REVISTA SACRIFICIUM: VIIIª

ÍNDICE:

Editorial…………………………………………pag. I

Nuevas acometidas del enemigo……………….pag. III

La literatura apócrifa del Nuevo Testamento…..pág. XV

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NUEVAS ACOMETIDAS DEL ENEMIGO

Mientras vamos trabajando por adquirir las virtudes, no permanecen ociosos nuestros enemigos espirituales; vuelven con nuevos bríos al ataque, ya haciendo renacer en nosotros, aunque de modo más mitigado, los siete pecados capitales, ya induciéndonos a la tibieza.

  1. VUELTA DE LOS PECADOS CAPITALES

San Juan de la Cruz describe de maravilla los pecados capitales que se presentan en los que él llama principiantes, o sea, en los que están a punto de entrar en la contemplación por la noche de los sentidos. No haremos sino compendiar su análisis psicológico.

  1. De la inclinación a la soberbia.

Esta inclinación se manifiesta de seis maneras principales:

1) Apuntando al fervor, y fieles a sus ejercicios espirituales, los tales principiantes se complacen en sus obras y hacen harta buena estima de sí mismos; presuntuosos, forman mil proyectos de los que apenas ponen alguno por obra.

2) Hablan de cosas del espíritu, más bien para dar lecciones a los otros que para ponerlas ellos por obra, y condenan duramente a los que no aprueban el espíritu de ellos.

3) Algunos no pueden sufrir rivales a su lado; cuando se presenta alguno, le reprueban y humillan.

4) Procuran agradar a su director y tratan familiarmente con él; y, cuando éste no les aprueba el espíritu, buscan otro que les lleve la corriente. Para mejor salir con ello, empequeñecen sus faltas; y, cuando caen en alguna de importancia, van a confesarla con otro, y no con su director ordinario.

5) Cuando acontece que cometen un pecado mortal, se aíran contra sí mismos y se desaniman, irritados porque aún no son santos.

6) Gustan mucho de señalarse con obras exteriores de piedad y cuentan de muy buen grado a los otros sus buenas obras y adelantos.

De la soberbia nace la envidia, que se manifiesta con movimientos de disgusto al ver el bien espiritual de los demás: padecen los tales cuando los oyen alabar, se entristecen por la virtud ajena y no pierden ocasión de murmurar de los otros.

  1. De los pecados de sensualidad.
  2. A) La gula espiritual se manifiesta de dos maneras:
  3. a) Por un gusto excesivo de las consolaciones; las buscan aun en las mismas penitencias, como la disciplina, por ejemplo, y cansan a su director pidiéndole permiso para imponerse mortificaciones con la esperanza de alcanzar por ahí alguna consolación.
  4. b) Por esa misma razón, hacen algunos grandes esfuerzos de cabeza en la oración o en la comunión para conseguir la devoción sensible; o desean confesarse a menudo para intentar encontrar alguna consolación en ese ejercicio. Muchas veces esos esfuerzos y deseos son en vano; y entonces se apodera el desaliento de tales almas, más apegadas a las consolaciones que al mismo Dios.
  5. B) La lujuria espiritual aparece de dos maneras principalmente:
  6. a) Se procuran amistades sensibles o sensuales con pretexto de devoción, y no querien dejarlas porque se piensa que tales tratos sirven de cebo a la piedad.
  7. b) Algunas veces los consuelos sensibles, que se sienten en la oración o en la comunión, producen, en aquellos que son de natural tierno y amoroso, deleites de otro género, que pueden llegar a ser origen de tentaciones o desasosiegos.
  8. C) La pereza inclina:
  9. a) A sentir enfado en los ejercicios espirituales cuando no hallamos en ellos consuelo sensible, a acortarlos o suprimirlos.
  10. b) A caer en el desaliento cuando los superiores o el director mandan cosas que parecen muy trabajosas: quisiéramos una manera de entender las cosas de espíritu que se acomodara más a nuestro natural modo de ser, que no viniera a contrariarnos en nuestros gustillos y a desbaratar nuestros proyectos.

III. La avaricia espiritual.

Así la describe San Juan de la Cruz:

  1. a) Muchos no se acaban de hartar de oír consejos y preceptos espirituales; y tener y leer muchos libros que traten de esto; y se les va más el tiempo en esto que no en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben.
  2. b) Además, se cargan de imágenes, rosarios y cruces muy curiosas y costosas; ahora dejan unas y toman otras; ahora truecan, ahora destruecan; ya las quieren de esta manera, ya de la otra, aficionándose más a esta que a aquella por ser más curiosa o preciosa. Es evidente que todo esto es contrario al espíritu de pobreza y da a entender al mismo tiempo que se concede excesiva importancia a lo accesorio, mientras que se descuida lo principal de la devoción.

Conclusión. Bien se ve que todas esas imperfecciones estorban mucho para el adelantamiento espiritual. Por eso, dice San Juan de la Cruz, a tales almas las introduce Dios en la noche oscura

  1. LA TIBIEZA

Si no reaccionamos contra las faltas que acabamos de señalar, no tardaremos mucho en caer en la tibieza, que es peligrosa enfermedad espiritual por extremo, y de la que vamos a decir: la naturaleza, los daños y los remedios.

  1. Naturaleza de la tibieza.

Noción. La tibieza es una enfermedad espiritual que igualmente puede atacar a los principiantes que a los perfectos, pero que especialmente se manifiesta a lo largo de la vía iluminativa. Supone realmente haber adquirido ya cierto grado de fervor y dejarse llevar poco a poco hacia el relajamiento.

Consiste la tibieza en cierta especie de relajamiento espiritual, que va parando las energías de la voluntad, inspira horror al esfuerzo y retarda pesadamente los movimientos del vivir cristiano. Es una languidez y entorpecimiento que no es aún la muerte, pero que a la muerte lleva insensiblemente robándonos poco a poco las fuerzas morales. Podríamos compararla con las enfermedades de consunción que, como la tisis, van consumiendo poco a poco alguno de nuestros órganos vitales.

Sus causas. Dos causas principales contribuyen a su desarrollo: una alimentación espiritual deficiente y la invasión de algún germen morboso.

  1. A) Para vivir y crecer en la vida, necesita nuestra alma una buena alimentación espiritual; mas el pasto del alma son los diversos ejercicios espirituales como meditaciones, lecturas, oraciones, exámenes, el cumplimiento de las obligaciones del propio estado, el ejercicio de las virtudes, que la ponen en comunicación con Dios, la fuente del vivir sobrenatural. Si, pues, hiciéramos con negligencia esos ejercicios, si nos dejáramos llevar voluntariamente de las distracciones, si no nos revolviéramos contra la rutina y la flojera, nos privaríamos de muchas gracias, nos alimentaríamos poco, se apoderaría de nosotros la debilidad, no tendríamos fuerzas para el ejercicio de las virtudes cristianas por muy poco difíciles de practicar que estas fueran.

Notemos de pasada que ese estado es muy distinto de la sequedad o de las probaciones divinas. En estas, en vez de dejarnos llevar de las distracciones, nos duele el tenerlas, nos avergonzamos de ellas y trabajamos seriamente para librarnos de ellas. En el estado de tibieza, por el contrario, damos fácil entrada a mil pensamientos inútiles, nos complacemos en ellos, apenas hacemos algo para lanzarlos y no tardan las distracciones en ocupar casi por entero el tiempo de nuestra oración.

Y entonces, al ver el poco provecho que sacamos de tales ejercicios, empezamos por acortarlos para acabar suprimiéndolos. Así el examen de conciencia, tornándose enojoso y molesto, y haciéndolo por pura rutina, acaba por dejarse; ya no llevamos cuenta de las faltas e imperfecciones, y las dejamos que corran a su sabor. Ya no ponemos cosa de nuestra parte para alcanzar las virtudes y muy pronto reverdecen los vicios y las malas inclinaciones.

  1. B) El resultado de semejante apatía espiritual es el progresivo debilitamiento del alma, una especie de anemia espiritual que prepara el organismo para la invasión de un germen morboso, o sea, de alguna de las tres concupiscencias o, a veces, de las tres juntas.
  2. a) Mal guardadas las puertas del alma, los sentidos exteriores y los interiores dejan fácil paso a las sugestiones malsanas de la curiosidad y de la sensualidad, y se alzan con frecuencia tentaciones que no se rechazan sino a medias. Luego hacen presa en el corazón algunas aficiones que ponen un tanto de turbación; se pasa a cometer imprudencias; se juega con el peligro; se van amontonando los pecados veniales, de los cuales apenas nos dolemos; nos dejamos llevar cuesta abajo hasta llegar al borde del abismo, y por muy dichosos hemos de tenernos si nos damos alguna cuenta de ello.
  3. b) Además, la soberbia, jamás bien dominada, vuelve al ataque: se complace el alma en sí misma, en sus buenas cualidades, en sus triunfos externos. Para ensalzarse aún más, se compara con otros más relajados aún y menosprecia, como a gentes de corto entendimiento y meticulosos, a los que ve que son observantes. La soberbia trae consigo la envidia, los celos, movimientos de impaciencia y de ira y aspereza en el trato con el prójimo.
  4. c) La codicia se reaviva: se hace necesario el dinero para gozar un poco más y para lucir; para procurárselo en mayor cantidad, se acude a procedimientos poco delicados, poco honrados, que rayan en la injusticia.

De ahí nacen muchos pecados veniales deliberados, de los que apenas nos dolemos porque poco a poco se van extinguiendo la luz del juicio y la delicadeza de la conciencia. Se vive realmente en habitual disipación y se hacen muy a la ligera los exámenes de conciencia. Con eso va amortiguándose el horror al pecado mortal; van siendo más raras las gracias divinas y se aprovecha menos de ellas el alma; se debilita en suma todo el organismo espiritual y la consiguiente anemia prepara para vergonzosas concesiones.

Sus grados.

De cuanto hemos dicho se sigue haber muchos grados en la tibieza; pero en la práctica basta con distinguir la tibieza incipiente de la consumada.

  1. a) En el primer caso, aún se conserva el horror al pecado mortal aunque se cometen imprudencias que pueden llevar a él; pero se comete con mucha facilidad el pecado venial deliberado, especialmente el que se refiere a la pasión dominante; además, apenas se pone cuidado en los ejercicios de piedad y muchas veces se hacen por pura costumbre.
  2. b) Efecto de tantos culpables descuidos, se pierde el horror instintivo al pecado mortal; por otra parte, crece el amor del deleite en tal manera que nos duele que este o el otro deleite estén prohibidos bajo pena de pecado mortal. No se rechazan sino blandamente las tentaciones; y llega un punto en que el alma se pregunta, no sin razón, si no habrá perdido el estado de gracia: ya es esta la tibieza consumada.
  3. Daños de la tibieza.

El daño especial del estado de tibieza es el debilitamiento progresivo de las fuerzas del alma, más nocivo aún que un pecado mortal aislado. En ese sentido dice Nuestro Señor al tibio: «Conozco bien tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca; porque estás diciendo: Yo soy rico y hacendado, y de nada tengo falta; y no conoces que eres un desdichado, y miserable, y pobre, y ciego y desnudo». Esa misma es la diferencia que se advierte entre las enfermedades crónicas y las agudas: estas, una vez que se sana de ellas, apenas dejan rastro en el organismo; pero aquellas, como debilitaron lentamente el cuerpo, le mantienen durante largo tiempo en estado de gran debilidad. Procuraremos demostrarlo más detalladamente.

1º. El primer efecto de la tibieza es una especie de ceguera de la conciencia: del continuo querer excusar y tapar las propias faltas, se llega a juzgar falsamente y a considerar como leves, faltas de suyo graves; se forma así una conciencia relajada que no ve la gravedad de las imprudencias o de los pecados que se cometen, que ya no reacciona para detestarlos y que cae en culpables errores: «Un camino hay que al hombre le parece camino real y derecho; y no obstante le conduce a la muerte: est via qua videtur homini justa, novissima autem ejus ducunt ad mortem«. Se cree el alma rica porque es soberbia, y realmente es pobre y miserable ante los ojos de Dios.

2º. De aquí nace un debilitamiento progresivo de la voluntad.

  1. a) Por las muchas concesiones hechas a la sensualidad y a la soberbia en mil cosas menudas, se llega a seguir el deleite en las de mayor importancia. Porque así pasa en la vida espiritual. La Escritura nos dice que quien no cuida de las cosas pequeñas vendrá a caer; y quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho; y quien falta a la justicia en las cosas pequeñas, faltará también en las grandes. Todo lo cual quiere decir que el cuidado o el descuido en ciertas obras redundan en otras análogas.
  2. b) Pronto se empieza a sentir fastidio en el esfuerzo: aflojados los resortes de la voluntad, se deja el alma ir por la cuesta abajo de la naturaleza, del no hacer caso de nada, del amor al deleite. Y esta cuesta abajo es tan peligrosa que, si no se hace nada por volverla a subir, acaba en pecados graves.
  3. c) Porque obrando de esa suerte se abusa de las gracias, se resiste a las inspiraciones del Espíritu Santo; y con esto se da más fácilmente oído a la voz del deleite; se cede a las malas inclinaciones y el fin es pecar gravemente.

Esa caída es tanto más difícil de reparar cuanto que es casi sin sentir; nos vamos escurriendo, pudiéramos decir, hasta el fondo del abismo mansamente y sin bruscas sacudidas. Entonces procuramos engañarnos: ponemos empeño en persuadirnos de que el pecado no es sino venial y que, aunque la materia fue grave, no consentimos enteramente; caímos en ello por sorpresa y no puede ser mortal.

Se falsea de esta manera la conciencia y no nos confesamos sino de cosas de poca monta, como anteriormente. Engañamos con eso al confesor y pudiera ser esto el comienzo de una larga serie de sacrilegios. Cuando una pelota cae desde lo alto, rebota; pero si va deslizándose hasta el fondo del abismo, allí se queda. Lo mismo acontece con las almas tibias. Importa mucho, pues, señalar los remedios.

III. Remedios de la tibieza.

El mismo Señor Nuestro señala los remedios de la tibieza: «Te aconsejo que compres de mí el oro afinado en el fuego con que te hagas rico (el oro de la caridad y del fervor) y te vistas de ropas blancas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez (pureza de conciencia) y unge tus ojos con colirio para que veas (claridad consigo mismo y con el confesor). Yo a los que amo los reprendo y castigo. Arde, pues, en celo y haz penitencia. He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno escuchare mi voz y me abriese la puerta, entraré a él y con él cenaré y él conmigo«. No hemos, pues, de desesperar: Jesús está siempre pronto a volvernos a su amistad y a su intimidad si nos convertimos a él. Para hacerlo así:

1º. Es necesario acudir con frecuencia a un sabio confesor, manifestarle abiertamente el alma y pedirle de veras que sacuda nuestra pereza; y recibir y seguir sus consejos con energía y constancia.

2º. Dirigidos por él, volveremos a la práctica fervorosa de los ejercicios de piedad, en especial de aquellos que son los que aseguran los demás, de la oración, el examen de conciencia y el ofrecimiento repetido de nuestras obras. El fervor de que se trata no es el fervor sensible, sino la generosidad de la voluntad que cuida de no negar a Dios cosa alguna.

3º. Volveremos a ejercitarnos asiduamente en las virtudes y en las obligaciones del propio estado, haciendo por orden el examen particular sobre los puntos principales y dando cuenta de ello en la confesión.

Con eso recobraremos el fervor; y tendremos en cuenta que los pecados pasados exigen una satisfacción por medio del espíritu y las obras de penitencia.

La literatura apócrifa del Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento ofrece poca información sobre la infancia de Nuestro Señor, sobre la vida y muerte de su Madre y sobre los viajes misioneros de los Apóstoles. No es de extrañar, pues, que hubiera imaginaciones piadosas que trataran de aportar los detalles que faltan. Con la finalidad de edificar, el proceso de creación de leyendas encontró campo libre. Por su parte, los herejes sintieron la necesidad de recurrir a narraciones evangélicas para apoyar sus doctrinas, particularmente los gnósticos. Merced a ello, alrededor de los libros canónicos de las Escrituras surgió una colección de leyendas que forman lo que llamamos Apócrifos del Nuevo Testamento. Evangelios, apocalipsis, cartas y hechos de los Apóstoles, toda una literatura no canónica hace su aparición como contrapartida de los escritos canónicos.

Originalmente, la palabra apócrifo no significaba lo que es espurio o falso, al menos en la mente de los primeros que emplearon esta palabra. Algunas de esas obras pasaban entonces como canónicas, según atestiguan San Jerónimo (Epist. 107, 12, y Prol. gal. in Samuel et Mal) y San Agustín (De civitate Dei 15,23,4).

Al principio, un apócrifo revestía un carácter demasiado sagrado y misterioso para que fuera conocido de todo el mundo. Debía estar escondido (apocryphos) al gran público y permitido solamente a los iniciados de la secta. A fin de ser aceptados, estos libros aparecían ordinariamente bajo el nombre de un apóstol o de un piadoso discípulo de Jesús. Cuando se conoció la falsedad de tales atribuciones, la palabra apócrifo adquirió el significado de espurio, falso, de algo que hay que rechazar.

