CATEQUESIS PARA JÓVENES Y ADULTOS: CURSO 2021/2022

CATEQUESIS CATÓLICA PARA JÓVENES Y ADULTOS

¿Quién puede inscribirse?

Todo tipo de personas: hombres y mujeres,- modernistas, ateos, agnósticos, católicos que quieran conocer su fe- jóvenes (desde los 16 años), y personas mayores sin límite de edad.

Fechas y horas

Comienzo el 16 de octubre 2021 a las 19 horas (hora de España). Todos los sábados a las 19 horas (hora de España).

Lugar

Desde la Casa de espiritualidad Sedes Sapientiæ, se impartirá on line, en vídeo conferencia mediante la plataforma «zoom», que deben descargarse gratuitamente.

Inscripción

Forma:  Los interesados deben comunicar el nombre y apellidos, domicilio, estado, nivel de estudios terminados, teléfono y email, y los sacramentos que hayan   recibido, por medio de llamada teléfonica al +34 650475658, al P. José Vicente Ramón.

Responsable de impartir las catequesis

P. Jsé Vicente Ramón, sacerdote católico.

 

El aforo para catecúmenos es limitado.

IMPRIMIR UN DÍPTICO DEL TEMARIO DEL CURSO

Si conoce a alguien que en verdad pueda estar interesado, le agradeceríamos compartiera esta posibilidad.

CONTENIDOS DEL CURSO

Apologética fundamental.

1. Existencia de Dios. Pruebas de la misma. Errores contra la existencia de Dios. Naturaleza y atributos divinos. Dios Creador de todas las cosas. Dios Gobierna el mundo con su Providencia.

2. El alma humana. Existencia. Su espiritualidad, libertad e inmortalidad.

3. Necesidad de la religión. Naturaleza de la religión. Obligatoriedad de la Religión positiva.

4. Naturaleza de la Revelación. Su posibilidad. Coveniencia de la Revelación. La Providencia divina y la impotencia cognitiva humana.

5. Certeza requerida en el hecho de la Revelación. Certeza respectiva. Conversiones. Apostasía. Discernimiento del milagro como criterio. Posibilidad y discernimiento de la profecía.

6. El hecho histórico de la Revelación. Estudio crítico. Autenticidad de los Evangelios. Conservación incorrupta.

7. Existencia histórica de Jesús. Testimonio de Jesucristo acerca de sí mismo. Pruebas de su veracidad. Profecías del Antiguo Testamento cumplidas en Jesús. Milagros contemporáneos.

8. La Resurrección de Jesús. Diferencia con los dioses muertos y «resucitados» en la antiguas culturas mitológicas.

9. La Sábana Santa de Turín. Estudio multidisciplinario. Audiovisual.

10. La Iglesia Católica, mensajera divina. Manifestaciones milagrosas. La difusión del Cristianismo y la diferencia con otras religiones.

11. La Iglesia antes de Cristo. La Iglesia en la predicación de Cristo. Poderes de las Apóstoles.

12. La Iglesia después de Pentecostés. Mirada de conjunto. El Romano Pontífice sucesor de San Pedro. Los obispos sucesores de los Apóstoles.

13. Naturaleza de la Iglesia fundada por Jesucristo. Poderes concedidos por Jesucristo a su Iglesia. Prerrogativas de la Iglesia. El Papa. Los Obispos. Las notas esenciales de la verdadera Iglesia. Las notas de la Iglesia no se verifican en las sociedades heréticas y cismáticas.

14. El Magisterio. Magisterio del Papa. El Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia. El Magisterio de los Concilios. La infalibilidad del Papa. Revelación y Tradición.

Historia de la Iglesia

15.  Edad Antigua. Orígenes de la Iglesia. Apostolado de San Pablo. Últimos años de los Apóstoles y la destrucción de Jerusalén. Las persecuciones. La Iglesia y el Imperio Romano. Las herejías y los concilios. Padres y Doctores de la Iglesia. Los monjes.

16. Edad Media. – Caída del Imperio Romano y las nuevas nacionalidades. El islamismo. Restablecimiento del Imperio de Occidente. El Cisma de Oriente. Las investiduras en Occidente. Las Cruzadas. Florecimiento religioso. Decadencia política y religiosa.

17. Edad Moderna. – Seudoreforma protestante. La verdadera Reforma. Florecimiento de la Iglesia. El filosofismo. Las revoluciones. Lucha del catolicismo en el siglo XIX. Expansión y santidad de la Iglesia en la época moderna.

18. La edad contemporánea en la Iglesia. El Concilio Vaticano de 1879. El modernismo. El concilábulo de 1962. El triunfo del modernismo. El resto fiel.

El Dogma Católico y su metodología.

19. Metodología general. Didáctica. Metodología especial. El Credo y los Artículos. Religion. Revelación.

20. Misterio de la Santísima Trinidad. Unidad. Personas. Procesiones. Relaciones. Misiones.

21. La Creación. Los Ángeles. Creación del mundo. Creación del hombre. Naturaleza del hombre. Pecado original.

22. La Redención. Misterio de la Encarnación. Mesianidad de Jesucristo. Naturaleza y Persona de Jesucristo. Pasión de Jesucristo. Muerte y Resurrección.

23. La Virgen María es Madre de Dios. Inmaculada. Virginidad perpetua. Asunción de la Virgen María. El Espíritu Santo.

24. La Iglesia Católica y su divina Misión. Organización de la Iglesia. El Romano Pontífice. Notas y propiedades de la Iglesia verdadera.

25. Comunión de los Santos. Los Novísimos. El infierno, el limbo, el Purgatorio y el cielo.

26. De la fe en general. La Divina Revelación. La fe divina. Divisiones y propiedades de la fe. Extensión de la fe. Obligaciones de la fe. Nombre y señal del Cristiano.

Estudio de la Moral Católica.

27. La Moral y los actos humanos. Los actos morales. Regla interior de moralidad: la conciencia. Regla externa de la moralidad: la ley. Obligación de la Ley moral.

28. De los Mandamientos de la Ley de Dios en general ( se impartirá en varios sábados). Deberes tocantes a la Religión: Primer Mandamiento; deberes tocantes a los actos de culto; pecados contrarios. Segundo Mandamiento; deberes tocantes a la veneración del Santo Nombre de Dios y pecados contrarios. Tercer Mandamiento y pecados opuestos. Cuarto Mandamiento; deberes tocantes a la autoridad: sociedad doméstica, patronal, civil, religiosa; pecados contrarios. Quinto Mandamiento; deberes tocantes a la vida del cuerpo y a la vida del alma; los pecados de escándalo. Sexto y nono Mandamiento; pecados contra el sexto y nono Mandamiento. Séptimo Mandamiento; deberes tocantes a los bienes materiales del prójimo: la justicia y el derecho; pecados contra el séptimo Mandamiento. Octavo Mandamiento; deberes tocantes a los bienes espirituales del prójimo: la reputación y el honor; pecados opuestos: Reparación de la infamia. Deberes tocantes a la verdad; pecados opuestos.

29. De los mandamientos de la Iglesia en general. El precepto de oir Misa: primer Mandamiento de la Iglesia. El Precepto de la Confesión: segundo Mandamiento de la Iglesia. El Precepto de la comunión: tercer Mandamiento de la Iglesia. El Precepto de abstinencia y ayuno: cuarto Mandamiento. Privilegios de la Bula de la Santa Cruzada. Los diezmos y primicias, y las censuras de libros: quinto Mandamiento. Últimas enseñanzas de la Iglesia hasta la muerte del último Papa S.S. Pio XII el 9 de octubre de 1958.

Vida Sobrenatural.

30. La Gracia (ocupará 2 o tres sábados). Tratado tomista de la gracia. Gracia habitual y actual. Las virtudes teologales y cardinales. Los dones del Espíritu Santo. Los sacramentos.

Sagrada Liturgia.

31. La Liturgia en general. Liturgia de la Santa Misa. Liturgia de los Sacramentos: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Orden Sacerdotal y Matrimonio.

32. Tiempos sacros del Año Litúrgico. Ciclo de Navidad. Ciclo de Pascua. Ciclo de Pentecostés.

33. Aprendizaje del uso del Misal y del Breviario Romano (taller que ocupará al menos dos sábados).

EL CIELO ¿QUÉ ES?

El cielo

¡Qué cosa tan grande es el cielo astronómico ! ¿Qué otra cosa puede darnos una idea tan impresionante de la inmensidad de Dios, que está jugando con todo eso como los niños con pompitas de jabón. Con razón dice el salmo, aludiendo al cielo astronómico, que “los cielos cantan la gloria de Dios”.

Pero ese cielo tan deslumbrador no es nuestro cielo, no es el cielo de la fe. El cielo de la fe, la patria de las almas inmortales está incomparablemente más allá todavía. Ya es hora de que comencemos a exponer algo del verdadero cielo. Voy a comenzar la explicación de la teología del cielo de las almas, del cielo sobrenatural que nos aguarda más allá de esta vida.

Para poner orden y claridad en mis palabras, voy esta meditación en dos partes. En la primera meditaremos de la gloria accidental del cielo; en la segunda, de la gloria esencial. Y en la gloria accidental, todavía podemos establecer un subdivisión: primero la gloria accidental del cuerpo, y luego la gloria accidental del alma.

LA GLORIA ACCIDENTAL

 

LA GLORIA ACCIDENTAL DEL CUERPO

Vamos a empezar por lo de “inferior categoría”, por lo más imperfecto: la gloria accidental del cuerpo. Y os advierto, antes de comenzar la descripción del cielo , que no voy a deciros absolutamente nada que no se apoye directamente en la divina Revelación. No voy a proyectar ante vosotros una película fantástica, pero soñada. No son datos de una imaginación enfermiza o calenturienta; no son sueños de un poeta. Son datos revelados por Dios. Los podéis leer en la Sagrada Escritura: ¡los ha revelado Dios! Lo único que voy a hacer es daros la interpretación teológica de esos datos revelados para hacer una afectuosa meditación,  toda ella fundada en Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino. Pero, fundamentalmente, lo que vamos a contemplar no lo ha inventado Santo Tomás ni ningún otro teólogo. Son datos revelados por Dios en las Sagradas Escrituras.

Decimos en teología y es cosa clara y evidente, que la gloria del cuerpo no será más que una consecuencia, una redundancia de la gloria del alma. En la persona humana, lo principal es el alma; el cuerpo es una cosa completamente secundaria. El alma puede vivir, y vive perfectamente, sin el cuerpo, aunque reclama al cuerpo; el cuerpo, en cambio, no puede vivir sin el alma.

En este mundo estamos completamente desorientados. Concedemos más importancia a las cosas del cuerpo que a las del alma. Se pone el cuerpo enfermo y le atendemos en el acto con medicinas y tratamientos y sanatorios y operaciones quirúrgicas, y todo lo que sea menester para recuperar la salud. Y son legión los que tienen enferma el alma, y quizá del todo muerta por el pecado mortal, ¡y ríen y gozan, y se divierten y viven completamente tranquilos, como si no les ocurriera absolutamente nada! ¡Qué aberración! Cuando veamos las cosas a la luz del más allá, veremos que las cosas del cuerpo no tienen importancia ninguna; lo esencial es lo que afecta al alma, lo que ha de durar eternamente.

Un corazón contrito y humillado por haberse interesado más por las cosas del cuerpo que las del espíritu, ¡oh Dios! Tú no lo desprecias, Señor.  Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno.

En el cielo funcionan las cosas rectamente. La gloria del cuerpo no será más que una redundancia, una simple derivación de la gloria del alma. El alma bienaventurada, incandescente de gloria por la visión beatífica de que goza ya actualmente, en el momento de ponerse en contacto con su cuerpo al producirse el hecho colosal de la resurrección de la carne, le comunicará ipso facto su propia bienaventuranza. Ocurrirá algo así como lo que pasa en un farolillo de cristales multicolores cuando encendemos una luz dentro de él: aparece todo radiante, lleno de luz y de colorido. El cuerpo, al resucitar, al ponerse en contacto con el alma glorificada, se pondrá también incandescente de gloria, lleno de luz y de hermosura, según el grado de gloria que Dios le comunique a través de su propia alma. Por eso os decía que la gloria del cuerpo será una simple consecuencia de la gloria del alma. Y sabemos por la Sagrada Escritura, porque lo ha revelado Dios, que el cuerpo glorioso tendrá cuatro cualidades o dotes maravillosas: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.

En primer lugar la claridad. El profeta Daniel, describiendo el triunfo final de los elegidos, dice que “brillarán con esplendor del cielo” y que “resplandecerán eternamente como las estrellas” (Dan. 12, 3). Y el mismo Cristo nos dice en el Evangelio que “los justos brillarán como el sol en el reino del Padre” (Mt. 13, 43).

