MISA DE LOS FIELES
PARTE TERCERA
Números 230-257

COMUNION

231 COMUNIÓN o BANQUETE del SACRIFICIO
Preparación
a) Preparación general (fórmulas en plural)
Plegaria a DIOS PADRE:
1.- “Padrenuestro”
Pedimos a Nuestro Padre el Pan Eucaristico
“Padre Nuestro que estás en los cielos… el pan nuestro de cada día, dánosle hoy”.
2.- “Fracción del Pan”
Nuestro Padre parte el Pan para distribuirlo entre sus hijos: “Tomad y comed…”
“Señor, danos siempre este Pan”. (San Juan VI, 34)
Plegaria a DIOS HIJO :
3.- “Agnus Dei”
Clamores de misericordia al Cordero de Dios inmolado y desmenuzado ya sobre el altar
“Y perdónanos nuestras deudas”
4.-Beso de Paz
Como testimonio de que pertenecemos a la misma Familia nos besamos:
“SALUDAOS CON EL OSCULO SANTO” (I Petr. V,14)

b) Preparación privada (fórmulas en singular)
5.- “Señor mío Jesucristo… Hijo de Dios…”
los tres frutos de la Comunión
“Y no nos dejes caer en la tentación”
6.- “La Comunión de tu Cuerpo”
temores en el favor
“Mas líbranos del mal”

232. LA COMUNION, BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Acabamos de realizar el Sacrificio: por medio de la Consagración que ha divinizado nuestras ofrendas de pan y de vino, hemos podido ofrecer a Dios una oblación, un don de valor infinito: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo que fueron ofrecidos sobre la Cruz. Cfr. nn. 5-14.
Realizado, pues, el Sacrificio, procede ahora celebrar el BANQUETE DEL SACRIFICIO: LA COMUNION.
¿No recordamos lo que se hacia en los sacrificios antiguos? v. n. 37: el cordero, la víctima ofrecida por una familia, después de ser inmolada por el sacerdote, se dividía en tres partes: todo él pertenecía ya a Dios, pero el Señor se contentaba con una de sus partes, con la primera que allí mismo, sobre el altar, consumida por el fuego, como «sacrificio de olor agradable», subía en espirales de humo hacia el cielo. Con las otras dos partes, la infinita amabilidad de Dios convidaba a los oferentes — al sacerdote y a los donantes —, los sentaba a su mesa y les hacía comer, participar, comulgar, de aquel manjar que era ya suyo, de Dios; y con este acto de «camaradería» — permítasenos la palabra, hoy algo rebajada, pero muy expresiva—, Dios manifestaba su agrado y complacencia en el sacrificio de aquel cordero.
También la gran familia humana ofrece a Dios, en el Sacrificio de la Misa, un cordero… ¡pero qué cordero! «el Cordero de Dios que quita y borra con su sangre todos los pecados del mundo», y cuya inmolación sangrienta sobre el ara de la Cruz, se reproduce ahora de modo incruento sobre nuestros altares… Dios, como no podía menos, quiere manifestar del modo más claro, palpable y emocionante sus divinas e infinitas complacencias sobre este Cordero que le ofrecemos — como que es SU PROPIO HIJO —; y nos invita al BANQUETE DEL SACRIFICIO, convidándonos, no ya como en los sacrificios antiguos, con un manjar que era de Dios, consagrado a Dios; sino con un manjar que es el mismo Dios, y todo entero y perfecto como está en el cielo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Eso es la COMUNION: EL BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Colocada aquí, en su sitio, la Comunión, dentro de la Misa y teniendo como marco el Santo Sacrificio, ¡cuánta más luz recibe y cuánta mayor sublimidad inspira!: cfr. n. 44.

233. PREPARACION PARA LA COMUNION O BANQUETE DEL SACRIFICIO.
«Todas las plegarias que van del Pater noster al Domine, non sum dignum, forman lo que en los manuales de devoción se ha llamado: Preparación para la Comunión, Pero cuán diversa de muchas preparaciones, hechas a base de puntos de exclamación, de puntitos suspensivos, de interjecciones más o menos sentimentales y de pensamientos no siempre fuertes. Aquí el estilo es siempre el mismo: el romano, esto es, sobrio, incisivo, robusto con un contenido siempre substancioso y nutritivo. Cada proposición una verdad». Ser. di Franza: o. c., p. 97.

PREPARACION GENERAL (fórmulas en plural).
234. EL PADRE NUESTRO.
¿Cuál es la primera, oración que pone en nuestros labios la liturgia católica para prepararnos a la Comunión?
Es la «Oración del Señor», el PADRE NUESTRO, con su PROLOGO y su EPILOGO.
El PADRE NUESTRO, ya desde un principio fue considerado como la plegaria eucarística por excelencia, sobre todo en los primeros siglos de la Iglesia, allá en la infancia del Cristianismo, cuando la Eucaristía era verdaderamente «el pan nuestro de cada día» con que crecían y se robustecían en la fe y en las virtudes más heroicas aquellas doradas generaciones de mártires, de vírgenes, de confesores; esta oración era muchas veces la única que acompañaba el rito consecratorio, como que llegó a atribuírsele hasta cierto poder de consagración; los asistentes al Sacrificio la recitaban en voz alta o la cantaban juntamente con el celebrante, uso que todavía subsiste entre los griegos; en ella veían una especial eficacia contra los pecados veniales y la mejor purificación del alma que se acercaba a los divinos misterios; y, en fin, era tal la veneración y cariño con que se miraba al Padre Nuestro, que solamente los bautizados tenían permiso para rezarlo: por eso se la llamaba «la oración de los creyentes», y por eso mismo se ocultaba a los paganos, no se la ponía por escrito y se enseñaba oralmente a los catecúmenos.
Fue el Fapa S. Gregorio Magno, quien señaló al Padre Nuestro el lugar que hoy ocupa en la Misa; pues al principio se decía después de la Fracción del Pan y antes del Beso de Paz: v. n. 48. Ahora, al colocarlo inmediatamente después del Canon, pretendía el Santo — como él mismo escribe a Juan de Siracusa—, «que se recitara sobre el Cuerpo y la Sangre del Redentor esta oración que El mismo había compuesto y que los Apóstoles decían al consagrar la hostia…»: Epist. IX, 12. No podía haberle señalado lugar más honorífico: como sello y complemento divino de todo el Canon, el Padre Nuestro con sus siete peticiones es el resumen y el compendio, HECHO POR EL MISMO JESUCRISTO, de todos los frutos del Santo Sacrificio… Ahora mismo va a desprenderse el más hermoso de esos frutos: la COMUNION.

Este mismo respeto y singular veneración al Padre Nuestro resalta de modo admirable en el breve PROLOGO o introducción que el celebrante, con las manos juntas, recita ahora, apenas se han apagado los ecos jubilosos del AMEN final del Canon. Es como un permiso, como una humilde excusa y una justificación, pues echamos por delante el precepto y las enseñanzas de Jesucristo: Mt. VI, 9-13 y Luc. II, 1-4…, al tratar a Dios con la familiaridad más intima que se conoce, como hijos con su Padre.
Para comprender aún mejor toda la razón de este PROLOGO, que en todas las Liturgias precede al Padre Nuestro, y que es mencionado ya por S. Cipriano (muerto el 258), no dejemos de colocarlo en su marco histórico: la antigüedad cristiana, recién salida del yugo servil de la Ley antigua, donde el trato del hombre con Dios era el del esclavo con su Señor, podía comprender todavía mejor que nosotros las sublimes alturas a donde nos elevaba el Padre nuestro; criada en el espíritu de temor y de servidumbre, al oír ahora de labios de los Apóstoles este lenguaje tan filial con Dios, despertaba a un mundo completamente nuevo y desconocido, y no acababa de salir de su asombro al poder llamar a Dios: «PADRE… PADRE NUESTRO». Cfr. Rom. 8, 15.
Un prólogo parecido se halla en todas las Liturgias: he aquí el empleado por los maronitas: «Señor Dios, abrid nuestra boca y nuestros labios, purificad nuestras inteligencias, para que, suplicantes, podamos clamar hacia Vos: |Oh, Dios, Padre de las misericordias!, a fin de que podamos orar y decir: Padre Nuestro, que estás en los cielos…» En la liturgia mozárabe variaba cada día, y la galicana poseía unas cincuenta fórmulas diversas.

El celebrante, pues, con los ojos fijos en ln Sagrada Hostia, y con las manos extendidas, comienza a recitar en voz alta el Padre Nuestro, o a cantarlo con una de esas melodías clásicas en la Liturgia por su sencillez y belleza.

