayor o menor rapidez con que se pronuncian, la mayor o menor fuerza, los diferentes grados y modos de entonación, las modificaciones del semblante, actitud del cuerpo, movimiento de los miembros.

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

2ª EPÍSTOLA A LOS EUROPEOS

Debéis echar a los mercaderes del Templo

Hermanos europeos, creéis que Dios ha muerto y que esto anuncia vuestro reino, el de los hombres. Pero en verdad os digo, los que pretenden esto y se hacen llamar “liberales” os engañan para esclavizaros, y ya os conducen en verdad hacia la muerte del hombre.

Esos demonios liberales llenos de palabras suaves, que os hacen creer que defienden vuestros derechos y vuestras libertades, en realidad odian al hombre y buscan su ruina.

Su culto bárbaro afirma que el hombre es inepto para hacer el bien. Esos demonios pretenden fundar una sociedad no sobre la virtud, sino sobre el vicio, no sobre el amor, sino sobre su contrario: el egoísmo, que ellos llaman derechos del individuo, y sobre el comercio. No lo quieren construir sobre la entrega y el honor, sino sobre la concupiscencia y el engaño.

Quieren fundar el orden del mundo sobre todo lo que las civilizaciones pasadas consideraban pecados o vicios de los cuales había que protegerse. Es por ello, hermanos míos, que su culto es realmente demoníaco y constituye la más terrible de las depravaciones.

Los demonios liberales, sea cual sea el nombre bajo el cual se nos presentan, profanan sistemáticamente todas las instituciones que han constituido la Humanidad en la Historia: destruyen en particular la soberanía política bajo todas sus formas: el Estado, las leyes, las fronteras y la ciudadanía, incluso las artes y los mismos idiomas. Sólo buscan privar al hombre del atributo esencial de su humanidad: su libertad de elegir su camino en el seno de su comunidad y la consciencia de su identidad.

Pretenden encarnar las luces del bien, pero en realidad abren la vía al reino del Mal al someter voluntariamente al hombre a fuerzas que escapan a todo control.

En verdad os digo, el liberalismo es el peor enemigo del género humano, hermanos míos.

Los demonios liberales, para inducirnos a la tentación, os han prometido el paraíso de la abundancia. También os han prometido que podrían construir el mañana según su voluntad en un mundo en paz.

Pero en verdad os digo, han omitido deciros que quieren someter al mundo a su ley enloquecida y que llevarán a una guerra cruel a todos los que se oponen a ella. Porque todos los que se oponen a ellos se encuentran colocados fuera de la humanidad y sucumben por el hierro y el fuego. Han omitido también deciros que os convertiréis en cambio en esclavos de Mammon, su verdadero dios.

En verdad os digo, estos malos profetas os han engañado ya que este supuesto paraíso corresponde al infierno que temían vuestros ancestros: un mundo de dolor y de desesperación, poblada de almas en pena, un mundo en el que los valores están invertidos, en el cual los idiomas están corrompidos y en el cual el Mal se disfraza con los ropajes del Bien.

Hermanos míos europeos, juzguemos el árbol liberal por sus frutos venenosos. Mirad lo que han hecho de vosotros: unos simples “recursos humanos” al servicio de la economía, es decir del Becerro de Oro.

Porque ya no vivís en comunidad, hermanos míos: sois a la vez numerosos, ya que os amontonan para satisfacer las necesidades de la economía, y solitarios, ya que en nombre del culto liberal, destruyen todas las comunidades sobre las cuales se apoyaban vuestros ancestros para vivir con sus semejantes y escapar a la desesperación. Ya no sois más que individuos, es decir un vacío, una nada, ya que el hombre no existe por si mismo, fuera de la hermandad de sus semejantes.

Mirad vuestras ciudades destruidas, transformadas en zonas comerciales y en dormitorios para mano de obra. Mirad vuestras fronteras abiertas, vuestras campiñas desiertas y vuestros templos vacíos. Ahora lo importante es que el dinero y las mercancías circulen a cualquier precio. Mirad vuestra cultura envilecida, ya que esos iconoclastas os han enseñado a odiar a vuestros padres y a renegar de los valores de vuestros ancestros. Mirad la triste cohorte de vuestros hermanos sin trabajo, sin familia, sin porvenir.

Esos demonios ebrios de un poder ahora total, atacan no solamente vuestra cultura, sino también a vuestra propia naturaleza, ya que tienen prisa por reinar sobre la nada.

Después de haber rechazado reconocer y valorar las diferencias humanas, afirman ahora que los sexos no serían más que convenciones y que la mujer sería igual que el hombre, un eslabón de la cadena de explotación, una consumidora sin alma, un ente destinado a satisfacer apetitos en una vida vacía de toda trascendencia.

Luchan en todos los frentes contra la natalidad y destruyen las familias: consideran a los hijos como una carga, una mercancía o como un “derecho” que se puede reclamar antes que como una bendición, fruto de la unión de un hombre y una mujer. Banalizan la más antigua institución humana, la del matrimonio, para mejor destruirla. Organizan voluntariamente la mezcla de los pueblos y las etnias para arrancar las raíces de las identidades, y la vuestra en particular, como si fuera mala hierba. Y os prometen haceros morir antes de vuestra hora ya que vivís demasiado tiempo y costáis demasiado caro.

Estos malos pastores pretenden defender los derechos de los animales o de las plantas para mejor banalizar vuestra humanidad y haceros olvidar vuestro origen divino.

En verdad os digo, hermanos míos, que os hacen perder cada día que pasa un poco más de vuestra humanidad, ya que sois como máquinas, simples engranajes del Moloch económico que todo lo consume. Porque no consumís, hermanos míos, sois vosotros los consumidos.

Ya no veis el mundo a través de vuestros ojos, sino a través de las pantallas que os siguen a todas partes. Ya no sabéis mirar el cielo. Ya no sabéis escuchar los sonidos de la naturaleza y de la vida. No habláis a vuestros semejantes más que por medio de aparatos y artilugios. Vuestros hijos, ya marcados por el signo de la Bestia económica, viven en una realidad virtual, en un mundo de quimeras prefabricadas de las que se convierten en prisioneros

Los demonios liberales os pintan vuestro pasado como un abismo de oscuridad y de opresión. Pero este subterfugio sólo sirve para haceros considerar más amable un presente terrible. Porque esos malos pastores, en lugar de liberaros, como dicen, han logrado someteros a la servidumbre económica, a la esclavitud política y a la abyección moral.

En verdad os digo, la secta liberal es el peor enemigo del Hombre y su triunfo significará el fin de la Humanidad. Es por eso que hay que rechazar a estos profetas de las tinieblas y romper todos sus ídolos, hermanos míos. Porque su lengua es mentirosa, y todo lo que dicen son sólo mentiras.

Debéis echar a los mercaderes del Templo. Y entonces volveréis a ser hombres en medio de vuestros hermanos.

Por Michel Geoffroy.-Visto en Alerta Digital

DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY? Parte 2ª

Simple y segura disección de la Iglesia Católica

La Iglesia Católica se compara a un árbol espiritual bajo la figura de una viña que extiende sus ramas por toda la tierra1. En un árbol se advierte una raíz, un tronco, ramas gruesas, ramas más menudas, y hojas. Todas estas partes del árbol están ligadas entre sí y dependen de la raíz, que, aunque escondida en la tierra, las nutre todas con la savia que envía hasta las extremidades de las hojas. La raíz de la Iglesia Católica es Nuestro Señor Jesucristo, que está escondido y sin embargo nutre y mantiene con su gracia todas las partes de su Iglesia.

El tronco de la Iglesia Católica es la Santa Sede, porque es único; depende de Jesucristo y de él recibe toda su fuerza, como el tronco depende de la raíz: todo en la Iglesia Católica se relaciona a la Santa Sede, como todas las partes del árbol se relacionan al tronco; por fin, la Santa Sede sostiene a toda la Iglesia Católica.

Las ramas gruesas son los obispos; las menudas son los párrocos; las hojas son los simples fieles. La hoja, para depender de la raíz y sacar de ella la savia que la nutre, Ndebe depender de la rama pequeña y ésta de la rama grande y ésta del tronco.

Pero cuando la hoja ve que se separa la rama chica de la grande, debe adherirse directamente a la grande. Si una rama grande se separa del tronco, los fieles deben separarse del obispo y adherirse a la Santa Sede por medio de los pastores que le están unidos.