Los cuerpos gloriosos serán resplandecientes de luz. Si contempláramos ahora mismo el cuerpo glorioso de Jesús o el de María Santísima –únicos que actualmente hay en el cielo–, quedaríamos deslumbrados ante tanta belleza.

El cuerpo humano, aún acá en la tierra, es una verdadera obra de arte. Los artistas –pintores y escultores– de todas las épocas y de todas las razas han reproducido la belleza del cuerpo humano. Lástima que muchas veces profanen una cosa tan bella como el cuerpo humano para convertirla en una de las más inmundas e inmorales, en una pornografía baja y desvergonzada. Pero no cabe duda que, contemplado con ojos limpios y finalidad sana, el cuerpo humano constituye, aún acá en la tierra, una verdadera obra de arte maravillosa creada por Dios. Pues, ¿qué será, pues, el cuerpo espiritualizado, el cuerpo glorioso radiante de luz, mucho más resplandeciente que la del sol?

Mi Dios, Jesús, mi único bien. Tu eres todo para mi; sea yo todo entero para ti, Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre materno. Oh Dios, mis huesos no te fueron desconocidos cuando en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era yo entretejido; Oh Dios, que te humillaste tomando carne de la Virgen, para que pudiera ser también glorificado nuestro cuerpo; que nuestro cuerpo sea, Jesús, siempre templo de tu Espíritu Santo, para alabarte y amarte.

Dice Santa Teresa que, en una visión sublime, le mostró Nuestro Señor Jesucristo nada más que una de sus manos glorificadas. Y decía que la luz del sol es “fea y apagada” comparada con el resplandor de la mano glorificada de Nuestro Señor Jesucristo. Y añade que ese resplandor, con ser intensísimo, no molesta, no daña a la vista, sino que, al contrario, la llena de gozo y de deleite.

La contemplación de los cuerpos gloriosos resplandecientes de luz de millones y millones de bienaventurados, ángeles y hombres,  será un espectáculo grandioso, deslumbrador, que llenará, ya por sí solo, de inefable felicidad a los bienaventurados.

La segunda cualidad del cuerpo glorioso es la agilidad. Consta también, expresamente, en varios pasajes de la Sagrada Escritura: “Al tiempo de la recompensa brillarán y discurrirán como centellas en cañaveral” (Sap 3, 7). Ello quiere decir que los bienaventurados podrán trasladarse corporalmente a distancias remotísimas casi instantáneamente. Digo casi, porque, como advierte Santo Tomás de Aquino, todo movimiento, por rapidísimo que se le suponga, requiere indispensablemente tres instantes: el de abandonar el punto de partida; el de adelantarse hacia el punto de llegada, y el de llegar efectivamente al término. Y eso puede hacerse, si queréis, en una millonésima de segundo, pero de ninguna manera en un solo instante, filosóficamente considerado; tiene que transcurrir algún tiempo, aunque sea absolutamente imperceptible, una millonésima de segundo si queréis. Pero ese tiempo tan imperceptible equivale, prácticamente, a la velocidad del pensamiento. Con las alas de la imaginación podemos trasladarnos en este mundo, instantáneamente, a regiones remotísimas: de la tierra a la luna, a las más remotas estrellas; pero nuestro cuerpo permanece inmóvil en el lugar donde nos encontramos mientras la imaginación realiza su vuelo fantástico. En el cielo, el cuerpo acompañará al pensamiento a cualquier parte donde quiera trasladarse, por remotísimo que esté. En esto consiste el dote maravilloso de la agilidad.

Oh, Señor, cuán admirable es el designio que tienes preparado para los que haces justos. Porque me has amado, y donado el amor, te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Jesús, infinitamente amable y prefiero morir amándote a vivir sin amarte.

La tercera cualidad es la impasibilidad. Eso significa que el cuerpo glorificado es absolutamente invulnerable al dolor y al sufrimiento, en cualquiera de sus manifestaciones. No le afecta ni puede afectar el frío, el calor, ni ningún otro agente desagradable. Metido en una hoguera, no se quemaría. Sumergido en el fondo del mar, no se ahogaría. En medio del fragor de una batalla, los proyectiles no le causarían ningún daño. Las enfermedades no pueden hacer presa en él. El cuerpo del bienaventurado no está preparado para padecer, es absolutamente invulnerable al dolor. No es que sea insensible en absoluto. Al contrario, es sensibilísimo y está maravillosamente preparado para la dicha: gozará de deleites inefables, intensísimos. Pero es del todo insensible al dolor. Esto significa la impasibilidad del cuerpo glorioso. Consta también expresamente en la Sagrada Escritura: “Ya no tendrán hambre, ni sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno; porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apoc. 7, 16-17).

Oh Jesús, Esposo de mi alma, dame de beber del agua que Tú das de la fuente de tu divino costado abierto, para que no  tenga sed en la eternidad, y que para que ya en este valle de lágrima,  el ese dulcísimo agua se convierta en mí en una fuente de agua que brota para vida eterna.

Pero aún hay otra cuarta cualidad: la sutileza. Dice el apóstol San Pablo que “el cuerpo se siembra animal y resucitará espiritual” (1 Cor 15, 44). No quiere decir que se transformará en espíritu; seguirá siendo corporal, pero quedará como espiritualizado: totalmente dominado, regido y gobernado por el alma, que le manejará a su gusto sin que le ofrezca la menor resistencia, al contrario que en este estado de viadores en que nos encontramos.

Muchos teólogos creen que, en virtud de esta sutileza, el cuerpo del bienaventurado podrá atravesar una montaña sin necesidad de abrir un túnel, o traspasar paredes y puertas y así podrá entrar en una habitación sin necesidad de que le abran la puerta, como se nos revela que hizo Cristo, vida nuestra, al presentarse delante de sus discípulos. Santo Tomás de Aquino piensa que la sutileza no es otra cosa que el dominio total y absoluto del alma sobre el cuerpo, de tal manera, que lo tendrá totalmente sometido a sus órdenes. Es cierto, dice el Doctor Angélico, que los bienaventurados podrán atravesar una montaña sin necesidad de abrir un túnel, o entrar en una habitación sin necesidad de que les abran la puerta; pero eso será, no en virtud de la sutileza, sino de una nueva cualidad sobreañadida, de tipo milagroso, que estará totalmente a disposición de ellos.

Como se ve, para el caso es completamente igual. Como quiera que sea, lo cierto es que podremos atravesar los seres corpóreos con la misma naturalidad y sencillez con que un rayo del sol atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo.

Oh Jesús, Hijo de Dios vivo, Sabiduría encarnada que resucitaste  atravesando la sábana mortuoria,  danos tu gracia, que es prenda de la futura gloria, para que ningún obstáculo nos impida en esta vida seguirte a dónde Tú vayas, y adorándote a ti, y venerando por nosotros los sagrados cuerpos de los mártires y santos, a través de los cuales pedimos tu auxilio,  Oh Cristo, pues fueron miembros vivos de tu Cuerpo y templos del Espíritu Santo, nos concedas ser resucitados y glorificados para la vida eterna, para no separarnos jamás de ti, Oh Cordero inmaculado.

La Sagrada Escritura, nada nos dice acerca de los goces de los sentidos; pero es indudable que los tendrán también intensísimos y sublimes. No hace falta tener una imaginación muy exaltada para comprender que si el cuerpo entero ha de quedar beatificado, los sentidos corporales tendrán que tener sus goces correspondientes, pues son las ventanas del conocimiento que adquirimos. Ahora bien: los ojos no pueden gozar de otro modo que viendo cosas hermosísimas, y los oídos oyendo armonías sublimes, y el olfato percibiendo perfumes suavísimos, y el gusto y el tacto con deleites delicadísimos proporcionados a su propio objeto sensitivo. El simple sentido común, y la deducción lógica nos lo dice, siendo una conclusión teológica evidente.

De manera, que nuestro cuerpo entero, con todos sus sentidos, estará como sumergido en un océano inefable de felicidad, de deleites inenarrables. Y esto constituye la gloria accidental del cuerpo; lo que no tiene importancia, lo que no vale nada, a pesar de superar en sí los dones de Adán, antes de su caída, los cuales  podrían desaparecer sin que sufriera el menor menoscabo la inenarrable gloria esencial del cielo.

Oh Dios mío, rico en misericordia, que por el grande amor con que nos amaste, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificaste por Cristo, quien nos salvó por gracia y con Él y por Ël nos has llamado a la resurrección y a sentarnos en el banquete de los cielos en Cristo Jesús, tu Hijo, sin ningún mérito nuestro, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de Su gracia ; Oh Dios mío,  por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús, nos has llamado experimentar eternamente  tu Paternidad, rica en misericordia, a través del amor de tu Hijo, crucificado y resucitado, el cual, como Señor, está sentado en los cielos a la derecha del Padre, y de quien jamás queremos separarnos; Oh Dios, aumenta nuestro amor, inflama nuestro corazón, dilata nuestros pechos, hasta morir de amor en la unión contigo, mi Señor, y no tengas en cuenta nuestros pecados.

LA GLORIA ACCIDENTAL DEL ALMA

Mil veces por encima de la gloria del cuerpo, está la gloria del alma. El alma vale mucho más que el cuerpo. Acá en la tierra, el mundo, el demonio y la carne no nos lo dejan ver. En el otro mundo lo veremos clarísimamente.

¡La gloria del alma! Vayamos por partes.

Empecemos por los goces de la amistad. Cuando dos amigos se quieren de veras, cuando dos corazones se han fusionado en uno solo, la separación violenta, sobre todo si ha de ser para largo tiempo, resulta siempre dolorosa. Y si es la muerte quien se encarga de separar para siempre, acá en la tierra, a esos dos íntimos amigos, ¡qué desgarro experimenta el pobre corazón humano! Pero queda todavía la dulcísima esperanza: en el cielo se reanudará para siempre aquella amistad interrumpida bruscamente. Los amigos volverán a abrazarse para no separarse jamás.

La amistad es una cosa muy íntima, muy entrañable, no cabe duda; si es santa, es la perfección de la caridad;  pero todos tenemos aquí en la tierra también lazos de la sangre, los vínculos familiares; quien no tiene hijos, tiene padres. ¿No lo recordáis? ¿No lo recordáis cualquiera de los que me estáis escuchando? Cuando se os murió vuestro padre, o vuestra madre, o vuestros hijos, experimentasteis la amargura más grande de vuestra vida. Cuando tenemos el cadáver en casa, ¡qué frío está el hogar! Y cuando se llevan de casa los despojos de aquel ser tan querido, nos arrancan un jirón de nuestras almas, un pedazo de nuestras entrañas. ¡Cómo nos duele, señores, aquella terrible separación!

¡Ah!, pero vendrá la resurrección de la carne, y con ella la reconstrucción definitiva de la familia. Pero quizá a alguno de vosotros se le ocurra preguntar: “Padre, ¿y si al llegar al cielo nos encontramos con que falta algún miembro de la familia? ¿Cómo será posible que seamos felices sabiendo que uno de nuestros seres queridos se ha condenado para toda la eternidad?”

Esta pregunta terrible no puede tener más que una sola contestación: en el cielo cambiará por completo nuestra mentalidad. Estaremos totalmente identificados con los planes de Dios. Adoraremos su misericordia, pero también su justicia inexorable. En este mundo, con nuestra mentalidad actual, es imposible comprender estas cosas; pero en el cielo cambiará por completo nuestra mentalidad, y, aunque falte un miembro de nuestra familia, no disminuirá por ello nuestra dicha; seremos inmensamente felices de todas formas, porque el gozo estará debidamente ordenado en el cielo, sumergiéndonos en el amor de Dios. Pero, no cabe duda, señores, que si rezamos con profundo fervor el Rosario, la Virgen María nos alcanzará las gracias para que se salven y  si no falta un solo miembro de nuestra familia, si logramos reconstruirla enteramente en el cielo, nuestra alegría llegará a su colmo y será inenarrable, aunque allí no exista el lazo de la carne, pues, señores, por encima de los goces de la familia reconstruida que experimentará nuestra alma, serán alegrías aún más inefables que los lazos que hubo aquí de la carne, las que nos proporcione la amistad santa, y el trato con los Santos. En este mundo no podemos comprender esto, pero ya os he dicho que en la otra vida cambiará por completo nuestra mentalidad. Allí veremos clarísimamente que no hay más fuente de bondad, de belleza, de amabilidad, de felicidad que Dios Nuestro Señor, en el que se concentra la plenitud total del Ser, y según el amor a Él será ordenado el nuestro, aquí, señores, algo confuso.