BREVE EXPLICACION DEL PADRE NUESTRO por escenas o cuadros simbólicos:
INVOCACION: «Padre nuestro que estás en los cielos».
Escenas: Un niño, de rodillas, con las manos juntas y los ojos levantados hacia el Padre Celestial, qne aparece en el cielo, entre las nubes. Un niño en los brazos de su madre… Otro, huérfano, perdido en la calle…
PETICIONES: I. «Santificado sea el tu nombre».
Escena: Un globo terrestre: el mundo con sus mares, continentes, islas, montes, valles, ríos, pueblos y ciudades, y sobre ese globo como un sol esplendoroso, que quiere iluminarlo todo con su luz v su brillo, EL NOMBRE SANTO DE DIOS.
II. «Venga a nos el tu reino».
Escenas: Los cielos abiertos… Dios en su trono y alrededor los ángeles y gran multitud de santos con vestiduras blancas — santidad, inocencia—, y con palmas — martirio — y azucenas — pureza, virginidad — en sus manos. Un misionero con el Crucifijo en el pecho y una concha en la mano está bautizando a unos chinos… ; otro está predicando a los pieles rojas o a los esquimales… San Francisco Javier muriendo a la vista de la China y pidiendo: «¡Almas… Almas !».
III. «Hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo». Escenas: Los ángeles volando de una parte a otra, cumpliendo las órdenes de Dios, y cantando alegres: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS… IV. «El pan nuestro de cada día dánosle hoy».
Escenas: Una familia; se sientan a la mesa el padre, la madre, los hijos… se reza el Padre nuestro: el padre va partiendo y distribuyendo el pan a sus hijos… Un niño dando un pedazo de pan a otro niño pobre.
Primera Comunión: Un niño muy alegre, con su lazo de primera comunión, se arrodilla por vez primera en el comulgatorio…, comienza a alimentarse con «el Pan del cielo y el manjar de los fuertes»…, sus padres, tiernamente emocionados, le acompañan en este acto…, San Tarsicio estrechando fuertemente contra su pecho «el pan de los mártires».
V. “Y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores…»
Escenas: N. S. Jesucristo en la CRUZ: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…». San Esteban, apedreado, mira al cielo y ruega por sus verdugos. Jesucristo perdonando a la Magdalena, al buen Ladrón, a San Pedro…; un sacerdote en el confesonario trazando una cruz y absolviendo a un penitente… El padre del Hijo Pródigo perdonando y abrazando a su hijo. VI. «Y no nos dejes caer en la tentación»
Escenas: Eva dando oidos a la serpiente que le ofrece la manzana… LA VIRGEN INMACULADA escoltada de ángeles y aplastando la cabeza de la serpiente… EL ANGEL DE LA GUARDA dando la mano a un niño que va a pasar un puente… UN VALIENTE condecorado con la Laureada de San Fernando…
VII. «Mas líbranos de mal».
Escenas: Una ovejita, perseguida del lobo y protegida por el BUEN PASTOR, que la toma con cariño y se la pone sobre sus hombros.Una serpiente… un precipicio… un automóvil… La CRUZ ROJA.
Esta última petición, que es como un resumen de todas las demás — pues al pedir la liberación de todo mal, pedimos por lo mismo la concesión de todo bien —, la canta o recita en voz alta todo el pueblo: es un vestigio del antiguo rito del Padre Nuestro, cuando era recitado a coro por todos los fieles y el celebrante. En tiempos del Papa Clemente III (1187-1191), cuando los Cruzados combatían por la conquista de la Tierra Santa, se acostumbraba a rezar aquí, después del Padre Nuestro, el salmo «Deus venerunt gentes». Más tarde Juan XXII (1316-1334) decretó que, en este mismo lugar, se recitase el salino «Lactatus sum», para extirpar cismas y herejías. El «Amén» que el celebrante añade ahora, en voz baja, es una adición de la Edad Media; como se ve, interrumpe momentáneamente el EPILOGO, que continúa con las mismas palabras y desarrolla la misma idea de esta séptima petición.
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EL PADRE NUESTRO
PROLOGO: Oremos: Amonestados con preceptos saludables e informados por la enseñanza divina, nos atrevemos a decir:
PADRE NUESTRO que estás en los cielos — santificado sea el tu nombre — venga a nos el tu reino — hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo —. El pan nuestro de cada día dánosle hoy — y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores — y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. (Amén, responde el sacerdote en voz baja.)

El celebrante toma ahora entre los dedos, índice y medio de la mano derecha, la patena qne en el Ofertorio había colocado a sn lado derecho, parcialmente cubierta con los Corporales, y apoyándola de canto sobre el purificador recita en voz baja — antiguamente, en voz alta, como en la Misa del Viernes Santo — el EPILOGO del Padre Nuestro, hermosa y antiquísima oración romana, recogida ya por los Ordines más primitivos.
El eco de la última petición el comentario detallado, minucioso de todos los males de que deseamos vernos libres: males pasados, como consecuencia o castigo del pecado, malas inclinaciones, debilidad en el bien, tibieza… ; males presentes que nos afligen a nosotros, que azotan a nuestra familia y a la sociedad, que preocupan y angustian a la Iglesia… ; males futuros que nos amenazan, que van a caer sobre la sociedad, sobre las naciones, sobre el mundo que se desliza en el materialismo, en la apostasía, en la impiedad…, y pidiendo al mismo tiempo la intercesión de los Santos — particularmente se nombran a los cuatro primeros del Comunicantes, y en la Edad Media se podían añadir otros más — se formula, en fin, la misma insistente plegaria por la PAZ: «DA PROPITIUS PACEM…», que aquí también, como en la Plegaria sacrif. I, v. n. 219—, insertó el gran Papa, San Gregorio I…; que siempre fue patrimonio de los Vicarios de Jesucristo en la tierra propiciar la PAZ entre los pueblos y repetir a las naciones el programa del PRINCIPE DE LA PAZ: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra…». Esta Plegaría por la PAZ, por la PAZ interior, en nuestra conciencia, libre de pecado y de toda perturbación; y por la PAZ exterior en el inundo y en la Iglesia, la sella el celebrante con la CRUZ, santiguándose con la patena, pues con la CRUZ restableció Jesucristo la PAZ entre el cielo y la tierra: Colos. 1, 20; y añade, además, un beso a esa misma patena que, para el gran rito que se inicia ahora, va a recibir el Cuerpo de Jesucristo.
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EPILOGO del Padre Nuestro.
Líbranos, Señor, te rogamos, de todos los males pasados, presentes y venideros; y por la intercesión de la bienaventurada y gloriosa Virgen, Madre de Dios, María, con tus santos Apóstoles Pedro y Pablo y Andrés, y de todos los Santos, danos propicio la paz en nuestros días; para que ayudados con el auxilio de tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado, y seguros de toda perturbación.

235. FRACCION DEL PAN.
En el «Padre Nuestro» acabamos de pedir a nuestro Padre el Pan Eucaristico: y nuestro Padre inmediatamente se pone a partir ese Pan para distribuirlo entre sus hijos. Cfr. n. 47.
RITO PRIMITIVO: la Fracción del Pan era la escena más íntima y familiar de la Misa primitiva, el rito más popular y conocido en aquellos tiempos eucaristicos, en los que la Misa se llamaba así sencillamente: «la Fracción del Pan». V. n. 25.
Los fieles que asisten al Santo Sacrificio, todos de pie, en actitud firme y respetuosa — hay que notar que hasta el siglo XVII la costumbre era comulgar de pie—, están rodeando (circumstantes: v. n. 217, 2) la Mesa eucarística: en medio, un anciano obispo como padre de aquella gran familia, como Jesucristo en la Ultima Cena y en el Castillo de Emaús — la Fracción del Pan era, como se ve en estos casos, prerrogativa del Señor o del huésped:Mt. 26, 26; Mar. 14, 22… Luc. 24, 80—, va materialmente rompiendo, frangere, aquellos grandes y gruesos panes, colocados en anchos platos o patenas ministeriales (v. n. 109), y ayudado de los presbíteros y diáconos va separando para cada uno de los hijos de Dios su ración correspondiente; y esto con abundancia, con generosidad, pues además de que hay que llevar este «alimento que no disminuye: alimentum indeficiens» a los hermanos cautivos en las cárceles (v. n. 45) y a los enfermos e impedidos; muchos de los que asisten a la Fracción y viven muy lejos, quieren también llevárselo para comulgarse a sí mismos en sus casas. Cfr. nn. 45 y 54. Para más detalles, véase el capitulo 2: n. 47.
Este rito fue desapareciendo casi al mismo tiempo que la Ofrenda popular: v. n. 196; sobre todo, desde el siglo XI, al generalizarse en el Santo Sacrificio el uso del pan ázimo o sin levadura — y prevaleció en Occidente esta clase de pan, porque se sabía que con él había consagrado N. S. Jesucristo —, comenzaron a elaborarse, como ya se venía haciendo en los monasterios, panes pequeños y cada vez más menudos para la comunión de los fieles; de tal manera que ya en el siglo XII se nos dice que las hostias para la comunión tenían la forma y tamaño de un denario, es decir, que eran ya poco más o menos como las nuestras. Debió de introducirse también entonces la costumbre de dar la comunión directamente en la boca, por el peligro de que, siendo tan pequeñas y delgadas las hostias, se cayeran al suelo si seguían colocándose en las manos. Cfr. Rojo: o. c. p. 446.
La elaboración del pan que ha de servir para la Eucaristía fue siempre considerada cono un acto sagrado y religioso. «He visto con mis propios ojos — nos dice Paladio — a Cándida, mujer de Trajano, generalísimo de las armadas de Valero, trabajar toda la noche en moler con sus propias manos el pan de la oblación». S. Wenceslao, duque de Bohemia, cultivaba él mismo su campo, lo sembraba, recogía la mies, molía el grano y cocía los panes para el altar. Era ocupación reservada generalmente a los sacerdotes y con la que se honraban los príncipes y grandes personajes cristianos. En muchos monasterios había un campo especialmente escogido para el trigo de la Eucaristía, campo que se llamaba del Corpus Domini. Y según las «Costumbres de Udalrico», en Cluny, tres sacerdotes en ayunas y después de haber rezado Laudes y los siete salmos penitenciales, se revestían de albas para preparar las hostias.