Aun el más superficial de los lectores de estos escritos se da cuenta de su inferioridad en relación con los libros canónicos. Abundan en ellos los relatos de presuntos milagros que a veces rayan en lo absurdo. Sin embargo, los apócrifos son de suma importancia para el historiador de la Iglesia, ya que aportan valiosa información sobre las tendencias y costumbres propias de la primitiva Iglesia. Representan, además, los primeros ensayos de la leyenda cristiana, de las historias populares y de la literatura novelesca. Son asimismo necesarios para entender el arte cristiano. Los mosaicos de Santa María la Mayor en Roma y los relieves de los sarcófagos cristianos antiguos se inspiran en ellos. Las miniaturas de los libros litúrgicos y las vidrieras de las catedrales medievales serían indescifrables si se hiciera caso omiso de ellos. Su influencia sobre los misterios y milagros posteriores fue también considerable. El mismo Dante los usó para las escenas escatológicas de la Divina comedia. Poseemos, pues, en ellos una fuente pintoresca y de primera mano para la historia del pensamiento cristiano.

  1. R. James ha dado un juicio atinado sobre el lugar que ocupan en la historia de la literatura cristiana:

Todavía hay gente que dice: “Al fin y al cabo, estos evangelios y actas apócrifos, como los llamáis, son tan interesantes como los antiguos. Ha sido sólo obra del azar o del capricho el que no se les incluyera en el Nuevo Testamento.” La mejor respuesta a estas habladurías ha sido siempre, y sigue siendo, abrir tales libros y dejar que hablen por sí mismos. Pronto se echará de ver que no cabe pensar en que alguien los haya excluido del Nuevo Testamento: ellos se han excluido a sí mismos. “Mas — puede alguien objetar — si estos escritos no valen ni como libros históricos ni como libros de religión y ni siquiera de literatura, ¿por qué perder tiempo y trabajo en darles una importancia que, a su juicio, no merecen?” En parte, para permitir a los demás formarse un juicio sobre ellos, aunque no es ésta la razón principal. La verdad es que no se deben considerar los apócrifos desde el punto de vista que ellos reclaman para sí. Bajo cualquier otro aspecto tienen un interés grande y duradero…

Si no son buenas fuentes históricas en un sentido, lo son en otro. Recogen las ilusiones, las esperanzas y los temores de los hombres que los escribieron; enseñan lo que era aceptado por los cristianos incultos de los primeros siglos, lo que les interesaba, lo que admiraban, los ideales que acariciaban en esta vida, lo que ellos creían poder hallar en esos textos. Además, no tienen, precio como género folklórico y novelesco; a los aficionados y estudiosos de la literatura y arte medievales revelan las fuentes de una parte muy considerable de su materia y la solución de más de un problema. Han ejercido, en verdad, una influencia (totalmente desproporcionada a sus méritos intrínsecos) tan grande y tan dilatada, que no puede ignorarlos ninguno que se preocupe de la historia del pensamiento y del arte cristianos (The Apocryphal New Testament [Oxford 1924] XI, XIII).

  1. Primeras Interpolaciones Cristianas en los Apócrifos del Antiguo Testamento.

La costumbre de imitar los libros bíblicos se remonta a tiempos anteriores al cristianismo. Los autores de esos escritos apócrifos atribuyeron sus obras a algún personaje importante y les señalaron fechas muy anteriores a la suya. Así fue como tuvo origen, en el siglo II antes de Cristo, el Tercer libro de Esdras, que reconstruye la historia de la decadencia y caída del reino de Judá desde los tiempos de Josías.

El Cuarto libro de Esdras es la continuación de esta obra en la era cristiana. Este último libro, compuesto al tiempo de la destrucción de Jerusalén, refleja bastante las esperanzas cristianas y ejerció notable influencia en la formación de la escatología cristiana. No es, pues, de extrañar que fuera considerado como libro canónico.

De manera semejante se formó la literatura de Enoc. Consiste ésta en una colección de apocalipsis, cuyo meollo, capítulos 1-36 y 72-104, tiene su origen en el siglo II antes de Cristo. Es probablemente la pieza más antigua de la literatura Judía que trata de la resurrección general de Israel. Debido a las interpolaciones de los autores cristianos, durante el primer siglo de nuestra era, el Libro de Enoc creció en volumen. Merece notarse aquí, en particular, que la primera referencia al milenio la encontramos en los capítulos 32,2-33,3 de los Secretos de Enoc (en eslavo). Interpolaciones semejantes se encuentran en los Testamentos de los doce patriarcas, obra complicada que pretende conservar las últimas palabras de los doce lujos de Jacob, y en el Apocalipsis de Baruc.

El ejemplo más importante de adaptación cristiana de escritos judíos es la Ascensión de Isaías. La base de este valioso documento de fines del primer siglo o principios del segundo la forma un grupo de leyendas judías que tratan de Beliar y del martirio del profeta Isaías. La segunda parte (c.6 al 11) es una rapsodia de los siete cielos y de la encarnación, pasión, resurrección y ascensión de Cristo tal como las viera Isaías cuando fue arrebatado al cielo. Esta parte es, a no dudarlo, de origen cristiano. Además de contener profecías relativas a Cristo y a su Iglesia, hace una descripción inconfundible del emperador Nerón y es, además, de particular importancia por ser el testimonio más antiguo que poseemos sobre el género de muerte que sufrió Pedro. El texto completo de este Apocalipsis existe solamente en etiópico. Se conservan también extensos fragmentos en griego, latín y eslavo.

  1. Evangelios Apócrifos.
  2. El Evangelio según los Hebreos

En su obra De viris illustribus (c.2), San Jerónimo, hablando de Santiago, el hermano del Señor, dice lo siguiente:

También el Evangelio llamado según los Hebreos, traducido recientemente por mí al griego y al latín, y del que Orígenes se sirve con frecuencia, después de la resurrección del Salvador refiere: “El Señor, después de haber dado la sábana al criado del sacerdote, se fue a Santiago y se le apareció” (pues es de saber que Santiago había hecho voto de no comer pan desde el momento en que bebió del cáliz del Señor hasta tanto que le fuera dado verle resucitado de entre los muertos), y asimismo poco después: “Traed, dijo el Señor, una mesa y pan,” e inmediatamente añade: “Tomó el pan y lo bendijo y lo partió y se lo dio a Santiago el Justo, diciéndole: Hermano mío, come tu pan, porque el Hijo del Hombre ha resucitado de entre los muertos.”

El Evangelio según los Hebreos, del que Jerónimo cita este interesante pasaje, fue escrito originalmente en arameo, pero con caracteres hebreos. En tiempo de Jerónimo el texto original estaba en la biblioteca de Cesárea, en Palestina. Tanto los ebionitas como los nazarenos hacían uso de este evangelio, y de ellos obtuvo Jerónimo un ejemplar para sus traducciones griega y latina. El que lo usaran los cristianos palestinenses que hablaban hebreo (arameo) explica la razón del título según los Hebreos. Ello explica también que sea Santiago “el hermano del Señor,” el representante del cristianismo estrictamente judío, la figura central de la narración de la Pascua, contra lo que dicen los textos canónicos. En tiempo de Jerónimo muchos creían que este evangelio apócrifo era el original hebreo del evangelio canónico de Mateo, mencionado por Papías (Eusebio, Hist. eccl. 3,39,16; 6,25,4; Ireneo, 1,1). De hecho, los pocos fragmentos que quedan revelan estrechas relaciones con Mateo. Según la conclusión más segura, este Evangelio según los Hebreos sería probablemente una especie de revisión y prolongación del evangelio canónico de Mateo. El pasaje citado más arriba muestra que había en él frases de Jesús que no están en nuestros evangelios canónicos. Este rasgo característico lo atestiguan también, además de Jerónimo, otros escritores; por ejemplo, Eusebio (Teofanía 22):

El evangelio que ha llegado hasta nosotros en caracteres hebreos no lanzaba la amenaza contra el que escondió (su talento), sino contra el que vivió disolutamente; porque (la parábola) distinguía tres siervos: uno que había consumido la hacienda de su señor con meretrices y flautistas; otro que había hecho rendir mucho a su trabajo, y otro que había escondido su talento, y cómo, al final, uno fue recibido, otro fue tan sólo amonestado, y otro encerrado en la cárcel.

Este evangelio apócrifo debió de ser compuesto en el siglo II, porque Clemente de Alejandría lo usó ya en sus Siromala (2,9,45) en el último cuarto del mismo siglo.

  1. El Evangelio de los egipcios

Para el llamado Evangelio de los egipcios, nuestra principal fuente de información es nuevamente, Clemente de Alejandría. Su nombre parece indicar estaba en uso entre los cristianos de Egipto. Así se explicaría que lo conocieran Clemente de Alejandría y Orígenes. El Evangelio de los egipcios pertenece a aquella clase de apócrifos que fueron escritos para apoyar ciertas herejías. Lo más probable es que sea de origen gnóstico. Sus elementos doctrinales más característicos demuestran un prejuicio sectario y herético. Clemente de Alejandría nos ha conservado algunas sentencias de Jesús, sacadas de la conversación del Señor con Salomé, que son la mejor prueba de sus tendencias:

A Salomé, que preguntaba: “¿Durante cuánto tiempo estará en vigor la muerte?,” el Señor (sin querer con ello decir que la vida sea mala o la creación perversa) le dijo: “Mientras vosotras, las mujeres, sigáis engendrando” (Stromata III 6,45). Y los que por medio de una abstinencia aparentemente legítima se oponen a la acción creadora de Dios, aducen también aquellas palabras dirigidas a Salomé que mencioné antes. Están contenidas, según pienso, en el Evangelio según los egipcios.

Y afirman que dijo el Salvador en persona: “He venido a destruir las obras de la mujer.” “De la mujer,” esto es, de la concupiscencia; “las obras de ella,” esto es, la generación y la corrupción (Stromata III 9,63). Y ¿por qué no citan las demás cosas dichas a Salomé estos que se pliegan a cualquier norma mejor que a la evangélica, que es la verdadera? Pues habiendo dicho ella: “Bien hice, por tanto, al no engendrar,” tomando la generación como cosa no conveniente, replica el Señor diciendo: “Puedes comer cualquier hierba, pero la que es amarga no la comas” (Stromata II 9,66). Por eso dice Casiano: Preguntando Salomé cuándo llegarían a realizarse aquellas cosas de que había hablado, dijo el Señor: “Cuando holléis la vestidura del pudor y cuando los dos vengan a ser una sola cosa, y el varón, juntamente con la hembra, no sea ni varón ni hembra” (Stromata III BAC 148,59-60).

  1. El Evangelio ebionita.

El Evangelio ebionita es probablemente el Evangelio de los Apóstoles de que habla Orígenes (Hom. in Luc. 1). En este caso, habría que datarlo, con toda verosimilitud, en los primeros años del siglo III. Jerónimo se equivocó evidentemente al identificarlo con el Evangelio según los Hebreos, si bien A. Schmidtke defiende esta opinión.

Todo lo que sabemos del Evangelio de los ebionitas se lo debemos a Epifanio (Adv. haer. 30,13-16,22), que nos ha conservado algunos fragmentos. A juzgar por ellos, fue escrito en favor de una secta opuesta al sacrificio. Por eso pone en boca de Jesús estas palabras: “He venido a abolir los sacrificios, y, si no dejáis de sacrificar, no se apartará de vosotros mi ira” (30,16).

  1. El Evangelio según Pedro.

Un fragmento importante de este evangelio fue descubierto en 1886-87 por Bouriant, en la tumba de un monje, en Akhmin, en el Alto Egipto. Lo publicó, con su traducción, en 1892. Relata la pasión, muerte y sepultura de Jesús, y embellece la narración de su resurrección con detalles interesantes sobre los milagros que la siguieron. El escrito adolece ligeramente de docetismo. Quizá sea ésta la razón que motivó el cambio de las palabras de Jesús en la cruz “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?,” por estas otras: “Poder mío, Poder mío, ¿por qué me has abandonado?” Otro detalle interesante: es Herodes, y no Pilatos, quien da la orden de ejecución. De este modo la responsabilidad de la muerte de Jesús recae enteramente sobre los judíos. Pero sigue siendo dudoso el origen herético de este evangelio. Las insignificantes huellas de sectarismo que presenta son tan escasas, que no bastan a convencer. Parece que el autor alteró las narraciones de los evangelios canónicos, adaptándolas libremente.

Se hallan referencias del Evangelio según Pedro en los escritores eclesiásticos. Orígenes es el primero que lo menciona en su Comentario sobre Mateo (10,17). Refiere que algunos, basándose en una “tradición del evangelio llamado según Pedro” creyeron que los llamados “hermanos de Jesús” eran hijos de José habidos de una primera esposa, con la cual vivió antes de casarse con María. Eusebio afirma que el obispo Serapión de Antioquía rechazó este evangelio hacia el año 190 por su sabor doceta. No puede ser, pues, posterior a la segunda mitad del siglo II.

  1. El Evangelio de Nicodemo.

El deseo de minimizar la culpa de Pilatos, que hemos visto en el Evangelio según Pedro, es prueba del vivo interés con que la antigüedad cristiana miraba a este personaje. El Evangelio de Nicodemo es otra prueba más del lugar de distinción que Poncio Pilatos ocupó en el pensamiento del cristianismo primitivo. A esta narración se incorporaron, además, los llamados Hechos de Pilatos, un supuesto informe oficial del procurador referente a Jesús. Parece que ya a principios del siglo II se conocían unos Hechos de Pilatos. Después de haber mencionado la pasión y crucifixión de Jesús, el mártir Justino observa en su primera Apología (35): “De que todas estas cosas hayan sucedido puedes cerciorarte por los Hechos de Poncio Pilatos.” Otra afirmación parecida vuelve a hacerse en el capítulo 48.

Tertuliano se refiere dos veces al informe que Pilatos mandó a Tiberio. Según él, Poncio Pílalos informó al emperador sobre la injusta sentencia de muerte que él había pronunciado contra una persona inocente y divina; el emperador quedó tan impresionado por la narración de los milagros de Jesús y de su resurrección, que propuso que Cristo fuera admitido entre los dioses de Roma, a lo que se opuso el Senado (Apologeticum 5). En otro lugar Tertuliano dice que “toda la historia de Cristo fue relatada al César — en aquel entonces Tiberio — por Pilatos, siendo ya cristiano en lo íntimo de su corazón” (Apol. 21,24). Observamos aquí el empeño de hacer del procurador romano un testigo de la muerte y resurrección de Cristo, como también de la verdad del cristianismo.

La misma tendencia sería la que dio origen a los llamados Hechos de Pilatos que forman parte del Evangelio de Nicodemo. Tal como actualmente lo tenemos, comprende tres partes. La primera (c. l al 11) expone con todo detalle el juicio, crucifixión y sepultura de Cristo. Esta es la parte que lleva por título Acta Pilati. La segunda (c. 12 al 26) describe los debates que tuvieron lugar en el Sanedrín acerca de la resurrección de Cristo, y viene a ser una añadidura a los Acta Pilati. La tercera parte (c.17 al 27) se titula “Descensus Christi ad inferos.” Pretende ser la narración del descendimiento de Cristo al infierno, hecha por dos testigos, los “hijos de Simeón,” que resucitaron de entre los muertos después de haber visto a Cristo en el Hades.

Toda la obra, que en un manuscrito latino posterior se llama Evangelium Nicodemi, debió de ser compuesta a principios del siglo V; mas parece una compilación de materiales más antiguos. Eusebio cuenta que durante la persecución de Maximino Daia, en 311 ó 312, el gobierno romano difundió falsificaciones paganas de estos Hechos de Pilatos a fin de excitar el odio contra los cristianos:

Habiendo, ciertamente, falsificado las Memorias de Pilatos y de nuestro Salvador, llenas ahora de toda clase de blasfemias contra Cristo, las mandaron, con la aprobación de sus superiores, por todos sus dominios, con edictos ordenando que en todo lugar, en la ciudad lo mismo que en el campo, se pusieran en público y que los maestros de primera enseñanza obligaran a sus niños a estudiarlas y aprenderlas de memoria, en vez de sus lecciones (Hist. Eccl. 9,5,1; cf. 1,9,1; 1,11,9; 9,7,1).

Es muy posible que los Hechos de Pilatos que integraban el Evangelium Nicodemi fueran originariamente escritos con el fin de contrarrestar los malos efectos de esas actas paganas. La pieza más antigua de la literatura cristiana sobre Pilatos parece ser el “Informe de Pilatos al emperador Claudio,” que está añadido, en griego, a las Actas de Pedro y Pablo, de composición más reciente y del cual hay una traducción latina en forma de apéndice al Evangelium Nicodemi. Es probable que este informe sea el mismo que menciona Tertuliano. Caso de ser así, habría sido compuesto antes del año 197, que es la fecha del Apologeticum de Tertuliano. He aquí la traducción:

Poncio Pílalos a Claudio, salud.