No puede suceder que el tronco de la Iglesia Católica se separe de Jesucristo, que estableció a la Iglesia Romana como Madre y Maestra universal. Pero sí puede suceder que alguien designado por la Iglesia Católica para ser su tronco no se una nunca a Jesucristo por iniciar en sí mismo una iglesia nueva y hasta transmitir al árbol veneno contrario al conocido como proveniente de la raíz. De un tal tronco, que no es pontifical ni está en la Santa Sede, deben separarse las ramas grandes y chicas y las hojas, y adherirse directamente a Jesucristo y al árbol visible conocido en su forma normal e histórica, fundado en verdaderos Papas.

Quienes reciben la instrucción de falsos pastores se exponen a perder su alma por ignorancia o por la corrupción de la verdadera Fe, por escuchar a quienes pueden alterar impunemente la Doctrina de la Iglesia Católica.

La tragedia de la «colocativitis»

Hay naturalezas creadas en las que reside una atracción por otras naturalezas creadas en virtud de afinidades ontológicas mutuas. En los seres irracionales esa atracción es incondicional y necesaria; en cambio en los seres racionales está condicionada a una aprehensión objetiva destinada a despertar un interés inteligible. Santo Tomás explica:

hay un doble conocimiento del fin: el perfecto y el imperfecto. Hay un conocimiento perfecto del fin cuando no sólo se aprehende la cosa que es fin, sino también se conoce su razón de fin y la proporción con el fin de lo que se ordena a él. Y este conocimiento compete sólo a la naturaleza racional.
En cambio, el conocimiento imperfecto del fin es el que consiste sólo en la aprehensión del fin, sin que se conozca la razón de fin y la proporción del acto con respecto al fin. Y este conocimiento del fin se encuentra en los animales irracionales mediante los sentidos y la estimación natural.

Esto vale a fortiori en el orden sobrenatural. Así, pues, la afiliación perfecta y responsable de personas llamadas católicas a una eclesialidad llamada católica, mal puede operarse a la manera de una combinación química, o como resultado de algún instinto innato. Una tal afiliación eclesial no puede justificarse porque se la estime deseable: debe podérsela justificar por entendérsela conforme, proporcionada y conveniente al Bien Eclesial conocido como tal. Decía Garrigou-Lagrange, el Maestro Dominicano por excelencia del siglo XX:

El hombre es libre porque se eleva a la percepción de la razón de ser y particularmente de la razón de ser del bien, porque conoce aquello por lo cual el bien es bien, quod quid est boni, seu ratio boni, porque percibe esta razón de ser que reencuentra diversificada en lo deleitable, lo útil y lo honesto.2

Curiosamente, los que se afilian a la Eclesialidad Postconciliar por sentirla «liberadora» (menos deberes, menos sacrificios, más placeres), están muy lejos de ser libres, dado que no pueden explicar ni justificar su afiliación, la cual en eso mismo está destituida de perfección, inteligencia, y libertad, y reducida a la brutalidad ciega y al fracaso.

Ratzinger: Distinta fe que la católica

No hay afiliación eclesial justa si no la precede un conocimiento inteligente, es decir que proyecte su luz sobre las razones del bien que motivan y legitiman la afiliación. Incumbe a la inteligencia iluminada por la Fe asignarle un fin y revelarle las grandes y únicas razones de afiliarse a esta existencia eclesial. El grande y único motivo que retiene al católico en determinada existencia eclesial y no en otra es la misma fe que lo inclina a decir «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica», porque la última resolución ha de hacerse al testimonio interno y a los testimonios de Dios en cuanto al acto.1

Desgraciadamente no lo han entendido inmensas multitudes dominadas por el ansia incondicional y ciega por tener puestos de mando eclesial ocupados y espacios de actividad religiosa grupal patrocinados «de arriba » de manera que esté prominentemente y socialmente colocado el lugar eclesial donde uno ha de colocarse. Pero —reiteremos esta verdad cardinal tan descuidada— el lugar eclesial donde uno ha de colocarse es ante todo elegible por su bondad conocida por el intelecto iluminado por la Fe, no ante todo elegible por su prominencia social captada por la imaginación y la emoción. El Doctor Angélico, comentando un pasaje del Apóstol2 llama «hombre animal», al que juzga de Dios y de las cosas de Dios según captaciones sensibles primitivas —incluida la fantasía y la letra de la ley— y se aficiona exclusivamente a lo apetecido por su naturaleza sensual.

En su Sermón de la Montaña, el Divino Maestro prescribe el término justo a que debe dirigirse la inteligencia y la voluntad:

No queráis amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen, y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad más bien para vosotros tesoros en el cielo, donde no hay ni orín ni polillas que los consuman, ni tampoco ladrones que los desentierren y roben.3

Únicamente pudiera sin incumplimiento del precepto divino atesorarse en la tierra si se lo hace en una persona jurídica divinamente capacitada para atesorar eso mismo en el Cielo, y esa es la Iglesia Católica verdadera, que también puede llamarse «principio del Cielo en la tierra». Sería espiritualmente seguro un atesoramiento con lugar en la tierra pero razón (ratio) garantizada en el Cielo.

Aquí se ofrecen cuatro categorías de hombres:

1. Los que entendiendo razón de Cielo atesoran en la Iglesia con razón
de Cielo;
2. Los que sin entender razón de Cielo atesoran en la Iglesia con razón
de Cielo;
3. Los que suponiendo razón de Cielo atesoran en una iglesia sin razón
de Cielo;
4. Los que sin suponer razón de Cielo atesoran en una iglesia sin razón
de Cielo.

Huelga decir que los primeros serán completamente afortunados, los segundos incompletamente afortunados, y desafortunados los de las últimas dos categorías.

Nos permitimos designar como colocativitis la disposición deformada que consiste en juzgar como absoluta e intrínsecamente bueno, y digno de ser perseguido a toda costa, un estado de cosas colocadas que sólo tiene razón de ser si los prelados colocados y colocantes constituyen ellos mismos la Iglesia Católica gobernante por su confesión de Fe y su comunión con la sociedad divina que conserva intacta esa Fe. Carecen en parte predominante de esa confesión y en parte total de esa comunión los prelados subordinados a la potestad vaticana apóstata y determinada por el Anticatolicismo del Vaticano II y —lo cual es más y peor— determinada
a hacerlo determinante sobre creyentes ilusos o atónitos.

Aunque sea dable y deseable —y de hecho se haya dado espléndidamente por muchos siglos en naciones enteras— una colocación social prominente de la esfera eclesial católica, eso sólo puede ser bajo ciertas condiciones objetivas y precisas que emanan necesariamente de la propia naturaleza de la Iglesia Católica.1

Como práctica general de los bautizados católicos tras el Vaticano II, y en una insólita y vertiginosa incoherencia fundamental, no se aplica a la colocación nominal católica prevalente la regla de su unión formal al Catolicismo inmortalizado en el Magisterio Perenne Infalible Indivisible y condicionador de la verdadera Autoridad Apostólica. En cambio, por un burdísimo «acortamiento» exterminador, se aplica a la colocación nominal católica prevalente el criterio de lo que hace el partido más fuerte ante los sentidos.

Así vemos como los contagiados de colocativitis suponen que hay más seguridad en que un Heresiarca Sistemático se siente en la Cátedra de la Verdad, que en ver esa cátedra libre de error: más vale un colocadocolocante malo, que ninguno… Algo tiene que estar puesto, y si la Eclesialidad Postcatólica está tan puesta en tanto —y uno mismo en ella—, será bien y para bien… Lo otro que quedaría, sería el vacío y el vértigo de la no-colocación —como si no hubiera bastante colocación ofrecida en el objeto divino de la Fe Católica, aunque este descoloque la presente falsa eclesialidad e invalide los falsos consuelos y falsas seguridades de muerte
que ella da por tres días de vida miserable en la tierra.

La colocativitis es engañosa porque obedece a la impresión de un falso prestigio y de un falso orden. Es, además, terriblemente tramposa por fomentar la ilusión de una falsa seguridad: «tenemos papa, tenemos obispo, tenemos parroquias, tenemos administración de sacramentos; además tenemos intelectualidad, beneficencia y hasta influencia política — eso nos basta para quedarnos; eso nos habilitará a reparar fisuras con paciencia». ¿Todo eso les basta para quedarse en ese lugar, si en él no tienen a Dios ni a Su Autoridad ni a Su seguridad? ¿Repararán muchas fisuras en una nueva casa toda cuya atmósfera general está intoxicada?

En el séptimo versículo de los Cantares dice el Esposo a la Esposa:

Si lo ignoras [Vulgata: si ignoras te], ¡oh hermosísima entre las mujeres! sal fuera, y ve siguiendo las huellas de los ganados, y guía tus cabrillos a pacer junto a las cabañas de los pastores de mis ovejas.