RITO ACTUAL: Comprende: 1, la Fracción de la Hostia del sacerdote; 2, la mezcla de un trozo de esa Hostia con el Sanguis; y 3, el Agnus Dei.

236. 1. LA FRACCION DE LA HOSTIA:
El celebrante divide la Hostia en dos partes iguales, mientras dice estas palabras de la fórmula final del Epílogo del Padre nuestro: «por el mismo Señor nuestro, Jesucristo, Hijo tuyo»; y dejando una de estas mitades — la que ha quedado en su mano derecha — sobre la patena, corta de la parte inferior de la otra mitad, que tiene en la mano izquierda, un pedacito, diciendo estas otras palabras de la misma conclusión: «que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo».
Estas Fracciones de la Hostia, desde la Edad Media para mayor precaución, vienen realizándose sobre el Cáliz; pues antes la Fracción, lo mismo que la Consagración — esta última tiene ahora lugar sobre el Corporal —, se verificaban sobre la patena.

237. 2. LA MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS:
Teniendo sobre el Cáliz la partícula que acaba de cortar, exclama, elevando la voz:
«Por todos los siglos de los siglos.» «Asi sea», responde el pueblo…
Y en seguida traza con esta partícula, de labio a labio del Cáliz, tres cruces con la siguiente fórmula que es ya un anuncio del BESO DE PAZ, rito que viene a cerrar la preparación general para la Comunión:
«La PAZ del Señor sea siempre con vosotros.» «Y con tu espíritu», contestan los fieles.
El celebrante deja caer entonces dentro del Cáliz la partícula sagrada para que se mezcle con la Sangre de Jesucristo.

238. Simbolismo de la fracción y de la mezcla de la Hostia con el Sanguis:
Para tratar de comprender el significado de estos dos ritos, a los que tan distintas interpretaciones se han dado, vamos a remontarnos a sus orígenes históricos. EN UN PRINCIPIO NO EXISTE MAS QUE UNA SOLA FRACCION: la Fracción del Pan Eucarístico para distribuirlo entre el clero y los fieles que asisten al Sacrificio.
EL SIMBOLISMO DE LA FRACCION estaba clara y hermosamente expresado en las oraciones que la acompañaban): SIMBOLIZABA LA UNION Y CARIDAD ENTRE TODOS LOS CRISTIANOS.
«El pan que partimos — nos dice San Pablo: I Cor. X, 16, 17—, ¿no es la participación del Cuerpo del Señor? Porque todos participamos del mismo pan, y aunque muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo.»
Y la Didaje — v. n. 62 — nos ha conservado la Fórmula más primitiva que se conoce para la Fracción del Pan: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu Hijo, gloria a Ti por los siglos. Como este pan fraccionado se halla disperso por las montañas, y reunido fue uno solo: de igual suerte reúnase tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino. Porque tuyos son la gloria y el poder, por Jesucristo, durante los siglos. Nadie coma, ni beba de vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor; que acerca de esto ha dicho el Señor: No déis lo santo a los perros».
MAS YA EN LA MISA PAPAL ROMANA de los siglos V al IX, hallamos TRES FRACCIONES del Pan y DOS MEZCLAS de las especies consagradas:
Primera mezcla:
Al comenzar la Misa, dos acólitos presentaban al Pontífice un cofrecito que guardaba un trozo de Pan consagrado en la Misa anterior: era lo que se llamaba «SANCTA»…
Proseguía la Misa, y al llegar la FRACCION DEL PAN, se anunciaba primero el BESO de PAZ con el «PAX DÓMINI»: el Papa echaba entonces en el Cáliz aquel «SANCTA» de la Misa anterior que se le había presentado al principio; esta mezcla fue, naturalmente, en sus orígenes, una medida práctica, pues el Pan fermentado, al cabo de algunos días, tenía que endurecerse, y para consumirlo era necesario ablandarlo en el vino consagrado.
Primera fracción:
Venía ahora el BESO DE PAZ, y a continuación también el Papa, por su parte, cortaba de su Hostia un pedazo que colocaba sobre el altar y que había de servir de «SANCTA» para la Misa siguiente.
Segunda fracción:
Inmediatamente tenía lugar la FRACCION PROPIAMENTE DICHA, la Fracción del Pan consagrado que iba a repartirse entre el clero y los fieles.
Tercera Fracción: Segunda mezcla:
Por fin, el Papa volvía a partir de su Hostia otra partícula que sumergía en el Cáliz al mismo tiempo que decía: «Esta mezcla y consagración…”.

SIMBOLISMO DEL «SANCTA»: Como brote espontáneo y natural floración del primitivo rito de la FRACCION del PAN, el «SANCTA» venía también a poner de relieve la gran UNIDAD CRISTIANA: y asi como la FRACCION simbolizaba la unión entre todos los cristianos, el «SANCTA» representaba la UNION ENTRE TODOS LOS SACRIFICIOS, la continuidad del mismo y único Sacrificio a través del tiempo y del espacio, la soldadura y el enlace de todas las misas entre sí, desde la última hasta la primera celebrada el día de Jueves Santo: asi como para reafirmar y robustecer la unidad de la Iglesia e intercomunión del Santo Sacrificio, es decir, para mostrar a los sacerdotes todos celebrando sus Misas en comunión con sus Obispos, y a éstos celebrándolas en comunión con el Papa, se usó hasta el siglo IX el envío del FERMENTUM: v. n. 63.
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MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS: S. Por todos los siglos de los siglos. P. Asi sea.
S. La Paz del Señor sea siempre con vosotros. P. Y con tu espíritu. S. Esta mezcla y consagración del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna. Amén.

EN NUESTRA MISA ACTUAL todas estas fracciones y mezclas de la Misa papal romana han venido a fusionarse en una sola fracción y en una sola mezcla.
Al omitirse la Fracción propiamente dicha — segunda Fracción —, nuestra Fracción corresponde a la vez a la primera y a la tercera Fracción de la Misa papal; y al desaparecer la costumbre del «SANCTA», nuestra mezcla de las especies consagradas ha venido, naturalmente, a ocupar el lugar de la primera mezcla, aunque la plegaria: «Esta mezcla… es la de la segunda mixtión. No se ha llegado aún a comprender en nuestros días toda la profundidad de la significación contenida en esta segunda mezcla… ¿Era una preparación para la comunión de los laicos, en la que el Cuerpo del Señor, mezclado con la sangre consagrada, se les presentaba, sacada del Cáliz con una cucharita?… Se comprenderían entonces las palabras del sacerdote: «Que la mezcla y la consagración del Cuerpo y de la Sangre de N. S. Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna». Oh. Parsch: o. c., pp. 261-267.

239. 3. EL AGNUS DEI.
Rito: El celebrante cubre el cáliz, hace genuflexión, se levanta e inclinado hacia el Sacramento golpéase el pecho tres veces, diciendo el «Agnus Dei».
¿Cuándo y con qué fin se introdujo el Agnus Dei en la Misa romana? Se introdujo en tiempo del Papa Sergio I (697-701), con el fin de llenar el prolongado rito de la Fracción del Pan.
No es, como se ve, tan primitivo el Agnus Dei, por lo menos en la Misa romana: por eso no lo tiene la antiquísima del Sábado Santo, y algunas liturgias, p. e., la mozárabe, no lo conocen.
Era un verdadero «confractorium» — v. n. 47 — que clero y pueblo repetían indeterminado número de veces todo el tiempo que duraba la Fracción; más tarde, hacia el siglo XII, al simplificarse aquel rito, se limitó a tres el número de Agnus Dei, y por fin, el Papa Inocencio III (1198-1216), en vista de las serias perturbaciones que entonces agitaban a la Iglesia, cambió el tercer «miserere» por el «dona nobis pacem». De esta suerte alejóse un poco de su sitio el Agnus Dei y alteróse algún tanto su significación litúrgica, acercándolo y relacionándolo con el BESO DE PAZ.

