LA IGLESIA CATÓLICA ES LA ÚNICA
DEPOSITARIA DE LA RELIGIÓN CRISTIANA 

Errores del Concilio Vaticano II sobre la santa Iglesia:
  A la Iglesia no se la concibe ya como la Iglesia única y verdadera de Cristo. Ahora en Lumen Gentium ( Concilio Vaticano II) se dice  que la “Iglesia de Cristo” “subsiste en la Iglesia católica”, igual que subsisten “fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad”, a título de “dones propios de la Iglesia de Cristo”. Lo que equivale a sostener, contra el dogma de la fe, que las almas se salvan también fuera de la Iglesia católica (…); (afirman) que también las comunidades heréticas y cismáticas son “medios de salvación”.
  Roma conciliar enseña que estas comunidades forman parte de la “Iglesia de Cristo”. Esto constituye la negación de la verdad de fe divina y católica según la cual sólo la Iglesia católica es la única y verdadera Iglesia de Cristo, inmutable y fiel en los siglos, y tal, que fuera de ella no hay salvación.
  Se lee en la Lumen Gentium, que “el Hijo de Dios” transformó al hombre “en una nueva criatura”, no porque creyera en Cristo, o se convirtiera, o se hiciera cristiano con la ayuda del Espíritu Santo… sino por el hecho mismo de la Redención (y) que el “Cuerpo Místico (la Iglesia) lo constituyen estas “nuevas criaturas”, sin necesidad del libre albedrío, de la fe y de las buenas obras. Este concepto coincide con el de “género humano”.
Como la formula sonaba herética a los oídos católicos, el entonces “Prefecto de la Fe”, Ratzinger, se prestó a hacer un Declaratio, Dominus Iesus, que contentara al sensus católico, pero que a la vez mantuviera el error del Concilio Vaticano II, y avalara el “magisterio”y la práctica ecuménica, condena por la Iglesia, de Wojtyla; es decir, que La Dominus Iesus intentó ser menos burda que Lumen Genium. Como siempre, cual ocurre con las monedas falsas, la más parecida a la verdadera, es la más peligrosa; porque tiene más posibilidades de engañar.
Porque la moneda falsa, era muy parecida a la verdadera, muchos católicos se alegraron de la Declaratio Dominus Iesus, porque no la había leído con atención, pues  repitió el subsistit de la Iglesia de Cristo en la Iglesia católica de la Lumen Gentium, sólo que desde otro punto de vista. Sin embargo, para ser conforme con el depósito de la  fe, la Declaratio de Ratzinger habría debido decir que la Iglesia de Cristo subsiste sólo en la Iglesia católica, en lugar manifestar una  sintonía perfecta con el grave error del Concilio Vaticano II.
Para ver cuál es la verdadera doctrina, esto es, que la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo, les dejamos este escrito del del Padre Hilaire

LA IGLESIA CATÓLICA ES LA ÚNICA
DEPOSITARIA DE LA RELIGIÓN CRISTIANA 

La Iglesia es el medio establecido por Jesucristo para conservar, propagar y hacer practicar la religión cristiana. —Fuera de la Iglesia católica no hay verdadero cristianismo.

Creemos útil recordar aquí las verdades ya demostradas [en La Religión Demostrada del Padre Hilaire]:

1º. Existe un Dios Creador de todas las cosas.

2º. El hombre creado por Dios posee un alma espiritual, libre e inmortal.

3º. Es necesaria una religión, porque el hombre, criatura de Dios, debe rendir sus homenajes a su Creador.
La religión natural no basta al hombre, puesto que Dios, Soberano Señor, se ha dignado revelarle una religión sobrenatural.

4º. Dios ha hecho al hombre tres revelaciones, que se llaman: primitiva, mosaica, cristiana. Las dos primeras, no eran más que la preparación de la revelación cristiana, la cual es su complemento definitivo, y permanece siendo la única verdadera, la única obligatoria.
Hemos expuesto ya las pruebas de la divinidad de la religión cristiana, que tiene por fundador a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre: estas pruebas son numerosas e irrefutables.5º. No queriendo Jesucristo quedarse de una manera visible en la tierra, debió elegir un medio para transmitir su religión a todos los hombres hasta la consumación de los siglos. Es evidente que al manifestarse Dios al mundo en forma de hombre, su venida debía tener por objeto la salvación de todo el linaje humano.Este medio establecido por nuestro Señor Jesucristo es la Iglesia. Tal es la última verdad que nos queda por demostrar.

