La religión del hombre hecho Dios.

Por D. José Alberto Navarro Vives.

  1. Del Humanismo a la nueva religiónhumanística.

Como la etimología nos lo refiere, el término religión provendría de religare, es decir, unir alguien o vincular fuertemente (a Dios), o bien de la palabra reeligere, reelegir (a Dios). Así pues, tanto una acepción como la otra nos remiten a la idea de que el hombre debe “unirse” libremente a Dios como su principio y elegir a Dios como su fin último. De este modo y por la misma naturaleza de Dios y la del hombre, la religión comporta una serie de deberes de los cuales el hombre es deudor para con Dios y sobre los cuáles se fundamenta la relación necesaria entre Dios y el hombre. Vemos pues establecida la relación entre Dios y el hombre siendo prerrogativa del Creador imponer una religión y practicarla deber de la criatura.1 

Así mismo estos deberes del hombre se traducen en los siguientes: unas verdades que creer, unos preceptos que practicar y un culto que tributar a Dios. Y así lo atestigua la Historia que ha demostrado cómo todas las culturas han rendido culto a divinidades, que aun siendo falsas prueban la necesidad de la religión. Ahora bien, consumada la Revelación y el misterio de la Encarnación atentaría contra la recta razón y la filosofía no adherirnos a los dogmas, preceptos y culto de la única religión revelada, esto es, nuestra Religión Católica. 

Desgraciadamente los enemigos de la Religión han intentado siempre minar el fundamento religioso del hombre, inserto en su misma naturaleza, y desuniéndolo de Dios han causado la perdición eterna de innumerables almas y la corrupción de pueblos enteros. Conscientes o no sus fautores, la primera corriente que abrió las puertas a este proceso de desintegración individual y colectiva fue el Humanismo y su antropocentrismo. 

Esta nueva corriente, representada en personajes tales como Erasmo, Pico della Mirandola o Giordano Bruno, surgió como una oposición al teocentrismo y a la Ciudad Cristiana. No suprimieron la religión puesto que eran hombres impregnados de “religiosidad” (aunque alguno terminó en la hoguera), pero invirtieron el objeto de la Religión: el hombre en lugar de Dios. So capa de admiración hacia la Antigüedad clásica y la nueva concepción del hombre como medida de todas las cosas se escondía un espíritu de rebelión contra aquel periodo anterior que denominaron peyorativamente como Edad Media. Si la Antigüedad representaba un estilo clásico y proporcionado a la vez que racional para los humanistas, el nuevo periodo del que ellos se consideraban continuadores lo bautizaron con el calificativo de moderno, dejando entre paréntesis los siglos de la Cristiandad, como una etapa oscura y supersticiosa vencida por novedosas filosofías. 

Si bien el Humanismo desplazaba a Dios del lugar correspondiente, encumbrando al hombre en el lugar de la divinidad, en pleno siglo XX se produce una convulsión en las entrañas de la Iglesia Católica a raíz de las contradicciones y ambigüedades del Concilio Vaticano II respecto del magisterio y de la tradición secular precedente. Se puso al hombre como eje sobre el que giraba la nueva doctrina y al mundo moderno como aliado de la Iglesia. Igual que el Humanismo histórico renegaba de su pasado reciente, así este nuevo Humanismo Cristiano creyó superada una Fe que consideraba demasiado teocrática y alejada del hombre. 

Una comparación sobre ambos humanismos es lo que proponemos en estas páginas mediante el análisis de unos textos seleccionados, a la vez que nos sirvan para volver la mirada hacia atrás, a las aguas limpias de la Suma Teológica y proporcionar así una visión completa sobre los problemas del Humanismo y los peligros que conlleva. 

 

  1. 2. Sobre el Humanismo y el Antropocentrismo.