Haimo de Auxerre, en su comentario a los Cantares, al detenerse en el sexto versículo interpreta a Cristo advirtiendo a la Iglesia —en este contexto sólo puede tratarse de los prelados de la misma— que si no reconoce la dignidad y hermosura con que Él la ornó, Él le requerirá apartarse de Él a seguir las huellas de los ganados y prosigue con notas de mucha actualidad para hoy:

Hoc est, sequere et imitare doctrinam errantium hæreticorum, qui contempto vero pastore unius gregis, multos sibi greges coacervaverunt; et pasce hædos tuos juxta tabernacula pastorum, idest peccatores et erroneos auditores sub dogmate hæreticorum. Unus enim pastor est Christus, qui unum habet gregem, idest unitatem Ecclesiæ Catholicæ: pastores vero multi sunt hæretici, qui gregem deceptorum hominum sibi aggregant, quos Diabolo pascunt, de quibus Psalmista (Psal. 48): sicut oves in Inferno positi sunt. Oves vocantur in loco hoc mali, non propter boni simplicitatem vel ignorantiam, sed propter hebetudinem: quia nesciunt resistere pravæ doctrinæ; sed omnia quæ sibi imponuntur a malis doctoribus, sustinent non bona patientia.

Pedro de Alvernia, comentarista medieval del Estagirita que complementa algunos capítulos faltantes de Santo Tomás, dice que la ciudad no es la comunicación del lugar, sino la comunicación del bien vivir compuesta de casas y diversas clases en vistas de una vida perfecta y de por sí suficiente1. En la Iglesia Católica el bien vivir es el vivir de la Fe divina. Donde esta vida está reemplazada por la muerte ecumenista relativista, aunque haya mucha y plena comunicación «de lugar», no hay la pertenencia a la Iglesia Católica.

Colocarse; colocarse; colocarse a toda costa… Exceptuadas las mentes sanas, esa es la conducta eclesial dominante hoy. Siniestra sombra y parodia de la Confesión de Fe; mezquino sustituto de la tenencia de algo grande que uno pueda decirse a uno mismo acerca de Dios, y de lo suficiente para decirle a Dios acerca de Él mismo y acerca del lugar donde uno se coloca en Su nombre… El apego morboso a la eclesialidad «romana» postconciliar que pretende tener una autoridad con cuyas condiciones esenciales ha roto —como que bien pudo hacerlo tras hacerse defectible por hacerse no-Iglesia— es un emprendimiento de Satanás sobre numerosísimas almas que tenían buena voluntad y que poco a poco la han ido deponiendo para solamente conservar obstinación.

Qué dónde en definitiva

Un resumen muy significativo. Los tres rindiendo pleitesía a los que, como dice N. S. Jesucristo, «tienen por padre al demonio» y son deicidas.

A favor de la colocativitis artificialmente creada, la fobia de carecer de papa se difunde como mancha de aceite que inculca una herejía objetiva sobre la naturaleza misma de la Iglesia, separando la Fe colocante de la Autoridad colocada-colocante. La Iglesia es el lugar de la Fe; pero también la Fe es el lugar de la Iglesia. Son co-extensivas, de manera que la Iglesia no se extienda a donde no está la Fe (al menos inconsciente habitual bautismal) y la Fe no se extienda a donde no está la Iglesia.

¿Pero de qué modo es cada una de ambas realidades «locativa» de la recíproca? No del mismo modo.

En tiempos de orden se encuentra la Fe en la Iglesia, que la guarda, la comunica, y hasta la norma. No así en tiempo de desgobierno y eclipse. En todo tiempo, también de desgobierno y eclipse, se encuentra la Iglesia, al menos en su orden invisible, en la Fe, que la funda y la constituye y brilla en sus documentos normativos definitivos.

Que el lugar de lo católico es dictado por la Fe Católica debería darse por sobreentendido: pero no se da por sobreentendido hoy, cometiéndose, en cambio, la inversión monstruosa de dar por Fe Católica la que vive como en lugar propio en el cuerpo social putativamente católico más fuerte: la Eclesialidad Postconciliar.

Cualquier naturaleza se salva al máximo en sus propios lugares. Este principio de razón fue sentado ya por Aristóteles1. Las cosas livianas o pesadas buscan —o necesitan— respectivamente el cielo y la tierra como lugares propios que las contengan mejor. De modo análogo, el lugar propio de todo lo católico, incluido lo visible y organizado y gobernado, es la Fe Católica. Arrancado de ella, lo católico se corrompe o anula. Y tiende a ser arrancado de la Fe Católica lo que es insertado en una eclesialidad que se ha arrancado de la Fe Católica en el Vaticano II para proponerle y procurar imponerle un lugar ciertamente muy impropio.

Toca a la forma contener y tener razón de totalidad y eventualmente virtud localizadora1; pero la causa formal de la Iglesia2 es la unión de los fieles con su Cabeza divina, unión que es la unidad del Cuerpo Místico de Cristo, y consiste en la Fe.

Pesadilla jurídica

Por una tragedia histórica ya larga y todavía plenamente vigente, hace falta —¡y cuánta!— que sea extirpado de la Iglesia Católica de manera jurídica y oficial el mismo organismo eclesial y para-eclesial que de manera jurídica y oficial propaga ese Anticatolicismo. Esa extirpación sólo podrá realizarla la Iglesia Católica una vez restaurado el Papado en ella.

También la podría realizar la Eclesialidad Postcatólica declarando su intención de desunirse de la Iglesia Católica para constituir una secta aparte.

Así, pues, una eclesialidad mundial que se hace pasar por «la Iglesia Católica» estando llena de destructividad anticatólica furtiva, por desgracia de pesadilla, no consta oficialmente ser otra iglesia, pero obra como tal y lo es. Está jurídicamente y materialmente adherida por inercia a la Iglesia Católica, pero sin ser de ella ni continuarla formalmente, y obrando como el factor mundial más poderoso de desunión mortífera entre católicos e Iglesia Católica. «Tribulatio magna».

Parte del trabajo Sedeluncia del  Padre Patricio Shaw .

CONTINUARÁ, D. m.,  con QUIÉN ESTÁ EN QUÉ COMUNIDAD ECLESIAL.100

Leer parte Iª

DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY? Parte 1ª

Principios eclesiológicos permanentes

Tanto es lo que generalmente se opina de la Iglesia Católica y lo que se hace con respecto a ella —también y sobre todo de parte de la Eclesialidad Oficial Vaticana—, que no puede dudarse que ella exista. Lo que para muchos dista de estar generalmente claro es qué es la Iglesia Católica. No sabiéndose qué es, no puede saberse cuál grupo tiene derecho a identificarse con ella; en otras palabras, no puede saberse donde está la Iglesia Católica.

Es claro que, con respecto a asuntos que interesan a la Iglesia Católica (esté ella donde esté como esté), cunden horribles anormalidades y devastaciones desde la implementación del Vaticano II.

Pero la Iglesia no puede haber muerto, y esto se advierte en el hecho de que todavía, desde su alma recóndita inmortal, moviliza a grupos de creyentes en su defensa, como los católicos alemanes que protestaron en 1995 contra la supresión de los crucifijos en las escuelas estatales de Baviera.

La Iglesia Católica se dio a conocer, y hasta se imprimió en la conciencia social, como una realidad superior a todas las realidades del mundo; como la que con perfecta certeza se entendía Anunciante de la Verdad de Dios y con perfecta coherencia se probaba Iniciadora de Su Reino en individuos y naciones. Se levantaba a la vista segura, como un edificio de verdad inexpugnable, y contaba siempre con una asistencia superior cuya inimitabilidad suscitaba y sigue suscitando un temor, una admiración, o también una incomprensión y hasta un odio, que nunca podrían dirigirse contra la estructura banalísima e insustancial de los representantes,
aún omnipresentes, del Vaticano II.

Ahora bien, ¿qué es la Iglesia? Bossuet contesta:

Es la asamblea de los Hijos de Dios, el ejército del Dios vivo, su reino, su ciudad, su templo, su trono, su santuario, su tabernáculo. Digamos algo más profundo: la Iglesia es Jesucristo, pero Jesucristo difundido y comunicado. 1

Las variadas y hasta exuberantemente variadas definiciones que se han dado de la Iglesia Católica pueden todas reducirse a dos:

PRIMITIVA: Cuerpo místico, especificado como prolongación del Verbo Encarnado.

DERIVADA: Cuerpo social, especificado como conjunto de bautizados que profesan comunión con el Papa y sus obispos.