Oh Virgen María y San José, bendecid nuestras familias y alcanzadnos de vuestro Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la gracia de la conversión de su corazones a Cristo y, en especial la gracia de la perseverancia final, al fin de que todos puedan gozar de la beatitud eterna en el cielo.

Y, en consecuencia lógica, aquellos seres, aquellas criaturas que estarán más cerca de Dios contribuirán a nuestra felicidad más todavía que los miembros de nuestra propia familia. De manera que el contacto y la compañía de los Santos –que están más cerca de Dios– nos producirá un gozo mucho más intenso todavía que el contacto y la compañía de nuestros propios familiares. Que cada uno piense ahora en los Santos de su mayor devoción e imagine el gozo que experimentará al contemplarles resplandecientes de luz en el cielo y entablar amistad íntima con ellos.

Pero más todavía que por el contacto y amistad con los Santos, quedará beatificada nuestra alma con la contemplación de los ángeles de Dios, criatura bellísimas, resplandecientes de luz y de gloria. Dice Santo Tomás de Aquino, y lo demuestra de una manera categórica, que los ángeles del cielo son todos específicamente distintos. Lo cual quiere decir que no hay más que uno solo de cada clase. Imaginaos, por ejemplo, que en el reino animal no hubiera en todo el mundo más que un solo caballo, un solo león, un solo toro, un solo elefante, etc., etc.; uno solo de cada clase. Pues esto, exactamente, es lo que ocurre con los ángeles: cada uno de ellos constituye una especie distinta dentro del mundo angélico, a cuál más hermosa, a cuál más deslumbradora, pero totalmente diferente de todas las demás. No hay dos ángeles iguales. La contemplación del mundo angélico, con toda su infinita variedad, será un espectáculo grandioso, señores. Sabemos por la Sagrada Escritura que los ángeles, a pesar de su diversidad específica individual, se agrupan en nueve coros o jerarquías angélicas, que reciben los nombres de ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines. Lo dice la sagrada Escritura, señores, lo ha revelado Dios, no son sueños fantásticos de un poeta. La contemplación de esas nueve jerarquías angélicas, con el número incontable de ángeles distintos que forman parte de cada una de ellas, será un espectáculo maravilloso, sencillamente fantástico, del que ahora no podemos formarnos la menor idea.

Mil veces por encima de los ángeles, la contemplación de la que es Reina y Soberana de todos ellos nos embriagará de una felicidad inefable ¡Qué será cuando la veamos personalmente a Ella misma “vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” como la vio el vidente del Apocalipsis! Nos vamos a volver locos de alegría cuando caigamos a sus pies y besemos sus plantas virginales y nos atraiga hacia Sí para darnos el abrazo de madre y sintamos su Corazón Inmaculado latiendo junto al nuestro para toda la eternidad.

Oh, Virgen María, toda la naturaleza llamada en tu persona a subir a la cima de todos los honores, es ensalzada al brillar con gloria tan grande; Oh, Virgen castísima y purísima ¿A dónde vas, con la agilidad bienaventurada,  más  resplandeciente que luz de aurora y de mayor claridad que el sol? Oh, Reina triunfadora, vuelve tus ojos a nosotros, para que con tu protección consigamos la patria la patria dichosa del cielo.

Pero ¿quién podrá describir, lo que experimentaremos cuando nos encontremos en presencia de Nuestro Señor Jesucristo, cuando veamos cara a cara al Redentor del mundo, con los cinco luceros de sus llagas en sus manos, en sus pies y en su divino Corazón? Cuando caigamos de rodillas a sus pies y cuando Él nos incorpore para darnos su abrazo de Buen Pastor y nos diga con inefable dulzura: “Pobre ovejita mía, ¡cuántas veces te extraviaste fuera del redil de tu Pastor alucinada por el mundo, el demonio y la carne! Pero yo morí por ti, yo rogué por ti al Eterno Padre, y ahora te tengo ya en mi aprisco para toda la eternidad”. El gozo que experimentaremos entonces es absolutamente indescriptible.

Oh, llagas de profundidad insondable del  divina Sabiduría; Oh dulzura del Corazón atravesado que por sólo mirarlo extasía; Oh, deliciosas llagas de tus pies y manos que nos enamoran; Oh, Cristo, verdadero Esposo de nuestras almas, haznos saborear en esta vida una prenda de la locura de amor que tienes reservada a tus elegidos y llámanos tu lado tras un tránsito de amor, raptando nuestra alma.

LA GLORIA ESENCIAL

El panorama que hemos contemplado hasta aquí,  es verdaderamente magnífico y deslumbrador. Y, sin embargo, todo esto constituye únicamente lo que llamamos en teología la gloria accidental del cielo: la gloria accidental del cuerpo y la gloria accidental del alma. Todavía no os he dicho ni una sola palabra de la gloria esencial. Lo que hemos visto hasta ahora no es más que una antesala; no hemos entrado todavía en el salón del trono. Porque lo que constituye la gloria esencial del cielo es lo que llamamos en teología la visión beatífica, o sea, la contemplación facial, cara a cara, de la esencia misma de Dios.

Imposible, señores, hacer una descripción de la visión beatífica. No tenemos, acá en la tierra, ningún punto de referencia para establecer una semejanza o analogía. Pero a la luz de la teología católica voy a hacer un esfuerzo para daros una idea remotísima, palidísima, de aquella inefable realidad.

Desde niños hemos cantado todos el Himno Eucarístico con aquella preciosa estrofa: “Dios está aquí…”, aludiendo al Sacramento adorable de la Eucaristía. Pero, también desde niños, sabemos todos por el catecismo que Dios está en todas partes. Dios está en la Eucaristía y fuera de ella. En la Eucaristía está de una manera especial –sacramentado–, pero fuera de la Eucaristía está en todo cuanto existe, en todos los seres y lugares de la creación, por esencia, presencia y potencia.

Dios lo llena todo. Dios es inmenso. Está dentro de nosotros y delante mismo de nuestros ojos, pero sin que le podamos ver en este mundo, ¿Sabéis por qué no podemos ver a  Dios en este mundo a pesar de que lo tenemos delante de nuestros ojos? Os vais a quedar estupefactos creyendo que os quiero gastar alguna broma. No le vemos, sencillamente porque está la luz apagada. Aun a las dos de la tarde, y a pleno sol, está la luz apagada para ver a Dios. Os voy a explicar este misterio.

Imaginaos el caso de un turista que, en una noche cerrada y oscura, sin luna, con densas nubes que ocultan hasta el débil resplandor de las estrellas, se acerca a la montaña más alta del mundo, el monte Everest, que tiene cerca de nueve mil metros de altura. Y para contemplar aquella inmensa montaña en aquella noche tenebrosa se le ocurriese encender una cerilla. Diríamos todos que se había vuelto loco, porque una cerilla no tiene suficiente luz para iluminar aquella inmensa montaña, la mayor del mundo.

Pues algo parecido, señores, nos ocurre en este mundo con relación a la visión directa e inmediata de Dios. Para iluminar a Dios, la luz del sol es incomparablemente más pequeña y desproporcionada que la de una cerilla para iluminar el monte Everest; ¡sin comparación!

Oh Dios que todo lo penetras a quien nada se le esconde, concédenos colirio para los ojos de nuestra alma, multiplica nuestra fe y haz que siempre tengamos presente con el mayor anhelo la gloria que has reservado para tus predestinados, y danos todas las gracias para que, un día, cuando Tú lo hayas decidido en libro de nuestras vidas, podamos contarnos, llenos de dicha, entre ellos.

Para ver a Dios, señores, hace falta una luz especial, especialísima, que recibe en teología el nombre de lumen gloriae: la luz de la gloria. Los teólogos que me escuchan saben muy bien que el lumen gloriae no es otra cosa que un hábito intelectivo sobrenatural que refuerza la potencia cognoscitiva del entendimiento para que pueda ponerse en contacto directo con la divinidad, con la esencia misma de Dios, haciendo posible la visión beatífica de la misma. Si Dios encendiese ahora mismo en nuestro entendimiento ese resplandor de la gloria, el lumen gloriae, aquí mismo contemplaríamos la esencia divina, gozaríamos en el acto de la visión beatífica, porque Dios está en todas partes, y si ahora no le vemos es porque nos falta ese lumen gloriae, sencillamente porque está apagada la luz.

¿Y qué veremos cuando se encienda en nuestro entendimiento el lumen gloriae  al entrar en el cielo? Es imposible describirlo, señores. El apóstol San Pablo, en un éxtasis inefable, fue arrebatado hasta el cielo y contempló la divina esencia por una comunicación transitoria del lumen gloriae, como explica el Doctor Angélico. Y cuando volvió en sí, o sea, cuando se le retiró el lumen gloriae, no supo decir absolutamente nada (II Cor., XII, 4) porque: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el entendimiento humano es capaz de comprender lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (I Cor., II, 9).

San Agustín, y detrás de él toda la teología católica, nos enseña que la gloria esencial del cielo se constituye por tres actos fundamentales: la visión, el amor y el goce beatífico.

La visión ante todo. Contemplaremos cara a cara a Dios, y en Él, como en una pantalla cinematográfica, contemplaremos todo lo que existe en el mundo: la creación universal entera, con la infinita variedad de mundos y de seres posibles que Dios podría llamar a la existencia sacándoles de la nada. No los veremos todos en absoluto o de una manera exhaustiva, porque esto equivaldría a abarcar al mismo Dios, y el entendimiento creado ni en el cielo siquiera puede abarcar a Dios. Pero una variedad casi infinita de seres posibles, de combinaciones imaginables, las veremos en Dios maravillosamente. Y, desde luego, veremos todo cuanto existe: la creación universal entera. ¡Qué película cinematográfica! ¡Qué espectáculo tan deslumbrador contemplaremos en la esencia misma de Dios!

Oh, Dios mío, dilata nuestros corazones y extasíanos de tu amor, hasta morir de amor en tu seno; incrementa nuestro deseo de glorificarte aquí, y eternamente en el cielo, y no nos permitas jamás que pequemos, y cuando nos llames a tu presencia, sumérgenos  en el océano insondable de la tu esencia divina, y entonces nuestra alma experimentará unos deleites tan inefables.

Y ese espectáculo fantástico durará eternamente, sin que nunca podamos agotarlo, sin que se produzca en nuestro espíritu el menor cansancio por la continuación incesante de la visión. En este mundo nos cansamos enseguida de todo, porque el espíritu está pronto, pero la carne es flaca y desfallece con facilidad. Imaginaos en este mundo una fantástica película cinematográfica, un grandioso espectáculo que durase ocho días seguidos, sin un momento de descanso.

LA VISIÓN, EL AMOR, EL GOZO

No lo resistiríamos. En este mundo nos cansamos, porque el cuerpo es pesado, necesita descanso, y arrastra en su pesadez al alma.

Pero como en el cielo el cuerpo seguirá en todo las vicisitudes del alma –como os expliqué antes–, no habrá posibilidad alguna de cansancio, y, por lo mismo, no nos cansaremos jamás de contemplar aquel espectáculo maravilloso de variedad infinita. Dad rienda suelta a vuestra imaginación, que os quedaréis siempre cortos. ¡Qué película tan fantástica para toda la eternidad!

El segundo elemento de la gloria esencial del cielo es el amor. Amaremos a Dios con toda nuestra alma, más que a nosotros mismos. Solamente en el cielo cumpliremos en toda su extensión el primer mandamiento de la Ley de Dios, que está formulado en la Sagrada Escritura de la siguiente forma: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Solamente en el cielo cumpliremos este primer mandamiento con toda perfección y, en su cumplimiento, encontraremos la felicidad plena y saciativa de nuestro corazón. El amor de Dios, y el nuestro a Él en el cielo, se hará imprescindible, irresistible y determinante, en él respiraremos y viviremos. Esta es la verdad de la vida afectiva  en el cielo, porque la conveniencia del Amante con la cosa amada es la primera fuente del amor, y esta conveniencia consiste en la correspondencia, la cual no es otra cosa que la mutua relación que hace a las cosas aptas para unirse, para comunicarse alguna perfección; pero como nostros no podemos perfeccionar nada en Dios, es Él que nos nos eleva a una cierta correspondencia, para que lo que es: Amor, se comunique a nuestro corazón y vivamos eternamente en un inefable éxtasis de amor. Una prenda podemos tener ya aquí, aunque allá la realidad es infinitamente mayor, pues El que desea de verdad el amor, de verdad lo busca; el que de verdad lo busca, lo encuentra; el que lo encuentra, ha encontrado la fuente de vida, de la cual sacará la salud del Señor.