Daba vueltas yo a estos dichos y trataba de explicarlos sin llegar a convencerme del todo de los que muchos afirman sobre la excelencia de la naturaleza humana. Afirman, en efecto, que el hombre es el vocero de todas las criaturas; emparentado con los superiores y rey de los inferiores. Intérprete de la naturaleza por la perspicacia de los sentidos, la intuición penetrante de su razón y la luz de su inteligencia. Puente entre la eternidad estable y el tiemplo fluyente. Cópula del mundo, y como su himeneo, según los persas (…) 

Por fin me pareció llegar a entender por qué el hombre es el ser vivo más feliz y el más digno por ello de admiración…” (G. Pico della Mirandola: Discursos sobre la dignidad del hombre) 

Estas líneas ponen de manifiesto el “giro antropológico” que supuso el Renacimiento. La nueva concepción del hombre surgió al dotar al sujeto humano de una dignidad por sí mismo, esto es, intrínseca a sus capacidades y por el “autoconocimiento” de posesión de estas mismas facultades. Al mismo tiempo, y cómo se comprende de este texto, se pone de manifiesto la nueva visión antropocéntrica a través de la contemplación del Universo que lleva al hombre no a manifestar la infinitud de Dios, sino a que el sujeto adquiera una función casi divina (de “intérprete de la naturaleza” o de “puente entre la eternidad y el tiempo”). Por lo que, tanto su dignidad como su redefinición de su papel dentro del Universo serán una manifestación de haber convertido al hombre en un fin en sí mismo, ser necesario entre lo superior y lo inferior, esto es, entre Dios y las criaturas. Nada más diametralmente opuesto a la escolástica de santo Tomás que siempre había considerado al hombre como un fin secundario, nunca como un fin en sí mismo, sujeto a su Dios y Creador, fin universal de la Creación. 

Se originan muchos abusos en el mundo, o, por decirlo de una manera más atrevida, todos los abusos del mundo se originan porque se nos enseña a temer manifestar abiertamente nuestra ignorancia y nos vemos obligados a aceptar todo lo que no podemos refutar. Hablamos de todas las cosas por criterio de autoridad… Odio lo verosímil cuando me lo plantean como infalible. Me gustan estas palabras que ablandan y moderan la temeridad de nuestros juicios: “quizá”, “alguno”, “se dice”, “creo”. Y si tuviera que educar niños les hubiese imbuido tanto esta manera de responder, que pregunta y no resuelve (“qué dice”, “no lo entiendo”, “podría ser”) que, seguramente a la edad de 60 años hubieran conservado la manera del aprendiz y no presentarían las de doctores a los 10 años, como hacen. 

Quien quiere curarse de la ignorancia tiene que confesarla”. (M. Montaigne: “Ensayos”) 

Ligado a lo visto anteriormente (la negación de la finalidad teocéntrica) surge un pensamiento cómo el de Montaigne y la cuestión de la autonomía del hombre. Ninguna moral, valor o ley es capaz de imponerse al hombre cuándo éste se ha endiosado y rechazado la recta razón. En consecuencia, cada uno debe hacer primar su voluntad que es a la vez manifestación de su humanidad. Así pues, todo conocimiento puede ser considerado impuesto por criterio de autoridad ya que lo que ha de primar por encima de ello es la autonomía del sujeto y una impresión subjetiva de la realidad, no conocimiento que implica conocer lo que las cosas son. Es la duda y al fin y al cabo el relativismo lo que sostiene Montaigne cuando afirma que el hombre ha de curarse de la ignorancia confesándolo. No ha de afirmar que no sabe nada para educarle, sino que ha de rechazar lo que le han enseñado para “aprender” por sí mismo a modo de experiencias o de impresiones relativas, sin capacidad de conocer lo que la realidad es. 

¿Qué significa todo esto sino que todos los mortales, incluso los piadosos, son locos? El mismo ¿no quiso, sin embargo, mostrarse en cierto modo como loco, cuando, tomando naturaleza humana, se revistió la carne mortal? Del mismo modo se hizo pecador para redimir el pecado. Pero no se valió de otros medios de redención que de la locura de la Cruz y de Apóstoles ignorantes y rústicos, a quienes recomendó insistentemente la locura, desterrando la sabiduría, puesto que les propuso como ejemplo a los niños, los lirios, el grano de mostaza y los pajarillos, todo lo que es ininteligente y carece de razón, y que vive sin artificios ni preocupaciones, y sólo con la protección de la naturaleza. (Erasmo de Rotterdam: Elogio de la locura, cap.65). 