“Acaeció últimamente un asunto que yo mismo aclaré (o decidí): los judíos, por envidia, se han castigado a sí mismos y a su posteridad con terribles juicios por culpa propia. Había sido anunciado a sus padres que su Dios mandaría del cielo a su Santo, que tendría derecho a ser llamado rey de los judíos; les prometió que lo enviaría a la tierra por medio de una virgen”.

“Vino, pues, siendo yo gobernador de Judea. Y le vieron cómo daba vista a los ciegos, limpiaba a los leprosos, curaba a los paralíticos, expulsaba a los demonios de los hombres, resucitaba a los muertos, calmaba a los vientos, andaba por encima de las olas del mar a pie enjuto y hacía otras muchas maravillas, y a todo el pueblo judío que le aclamaba como Hijo de Dios. Pero he aquí que los príncipes de los sacerdotes, movidos contra él por envidia, le prendieron y me lo entregaron y presentaron contra él, una tras otra, muchas falsas acusaciones, diciendo que era un hechicero y hacía cosas contrarias a la ley.

Yo, pues, creyendo que todo eso era verdad, le mandé azotar y le entregué a su capricho; ellos le crucificaron, y, una vez enterrado, pusieron guardias. Sin embargo, mientras mis soldados vigilaban, él se levantó de nuevo al tercer día; pero la malicia que ardía en los corazones de los judíos era tan grande, que dieron dinero a los soldados, diciéndoles: Decid que sus discípulos se llevaron su cuerpo. Mas ellos, a pesar de haber recibido el dinero, fueron incapaces de guardar silencio sobre lo que acababa de suceder, y atestiguaron que lo vieron resucitado y que recibieron dinero de los judíos. Y yo he informado sobre estas cosas (a tu majestad), no sea que algún otro te mienta y te parezca que debes dar crédito a las falsas historias de los judíos.”

Los demás Informes de Pílalos apócrifos, como, por ejemplo, la Anaphora Pilati, la Carta de Pilatos a Tiberio, la Paradosis Pilali, o sea, la sentencia contra Pilatos dictada por el emperador, y la correspondencia entre Pilatos y Herodes, pertenecen todos a la Edad Media.

Los Hechos de Pilatos del Evangelium Nicodemi, que se conservan en griego y en traducciones siríaca, armenia, copla, árabe y latina, tuvieron consecuencias muy curiosas. Los cristianos de Siria y Egipto veneraron a Pilatos como santo y mártir, y aun hoy día sigue en el calendario litúrgico de la iglesia copta. Durante la Edad Media, la influencia de los Hechos en la literatura y en el arte fue enorme.

  1. El Protoevangelio de Santiago.

El Protoevangelio de Santiago pertenece al grupo de los Evangelios de la infancia, que relatan bastante extensamente la adolescencia de la Virgen María y el nacimiento e infancia de Jesús. El término Proloevangelium es moderno: fue usado por primera vez, como título del Evangelio de Santiago, en 1552, en una traducción latina de Guillaume Postel. La primera referencia al Libro de Santiago la encontramos en Orígenes; dice que este libro hace de “los hermanos del Señor” hijos de José habidos de una primera mujer. Pero ya antes de Orígenes, Clemente de Alejandría, su maestro, y Justino Mártir refieren incidentes relativos al nacimiento de Jesús que también se relatan en el Protoevangelio.

El libro es, probablemente, de mediados del siglo II; en todo caso, es cierto que existía al finalizar el siglo. Contiene la narración más antigua del nacimiento milagroso y de la infancia y adolescencia de la Virgen María. En él aparecen por vez primera los nombres de los padres de María, Joaquín y Ana. Es interesantísimo el relato de la consagración de la Virgen y de su presentación en el templo, adonde fue llevada por sus padres a la tierna edad de tres años (c. 6-8):

Y día a día la niña se iba robusteciendo. Al llegar a los seis meses, su madre la dejó sobre la tierra para ver si se tenía; y ella, después de andar siete pasos, volvió al regazo de su madre. Esta la levantó, diciendo; “Vive el Señor, que no andarás más por este suelo hasta que te lleve al templo del Señor.” Y le hizo un oratorio en su habitación y no consintió que ninguna cosa común e impura pasara por sus manos. Llamó, además, a unas doncellas hebreas, vírgenes todas; y éstas la entretenían.

Al cumplir la niña un año, dio Joaquín un gran banquete, invitando a los sacerdotes, a los escribas, al sanedrín y a todo el pueblo de Israel. Y presentó la niña a los sacerdotes, quienes la bendijeron con estas palabras: “¡Oh Dios de nuestros padres!, bendice a esta niña y dale un nombre glorioso y eterno por todas las generaciones.” A lo cual respondió todo el pueblo: “Así sea, así sea. Amén.” La presentó también Joaquín a los príncipes de los sacerdotes, y éstos la bendijeron así: “¡Oh Dios altísimo!, pon tus ojos en esta niña y otórgale una bendición cumplida, de esas que excluyen las ulteriores.”

Su madre la llevó al oratorio de su habitación y le dio el pecho. Entonces compuso un himno al Señor Dios, diciendo: “Entonaré un cántico al Señor mi Dios, porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos y me ha dado un fruto santo, que es único y múltiple a sus ojos. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd todas las doce tribus de Israel: Ana está amamantando.”

Y habiendo dejado a la niña, para que reposara, en la cámara donde tenía su oratorio, salió y se puso a servir a los comensales. Estos, una vez terminado el convite, se fueron regocijados y alabando al Dios de Israel.

Mientras tanto, iban sucediéndose los meses para la niña. Y, al llegar a los dos años, dijo Joaquín a Ana: “Llevémosla al templo del Señor para cumplir la promesa que hicimos, no sea que el Señor nos la reclame y nuestra ofrenda resulte ya inaceptable ante sus ojos.” Ana respondió: “Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que la niña vaya a tener añoranza de nosotros.” Y Joaquín respondió: “Esperemos.” Al llenar a los tres años, dijo Joaquín: “Llamad a las doncellas hebreas que están sin mancilla y que tomen sendas velas encendidas para que la acompañen, no sea que la niña se vuelva atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de Dios.” Y así lo hicieron, mientras iban subiendo al templo de Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de haberla besado, la bendijo y exclamó: “El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel.” Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó con sus piececitos, haciéndose querer por toda la casa de Israel.

Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una palomica, recibiendo alimento de manos de un ángel.

Pero, al llegar a los doce años, los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo: “He aquí que María ha cumplido sus doce años en el templo del Señor, ¿qué habremos de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario? Y dijeron al sumo sacerdote: “Tú, que tienes el altar a tu cargo, entra y ora por ella; y lo que te dé a entender el Señor, eso será lo que hagamos” (BAC 148,155-160).

El evangelio sigue relatando el casamiento de María con José, que por entonces era ya viejo y tenía hijos. También se explican detalladamente el nacimiento de Jesús en una cueva y los milagros que le acompañaron, de una extravagancia sin igual.

El fin principal de toda la obra es probar la virginidad perpetua e inviolada de María antes del parto, en el parto y después del parto. Por eso bebe “del agua de la prueba del Señor,” a fin de apartar de sí toda sospecha (c. 16). Su virginitas in partu es atestiguada por una comadrona que estuvo presente en el alumbramiento (c. 20). Parece que Clemente de Alejandría conoció este evangelio o su fuente legendaria, pues dice en los Stromata (7,93,7): “Después que ella hubo dado a luz, algunos dicen que la atendió una comadrona y se descubrió que era virgen.”

El evangelio termina con el relato del martirio de Zacarías, padre de San Juan Bautista, y de la muerte de Herodes. Al final de todo hay una declaración referente al autor del evangelio: “Y yo, Santiago, que he escrito esta historia en Jerusalén cuando estallaron alborotos con ocasión de la muerte de Herodes, me retiré al desierto hasta que se apaciguó el motín, glorificando al Señor, mi Dios, que me concedió la gracia y la sabiduría necesarias para componer esta narración.”

Evidentemente el autor trata de dar la impresión de que él es el mismísimo Santiago el Menor, obispo de Jerusalén. Quién fuera en realidad, no es posible averiguarlo. Su ignorancia de la geografía de Palestina es sorprendente; por otra parte, se nota en sus narraciones una gran influencia del Antiguo Testamento. Esto viene a indicar que se trata de un cristiano de origen judío que vivía fuera de Palestina, tal vez en Egipto.

En su forma actual, este evangelio no puede ser obra de un solo autor. Los incidentes de la muerte de Zacarías y de la fuga de Juan Bautista se ve que fueron añadidos posteriormente. El hilo de la narración aparece truncado varias veces.

Así, en el capítulo 18, José aparece bruscamente y empieza a hablar sin haber sido introducido.

La forma actual del texto griego data del siglo IV, pues lo utilizó Epifanio a fines del mismo siglo. El Protoevangelio alcanzó una gran difusión, como lo demuestra el hecho de que se conserven unos treinta manuscritos del texto griego. Poseemos, además, antiguas traducciones en siríaco, armenio, copto y eslavo. Con todo, no ha aparecido todavía ningún manuscrito latino de este evangelio.

El Decretum Gelasianum de libris recipiendis et non recipiendis, del siglo VI, condena el escrito como herético. No obstante, no cabe exagerar al hablar de la influencia que este evangelio de la Natividad ha ejercido en el campo de la liturgia, de la literatura y del arte. El culto de Santa Ana y la fiesta eclesiástica de la Presentación de la Virgen en el templo deben su origen a las tradiciones de este libro. Muchas de las encantadoras leyendas de Nuestra Señora se basan en historias del Protoevangelio. Los artistas no se han cansado de inspirarse en él.

  1. El Evangelio de Tomás.

En la Primera homilía sobre San Lucas, Orígenes advierte que “también está en circulación el Evangelio según Tomás.” Este evangelio apócrifo proviene de un ambiente herético, probablemente gnóstico. Hipólito de Roma lo atribuye a los naasenos (Philos. 5,7). Cirilo de Jerusalén, en cambio, en sus Catequesis (4,36) habla de él como de una obra maniquea: “El Nuevo Testamento comprende solamente cuatro evangelios. Los demás son apócrifos y nocivos. También los maniqueos escribieron un evangelio según Tomás, que aun cuando lleve el suave nombre de evangelio, corrompe las almas de los simples.” En la Catequesis 6,31, habla en términos parecidos: “Que nadie lea el Evangelio según Tomás, porque no fue escrito por uno de los doce Apóstoles, sino por uno de los tres impíos discípulos de Manes.” Hipólito, al parecer, se refiere también a este mismo evangelio. Según él, su autor pertenece a los naasenos, mientras que Cirilo atribuye el escrito a los maniqueos. Quizás esta dificultad podría quedar orillada suponiendo que el Evangelio de Tomás maniqueo no fuera sino una nueva redacción alterada del Evangelium Thomae gnóstico. De todos modos, ambos evangelios, tanto el maniqueo como el gnóstico, se han perdido. El Evangelio de la infancia según Tomás, que se conserva en griego, siríaco, armenio, eslavo y latín, parece ser una edición expurgada y abreviada del original. Narra la infancia de Jesús, entretejida de historias sobre sus conocimientos y poder milagrosos para demostrar que Jesús tenía poder divino ya antes del bautismo. El fondo de estos relatos lo forma la vida ordinaria en un pequeño villorrio, como lo muestra la siguiente historia:

«Este niño Jesús, que a la sazón tenía cinco años, se encontraba un día jugando en el cauce de un arroyo después de llover. Y, recogiendo la corriente en pequeñas balsas, la volvía cristalina al instante y la dominaba con su sola palabra. Después hizo una masa blanda de barro y formó con ella doce pajaritos. Era a la sazón día de sábado y había otros muchachos jugando con él. Pero cierto hombre judío, viendo lo que acababa de hacer Jesús en día de fiesta, se fue corriendo hacia su padre José y se lo contó todo: “Mira, tu hijo está en el arroyo y, tomando un poco de barro, ha hecho doce pájaros, profanando con ello el sábado.” Vino José al lugar y, al verle, lo reto diciendo: ¿Por qué haces en sábado lo que no está permitido hacer?” Mas Jesús batió sus palmas y se dirigió a las figurillas, gritándoles: “¡Marchaos!” Y los pajarillos se marcharon todos gorjeando. Los judíos, al ver esto, se llenaron de admiración y fueron a contar a sus jefes lo que habían visto hacer a Jesús” (c.2: BAC 148,303-304).

Algunos milagros no revelan la misma delicadeza. Parece que el autor tuvo un concepto extraño de la divinidad, porque presenta a Jesús usando de su poder para vengarse:

Iba otra vez por medio del pueblo, y un muchacho, que venía corriendo, fue a chocar contra sus espaldas. Irritado Jesús, le dijo: “No proseguirás tu camino.” E inmediatamente cayó muerto el rapaz. Algunos que vieron lo sucedido dijeron: “¿De dónde habrá venido este muchacho, que todas sus palabras resultan hechos consumados?” Y, acercándose a José los padres del difunto, le increpaban diciendo: “Teniendo un hijo como éste, una de dos: o no puedes vivir con nosotros en el pueblo o tienes que acostumbrarle a bendecir y a no maldecir; pues causa la muerte a nuestros hijos.” José llamó aparte a Jesús y le amonestó de esta manera: “¿Por qué haces tales cosas, siendo con ello la causa de que éstos nos odien y persigan?” Jesús replicó: “Bien sé que estas palabras no proceden de ti. Mas por respeto a tu persona callaré. Esos otros, en cambio, recibirán su castigo.” Y en el mismo momento quedaron ciegos los que habían hablado mal de él (c.4-5: BAC 148,305-306).

La forma actual expurgada de este evangelio de la Infancia es probablemente posterior al siglo VI.

  1. El Evangelio árabe de la infancia de Jesús.

El Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de Tomás dieron lugar a otros muchos evangelios de la infancia que amplían las narraciones de estas dos fuentes y añaden nuevas historias. Un ejemplo notable de esto lo ofrece el llamado Evangelio árabe de la infancia de Jesús. Esta compilación tardía toma la materia para su primera parte del Protoevangelio, y para la segunda, del Evangelio de Tomás. A más de eso añade muchos incidentes nuevos y extraños. Así, por ejemplo, refiere que Jesús, cuando yacía en su cuna, dijo a su madre: “Yo soy Jesús, el Hijo de Dios, el Logos, a quien tú has dado a luz.”

  1. La Historia árabe de José el Carpintero.

Otra obra parecida es la llamada Historia árabe de José el Carpintero. Refiere la vida y muerte de José, y reproduce el elogio que Jesús pronunció sobre él. El autor incorpora a su narración material que toma del Protoevangelio y del Evangelio de Tomás, ampliando con nuevas adiciones. El objeto del libro es la glorificación de José y la propagación de su culto, muy popular entonces en Egipto. Tenemos el texto completo en árabe y bohaírico, y fragmentos en sahídico; en el siglo XIV se hizo una traducción en latín.

Por lo que se refiere a la fecha de composición, el evangelio no pudo ser escrito antes del siglo IV ni después del V. Lo más probable es que fuera escrito a finales del siglo IV y que se le hayan ido agregando adiciones en el siglo V y aún más tarde. S. Morenz ha lanzado recientemente la hipótesis de que el texto original fue en griego. Sin embargo, según L. T. Lefort, “la versión árabe hecha sobre un texto bohaírico es bastante aproximada, y su valor no es más que puramente relativo para ayudar a la reconstrucción de la forma original. El texto bohaírico es una simple copia de un modelo sahídico. Toda la cuestión, pues, gravita en torno al texto sahídico, cuestión que debe resolverse antes de abordar la cuestión de la redacción primitiva original.” Lefort duda que el texto sahídico esté suficientemente establecido en los fragmentos que se han publicado hasta el presente. Con todo, registra la existencia de un cuarto manuscrito que era desconocido hasta hace poco.

  1. El Evangelio de Felipe.

No se atribuyeron evangelios apócrifos sólo a Pedro, Santiago y Tomás, sino también a los demás Apóstoles. Epifanio, hablando de los gnósticos egipcios de su tiempo, dice (Haer. 26,13): “Presentan los gnósticos un evangelio compuesto a nombre de Felipe, el santo discípulo, que dice así: Me reveló el Señor qué es lo que debe decir el alma al subir al cielo y cómo debe responder a cada una de las potencias celestiales. A saber: Me he conocido a mí misma, dice, y me he recogido de todas partes y no he procreado hijos al Arconte, sino que he desarraigado sus raíces y he juntado los miembros desparramados y sé quién eres tú. Pues yo, dice, soy de aquellos que viven en las alturas.” Este fragmento del Evangelio de Felipe manifiesta una tendencia muy pronunciada al ascetismo gnóstico, según el cual las partículas de lo divino dispersas por todo el mundo material deben ser reunidas y libertadas de la influencia de la materia. Parece que el libro copto Pistis Sophia se refiere a este Evangelio de Felipe cuando menciona que el apóstol Felipe escribió doctrinas secretas que el Señor enseñara a sus discípulos en sus conversaciones después de la resurrección. De esta referencia puede deducirse que el evangelio existía ya en el siglo III.