¿Dónde está inspirado el Agnus Dei?
Este cántico de comunión, de origen griego, está inspirado en las palabras de San Juan Bautista: quien hallándose bautizando a las muchedumbres en las márgenes del Jordán, vió pasar ante sus ojos al Mesías, y al punto se lo señaló con el dedo a sus discípulos: «He ahí el Cordero de Dios, he ahí el que quita — el que lleva o carga sobre si, según el texto original — los pecados del mundo». Jo. I. 29 y 36. Y el Santo Precursor se inspiró a su vez, en los Profetas — Isai. 53, 7; Jerem. 11, 19—, quienes con los rasgos más patéticos describen a Jesucristo como CORDERO: «Cordero por la mansedumbre de su condición: mansedumbre que tiene asi en el trato como en el sufrimiento, asi en lo que por nosotros sufrió como en lo que cada día nos sufre; Cordero por la pureza e inocencia de su vida, y Cordero en fin, por la satisfacción de su sacrificio y ofrenda». Fr. L. de León: Los Nombres de Cristo, lib. III, c. 4.
La Liturgia católica, al colocar el Agnus Dei en la Fracción del Pan, en el momento del Sacrificio en que el verdadero Cordero de Dios está ya inmolado y desmenuzado sobre el altar para ser comido por los comulgantes, aludía al Cordero Pascual, que también era desmenuzado y comido por los que lo ofrecían. Cfr. n. 41.
LA SUPLICA «MISERERE NOBIS» es la de tantos enfermos y desgraciados, que al ver pasar a Jesús, gritaban con fe y confianza: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de nosotros».
Así en la Misa se han ido engastando con acertado encaje y perfecto ajustamiento las perlas más bellas de los Libros sagrados.

240. EL BESO DE PAZ.
Antes de sentarnos a la Mesa Eucarística, como testimonio de que pertenecemos a la misma familia, nos damos el Beso de PAZ.
Rito primitivo: Ya queda descrito en el cap. II, n. 48.
Rito actual: El sacerdote, con las manos juntas sobre el altar, recita la «Oración por la Paz», oración ligada ahora al Agnus Dei por el «dona nobis pacem».
Esta bellísima oración de origen mozárabe o español, está inspirada en la cariñosa despedida de Jesucristo en el Cenáculo, To. 14, 27, y también en la primera oración del Canon: Te igitur (v. n. 216), en la que pedimos, como aquí y con las mismas palabras, «pacificare et adunare», la PAZ Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA.
Como sólo se aplica a la Iglesia militante, ella y el Beso de paz, se omiten en las Misas de difuntos. Tampoco se dice el Jueves Santo, sin duda por no evocar el triste recuerdo del beso traidor de Judas.

EN LAS MISAS SOLEMNES: Mientras el celebrante recita esta plegaria, el diácono va al lado derecho de aquél; besan los dos el altar — antes se besaba la misma Hostia, o el Cáliz, o la patena—, símbolo de Cristo, como para sacar de allí la corriente de Paz cristiana, mansa y fertilizadora que, en mutuos abrazos como en ondas sucesivas de caridad, va desde el celebrante hasta el diácono, desde el diácono hasta el subdiácono y desde este último hasta todos los demás, sacerdotes y fieles que llenan el templo en las grandes solemnidades católicas.
Todavía en las humildes iglesias de aldea, sigue usándose el «porta-paz», placa metálica con la Cruz u otro grabado religioso que, después de recibir del celebrante el primer beso de PAZ, la va repartiendo por los labios de todos los fieles.
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EL BESO DE PAZ: Señor mío Jesucristo que dijiste a tus Apóstoles: “La paz os dejo, mi paz os doy», no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia, y dignate pacificarla y aunarla según tu voluntad; Tú que como Dios vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.

241. PREPARACION PRIVADA (Fórmulas en singular).
Hasta aquí la preparación que podernos llamar general: sus fórmulas, redactadas en plural, tienden a disponer a toda la asamblea para el banquete del Sacrificio. Esta preparación que, como acabamos de ver, se polariza toda ella en la PAZ Y EN LA UNIDAD CRISTIANA, acaba de llegar a su punto culminante en el BESO DE PAZ. Formando, pues, un solo corazón y una sola alma, la gran familia católica se sienta a la Mesa eucarística para comulgar, primero, el padre de familia, el sacerdote y, después, los hijos, los fieles…
Así era en los tiempos primitivos: la Comunión seguía inmediatamente al BESO DE PAZ; mas ya a partir del siglo IX aparecen en los Misales de la época varias oraciones preparatorias para la Comunión, dos de las cuales, las más antiguas y hermosas, fueron conservadas en el Misal oficial de S. PIO V.

242. ¿De dónde proceden estas oraciones?
De la devoción privada de piadosos sacerdotes, quienes durante el canto del Agnús y el Beso de Paz, se preparaban con ellas, recitándolas en particular.
Por eso estas oraciones presentan todos los caracteres de coloquios íntimos y privados con Jesucristo: son oraciones dirigidas a Dios Hijo, y sus fórmulas están en singular, aplicadas a una sola persona, contrastando así con todas las demás oraciones de la Misa que, además de ir generalmente dirigidas a Dios Padre, por Jesucristo, rebosan siempre amplitud de miras, catolicismo y universalidad en sus peticiones.
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PREPARACION PRIVADA
Señor mió Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por la voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste al mundo con tu muerte; por este tu sacrosanto Cuerpo y Sangre líbrame de todos mis pecados y de todos los males: haz que siempre esté adherido a tus mandamientos y no permitas que jamás me aparte de Ti, que como Dios vives y reinas con el mismo Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

243. ¿Qué se pide en estas oraciones?
EN LA PRIMERA, después de una solenme invocación a Jesucristo «Hijo de Dios vivo», que recuerda la valiente profesión de fe de San Pedro, Mt. 16, 16, y después del motivo de la oración: la Redención obrada por toda la Santísima Trinidad, el Padre con su decreto, el Espíritu Santo con su cooperación y el Hijo con su muerte vivificadora, el comulgante pide para sí a Jesucristo:
1. La liberación de todos sus pecados y males.
2. Que no se desvie del recto sendero de sus mandamientos.
3. Que no permita que jamás se aparte de EL.
Son los tres frutos más preciosos de la Comunión: la última gracia, sobre todo, encierra el gran DON DE LA PERSEVERANCIA FINAL: perseverancia que supone la muerte en estado de gracia, y que por lo mismo es un don, un beneficio especialísimo de Dios, que nosotros no podemos merecer «de condigno», es decir, de justicia, porque se nos deba por derecho, en virtud de la promesa de Dios; pues Dios no ha prometido al hombre esa gracia; don tan grande que la Iglesia en sus colectas, en el Ave María y, sobre todo, aquí, en el momento de la Comunión, nos enseña a pedir insistentemente a Dios N. S.
En cuanto a la forma de esta oración vemos que presenta el mismo corte y estilo de las colectas — v. n. 170—: Invocación, Motivo, Súplica y Fórmula final.
En cuanto a su contenido, el «no permitas que jamás me separe de Ti” — que parece suponer que ya se ha comulgado — y el puesto que se le señaló en muchos misales antiguos, indican con bastante claridad que era una oración para después de la Comunión.

244. LA SEGUNDA ORACION es un eco de aquellas serias amonestaciones de S. Pablo a los fieles de Corinto: I Cor. XI, 27 – 30.
«El que comiere de este pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, reo será del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, examínese el hombre a si mismo y de esta suerte, con la conciencia pura, coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del cuerpo del Señor. Por eso — por haber recibido indignamente el cuerpo del Señor — hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos mueren.»

Saludablemente estremecido por el horror a la Comunión sacrilega y a la eterna condenación con que aquélla se castiga — in judicium et condemnationem—, el cristiano que se atreve a recibir el Cuerpo del Señor, se abandona confiado a la bondad de Jesús — pro tua pietate—, y de ella espera que la Comunión sea: 1, defensa de su alma y de su cuerpo, y 2, medicina espiritual para su naturaleza caída y lisiada por el pecado.
Estos «temores en el favor», inspiraron al sacerdote-poeta uno de sus más delicados sonetos:

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto,
y la piedad de vuestro pecho admiro.

Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto,
que arrepentido de ofenderos tanto
con ansias temo y con dolor suspiro.

Volved los ojos a mirarme humanos;
que por las sendas de mi error siniestras
me despeñaron pensamientos vanos.