Podemos concluir inmediatamente:
1º. Que todo hombre razonable debe creer en Dios;
2º. Que todo hombre que cree en Dios debe ser cristiano;
3º. Que todo cristiano debe ser católico.
En este tratado, nuestros raciocinios se apoyarán en principios ya demostrados:

1º. En el hecho de la divinidad del cristianismo;

2º. En la verdad de las palabras divinas de nuestro Señor Jesucristo;

3º. En la autenticidad de los Evangelios que citan esas palabras.

La Iglesia es, en realidad, una institución que depende enteramente de la voluntad de Jesucristo, su fundador. Esta voluntad se nos ha manifestado: 1.º, por los Evangelios, cuyo valor histórico ya hemos probado; 2.º, por la Tradición o enseñanza oral de los apóstoles.

Después de su resurrección, Nuestro Señor permaneció cuarenta días en la tierra; se apareció con frecuencia a sus apóstoles para darles sus instrucciones acerca de la fundación de la Iglesia: «Loquens de regno Dei» (Hechos, r. 3) —Los apóstoles no escribieron estas enseñanzas de su divino Maestro, pero las transmitieron oralmente a sus sucesores. En eso consiste la Tradición, cuyas principales instrucciones fueron más tarde escritas por los primeros Padres de la Iglesia. Nos quedan por tratar las cuestiones siguientes:

I. Naturaleza, fundación, fin y constitución de la Iglesia de Jesucristo;

II. Identidad de la Iglesia católica con la Iglesia de Cristo;

III. Organización de la Iglesia católica;

IV. Relaciones de la Iglesia con las sociedades civiles;

V. Beneficios que la Iglesia Proporciona al mundo;

VI. Nuestros deberes para con la Iglesia, verdadera regla de la fe y de la moral.

I. La Iglesia tal como fue establecida por Jesucristo

135. P. ¿Qué medio estableció nuestro Señor Jesucristo para conservar y propagar la religión cristiana?

R. El medio establecido por Jesucristo es la Iglesia.

Jesucristo quiso unir a los hombres y a los pueblos entre sí, quiso unirlos a Él, y, por su intermedio, unirlos a su Padre. Con este fin, fundó una sociedad religiosa destinada a recoger a los que creyeran en Él, y, para gobernarla, instituyó un sacerdocio o cuerpo de pastores encargados de predicar su palabra y de administrar sus sacramentos.

Eligió doce apóstoles, los instruyó durante tres años, les comunicó sus poderes y los envió por todo el mundo a predicar el Evangelio.

El pueblo hebreo fue elegido para conservar la verdadera religión hasta la llegada del Mesías. La Iglesia fue establecida para propagarla hasta el fin de los siglos.

Jesucristo vino a traer al hombre los únicos bienes necesarios: la verdad y la gracia. Al salir de la tierra para volver al cielo, dejó: 1.º, las verdades reveladas y las leyes morales que debían ser transmitidas a los hombres de todos los tiempos y de todas las naciones; 2.º, los tesoros de gracia que habían de ser distribuidos a las generaciones futuras. Para continuar en el mundo la obra de la Redención, Jesucristo fundó la Iglesia, sociedad religiosa, depositaria de su doctrina y de sus gracias.

Nada más grande que la Iglesia, ese reino del Mesías anunciado con tanta frecuencia en el Antiguo Testamento. David, Isaías, Ezequiel, cantaron sus glorias y sus triunfos. Daniel predijo su duración inmortal al explicar el sueño del rey Nabucodonosor. El plan de Dios es realmente espléndido: quiere divinizar a todos los hombres, unirlos a su Cristo y por mediación de su Cristo, a la Santísima Trinidad, a fin de hacerlos partícipes de la bienaventuranza infinita de las tres personas divinas.

§ 1.º Naturaleza de la Iglesia de Jesucristo

136. P. ¿Qué es la Iglesia?

R. La palabra Iglesia, derivada del griego, significa la asamblea de los llamados. Unas veces designa el lugar donde se reúnen los fieles para orar, y otras la sociedad de los fieles adoradores del verdadero Dios.

La Iglesia, corno sociedad, en su sentido más amplio, comprende el conjunto de los fieles de la tierra, de los justos del Purgatorio y de los santos del cielo: de ahí la división bien conocida de la Iglesia en militante, purgante y triunfante.