  1. Evangelio de Matías.

Orígenes (Hom. 1 in Lucam) afirma que en su tiempo se conocía un evangelio según Matías. M. K. James y O. Bardenhewer creen que las Tradiciones de Matías de que habla Clemente de Alejandría podrían ser el Evangelio de Matías. Otros, como O. Stählin y J. Tixeront, lo ponen en duda. Los pasajes de Clemente son como siguen: “Mas el principio de esta verdad es el admirarse de las cosas, como dice Platón en el Theaetetus y Matías en (sus) Tradiciones al exhortar: Admira lo presente, poniendo éste como el primer grado del conocimiento del más allá (Strom. II 9,45). “Dicen (los gnósticos discípulos de Basílides) que también Matías enseñó de esta manera: “Luchar contra la carne y tratarla con indiferencia, no concediéndole placer alguno desenfrenado, antes, por el contrarío, hacer crecer el alma por la fe y el conocimiento” (Strom. III 4,26). “Se dice en las Tradiciones que el apóstol Matías decía continuamente que, si peca el vecino de un elegido, pecó también el elegido. Pues, si éste se hubiera comportado como manda el Logos, se hubiera avergonzado también el vecino de su propia vida, de manera que no hubiera pecado” (Strom. VII 13,82).

Tanto si estos pasajes de las Tradiciones de Matías formaron alguna vez parte del Evangelio de Matías como si no, éste debió de ser escrito antes del tiempo de Orígenes.

  1. Evangelio según Bernabé.

De este evangelio no se conserva nada. Tenemos noticia de él por el Decretum Gelasianum del siglo VI, que lo coloca entre los apócrifos. También aparece en la Lista de los sesenta libros, obra griega del siglo VII u VIII. No hay que confundirlo con el Evangelio de Bernabé, italiano, publicado en 1907 por Lonsdale y Laura Ragg, pues esta última obra fue escrita en el siglo XIV por un cristiano apóstata que pasó al islam.

Su principal intento es probar que Mahoma es el Mesías y que el islam es la única religión verdadera.

  1. El Evangelio de Bartolomé.

Este evangelio lo mencionan Jerónimo en el prólogo a su Comentario sobre Mateo y el Decretum Gelasianum. Seguramente se identifica con las Cuestiones de Bartolomé, que sabemos fueron escritas originalmente en griego. Además de dos manuscritos griegos, uno en Viena y otro en Jerusalén, se conservan fragmentos de las Cuestiones de Bartolomé en eslavo, copto y latín. En forma de respuestas a las preguntas de Bartolomé contiene revelaciones del Señor después de la resurrección y un relato de la anunciación hecho por María. Incluso Satanás entra en escena para responder a las preguntas de Bartolomé sobre el pecado y la caída de los ángeles. Se describe con todo detalle el Descensus ad inferos.

  1. Otros evangelios apócrifos.

Como los herejes, especialmente los gnósticos, tenían por costumbre escribir evangelios en defensa de sus propias doctrinas, no es de extrañar que existiera un número tan elevado de obras apócrifas. De la mayoría no sabemos más que el nombre, como por ejemplo:

  1. El Evangelio de Andrés. De probable origen gnóstico; parece que San Agustín alude a él (Contra adversarios legis et prophetarum 1,20).
  2. El Evangelio de Judas Iscariote, usado por la secta gnóstica de los cainitas.
  3. El Evangelio de Tadeo, citado en el Decretum Gelasianum.
  4. El Evangelio de Eva. De él dice Epifanio que circulaba entre los borboritas, una secta gnóstica ofita. Algunos de estos evangelios llevan el nombre de herejes famosos.
  5. El Evangelio según Basílides. Orígenes dice que este heresiarca “tuvo la audacia” de escribir un evangelio; es mencionado también por Ambrosio y Jerónimo. Es posible que Basílides hubiera retocado los evangelios canónicos con el fin de adaptarlos a las doctrinas gnósticas.
  6. El Evangelio de Cerinto, mencionado por Epifanio.
  7. 7. El Evangelio de Valentín: conocemos su existencia por Tertuliano.
  8. El Evangelio de Apeles, del que nos hablan Jerónimo y Epifanio.

Una nota característica común a todos estos evangelios gnósticos es la manera arbitraria como usan los datos canónicos. Las narraciones de los evangelios canónicos sirven como de marco a las revelaciones gnósticas, hechas por el Señor o por María en conversaciones con los discípulos de Jesús después de su resurrección. Estos evangelios tienen cierto cariz apocalíptico debido a las especulaciones cosmológicas que contienen. Por eso se les ha llamado evangelios-apocalipsis.

III. Hechos Apócrifos de los Apóstoles.

Los Hechos apócrifos de los Apóstoles tienen de común con los evangelios apócrifos el hecho de querer suplir lo que falta en el Nuevo Testamento. Parece ser que el origen de estos Hechos apócrifos se debe, en buena parte, al deseo de crear una literatura popular capaz de sustituir las fábulas paganas de carácter erótico. Se complacen en aventuras y descripciones de países lejanos y pueblos extraños; sus héroes se ven envueltos en toda clase de peligros. Se nota en estos escritos de una manera más pronunciada que en los evangelios apócrifos la influencia de los cuentos populares entonces de moda, del folklore y de las leyendas. Algunas veces, no obstante, en el fondo de estos cuentos milagrosos y fantásticos aparece una tradición histórica. Tal es el caso, por ejemplo, de los Hechos de Pedro y Pablo cuando narran el martirio de ambos apóstoles en Roma, y el de los Hechos de Juan al hablar de su permanencia en Efeso.

A pesar de que la mayor parte de esos Hechos revelen tendencias heréticas, son, sin embargo, de gran interés para la historia de la Iglesia y de la cultura. Proyectan abundante luz sobre la historia del culto cristiano en los siglos II y III; describen las formas más antiguas de funciones religiosas en casas privadas, y contienen himnos y oraciones que constituyen los primeros pasos de la poesía cristiana. Reflejan también los ideales ascéticos de las grandes sectas heréticas y describen el sincretismo de los círculos gnósticos, mezcla de creencias cristianas y de ideas y supersticiones paganas. M. R. James dice: “Entre las plegarias y discursos de los Apóstoles en los Hechos espurios se hallan expresiones muy notables y hasta magníficas; un buen número de sus narraciones son extraordinarias y llenas de imaginación, y han sido consagradas por el genio de los artistas medievales que nos las han hecho familiares. Sus autores, sin embargo, no hablan con el acento de un Pablo o de un Juan, ni tampoco con la tranquila simplicidad de los tres primeros evangelios. Ni es injusto decir que, cuando tratan de imitar el tono de los primeros, caen en el teatralismo, y cuando quieren remedar a los segundos, son insípidos. En suma, un estudio atento de esta literatura, en conjunto y en detalle, aumenta nuestro respeto por el buen sentido de la Iglesia católica y por la prudencia de los sabios de Alejandría, Antioquía y Roma: ellos fueron, por cierto, expertos cambistas que probaron todas las cosas y se quedaron con lo que era bueno.”

Se desconoce a los verdaderos autores de estos Hechos. A. partir del siglo V se menciona a un tal Leukios como autor de los Hechos heréticos de los Apóstoles. Focio (Bibl. Cod. 114) llama a Leukios Carinos autor de una colección de Hechos de Pedro, Pablo, Andrés, Tomás y Juan. Con todo, parece que en un principio Leukios era considerado como autor de los Hechos de Juan solamente; más tarde se le fueron atribuyendo todos los demás Hechos apócrifos. Para impedir la difusión de las doctrinas heréticas por medio de esos Hechos. Se colmó de esta manera la falta de datos canónicos relativos a los viajes misioneros de los Apóstoles. Muchas de las lecciones del Breviario Romano para las festividades de los Apóstoles se basan en estos Hechos.

  1. Los Hechos de Pablo (????e? ?a????).

En su tratado De baptismo (c.17), Tertuliano hace esta observación: “Mas si los escritos que circulan fraudulentamente bajo el nombre de Pablo invocan el ejemplo de Tecla en favor del derecho de las mujeres a enseñar y bautizar, que sepa todo el mundo que el sacerdote del Asia que los compuso con el fin de aumentar la fama de Pablo por medio de episodios de su propia invención, después de haber sido hallado culpable y de haber confesado que lo había hecho por amor a Pablo, fue depuesto de su oficio.” Ya antes de Tertuliano circulaban, pues, ciertos Hechos de Pablo, y su autor era sacerdote del Asia Menor; su suspensión hubo de ocurrir antes del año 190. No fue posible determinar todo el contenido y extensión de estos Hechos hasta que C. Schmidt publicó en 1904 el fragmento de una traducción copta de los Hechos paulinos contenidos en un papiro de la Universidad de Heidelberg.

Esta versión copta probó en particular que los tres escritos que se conocían mucho antes como tres tratados independientes no eran originalmente sino partes de los Hechos de Pablo. A saber: 1) Los Hechos de Pablo y Tecla; 2) La Correspondencia de San Pablo con los Corintios, y 3) el Martirio de San Pablo.

  1. La obra griega: Acta Pauli et Theclae (????e?? ?a???? ?a? T????).

San Jerónimo la llama (De vir. ill. 7) Periodi Pauli et Theclae. Cuenta la historia de Tecla, una doncella griega, originaria de Iconium, que se había convertido merced a las predicaciones de Pablo. Rompe con su novio y sigue al Apóstol, asistiéndole en su obra misionera. Escapa milagrosamente a persecuciones y muerte, y, finalmente, se retira a Seleucia. La narración tiene todas las apariencias de ficción y carece, al parecer, de toda base histórica. A pesar de eso, el culto a Santa Tecla se hizo muy popular y se difundió por Oriente y Occidente. Una prueba de ello la tenemos en el Ritual Romano, que cita su nombre en la recomendación del alma (Proficiscere). No puede decirse a ciencia cierta si esta veneración se debe únicamente a los Hechos o si la narración contiene un núcleo histórico. El texto griego de estos Hechos se ha conservado en gran cantidad de manuscritos. Hay, además, cinco códices latinos y muchísimas traducciones en lenguas orientales.

El contenido de esta novela tuvo, y aún tiene, enorme influencia en la literatura y arte cristianos. En el capítulo 3 se da una descripción de Pablo, que fijó el tipo de los retratos del Apóstol desde una época muy temprana: “Y vio llegar a Pablo, hombre de baja estatura, calvo y tuerto, fuerte, de cejas muy pobladas y juntas y nariz un tanto aguileña, lleno de gracia; a veces parecía hombre, pero otras veces su rostro era de un ángel.”

  1. La Correspondencia de San Pablo con los Corintios,

 que constituye otra parte de los Acta Pauli, contiene la respuesta de los Corintios a su segunda carta, más una tercera carta que el Apóstol les había dirigido (cf. Cartas apócrifas, p. 153).

  1. Los Hechos de Pablo,

 comprenden, además, el Martyrium o Passio Pauli. El texto se ha conservado en dos manuscritos griegos, en una traducción latina incompleta y en varias versiones: en siríaco, copto, eslavo y etiópico. Su contenido es legendario. La obra trata de la predicación de Pablo y de su trabajo apostólico en Roma, de la persecución de Nerón y de la ejecución del Apóstol. La descripción de su muerte ha influido sobremanera en el arte cristiano y en la liturgia: “Entonces Pablo se puso de pie mirando hacia el este y, con las manos levantadas al cielo, oró largo tiempo. En sus oraciones hablaba en hebreo con los Padres; luego, sin proferir palabra, ofreció el cuello al verdugo. Y cuando éste le cortó la cabeza, salpicó leche sobre la túnica del soldado.” Después de su muerte, Pablo se aparece al emperador y le profetiza el juicio que le sobrevendrá. En toda la obra aparece muy marcada la idea de Cristo Rey y de la Militia Christi. A Jesús se le llama el “Rey eterno,” el “Rey de los siglos,” y los cristianos son los “soldados del gran Rey.” Con trazos vigorosos se describe la oposición existente entre el culto de Cristo y el del emperador romano.

El reciente hallazgo de una parte importante de los Hechos en su texto griego original ha demostrado que la conclusión de C. Schmidt respecto a la forma original de los mismos era correcta. Once páginas de un papiro escrito hacia el año 300, ahora se conserva en Hamburgo, han venido a completar parte del texto que aún faltaba.

  1. Los Hechos de Pedro

Los Hechos de Pedro fueron compuestos hacia el año 190. El autor parece que vivió en Siria o Palestina, más bien que en Roma. No tenemos el texto completo, pero de él se han recobrado como unos dos tercios de varias procedencias.

  1. a) La parte principal de los Hechos existe en una traducción latina, hallada en un manuscrito de Vercelli (Actus Vercellenses). Esta versión, intitulada Actus Petri cum Simone, refiere cómo 1) Pablo se despide de los cristianos de Roma y parte para España; 2) Simón Mago llega a Roma y pone en aprieto a los cristianos con sus aparentes milagros; 3) Pedro se traslada a Roma y confunde al mago, quien muere al intentar volar del foro romano al cielo. El documento concluye con una narración del martirio de Pedro.

Una clave muy interesante para determinar el medio ambiente intelectual del autor nos la da el capítulo 2 de los Hechos, donde se hace mención de Pablo celebrando la Eucaristía con pan y agua: “Luego trajeron a Pablo pan y agua para el sacrificio, a fin de que pudiera hacer oración y distribuirlos a cada uno.” Esto indica que el autor compartía las ideas docetistas. Se advierte la influencia de la misma secta cuando Pedro predica contra el matrimonio e induce a las mujeres a abandonar a sus maridos.

  1. b) El Martirio de San Pedro, que constituye la tercera parte de los Actus Vercellenses, existe también en el original griego (?a?t????? t?? a???? ap?st???? ??t???). Trae la historia del “Domine, quo vadis?” Como Pedro se sintiera impelido a abandonar Roma, encontró a Jesús. “Y cuando le vio, le dijo: ¿Adónde vas, Señor? Y el Señor le replicó: Voy a Roma a ser crucificado. Señor — le dijo Pedro —, ¿vas a ser crucificado otra vez? Y El le respondió: Sí, Pedro, voy a ser crucificado otra vez. Cayó entonces Pedro en la cuenta y, habiendo visto al Señor remontarse a los cielos, volvió a Roma, lleno de regocijo y glorificando al Señor porque éste había dicho: Voy a ser crucificado de nuevo, que es lo que estaba a punto de suceder a Pedro” (c.35). La narración continúa con la condenación a muerte de Pedro por el prefecto Agripa. Fue crucificado cabeza abajo, a petición suya. Antes de morir pronunció un largo sermón sobre la cruz y su sentido simbólico, que muestra de nuevo influencias gnósticas.
  2. c) El Martyrium beati Petri Apostoli a Lino conscriptum,

no es del mismo autor. Fue escrito en latín, probablemente en el siglo VI. Su autor no puede ser evidentemente, el primer sucesor de San Pedro, Lino, a quien se atribuye la obra. La historia es mera leyenda. Sigue el martirio original, tal como se encuentra en los Actus Vercellenses, pero añade algunos detalles por ejemplo, los nombres de Proceso y Martiniano, carceleros de Pedro.

  1. Los Hechos de Pedro y Pablo.

Los Hechos de Pedro y Pablo (????e? t?? a???? ap?st???? ??t??? ?a? ?a????) no se parecen en nada a los Hechos de Pablo ni a los Hechos de Pedro, que acabamos de mencionar. Ponen de relieve la amistad y el compañerismo estrecho que existían entre los dos Apóstoles. El texto empieza con el viaje de Pablo de la isla de Gaudomelete a Roma; relata luego los trabajos apostólicos y el martirio de los dos apóstoles en esta ciudad. El autor usó evidentemente el libro canónico de los Hechos de los Apóstoles como base de la descripción del viaje de Pablo. Es posible que compusiera su obra con la intención de que reemplazara a los Hechos heréticos. El escrito es quizás del siglo III. Apenas se advierten en ella indicios de influencia herética. De estos Hechos se conservan sólo unos fragmentos en griego y latín.

