¿LA ÚLTIMA REVOLUCIÓN? (2º de 5)

IIª Revolución.

La Iglesia no, Cristo sí.

 Proponemos como fecha orientativa 1517, en la que Lutero clava las noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg, aunque tal vez otros prefieran 1519, año en el que niega el poder de las llaves al sucesor de San Pedro. Sea la fecha que se escoja, lo cierto es que el terreno ya estaba abonado para el triunfo de Lutero por el apoyo de los reyes y príncipes cristianos que desde hacía ya doscientos años habían logrado una mayor independencia de sus estados frente al Papado, y en muchos casos apenas podría decirse que usaban su espada por orden y al servicio de la Iglesia.

Las iglesias regionales y nacionales fueron desde entonces y hasta el siglo XIX, uno de los mayores rivales del Papado. Los papas reinantes se vieron sucesivamente obligados a defender su esencia consistente en la mayor concentración posible de pueblos en torno a Roma. Esas iglesias nacionales tuvieron una responsabilidad decisiva en el triunfo de la reforma protestante, porque:

  1. Constituyeron una tendencia regresiva en la Historia de la Iglesia, en oposición a la labor de centralización que el Papado había venido haciendo durante la Edad Media. Ocasionaron el surgimiento del particularismo, robustecieron el laico y favorecieron la independencia de los estados frente al Papa.
  2. Cada vez con más frecuencia los estados intervinieron en asuntos puramente eclesiásticos, y aunque en un principio pudo significar como una tendencia a lograr un estatuto de independencia, se conformó más tarde con un carácter anti romano.
  3. En Francia el desarrollo se encuentra ligado a la doctrina conciliarista que estuvo al servicio, más tarde, del galicanismo. En Inglaterra dominó el concepto de iglesia nacional, muy parecido al galicanismo francés, al que tomó como modelo. En Alemania, debido a la pluralidad de principados independientes, fueron las iglesias territoriales las que determinaron los acontecimientos. En general, el consejo municipal de las ciudades intentaron constituirse en dueños de todos los asuntos eclesiásticos.
  4. Un caso aparte fue el de España, obligada a su lucha contra los musulmanes, hizo que surgiera un frente común político-eclesiástico, que configuró profundamente la conciencia nacional hasta su destrucción en 1978.

Con la reforma de Lutero, por primera vez la unidad de la fe de la cristiandad quedó destruida. Según la concepción del heresiarca, en la jerarquía católica y en el pontificado, el hombre se ha colocado en el lugar de Dios. Para Lutero todo lo institucional en la Iglesia es diabólico y él mismo proclamará con odio e injurias que la institución del Papado es obra del demonio. Un primer paso se dio en la disputa de Leipzig de 1519, cuando Lutero se vio obligado por Eck, que veía con claridad a donde llevaban las conclusiones del doctor inicuo,  a sacar las últimas consecuencias de sus afirmaciones, a saber: que el Pontificado supremo no viene de Dios y que tanto éste como los concilios pueden equivocarse y que de hecho se han equivocado, doctrina malsana repetida hasta la saciedad hoy por el lefebvrismo. Que toma sus falaces argumentos del mismo Lutero.  La Iglesia, para Lutero,  es sobre todo algo interior e invisible. Como para Lutero Dios obra todo y la voluntad es nada, y como las obras no se necesitan para la salvación, no se requiere ni sacerdocio especial, ni conventos ni votos; la consecuencia última de tal concepción: que no puede haber sacramentos, Lutero no la sacó, pero sí sus seguidores.

Con la Reforma protestante, se había llegado a un momento crucial, como cristalización de corrientes heréticas de los siglos precedentes: La escrupulosidad constatable de Lutero-conciencia delicada y fluctuante- no fue casualidad, sino que revela más bien, y de una forma impresionante, que su actitud subjetivista, tan común hoy entre las diversas sectas tradicionalistas y en la iglesia del conciliábulo, 1962-1965, fue simple expresión de su personal disposición interior, para la cual, en último término, no tenía valor más que el propio juicio.

Con la cultura humanista de la época del heresiarca surgió el antropocentrismo: la doctrina que sitúa al ser humano como medida y centro de todas las cosas: Así la naturaleza humana, su condición y su bienestar serían los únicos principios de juicio. El goce epicúreo de la vida, el amor y la belleza, serán su ideal de felicidad. Se va cambiando el polo de la fe en Dios a la fe en el hombre contemporáneo. Pero, al fin y al cabo, nace un hombre que considera legítimos los valores paganos, es decir,  el deseo de fama, gloria, prestigio y poder (El príncipe, de Maquiavelo); y la idea de que merece la pena pelear por la fama y la gloria en este mundo. La fe se desplaza de Dios al hombre. Un hombre nuevo que anhela el éxito económico como señal de que Dios ha bendecido en la tierra a quien trabaja (Calvinismo), que será el fundamento del naciente capitalismo. Un ideal de hombre que declara la separación entre moral y política; entre la autoridad eterna y la temporal.

A pesar del pesimismo de Lutero, el hombre genera una visión optimista de sí mismo, guiado por una exageración del subjetivismo y el individualismo, cuyas características nutrirán la devotio moderna, que algunos historiadores la describen como falta de espíritu apostólico y piedad individualista, razón principal de su declive; y que, junto al erasmismo, penetrarán en la Iglesia Católica, con una tendencia anti especulativa.

En fin, nace un espíritu de época que desplaza la fe en la Iglesia, como maestra infalible de la Verdad divina, hacia un subjetivismo e individualismo para el cual, el centro es la fe en el hombre.  Mas ese hombre individual que rechaza la protección de la jerarquía del Cuerpo místico de Cristo, se irá entregando poco a poco al poder, incluso despótico, de los príncipes seculares; príncipes al fin, adversarios de las doctrinas dominantes católicas y escolásticas de la época con respecto a la política y la moral.  El hombre, al rechazar a la Iglesia como protectora, rectora y guía de su vida, se quedará sólo frente a reyes y príncipes; reyes y príncipes que, para conseguir su gloria y supervivencia, pueden justificar el uso de medios inmorales para lograr esos fines; «todos los medios, justos o asquerosos, hierro o veneno, para lograr sus fines; su fin, sea el engrandecimiento del país o la patria de uno, pero también el uso de la patria al servicio del auto engrandecimiento del político o del estadista o del partido»».

Una idea falsa, -por subjetiva sin sujeción al Magisterio de la Iglesia- de Cristo, no podría ya frenar la inminente desgracia en que sucumbiría el alma humana en el devenir. Cada alma podía concebir un rostro distinto de Cristo.

Así se cristalizó una nueva mala: Cristo sí, la Iglesia no; la Revelación sí, maestros no. No tardarían los hombres en rechazar, -habiendo empezado a remover el Katéjon profetizado por san Pablo- también a Cristo; pero esta historia es el objeto de un nuevo artículo de esta serie.

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