Estas dos definiciones o razones de una misma realidad son prácticamente convertibles entre sí 2. Pero el estado actual anómalo de la Iglesia Católica hace forzoso ajustarse a la primera definición para estar seguro de no malinterpretar la segunda.

Cada una de las dos definiciones parte de uno de dos órdenes de la Iglesia Católica para desde allí abarcar el resto: así, la definición primitiva «desciende» del orden invisible de la Iglesia Católica, y la definición derivada «asciende» del orden visible.

Sobre ambos órdenes cabe asentar lo siguiente:

Cristo encabeza por sí mismo el orden invisible de la Iglesia Católica y le ha dejado como principio operativo Su Propio Espíritu, la Tercera Persona Divina. La afiliación a la Iglesia en ese mismo orden invisible compromete la relación entitativa personal del hombre a Dios, y se determina por el criterio teórico de la Fe —adhesión a la Verdad revelada— incluido su artículo de ser conservada y declarada por el Papa de manera infalible y por ende perdurable.

Cristo encabeza mediante su Vicario  el orden visible de la Iglesia Católica y le ha dejado como principio operativo —no necesariamente puesto en acto— la autoridad apostólica concentrada en el Papa.

La afiliación a la Iglesia en ese mismo orden visible compromete la relación operativa natural del hombre a su prójimo, y se determina por el criterio práctico de la subordinación al Papa.

Los fieles en pecado mortal no están afiliados a la Iglesia en ambos órdenes. De ellos se dice que están en el cuerpo —orden visible— pero no en el alma —orden invisible— de la Iglesia pues su triste estado los priva de participar en el Bien eminentísimo de la Iglesia y que constituye toda su razón de ser. De ellos habla en estos términos el Pastor Angelicus Pío XII en la gran encíclica eclesiológica del siglo XX:

Ni la vida se aleja completamente de aquellos que, aun cuando hayan perdido la caridad y la gracia divina pecando, y, por lo tanto, se hayan hecho incapaces de mérito sobrenatural, retienen, sin embargo, la fe y esperanza cristianas, e iluminados por una luz celestial son movidos por las internas inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo a concebir en sí un saludable temor, y excitados por Dios a orar y a arrepentirse de su caída.

Los órdenes invisible y visible de la Iglesia pueden compararse imperfectamente al alma y el cuerpo de la Iglesia tomada en su totalidad militante, o existente en este mundo. Esta comparación, en parte fundada, es inexacta, pues cada orden puede considerarse como en sí mismo dotado de alma y cuerpo proporcionado. La Iglesia en su orden invisible es alma de la Iglesia en su orden visible en el sentido de que es su forma y su principio operativo primero (pero remoto). Pero dentro de cada orden se llama alma su principio operativo propio y próximo. Constando el cuerpo, en cada orden, de parte capital y parte comunicada, resultan, pues, estas distinciones:

• Alma de la Iglesia en su orden invisible: El Espíritu Santo.
• Capitalidad del Cuerpo de la Iglesia en su orden invisible: Nuestro
Señor Jesucristo.
• Comunicación del Cuerpo de la Iglesia en su orden invisible: El
Depósito Revelado.
• Alma de la Iglesia en su orden visible: La Autoridad Apostólica.
• Capitalidad (normalmente animada) del Cuerpo de la Iglesia en su
orden visible: Un Papa, o Iglesia Docente.
• Comunicación del Cuerpo de la Iglesia en su orden visible: Los fieles,
o Iglesia Discente, especialmente los verdaderos Sacerdotes;
también los verdaderos Sacramentos y el verdadero Apostolado.

De la distinción eclesiológica séxtuple dada más arriba, el lector podrá deducir anticipadamente que hoy la Iglesia en su orden visible está en la bien llamada gran tribulación de la privación de alma y de capitalidad ordinarias y próximas, quedándole en su orden visible: (a) una capitalidad inanimada (y —¡hecho horrendo!— hasta separada de facto mientras no de jure): las designaciones legales desgajadas (por promoción de religión falsificada), pero no anuladas (por falta de autoridad reinante o sentencia inmediata para eso) ni reemplazables (por exigencia apostólica-canónica), a pontificado, cardenalato, y episcopado, y (b) la suplencia extraordinaria y remota del Alma y la Capitalidad de su orden invisible, y la disposición propia para devolver alma a su capitalidad ordinaria y próxima que inmediatamente le separe de jure todo su superestrato asaltante y podrido, y principalmente la capitalidad, previsiblemente mayoritaria, que vaya a seguir inanimada.

Pese a todo, una alegoría de la Iglesia presentada por un maestro dominicano francés muy capaz y autorizado, en cierto sentido «saltea» los elementos de la Iglesia puestos en crisis, y se concentra en los dos primeros y el último: el Espíritu Santo, Cristo, y la Colectividad Fiel, que corresponderían a los dos primeros y el sexto de los listados arriba, e interpreta que dichos tres elementos se llaman y se sostienen unos a otros como, en un astro, el movimiento, la masa y el resplandor.1  Paradójicamente, cabe notar, en el Astro-Iglesia así entendido, Cristo-Resplandor no es visible, sino sobrenaturalmente inteligible como Capitalidad del orden invisible. En la teología católica, la visibilidad de la Iglesia se entiende con respecto a la potencia sensitiva común a todo hombre, y quiere decir que la
Iglesia es concretamente identificable y localizable por marcas que ven cuantos se encuentran con ella.

La alegoría tripartita que acabamos de presentar tiene la ventaja de presentar de manera grandiosa y general lo principal de la Iglesia Católica. Infunde consuelo y aliento ante la crisis presente, pero no la explica. Para esto es necesario volver a estudiar con atención el paralelismo de la dualidad fundamental de órdenes eclesiales invisible y visible. Para «ambientarnos» de manera simple, gráfica, patética y práctica en él, viene a propósito la imagen veterotestamentaria del jardín del paraíso atravesado por un río2. Rabano comenta:

El Paraíso es plantado por el principio porque la Iglesia Católica es conocida como fundada por Cristo, que es el principio de todo. El río que sale del Paraíso lleva imagen de Cristo que fluye de la fuente paterna e irriga su Iglesia con la palabra de la predicación y los dones del bautismo.3

En esta alegoría, la correlatividad entre el Jardín del Paraíso y su Río Principal ayuda a comparar y relacionar los dos órdenes de la Iglesia: el visible y el invisible respectivamente. Que son desiguales en dignidad como lo son el cuerpo y el alma, lo explica Pío XII:

Así como el organismo de nuestro cuerpo mortal, aun siendo obra maravillosa del Creador, dista muchísimo de la excelsa dignidad de nuestra alma, así la estructura de la sociedad cristiana, aunque está pregonando la sabiduría de su divino Arquitecto, es, sin embargo, una cosa de orden inferior si se la compara ya con los dones espirituales que la engalanan y vivifican, ya con su manantial divino.4

Aplicación de los principios eclesiológicos permanentes a los tiempos de orden

Si hay alguien que se certifique Papa —Principio propio visible de la Iglesia-«Jardín»—, estar subordinado a él da certeza moral de pertenecer a la Iglesia en el orden visible. Y el mismo Papa certificado tal refuerza esa certeza moral con la certeza física por calificar a sus súbditos como pertenecientes a la Iglesia. Además, habiendo Papa certificado tal, la certeza moral de pertenecer a la Iglesia en el orden visible es también la de pertenecer —al menos de derecho— a la Iglesia en el orden invisible: saberse por principio bien relacionado a la Iglesia en la propia condición natural y operativa de sociable lleva a saberse por inferencia bien relacionado a la Iglesia en la propia condición personal y entitativa de creado.

Como se desprende de lo antedicho, en más de medio milenio desde la solución del Cisma de Aviñón en 1418 hasta el llamado concilio vaticano segundo, el criterio preliminar para comprender la cuestión gravísima de la identidad de la Iglesia había sido superfluo: la certificación de un Papa. Simplemente era Papa el personaje que se presentase al mundo como tal. Subordinarse a ese personaje, aún desconociéndose los principios teológicos por los cuales pudiera sabérselo Papa, determinaba de hecho, por una normalidad feliz y prolongada, pero no indefectible, la afiliación eclesial católica visible. No habría faltado más, pues los prelados tomados por Papas a partir de su elección canónicamente válida estaban muy lejos de siquiera esbozar actos eclesiales anticatólicos. El jardín comunicaba el río que anunciaba, y anunciaba el río que comunicaba. Estaba asegurada la correspondencia inmediatamente constatable entre el orden eclesial católico invisible y el orden eclesial oficialmente y putativamente católico que a su vez era una misma cosa con el orden eclesial visiblemente y realmente católico. El jardín visible claramente constituido, llevaba enseguida al afortunado «huésped», a su río invisible —aunque fuese entre muchas y duras tribulaciones. Entrar al jardín era beber el agua de su río.