  1. Los Hechos de Juan.

Los Hechos de Juan son los más antiguos apócrifos de Apóstoles que poseemos. Fueron compuestos en el Asia Menor entre el 150 y el 180. No se conserva el texto íntegro, pero poseemos una parte considerable del original griego, completado, para varios episodios, por una traducción latina. La obra se presenta como la narración de un testigo ocular de los viajes misioneros de Juan en el Asia Menor. Cuenta sus milagros, sus sermones y su muerte. Los sermones del Apóstol ofrecen una prueba inequívoca de las tendencias docetistas del autor, especialmente la descripción de Jesús y de su cuerpo inmaterial; así, por ejemplo, en el capítulo 93: “A veces cuando le agarraba, me encontraba con un cuerpo material y sólido. Otras veces, en cambio, al tocarlo, la substancia era inmaterial, corno si no existiera en absoluto.” El himno al Padre, que Jesús canta con sus Apóstoles antes de ir a la muerte, tanto en su expresión como en su estructura, está coloreado de gnosticismo. El autor muestra particular debilidad por historias extrañas, como la Drusiana, y por incidentes humorísticos. La moral es de la filosofía popular. Estos Hechos presentan, sin embargo, un gran interés para la historia del cristianismo. Así, por ejemplo, aportan el testimonio más antiguo de la celebración de la Eucaristía por los difuntos: “Al día siguiente, cuando amanecía, vino Juan, acompañado de Andrónico y de los hermanos, al sepulcro, por ser el tercer día de la muerte de Drusiana, para que pudiéramos partir allí el pan” (c.72). Más adelante, en el capítulo 85, se nos da la oración eucarística que recitó el Apóstol en esos funerales: “Habiendo dicho esto, Juan tomó pan y lo llevó al interior del sepulcro para partirlo, y dijo:

Glorificamos tu nombre,

que nos convirtió del error y del engaño cruel;

te glorificamos a tí, que has puesto ante nuestros ojos

lo que hemos visto;

damos testimonio de tu amorosa bondad,

que se manifestó de diversas maneras;

loamos tu misericordioso nombre, ¡oh Señor!,

que has convencido

a los que creen en ti;

te damos gracias, ¡oh Señor Jesucristo!,

por haber creído en tu gracia inmutable;

te damos gracias

a ti que necesitaste de nuestra naturaleza para poderla salvar;

te damos gracias a ti que nos diste esta fe firme,

pues Tú sólo eres Dios, ahora y por siempre.

Nosotros, tus siervos, te damos gracias, ¡oh Santo!,

los que nos hemos reunido con buena intención

y hemos sido congregados del mundo.

  1. Los Hechos de Andrés.

Además de los Hechos de Juan, Eusebio menciona (Hist. eccl 3,25,6) los Hechos de Andrés como obra de herejes. “Ningún autor ortodoxo — dice — ha creído jamás conveniente referirse en sus escritos a ninguna de estas obras. Además, el carácter de la fraseología difiere del estilo apostólico, y el pensamiento y la doctrina de su contenido están en abierta contradicción con la verdadera ortodoxia y muestran claramente ser falsificaciones de herejes.”

Se cree que el autor de estos Hechos de Andrés fue Leukios Carinos, quien los habría compuesto hacia el año 260. Hoy día existen solamente unos pocos fragmentos que contienen los siguientes episodios:

1.La historia de Andrés y Matías entre los caníbales del mar Negro, que existe en traducciones latina, siríaca, copla y armenia, así como en el poema anglosajón Andreas, atribuido a Cynewulf.

2.La historia de Pedro y Andrés.

  1. El martirio de Andrés en la ciudad de Pairas, en Acaya, compuesto hacia el año 400. Este documento presenta la forma de una carta encíclica de los sacerdotes y diáconos de Acaya acerca de la muerte de Andrés. Existe en griego y latín, y parece que no tiene relación alguna con los Hechos gnósticos de Andrés, condenados por Eusebio.
  2. Se conserva otro fragmento en el Codex Vaticanus graec. 808, en el que se refieren los sufrimientos de Andrés en Acaya y los discursos que pronunció en la cárcel de Patrás.
  3. Un relato del martirio de Andrés del que tenemos numerosas narraciones.

Todas estas narraciones coinciden en un punto: antes de su muerte, Andrés se vuelve hacia la cruz, en la que pronto va a morir, y le dirige un largo discurso que recuerda otro discurso semejante de los Hechos de Pedro. Exactamente igual que en éstos, en los Hechos de Andrés el apóstol preconiza también la renuncia al matrimonio, lo que origina una serie de sucesos con los maridos y con las autoridades paganas, y, finalmente, la muerte del apóstol.

  1. Los Hechos de Tomás.

Los Hechos de Tomás son los únicos Hechos apócrifos de los que poseemos el texto completo. Fueron escritos en siríaco en la primera mitad del siglo III. El autor pertenecía, según toda probabilidad, a la secta de Bardesano en Edesa. Poco después de su composición fueron traducidos al griego; de esta traducción quedan muchos manuscritos. También existen una ver armenia y otra etiópica, amén de dos versiones latinas diferentes.

Estos hechos presentan a Tomás como misionero y apóstol de la India. Se relatan detalladamente los incidentes y las experiencias del viaje. En la India convierte al rey Gundafor. Tras haber obrado muchos milagros, alcanza la palma del martirio.

Toda la narración comprende cuatro actos. A pesar de que se ha demostrado la existencia de un rey indio llamado Gundafor en el siglo I, han fracasado todos los intentos efectuados hasta ahora para probar la verdad histórica de la labor misionera de Tomás en la India. Los Hechos son claramente de origen gnóstico y revelan, además, en parte, tendencias maniqueas. Su ideal ascético es el mismo que el de los Hechos de Andrés y Pedro. Se renuncia al matrimonio y se aconseja a las mujeres que abandonen a sus maridos. La obra contiene varios himnos litúrgicos de singular belleza. El más notable es el himno del alma o de la redención, que probablemente es mucho más antiguo que los Hechos, y parece como inserido artificialmente en la narración. La canción representa a Cristo como el hijo del rey, enviado de su país natal, en Oriente, a Egipto, en el Occidente, para vencer al dragón y adquirir la perla. Hecho esto, vuelve a su luminoso país de Oriente. El País oriental es el cielo o el paraíso, del cual Cristo desciende a este mundo pecador para redimir el alma enredada en la materia.

  1. Los Hechos de Tadeo.

En su Historia eclesiástica (1,13), Eusebio da a entender que conoció los Hechos de Tadeo, que fueron compuestos en Siria. Según él, en estos Hechos se refería cómo el rey Abgaro de Edesa, habiendo oído hablar de Jesús y de sus milagros, mandó una carta pidiéndole que viniera a curarle de una terrible enfermedad. Jesús no accedió a su ruego, pero, a su vez, escribió al rey otra carta en la que le prometía enviarle a uno de sus discípulos. El hecho es que, después de la resurrección, el apóstol Tomás, por moción divina, envió a Edesa a Tadeo, uno de los setenta discípulos del Señor. Tadeo curó al rey de su enfermedad, y toda Edesa se convirtió al cristianismo. Eusebio tradujo del siríaco al griego la correspondencia entre Jesús y el rey Abgaro. Nos dice que tomó su texto de los archivos de Edesa. He aquí lo que él refiere:

Hay también constancia escrita de estas cosas, copiada de los archivos de Edesa, que por aquel entonces era una ciudad real. Al menos, en los documentos públicos que hay allí y que contienen los hechos de la antigüedad y del tiempo de Abgaro, se conserva toda esta historia desde aquel tiempo hasta el presente. Pero nada hay que pueda compararse con la lectura de las mismas cartas, que hemos sacado de los archivos, y que, traducidas literalmente del siríaco, dicen: Copia de una carta que el toparca Abgaro escribió a Jesús a Jerusalén por medio del correo Ananías.

“Abgaro Uchama, toparca, a Jesús, el buen Salvador que ha aparecido en Jerusalén, salud.

Han llegado a mis oídos noticias referentes a ti y a las curaciones que realizas sin necesidad de medicinas ni hierbas. Pues, según dicen, haces que los ciegos recobren la vista y que los rengos caminen; limpias a los leprosos y expulsas los espíritus inmundos y los demonios; devuelves la salud a los que se encuentran aquejados de largas enfermedades y resucitas a los muertos. Al oír todo esto acerca de ti, he dado en pensar una de estas dos cosas: o que tú eres Dios, que has bajado del cielo y obras estas cosas, o bien que eres el Hijo de Dios para realizar estos portentos. Esta es la causa que me ha impulsado a escribirte, rogándote que te apresures a venir y me cures de la dolencia que me aqueja. He oído, además, que los judíos se burlan de ti y que pretenden hacerte mal. Mi ciudad es pequeña, pero noble, y es suficiente para nos otros dos.”

Contestación de Jesús al toparca Abgaro por el correo Ananías.

“Dichoso tú por haber creído en mí sin haberme visto. Pues escrito está acerca de mí que los que me hubieren visto, no creerán en raí, para que los que no me hayan visto crean y tengan vida. En cuanto a lo que me escribiste de ir ahí, debo cumplir primero aquello a lo que fui enviado y, una vez que lo haya realizado, volver a aquel que me envió. Cuando haya sido elevado, te enviaré uno de mis discípulos para que cure tu dolencia y te dé vida a ti y a los que están contigo.”

Estas cartas de Jesús y el rey Abgaro se divulgaron por todo el Oriente y fueron introducidas en el Occidente por la traducción que hizo Rufino de la Historia de la Iglesia de Eusebio. Se sabe que el rey Abgaro Uchama reinó desde el año 4 antes de Cristo hasta el 7 después de Cristo, y del 13 al 50. Sin embargo, las cartas no son auténticas. Agustín (Contra Faust. 28,4; Consens. Ev. 1,7,11) niega la existencia de cartas auténticas de Jesús, y el Decretum Gelasianum califica de apócrifas estas cartas. Los Hechos de Tadeo no son más que leyendas locales, escritas durante el siglo III.

Estos Hechos existen también en siríaco bajo otra forma, la llamada Doctrina Addei, que fue publicada en 1876. El contenido es el mismo que conocemos por Eusebio, mas con una adición: el mensajero Ananías, que llevó la carta a Jesús, pintó un retrato de éste y lo llevó a su rey. Abgaro le asignó un lugar de honor en su palacio. En cambio, la Doctrina Addei no menciona la carta que escribió Jesús. La contestación de Jesús a la carta de Abgaro la llevó oralmente Ananías. Tal vez el autor conocía la afirmación de Agustín. La Doctrina Addei fue compuesta probablemente hacia el año 400. Aparte el original siríaco, existe una traducción armenia y otra griega.

Además de los Hechos que hemos examinado, existen otros muchos. La mayoría pertenecen a los siglos IV y V. Algunos son incluso posteriores. Basta citar aquí los Hechos de Mateo, de los que solamente se conserva la última parte, y los de Felipe y Bartolomé. De los discípulos y compañeros de los Apóstoles tenemos los Hechos apócrifos de Bernabé, Timoteo y Marco.

¿MAGISTERIO ORDINARIO DEL PAPA INFALIBLE O MAGISTERIO OCASIONAL?

 En un capítulo célebre de Contra haereses ( Lib. III, 3, 2.), San Ireneo busca el criterio que permite discernir de las doctrinas heréticas la que debe retener la fe del verdadero fiel, como aportándole sin desviación la enseñanza misma de los Apóstoles. La regla de fe, responde, es la enseñanza actual de los obispos, que una sucesión legítima sobre las sedes apostólicas une, sin discontinuidad, a los discípulos inmediatos de Cristo. Es a esta legítima sucesión a la que está unido el carisma de fiel transmisión del depósito revelado.

Y como tal investigación, señala el Obispo de Lyon, no dejaría de ser larga e incluso imposible para muchos si fuera preciso extenderla a todas las sedes que invocan en su favor un origen apostólico, puede, gracias a Dios, ser considerablemente simplificada. Reducida a una sola sede, a la que se glorifica con la sucesión del Príncipe de los Apóstoles (es decir, el Papa),  tal investigación presenta además las mismas garantías. Gracias a su potentiorem principalitatem, la Iglesia de Roma puede responder por si sola de la fe de toda la Iglesia.

La Iglesia de Roma condenó la herejía que ya sustuvo Pedro de Osma, el cual decía “Eclesia urbis Romae errare potest», o sea, la Iglesia de Roma puede errar, que es lo mismo que decir que el Papa puede errar. De lo que se concluye según el magisterio de la Iglesia que todo aquel que sostenga lo mismo, es hereje recayendo sobre él la sentencia de anatema fulminada sobre la cabeza de Pedro de Osma, y no pertenece ya al Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. El Concilio Vaticano I afirma que la Sede de Roma jamás erró.

El papel de la Iglesia romana ha sido reconocido por los mismos galicanos antiguos: «Es privilegio de la Iglesia romana, privilegio que ninguna otra Iglesia particular posee, el poder por sí sola representar a la Iglesia universal», decía Pierre d’Ailly, citado por A. G. Martimort, Le Gallicanisme de Bossuet, París, 1953, pág. 29.

Sin embargo, los neo galicanos hodiernos, influidos por la ideología de Marcel lefebvre, defienden heréticamente que Roma, o sea, el Papa, puede errar y seguir siendo papa. El sensus católico dice lo contrario, esto es: que si yerra es la señal inequívoca de que no es el legítimo Papa porque la promesa fue hecha a Pedro y a sus sucesores por Nuestro Señor Jesucristo, de que las puertas del infierno – las herejías- no prevalecerían, orando no por la fe de todos, sino por la de Pedro, sobre el cual constituyó su Iglesia.

Desgraciadamente, la neo herejía de Marcel Lefebre continuada por sus “sacerdotes” ,  ha penetrado las mentes de muchos pseudo tradicionalistas y pseudo conservadores al punto de sufrir una verdadera intoxicación y ser incapaces de distinguir ahora la verdad que sus abuelos sabían de forma simple, a saber, que el Papa es infalible cuando habla desde sus oficio sobre fe o costumbres, sea mediante el magisterio extraordinario- también llamado solemne- sea desde el magisterio ordinario, ora mediante una bula, ora mediante una Carta Apostólica, ora mediante una encíclica, o bien mediante un motu proprio o un simple radiomensaje.

Hay que considerar que la doctrina de la infalibilidad del Papa en su magisterio ordinario era una doctrina aceptada pacíficamente por toda la Iglesia desde los tiempos apostólicos, y que, por lo tanto, no fue necesario definirla en el Concilio Vaticano I ( Los Concilios no son un catecismo ni un manual completo de teología, porque se reúnen para precisar o defender una doctrina atacada o desvirtuada, pero no para hacer un profesión completa, exhaustiva y detallada que el fiel ha de creer para salvarse), que se limitó a definir la parte de la infalibilidad pontificia que estaba siendo puesta en duda.

No es el primer artículo que traemos sobre el mismo asunto, pero vista la pertinacia de algunos que rechazan el magisterio ordinario del Papa- incluso de sedicentes sedevacantistas que cuestionan las reformas litúrgicas de Pío XII, fundamentados en su soberbia y acostumbrada desobediencia a lo que no es de su gusto), hemos considerado adecuado añadir éste, cuya esencia está sacada de un opúsculo escrito por el Arzobispo Paul Nau en 1957, al que, sin embargo, hemos anexado varios pensamientos de otros autores de nota, todos coincidentes en afirmar  la infalibilidad del magisterio ordinario del Papa, tales como Vacant,  Billot, Perriot, Bellamy, Dublanchy, Salaverri, Fenton, Riquet, etc.

DIVERSOS MODOS DE PRESENTACIÓN DE LA REGLA DE FE

No tenemos por qué detenernos en el texto de San Ireneo que, desde hace algunos años sobre todo, ha sido objeto de numerosos y sabios comentarios, ni por qué buscar en el correr de los tiempos los testimonios del pensamiento de la Iglesia sobre el papel del Magisterio. Más bien precisamos volver al Concilio Vaticano I para preguntarle qué modos puede revestir la formulación, por los sucesores de los Apóstoles, del depósito revelado.

Fue al definir la regla de Fe, cuando la Constitución Dei Filius (El Hijo de Dios) tuvo ocasión de precisar el doble procedimiento de exposición doctrinal, al que corresponde, para el fiel, la obligación de creer en la verdad presentada en nombre de Dios:

Porro fide divina et catholica ea omnia credenda sunt, quae in verbo Dei scripto vel tradito continentur, et ab Ecclesiae sive solemni judicio sive ordinario et universali magisterio tamquam divinitus revelata credenda proponuntur .

(Se debe, pues, creer, como siendo de fe divina y católica, todo lo que está contenido en la Palabra de de Dios, ya sea transmitida por escrito o por tradición , y que la Iglesia propone para creer como divinamente revelado, ya lo proponga por un juicio solemne o por enseñanza ordinaria y universal.)

El modo de presentación del depósito revelado es doble. Puede consistir en un juicio solemne, rodeado de las garantías necesarias para protegerle contra todo equívoco, y que, por sí solo, pronuncia definitiva e infaliblemente sobre el objeto de la Fe.

Pero este modo de presentación, llamado a veces Magisterio extraordinario, es sólo excepcional. La mayor parte de las veces viene a responder a un error, a poner fin a una controversia , a menos que no pretenda evitar por anticipado toda posible duda pronunciándose solemnemente sobre una verdad ya admitida, para hacer de ella un dogma de fe.

Lo más frecuente es que las verdades a creer no estén propuestas más que por el Magisterio ordinario de la Iglesia. ESTE NO CONSISTE YA EN UNA PROPOSICIÓN AISLADA, PRONUNCIÁNDOSE IRREVOCABLEMENTE SOBRE LA FE Y GARANTIZANDO ESA PROPOSICIÓN, SINO EN EL CONJUNTO DE LOS ACTOS QUE PUEDEN CONCURRIR A COMUNICAR UNA ENSEÑANZA. Es el procedimiento normal de la tradición en el sentido exacto del término ; fue el único que conocieron prácticamente los primeros siglos y es todavía el que alcanza más generalmente al conjunto de los cristianos.