Oh, Dios mío, que esta meditación entusiasme, conmueva, y avive la sed de ti, Jesús, mi Dios y Señor y de los bienes eternos, y despierta en nosotros la urgencia de entregarte todo nuestro corazón, teniendo los mismos sentimientos que Jesús. ¡Oh amar! ¡Oh morir a sí mismo! ¡Oh el vivir en Dios! ¡Oh el estar en Dios! ¡Oh Dios mío! lo que no es Vos, es nada para mí.

En tercer lugar, en el cielo gozaremos de Dios. Nos hundiremos en el piélago insondable de la divinidad con deleites inefables, imposibles de describir.

¿Habéis presenciado alguna vez, señores, un campeonato de natación en un club náutico? El trampolín se adelanta unos cuantos metros sobre el mar. Y el aspirante a campeón, cuando le dan la señal convenida, se lanza desde el trampolín y se hunde y desaparece bajo el agua. A veces transcurren varios minutos sin que se le vea aparecer por ningún lado, y cuando la gente que está contemplando la prueba desde la orilla comienza a contener con angustia la respiración creyendo que se ha ahogado, que ya no sale a la superficie, allá lejos aparece, por fin, el nadador y comienza a nadar con brazos vigorosos hasta alcanzar la orilla.

Pues algo parecido ocurrirá en el cielo. Ya podéis comprender, señores, que esto es una metáfora, pero una metáfora que encierra una realidad sublime. Nos subirán, por decirlo así, a un gran trampolín, y desde aquella atalaya contemplaremos el océano insondable de la divinidad: aquel mar sin fondo ni riberas, que es la esencia misma de Dios, en el que está condensado todo cuanto hay de placer, y de riquezas, y de alegría, y de belleza, y de bondad, y de amor, y de felicidad embriagadora. Todo cuanto puede apetecer y llenar el corazón humano, pero en grado infinito. Y cuando nos digan: “¿Ves este espectáculo tan maravilloso y deslumbrador? Pues esto no es únicamente para que lo veas, esto no es para que lo contemples a distancia, sino para que lo goces, para que lo saborees, para que te hundas en él”. Y, efectivamente, nos lanzaremos al agua y nos hundiremos en el océano insondable de la esencia divina, y entonces nuestra alma experimentará unos deleites inefables, de los cuales en este pobre mundo no podemos formarnos la menor idea. Estará como embriagada de inenarrable felicidad, casi incómoda a fuerza de ser intensa. Y para colmo de todo nos daremos cuenta que aquella felicidad embriagadora no terminará jamás; durará para siempre, para siempre, para toda la eternidad, mientras Dios sea Dios.

Cuando el dulce Cazador me tiró y dejó rendida, en los brazos del amor mi alma quedó caída, y cobrando nueva vida de tal manera he trocado, que es mi Amado para mí, y yo soy para mi Amado.


Hirióme con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó hecha una con su Criador; ya yo no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi Amado es para mí, y yo soy para mi amado.

Señores: Estamos a tiempo todavía. Esta meditación del cielo que acabo de resumir brevísimamente es de los más alentadores, de los más estimulantes para decidirse a vivir cristianamente, cueste lo que cueste. ¡Lo que pierden los pobres pecadores, señores! Si alguno, después de haber meditado esto, resiste a la gracia y se vuelve todavía del lado de las cosas del mundo y sus placebos de felicidad, del demonio y de la carne, y llega a condenarse para toda la eternidad, estas palabras resonarán trágicamente en sus oídos en el infierno, y se dirá a sí mismo, en medio de una espantosa desesperación: “¡Imbécil de mí, que me lo dijeron a tiempo! ¡Me lo dijeron a tiempo! Pero pudo más aquella mala mujer, pudo más aquel dinero mal adquirido, pudo más aquel odio y aquel rencor, aquella afición, aquellos numerosos falsos dioses. ¡No quise confesarme! Morí impenitente. ¡Imbécil de mí, que me lo dijeron a tiempo! Podría estar ahora mismo en el cielo, embriagado de una felicidad inenarrable. Y ahora estoy condenado para toda la eternidad”.

Estamos a tiempo todavía. Os hablo en nombre de Cristo. No soy más que un pobre altavoz, un pobre misionero de Cristo. Volveos a Él, que os espera con su infinito amor y misericordia. Cristo os espera con los brazos abiertos. Aunque le hayáis escupido, aunque le hayáis blasfemado, aunque hayáis pisoteado su sangre, auqneu aún no le hayáis entregado el corazón. Hoy, como en la cima del Calvario, nos mira a todos con infinita compasión y dice: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “Hoy mismo –si quieres– estarás conmigo en el Paraíso”. Invocad a María, vuestra dulce Madre: “Hijo, ahí tienes a tu Madre”. Evitad la espantosa desesperación eterna, que os haría clamar inútilmente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” “¡Tengo sed!” Tengo sed de salvar vuestras almas. ¡Venid todos a mi Corazón para que pueda lanzar otra vez mi grito de triunfo: “Todo está cumplido”! Os prometo mi ayuda durante la vida y la gracia soberana de la perseverancia final para que podáis exclamar en vuestros últimos momentos: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Con lo cual, vuestra muerte cristiana será para vosotros el término de esta vida de lágrimas y de miseria y la entrada triunfadora en la ciudad de los bienaventurados, donde seréis felices para siempre, para toda la eternidad. Así sea.

Un alma en Dios escondida ¿qué tiene que desear, sino amar y más amar, y en amor toda escondida tornarte de nuevo a amar? Un amor que ocupe os pido, Dios mío, mi alma os tenga, para hacer un dulce nido adonde más la convenga.

S. GREGORIO NISENO: RECUENTO DE LOS INCONVENIENTES DEL MATRIMONIO

A todo fiel católico- varón o hembra- que aún tiene la libertad de elegir entre el matrimonio y la vida consagrada a Cristo:

Por San Gregorio de Nisa.

Ojalá que yo también me aficionase un poco más a lo que voy exponiendo, pues así adaptaría a ello mi vida y pondría mi empeño en trabajar por conseguirlo. Con esto obtendría algún provecho, animándome, como está escrito, con la esperanza de lo arado y molido; pero en vano trato de que mi inteligencia penetre la esencia de los bienes y bellezas de la virginidad. No aprovechan las mieses al buey que anda suelto por el campo, pero con bozal; como tampoco al sediento aprovecha la cascada que cae por un precipicio inaccesible.

Felices aquellos que aún pueden elegir lo mejor, y que no están impedidos por haber caído ya en la trampa de la vida común como nosotros, que estamos separados de la virginidad por un abismo imposible de soslayar, una vez que hemos puesto el pie en la vida mundana. Por esto somos meros espectadores de los bienes y bellezas ajenas y testigos de su felicidad. Y aunque excogitamos conceptos y pensamientos excelsos sobre esta virtud, nos ocurre lo que a los cocineros y camareros de los grandes señores: que preparan solícitamente los goces de la mesa sin llegar a participar de cosa alguna de las que prepararon. ¡Cuánto mayor hubiera sido nuestra felicidad si hubiéramos seguido otro camino y si no hubiéramos conocido tan tarde este gran bien.

Acontece, pues, ahora que los más ávidos y llenos de deseos e impulsos hacia la virginidad se hallan imposibilitados para disfrutar de estos placeres puros. Y como los que comparan su pobreza con el tren de vida de los potentados sufren más con lo presente que ven y lo llevan a mal, así nosotros, cuanto mejor conocemos la riqueza de la virginidad, tanto más nos lamentamos de nuestro género de vida, comprendiendo por comparación cuánto más pobre es en calidad y en cantidad. No me refiero solamente al mayor caudal que tendrán al terminar su jomada los que practican vida de perfección, sino a los bienes que poseen aun en este mundo. Quien considera escrupulosamente la diferencia entre la vida común y la de la virginidad, deberá confesar que existe tanta distancia de una a otra cuanta del cielo a la tierra.

Podemos probar la verdad de lo dicho con un examen detallado de las realidades. ¿Por dónde empezar la dramatización de las angustias de la vida? ¿Trayendo a consideración los males ordinarios que todos los hombres conocen por propia experiencia? No sé, en verdad, cómo logra la naturaleza el hacérselos olvidar. ¿Quieres que comencemos por lo más agradable? Lo principal que se busca en el matrimonio es gozar de un agradable consorcio. Sea así y supóngase el matrimonio más feliz: nobleza de sangre, abundancia de riquezas, edad deseable, flor de juventud, mucho cariño y cuanto cabe concebir en el uno para con el otro: especie de dulce contienda en la que cada cual pretende vencer al otro en amor. Añádase la gloria, el poder, la celebridad y cuanto se quiera; pero fíjate en la pena que necesariamente acompaña y corroe los bienes enumerados.

No hablaré de la envidia que se suscita contra los poseedores de tales honras, ni de lo expuesto que se halla a las asechanzas de los hombres quienquiera que parezca bogar con viento próspero en la vida, ya que todo el que no goza de su misma suerte concibe ineludiblemente odio contra él; por donde esta vida, con sus sospechas, acarrea a los que parecen felices más bien penas que goces. Paso por alto todo esto, como si la envidia no tuviera poder contra ellos: Difícil es encontrar un sujeto a, quien le haya acontecido al mismo tiempo prosperar más que los otros y evitar la envidia. Con todo, supongamos, si os place, que la vida de estos tales esté inmunizada contra semejantes adversidades, y veamos si es posible que gocen de tranquilidad en medio de ese bienestar. ¿Qué les puede acontecer, me dirás, si la envidia no se ensaña en ellos? Te respondo que aquello mismo que sirve para endulzarles la vida es fuente de su penar. Mientras sean hombres estos seres mortales y caducos y vean los sepulcros de sus padres, se les fijará una idea inseparablemente en su vida, por poco que reflexionen. Porque el temor continuo de la muerte, no predecible por señales algunas manifiestas, sino inesperada por la incertidumbre del porvenir, siempre presente y amedrentadora, desbarata la felicidad presente y perturba la paz con el miedo de lo que ha de venir.

Si fuera posible conocer nuestra futuro antes de experimentarlo, si se pudieran escrutar por algún medio los acontecimientos venideros, sería mucho mayor sin comparación el número de los que trocaran el matrimonio por la virginidad. ¡Cuánto mayor cuidado y diligencia habría para no caer jamás en esos lazos, de los que no se puede escapar y cuyas molestias sólo son conocidas por quien ha sido preso de ellas!

Verías, si fuera posible verlo sin peligro, una gran confusión de cosas opuestas: el reír empapado en lágrimas, la pena mezclada con alegría, la muerte presente a todos y en contacto con las cosas placenteras. Mira el esposo el rostro idolatrado, y sin querer le invade el temor de la separación. Escuchar aquella dulcísima voz es lo mismo que pensar que tal vez no la vuelva a oír de nuevo; y al contemplar su belleza, teme más que nunca ante la amenaza y el dolor; si pone sus ojos en lo que los jóvenes aprecian y tras lo que corren alocados, como, por ejemplo, la mirada alucinadora que se oculta bajo los párpados, las cejas estilizadas en torno a los ojos, las mejillas de suave y alegre elegancia, los labios cuales flores de rubor natural, la cabellera espolvoreada de oro, la parte superior de la cabeza refulgente con la variedad de piedras preciosas y todo el esplendor de aquella pasajera belleza, por poco que reflexione ha de venir a la conclusión de que toda esa hermosura perecerá, que se ha de reducir a la nada, quedando en un montón de huesos repugnantes, en lugar de lo que ahora aparece, sin que permanezca el más mínimo vestigio, ni recuerdo, ni rastro de la flor actual.

¿Puede vivirse feliz con estas verdades ante los ojos? ¿Se confiará nadie a los goces que posee, como si siempre hubieran de permanecer? ¿No se convencerá de que tiene que vivir como entre los engaños de un sueño y no desconfiará de la vida como quien ve visiones? Comprenderás, por tanto, si examinas algo la naturaleza de las cosas existentes, que nada de cuanto se nos ofrece en la vida se nos muestra tal como es, sino que la fantasía falaz nos presenta unas cosas por otras, burlándose de los que en ellas ponen su esperanza; y se oculta a sí misma bajo los engaños de lo aparente, hasta que de improviso, en medio de tantas transformaciones, surge ante los ojos de los necios algo muy diverso de lo que ellos esperaban.