No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
Vos le dejéis de las divinas vuestras.

Lope de Vega.

La percepción de tu cuerpo, oh Señor Jesucristo, que yo indigno me atrevo a recibir, no me sea motivo de juicio y de condenación; sino que por tu bondad me aproveche para defensa del alma y del cuerpo, y de medicina saludable. TU que, como Dios, vives y reinas con Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

245. COMUNION.
Comunión del Celebrante
Oraciones jaculatorias I
Es el lenguaje de las emociones más vivas
Las emociones de la Comunión
1 – “Tomaré el Pan Celestial”———-Emoc. de confianza y fortaleza 2- “Señor, yo no soy digno” ———- ” de humanidad y de fe
3-“El Cuerpo de N.S. J-C . .” ———– » de Vida eterna y divina
4 – “Qué daré yo en cambio”———– ” de gratitud y asombro
———–
5- “Recibiré el Cáliz”——————- ” de confianza y fortaleza
6- La Sangre de N.S. J-C .. “———– » de Vida eterna y divina
Comunión de los fieles
Rito Antiguo—————————- Véase cap. 2
Rito Actual ————————– Especie de misa abreviada
Procede originar, del rito de la Comunión de los enfermos.

246. Y llegó, por fin, el momento.
El celebrante, rodilla en tierra, adora a Jesucristo: alborozado porque va a tomar en sus manos el Pan Eucarístico, deja escapar de su pecho frases entrecortadas, ardientes jaculatorias… Las jaculatorias son el lenguaje de las emociones más vivas. ¡Qué bien lo sabe la liturgia católica y cómo las ha colocado — desde el siglo XI — en el momento de las emociones más puras e intensas que puede el alma recibir en esta vida… las emociones de la Comunión.
LA PRIMERA DE ESTAS JACULATORIAS ha sido, en parte, sacada de un salmo eucaristico o de acción de gracias, del salmo 115, v. 13.
«Tomaré el pan celestial e invocaré el nombre del Señor.»
Toma, en efecto, la Hostia y la patena con la mano izquierda, y algo inclinado hacia el Sacramento, golpéase con la mano derecha tres veces el pecho, al mismo tiempo que dice devota y humildemente:
«Señor, yo no soy digno…»
En verdad os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe…, había dicho Jesucristo, admirado al oír estas palabras de labios de un pagano: Mt. VIII, 8. Pues si tanto le agradaron estas palabras aplicadas entonces a una morada terrestre y a la curación de un criado, ¡cuánto más le complacería a Jesús oírlas desde la Hostia consagrada, tratándose ahora de la morada de nuestro pecho y de la curación de nuestra alma!
Por eso la Iglesia católica, que, como tantas veces hemos observado, al llegar los puntos más importantes de la Misa, nos toma como madre cariñosa en sus brazos para elevarnos con las más sublimes oraciones, ritos y ceremonias a las alturas del momento litúrgico en que nos hallamos, colocó aquí, y sólo modificándola ligerísimamente, esta magnífica profesión de fe y humildad, esta breve oración jaculatoria del Centurión romano de Cafarnaum.
Al «Domine non sum dignus» alude ya Orígenes en el siglo tu: «Cuando coméis el Cuerpo del Señor, entonces entra el Señor bajo vuestro techo. Debéis, pues, vosotros, también humillaros imitando al Centurión, y decir: Señor, yo no soy digno… «Homil, V. in Div. loca Evang; y en el s. IV, San Juan Crisóstomo: «Digamos a nuestro Redentor: Señor, yo no soy digno de que Vos entréis en la casa de mi alma, pero, sin embargo, porque Vos deseáis venir con nosotros, animados por vuestra misericordia, nos acercamos a Vos.» Homil, de Santo Tomás Ap. (Citados por Lefebvre: Para comprender la Misa, p. 107.)

En seguida el celebrante pasa a la mano derecha la sagrada Hostia, y dándose la bendición con ella a sí mismo — se signans, dice la rúbrica—, pronuncia la FORMULA DE LA COMUNION:
«El Cuerpo de N. S. Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna.»
Fórmula de VIDA, y de VIDA ETERNA y DIVINA que expresa el fin principal de la Comunión: «guardar el alma para la vida eterna».
Esta fórmula, sencilla y profunda sobre toda ponderación, repite y compendia lo que tantas veces inculcó Jesucristo: «Yo soy el Pan de vida que he descendido del cielo… Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día; porque mi carne verdaderamente es manjar y mi sangre verdaderamente es bebida… Este es el Pan que ha bajado del cielo: quien come este pan vivirá eternamente» (Cfr. Jo. 6). La fórmula completa— no su comienzo, «Cuerpo de Cristo», que como hemos visto (núm. 49) es de los primeros siglos — se remonta al siglo XI.

«Guarde mi alma»: como se guarda el tesoro más precioso que hay en el hombre: protegiéndola, santificándola, vivificándola y fecundándola a ella y a cada una de sus facultades… las espirituales: mi inteligencia y mi voluntad; las que posee en común con el cuerpo: mi memoria, mi imaginación y mi sensibilidad… influyendo en todo mi ser, que del alma recibe su vida.
«Para la vida eterna»: para la vida eterna del alma inmortal, contemplando, amando soberanamente a Dios… ; para la vida eterna del cuerpo resucitado, ya que la Comunión es la premia de la resurrección futura. Cfr. Vigourel: La Liturgie et la vie chretienne, pp. 205-206.
¡Qué momento aquél! — dice el P. Coloma, hablando del santo Viático—: ¡Jesucristo, la verdadera vida, está allí, en la hostia consagrada, frente a frente de la muerte! Y sobre aquella lengua seca, trabada, borrosa, que apenas si acierta a balbucir: ¡Señor, no soy digno de que entres en mi morada!…, se desliza la hostia pura, la hostia santa, la hostia inmaculada hasta ponerse junto a aquel corazón que bate el pecho con aleteos de pájaro moribundo, ¡Ay!, yo creo que si aplicáramos los oídos del alma en el momento mismo en que la hostia se sepulta en aquel semicadáver, oiríamos a Jesucristo decir con voz suavísima al moribundo: —¡No temas!, ego sum resurrectio ct vita…! Yo soy la resurrección y la vida. ¡Qué grandioso, qué sublime, qué divino ese dejar la Eucaristía, como semilla de vida entre las mismas garras de la muerte!… ¡Allí está la Eucaristía!: y porque está allí, aquellos ojos volverán a mirar, aquellas mejillas volverán a colorearse, aquella boca volverá a sonreír, aquellos brazos volverán a estrecharnos, aquella lengua volverá a hablarnos para decirnos: —¡No llores más, aquí estoy!… Si está allí, en la Eucaristía, la vida, ¡cómo ha de triunfar la muerte!…» Coloma, G., S. J. : Sermones varios, tom. IV: La Eucaristía, serna. 3, VII,

Y reclinado sobre el altar, se comulga a sí mismo… reposa unos instantes con las manos juntas en la meditación del Smo. Sacramento…: después descubre el cáliz, hace genuflexión y, mientras recoge con la patena las partículas que hayan podido desprenderse de la Hostia y purifica la misma patena sobre el Cáliz, respirando satisfacción y gratitud, manifiesta con otra jaculatoria del salmo 115, que no sabe cómo expresar al Señor todo su reconocimiento:
Qué daré yo en cambio al Señor por todos los beneficios que me ha hecho?…»
Mas al punto en su interior oye la respuesta: A Dios se pagan sus dones, disponiéndose a recibir de su mano otros mayores… Así es Dios de generoso y sólo para eso quiere El nuestro agradecimiento. Una comunión, sólo puede dignamente pagarse con otra comunión más fervorosa, y la comunión del Cuerpo de Jesucristo sólo puede pagarse con la comunión o participación de la Sangre del misino Jesucristo.
Esta es la acción de gracias que nos enseña la Liturgia de la Misa: y ¿puede haber otra más racional, más fructuosa, más sublime?…
Y eso es lo que expresa esta otra jaculatoria, también del mismo salmo:
«Recibiré el Cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor.» «Con alabanzas invocaré al Señor, y me veré libre de mis enemigos.»
Y en seguida, con la misma bendición y fórmula que usó para la comunión del Cuerpo, aplica sus labios a la Sangre preciosa de Jesucristo.
Pocos Santos han expresado con más ternura los efectos de la Comunión como el mártir S. Ignacio, obispo de Antioquía: «Mi amor, dice escribiendo a los fieles de Roma, se ha fijado en la cruz; el fuego que me consume es un fuego vivificador, que me repite sin cesar, desde el fondo del corazón: Ignacio, llega a tu Padre. Ya no hallo gusto en los manjares más exquisitos, ni en los vinos más deliciosos; el pan que yo deseo es la carne de Jesucristo, hijo de David; y el solo vino que puede templar mi sed es su sangre, principio de la inmortal caridad. Nada me retiene en la tierra, y ya no me considero como un viviente entre los hombres.» Epist. ad Rom., c. 7, P. G., t. V, c. 694.