Aplicación de los principios eclesiológicos permanentes al presente

¿Puede romperse la identidad entre la sociedad organizada que se dice «Iglesia Católica» y la sociedad organizada en la cual el católico debe ver a su Iglesia? Desgraciadamente sí, pues el carisma de la infalibilidad eclesial católica evidentísimamente no puede extenderse a una sociedad organizada, aún continental, que se haya separado de la Iglesia Católica, ante lo cual todo prelado católico puede separarse de sus colegas y superiores eclesiales inmediatos de turno si no están en unión con un verdadero Papa, y separarse del mismo prelado designado para el Papado en un cónclave si se lo constata con certeza separado de esa dignidad para la cual ha sido designado en vano.

De nada sirve fundarse subjetiva e instintivamente en una colectivamente supuesta católica eclesialidad visible —«jardín» anunciador y comunicador de su «río»—, sin justificar ese tributo de fe y fidelidad como el debido a la Iglesia única verdadera de Cristo. Para justificarlo, vale el simple e imprescindible criterio de que la eclesialidad tomada como patrocinadora mantenga los actos eclesiales que la Luz de la Fe da como los propios e inseparables de la Iglesia Católica. El predominio o la represión de esos actos eclesiales católicos es reconocible al católico suficientemente instruido por simple observación y sin necesidad de consulta.

Hæc ipsa Ecclesia est fons signatus. Fons ideo quia cælestis doctrinæ fluentis manat, quibus omnes in Christum credentes a peccatis abluit, et veritatis scientia potat. Signatus vero est fons iste, quia sermo fidei evangelicæ veritatis signaculo munitus est, ita ut neque maligni spiritus neque hæretici fidem Catholicam violare atque disrumpere valeant. ( Comentario de Egidio de Roma al Cantar de los Cantares.)

Constatada la anticatolicidad intrínseca del «agua» postcatólica, se puede y debe inferir la anticatolicidad intrínseca del «jardín» postcatólico y la necesidad de separarse y amurallarse contra él para resguardarse en el «jardín» católico que, siendo inmortal, es forzoso que esté en algún lado. Bebiéndose del inmutable «río» de la Verdad revelada la noticia verdadera de que miente el nuevo «jardín» que anuncia comunicarlo, el católico debe hacer el viaje completo del verdadero río al verdadero jardín.

Los órdenes invisible y visible de la Iglesia pueden simbolizarse, también —según puede serlo en analogía natural muy imperfecta una realidad sobrenatural pecularísima e infinita— con el principio constitutivo celestial y el terrenal de una «atmósfera» puesta entre dos mundos (muy desiguales por cierto)1. En nuestros trágicos días postconciliares la alegoría se mantiene vigente, y pese a la existencia terriblemente disgregada del principio constitutivo terrenal de la Iglesia, en él se sitúa quien se une bien al principio constitutivo celestial de la misma al cual el terrenal sigue unido y referido. Repitiendo en otra figura lo dicho más arriba, perdida la convertibilidad ascendente entre los dos órdenes eclesiales, sigue siendo posible la descendente del «cielo» invisible (a los sentidos y la razón) a la «tierra» visible reducidísima, alcanzándose el primer término mediante la observación, la instrucción y la oración mental —más esforzadas que en tiempos normales, pero posibles, y más virtuosas en medio de la dificultad.

El católico debe ajustarse al presente estatuto metafísico meramente potencial del Papado —y con él de toda la autoridad eclesiástica—, si no ha de negarlo objetivamente por cometer la irresponsabilidad de profesarlo actual en un Ratzinger a quien la misma Fe Católica, en cuanto ejecutivamente falsificada por él, excluye del Gobierno visible auténtico de la Iglesia delegado por Cristo.

¿Qué le pasa a quien omite ese ajuste? Se acarrea lamentablemente una distorsión del objeto de la Fe práctica y una suspensión radical del ejercicio de la Fe teórica especificado por el dogma relativo al Papado. Ocurre entonces en lo objetivo-material una negación implícita de la Fe teologal, a partir de la cual puede darse o impedirse, según los casos particulares, el paso trágico de la excomunión, por asentimiento subjetivoformal en la negación explícita de la Fe teologal en el dogma relativo al Papado.

Apostasía deponiente

Afirmada la autoridad apostólica de prelados eclesiales, se afirma la unidad de Fe católica de la Iglesia (con mayúsculas) que rigen. Y negada la unidad de Fe católica de la iglesia (con minúsculas) que rigen prelados eclesiales se niega la autoridad apostólica de ellos. Se trata, pues, de verificar uno u otro antecedente. ¿Cuál es más fundante y normativa, la Fe o la autoridad apostólica? La respuesta es: la Fe. Porque si bien la autoridad apostólica de prelados eclesiales es norma de Fe católica, no lo es como adjunta a cualesquier prelados que la reclamen, sino como adjunta a los prelados de la Iglesia reconocible a la simple razón como verdadera a partir de sus cuatro notas. Como la Eclesialidad Postconciliar consta estar privada de la nota de unidad de Fe1, consta no ser la Iglesia Católica, y por lo tanto sus prelados mal pueden tener el carácter normativo reservado a una institución de cuya esencia carecen. Debemos creer por virtud de Fe divina y católica que es intrínsicamente imposible que la autoridad apostólica se contradiga en Fe, en tanto que no es imposible, ni por Fe ni por razón, que un ocupante de la sede de Pedro carezca de autoridad apostólica.

La autoridad de la Iglesia es un norma poderosa y divina para el creyente: San Agustín no habría creído en el Evangelio sino por la autoridad de la Iglesia2 …pero, obviamente, ¡de la Iglesia conocida como verdadera! Antes de reconocerse la Iglesia y la Fe católica en la autoridad apostólica, debe reconocerse la autoridad apostólica en la Iglesia Católica reconocida primero en la unidad de Fe. Donde consta estar la Fe católica, allí consta estar la Iglesia Católica y la autoridad apostólica o la posibilidad de su actualización.

En menos palabras: el católico —y hasta el acatólico— no puede cuestionar a la Iglesia Católica conocida como tal, ni desconocer como Iglesia Católica una iglesia conocida como portadora de las notas conocidas como esenciales de la Iglesia Católica. Pero todo ser humano puede y hasta debe poder conocer si la iglesia X, aunque sea grande y cuente como «católica», es eso o es otra cosa.

Acaso en esta coyuntura alguien pensara oponer la siguiente objeción: «Decís reconocible la verdadera Iglesia por la perfección de su doctrina, pero la perfección de la doctrina católica —muy superior a la razón y constituida a veces por sutilezas— sólo constaría estar puesta donde fuera reconocible la verdadera Iglesia: nunca, pues, se podría reconocer la verdadera Iglesia». Cabe responder que, si bien las últimas determinaciones doctrinarias de la Iglesia Católica adjuntas a las anteriores no pueden reconocerse verdaderas fuera de la Iglesia Católica ni antes de ella conocida como tal, las determinaciones doctrinarias de una eclesialidad que destruyan determinaciones doctrinarias definitivas de la Iglesia Católica, pueden y deben reconocerse falsas y acatólicas se esté donde se esté.

¿Se replicará que la Iglesia Católica no constaría acertar en definiciones dogmáticas difíciles cuya continuidad o contradicción con definiciones previas sea imposible de constatar? ¿Un falso papa conspirador que definiera una sutileza errónea sería indetectable? La Iglesia Católica es demasiado santa para que su reemplazo fundamental pueda pasar desapercibido: Dios mismo haría detectable un falso papa conspirador por algún medio. Pero además, para lo que nos incumbe principalmente, los falsos papas del Vaticano II han «definido» errores groserísimos y devastadores como por ejemplo el derecho a profesar una religión falsa, la virtualidad santificadora de iglesias falsas en cuanto tales, y la subsistencia de la Iglesia de Cristo en una entidad más amplia y abarcadora que la Iglesia
Católica

Todas las declaraciones del Magisterio Perenne Infalible tienen una perfecta homogeneidad y consustancialidad, de manera que cada nueva de esas declaraciones sea verdaderamente «luz de luz», incapaz de causar el menor inicio de escándalo o siquiera turbación en el alma fiel.