La Iglesia militante, considerada históricamente, comprende a todos los verdaderos adoradores de Dios, desde el origen del mundo hasta el fin de los tiempos; todos, en hecho de verdad, han creído o creerán en la religión revelada, esencialmente la misma en sus diversas fases; en este sentido se subdivide la Iglesia en patriarcal, mosaica y cristiana o católica.

La Iglesia católica es la sociedad de todos los discípulos de Jesucristo unidos entre sí por la profesión de la fe cristiana, la participación de los mismos sacramentos, la sumisión a los legítimos pastores, principalmente a la misma cabeza visible, el Vicario de Jesucristo.

Divídese en dos partes: la Iglesia docente, los pastores, y la Iglesia discente, los fieles. El nombre de Iglesia designa frecuentemente la Iglesia docente. En este sentido se dice: la Iglesia enseña, la Iglesia ordena, la Iglesia es infalible, etc.

Este tratado de la Iglesia está destinado a establecer la legitimidad de dicha definición. —Para pertenecer a esta sociedad exterior y visible, se requieren tres condiciones 1.º, ser bautizado; 2.º, creer en la doctrina de Jesucristo 3.º, estar sometido a los pastores que gobiernan la Iglesia en nombre del Hijo de Dios y, sobre todo, al jefe supremo de la Iglesia, que es el Vicario de Jesucristo.

La Iglesia y la religión. —La palabra religión designa el conjunto de las relaciones entre el hombre y Dios; la palabra Iglesia designa la sociedad de las personas que tienen estas relaciones con Dios. —La religión es el conocimiento, el servicio, el amor, el culto del verdadero Dios; la Iglesia es la sociedad de los hombres fieles que conocen y practican la religión.

La Iglesia y la religión son de institución divina y su unión constituye el cristianismo. No hay cristianismo sin Iglesia. Así como la humanidad no actúa o existe en el orden real más que en el hombre, así tampoco el cristianismo se realiza más que en la Iglesia. Entre ésta y aquél podemos establecer distinción, pero en la realidad son idénticos. Jesucristo, con un solo acto, funda la religión cristiana y la Iglesia.

137. P. La Iglesia ¿es verdadera sociedad?

R. Sí; la Iglesia es una verdadera sociedad, porque reúne todos los elementos constitutivos de tal.

Una sociedad es un conjunto de hombres unidos entre sí bajo la misma autoridad para alcanzar un mismo fin por medios comunes.

Es así que la Iglesia comprende: 1.º, pluralidad de miembros unidos entre sí; —.2.º autoridad que manda; 3.º, un fin común a los asociados; 4.º, medios comunes para alcanzar este fin.

Luego la Iglesia es una verdadera sociedad.

Los jefes de la Iglesia son los pastores: san Pedro, los apóstoles;

Los súbditos son los fieles que creen en las verdades reveladas;

El fin es la eterna bienaventuranza;

Los medios son la profesión de una misma fe, la participación de los mismos sacramentos, la obediencia a los legítimos pastores.

Toda sociedad supone cuatro elementos esenciales

1.º, pluralidad de miembros; 2.º, autoridad que forma el lazo moral de los asociados y los dirige hacia el fin común; 3.º, unidad del fin que hay que alcanzar; 4.º, empleo de los mismos medios.

Los dos primeros elementos son comunes a todas las sociedades; los otros dos las especifican. Así en toda sociedad civil hay necesariamente dos clases de ciudadanos: los que mandan en virtud de la autoridad de que son depositarios, y los que obedecen: si falta eso, se podrá tener una muchedumbre de hombres, pero no una sociedad.

El tercer elemento es el fin, el objeto que los asociados se proponen alcanzar; el cuarto, los medios, que deben ser siempre proporcionados al fin. —Este fin, este objeto, determina la naturaleza de toda sociedad, porque por razón del fin y objeto los asociados se unen y el poder dirigente está investido de tales y cuales prerrogativas.

§ 2.º Fundación de la Iglesia

138. P. Jesucristo ¿fundó directamente la Iglesia?

R. Sí; el mismo Jesucristo instituyó la Iglesia bajo la forma de una sociedad visible, exterior como las otras sociedades humanas, y gobernada por autoridades legítimas.

Reunió a todos sus discípulos bajo la autoridad de sus apóstoles para hacerles conseguir un fin común, su salvación eterna, mediante el empleo de los mismos medios, la práctica de la religión cristiana.

Tenemos como pruebas:

1º. Las palabras de Jesucristo referidas en el Evangelio;

2º. El testimonio diez y nueve veces secular de la historia;

3º. La misma existencia de esta sociedad fundada por Jesucristo.