El Magisterio ordinario Universal de la Iglesia, lo mismo que el juicio solemne, exigen igualmente la Fe para la doctrina que proponen, puesto que ambos pueden preservarla de todo error. Sin esta certeza, en efecto, nadie podría estar obligado a acordar su fe con aquélla, es decir, a adherirse a esa doctrina fundándose en la autoridad de la Verdad primera . Desde el punto de vista de la obligación de creer, esos dos modos de exposición nos son presentados por el Concilio como equivalentes.

 PARIDAD ENTRE LA ENSEÑANZA DE LA SANTA SEDE Y LA DE LA IGLESIA

¿Subsiste esta equivalencia cuando ya no se trata del magisterio de la Iglesia universal, al que directamente se refiere el texto conciliar, sino del magisterio del solo Soberano Pontífice? Este punto, objeto preciso de nuestra investigación, deberá detenernos un poco más.

Por el juicio solemne

Hasta el Concilio Vaticano, la infalibilidad del juicio solemne pronunciado por el Papa fuera de un concilio ha sido, como se sabe, objeto de largas y dolorosas controversias. Los partidarios del galicanismo admitían gustosos la infalibilidad de la Sede de Roma —Sedes—, de la serie de Papas, pero no la de cada uno de ellos —Sedens—. (Sedes —la sede del Papado, por oposición a Sedens— el Papa que reina actualmente.) Según ellos, un juicio aislado dado por el Soberano Pontífice no sería irreformable, es decir, asegurado contra todo error, sino después de su aceptación por la Iglesia .

La Constitución Pastor aeternus, al definir la infalibilidad personal del Papa, ha puesto término a estos extravíos (errements). Ella ha precisado que las definiciones o juicios solemnes dados ex cathedra por el Soberano Pontífice gozan de la misma infalibilidad que los dados por un Concilio ; añadiendo que esas definiciones pontificias tienen ese carácter por sí mismas, «ex sese, non autem ex consensu Ecclesiae» (por sí mismas, no en virtud de un consentimiento prestado por la Iglesia).

En la enseñanza ordinaria

Por una extraña inversión, mientras que la infalibilidad personal del Papa en el juicio solemne, tan largo tiempo discutida, era definitivamente colocada fuera de toda controversia, es la autoridad del Magisterio ordinario de la Iglesia Romana la que parece a veces perderse de vista.

Antes de proseguir, veamos lo que se entiende por magisterio ordinario y extraordinario:

Pero Magisterio ordinario, es el que se ejercita de ordinario; en las circunstancias ordinarias de la Iglesia. Si entendiéramos por magisterio extraordinario aquel que se confecciona en determinadas ocasiones extraordinarias, tendríamos, pues, que sería magisterio extraordinario todo lo siguiente:

  • Las Constituciones apostólicas determinando la materia y forma de los sacramentos, como lo hizo Pío XII respecto del sacramento del orden (Sacramentum Ordinis .D. 2301, que es una Constitución Apostólica); y antes León XIII, de una manera parecida, resolviendo la invalidez de las ordenaciones anglicanas (Una Carta Apostólica, Apostolicae Curae.D. 1966), ya se ve que en estas determinaciones perentorias e infalibles se implica un magisterio extraordinario. Sin embargo, como se ve, ni son solemnes como la de la Inmaculada Concepción por Pío IX en 1854 (Ineffabilis Deus), que es una Carta Apostólica o la de la Asunción corporal de María a los cielos, en 1950 por Pío XII (Munificentissimus Deus, que es una bula dogmática. ).
  • La canonización de los santos, que se puede conceptuar como acto de magisterio extraordinario, también por las circunstancias solemnes extraordinarias en que se desarrolla. Todos los autores convienen, y es teológicamente cierto, que el Pontífice es infalible en ese magisterio, que tanto importa a la Iglesia.
  • La aprobación solemne de órdenes religiosas, proponiendo a los fieles de todo el orbe un camino y Regla segura de perfección, es acto del magisterio infalible pontificio, por lo que importa a toda la Iglesia esa infalibilidad en tales circunstancias; y podría enumerarse también entre los actos extraordinarios de este magisterio.
  • Los decretos disciplinares para toda la Iglesia, como son las leyes del Derecho Canónico, los decretos litúrgicos universales, etc., es claro que no pueden contener nada contra la fe y las buenas costumbres, si la Iglesia que los impone tiene que responder a su fin ; y es, por tanto, teológicamente cierto que en tales decretos se incluye la infalibilidad del magisterio que en ellos se implica.

Estos decretos disciplinares universales, mediante cartas encíclicas, instrucciones, etc. por el carácter de infalibilidad que les es propio se acercan a la manera de ser de los actos antes mencionados, del magisterio extraordinario del Papa. Pero otros prefieren incluirlos entre los actos de un magisterio ordinario, dada la frecuencia con que se realizan tales decretos universales, aparte de que carecen con frecuencia de especial solemnidad y circunstancias extraordinarias. Por otra parte son actos que primaria y formalmente se refieren a la disciplina más que al magisterio.

Todo sucede —el hecho no es, por otra parte, inaudito en la historia de las doctrinas (Por ejemplo, el sacramento como signo momentáneamente dejado en la sombra en provecho de la causalidad, como consecuencia de la condenación de los protestantes, que negaban esta última.)— como si el resplandor mismo de la definición vaticana hubiera relegado a la sombra la verdad hasta ese momento universalmente reconocida; digamos más, como si la definición de la infalibilidad del juicio solemne hiciera en lo sucesivo de éste el modo único, para el Soberano Pontífice, de presentar la regla de Fe . Se comprende fácilmente cómo ha podido introducirse ese deslizamiento de perspectiva: desde 1870, los manuales de Teología han tomado por enunciado de sus tesis los textos mismos del Concilio. Como ninguno de éstos trataba in recto de la enseñanza ordinaria del solo Soberano Pontífice, ésta poco a poco se ha perdido de vista y toda la enseñanza pontificia ha parecido quedar reducida a las solas definiciones ex cathedra, mal interpretadas como solemnes. Además, estando enteramente atraída la atención sobre éstas, se ha habituado a no considerar las intervenciones doctrinales de la Santa Sede más que en la sola perspectiva del juicio solemne: la de un juicio que debe por sí solo aportar a la doctrina todas las garantías requeridas. En esta perspectiva era imposible captar la verdadera naturaleza del Magisterio ordinario. Esta perspectiva permanece siendo la de más de un autor. Es también, como lo hace presentir el título mismo de la obra, (la de Choupin, Valeur des décisions doctrinales et disciplinaires du Saint-Siège, París, 1913, que todavía recientemente se nos ha presentado como «la mejor obra sobre ese difícil tema», según A. de Soras, en la Revue de l’Action Populaire, LXXIII, 1953, pág. 893, n. 2).

Como si la equivalencia entre la autoridad doctrinal del Papa y la de la Iglesia no se verificara más que en el solo Magisterio solemne . Sólo el estudio de los textos conciliares nos podrá informar acerca del acierto de tal interpretación .

 LA ENSEÑANZA DEL VATICANO I

A decir verdad, uno se queda asombrado, en el primer intento en una lectura poco atenta y no meditada, por la discreción del Concilio con respecto al Magisterio Pontificio ordinario.

En la Constitución Dei Filius, en la que se encuentra el término de «Magisterio ordinario», esta expresión se halla completada por el epíteto «y universal», que parece para el insipiente prohibir extender el alcance de la definición al Magisterio del solo Soberano Pontífice.

La Constitución Pastor aeternus, que define en términos precisos la infalibilidad pontificia, emplea términos que limitan estrictamente los casos en que se verifican las condiciones de un juicio solemne:

El Papa debe hablar como pastor y doctor supremo de toda la Iglesia;

Debe obrar con la plenitud de su autoridad;

Debe, en fin, expresar claramente que pretende imponer como revelada, una doctrina concerniente a la Fe y a las costumbres.

Si estas condiciones no se llenan, , dicen los que niegan la infalibilidad del Papa en su magisterio ordinario, no se puede hablar de definiciones, ni, por tanto, considerar el juicio pontificio como por si solo infalible e irrefutable.

Pero una cosa es limitar los casos en los que se pueden verificar las condiciones de un juicio, solemne, y otra cosa limitar al solo juicio solemne los modos auténticos de presentación de la regla de Fe por el Soberano Pontífice. Una cosa, imponer como objeto de Fe todo lo que es enseñado como revelado por el Magisterio ordinario y universal, y otra cosa limitar a eso la obligación de creer.

Estos límites no han sido fijados por ninguna de las mencionadas Constituciones del Vaticano I. Nadie puede, pues, basándose en ellas, excluir al Magisterio ordinario pontificio de los modos auténticos de presentación de la regla de Fe, tal como toda la Iglesia lo ha creído desde los tiempos apostólicos.

El asombrarse, por otra parte, de esta discreción de las Constituciones votadas en 1870, no puede proceder más que de la ignorancia o del olvido del objetivo mismo de los Concilios.

«El objetivo de los santos concilios —explicaba el Cardenal Franzelin a los obispos, al proponerles un proyecto de definición— no fue jamás exponer la doctrina católica en sí misma, en tanto que se estaba en una tranquila posesión de ella …, sino manifestar los errores que amenazan y excluirlos por una declaración de la verdad que les era directamente opuesta …» (26).

El Concilio Vaticano no hizo excepción a esta regla. Definió con claridad la infalibilidad del Papa en los juicios solemnes, que era objeto entonces de ardientes controversias. No tenía que recordar, y no recordó, al menos por medio de un texto oficial, la tradición que reconocía el carácter de regla de Fe a la enseñanza ordinaria de la Santa Sede, tradición que gozaba entonces de «tranquila posesión» desde la misma fundación de la Iglesia. Parece acertado que allí esté la explicación del silencio relativo del Vaticano I sobre el Magisterio Pontificio ordinario. La apelación hecha por uno o por otro de los ponentes a la tradición romana como a una regla de fe, por sí sola suficiente, y el texto mismo del Capítulo IV, en el que la enseñanza de la Santa Sede está colocada sobre el mismo pie que los decretos de los Concilios, bastarán para darnos la garantía de ello (Const. Pastor aeternus, en Denzinger, 1832).

Pero tenemos un texto más explícito, en el que Monseñor d’Avanzo, al responder en nombre de la Diputación de la Fe a algunos miembros de la oposición, comienza su exposición recordando las posiciones esenciales y admitidas por todos con respecto a la enseñanza de la Iglesia:

«Hay en la Iglesia un doble modo de infalibilidad: el primero se ejerce por el Magisterio ordinario … Es por lo que, lo mismo que el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad permanece constantemente en la Iglesia, y la Iglesia también enseña constantemente (tous les jours) las verdades de la Fe con la asistencia del Espíritu Santo. Ella enseña todas las verdades, ya estén definidas, ya estén explícitamente contenidas en el depósito de la revelación, pero no definidas todavía; ya, en fin, aquellas que son objeto de fe implícita. Estas verdades la Iglesia las enseña diariamente, tanto principalmente por el Papa como por cada uno de los Obispos en comunión con aquél. Todos, el Papa y los Obispos, en esta enseñanza ordinaria son infalibles con la infalibilidad misma de la Iglesia. Difieren sólo en esto: los Obispos no son infalibles por sí mismos, sino que necesitan de la comunión con el Papa, que les confirma; pero el Papa no tiene necesidad de nada más que de la asistencia del Espíritu Santo que le ha sido prometida. Así, él enseña y no es enseñado, confirma y no es confirmado.

¿Cuál es, en todo esto —añade el ponente— la parte de los fieles? Este mismo Espíritu Santo que por el carisma de la infalibilidad asiste al Papa y a los Obispos en su enseñanza, da también a los fieles que son enseñados la gracia de la Fe, por la cual creen en el Magisterio de la Iglesia» (Mansi, Sacrorum conciliorum nova et amplissima collectio, t. III, col. 764, AB. Cf. RT, 1962, pág. 355).

Puede ocurrir, sin embargo, que surjan dudas, que algunos puntos sean discutidos, que algunas verdades sean desviadas de su sentido. «Es entonces —explica Mons. d’Avanzo— el caso de una definición dogmática», de la que expone a los Padres los diversos modos y etapas. No tenemos por qué detenernos en esto. Nos bastará recordar, siguiendo al Obispo de Calvi, que el objeto de esta definición es justamente dirimir, por una sentencia infalible y definitiva, los casos litigiosos, dejados sin decisión por la sola vía del Magisterio ordinario (Mansi, LII, 754, DC-765).

DIFERENCIA ENTRE EL MAGISTERIO ORDINARIO Y EL JUICIO SOLEMNE

Se ve qué serios retoques un estudio atento del Vaticano I impone a las ideas simplistas que algunos habrían podido hacerse de la infalibilidad pontificia y especialmente de la del Magisterio ordinario.

Por un lado, en efecto, ese estudio hace aparecer claramente la paridad, desde el punto de vista de la proposición de la regla de Fe, entre la Iglesia universal y la sola Iglesia de Roma, no sólo en el ejercicio del juicio solemne, sino también en el de la enseñanza ordinaria . Esta paridad ha sido claramente reconocida por varios autores; p. ej., J.-M.-A. Vacant, Le magistère ordinaire de l’Eglise et ses organes, Paris, 1887, pág. 98: «El Papa ejerce personalmente su Magisterio infalible, no solamente por medio de juicios solemnes, sino también por su Magisterio ordinario, que se extiende perpetuamente a todas las verdades obligatorias para toda la Iglesia«. Cf. J. de Guibert, De Christi Ecclesiae, Roma, 1928, pág. 314; M.-M. Labourdette, O. P., Les enseignements de l’encyclique «Humani Generis», RT, L, 1950, pág. 38.

Pero este estudio subraya al mismo tiempo la naturaleza específica distinta de esos dos modos de proponer la doctrina. La infalibilidad del Magisterio ordinario, ya se trate de la de la Iglesia universal o de la de la Santa Sede de Roma, no es la de un juicio, ni de un acto a considerar aisladamente, como si de él solo se pudiera esperar toda la luz. Es la de la garantía asegurada a una doctrina, por la convergencia, simultánea o continua, de una pluralidad de afirmaciones o exposiciones, de las que ninguna, tomada separadamente, puede aportar una definitiva certeza. Esta no puede ser esperada más que del conjunto de aquéllas En el caso del Magisterio universal, este conjunto es el de la enseñanza concordante de los obispos en comunión con Roma; en el caso del Magisterio pontificio, es la continuidad en la enseñanza de los sucesores de Pedro; en otros términos, es la «tradición de la Iglesia de Roma», a la que apelaba Mons. Gasser (CL, c. 404). Esto ha sido muy bien visto por A. G. Martimort (Op. cit., pág. 558), quien escribe: «El error de Bossuet consiste en rechazar la infalibilidad del Magisterio extraordinaria del Papa; pero ha prestado el gran servicio de afirmar con claridad la infalibilidad del Magisterio ordinario y su naturaleza particular, que deja a cada acto en particular el riesgo de error… En suma, según Mons. de Meaux, sucede con la serie de Pontífices Romanos, tomados en el correr de los tiempos, lo que sucede con el colegio episcopal disperso por el mundo».

.Pero todas concurren a integrar ese conjunto. Ninguna, por tanto, puede ser tratada con negligencia, como simple opinión de un doctor privado: todas deben ser recogidas cuidadosamente como otros tantos testimonios de valor cierto, aunque desigual, de los que nos queda por indicar los criterios.

CRITERIOS DE AUTORIDAD PARA LOS ACTOS DEL MAGISTERIO ORDINARIO

Si el Magisterio ordinario está constituido por un conjunto de expresiones de autoridad desigual, su utilización como lugar teológico supone la existencia de criterios que permitan discernir el valor relativo de cada uno de ellos.

Estos criterios, parece ser, pueden reducirse a tres:

– la voluntad del Soberano Pontífice de comprometer su autoridad en el enunciado de una doctrina;

– la resonancia más o menos extendida de su enseñanza en la Iglesia;

– continuidad, en fin, y coherencia de las diversas afirmaciones.