Como hemos visto en el caso de Pico della Mirandola, los hombres del Renacimiento si bien profesaban una fe ciega en el hombre, eran a la vez creyentes. Ahora bien, creyentes en una religión vaciada de lo sagrado y más naturalista que sobrenatural, profesando una fe antropocéntrica más que teocéntrica. En este sentido Erasmo afirma la “locura” de Cristo y de sus apóstoles por difundir una religión sin contenido doctrinal, más apegada a la naturaleza o a un estado de naturaleza bucólico. Así pues Jesucristo fue el mayor loco y el resto de la humanidad, en tanto en cuanto partícipes de la naturaleza y habiendo desterrado la sabiduría, participaría de este estado de naturaleza. Una vez más, como hemos visto antes con Montaigne, el hombre ha de volver a su conocimiento originario y rechazar cualquier otro saber que le haya sido transmitido vía tradición, religión o asentimiento racional, puesto que hacen al hombre menos digno de ser hombre, o lo que es lo mismo, menos loco. 

Y así, igualado Jesucristo al nivel de todo hombre, esto es, de los locos, es natural que lleguen a sostener posicionamientos heréticos en cuanto al dogma, afirmando que Nuestro Señor se hizo pecador para redimirnos, negando de este modo que Jesucristo “se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado” (Hb, 4, 15). 

Con un lenguaje religioso, biensonante incluso a los oídos cristianos, los humanistas difundieron también en el ámbito religioso o teológico sus teorías heterodoxas y que en el siglo XX alcanzarían su zenit en el Concilio Vaticano II. 

  1. 3. Humanismo Cristiano.

Pero este movimiento vertical hacia la unión con Dios y hacia la perfección de sí mismo no es el único movimiento comprendido en el dinamismo interno de la vida humana. El segundo, el movimiento horizontal, concierne a la evolución de la humanidad, y progresivamente revela la substancia y las fuerzas creadoras del hombre en la historia. El movimiento horizontal de la civilización, cuando tiende a sus auténticos fines temporales ayuda y fomenta el movimiento vertical de las almas. 

El hombre del humanismo cristiano aprecia la libertad como algo de que hay que ser merecedor; comprende la igualdad esencial que hay entre él y los otros hombres y la manifiesta en el respeto y en la fraternidad; y ve en la justicia la fuerza de conservación de la comunidad política y el requisito previo que , hace posible que nazca la fraternidad cívica; se da cuenta tanto de la tremenda prueba a que el advenimiento del maquinismo somete a la historia humana, como del maravilloso poder de liberación que el maquinismo ofrece al hombre, si el brutal instinto de dominar no aprovecha las técnicas del maquinismo y de la ciencia misma, para reducir a esclavitud a la humanidad, y si la razón y la sabiduría son lo suficientemente fuertes como para poner esas técnicas al servicio de aspiraciones verdaderamente humanas y aplicarles las normas de la vida humana. (Jacques Maritain: Humanismo Cristiano) 

Para Maritain su antropología se basa en el continuo movimiento del hombre y en su “dinamismo interno”. Entendidos éstos cómo fuerzas vitales del hombre que lo conducen hacia el progreso de la humanidad en su conjunto. Para él el mero hecho de “moverse hacia” ya es un progreso. Un progreso que por su propia fuerza es capaz de elevar al hombre en ese sentido vertical, o sea espiritual. Humanismo cristiano, nueva Cristiandad, humanismo integral… son conceptos que al fin y al cabo se insertan dentro de la herejía modernista, puesto que tienden a borrar toda noción del pecado y de naturaleza herida por éste (y con ellos la doctrina de la gracia) y que significan una nueva civilización fraterna, incluso llamada Cristiandad, a la que el hombre se encamina.  No obstante los encontramos bajo unos parámetros laicos y universalistas contemplados desde un humanismo secular y poco cristiano. 

 

“Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos” (Gaudium et Spes, 12) 

 

Esta afirmación se enmarca dentro del optimismo humanista del Concilio, sustituyendo a Dios por el hombre como regulador del mundo. En este sentido cuando el hombre sustituye a Dios y reconoce una especie de fin antropocéntrico dentro del Universo es cuando la moral se trastorna pues es el hombre quien la regula y no Dios. Del mismo modo que sólo esta primacía del hombre puede dar lugar a una preponderancia de la técnica (¿La técnica maquinista de Maritain?), pues el hombre como fin en sí mismo sólo puede tener el deber y el derecho de dominar la realidad terrenal, abandonando lo espiritual. 