¿Le parecerán al hombre razonable dignas de algún goce las dulzuras de la vida? ¿No las justipreciará en su verdadero valor quien tenga estos criterios o se deleitará con los bienes que tenga bajo su dominio? ¿No los tendrá más bien por imposibles de disfrutar, turbado por el miedo de su defección? Me callo las señales, los sueños misteriosos, los presagios y las restantes necedades de este género, tenidas en consideración estúpida y sospechosas de algo peor.

Sorprenden a la joven esposa los dolores del parto; parece que va a nacer un niño, sino que va a venir la muerte, y se teme el fin de la madre en el alumbramiento—no engañando a veces esta presunción—; antes de festejar el nacimiento, antes de gozar de algunos de los bienes que se esperaban, de repente la alegría se mezcla con lamentos.

Emocionados todavía por el cariño, en la plenitud del afecto, sin haber logrado aún sentir las dulzuras de la vida, son separados de lo que tenían en la mano con la rapidez de un sueño. Y ¿qué sucede después? El tálamo es saqueado por los de casa como por enemigos; la muerte sustituye los adornos del tálamo por las de los funerales. Después lamentos necios, inútil golpearse con las manos, recuerdos de la vida pasada, maldiciones para los que aconsejaron el matrimonio, reproches contra los amigos que no lo impidieron, quejas contra los padres, si todavía viven, o al menos disgusto de vivir, exclamaciones de todas clases, mil recriminaciones y protestas contra la divina Providencia; guerra consigo mismo, guerra con los que les aconsejan, sin refrenarse ni en palabras ni en obras aun las más necias.

Con frecuencia se sobrepone la perturbación de la mente y se pierde por el dolor el uso de la razón, siendo entonces la tragedia mucho mayor, no pudiendo sobrevivir a la desgracia.

Pero supongamos lo mejor. Les nació un niño y fue sorteado el peligro del parto; ya tienen en el infante una imagen de su felicidad. Ahora pregunto, ¿han disminuido con esto los motivos de penar o más bien han crecido? Se continúa con los temores de antes y, además, se han añadido los relativos al niño: de que le pase algún percance en la crianza, de que la suerte adversa o un accidente involuntario le produzca alguna enfermedad o defecto natural.

Y todas estas inquietudes son comunes a ambos cónyuges; pero ¿quién será capaz de enumerar los temores propios de la esposa? Pasando por alto aquello más corriente y de todos conocido: las molestias del embarazo, los peligros y dolores del parto, el trabajo de la crianza, aquel padecer y como partirse del corazón materno con el amor del hijo, y, si fuera madre de varios, la división en tantos trozos cuantos ellos sean, el sentir en sus entrañas cuanto a ellos les suceda. ¿Para qué enumerar estas cosas, de todos conocidas?

Y como por el precepto divino no es dueña de sí misma, sino que está a las órdenes del que en virtud del matrimonio es su señor, si se ve privada de él por breve tiempo, cual separada de su cabeza, no lleva en paciencia su soledad, sino que interpreta la corta separación del ausente como prenuncio de la vida de viudez. Al punto el miedo trae al olvido las mejores esperanzas. Sus ojos, siempre fijos en la entrada de la casa. Los oídos, al acecho de lo que se comenta. Atormentado por siniestras imaginaciones, rómpese el corazón antes de recibir cualquier noticia  reciente. Un ruido en la puerta, sea real, sea fruto de su fantasía, golpea su alma cual mensajero de mal augurio. Quizá todo haya ido bien; tal vez no haya acontecido nada adverso al consorte ni haya siquiera motivo para temer; sin embargo, el temor antecede a todo mensaje, desviando el rumbo del pensamiento, de las esperanzas agradables, para dirigirlo hacia su polo opuesto. Tal es la vida de los hombres felices, no digna de vivirse en efecto; pues no puede parangonarse con la libertad de espíritu de la virginidad.

Paso por alto, para avanzar en el tratado, otros inconvenientes graves. Con frecuencia brillan en la joven que ha llegado a la plenitud de la adolescencia todas las prerrogativas de la desposada; tal vez se ruboriza todavía ante la llegada del esposo, y el pudor torna su mirada humilde y recatada.

Cuando se quieren contener los deseos dentro de cierto sentimiento pudoroso para que no aparezcan, suelen, por el contrario, exacerbarse más. Entonces de improviso se presenta la viudez, el dolor y la soledad; y se ve obligada a cargar sobre sí cuantos nombres hay de temeroso significado: he aquí, pues, que cayendo la desgracia de golpe sobre la que antes abundaba en vestidos lujosos y joyas de gran valor, la viste de luto y la priva de todo ornato de esposa. Después las tinieblas ocupan el lugar de la antorcha nupcial; los cantos fúnebres se extienden sobre las lamentaciones; surge el odio contra quienes tratan de mitigar tanto padecimiento; síguese la privación de alimento, el desfallecimiento del cuerpo y el ansia de morir, que no pocas veces lleva hasta la misma muerte.

En el caso de que este dolor amaine con el transcurso del tiempo, otra nueva calamidad viene a reemplazarlo. O tiene descendencia o no. Si la tiene, sus hijos han quedado huérfanos, y son, por tanto, dignos de lástima; ellos mismos le renuevan el padecimiento. Si no los tiene, se le arranca de raíz la memoria del finado; la desgracia supera entonces toda palabra de consuelo.

Omito todos los restantes inconvenientes de la viudez —-¿quién podría describirlos con exactitud?—: los enemigos, los domésticos, los afligidos por la desgracia, los que se alegran con la nueva soledad y contemplan gustosos con mirada cruel la ruina de la casa, la indisciplina de la servidumbre» y tantas otras cosas semejantes que con abundancia se presentan al tiempo de tales desgracias. No es de extrañar que no pocas mujeres, no aguantando la crueldad de tales burlas, cual coaccionadas por la necesidad, vuelvan a caer en el peligro de los mismos males, como queriendo tomar venganza en aquello mismo en que habían padecido. Otras, sin embargo, recordando lo pasado, prefieren sufrir y sobrellevar cualquier trabajo antes que incurrir de nuevo en tales amarguras.

Y si deseas cerciorarte de las dificultades inherentes a este estado de vida, te recomiendo prestes oído atento a las mujeres que las han experimentado, por donde vendrás a percatarte de lo felices que son las que eligieron desde un principio la virginidad, sin que su experiencia tenga que apoyarse en las aflicciones sufridas; pues de todas estas calamidades está libre la virginidad: no llora la orfandad, no lamenta la viudez, vive siempre con un esposo incorruptible, se adorna a la continua con los frutos de la piedad, contempla su casa, suya en verdad, rebosante de toda clase de cosas estimables, sin padecer nunca escasez, porque el Señor siempre se halla presente y habita en aquellas mansiones, donde la muerte produce, no la separación, sino el abrazo estrechísimo con el Amado. Cuando el alma se desliga de la vida, dice el Apóstol, entonces se une con Cristo.

Hemos considerado algún tanto lo que concierne a los hombres felices; hora es ya que pasemos a considerar en este tratado los otros estados de fortuna, cuya vida es un tejido de penurias, de adversidades y de las restantes desgracias, cuales son fiebres, enfermedades y otras semejantes dolencias, patrimonio de la vida humana. Quien vive para sí sola, huye el peligro de estos males o los lleva con más resignación; pues todo su cuidado se centra alrededor de su persona, sin que el dolor ajeno le preocupe. Por el contrario, quien está obligado a cuidarse de la mujer y los hijos, teniendo su corazón afligido con las desgracias y dolencias de los seres queridos, apenas si tiene tiempo para preocuparse de sus propios males.

Quizá sea superfluo detenerse en estos argumentos. Pues si tales angustias y miserias van unidas a lo que parece bueno, ¿qué se habrá de opinar de aquello que se presenta como malo? Aunque las descripciones de la palabra no lleguen a poner ante los ojos la realidad, con todo, pueden suponerse sus amarguras deduciéndolas de una pequeña consideración.

Si se compara el grupo de aquellos a quienes ha caído en suerte este último -modo de vida desgraciada con el de los que parecen nadar en la felicidad, se ve cómo reciben los unos dolor y tristeza de los otros. A los segundos, la muerte que les amaga coma futura o tal vez inminente, les induce a turbación; para los primeros, en cambio, la dilación del morir es un nuevo dolor. En ambos casos es diametralmente opuesta la vida, pero el decaimiento de

unos y otros es semejante en el término.

Es, por tanto, claro ser múltiple y variada la suma de molestias provenientes del matrimonio. Del mismo modo son causa de sufrimiento los hijos nacidos que los que no llegaron a la vida; en igual proporción los vivos que los muertos. Este goza de familia numerosa, no teniendo posibilidades de mantenerla; aquél no tiene heredero para sus bienes, en cuyo allegamiento sudó lo indecible; y lo que para uno constituye su dicha, para el otro es causa de tormento, al desear cada uno para sí lo que es ocasión de vida desgraciada en su vecino. Se le muere a uno su hijo querido; el del otro, en cambio, sale contrahecho; los dos ciertamente son dignos de conmiseración ; uno llora la muerte de su hijo, el otro la vida.

Callo las celotipias y disputas surgidas por motivos reales o imaginarios, y que acaban en padecimientos y desgracias. ¿Quién podría narrarlas todas con fidelidad? Si quiere conocer cuán enredada en tales aflicciones se halla la vida humana, no es menester que me traigas a la memoria aquellas narraciones antiguas que suministraron a los poetas argumentos para sus dramas, pues por sus absurdos hiperbólicos muchas veces se las tiene por mitos: en ellas verás

asesinatos y actos de canibalismo realizados con los hijos, homicidios sangrientos, matricidios, degüellos fratricidas, uniones nefarias y, por último, todas las violencias a que se presta la naturaleza humana, cuya enumeración por los autores que nos han dejado tales noticias tiene su origen a partir de los casamientos y llega a su fin con la relación antes detallada.

Mas, sin parar mucha atención en esto, quisiera atendieras a las tragedias representadas en el teatro de la vida real, cuyo corifeo es el matrimonio. Acércate a un tribunal y hallarás leyes que atañen a nuestro asunto. Allí podrás enterarte de las infamias perpetradas a la sombra del matrimonio. Así como cuando oyes disertar a los médicos sobre varias enfermedades caes en la cuenta de cuántos y cuáles males pueden apoderarse del cuerpo humano y conoces sus miserias, así las leyes, al definir la multitud y variedad de los crímenes que se cometen en el matrimonio, y cuyos castigos determinan, te dan a conocer los males propios del matrimonio. Los médicos no se esfuerzan por curar padecimientos hipotéticos ni las leyes sancionan delitos no cometidos.

REVISTA SACRIFICIUM: VIIIª

ÍNDICE:

Editorial…………………………………………pag. I

Nuevas acometidas del enemigo……………….pag. III

La literatura apócrifa del Nuevo Testamento…..pág. XV

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NUEVAS ACOMETIDAS DEL ENEMIGO

Mientras vamos trabajando por adquirir las virtudes, no permanecen ociosos nuestros enemigos espirituales; vuelven con nuevos bríos al ataque, ya haciendo renacer en nosotros, aunque de modo más mitigado, los siete pecados capitales, ya induciéndonos a la tibieza.

  1. VUELTA DE LOS PECADOS CAPITALES

San Juan de la Cruz describe de maravilla los pecados capitales que se presentan en los que él llama principiantes, o sea, en los que están a punto de entrar en la contemplación por la noche de los sentidos. No haremos sino compendiar su análisis psicológico.

  1. De la inclinación a la soberbia.

Esta inclinación se manifiesta de seis maneras principales:

1) Apuntando al fervor, y fieles a sus ejercicios espirituales, los tales principiantes se complacen en sus obras y hacen harta buena estima de sí mismos; presuntuosos, forman mil proyectos de los que apenas ponen alguno por obra.

2) Hablan de cosas del espíritu, más bien para dar lecciones a los otros que para ponerlas ellos por obra, y condenan duramente a los que no aprueban el espíritu de ellos.

3) Algunos no pueden sufrir rivales a su lado; cuando se presenta alguno, le reprueban y humillan.

4) Procuran agradar a su director y tratan familiarmente con él; y, cuando éste no les aprueba el espíritu, buscan otro que les lleve la corriente. Para mejor salir con ello, empequeñecen sus faltas; y, cuando caen en alguna de importancia, van a confesarla con otro, y no con su director ordinario.

5) Cuando acontece que cometen un pecado mortal, se aíran contra sí mismos y se desaniman, irritados porque aún no son santos.

6) Gustan mucho de señalarse con obras exteriores de piedad y cuentan de muy buen grado a los otros sus buenas obras y adelantos.

De la soberbia nace la envidia, que se manifiesta con movimientos de disgusto al ver el bien espiritual de los demás: padecen los tales cuando los oyen alabar, se entristecen por la virtud ajena y no pierden ocasión de murmurar de los otros.