La voluntad del Soberano Pontífice

En la esfera de su competencia, la Fe y las costumbres, que es la misma de la Iglesia Docente (La competencia de la Iglesia, además de alcanzar a las verdades estrictamente reveladas y que constituyen el depósito de la Fe propiamente dicho, se extiende también a las verdades conexas, indispensables para la guarda de ese depósito. Cf. Ponencia de Mons. Gasser, en CL, c. 415. Pío XII ha recordado también en sus alocuciones a los obispos, el 31 de mayo y el 2 de noviembre de 1945, la extensión de esta competencia, especialmente respecto de las verdades de Derecho Natural. La extensión de la competencia del Soberano Pontífice en materia de doctrina es exactamente la misma que la de la Iglesia.), la voluntad del Soberano Pontífice es decisiva. Secundum menten ac voluntatem eorumdem Pontificum (conforme al espíritu y a la voluntad de los mismos Pontífices), en la Encíc. Humani generis, AAS, XLII, pág. 568. Instrumento consciente, el Vicario de Cristo no puede comprometer la autoridad de la que es depositario más que en la medida en que se lo propone. Existen casos en los que el Papa rehúsa aceptar semejante compromiso, que incluso a veces declara expresamente no querer tomar (Benedicto XIV, De canonisatione sanctorum (Breve a J. Facciolati de 20 de julio de 1753), afirma expresamente que esta obra no tiene .otra autoridad que la de un privati auctoris. La misma afirmación se encuentra en el propio texto de constituciones apostólicas, a propósito de opiniones teológicas propuestas por el Papa. V. g., Const, Apostolici ministerii, del 16 de septiembre de 1747. Lo mismo, San Pío X, a propósito de las palabras pronunciadas en el curso de audiencias privadas: Instrucción de la Secretaria de Estado a los obispos de Italia, del 28 de julio de 1904.). Las palabras y escritos del Papa no serán en tales casos actos pontificios, sino solamente actos privados que no pertenecen al Magisterio de la Iglesia. En ocasiones es útil recordar esto.

Por el contrario, la voluntad del Soberano Pontífice puede ser bastante expresa para comprometer toda la autoridad de la que está revestido al enunciar determinada proposición, que será entonces por sí sola un testimonio suficiente de que una doctrina pertenece a la enseñanza de la Iglesia. Tal esel caso del juicio solemne.

Fuera de este último caso, en el que su autoridad es indivisible, la voluntad del Papa de comprometerse, como el peso que él confiere a sus enseñanzas, son susceptibles de grados diversos. El Soberano Pontífice, «según su prudencia y las necesidades de sus hijos» («Exhortaciones al Rey», de la Asamblea del Clero de Francia de 1755, recogidas por Le Franc de Pompignan, Coll. des Procès Verbaux des Assemblées générales du Clergé de. France, París, 1778, t. VIII, Primera parte. Piezas justificativas, c. 168), puede exponer o recordar positivamente la doctrina, resolver con autoridad una controversia. Puede también limitarse a dar una advertencia, un consejo, una simple llamada de atención. Puede, y es una de las maneras en que se manifiesta la discreta conducta de la Iglesia, orientar solamente los espíritus hacia una solución que, antes de ser positivamente afirmada, necesita ser precisada y madurar todavía. Alentará, entonces, a los que se dedican a promoverla, guardará silencio o empleará reticencias respecto de los partidarios de la tesis contraria.

Un primer indicio de esta voluntad del Santo Padre lo constituye la naturaleza más o menos solemne del instrumento escogido. Se conoce la larga gama de documentos pontificios, desde las Litterae encyclicae, las más solemnes después de las bulas, hasta las simples cartas dirigidas a los Obispos, a agrupaciones o incluso a presidentes seglares de diversas obras; desde los radiomensajes a todo el Universo, hasta las alocuciones más sencillas a las peregrinaciones que se aglomeran cada día en el Vaticano, ávidas de escuchar la palabra del Vicario de Cristo. Pío XII se dignó explicarlo un día a una de esos grupos de recién casados, ante los cuales, en los comienzos de su Pontificado, el Papa quiso ejercer «ese ministerio de la palabra», que es uno de los modos de expresión de la enseñanza ordinaria; Esta identidad aparece claramente en el discurso citado a continuación Ella ha sido subrayada con mucho acierto por R. Hasseveldt, Le mystère de l’Eglise, París. Cf. Franzelin (informe citado nota 26), que habla a este respecto de ordinaria et continua professione et praedicatione ecclesiastica (de la profesión y predicación eclesiásticas ordinarias y continuas):

«Ciertamente, Nos ejercitamos tal ministerio, en primer lugar, cuando en ocasiones solemnes nos dirigimos a toda la Iglesia, a los Obispos, Nuestros hermanos en el episcopado ; pero, Padre de todos como somos, hasta de los humildes; Pastor, no sólo de las ovejas, sino también de los corderos, ¿cómo tendríamos ánimo para renunciar al ejercicio sencillo y santo del ministerio de la palabra, y no llevar directamente a Nuestros hijos, con Nuestra voz, las enseñanzas que Nos ha confiado Cristo, Nuestro Maestro?» (Alocución del 21 de enero de 1942).

La naturaleza del documento utilizado no podrá, sin embargo, constituir sino un indicio (Otra indicación, muy significativa de la voluntad pontificia, puede ser la inserción de un documento en las Acta Apostolicae Sedis. Benedicto XIV fue el primero en tomar la iniciativa de transcribir las encíclicas en el Bulario, que al mismo tiempo declaró colección oficial. Actualmente, no sólo las encíclicas y. las cartas a los obispos, sino radiomensajes y simples alocuciones pueden a menudo leerse en las Acta, al lado de las constituciones apostólicas o de las decretales de canonización). El Papa tiene libertad, incluso en los casos de un juicio solemne, para elegir el modo de expresión que juzgue más oportuno . Podría utilizar para una definición una encíclica o un radiomensaje, así como una constitución apostólica majestuosamente inscrita en una bula (Cf. Claeys-Bouuaert, Art. Bulle, del Dict. de Droit Canonique, c. 1126-1127, que lo afirma expresamente de las encíclicas. El autor se apoya sobre el Prefacio del Bulario de Benedicto XIV, que emplea la expresión et alia hujusmodi (y otras cosas semejantes). Esto, parece, abría de lejos el camino a los radiomensajes, a los que Mons. Bruno de Solages, Théologie de la juste guerre, reconocía el mismo valor que a las encíclicas. Cf. P. Duclos, Le Vatican et la guerre mondiale, París, 1959, pág. 9.

Pero además de los criterios internos, hay a veces otros criterios externos al documento, que no dejan lugar a duda sobre la intención del Papa de imponer una doctrina infalible. Por ejemplo, respecto de la Providentissimus y de la doctrina en ella enseñada consta por carta al Ministro General de los Franciscanos M. y a los Obispos franceses que León XIII quería obligar a que se admitiesen las doctrinas de la Proviáentissimus, en la cual encíclica —decía

él había expresado lo que exige un juicio sano y prudente sobre los Libros sagrados.

Con mayor razón ocurre lo mismo para el Magisterio ordinario. Pío XII expresamente afirmó que se había inclinado a elegir los radiomensajes por razón de las barreras que la guerra, caliente o fría, levantaba contra la transmisión de todos los documentos escritos . Semejante innovación, testimonio de la flexibilidad y de la adaptación de la enseñanza ordinaria, pueden invocar en su favor la autoridad de una iniciativa que cuenta ya dos siglos. En efecto, fue por un motivo análogo que Benedictino XIV sustituyó al empleo de las bulas el uso de las encíclicas, abandonado por sus predecesores . Mas el Papa no está ligado a una forma determinada para hacer una definición ex cathedra, como si necesariamente debiera realizarse en un concilio o por medio de una bula o constitución dogmática. Podría hacerlo por medio de una encíclica, o de otra forma cualquiera

Fiarse únicamente de la naturaleza del documento escogido sería olvidar que en el texto de cada uno de ellos es preciso distinguir con cuidado lo que constituye el tema esencia/ de los mismos y lo que no es sino afirmación secundaria o simple obiter dictum . El objeto directo de una encíclica compromete mucho más al Papa que el simple considerando de una constitución dogmática; el objeto de una alocución, como la que Pío XII dirigió en 1950 a las comadronas, tiene un alcance doctrinal muy distinto al de las exhortaciones de un mensaje radiodifundido.

A veces por circunstancias externas se conoce que una doctrina no la quiere imponer el Papa, aunque esté contenida y enseñada en una bula o constitución apostólica. V. g. En la constitución apostólica Munificentissimus Deus, sólo se define la Asunción de María, dogma infalible,  a los cielos en cuerpo y alma; no se define la muerte de María. Y, sin embargo, en el curso de ese documento papal se habla repetidas veces de la muerte de María, aduciendo palabras de los Santos Padres. Se diría que tal muerte no se define, pero que se enseña en la bula, y que la muerte de Ia Virgen es la doctrina consona con la de Ia bula. Sin embargo, dudaríamos que el Papa la haya querido imponer, si atendemos a ciertas circunstancias, extrínsecas al documento, que parecen instruirnos acerca de la intención del Papa de dejar libre esta materia.

No tratamos aquí de Matemáticas, y querer simplificar hasta el extremo, mediante categorías demasiado rígidas, sería exponerse a peligrosos equívocos .

La resonancia de un acto pontificio en la Iglesia

La misma observación se impone con respecto del segundo criterio que nos hemos permitido proponer: la esperada repercusión de un documento pontificio sobre el conjunto de la Iglesia. Al contrario de los obispos, de los que cada uno no es doctor más que de su Iglesia particular, y que no lo son de la Iglesia universal sino solidariamente unidos en torno del Papa, el Soberano Pontífice, por sí solo, es doctor universal.

No se puede desconocer la importancia de lo que acabamos de decir. La asistencia del Espíritu Santo, prometida a los sucesores de San Pedro, es, sin duda, un privilegio personal que tiene par sujeto a la persona misma del Jefe visible de la Iglesia. Este, sin embargo, no es el último beneficiario: si su doctrina está asegurada contra todo desfallecimiento (défaillance), es para que pueda «confirmar a sus hermanos» y para que, en definitiva, la Fe de la Iglesia permanezca inquebrantable hasta el fin de los tiempos. Una enseñanza dada por el Santo Padre, incluso en el ejercido de su cargo, pero a un grupo de peregrinos aislados, no tendrá más que un eco sin gran alcance. Otra cosa sucederá con un acto pontificio susceptible de arrastrar la adhesión de toda la Iglesia (Importa no confundir este criterio con la aceptación por la Iglesia, exigida por los galicanos, para el valor definitivo de las sentencias pontificias. Esta confusión entre eficiencia y finalidad parece no haber sido siempre debidamente señalada: Cf. L. Choupin, Op. cit., pág. 147; J. de Guibert, De Ecclesia, págs. 312-313, nº 372, 5). Aun si no se tratara de una decisión ex cathedra, sería muy difícil, en razón de esa resonancia prevista, el rehusar a dicho acto el beneficio de una asistencia muy especial, sin la cual una vacilación o una duda podría introducirse en la Fe de todos los fieles .

También aquí, sin embargo, es preciso no fiarse únicamente de indicios demasiado materiales. Una constitución apostólica, una encíclica, un radiomensaje al mundo, tienen sin duda un destino expresamente universal. Sin embargo, no es seguro que su repercusión deba ser siempre más extensa que la de una carta o una alocución que no son dirigidas directamente más que a un grupo restringido, pero menos como destinatario último que como portavoz o amplificador.

Tal es el caso, en primer lugar, de las cartas o alocuciones dirigidas a los Obispos. Doctor enseñando a los Maestros, Pastor instruyendo a los Pastores, el Papa ejerce entonces un Magisterio «virtualmente universal» . Esto es lo que da importancia capital a las encíclicas, sobre todo a aquellas que son dirigidas a todo el episcopado.

Pero el Papa puede escoger otros intermediarios. Por un extremo afán de tacto y delicadeza, Pío XII ha querido, para recordar ciertas leyes más delicadas de la moral conyugal, confiarlas a auditorios de técnicos, médicos o comadronas. Es indudable, sin embargo, que tales discursos pretendían ser escuchados, y de hecho lo han sido, por un auditorio mucho más amplio que el de sus solos oyentes inmediatos (El Soberano Pontífice lo ha afirmado a los recién casados: es a todos os hogares a los que él pretendía dirigirse, y las diversas enseñanzas dadas parcialmente en cada audiencia formaban indudablemente en su pensamiento un cuerpo unido de doctrina. Lo mismo está afirmado de las enseñanzas dadas a los párrocos de Roma, que son valederas para todos los directores de parroquia. Carta de la Secretaría de Estado al Card. Lercaro, en el Osservatore Romana, de 16 de septiembre de 1954).

Continuidad y coherencia de la enseñanza pontificia

Voluntad expresa del Soberano Pontífice, resonancia más o menos extensa de una enseñanza, no tenemos por qué detenernos aún más en esos dos criterios. Ya han retenido la atención de algunos autores que creyeron poder contentarse con ellos para precisar el deber de un católico en presencia de un documento del Magisterio ordinario : asentimiento interior, piensan ellos, no de Fe, sino prudencial, cuyo rechazo, a menos que tal documento constituya un hecho nuevo o se tenga la certeza de discordancia entre la afirmación pontificia y la doctrina hasta entonces enseñada, no podría escapar a la nota de temeridad.

A diferencia de esos autores que parecen hacer a veces de esta actitud de simple prudencia la regia general en presencia del Magisterio ordinario, la encíclica Humani generis, que también la conoce, la reserva para un caso netamente determinado: el de una sentencia aislada, dada sobre una materia todavía controvertida (Quodsi… de re hactenus controversa (de la materia hasta aquí controvertida); en la Encíc. Humani generis.). Si en un caso determinado, el Soberano Pontífice, al pronunciarse, no pretendiera comprometerse hasta el punto de pronunciar un juicio definitivo, tal sentencia no podría llenar las condiciones exigidas para la infalibilidad; no podría, por consiguiente, imponer la Fe, sino solamente una respetuosa y prudente obediencia.

Pero, observa justamente la Encíclica, tal caso no es sino excepcional. «Lo más a menudo, plerumque, lo que se encuentra enseñado en las encíclicas pertenece ya, .por otra parte, a la doctrina católica«. No se trata ya de una sentencia que viene a dirimir una controversia, sino de una remembranza (rappel) que continúa, siguiendo la oportunidad de lugares y tiempos, una enseñanza ya tradicional.

Definir la actitud del fiel frente a esas remembranzas (rappels), sin tener en cuenta la continuidad en que se insertan, sería recaer una vez más en el error de método que hemos encontrado precisamente en el origen de las confusiones señaladas por el P. Labourdette. Así, en lo que concierne a esas remembranzas (rappels), que son la regla general para el Magisterio ordinario, es indispensable añadir a los dos criterios ya indicados el criterio que constituyen los signos reveladores de una continuidad doctrinal.

 

La repetición material de las mismas verdades constituye, evidentemente, el primer signo y el más obvio de él. Tampoco hay por qué detenerse en ello, sino para observar que aquí los obiter dicta mismos pueden constituir preciosos indicios . Sobre este punto, por otra parte, los Soberanos Pontífices nos facilitan a menudo la tarea: todos los que han tomado un contacto algo seguido con las encíclicas conocen esas largas secuencias de citas, por las cuales los Papas quieren marcar el encadenamiento de su enseñanza con la de sus «venerables predecesores». Ellas pueden parecer fastidiosas; sin embargo, no se debe disminuir su importancia. Para contentarnos con un ejemplo, bastará recordar que una doctrina tan discutida hoy como la de la inseparabilidad del sacramento y del contrato en el matrimonio de los cristianos, no tiene fundamento tradicional más seguro que esta continua insistencia de las declaraciones romanas. Basta, para darse cuenta de esta continua remembranza (rappel).con hojear uno de los bularios de Benedicto XIV, quien, con motivo de Cada proposición, recoge y cita, a menudo in extenso, todas las decisiones de sus predecesores. Lo mismo, León XIII, por ejemplo, en la Encíclica Humanum genus (sobre la Masonería).

Aunque no siempre esté tan expresamente declarado este lazo, no deja por ello de ser menos notorio. Cuando no los términos, son al menos los matices del pensamiento de documentos anteriores los que un ojo familiarizado con esos textos vuelve a encontrar a veces en las Cartas Pontificias. Pensamos aquí en las enseñanzas de León XIII sobre el matrimonio. Podrían parecer una innovación; pero estaban a menudo anunciadas por los textos de Pío VI hasta en sus menores detalles.

No tenemos por qué asombrarnos al ver a los Soberanos Pontífices subrayar esta continuidad. Les parece ella de un peso tal, que no vacilan en considerar la doctrina que esta continuidad presenta como la enseñanza misma de la Iglesia (Pío XI, Encíc. Casti connubii: «La iglesia habla por nuestra boca». Pío XII lo recuerda al referirse a la doctrina social de los Papas: Alocución a la Universidad Gregoriana, de 17 de octubre de 1953.). Rigurosamente normativa para toda inteligencia cristiana (Quaecumque Pontífices Romani tradiderint vel tradituri sunt, singula necesse est tenere judicio stabili comprehensa (es preciso atenerse con firme juicio a todo lo que los Romanos Pontífices han enseñado o enseñarán), según León XIII, en Encíc. Immortale Dei, de primero de noviembre de 1885. Unde catholici accipiant quid sibi sentiendum (es de ella —de la Sede Apostólica— de donde los católicos deben recibir lo que tienen que saber), en Pío XI, Encíc. Mortalium unimos, de 6 de enero de 1928: tenemos por qué recordar el texto conocido de la Humani generis). Su sola garantía les parece bastante fuerte para permitirles pronunciar una definición y, a veces, para hacer ésta innecesaria (Tal parece haber sido el caso de la Realeza de Nuestra Señora. Cf. Encíc. Ad Caeli Reginam.).