1.º Las palabras de Jesucristo prueban la fundación de la Iglesia.

a) Jesucristo promete formalmente fundar una Iglesia, distinta de la Sinagoga, cuando le dice a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» —Las imágenes o los emblemas con que se complacía nuestro Señor Jesucristo en describir su Iglesia futura son los de una sociedad: la Iglesia, en boca de Jesucristo, es un rebaño, una familia, el reino de Dios.

b) Durante los tres años de su vida pública, Jesucristo preparó los elementos de su Iglesia. De entre la muchedumbre que le seguía, eligió, desde luego, doce discípulos, a los que llamó Apóstoles o Enviados; los instruyó de una manera particular, y los consagró Obispos. —Eligió también discípulos de una categoría inferior, en número de setenta y dos, y los envió de dos en dos a predicar el Evangelio. —Finalmente, a la cabeza de sus apóstoles puso a san Pedro como fundamento de su Iglesia y pastor de los corderos y de las ovejas.

c) Antes de subir a los cielos dijo a sus apóstoles: «Como mi Padre me ha enviado, así yo os envío… Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo aquello que os he ordenado: y yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos».

Y en otro lugar: «Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura: el que creyere y fuere bautizado se salvará; el que no creyere será condenado»

Con estas palabras, por una parte, Jesucristo da a sus apóstoles un triple poder:

a) El poder de enseñar: Id, enseñad a todas las naciones… predicad el Evangelio…

b) El poder de santificar: Bautizad a las naciones en el nombre del Padre… el bautismo es la puerta de los otros sacramentos.

c) El poder de gobernar o de dictar leyes: Enseñad a las naciones a guardar todo aquello que os he ordenado.

Jesucristo añade: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos; con lo cual imprime a los poderes de los apóstoles el carácter divino de la infalibilidad y de la perpetuidad hasta el fin de los tiempos.

— Por otra parte, Jesucristo impone a todos los hombres la obligación estricta de someterse a sus apóstoles, cuando dice: «Predicad el Evangelio… el que creyere se salvará; el que no creyere será condenado.» Por consiguiente, todos los hombres que quieran obtener la verdad, la gracia, la salvación eterna, deberán creer en la palabra de los apóstoles, recibir de sus manos los sacramentos y obedecer sus leyes… La Iglesia está allí toda entera con sus poderes y sus prerrogativas.

Hallamos, de hecho, en las palabras del Salvador los cuatro elementos constitutivos de una verdadera sociedad: la pluralidad de los fieles moralmente unidos entre sí por la autoridad de los apóstoles para un fin común, la salvación eterna, mediante el empleo de los mismos medios, la fe en la doctrina de Jesucristo, la recepción de los sacramentos y la obediencia a sus leyes.

Los apóstoles son los gobernantes, y los fieles los gobernados: la unión de unos y otros constituye una verdadera sociedad, que Jesucristo llama su Iglesia.

2.º El testimonio de la historia.

El día de Pentecostés, los apóstoles predican a Jesucristo: tres mil judíos al principio, cinco mil al siguiente día, creen en su palabra, y todos se someten a su autoridad. El número de fieles se multiplica, los apóstoles eligen ministros inferiores, presbíteros, diáconos, a los que imponen las manos para consagrarlos con el sacramento del orden.

Los apóstoles se separan y van a predicar el Evangelio en las diversas partes del mundo: consagran obispos y los establecen como pastores en las iglesias recientemente fundadas. A su muerte, dejan por todas partes sucesores, herederos de su autoridad. y de su ministerio. Éstos, a su vez, consagran otros sucesores, que hacen lo mismo en el transcurso de los siglos. Así la organización primitiva de la sociedad cristiana establecida por Jesucristo permanece indefectible.

3.º La existencia de la Iglesia prueba que Jesucristo es su fundador.

La existencia de la Iglesia es un hecho. Nosotros la hallamos viva en todas las épocas de la historia desde hace diez y nueve siglos. Pues bien, siempre, ya por su nombre, ya por sus instituciones, ya por la sucesión no interrumpida de sus pastores, esa Iglesia reconoce a Jesucristo por su fundador. Luego la misma existencia de la Iglesia, aun prescindiendo de los Evangelios, prueba que Jesucristo la ha fundado. —Véase Bossuet, Discurso sobre la historia universal.