  1. De los pecados de sensualidad.
  2. A) La gula espiritual se manifiesta de dos maneras:
  3. a) Por un gusto excesivo de las consolaciones; las buscan aun en las mismas penitencias, como la disciplina, por ejemplo, y cansan a su director pidiéndole permiso para imponerse mortificaciones con la esperanza de alcanzar por ahí alguna consolación.
  4. b) Por esa misma razón, hacen algunos grandes esfuerzos de cabeza en la oración o en la comunión para conseguir la devoción sensible; o desean confesarse a menudo para intentar encontrar alguna consolación en ese ejercicio. Muchas veces esos esfuerzos y deseos son en vano; y entonces se apodera el desaliento de tales almas, más apegadas a las consolaciones que al mismo Dios.
  5. B) La lujuria espiritual aparece de dos maneras principalmente:
  6. a) Se procuran amistades sensibles o sensuales con pretexto de devoción, y no querien dejarlas porque se piensa que tales tratos sirven de cebo a la piedad.
  7. b) Algunas veces los consuelos sensibles, que se sienten en la oración o en la comunión, producen, en aquellos que son de natural tierno y amoroso, deleites de otro género, que pueden llegar a ser origen de tentaciones o desasosiegos.
  8. C) La pereza inclina:
  9. a) A sentir enfado en los ejercicios espirituales cuando no hallamos en ellos consuelo sensible, a acortarlos o suprimirlos.
  10. b) A caer en el desaliento cuando los superiores o el director mandan cosas que parecen muy trabajosas: quisiéramos una manera de entender las cosas de espíritu que se acomodara más a nuestro natural modo de ser, que no viniera a contrariarnos en nuestros gustillos y a desbaratar nuestros proyectos.

III. La avaricia espiritual.

Así la describe San Juan de la Cruz:

  1. a) Muchos no se acaban de hartar de oír consejos y preceptos espirituales; y tener y leer muchos libros que traten de esto; y se les va más el tiempo en esto que no en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben.
  2. b) Además, se cargan de imágenes, rosarios y cruces muy curiosas y costosas; ahora dejan unas y toman otras; ahora truecan, ahora destruecan; ya las quieren de esta manera, ya de la otra, aficionándose más a esta que a aquella por ser más curiosa o preciosa. Es evidente que todo esto es contrario al espíritu de pobreza y da a entender al mismo tiempo que se concede excesiva importancia a lo accesorio, mientras que se descuida lo principal de la devoción.

Conclusión. Bien se ve que todas esas imperfecciones estorban mucho para el adelantamiento espiritual. Por eso, dice San Juan de la Cruz, a tales almas las introduce Dios en la noche oscura

  1. LA TIBIEZA

Si no reaccionamos contra las faltas que acabamos de señalar, no tardaremos mucho en caer en la tibieza, que es peligrosa enfermedad espiritual por extremo, y de la que vamos a decir: la naturaleza, los daños y los remedios.

  1. Naturaleza de la tibieza.

Noción. La tibieza es una enfermedad espiritual que igualmente puede atacar a los principiantes que a los perfectos, pero que especialmente se manifiesta a lo largo de la vía iluminativa. Supone realmente haber adquirido ya cierto grado de fervor y dejarse llevar poco a poco hacia el relajamiento.

Consiste la tibieza en cierta especie de relajamiento espiritual, que va parando las energías de la voluntad, inspira horror al esfuerzo y retarda pesadamente los movimientos del vivir cristiano. Es una languidez y entorpecimiento que no es aún la muerte, pero que a la muerte lleva insensiblemente robándonos poco a poco las fuerzas morales. Podríamos compararla con las enfermedades de consunción que, como la tisis, van consumiendo poco a poco alguno de nuestros órganos vitales.

Sus causas. Dos causas principales contribuyen a su desarrollo: una alimentación espiritual deficiente y la invasión de algún germen morboso.

  1. A) Para vivir y crecer en la vida, necesita nuestra alma una buena alimentación espiritual; mas el pasto del alma son los diversos ejercicios espirituales como meditaciones, lecturas, oraciones, exámenes, el cumplimiento de las obligaciones del propio estado, el ejercicio de las virtudes, que la ponen en comunicación con Dios, la fuente del vivir sobrenatural. Si, pues, hiciéramos con negligencia esos ejercicios, si nos dejáramos llevar voluntariamente de las distracciones, si no nos revolviéramos contra la rutina y la flojera, nos privaríamos de muchas gracias, nos alimentaríamos poco, se apoderaría de nosotros la debilidad, no tendríamos fuerzas para el ejercicio de las virtudes cristianas por muy poco difíciles de practicar que estas fueran.

Notemos de pasada que ese estado es muy distinto de la sequedad o de las probaciones divinas. En estas, en vez de dejarnos llevar de las distracciones, nos duele el tenerlas, nos avergonzamos de ellas y trabajamos seriamente para librarnos de ellas. En el estado de tibieza, por el contrario, damos fácil entrada a mil pensamientos inútiles, nos complacemos en ellos, apenas hacemos algo para lanzarlos y no tardan las distracciones en ocupar casi por entero el tiempo de nuestra oración.

Y entonces, al ver el poco provecho que sacamos de tales ejercicios, empezamos por acortarlos para acabar suprimiéndolos. Así el examen de conciencia, tornándose enojoso y molesto, y haciéndolo por pura rutina, acaba por dejarse; ya no llevamos cuenta de las faltas e imperfecciones, y las dejamos que corran a su sabor. Ya no ponemos cosa de nuestra parte para alcanzar las virtudes y muy pronto reverdecen los vicios y las malas inclinaciones.

  1. B) El resultado de semejante apatía espiritual es el progresivo debilitamiento del alma, una especie de anemia espiritual que prepara el organismo para la invasión de un germen morboso, o sea, de alguna de las tres concupiscencias o, a veces, de las tres juntas.
  2. a) Mal guardadas las puertas del alma, los sentidos exteriores y los interiores dejan fácil paso a las sugestiones malsanas de la curiosidad y de la sensualidad, y se alzan con frecuencia tentaciones que no se rechazan sino a medias. Luego hacen presa en el corazón algunas aficiones que ponen un tanto de turbación; se pasa a cometer imprudencias; se juega con el peligro; se van amontonando los pecados veniales, de los cuales apenas nos dolemos; nos dejamos llevar cuesta abajo hasta llegar al borde del abismo, y por muy dichosos hemos de tenernos si nos damos alguna cuenta de ello.
  3. b) Además, la soberbia, jamás bien dominada, vuelve al ataque: se complace el alma en sí misma, en sus buenas cualidades, en sus triunfos externos. Para ensalzarse aún más, se compara con otros más relajados aún y menosprecia, como a gentes de corto entendimiento y meticulosos, a los que ve que son observantes. La soberbia trae consigo la envidia, los celos, movimientos de impaciencia y de ira y aspereza en el trato con el prójimo.
  4. c) La codicia se reaviva: se hace necesario el dinero para gozar un poco más y para lucir; para procurárselo en mayor cantidad, se acude a procedimientos poco delicados, poco honrados, que rayan en la injusticia.

De ahí nacen muchos pecados veniales deliberados, de los que apenas nos dolemos porque poco a poco se van extinguiendo la luz del juicio y la delicadeza de la conciencia. Se vive realmente en habitual disipación y se hacen muy a la ligera los exámenes de conciencia. Con eso va amortiguándose el horror al pecado mortal; van siendo más raras las gracias divinas y se aprovecha menos de ellas el alma; se debilita en suma todo el organismo espiritual y la consiguiente anemia prepara para vergonzosas concesiones.

Sus grados.

De cuanto hemos dicho se sigue haber muchos grados en la tibieza; pero en la práctica basta con distinguir la tibieza incipiente de la consumada.

  1. a) En el primer caso, aún se conserva el horror al pecado mortal aunque se cometen imprudencias que pueden llevar a él; pero se comete con mucha facilidad el pecado venial deliberado, especialmente el que se refiere a la pasión dominante; además, apenas se pone cuidado en los ejercicios de piedad y muchas veces se hacen por pura costumbre.
  2. b) Efecto de tantos culpables descuidos, se pierde el horror instintivo al pecado mortal; por otra parte, crece el amor del deleite en tal manera que nos duele que este o el otro deleite estén prohibidos bajo pena de pecado mortal. No se rechazan sino blandamente las tentaciones; y llega un punto en que el alma se pregunta, no sin razón, si no habrá perdido el estado de gracia: ya es esta la tibieza consumada.
  3. Daños de la tibieza.

El daño especial del estado de tibieza es el debilitamiento progresivo de las fuerzas del alma, más nocivo aún que un pecado mortal aislado. En ese sentido dice Nuestro Señor al tibio: «Conozco bien tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca; porque estás diciendo: Yo soy rico y hacendado, y de nada tengo falta; y no conoces que eres un desdichado, y miserable, y pobre, y ciego y desnudo». Esa misma es la diferencia que se advierte entre las enfermedades crónicas y las agudas: estas, una vez que se sana de ellas, apenas dejan rastro en el organismo; pero aquellas, como debilitaron lentamente el cuerpo, le mantienen durante largo tiempo en estado de gran debilidad. Procuraremos demostrarlo más detalladamente.

1º. El primer efecto de la tibieza es una especie de ceguera de la conciencia: del continuo querer excusar y tapar las propias faltas, se llega a juzgar falsamente y a considerar como leves, faltas de suyo graves; se forma así una conciencia relajada que no ve la gravedad de las imprudencias o de los pecados que se cometen, que ya no reacciona para detestarlos y que cae en culpables errores: «Un camino hay que al hombre le parece camino real y derecho; y no obstante le conduce a la muerte: est via qua videtur homini justa, novissima autem ejus ducunt ad mortem«. Se cree el alma rica porque es soberbia, y realmente es pobre y miserable ante los ojos de Dios.

2º. De aquí nace un debilitamiento progresivo de la voluntad.

  1. a) Por las muchas concesiones hechas a la sensualidad y a la soberbia en mil cosas menudas, se llega a seguir el deleite en las de mayor importancia. Porque así pasa en la vida espiritual. La Escritura nos dice que quien no cuida de las cosas pequeñas vendrá a caer; y quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho; y quien falta a la justicia en las cosas pequeñas, faltará también en las grandes. Todo lo cual quiere decir que el cuidado o el descuido en ciertas obras redundan en otras análogas.
  2. b) Pronto se empieza a sentir fastidio en el esfuerzo: aflojados los resortes de la voluntad, se deja el alma ir por la cuesta abajo de la naturaleza, del no hacer caso de nada, del amor al deleite. Y esta cuesta abajo es tan peligrosa que, si no se hace nada por volverla a subir, acaba en pecados graves.
  3. c) Porque obrando de esa suerte se abusa de las gracias, se resiste a las inspiraciones del Espíritu Santo; y con esto se da más fácilmente oído a la voz del deleite; se cede a las malas inclinaciones y el fin es pecar gravemente.

Esa caída es tanto más difícil de reparar cuanto que es casi sin sentir; nos vamos escurriendo, pudiéramos decir, hasta el fondo del abismo mansamente y sin bruscas sacudidas. Entonces procuramos engañarnos: ponemos empeño en persuadirnos de que el pecado no es sino venial y que, aunque la materia fue grave, no consentimos enteramente; caímos en ello por sorpresa y no puede ser mortal.

Se falsea de esta manera la conciencia y no nos confesamos sino de cosas de poca monta, como anteriormente. Engañamos con eso al confesor y pudiera ser esto el comienzo de una larga serie de sacrilegios. Cuando una pelota cae desde lo alto, rebota; pero si va deslizándose hasta el fondo del abismo, allí se queda. Lo mismo acontece con las almas tibias. Importa mucho, pues, señalar los remedios.

III. Remedios de la tibieza.

El mismo Señor Nuestro señala los remedios de la tibieza: «Te aconsejo que compres de mí el oro afinado en el fuego con que te hagas rico (el oro de la caridad y del fervor) y te vistas de ropas blancas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez (pureza de conciencia) y unge tus ojos con colirio para que veas (claridad consigo mismo y con el confesor). Yo a los que amo los reprendo y castigo. Arde, pues, en celo y haz penitencia. He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno escuchare mi voz y me abriese la puerta, entraré a él y con él cenaré y él conmigo«. No hemos, pues, de desesperar: Jesús está siempre pronto a volvernos a su amistad y a su intimidad si nos convertimos a él. Para hacerlo así:

1º. Es necesario acudir con frecuencia a un sabio confesor, manifestarle abiertamente el alma y pedirle de veras que sacuda nuestra pereza; y recibir y seguir sus consejos con energía y constancia.