247. COMUNION DE LOS FIELES.
“Ha comulgado el padre de familia, el sacerdote: ahora deben hacerlo los hijos, los fieles.
RITO PRIMITIVO: Véase cap. 2, nn. 49-50.
RITO ACTUAL: Hoy los fieles, al acercarse a comulgar, lo mismo fuera que dentro de la Misa, rezan el «Confíteor»; el sacerdote recita sobre ellos las fórmulas absolutorias, repite el «Agnus Dei», pronuncia tres veces el «Domine non sum dignus» y distribuye, en fin, la comunión con el mismo rito y fórmula que ya conocemos.
¿POR QUE ESTE GRUPO DE ORACIONES —nos ocurre preguntar en seguida — para preparar a los fieles que van a comulgar dentro de la Misa, y a quienes con toda razón suponemos plenamente identificados con el celebrante durante el Sacrificio?… ¿Por qué esta especie de Misa abreviada, que viene a repetir lo que ya se dijo antes?…
Si consultamos el «Ordinario de la Misa», que nada nos dice de estas oraciones y supone que los fieles, sin más, comulgan a continuación del celebrante, todavía se confirma más nuestra sospecha de que nos hallamos ante la curiosa intromisión, y bastante reciente por cierto, de un rito que en otra parte debe tener su plena razón y significado.
En efecto: estas oraciones comenzaron a decirse en la comunión de los enfermos; como éstos no habían podido asistir al Santo Sacrificio, nada mejor que prepararlos para la comunión con una especie de Misa abreviada… Confiteor, Absoluciones, Agnus Dei, Elevación de la Hostia, Domine non sum dignus, etc. ; de la comunión de los enfermos pasó a la comunión fuera de la Misa; y de aquí, sin duda por la disminución gradual de la parte activa de los fieles en la Misa, se introdujo este rito paulatina e insensiblemente en la Misa hacia el sigloXIV.
Los Cartujos, como conservan su antiguo rito, no dicen el «Confíteor» en la comunión: ni tampoco se dice en las Misas de ordenación, de consagración del obispo, de bendición del abad: ni lo recitan el diácono y subdiácono en la Misa pontificial.

248. Comunión: ACCION DE GRACIAS.
Acción de gracias Tiende a pedir la perseverancia en nosotros de los efectos de la Comunión.
Estos efectos se pedían en las oraciones preparatorias de la Comunión.
A).- PARTE INVARIABLE (durante las abluciones)
1 – “Haz, Señor, que recibamos con corazón puro”
Oración preparatoria 6 ” La Comunión de tu Cuerpo… no me sea motivo de condenación”
“Que la Comunión sea remedio eterno”
“Que me aproveche para defensa y de medicina saludable”
2 – “Tu Cuerpo… adhiérase a mis entrañas…”
Oración prepar. 5 “No permitas que me aparte de Ti”
“Que no quede mancha alguna de pecado en mi”
“Líbrame de todos mis pecados”
B) : PARTE VARIABLE (Después de las abluciones)
3 – COMMUNIO: antes cántico durante la Común. ; hoy antif. restos de un Salm.
“Gustad y ved cuan suave es el Señor.”
4 – POSTCOMMUNION: “Oración ad complendum, o sea, complemento final del Sacrif.
PLEGARIA OFICIAL para que se cumpla en nosotros la gracia de la Comunión

La Misa termina ahora rápidamente: lo cual bajo el punto de vista psicológico, como advierten los liturgistas, está perfectamente fundado…: ¿no es la rápida caída del telón, en las representaciones dramáticas, el mejor punto final de las escenas más impresionantes? Con todo, en esta brevísima acción de gracias litúrgica de la Misa tenemos, claramente esbozada, la idea directriz de lo que debe ser toda acción de gracias después de la comunión: la perseverancia en nosotros de sus efectos maravillosos.

249. ¿Cuál es la razón de las abluciones o purificaciones de los dedos y del cáliz que ahora realiza el celebrante?
La razón estriba en esta verdad dogmática: que N. S. J. C. está presente todo entero bajo cada uno de los fragmentos o partículas de la Hostia consagrada, lo mismo que bajo cada una de las gotitas más menudas del Sanguis.
Recuérdese el diligente cuidado que en este punto recomendaba a sus fieles S. Cirilo de Jerusalén: v. n. 61. En la Edad Media las abluciones generalmente no tenían lugar en el altar, y el agua empleada en la purificación de las yemas de los dedos no se tomaba, sino que se vertía en la «piscina», lugar en que hoy se echan las materias residuos sacramentales.

250. ¿Qué oraciones de acción de gracias se recitan durante estas abluciones?
Durante la purificación del cáliz — sólo con vino—, se reza la oración: «Haz, Señor, que recibamos con corazón puro»; y en la ablución de los dedos — con vino y con agua — se recita la oración: «Tu Cuerpo, Señor, que he recibido».
Si comparamos ambas oraciones, observamos que la primera es de puro estilo romano por su forma – ritmo, paralelismo y antitesis —, y por su latín clásico; y tan antigua que ya se halla en el Sacramentario leoniano (v. n. 119); aunque en ese y en otros Sacramentarios figura como una “post-comunión”, como todavía la vemos hoy en la Misa del Jueves de la Semana de Pasión. La segunda en cambio, es menos antigua, como lo prueba, entre otras razones, el uso del número singular, que, además de indicar que procede de la devoción privada, supone que en el tiempo en que fue introduicida en la Misa, ya era sólo el celebrante quien comulgaba bajo ambas especies.
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ACCION DE GRACIAS Haz, Señor, que recibamos con corazón puro lo que hemos tomado con la boca; y que este don temporal se nos convierta en remedio eterno. Tu Cuerpo, Señor, que he tomado y tu Sangre que he bebido se adhieran a mis entrañas; y haz que no quede mancha alguna de pecado en mi, a quien han alimentado estos puros y santos sacramentos: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

251. LA ANTIFONA LLAMADA “COMUNIÓN”
El celebrante, después de haber cubierto el cáliz, se dirige al lado de la Epístola para leer en el Misal la antifona llamada “communión”.
¿Cuál es el origen de esta antífona?
En la Misa primitiva había nada menos que cuatro procesiones, y cada una acompañada de su respectivo canto… ¡Así palpitaban aquellas Misas de animación y de vida por la participación activa que en ellas tomaba el pueblo!
Existia: 1. La procesión del INTROITO, es decir, la que se formaba al entrar solemnemente el Papa o el Obispo en la gran basílica cristiana. V. nn. 159-161.
Por cierto que el canto, correspondiente a esta procesión, aunque muy recortado hoy día y desencajado de su sitio en las Misas rezadas, todavía conserva su lugar de honor en las Misas cantadas, cuando los cantores, sin tener en cuenta las preces al pie del altar, entonan con reposada y majestuosa melodía la antífona del INTROITO, ya al salir el celebrante de la sacristía y aproximarse al altar.
2. La procesión del EVANGELIO con las alegres notas del ALELUIA y que todavía reviste máxima solemnidad en las misas cantadas: v. nn. 181-186.
3. La procesión del OFERTORIO, hoy ya imperceptible: v. n. 193; y por fin,
4. La procesión de la COMUNION; era la más alegre y esperada de los fieles: ¡cuántas veces ocurrían escenas tan deliciosas como aquella que nos refiere el autor de la Vida de S. Gregorio el Grande!: Una señora de la aristocracia romana que acostumbraba asistir los domingos a la Misa del Papa, al acercarse a comulgar y en el momento de ir a recibir en su dominical — v. n. 49 — el Pan Eucarístico, no pudo reprimir una espontánea sonrisa de satisfacción… San Gregorio, que advierte aquella irreverencia, pasa de largo y no le da la comunión. Pero al terminar la Misa ordena comparecer en su presencia a la matrona romana… «Es que cai en la cuenta— dijo ella algo ruborizada — que el Pan que ibais a darme era el mismo que yo con mis propias manos habia elaborado y traído para la OFRENDA». (Paul. diac.: Gregor. Vita, 23; citado por Rojo del Pozo; o. c., p. 444).
LOS FIELES SE ACERCABAN A COMULGAR CANTANDO UN SALMO, especialmente escogido para este acto: el 22 «Dominus regit me», el 84: «Benedixisti, Domine, terram tuam», y sobre todo el 33: «Benedicam Dominum in omni tempore», por su precioso verso 9: «Gústate el videte quoniam suavis est Dominus» (v. n. 47). Los versículos de esos salmos alternaban con una antífona que, a modo de estribillo, repetía el pueblo todo el tiempo que duraba la distribución de la comunión. Pero durante la Edad Media, con la gradual disminución del número de los comulgantes y la propagación de la comunión fuera de la Misa, fuése acortando el salmo hasta quedar sola la antífona, y ésta fuera de su lugar, aunque conservando su nombre de pila y, en la mayoría de los casos, su aplicación más o menos próxima a la Eucaristía.
Los Cominunios más antiguos se refieren al tiempo eclesiástico, o a la fiesta que se celebra, o se está preparando; muchos son frases selectas del Evangelio o de la epístola del día y vienen a subrayar una idea capital; pero la mayoría, casi la mitad (2/5), están tomados de los salmos.