Por otro lado y de forma un tanto cándida, la afirmación de que tanto creyentes como no creyentes coinciden en que el mundo está ordenado al hombre se aproxima más a un postulado del decálogo humanista para fundamentar esa igualdad y dignidad común del género humano, que estar basada en un análisis riguroso ya que las filosofías pesimistas y mecanicistas aborrecen dicha visión antropocéntrica y niegan incluso cualquier fin teleológico.2 

 

“Es preciso afirmar al hombre por sí mismo y no por ningún otro motivo o razón: únicamente por sí mismo. Más aún, es preciso amar al hombre porque es hombre, es preciso reivindicar el amor por el hombre en razón de la dignidad particular que posee.” (Juan Pablo II: Discurso a la UNESCO el 2 de junio de 1980) 

 

Una vez asumida la filosofía antropocéntrica ésta viene a configurar una nueva religiosidad. Armonizar esto con la doctrina católica es llanamente imposible. La idea del hombre digno por sí mismo de amor se hace patente cuando del orden de la Creación se ha expulsado toda dependencia y se cree de este modo autónomo. En este orden de cosas pues, “todas las fórmulas de los actos de caridad frecuentados por el pueblo cristiano hasta el Vaticano II suponen que Dios debe ser amado por sí mismo y en grado sumo, y el prójimo por amor a Dios.3 Por ello es imposible amar al hombre por sí mismo, de forma separada de Dios.  

Sin embargo, en la afirmación que plantea Juan Pablo II aparece también la cuestión de la dignidad como desligada de su vínculo religioso, el único capaz de garantizar dicha dignidad. Y es precisamente cuando se erradica este fundamento religioso de la susodicha dignidad cuando queda el hombre más expuesto al quebrantamiento de ésta. Sustraer de la noción de la dignidad la gracia sobrenatural es otra manifestación del humanismo naturalista, que no hace distinción entre el hombre pecador y aquél redimido por Cristo por medio de la gracia. 

 

  1. 4.La religión del Hombre o la religión de Dios.

 

La Religión Católica cuando es naturalizada o pasada por el tamiz humanista pierde aquello que le es propio a la religión referido a su significación sagrada, pero no en tanto en cuanto que universal. Sin embargo si hasta entonces la nota de universalidad le era dada por su Divino Fundador con el carácter expansivo y extensivo de su doctrina lo es ahora por mímesis con el pensamiento humanista universal. Es pues, la religión del Hombre y no más la de Dios. 

 

Alguno podría objetar nuestra postura y pensar que en el mismo fundamento de la religión cristiana se hace presente esta concepción que pone al hombre como fin de él mismo y cómo fin para sí mismo cuando Dios “propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis et incarnatus est”. ¿Será que lo divino viene a encontrar lo humano? ¿Cómo negar entonces la comunicación del hombre por lo meramente humano? 

 

La Encarnación, según santo Tomás, fue necesaria tras el pecado. De ahí que Dios tomara naturaleza humana para redimirnos del pecado. Pero si Adán no hubiese pecado no se habría producido la Encarnación. Bien podría esto enmarañar más la cuestión y hacernos creer que el hombre fuese el fin de Dios, tomado como fin en sí mismo, y motivo de su rebajamiento hasta hacerse hombre. Con más razón el hombre podría tomar al hombre como fin en sí mismo y amarlo. Sin embargo, aquí radican los errores del humanismo cristiano, cuyas particularidades ahora no podemos detallar. 

 

No hay pues sistema más alejado de la verdad católica que este antropocentrismo irracional, ya que para la religión el único centro que hay en la realidad de lo creado es Dios. En torno a Él y para Él le rinde culto todo lo creado. No se niega la primacía del hombre dentro del orden de lo creado, sino que es por Dios que ocupa ese lugar. Ahora bien, frente al Humanismo y su religión antropocéntrica la Fe nos enseña cómo Cristo se ofreció en la Cruz para satisfacer la Divina Justicia como fin primario, y solamente como fin secundario salvar al género humano4. Es de ciegos no ver en la Encarnación como el amor del hombre está subordinado a la voluntad del Padre. Luego, Humanismo y Cristianismo son irreconciliables.  

 D. José Alberto Navarro Vives.

Bibliografía: 

 

Amerio, Romano, Iota Unum. Madrid: Criterio Libros, 2003. ISBN 84-95437-15-5 

 

Hillaire, P.A., La Religión demostrada. Barcelona: Librería Católica Internacional, 1930.