2º. Dirigidos por él, volveremos a la práctica fervorosa de los ejercicios de piedad, en especial de aquellos que son los que aseguran los demás, de la oración, el examen de conciencia y el ofrecimiento repetido de nuestras obras. El fervor de que se trata no es el fervor sensible, sino la generosidad de la voluntad que cuida de no negar a Dios cosa alguna.

3º. Volveremos a ejercitarnos asiduamente en las virtudes y en las obligaciones del propio estado, haciendo por orden el examen particular sobre los puntos principales y dando cuenta de ello en la confesión.

Con eso recobraremos el fervor; y tendremos en cuenta que los pecados pasados exigen una satisfacción por medio del espíritu y las obras de penitencia.

La literatura apócrifa del Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento ofrece poca información sobre la infancia de Nuestro Señor, sobre la vida y muerte de su Madre y sobre los viajes misioneros de los Apóstoles. No es de extrañar, pues, que hubiera imaginaciones piadosas que trataran de aportar los detalles que faltan. Con la finalidad de edificar, el proceso de creación de leyendas encontró campo libre. Por su parte, los herejes sintieron la necesidad de recurrir a narraciones evangélicas para apoyar sus doctrinas, particularmente los gnósticos. Merced a ello, alrededor de los libros canónicos de las Escrituras surgió una colección de leyendas que forman lo que llamamos Apócrifos del Nuevo Testamento. Evangelios, apocalipsis, cartas y hechos de los Apóstoles, toda una literatura no canónica hace su aparición como contrapartida de los escritos canónicos.

Originalmente, la palabra apócrifo no significaba lo que es espurio o falso, al menos en la mente de los primeros que emplearon esta palabra. Algunas de esas obras pasaban entonces como canónicas, según atestiguan San Jerónimo (Epist. 107, 12, y Prol. gal. in Samuel et Mal) y San Agustín (De civitate Dei 15,23,4).

Al principio, un apócrifo revestía un carácter demasiado sagrado y misterioso para que fuera conocido de todo el mundo. Debía estar escondido (apocryphos) al gran público y permitido solamente a los iniciados de la secta. A fin de ser aceptados, estos libros aparecían ordinariamente bajo el nombre de un apóstol o de un piadoso discípulo de Jesús. Cuando se conoció la falsedad de tales atribuciones, la palabra apócrifo adquirió el significado de espurio, falso, de algo que hay que rechazar.

Aun el más superficial de los lectores de estos escritos se da cuenta de su inferioridad en relación con los libros canónicos. Abundan en ellos los relatos de presuntos milagros que a veces rayan en lo absurdo. Sin embargo, los apócrifos son de suma importancia para el historiador de la Iglesia, ya que aportan valiosa información sobre las tendencias y costumbres propias de la primitiva Iglesia. Representan, además, los primeros ensayos de la leyenda cristiana, de las historias populares y de la literatura novelesca. Son asimismo necesarios para entender el arte cristiano. Los mosaicos de Santa María la Mayor en Roma y los relieves de los sarcófagos cristianos antiguos se inspiran en ellos. Las miniaturas de los libros litúrgicos y las vidrieras de las catedrales medievales serían indescifrables si se hiciera caso omiso de ellos. Su influencia sobre los misterios y milagros posteriores fue también considerable. El mismo Dante los usó para las escenas escatológicas de la Divina comedia. Poseemos, pues, en ellos una fuente pintoresca y de primera mano para la historia del pensamiento cristiano.

  1. R. James ha dado un juicio atinado sobre el lugar que ocupan en la historia de la literatura cristiana:

Todavía hay gente que dice: “Al fin y al cabo, estos evangelios y actas apócrifos, como los llamáis, son tan interesantes como los antiguos. Ha sido sólo obra del azar o del capricho el que no se les incluyera en el Nuevo Testamento.” La mejor respuesta a estas habladurías ha sido siempre, y sigue siendo, abrir tales libros y dejar que hablen por sí mismos. Pronto se echará de ver que no cabe pensar en que alguien los haya excluido del Nuevo Testamento: ellos se han excluido a sí mismos. “Mas — puede alguien objetar — si estos escritos no valen ni como libros históricos ni como libros de religión y ni siquiera de literatura, ¿por qué perder tiempo y trabajo en darles una importancia que, a su juicio, no merecen?” En parte, para permitir a los demás formarse un juicio sobre ellos, aunque no es ésta la razón principal. La verdad es que no se deben considerar los apócrifos desde el punto de vista que ellos reclaman para sí. Bajo cualquier otro aspecto tienen un interés grande y duradero…

Si no son buenas fuentes históricas en un sentido, lo son en otro. Recogen las ilusiones, las esperanzas y los temores de los hombres que los escribieron; enseñan lo que era aceptado por los cristianos incultos de los primeros siglos, lo que les interesaba, lo que admiraban, los ideales que acariciaban en esta vida, lo que ellos creían poder hallar en esos textos. Además, no tienen, precio como género folklórico y novelesco; a los aficionados y estudiosos de la literatura y arte medievales revelan las fuentes de una parte muy considerable de su materia y la solución de más de un problema. Han ejercido, en verdad, una influencia (totalmente desproporcionada a sus méritos intrínsecos) tan grande y tan dilatada, que no puede ignorarlos ninguno que se preocupe de la historia del pensamiento y del arte cristianos (The Apocryphal New Testament [Oxford 1924] XI, XIII).

  1. Primeras Interpolaciones Cristianas en los Apócrifos del Antiguo Testamento.

La costumbre de imitar los libros bíblicos se remonta a tiempos anteriores al cristianismo. Los autores de esos escritos apócrifos atribuyeron sus obras a algún personaje importante y les señalaron fechas muy anteriores a la suya. Así fue como tuvo origen, en el siglo II antes de Cristo, el Tercer libro de Esdras, que reconstruye la historia de la decadencia y caída del reino de Judá desde los tiempos de Josías.

El Cuarto libro de Esdras es la continuación de esta obra en la era cristiana. Este último libro, compuesto al tiempo de la destrucción de Jerusalén, refleja bastante las esperanzas cristianas y ejerció notable influencia en la formación de la escatología cristiana. No es, pues, de extrañar que fuera considerado como libro canónico.

De manera semejante se formó la literatura de Enoc. Consiste ésta en una colección de apocalipsis, cuyo meollo, capítulos 1-36 y 72-104, tiene su origen en el siglo II antes de Cristo. Es probablemente la pieza más antigua de la literatura Judía que trata de la resurrección general de Israel. Debido a las interpolaciones de los autores cristianos, durante el primer siglo de nuestra era, el Libro de Enoc creció en volumen. Merece notarse aquí, en particular, que la primera referencia al milenio la encontramos en los capítulos 32,2-33,3 de los Secretos de Enoc (en eslavo). Interpolaciones semejantes se encuentran en los Testamentos de los doce patriarcas, obra complicada que pretende conservar las últimas palabras de los doce lujos de Jacob, y en el Apocalipsis de Baruc.

El ejemplo más importante de adaptación cristiana de escritos judíos es la Ascensión de Isaías. La base de este valioso documento de fines del primer siglo o principios del segundo la forma un grupo de leyendas judías que tratan de Beliar y del martirio del profeta Isaías. La segunda parte (c.6 al 11) es una rapsodia de los siete cielos y de la encarnación, pasión, resurrección y ascensión de Cristo tal como las viera Isaías cuando fue arrebatado al cielo. Esta parte es, a no dudarlo, de origen cristiano. Además de contener profecías relativas a Cristo y a su Iglesia, hace una descripción inconfundible del emperador Nerón y es, además, de particular importancia por ser el testimonio más antiguo que poseemos sobre el género de muerte que sufrió Pedro. El texto completo de este Apocalipsis existe solamente en etiópico. Se conservan también extensos fragmentos en griego, latín y eslavo.

  1. Evangelios Apócrifos.
  2. El Evangelio según los Hebreos

En su obra De viris illustribus (c.2), San Jerónimo, hablando de Santiago, el hermano del Señor, dice lo siguiente:

También el Evangelio llamado según los Hebreos, traducido recientemente por mí al griego y al latín, y del que Orígenes se sirve con frecuencia, después de la resurrección del Salvador refiere: “El Señor, después de haber dado la sábana al criado del sacerdote, se fue a Santiago y se le apareció” (pues es de saber que Santiago había hecho voto de no comer pan desde el momento en que bebió del cáliz del Señor hasta tanto que le fuera dado verle resucitado de entre los muertos), y asimismo poco después: “Traed, dijo el Señor, una mesa y pan,” e inmediatamente añade: “Tomó el pan y lo bendijo y lo partió y se lo dio a Santiago el Justo, diciéndole: Hermano mío, come tu pan, porque el Hijo del Hombre ha resucitado de entre los muertos.”

El Evangelio según los Hebreos, del que Jerónimo cita este interesante pasaje, fue escrito originalmente en arameo, pero con caracteres hebreos. En tiempo de Jerónimo el texto original estaba en la biblioteca de Cesárea, en Palestina. Tanto los ebionitas como los nazarenos hacían uso de este evangelio, y de ellos obtuvo Jerónimo un ejemplar para sus traducciones griega y latina. El que lo usaran los cristianos palestinenses que hablaban hebreo (arameo) explica la razón del título según los Hebreos. Ello explica también que sea Santiago “el hermano del Señor,” el representante del cristianismo estrictamente judío, la figura central de la narración de la Pascua, contra lo que dicen los textos canónicos. En tiempo de Jerónimo muchos creían que este evangelio apócrifo era el original hebreo del evangelio canónico de Mateo, mencionado por Papías (Eusebio, Hist. eccl. 3,39,16; 6,25,4; Ireneo, 1,1). De hecho, los pocos fragmentos que quedan revelan estrechas relaciones con Mateo. Según la conclusión más segura, este Evangelio según los Hebreos sería probablemente una especie de revisión y prolongación del evangelio canónico de Mateo. El pasaje citado más arriba muestra que había en él frases de Jesús que no están en nuestros evangelios canónicos. Este rasgo característico lo atestiguan también, además de Jerónimo, otros escritores; por ejemplo, Eusebio (Teofanía 22):

El evangelio que ha llegado hasta nosotros en caracteres hebreos no lanzaba la amenaza contra el que escondió (su talento), sino contra el que vivió disolutamente; porque (la parábola) distinguía tres siervos: uno que había consumido la hacienda de su señor con meretrices y flautistas; otro que había hecho rendir mucho a su trabajo, y otro que había escondido su talento, y cómo, al final, uno fue recibido, otro fue tan sólo amonestado, y otro encerrado en la cárcel.

Este evangelio apócrifo debió de ser compuesto en el siglo II, porque Clemente de Alejandría lo usó ya en sus Siromala (2,9,45) en el último cuarto del mismo siglo.

  1. El Evangelio de los egipcios

Para el llamado Evangelio de los egipcios, nuestra principal fuente de información es nuevamente, Clemente de Alejandría. Su nombre parece indicar estaba en uso entre los cristianos de Egipto. Así se explicaría que lo conocieran Clemente de Alejandría y Orígenes. El Evangelio de los egipcios pertenece a aquella clase de apócrifos que fueron escritos para apoyar ciertas herejías. Lo más probable es que sea de origen gnóstico. Sus elementos doctrinales más característicos demuestran un prejuicio sectario y herético. Clemente de Alejandría nos ha conservado algunas sentencias de Jesús, sacadas de la conversación del Señor con Salomé, que son la mejor prueba de sus tendencias:

A Salomé, que preguntaba: “¿Durante cuánto tiempo estará en vigor la muerte?,” el Señor (sin querer con ello decir que la vida sea mala o la creación perversa) le dijo: “Mientras vosotras, las mujeres, sigáis engendrando” (Stromata III 6,45). Y los que por medio de una abstinencia aparentemente legítima se oponen a la acción creadora de Dios, aducen también aquellas palabras dirigidas a Salomé que mencioné antes. Están contenidas, según pienso, en el Evangelio según los egipcios.

Y afirman que dijo el Salvador en persona: “He venido a destruir las obras de la mujer.” “De la mujer,” esto es, de la concupiscencia; “las obras de ella,” esto es, la generación y la corrupción (Stromata III 9,63). Y ¿por qué no citan las demás cosas dichas a Salomé estos que se pliegan a cualquier norma mejor que a la evangélica, que es la verdadera? Pues habiendo dicho ella: “Bien hice, por tanto, al no engendrar,” tomando la generación como cosa no conveniente, replica el Señor diciendo: “Puedes comer cualquier hierba, pero la que es amarga no la comas” (Stromata II 9,66). Por eso dice Casiano: Preguntando Salomé cuándo llegarían a realizarse aquellas cosas de que había hablado, dijo el Señor: “Cuando holléis la vestidura del pudor y cuando los dos vengan a ser una sola cosa, y el varón, juntamente con la hembra, no sea ni varón ni hembra” (Stromata III BAC 148,59-60).