139. P. ¿Por qué nuestro Señor Jesucristo eligió la Iglesia para conservar su religión?

R. Jesucristo eligió la Iglesia porque una sociedad es el medio más apropiado para conservar la religión y el más conforme a la naturaleza del hombre, —esencialmente sociable.

Una religión revelada debe ser enseñada o por Dios mismo, o por hombres delegados a este fin. Pero no conviene a la majestad divina instruir a cada individuo en particular por una revelación también particular, ya que esto sería multiplicar los milagros sin necesidad. Debía, pues, Jesucristo confiar a hombres elegidos el cuidado de transmitir a los otros la religión cristiana.

1.º Para conservar la religión primitiva, Dios no fundó una sociedad religiosa distinta de la familia. El padre era, a la vez, rey y sacerdote: como rey, velaba por la felicidad temporal de la familia; como sacerdote, ofrecía sacrificios a Dios y transmitía a sus descendientes las verdades reveladas. Y esto era tanto más fácil cuanto que estas verdades no eran muy numerosas y los patriarcas vivían mucho más de lo que se vive ahora. Así se conservó la religión primitiva.

2.º La tierra se puebla, las virtudes antiguas desaparecen, los hombres se pervierten, y no teniendo ya por salvaguardia la vida secular de los patriarcas, la familia es incapaz de conservar intacto el depósito de la revelación. Para conservarlo, Dios elige al pueblo judío. Sobre el monte Sinaí, da a ese pueblo la ley escrita, complemento de la revelación primitiva. Establece en esa nación una verdadera Iglesia, creando un sacerdocio distinto del poder paternal y del poder político. Este sacerdocio, encargado de las funciones del culto y de la custodia de los Santos Libros, se perpetúa de generación en generación, y conserva, hasta la venida del Mesías, el depósito de la religión revelada. Es la Sinagoga, la cual, por su constitución, es figura de la Iglesia de Cristo, como lo anuncian las profecías.

Dios pacta una alianza particular con la nación judía, porque en ella debe nacer el Mesías. Pero no por eso los demás pueblos quedan abandonados. Ellos recibieron también la revelación primitiva; mediante sus relaciones con el pueblo judío y la difusión de los Libros Santos participan, más o menos, de las luces de la revelación mosaica: si se pervierten y corrompen, suya es la culpa. Fuera de eso, Dios se propone llamarlos nuevamente al conocimiento de la verdad completa.

3.º Los profetas anuncian que el Redentor reunirá en su reino a los judíos y a los gentiles; el reino del Mesías es la Iglesia, la cual sucede a la Iglesia mosaica. El Antiguo Testamento era sombra y figura del Nuevo… Es así que en tiempo de Moisés había una sinagoga encargada de conservar el depósito de la revelación; luego era conveniente que Jesucristo fundara una Iglesia, encargada del depósito de la doctrina cristiana y destinada a comunicar a todos los pueblos los frutos de la redención consumada en el Calvario.

La Iglesia nueva es más perfecta que la Iglesia antigua. Posee la perfección de la verdad más clara y enriquecida con nuevas revelaciones; la perfección de la ley impulsando a la práctica de virtudes más sublimes; la perfección de los sacramentos, constituidos en señales que causan la gracia; la perfección del sacerdocio, marcado con un carácter más divino, investido de funciones más nobles y de una autoridad más fuerte; la perfección de expansión y de duración: sus límites son los del universo y su duración es la del mundo.

1.º ¿Por qué Jesucristo eligió hombres para la enseñanza de su religión?

a) Una religión revelada debe ser enseñada, porque comprende verdades que creer, leyes que observar y un culto que rendir a Dios. Pero para que el hombre crea verdades, observe leyes o rinda un culto, es menester, previamente, que los conozca.

¿Cómo los conocerá? El hombre puede ser instruido por Dios o por sus semejantes. No es conveniente que Dios renueve la revelación para cada hombre en particular; luego es necesario que el hombre sea instruido por sus semejantes.

El hombre puede ser instruido de viva voz o por escrito. La enseñanza oral es la más conforme a su naturaleza: conviene a todo el mundo. —Es la única posible para los niños, para los hombres que no saben leer y para todos aquellos, y son muchísimos, que no tienen ni gusto ni tiempo para estudiar en los libros.

— Aun los hombres instruidos necesitan de una autoridad segura que les enseñe el verdadero sentido de las enseñanzas escritas. Un libro es letra muerta: es menester que alguien lo explique. «El libro es mudo, dice Platón, es un niño al que se le hace decir todo lo que se quiere, porque su padre no está allí para defenderlo.»