LA POSTCOMUNION:
252. ¿Cuál es la plegaria olicial de la ACCION DE GRACIAS?
Es la oración llamada ahora «Postcommunio», porque se recita después de la Comunión y que, antiguamente, se denominaba «complenda», u «oratio ad complendum”, porque con ella se terminaba el Sacrificio.
La «Postcommunio», que ya figura en el Sacramentado leoniano (v. n. 119), está estrechamente enlazada con la Colecta y la Secreta en cuanto a su número y a su conclusión, aunque difiere en su estructura, menos perfecta que la de las Colectas, y en su contenido, que, a la idea central de la fiesta o del tiempo eclesiástico, añade la representación sucinta, el ruego concreto para que en nosotros se cumpla la gracia de la Comunión.
Como un resumen magnifico de los varios motivos que la Liturgia va desarrollando en las diversas postcomuniones del año, véase la oración «por los vivos y los difuntos», que suele rezarse en tercer lugar, durante la Cuaresma, cuando no hay conmemoración de algún Santo: aquí también, como en las grandes oraciones de la Misa, aparecen cariñosamente abrazadas y unidas por la oración eucarística las tres Iglesias, la del cielo, la de la tierra y la del purgatorio: “Que nos purifiquen, te rogamos, Omnipotente y misericordioso Dios, las sacramentos que hemos recibido; y por la intercesión de todos tus santos haz que este tu sacramento no sea para nosotros reato de pena, es decir, ocasión de faltas que expiar, sino intercesión saludable de perdón; sea ablución de nuestros pecados, fortaleza para nuestra debilidad, protección contra todos los peligros del mundo, y para los vivos y difuntos remisión de todos sus pecados”.

LA ORACION “SOBRE EL PUEBLO”
Esta oración que en Cuaresma, en las misas feriales, se añade a las poscomuniones, va precedida del aviso ritual: “Humiliate capita vestra Deo”, o como se dice en el rito mozarabe: “Humiliate vos benedictioni: inclinaos para recibir la bendición”; como se ve por estas últimas palabras, era una bendición que solian darse a los que no habían comulgado, antes de introducirse la actual bendición con la señal de la Cruz. Cfr. 256.

253. FIN DE LA MISA. 1- “Ite Missa est”: Despedida del celebrante a los fieles 2- “Placeat tibi”: Resumen de los fines del Sacrificio 3- “Benedicat vos Omnipotens…” Despedida de Dios a sus hijos. Epílogo de la Misa:
ULTIMO EVANG. o Prólogo de S. Juan -JESUCRISTO- Lleno de gracia-Misa de los fieles
Lleno de verdad-Misa de los catecúmenos DEO GRATIAS
254. «ITE: MISSA EST».
Hasta el siglo XI, ¿cómo terminaba la Misa? Terminaba con el envío o despedida de los fíeles, anunciado solemnemente por el diácono que en nombre del Papa o del Obispo celebrante, invitaba a la asamblen a retirarse con esta fórmula, ya en uso desde el siglo II, y que dió su nombre al Santo Sacrificio (v. n. 26): ITE: MISSA EST; IDOS: ES EL ENVIO o despedida. A lo que el pueblo respondía con la fórmula litúrgica: DEO GRATIAS, tan significativa sobre todo en estos momentos, después de haber recibido de Dios el mayor de los beneficios: la Redención, cuyo recuerdo vivo acaba de conmemorarse en la Misa.
Los mismos gentiles usaban una fórmula de contenido parecido cuando se habían de alejar de sus templos, después de terminados los misterios paganos: «I LICET>, clamaba el heraldo, es decir, sin contracción: «IRE LICET», OS ES PERMITIDO PARTIR.
El BENEDICAMITS DOMINO: En la antigua liturgia el anuncio del ITE Missa est revestía tal solemnidad, que era exclusivo de las Misas celebradas por el Papa o los Obispos; y como la recitación del GLORIA fue en aquellos tiempos algo también propio de la Misa episcopal — v. n. 167 —, establecióse entre ambos cierto relación que todavía subsiste en nuestros días; la supresión del GLORIA en la Misa, lleva también consigo la omisión del ITE MISSA EST.
En estos casos al ITE substituye el BENEDICAMUS DOMINO, aclamación con que terminan las HORAS del Breviario y que los simples sacerdotes, dejando el alto honor del ITE MISSA ÉST a los Obispos, comenzaron a usar también como conclusión de la Misa. Como se ve, pues, la omisión del ITE MISSA EST, aunque generalmente coincida con Misas de penitencia — Adviento, Cuaresma, Cuatro Témporas, Rogaciones, algunas vigilias… —, no implica de suyo ni tristeza ni alegría. El ITE MISSA EST también cede su lugar, en las Misas de difuntos, al «REQUIESCANT IN PACE», que expresa un deseo de circunstancias y es un inspirado resumen de toda la misa en favor de los difuntos.
255. «PLACEAT TIBI».
Con el ITE MISSA EST o una expresión parecida — «vayamos en paz en el nombre de Cristo —Id en paz —Gloria a Ti, Cristo, nuestro Dios y nuestra esperanza…», terminaba la Misa en los diez primeros siglos. Pero hacia el siglo XI aparecen en los misales de la época dos nuevos elementos: la oración de origen galicano «Placeat tibi» y la BENDICION.
¿De dónde procedía la oración «Placeat tibi»? Procedia, como se advierte por su carácter individual, del tesoro de la devoción privada, y solían recitarla los sacerdotes, en la sacristía, antes o después de haberse quitado los ornamentos. Es un brevísimo resumen de los fines del Santo Sacrificio y una como réplica de la plegaria del mismo origen galicano, dirigida también a la Santísima Trinidad, que se recitó en el OFERTORIO: véase núm. 203. _____________________________ ORACION “PLACEAT TIBI»: Séate agradable, ¡oh Santa Trinidad!, el homenaje de mi servidumbre: y haz Que el sacrificio Que yo, aunque indigno, he ofrecido a los ojos de tu majestad, te sea acepto; y Que por tu misericordia sea propiciatorio para mí y para todos aquellos por quienes lo he ofrecido. Por Cristo, Señor nuestro. Así sea.
256. LA BENDICION.
En seguida nos ocurre preguntar: ¿por qué a la BENDICION de la Misa ha precedido el ITE MISSA EST o despedida de los fieles? ¿No es más natural el orden inverso: primero la BENDICION y después la despedida?
Efectivamente, antes de introducirse la actual bendición con la Cruz en la Misa, la única bendición que en ésta se daba estaba colocada antes de la despedida de los fieles: ése, precisamente, era el objeto de la «Postcommunio», que tiene todo el carácter y forma de una bendición final — ad complendum — para los que han comulgado en la misa — y entonces eran todos los asistentes a ella —; más tarde, en tiempos de frialdad eucarística y cuando en las ferias de Cuaresma el concurso del pueblo que no comulgaba era más numeroso, para que éste no quedara sin alguna bendición, introdújose la Oración super populum, que, como ya dijimos — v. n. 251—presenta también el carácter de bendición, pero ya sin estar restringida a los que han comulgado.
Un hecho historico pone muy de relieve la alta estima que el pueblo cristiano tenía de esta bendición, contenida y como plasmada en la “poscomunión”: «Nadie era despedido de la Iglesia sin bendición, nos dice el Card. Schuster en su obra Líber Sacramentorum, I. p. 112 (cit. por Ser di Franza o. c., p. 128): tanto que, cuando los Bizantinos, el dia de Santa Cecilia, después de la comunión arrebataron al Papa Vigilio del altar de la Mártir Transtiberina y lo arrastraron a la nave que lo esperaba allí, cerca del rio, para conducirlo a Constantinopla, el pueblo, que sin embargo nada simpatizaba con Vigilio, levantó un tumulto para que se le concediese, al menos, tiempo para poner fin a la Misa estacional y recitar la última plegaria ad complendum, en que dejara su bendición a la asamblea. El Papa Vigilio (537-555) sobre el puente de la nave pronunció la última colecta (plegaria de la bendición), a la cual los circunstantes respondieron: AMEN. Sólo entonces pudo partir la nave para conducir al Pontífice al destierro».
¿De dónde procede la actual bendición con la Cruz?
Procede de una antigua costumbre de la Misa pontifical: entonces, como ahora, el pueblo fiel no salía inmediatamente del templo al terminar el Santo Sacrificio, sino que esperaba la salida del Obispo para recibir de él la bendición — bendición que al principio había comenzado a darse en la sacristía y únicamente a los clérigos que habían intervenido en la Misa.
Como esta bendición era entonces considerada como acto propio y exclusivo de los Obispos, al disminuir el número de éstos, se hizo a los fieles muy duro irse del templo sin aquélla, y así la reclamaron y obtuvieron de los simples sacerdotes, que comenzaron a darla antes de abandonar el altar y con el mismo rito de los Obispos, es decir, con tres cruces.
Esta misma bendición con tres cruces aparece prescripta en el misal de S. Pío V; pero ya su sucesor, Clemente VIII, reservó esta forma de bendición para uso exclusivo de los Obispos.
257. ULTIMO EVANGELIO.
La liturgia de la misa termina ahora, desde el siglo XVI, con la lectura de un segundo Evangelio, que suele ser, salvo rarísimas excepciones, el Prólogo del Evangelio de S. Juan.
Es la página más bella que se ha escrito: todas las revelaciones divinas están compendiadas en estas palabras: «Y EL VERBO SE HIZO CARNE».
La ENCARNACION aparece como el punto culminante de la teología, como la llave de la historia.
Ante estas pocas líneas confesaban su impotencia los ingenios más esclarecidos:
«Necesitaría — nos dice Orígenes — haber descansado sobre el pecho de Jesús, haber recibido a María por madre, ser otro Juan para penetrar el sentido del cuarto Evangelio, de su prólogo sobre todo». In. Jo. t. I, n. 6.
Y San Agustín: “Me atrevo a decir, hermanos míos, el mismo Juan no ha hablado de estos misterios como ellos son, sino en la medida que puede hacerlo un hombre». In .To. t. I, n. 1… «En el seno de Jesús es donde Juan ha sacado lo que nos da a beber; las palabras que nos dice son de la misma fuente donde él apagó su sed»… Ibid. n. 7. Y en «La Ciudad de Dios», nos habla de un filósofo platónico que deseaba se grabase este Prólogo en el frontispicio de las iglesias. De Civit. Dei. X, c. XXIX, 2.
Sabemos, en fin, por S. Juan Crisóstomo — s. IV— y por Santo Tomás (2-2, q. 96, a. 4), que los cristianos transcribían ciertas palabras, del Evangelio para llevarlas consigo; y Maldonado dice expresamente de su tiempo, que estas filacterias estaban casi siempre sacadas de los primeros versículos de S. Juan. Cfr. Durand, Alfred: Evang. S. Jo., Introduct. Cfr. n. 186.
Dada esta singularísima veneración al Prólogo de San Juan, nada de extraño tiene que en el siglo XIII comenzaran algunos sacerdotes a decirlo por devoción al terminar la misa, mientras venían del altar a la sacristía, y que muy pronto la devotísima plebe, algo así como ahora se hace con los responsos en favor de los difuntos, empezara a rogar a sus sacerdotes les leyeran por sus intenciones particulares esta página evangélica, a la que atribuían el valor de un sacramental; singularmente, las madres pedían a los sacerdotes la recitaran «sobre sus hijos», como una bendición o una suerte de exorcismo que alejara de sus pequeñuelos todo mal, y todavía en ciertos países se lee en familia durante las tempestades.
Esta fe popular en el poder y eficacia del Prólogo de San Juan fué desde un principio reconocida y estimulada por la Iglesia, que no se contentó con colocarlo en varias bendiciones, sobre todo en la bendición de los niños enfermos, sino que, en el siglo XVI, en la reforma del Misal de S. PIO V, prescribió oficialmente su lectura al fin de la Misa.
En España es costumbre recitarlo después de las ceremonias del Bautismo.
ULTIMO EVANGELIO
A — Texto.
JESUCRISTO
I.—Existiendo antes del mundo.
a) En el principio existia el Verbo. Y el Verbo estaba junto a Dios. Y el Verbo era Dios. El estaba al principio junto a Dios.
b) Todas las cosas han sido hechas por El y sin El nada se hizo de lo que fue hecho.
c) En El estaba la Vida, y la Vida era la luz de los hombres, y la luz brillaba entre las tinieblas.
Y las tinieblas no la sofocaron.
B) Comentario
a) Como Dios: eterno e igual al Padre.
b) Como Creador; crear es algo propio de Dios, y el Verbo, Jesucristo, es la causa ejemplar y como instrumental de la creación.
c) Como Redentor; es la VIDA, la VIDA DIVINA y fuente de la vida sobrenatural en nosotros, que logramos así la suprema aspiración del cristianismo: “VIVIR DE DIOS PARA DIOS” (San Agustín)