Cuando una cosa es simplemente en función de otra, esa otra es simplemente mejor y preferible1. La autoridad apostólica está dada para la unidad de la fe y de la comunión de los fieles2. El cargo apostólico es recibido de manos de Cristo para obedecer a la Fe: «Jesu Christi Domini nostri, per quem accepimus gratiam et apostolatum ad oboediendum fidei in omnibus gentibus pro nomine ejus» («Jesucristo … por el cual nosotros hemos reicibido la gracia y el apostolado para someter a la fe por la virtud de su nombre a todas las naciones»)1. Para que la autoridad que propone la revelación pueda cumplir su función, debe ser proporcionada a su objeto. Por la trascendencia del objeto, la proporción sólo se establecerá porque Dios comunique a esa autoridad Papa un privilegio que lo inmunice de toda mala orientación.

Los fieles pueden y deben encontrar orientación en medio de la presente crisis por cuanto el individuo bautizado católico está obligado a rechazar lo contradictorio de la Fe y tal es el Vaticano II aunque la jerarquía posconciliar pida aceptarlo. Tal es todo el sentido de Gálatas, 1: 8, donde San Pablo pide a los fieles anatematizarlo a él, apóstol («si nosotros…») si encuentran que su doctrina discrepa de la que ellos lo habían oído predicar.

Pero si nosotros mismos, si un ángel del cielo os anunciara un Evangelio diferente del que os hemos anunciado, que sea anatema. Como ya lo he dicho, lo digo una vez más: Si alguno os anuncia un Evangelio diferente de aquel que habéis recibido, sea anatema.

Los salvadores a ultranza de un status quo institucional necesitarían que el pasaje paulino rezara así: «Pero si nosotros mismos, si un ángel del cielo os anunciara un Evangelio diferente del que os hemos anunciado, debéis aceptar el nuevo Evangelio mirando a quién os lo anuncia y no verlo diferente.» San Pablo obviamente encarga a los fieles verificar la identidad de la Fe en sus maestros apostólicos como condición para aceptarlos. Faltando esa Fe el mandato es: sea anatema. Aquí se ve claramente y con certeza teológica fundada en San Pablo que la identidad de Fe es anterior a la autoridad apostólica y que los fieles mismos y no solamente los obispos pueden y deben reconocer la identidad o diferencia de la Fe.

Es imposible el acto de fe que el Vaticano II exige a los católicos: asentir a enseñanza contradictoria a la divina dando como motivo una supuesta autoridad apostólica que si fuera real estaría proponiendo sentencias con autoridad divina. En cambio no es imposible, y numerosos teólogos y santos de peso lo confirman, la carencia de poder papal por un ocupante de la sede papal. El acto de fe, entonces, negándose al acto contradictorio y vicioso de afirmar lo contrario de aquello a lo que asiente, rectamente y forzosamente niega autoridad apostólica al promulgador de nueva doctrina y presidente de nueva iglesia.

Una «Iglesia Católica» que aceptara el Vaticano II y su reformas, sería una «Iglesia Católica» despojada de sus cuatro notas esenciales y degradada al rango de institución puramente humana —sería un círculo cuadrado. En cambio la negación del Vaticano II, su reformas y de la autenticidad de los «papas» que lo promulgaron, retiene la unidad de fe, retiene las cuatro notas, retiene la indefectibilidad de la Iglesia.

Padre Patricio Shaw

La Glosa, comentando las palabras de Juan 1, «He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo», dice: «La presencia de la Fe quita del alma todo herrumbre de error e infidelidad, como la presencia del Cordero de Dios quita del alma todo pecado». Y aquí cabe añadir de paso que, si la Sedelucencia objetiva es el Magisterio Perenne Infalible sobre la verdadera situación capital visible e invisible de la Iglesia Católica, puede parafrasearse: «He aquí la Sedelucencia, he aquí la que quita el Vaticano II y su falso papado del mundo y de las almas».

CONTINUARÁ, D. m.,  con Simple y segura disección de la Iglesia Católica.92

Lógica general 2/19. De los signos del pensamiento.

De los signos del pensamiento

El signo general del pensamiento humano es el lenguaje. Supónese comúnmente que esta palabra tiene su etimología [21] en la frase latina linguam agere, que significa mover la lengua. Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que el lenguaje como signo o expresión del pensamiento, es un sistema de signos destinados a expresar el pensamiento. Y debe tenerse presente que el pensamiento aquí se toma en un sentido lato por las manifestaciones y actos, no solo del entendimiento y voluntad, sino también de las facultades sensibles, tanto perceptivas como afectivas.

Los signos que constituyen el lenguaje pueden ser o naturales o artificiales. Los primeros son los gritos, ademanes, gestos y movimientos naturales y espontáneos del cuerpo, en relación con determinadas afecciones y pensamientos interiores del alma. Los segundos son las palabras articuladas destinadas por el uso y la convención para expresar aquellos actos y afecciones interiores.

El lenguaje natural tiene determinadas ventajas sobre el artificial, así como éste las tiene sobre aquel bajo otros puntos de vista. El natural: 1º es más enérgico y adecuado que el artificial para expresar las afecciones del alma: 2º es invariable, uniforme y espontáneo, como fundado en la misma naturaleza: 3º se adquiere y practica sin necesidad de estudio o de la observación.

Por otro lado, el lenguaje artificial o articulado: 1º sirve para expresar muchas cosas que no pueden expresarse por medio del natural, y se extiende hasta las más sutiles manifestaciones y modificaciones del pensamiento: 2º incluye mayor facilidad y universalidad; mayor facilidad, puesto que con pocas palabras convenientemente combinadas podemos expresar instantáneamente conceptos y objetos que exigirían multitud de gestos y movimientos para ser expresados imperfectamente; mayor universalidad, no solo porque se extiende a objetos y pensamientos que se hallan fuera del alcance del lenguaje natural, o a los cuales solo alcanza con suma dificultad e imperfección, sino principalmente porque el lenguaje natural, solo es medio de comunicación con los presentes, mientras el articulado se extiende a los ausentes en tiempo y espacio por medio de la escritura: 3º el lenguaje [22] articulado sirve de instrumento y auxiliar poderoso para desarrollar y robustecer el pensamiento, por medio de una especie de comunicación y reacción continua y recíproca entre la palabra y el pensamiento: 4º el lenguaje articulado, por lo mismo que se halla sometido a la voluntad del hombre, como sistema de signos convencionales y libres, encierra un poder de expresión tan eficaz y perfecto, que basta para satisfacer con facilidad todas las necesidades del hombre en el orden físico, sensible, social, intelectual y moral: 5º finalmente, el lenguaje articulado así como puede perderse en el individuo u olvidarse, puede también enriquecerse o perfeccionarse, al paso que el natural nunca se olvida, pero tampoco se perfecciona sino con dificultad, en algunos hombres solamente, y aun esto dentro de límites estrechos. Sabido es que la influencia de la voluntad y el hábito, pueden hacer que los gestos y movimientos exteriores representen afecciones que no existen en el individuo; pero esto es accidental y no destruye las condiciones propias del lenguaje natural.

Cuanto llevamos consignado en este capítulo acerca del lenguaje artificial, se refiere al lenguaje en cuanto significa una colección de palabras articuladas que tienen por objeto expresar el pensamiento. Conviene ahora tener presente que esa palabra, además de la significación dicha puede tener otros dos sentidos, puesto que unas veces se toma por la facultad o capacidad de hablar que posee el hombre, y otras por la determinada disposición de palabras, oraciones y períodos que constituyen lo que se llama estilo, en cuyo último sentido solemos decir que tal autor tiene un lenguaje conciso, elegante, fluido, nervioso, &c.

De aquí se infiere que cuando se pregunta si el lenguaje articulado es natural al hombre, se debe responder con distinción. Si se trata del lenguaje en cuanto significa una colección determinada de voces articuladas, como las palabras, por ejemplo, que constituyen el idioma castellano, el lenguaje no es natural sino artificial y arbitrario, toda vez que es indiferente y puramente convencional que esta palabra designe este objeto y no otro; y por otra parte vemos que al mismo [23] objeto corresponden diferentes palabras según la variedad de idiomas. Si se trata del lenguaje, en cuanto significa la facultad de hablar, no hay inconveniente en afirmar que el lenguaje es natural al hombre; porque la razón y la experiencia demuestran que el hombre ha recibido de Dios y tiene en su misma naturaleza la facultad o capacidad de manifestar y significar a otros sus pensamientos y los objetos por medio de voces articuladas, que posee el organismo y los instrumentos necesarios para producir sonidos articulados, y hasta que tiene en su naturaleza una propensión espontánea a poner en ejercicio este organismo y la facultad de hablar.