Sin embargo, no debe restringirse este criterio a los estrechos límites de una repetición material. Aparece, por el contrario, más flexible y más viva, pero no menos decisiva, en lo que Newman llamaba la coherencia interna del desenvolvimiento doctrinal.

Algunos autores han insistido recientemente en el carácter de «escritos de circunstancia», que, según ellos, sería el de diversos documentos del Magisterio ordinario y singularmente de las encíclicas (el modernista Y. Congar, J Villain, etc.).

La expresión no carece de peligros. En primer lugar, careciendo de las precisiones necesarias, daría lugar a creer —es éste el sentido obvio en nuestra lengua— que el alcance de los documentos a los cuales se les aplica dicha expresión está limitado a las circunstancias que los han motivado. Es imposible atribuir a ningún católico la idea de aplicar semejante restricción a las remembranzas (rappels) doctrinales que son la regla corriente para las encíclicas (Ad catholicam fidem custodiendam, morumque disciplinam aut servandam aut restaurandam (para defender la Fe católica y para conservar o restaurar la disciplina de las costumbres), Benedicto XIV, Colección de Bulas, Prefacio. Plerumque quae in encyclicis litteris proponuntur… jam aliunde ad catholicam doctrinam pertinent, dice Pío XII en la Encíclica Humani generis), no puede, pues, aplicarse más que a casos prácticos que no podían producirse sino en casos muy particulares. Tenemos un ejemplo de ello en las invitaciones, repetidas sin cesar, a los católicos italianos, durante medio siglo, para pedirles que permanezcan fieles a la actitud de expectativa del non expedit. Directivas semejantes se encuentran a veces, en efecto, en las encíclicas. Sin embargo, estos casos son excepcionales. Por tanto, definir las Cartas Pontificias por el término de «escritos de circunstancias» constituye un paralogismo del que es fácil prever las consecuencias.

En primer lugar, ha llevado a generalizaciones demasiado apresuradas. Pío XII, en diversas ocasiones, ha tenido que protestar contra la atribución de un carácter tan precario a reglas morales que, por haber sido dadas con ocasión de circunstancias históricas muy precisas, no dejan de ser valederas para todos los tiempos (Alocución del 18 de septiembre de 1950 a los padres de familia franceses, AAS, XLII, 1951, pág. 730; Carta de la Secretaría de Estado al Cardenal Roques, de 31 de diciembre de 1954; Carta de Pío XII al Cardenal van Roey, de 24 de agosto de 1955. Estos diversos documentos afirman el valor permanente de la encíclica Divini illius Magistri, con ocasión de la cual parece justamente que por primera vez se aventuró la opinión que considera a las encíclicas como meros «documentos pastorales» o «escritos de circunstancia». Cf. Pourquoi et comment l’Église défend-elle l’Ecole libre?, en Esprit, 1949, pág. 419).

Además, presenta el peligro de hacer olvidar que una consigna práctica, incluso restringida a una hipótesis histórica concreta, supone siempre una tesis cuyo alcance es universal (La solución admitida en hipótesis no es moralmente admisible más que si se conoce en ella, a través de todas las precisiones que se quieran, la exigencia de la tesis; Por el contrario, es necesario, pese a la evolución de las circunstancias, para poder permanecer siempre fiel al principio de la tesis, que la disciplina de la Iglesia deba estar continuamente puesta al día. Ningún Papa, quizá, lo ha afirmado más a menudo y con más fuerza que San Pío X, a quien se ha reprochado a veces un exceso de rigidez. Ver también las afirmaciones recientes del pontificado de Pío XII sobre la necesidad de adaptar sin tregua una institución como la Acción Católica a las nuevas circunstancias. Sobre la relación entre las decisiones disciplinares y la Fe, se pueden consultar: S. Agustín, Contra Julianum, I, 31; Bossuet, Défense de la Tradition et des Saints Pères; E. Dublanchy, Art. «Dogme», DTC IV, c. 1644). Cualquiera que esté un poco familiarizado con la historia de la Teología no puede ignorar la incidencia de hipótesis históricas, como la del donatismo o de las ordenaciones simoníacas, sobre la tesis dogmática del carácter sacramental.

La confusión no hace más que aumentar, si por «escritos de circunstancias» se pretende precisar el carácter propio de las encíclicas para oponerlas al Magisterio solemne. Ya hemos encontrado -una distinción del mismo orden al estudiar las actas del Concilio Vaticano. Esta distinción estaba hecha, iay!, en sentido diametralmente opuesto. Para los teólogos del Concilio son los documentos del Magisterio solemne los que hay que considerar como actos «ocasionales», o como «reacciones de defensa», mientras que la exposición positiva de la doctrina per se spectata es, por el contrario, la función propia del Magisterio ordinario (Esta es la posición del modernista P. Lubac).

El equívoco de semejante terminología no deja, sin embargo, de disimular una idea justa, sobre la cual hemos de agradecer a nuestros autores el haber querido llamar la atención. Lo que es cierto, pero hay que aplicarlo también, tanto a los decretos del Concilio Vaticano como a las encíclicas contemporáneas, es que no hay que exigir a cada texto del Magisterio la síntesis doctrinal que estarnos acostumbrados a encontrar en los sumarios de nuestros manuales, exposiciones sistemáticas de una Teología ya elaborada; Es curioso observar que quienes están más interesados en subrayar el carácter ocasional del Magisterio ordinario, son a menudo los mismos que, sin haberse acordado de aplicar ese criterio a los decretos del Concilio Vaticano, han exigido de ellos que digan todo sobre el Magisterio, y han llegado, por consiguiente, a desconocer el alcance de la enseñanza pontificia ordinaria.

Al igual que los concilios en sus definiciones y sus anatemas, los Papas en su enseñanza se preocupan ante todo por las necesidades presentes de la Iglesia. Los errores que condenan son los de su tiempo; las doctrinas que recuerdan son aquellas cuya necesidad se hace sentir actualmente. Su insistencia sobre ciertos puntos, como su misma terminología, no pueden encontrar todo su sentido más que colocados en el contexto de los acontecimientos contemporáneos. Dejan a sus sucesores, órganos ellos también del Magisterio vivo, el cuidado de completar el conjunto doctrinal, no por la vana satisfacción de construir un armonioso edificio, sino para responder a su vez a las nuevas necesidades de los tiempos. La síntesis de conjunto no puede ser esperada más que de la acción del Espíritu Santo a través de los siglos, y será obra de los teólogos el relacionar el conjunto de las afirmaciones diversas, pronunciadas con ocasión de errores opuestos, para hacer resaltar la armonía y la solidez del cuerpo de doctrina que componen. La observación ha sido hecha recientemente, y con mucho juicio, acerca de los concilios de Orange y del Vaticano, cada uno de los cuales dio aspectos complementarios de la doctrina de la Iglesia sobre los fundamentos racionales de la Fe.

Lo mismo ocurre con la enseñanza de los últimos Papas legítimos sobre la doctrina católica del Estado. En tanto que, después de las revoluciones de principios del siglo XIX, León XIII debía insistir, ante todo, en el deber de obediencia que incumbe al ciudadano, Pío XI y Pío XII tuvieron más bien que hacer resaltar los excesos de los totalitarismos. Sin embargo, ninguna oposición existe entre esos diversos puntos de vista, y no es difícil establecer la síntesis entre los aspectos complementarios de una misma doctrina.

Serían tres actitudes igualmente lamentables, tanto el asombrarse de esta diversidad corno el rehusar reconocer su profunda unidad, o rechazar su infalibilidad. Estas tres actitudes desconocerían el carácter vivo del Magisterio pontificio, cuya imperiosa necesidad constituyó el punto de partida de la conversión de Newman. Impresionado por el carácter armonioso y coherente del desarrollo dogmático, comprendió que semejante unidad sería inexplicable sin la presencia, en el seno del gran cuerpo vivo que es la Iglesia, de un elemento comparable a ese «principio organizador» al cual los biólogos de hoy exigen la explicación de la evolución orgánica de todo ser viviente. Este principio no es otro que la vigilancia y la influencia doctrinal del Pastor Supremo de la Iglesia, del Papa; Esta vigilancia e influencia doctrinal se ejerce no sólo para coordinar y dirigir las iniciativas de los miembros de la Iglesia, sino también para dar impulso a las actividades necesarias. Tal fue el caso de la insistencia continua de los Papas, desde Benedicto XV, para la creación de un clero y un episcopado indígenas, de su recuerdo (rappel) constante sobre la necesidad de retornar a la filosofía de Santo Tomás y a la idea corporativa.

Este carácter, a la vez flexible y coherente, de la continuidad pontificia, será sin duda una invitación para quien desee captar el alcance de la misma, para ilustrarse por el estudio de las circunstancias que han dado ocasión a las enseñanzas y a las advertencias de los Papas (Este es también un lugar común de exégesis elemental que debe aplicarse igualmente a las Epístolas de San Pablo y a los decretos de los concilios. El error no está en recordar que debe aplicarse también a las encíclicas, sino en presentar este elemento común como la nota distintiva y «esencial».). Incitará más aún este mismo carácter a colocar cada documento en la cadena tradicional en que se inserta, en el cuerpo de doctrina del que ese documento constituye un aspecto y donde goza de la luz aportada por todos los supuestos complementarios. Sólo un estudio del conjunto permitirá tener una idea exacta de cada una de las partes.

Es en una perspectiva semejante donde tomarán su verdadero valor los diversos criterios que acaban de ser propuestos y que deben bastar para preservar de toda interpretación errónea o tendenciosa la enseñanza ordinaria del Papa.

Incluso uno se podrá preguntar, y se nos permitirá hacerlo al término de este muy largo estudio, si son verdaderamente necesarias tantas precauciones para abordar la lectura de los documentos pontificios. El peligro más grave no es quizá el de «exagerar (majorer) las enseñanzas del Magisterio» , sino el de quebrantar la confianza y adhesión de los fieles. Sería particularmente peligroso oponer al Magisterio solemne el ordinario, según las categorías de falible e infalible. Sería olvidar la prudente advertencia de la Facultad de París, que hacía notar en 1682: «Cualquiera que sea la opinión que se profese sobre la infalibilidad del Papa, es tan irrespetuoso proclamar públicamente que puede equivocarse como decir a los hijos: Vuestros padres pueden mentir». ¿Qué doctor más seguro podrá proponerse a los que quieren poseer la exacta doctrina de Cristo, que aquel a quien el Señor afirmó: Quien a vosotros oye, a Mí me oye (Lc 10,16), y sobre el cual construyó su Iglesia para que permanezca inquebrantable hasta el fin de los tiempos?

No sólo sería más hábil, sino también más exacto, el decir que cualquiera que sea la vía por la cual nos llegue la doctrina, ésta es siempre infaliblemente cierta, ya nos esté enseñada, en efecto, por toda la Iglesia o solamente por su Jefe, el Papa. En tanto que, en el Magisterio solemne, la garantía puede sernos dada por un solo juicio tomado separadamente, en el caso de la enseñanza ordinaria no puede ser esperada más que de una continuidad o de un conjunto. Fuera de los juicios solemnes, la autoridad de las diversas expresiones de las enseñanzas pontificias lleva consigo grados y matices. Todos, sin embargo, se integran auténticamente en esta tradición continua y siempre viva, cuyo contenido no podría estar sujeto a error sin que se pusieran en litigio las promesas de Cristo y la economía misma de la constitución de la Iglesia, por lo que gozan del carisma d la infalibilidad.

Tal presentación, en lo que tiene de esencial, no es imposible hacerla comprender, incluso a los fieles más humildes. Por el contrario, ella es, la experiencia nos lo ha mostrado muchas veces, captada espontáneamente por las inteligencias cristianas, que encuentran en ella, al mismo tiempo que una doctrina auténticamente tradicional, la expresión de la lógica misma de su Fe.

OTRAS EVIDENCIAS QUE NOS SEÑALAN QUE EL AMGISTERIO ORDINARIO DEL PAPA, AUN CUANDO NO DEFINE, ES INFALIBLE.

Aunque una proposición no esté definida, podría ser que fuera verdadera, por tanto infalible, y se deba tener por tal, si hay suficientes razones que la abonen. Veamos algunas razones lógicas:

l.°) La iglesia Romana, en cuanto iglesia particular y contrapuesta a las otras que forman el Cuerpo místico de Cristo, es tenida por madre y maestra de todas las iglesias. Podríamos enumerar aquí las diferentes frases de San Gregorio II,  o las de otros. Si la maestra de todas las iglesias no posee la verdad religiosa de una manera infalible, hay peligro que las iglesias que son sus discípulas tampoco la posean ; y de ahí, de esa incertidumbre, se seguirían gravísimos inconvenientes para la Iglesia universal.

2º) A la iglesia Romana en cuanto iglesia particular, y no precisamente como expresión o formulación de toda Ia Iglesia universal, es a la que consultan las iglesias particulares y toman como norma de su propia doctrina. Según decía San Ireneo, «con esta iglesia Romana [tomada evidentemente como iglesia particular] por su principalidad más importante es menester que convengan las demás iglesias, esto es, los fieles de todo el mundo» (Adversus tiaereses lib. 3, c. 3 : MG 7, 849ª). Si esta iglesia Romana, de que habla Ireneo, se tomara aquí como Iglesia universal, no parece que entonces tuviera sentido la frase del santo; entonces las iglesias particulares y los fieles de todo el mundo no convendrían con Ia iglesia Romana; serían ellos mismos (aunque incompleta e inadecuadamente) la misma Iglesia universal Romana, lo cual es falso.

3º) Podría parecer singular y curioso y causar perplejidad y confusión en las almas que el Romano Pontífice, que tiene en su poder el ejercicio de un magisterio infalible, no lo usara en su misma Casa y Diócesis, cuando tanto importa que esta diócesis, que es norma y maestra de todas las demás, posea una doctrina infalible.

4º). De hecho, en el transcurso de los tiempos, siempre se ha mirado la doctrina de Roma en fe y costumbres como la norma de verdad para todas las demás iglesias.

5º). No se  añadirían penas tan graves para quienes defendieran los errores proscritos, que parecieran improporcionadas, si no se tratara de errores definitiva y perentoriamente rechazados. Es el caso de los errores modernistas, condenados por actos del magisterio ordinario en un decreto del Santo Oficio (decreto Lamentabili) de 3 de julio de 1907 (D. 2001-2165a), y en la encíclica Pascendi, poco posterior, de 8 de septiembre de 1907 (cf. D. 2071-2109), condenaciones refrendadas después (18 de noviembre, 1907) explícitamente y con pena severísima de excomunión, reservada al Romano Pontífice, contra los contradictores (D. 2114), salvo las otras penas en que pudieran incurrir por defender herejías; y en el mismo documento se llama a los errores de los modernistas «omnium haereseon collectum» (D. 2114). Todavía más adelante se exigía (1 septiembre de 1910) y sigue exigiéndose con juramento- en la Iglesia Católica y no en la iglesia conciliar- la adhesión a las condenaciones del modernismo, contenidas en aquella encíclica Pascendi y en el decreto Lamentabili (D. 2146). ¿ acaso negarán también estas sectas la infalibilidad de esta Decreto del Santo Oficio, de la Pacendi, de Mirari vos, de Mortalium ánimos, etc. Pues bien, ninguna de las  doctrinas enseñadas en eso documentos han sido proclamadas por el Papa mediante un magisterio solemne, sino mediante el magisterio ordinario infalible del Vicario de Cristo.

Todos estos argumentos y más prueban, a nuestro parecer, la eximia autoridad moral y las garantías de infalibilidad que ofrece la doctrina dogmática y de costumbres enseñada en la iglesia Romana. Caminar según ella es caminar según la verdad; y caminar fuera de ella es caminar fuera del verdadero camino. No es creíble que el Papa enseñe, o permita que se enseñe por sus subordinados, en su propia iglesia y diócesis, una doctrina contraria al Dogma o a la Moral. Por lo que fácilmente se deduce que el magisterio ordinario del legítimo Papa es infalible y está exento de error.

En fin, el Papa no está ligado a una forma determinada para hacer una definición, ex cathedra o hablar de forma infalible.

Y puesto que desde la muerte de su santidad Pío XII, no hay Papa, ya que desde Roncalli a Bergolio, pasando por Montini, Albino Luciani, Wojtyla y Ratzinger todos estos han errado y han enseñado herejías y no son ni han sido legítimos papas de la Iglesia Católica por esa misma razón, es deber gravísimo de la Iglesia la unidad para proceder a la elección de un Papa entre sólo aquellos obispos que conservan íntegra la fe católica prístina, sin tacha ni macula. La Iglesia necesita más que nunca a la madre y maestra de todas las iglesias, de ahí la urgencia de un cónclave o concilio para la elección del Vicario de Cristo en la Tierra. La Iglesia católica es jerárquica con Pedro a la cabeza, de ninguna manera es la iglesia episcopaliana y menos la dispersión de capillistas en torno a su clérigo vago de turno.

Para los que quieren creer y salvarse tenemos 1.000 argumentos, para los obstinados en el error y no quieren creer no tenemos ninguno.

P.José Vicente Ramón