II — Entrando en el mundo.
a) Existió un hombre enviado por Dios: su nombre era Juan. Este vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyesen. El no era la luz; pero venía para dar testimonio de la luz.
b) Vino al mundo la luz verdadera que brilla, iluminando a todo hombre (asi el texto original). El estaba en el mundo. Y el mundo ha sido hecho por El. Y el mundo no le conoció.
c) Vino a los suyos. Y los suyos no le recibieron.
d) Pero a aquellos que le recibieron dióles poder de llegar a ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre que han nacido no de la sangre ni del instinto de la carne ni de la voluntad de los hombres, sino de Dios.
Comentario
II— Entrando en el mundo.
a) Precedido de un Precursor: ésta era la misión del Bautista: ser testigo, decir la verdad — por ella ha de morir —: señalar con el dedo al Mesías, a la Luz en la que todos deben creer; y después, disminuir, irse desvaneciendo como la aurora que anuncia la aparición del sol.
b) Grandes progresos habían realizado los cuatro colosales imperios del mundo: los Asirios, los Persas, los Griegos, los Romanos… ¡Grandes pasos habian dado!, hay que reconocerlo, exclama San Agustín: Magnae vires, cursus celerrimus… praeter viam (Enarr. in Ps. 31; n. 4. M. L. 36), pero FUERA DEL CAMINO, de espaldas a la Luz verdadera que, sin embargo, iluminaba entonces y sigue iluminando ahora a toda razón natural y brilla y resplandece lo mismo en la estrella de mayor magnitud, que en la más diminuta de las luciérnagas… Cursus celerrimus… praeter viam! ¡Grandes pasos! Grande fué la sabiduría de los griegos, pero lo más que pudieron conocer de esta LUZ fue confesar que la desconocían; por eso, entre los mil altares que levantaron a sus errores — altares que eran tientos de ciego que, palpando a las criaturas, buscaba al Creador de todas ellas —, erigieron uno en el que escribieron estas dos palabras, triste compendio de la historia del paganismo: DEO IGNOTO: AL DIOS DESCONOCIDO…
c) Vino a los suyos, a los judíos, llamó a sus puertas, y… —No había lugar para El en la posada… No tenia donde reclinar su cabeza.
d) Pero a todos aquellos — judíos, muy pocos; paganos, muchísimos — que le recibieron, creyendo en El, les dió el poder sublime de llamarse y de ser HIJOS DE DIOS: mas esta filiación divina es efecto del poder de Dios; no intervienen en ella ni sangre o raza, ni poder o voluntad de hombres, pues los fariseos enseñaban erróneamente que nadie podía entrar en el cielo, ni participar de los dones mesiánicos, si no era judío, descendiente de Moisés.

III. — Viviendo en el mundo.
a) Y el Verbo se hizo Carne
b) Y estableció su tienda de campaña entre nosotros.
c) Y hemos visto su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad.

Comentario
III. — Viviendo en el mundo.
a) ¡Rodilla en tierra! Adoración profunda… Es el mejor comentario: nos arrodillamos, seguimos el movimiento de bajada, de anonadamiento de Dios. Llegaremos tan abajo…
b) Alusión a las costumbres de los beduinos: asi como éstos despliegan y plantan su tienda en el desierto y al poco tiempo la levantan para irse a otro lugar, así Jesucristo vivió entre nosotros poco tiempo. A nosotros nos parecen algo 33 años… al Discípulo amado, que le vió y le trató, parecióle tan breve como una parada de los beduinos en el desierto.
c) Sus resplandores de Hijo de Dios, las señales de su divinidad, sus milagros, su doctrina… ,y esa gloria era tal cual convenía al Unigénito de Dios. Reunión y cúmulo de todas las gracias, Jesucristo es la Verdad: 1, como doctor y maestro, como luz de los hombres, a quienes descubre los misterios y verdades ; 2, como Mesías que cumplió las profecías, y 3, como BIEN verdadero para nosotros. Bien que no engaña “vitis vera, panis verus, lux vera».
Antonio Rubinos S.J.
CATECISMO HISTORICO LITURGICO DE LA MISA