La razón exige para el conocimiento de la religión, como para todas las otras ciencias, un sistema de enseñanza accesible a todos, proporcionado a la edad y a la inteligencia de todos. Sólo la enseñanza oral, dada con autoridad, llena estas condiciones.

Además, la revelación consta de una doble ley: ley para la inteligencia, las verdades que es preciso cree; ley para la voluntad, los deberes que deben ser practicados. Pues bien, estas leyes necesitan interpretación. Todas las sociedades han instituido cuerpos de magistrados encargados de interpretar los códigos. Una ley que dejara de ser explicada, una ley cuya observancia no fuera mantenida por una autoridad visible, dejaría de ser ley. Y como Dios no puede ser inferior en sabiduría a los hombres, debe tomar las mismas precauciones.

b) Aparte de esto, de hecho, Dios ha obrado así durante todo el transcurso de los siglos.

1.º La revelación primitiva, hecha a Adán en el paraíso terrestre, es transmitida por hombres, de generación en generación, hasta Moisés (2.500 años).

2.º En el monte Sinaí, Dios promulga la ley escrita. ¿Quién será el encargado de guardarla, de interpretarla hasta la venida del Mesías? Serán hombres. Aarón y sus descendientes conservan este precioso depósito durante quince siglos.

3.º Jesucristo viene a explicar, desenvolver y perfeccionar la religión. ¿A quién confiará la guarda de ese tesoro? A sus apóstoles, dándoles autoridad infalible para que enseñen su doctrina, promulguen sus leyes y confieran su gracia.

Antes de volver al cielo, reúne a sus apóstoles y les dice: «Como mi Padre me ha enviado, yo os envío. Id, pues, y enseñad a todo el mundo; predicad el Evangelio a toda criatura… Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.» Con estas palabras, Jesucristo da a sus apóstoles el poder de enseñar su religión de una manera infalible y perpetua.

2.º ¿Por qué Jesucristo reunió a sus apóstoles y discípulos en una sociedad religiosa?

Para conformarse a la naturaleza humana. El hombre es un ser esencialmente sociable. No puede nacer sin la sociedad de la familia, no puede ser criado sino en el seno de la sociedad, y no puede vivir sin la sociedad de sus semejantes. —Al hombre, compuesto de cuerpo y alma, le convienen dos sociedades distintas: una que cuide de los intereses del cuerpo, y es la sociedad temporal, el Estado, la Nación, y otra para que vele por los intereses del alma. y es la sociedad espiritual y religiosa.

Además, esta necesidad natural del hombre la vemos traducida en la práctica en el transcurso de todos los siglos y en todos los pueblos. En todas partes el hombre ha creído en Dios, y en todas partes se ha asociado con sus semejantes para rendirle un culto público y social. Por consiguiente, si Dios no hubiera organizado su religión en forma de sociedad, esa religión no habría estado de acuerdo con las tendencias de la naturaleza humana.

El Redentor obra en el orden de la gracia, como el Creador en el orden de la naturaleza. Al principio Dios mismo crió al primer hombre y a la primera mujer, los unió en una sociedad íntima, la familia, y les dijo: «Creced y multiplicaos, y poblad la tierra.» Con estas palabras, Dios proveyó a la conservación de la especie humana hasta el fin del mundo.

De la misma manera, cuando Jesucristo quiso engendrar a sus elegidos, dijo a sus apóstoles: «Id Por todo el universo, Predicad el Evangelio a todas las criaturas… Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.» Con estas palabras, el Salvador crea la Iglesia y asegura a los hombres, hasta el fin del mundo, la transmisión de la vida sobrenatural.

De esta suerte, Dios Creador con una sola ordenación de su voluntad funda la familia, y el niño recibe en esta sociedad la vida natural. Dios Redentor también con una sola disposición crea la Iglesia, y en esta sociedad religiosa y divina el mismo niño recibe la vida sobrenatural.

En virtud de estas dos sentencias creadoras, la orden de Dios se cumple sin cesar: hay hombres que se unen para poblar el mundo, y otros que se asocian para evangelizarlo. Dios, principio de vida, ha hecho brotar dos fuentes de ella: la familia, que da la vida natural y puebla la tierra, y la Iglesia, que comunica su vida sobrenatural y puebla el cielo. Hay perfecta analogía entre el orden de la naturaleza y el de la gracia.

La Religión Demostrada del Padre Hilaire.