¿Deberemos inferir de aquí, que la invención del lenguaje es debida al hombre? De ninguna manera. Sea cualquiera la opinión que se adopte en orden a la posibilidad absoluta o física de la invención o formación por parte del hombre de algún lenguaje, el cual en todo caso sería necesariamente imperfectísimo, y exigiría el transcurso de mucho tiempo, se debe tener por cierto que el lenguaje fue comunicado o inspirado al hombre por el mismo Dios. Muchas son las razones que pueden aducirse en apoyo de esta afirmación, aun prescindiendo de la Sagrada Escritura que lo indica {(1) En efecto, hablando del primer hombre, dice: «Creavit ex ipso abjutorium simile sibi; consilium et linguam dedit illis.»} con toda claridad. 1º Adán o el primer hombre debió salir perfecto de las manos del creador, como dice santo Tomás, tanto en el orden físico, o en cuanto al cuerpo, como en el orden intelectual y por parte del alma; y es indudable que si no hubiera poseído el lenguaje, carecería de una de las perfecciones o cualidades más importantes y necesarias. 2º No poseyendo el lenguaje se hubiera visto imposibilitado de comunicar a sus hijos los conocimientos naturales y sobrenaturales que recibiera de Dios. 3º En la hipótesis contraria, el hombre hubiera permanecido por espacio de mucho tiempo en estado de completo mutismo, el cual es incompatible con el estado [24] social que es natural al hombre, y fuera del cual no puede conservarse por mucho tiempo. Como corroboración de este argumento debe tenerse en cuenta, que siendo el lenguaje un conjunto de signos convencionales, y siendo o imposible, o sumamente difícil por lo menos, establecer pactos y convenciones sin el auxilio de la palabra articulada, los hombres, en la hipótesis que combatimos, habrían permanecido por espacio de siglos sin sociedad política y en estado de salvaje mutismo. 4º Para todo hombre pensador es evidente que la invención primitiva o descubrimiento originario de un idioma, siquiera sea imperfecto, es obra que exigiría una inteligencia sublime, unida a vastísimos y profundos conocimientos de todo género: ¿y es posible esto cuando se principia por suponer al hombre sin vínculos sociales, en estado de salvaje mutismo y de crasa ignorancia? 5º Finalmente, si a esto se añade que todos los monumentos históricos, incluso los bíblicos, presentan al hombre en posesión y ejercicio del lenguaje articulado, y lo que es más, de un lenguaje perfecto, quedará fuera de toda duda que el origen primitivo del lenguaje entre los hombres debe buscarse en Dios revelándolo o comunicándolo al primer hombre creado por él (1). Y [25] decimos, revelándolo, para excluir la opinión de los que imaginan que Dios enseñó al hombre el lenguaje primitivo pronunciando sonidos articulados, a la manera que los padres enseñan ahora a los hijos.

{(1) Son notables las palabras de Humboldt sobre este punto. «El lenguaje no ha podido ser inventado sin un tipo preexistente en la inteligencia humana… Más bien que creer en una marcha uniforme y mecánica que le vaya formando paulatinamente desde el principio más grosero e informe hasta llegar a la perfeccion, abrazaría la opinión de aquellos que refieren el origen de las lenguas a una revelacion inmediata de la Divinidad. Ellos por lo menos reconocen la chispa divina que brilla al través de todos los idiomas, aun los más imperfectos y menos cultivados.» A conclusiones análogas conducen los trabajos de Klaproth, Remusat, Goulianoff, Merian, Adelung, Schelegel y de tantos otros distinguidos etnógrafos.
Hay más todavía. De los trabajos literarios y de las investigaciones etnográficas realizadas por los escritores citados, resulta: 1º que los cuatro mil dialectos o idiomas que se conocen, pueden considerarse como filiaciones o derivaciones de tres, o a lo más, [25] cuatro lenguas primitivas y rigurosamente diversas, que son, la indo-germánica, que también suele llamarse indo-europea, la semítica y la tártara, a la cual algunos añaden la malaya: 2º que la aparición de estas tres o cuatro lenguas primitivas tuvo lugar de una manera repentina; todo lo cual se halla en perfecto acuerdo con la narración bíblica sobre la repentina confusión de lenguas realizada en la construcción de Babel, siendo probable que cada una de las tres grandes familias de Noé se separara de Babel con una de las tres lenguas que se llaman primitivas.}

Además de las indicaciones que dejamos consignadas arriba acerca de la utilidad y necesidad del lenguaje articulado, pueden aducirse razones poderosas que demuestran con toda evidencia esa necesidad y utilidad.

1ª Los hombres están destinados por las condiciones mismas de su naturaleza a constituir o formar una sociedad no imperfecta, temporal y transitoria, como los animales, sino perfecta, permanente, intelectual, moral y política; sociedad que ni siquiera puede concebirse, cuanto menos constituirse y conservarse, sin el auxilio del lenguaje articulado.

2ª Sin el lenguaje articulado la memoria es por precisión muy incompleta, y su expresión o manifestación externa es poco menos que imposible. Reflexiónese ahora por un lado los gravísimos inconvenientes a que estaría expuesto el hombre viviendo en sociedad sin el auxilio de la memoria, o teniendo ésta un estado sumamente imperfecto; y por otro, que uno de los efectos más incontestables y preciosos del lenguaje articulado es el fijar y ordenar los pensamientos y afecciones interiores en la memoria, sujetándolos al propio tiempo al fenómeno del recuerdo o reminiscencia.

3ª La investigación y conocimiento de la verdad, que constituye la perfección más noble y digna del hombre, se hallan en íntima relación y necesaria dependencia con el [26] lenguaje articulado, sin cuyo auxilio nuestros conocimientos serían muy limitados, trabajosos e imperfectos. La conciencia íntima nos revela que mientras investigamos y conocemos los objetos, hablamos interiormente, locución que sería difícil, imperfecta y confusa, sino poseyéramos el lenguaje articulado.

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

RESPUESTA A LA PREGUNTA DE LA SEMANA (4)

La siguiente pregunta se encuentra en el menú de la derecha 

PREGUNTÁBAMOS:

¿Debemos creer en nuevas revelaciones sobrenaturales?

17% han respondido: , errando.

83%  han respondido: No, estando en la verdad.

La respuesta correcta es:

No

¿ Por qué? 

Responde San Juan de la Cruz, , proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Pío XI, en 1926, en la cuestión 115 del Camino Seguro para la Unión del Alma con Dios:

Entonces, pues, ¿no habrá más fe que revelar?

Ya no conviene, pues, preguntar a Dios de aquella manera, ni es necesario ya que este hable, pues, al acabar de comunicar toda la fe a través de Cristo, no hay más fe que revelar ni la habrá jamás. Y ahora, quien quisiera recibir alguna cosa por vía sobrenatural, estaría señalando, como hemos dicho, en Dios la falta de no haber dado lo bastante por medio de su Hijo. Porque, aunque lo haga teniendo por cierta la fe y creyéndola, sigue siendo curiosidad que revela poca fe. Por lo que, no hay que esperar por vía sobrenatural enseñanza ni ninguna otra cosa. Porque cuando Cristo dijo en la cruz: Consummatum est, en el momento de expirar, Jn 19, 30, que quiere decir: «Se ha acabado», no solo se acabaron esos modos, sino también todas esas otras ceremonias y ritos de la Ley Vieja. Y así, nos hemos de guiar en todo por la ley de Cristo hombre, y de su Iglesia y sus ministros, humana y visiblemente, y remediar por esa vía nuestras ignorancias y flaquezas espirituales, ya que por esta vía hallaremos abundante medicina para todo. Y lo que se salga de este camino no solo es curiosidad, sino mucho atrevimiento. Por eso, no se ha de creer nada recibido por vía sobrenatural, sino solo lo que es enseñanza de Cristo hombre, como digo, y de sus ministros, hombres. Tanto es así, que san Pablo dice estas palabras, Gál 1, 8: Quod si angelus de caelo evangelizaverit praeterquam quod evangelizavimus vobis, anatema sit; lo que quiere decir: Si algún ángel del cielo os anunciase un evangelio distinto del que nosotros hombres os hemos anunciado, sea maldecido y excomulgado. {Libro segundo, capítulo XXII}

DEZINGER «La Revelación fue un hecho histórico, y no puede crecer el número de verdades reveladas contenidas en el depósito de la Revelación que es la Sagrada Escritura y la Tradición, porque este depósito, quedó cerrado con la muerte del último Apóstol [ Magisterio de la Iglesia, nº 1836; 2021.  Ed. Herder. Barcelona].

 

 

Lógica general 1/19. Del signo en general.

El objeto principal de la Lógica es dirigir nuestro entendimiento a conocimiento de la verdad. Las operaciones fundamentales del mismo, mediante las cuales se encamina a la verdad y logra su posesión, son la simple percepción, el juicio y el discurso o raciocinio. Aquella parte de la Lógica que enseña las reglas filosóficas y da preceptos racionales para el conveniente uso y aplicación de estas tres operaciones fundamentales de la inteligencia se llama Lógica General, y es la misma que los antiguos Escolásticos solían apellidar Lógica Menor.

Aquella parte de la Lógica que trata de las materias que tienen una relación especial con las tres funciones expresadas de nuestra razón, como medios e instrumentos para investigar y adquirir la verdad, como son ciertos problemas e ideas sobre la certeza, la probabilidad y la verdad, el método, los criterios de la verdad, &c., se llama Lógica Especial, o como la apellidaban los Escolásticos, Lógica Mayor. [17]

El íntimo enlace y relaciones que existen entre el objeto de la Lógica y el de la Psicología ha motivado diversidad de pareceres con respecto al orden con que deben enseñarse estas dos ciencias. Algunos colocan y enseñan la Psicología antes que la Lógica, porque, en su opinión, no se pueden dirigir bien las operaciones del entendimiento, lo cual constituye el objeto de la Lógica, sin conocer las varias facultades del hombre con las cuales se halla en relación su entendimiento. Otros, por el contrario, opinan que la Lógica, que es el arte de buscar la verdad, debe preceder a todas las ciencias, y por consiguiente a la Psicología. Esta segunda opinión nos parece más fundada; porque siendo la Psicología una verdadera ciencia, y ciencia que encierra problemas arduos y trascendentales, no es posible tratarla de una manera adecuada a sus condiciones científicas sin el auxilio de la Lógica, a la que pertenece enseñar a pensar bien y a investigar la verdad científica. Que no sin razón la apellidaban los antiguos instrumento y órgano de todas las ciencias. Por otra parte, para obviar la dificultad a que se refiere la primera opinión, basta hacer entrar en la Lógica algunas observaciones sencillas sobre las facultades del alma en relación con el objeto de la misma.

Algo más necesario nos parece hacer entrar en la Lógica algunas nociones acerca del lenguaje; porque siendo la palabra la expresión del pensamiento, así como este es la representación de los objetos, es indudable que la gramática general, o sea el conocimiento de la estructura y leyes generales del lenguaje, es un auxiliar tan poderoso como útil para la dirección de las operaciones intelectuales por medio de la disposición artificial y científica que la Lógica comunica a las operaciones indicadas. He aquí la razón porque damos principio a la Lógica exponiendo algunas nociones de gramática general, o sea filosofía del lenguaje; porque la verdad es que estudiar y conocer el lenguaje, equivale en cierto sentido a estudiar y conocer el pensamiento humano. [18]

Capítulo primero

Gramática general

Artículo primero
Del signo en general

Nociones previas.

1º La palabra gramática trae su origen de la griega gramma, que significa letra, y como las letras son los elementos de las palabras que constituyen la materia y objeto de la gramática, de aquí es que tomando la parte por el todo, la gramática general ha venido a significar la ciencia que investiga y expone los principios y propiedades generales del lenguaje articulado, considerado como expresión del pensamiento.

De esta definición se infiere que lo que se llama gramática general debiera denominarse filosofía del lenguaje, como la apellidan con razón algunos: 1º porque el nombre de gramática es más propio de una arte que de una verdadera ciencia, cual es la que nos ocupa: 2º porque con ella no se aprende ningún idioma determinado. Es, por lo tanto, más lógico y exacto el nombre de filosofía de lenguaje: nosotros, sin embargo, acomodándonos al uso recibido, usamos indistintamente los dos nombres.

2ª El objeto principal y propio de la gramática general es la oración: 1º porque esta resume y condensa el lenguaje como expresión del pensamiento: 2º porque la oración es la expresión externa y articulada del juicio, el cual es el acto principal de nuestro entendimiento, y su manifestación más importante y fundamental.

La oración gramatical puede ser considerada, o en sus elementos y diferentes partes de que se compone tomadas aisladamente, sin tomar en cuenta las relaciones que entre sí pueden tener en la oración; o por el contrario sistemáticamente, [19] considerando las partes de la oración en cuanto forman un todo determinado. De aquí la división de la gramática general en lexicología, que trata de las partes de la oración tomadas cada uno de por sí; y sintaxis, a la que pertenece estudiar la oración en cuanto es un todo resultante de la colocación ordenada de las partes que la componen. La gramática general no puede contener prosodia ni ortografía, partes que se encuentran en las gramáticas particulares, porque aquella no enseña a hablar ni escribir ningún idioma.

3ª De las dos partes indicadas, la más importante para la Lógica es la lexicología, en la que se analiza el lenguaje como signo y expresión de las ideas y pensamientos. Por esta razón nos ocuparemos con preferencia de la misma en estas nociones, con tanto más motivo, cuanto que al tratar del juicio se habla también de la oración como expresión sensible del mismo.

No siendo otra cosa el lenguaje más que la expresión y signo sensible del pensamiento, claro es que no pueden conocerse su naturaleza, leyes y propiedades, si no se conocen de antemano la naturaleza, leyes y propiedades del signo.

Signo en general es: lo que representa a la facultad cognoscente alguna otra cosa distinta del mismo signo: quod potentie cognoscenti aliud a se repraesentat. De esta definición se deduce que el signo, en cuanto tal, incluye tres cosas: 1ª el signo debe ser distinto realmente de la cosa significada, porque ninguna cosa se dice con propiedad signo de sí misma: 2ª entre el signo y la cosa significada debe existir alguna relación o enlace, pues solo así se concibe que el uno conduzca al conocimiento de la otra: 3ª el signo viene a ser como un medio entre la potencia que conoce y la cosa significada; así el humo, por ejemplo, sirve al entendimiento como de medio o puente para llegar al conocimiento del fuego.

Infiérese de lo dicho que el signo determina u origina dos percepciones, de las cuales la una se refiere a la cosa que sirve de signo, y la otra a la cosa significada. Empero para que resulten realmente estas dos percepciones, es preciso que se conozca la relación que existe entre el signo y la cosa [20] significada, pues faltando este conocimiento el signo no ejercerá el oficio de tal. Un vocablo hebreo no ejerce el oficio de signo para uno que ignore esta lengua, porque no conoce la relación convencional que existe entre aquel vocablo y la cosa por él significada.

El signo se divide en formal e instrumental. Signo formal es el que representa otra cosa por razón de la semejanza que con ella tiene, como la imagen o retrato de Julio César es signo formal del mismo. Signo instrumental es el que representa alguna cosa por razón de alguna relación que no sea de semejanza, como sucede en el humo respecto del fuego.

El signo puede ser también o natural o arbitrario, el cual también se llama artificial. En el primero, la relación que existe entre el signo y la cosa significada procede de la misma naturaleza de las cosas, independientemente de la voluntad del hombre, como se ve en el ejemplo del humo y del fuego. En el arbitrario, la conexión o enlace entre el signo y la cosa significada es convencional o dependiente de la voluntad del hombre, como sucede en el lenguaje articulado, cuyas palabras significan este o aquel objeto, según los diferentes idiomas y según voluntad convencional de los hombres.

Cuando la relación que existe entre el signo y la cosa significada en el signo natural es necesaria e infalible por su naturaleza, el signo se denomina cierto o necesario, como se ve en la respiración respecto de la vida: si esa relación no es necesaria, sino que puede proceder de varias causas, será signo incierto o equívoco: así, por ejemplo, la frecuencia del pulso es signo incierto o equívoco de fiebre, porque puede proceder de otras causas.

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

SERMÓN DEL P. ALTAMIRA: FRANCISCO Y MARTÍN LUTERO: D. XXIII POST PENT.

Sermón del P. Altamira.

Dom. XXIII después de Pentecostés

Título: Francisco el Pseudo Profreta y Martín Lutero

Sello oficial del Vaticano para la conmemoración de la protesta de Lutero.

Resumen: A raziz de un sello oficial del Vaticano en el que hay una imagen de la crucifixión en la que se ha sustituido a la Virgen María y al apóstol San Juan por la imágenes de Martín Lutero y Philipp Melanchthon, heresiarcas protestantes, se va perfilando cada día más que, quizá, Bergoglio pueda ser el Pseudo Profeta, la Bestia que surge de la tierra en el Apocalipsis de San Juan.