  1. El Evangelio ebionita.

El Evangelio ebionita es probablemente el Evangelio de los Apóstoles de que habla Orígenes (Hom. in Luc. 1). En este caso, habría que datarlo, con toda verosimilitud, en los primeros años del siglo III. Jerónimo se equivocó evidentemente al identificarlo con el Evangelio según los Hebreos, si bien A. Schmidtke defiende esta opinión.

Todo lo que sabemos del Evangelio de los ebionitas se lo debemos a Epifanio (Adv. haer. 30,13-16,22), que nos ha conservado algunos fragmentos. A juzgar por ellos, fue escrito en favor de una secta opuesta al sacrificio. Por eso pone en boca de Jesús estas palabras: “He venido a abolir los sacrificios, y, si no dejáis de sacrificar, no se apartará de vosotros mi ira” (30,16).

  1. El Evangelio según Pedro.

Un fragmento importante de este evangelio fue descubierto en 1886-87 por Bouriant, en la tumba de un monje, en Akhmin, en el Alto Egipto. Lo publicó, con su traducción, en 1892. Relata la pasión, muerte y sepultura de Jesús, y embellece la narración de su resurrección con detalles interesantes sobre los milagros que la siguieron. El escrito adolece ligeramente de docetismo. Quizá sea ésta la razón que motivó el cambio de las palabras de Jesús en la cruz “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?,” por estas otras: “Poder mío, Poder mío, ¿por qué me has abandonado?” Otro detalle interesante: es Herodes, y no Pilatos, quien da la orden de ejecución. De este modo la responsabilidad de la muerte de Jesús recae enteramente sobre los judíos. Pero sigue siendo dudoso el origen herético de este evangelio. Las insignificantes huellas de sectarismo que presenta son tan escasas, que no bastan a convencer. Parece que el autor alteró las narraciones de los evangelios canónicos, adaptándolas libremente.

Se hallan referencias del Evangelio según Pedro en los escritores eclesiásticos. Orígenes es el primero que lo menciona en su Comentario sobre Mateo (10,17). Refiere que algunos, basándose en una “tradición del evangelio llamado según Pedro” creyeron que los llamados “hermanos de Jesús” eran hijos de José habidos de una primera esposa, con la cual vivió antes de casarse con María. Eusebio afirma que el obispo Serapión de Antioquía rechazó este evangelio hacia el año 190 por su sabor doceta. No puede ser, pues, posterior a la segunda mitad del siglo II.

  1. El Evangelio de Nicodemo.

El deseo de minimizar la culpa de Pilatos, que hemos visto en el Evangelio según Pedro, es prueba del vivo interés con que la antigüedad cristiana miraba a este personaje. El Evangelio de Nicodemo es otra prueba más del lugar de distinción que Poncio Pilatos ocupó en el pensamiento del cristianismo primitivo. A esta narración se incorporaron, además, los llamados Hechos de Pilatos, un supuesto informe oficial del procurador referente a Jesús. Parece que ya a principios del siglo II se conocían unos Hechos de Pilatos. Después de haber mencionado la pasión y crucifixión de Jesús, el mártir Justino observa en su primera Apología (35): “De que todas estas cosas hayan sucedido puedes cerciorarte por los Hechos de Poncio Pilatos.” Otra afirmación parecida vuelve a hacerse en el capítulo 48.

Tertuliano se refiere dos veces al informe que Pilatos mandó a Tiberio. Según él, Poncio Pílalos informó al emperador sobre la injusta sentencia de muerte que él había pronunciado contra una persona inocente y divina; el emperador quedó tan impresionado por la narración de los milagros de Jesús y de su resurrección, que propuso que Cristo fuera admitido entre los dioses de Roma, a lo que se opuso el Senado (Apologeticum 5). En otro lugar Tertuliano dice que “toda la historia de Cristo fue relatada al César — en aquel entonces Tiberio — por Pilatos, siendo ya cristiano en lo íntimo de su corazón” (Apol. 21,24). Observamos aquí el empeño de hacer del procurador romano un testigo de la muerte y resurrección de Cristo, como también de la verdad del cristianismo.

La misma tendencia sería la que dio origen a los llamados Hechos de Pilatos que forman parte del Evangelio de Nicodemo. Tal como actualmente lo tenemos, comprende tres partes. La primera (c. l al 11) expone con todo detalle el juicio, crucifixión y sepultura de Cristo. Esta es la parte que lleva por título Acta Pilati. La segunda (c. 12 al 26) describe los debates que tuvieron lugar en el Sanedrín acerca de la resurrección de Cristo, y viene a ser una añadidura a los Acta Pilati. La tercera parte (c.17 al 27) se titula “Descensus Christi ad inferos.” Pretende ser la narración del descendimiento de Cristo al infierno, hecha por dos testigos, los “hijos de Simeón,” que resucitaron de entre los muertos después de haber visto a Cristo en el Hades.

Toda la obra, que en un manuscrito latino posterior se llama Evangelium Nicodemi, debió de ser compuesta a principios del siglo V; mas parece una compilación de materiales más antiguos. Eusebio cuenta que durante la persecución de Maximino Daia, en 311 ó 312, el gobierno romano difundió falsificaciones paganas de estos Hechos de Pilatos a fin de excitar el odio contra los cristianos:

Habiendo, ciertamente, falsificado las Memorias de Pilatos y de nuestro Salvador, llenas ahora de toda clase de blasfemias contra Cristo, las mandaron, con la aprobación de sus superiores, por todos sus dominios, con edictos ordenando que en todo lugar, en la ciudad lo mismo que en el campo, se pusieran en público y que los maestros de primera enseñanza obligaran a sus niños a estudiarlas y aprenderlas de memoria, en vez de sus lecciones (Hist. Eccl. 9,5,1; cf. 1,9,1; 1,11,9; 9,7,1).

Es muy posible que los Hechos de Pilatos que integraban el Evangelium Nicodemi fueran originariamente escritos con el fin de contrarrestar los malos efectos de esas actas paganas. La pieza más antigua de la literatura cristiana sobre Pilatos parece ser el “Informe de Pilatos al emperador Claudio,” que está añadido, en griego, a las Actas de Pedro y Pablo, de composición más reciente y del cual hay una traducción latina en forma de apéndice al Evangelium Nicodemi. Es probable que este informe sea el mismo que menciona Tertuliano. Caso de ser así, habría sido compuesto antes del año 197, que es la fecha del Apologeticum de Tertuliano. He aquí la traducción:

Poncio Pílalos a Claudio, salud.

“Acaeció últimamente un asunto que yo mismo aclaré (o decidí): los judíos, por envidia, se han castigado a sí mismos y a su posteridad con terribles juicios por culpa propia. Había sido anunciado a sus padres que su Dios mandaría del cielo a su Santo, que tendría derecho a ser llamado rey de los judíos; les prometió que lo enviaría a la tierra por medio de una virgen”.

“Vino, pues, siendo yo gobernador de Judea. Y le vieron cómo daba vista a los ciegos, limpiaba a los leprosos, curaba a los paralíticos, expulsaba a los demonios de los hombres, resucitaba a los muertos, calmaba a los vientos, andaba por encima de las olas del mar a pie enjuto y hacía otras muchas maravillas, y a todo el pueblo judío que le aclamaba como Hijo de Dios. Pero he aquí que los príncipes de los sacerdotes, movidos contra él por envidia, le prendieron y me lo entregaron y presentaron contra él, una tras otra, muchas falsas acusaciones, diciendo que era un hechicero y hacía cosas contrarias a la ley.

Yo, pues, creyendo que todo eso era verdad, le mandé azotar y le entregué a su capricho; ellos le crucificaron, y, una vez enterrado, pusieron guardias. Sin embargo, mientras mis soldados vigilaban, él se levantó de nuevo al tercer día; pero la malicia que ardía en los corazones de los judíos era tan grande, que dieron dinero a los soldados, diciéndoles: Decid que sus discípulos se llevaron su cuerpo. Mas ellos, a pesar de haber recibido el dinero, fueron incapaces de guardar silencio sobre lo que acababa de suceder, y atestiguaron que lo vieron resucitado y que recibieron dinero de los judíos. Y yo he informado sobre estas cosas (a tu majestad), no sea que algún otro te mienta y te parezca que debes dar crédito a las falsas historias de los judíos.”

Los demás Informes de Pílalos apócrifos, como, por ejemplo, la Anaphora Pilati, la Carta de Pilatos a Tiberio, la Paradosis Pilali, o sea, la sentencia contra Pilatos dictada por el emperador, y la correspondencia entre Pilatos y Herodes, pertenecen todos a la Edad Media.

Los Hechos de Pilatos del Evangelium Nicodemi, que se conservan en griego y en traducciones siríaca, armenia, copla, árabe y latina, tuvieron consecuencias muy curiosas. Los cristianos de Siria y Egipto veneraron a Pilatos como santo y mártir, y aun hoy día sigue en el calendario litúrgico de la iglesia copta. Durante la Edad Media, la influencia de los Hechos en la literatura y en el arte fue enorme.

  1. El Protoevangelio de Santiago.

El Protoevangelio de Santiago pertenece al grupo de los Evangelios de la infancia, que relatan bastante extensamente la adolescencia de la Virgen María y el nacimiento e infancia de Jesús. El término Proloevangelium es moderno: fue usado por primera vez, como título del Evangelio de Santiago, en 1552, en una traducción latina de Guillaume Postel. La primera referencia al Libro de Santiago la encontramos en Orígenes; dice que este libro hace de “los hermanos del Señor” hijos de José habidos de una primera mujer. Pero ya antes de Orígenes, Clemente de Alejandría, su maestro, y Justino Mártir refieren incidentes relativos al nacimiento de Jesús que también se relatan en el Protoevangelio.

El libro es, probablemente, de mediados del siglo II; en todo caso, es cierto que existía al finalizar el siglo. Contiene la narración más antigua del nacimiento milagroso y de la infancia y adolescencia de la Virgen María. En él aparecen por vez primera los nombres de los padres de María, Joaquín y Ana. Es interesantísimo el relato de la consagración de la Virgen y de su presentación en el templo, adonde fue llevada por sus padres a la tierna edad de tres años (c. 6-8):

Y día a día la niña se iba robusteciendo. Al llegar a los seis meses, su madre la dejó sobre la tierra para ver si se tenía; y ella, después de andar siete pasos, volvió al regazo de su madre. Esta la levantó, diciendo; “Vive el Señor, que no andarás más por este suelo hasta que te lleve al templo del Señor.” Y le hizo un oratorio en su habitación y no consintió que ninguna cosa común e impura pasara por sus manos. Llamó, además, a unas doncellas hebreas, vírgenes todas; y éstas la entretenían.

Al cumplir la niña un año, dio Joaquín un gran banquete, invitando a los sacerdotes, a los escribas, al sanedrín y a todo el pueblo de Israel. Y presentó la niña a los sacerdotes, quienes la bendijeron con estas palabras: “¡Oh Dios de nuestros padres!, bendice a esta niña y dale un nombre glorioso y eterno por todas las generaciones.” A lo cual respondió todo el pueblo: “Así sea, así sea. Amén.” La presentó también Joaquín a los príncipes de los sacerdotes, y éstos la bendijeron así: “¡Oh Dios altísimo!, pon tus ojos en esta niña y otórgale una bendición cumplida, de esas que excluyen las ulteriores.”

Su madre la llevó al oratorio de su habitación y le dio el pecho. Entonces compuso un himno al Señor Dios, diciendo: “Entonaré un cántico al Señor mi Dios, porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos y me ha dado un fruto santo, que es único y múltiple a sus ojos. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd todas las doce tribus de Israel: Ana está amamantando.”

Y habiendo dejado a la niña, para que reposara, en la cámara donde tenía su oratorio, salió y se puso a servir a los comensales. Estos, una vez terminado el convite, se fueron regocijados y alabando al Dios de Israel.

Mientras tanto, iban sucediéndose los meses para la niña. Y, al llegar a los dos años, dijo Joaquín a Ana: “Llevémosla al templo del Señor para cumplir la promesa que hicimos, no sea que el Señor nos la reclame y nuestra ofrenda resulte ya inaceptable ante sus ojos.” Ana respondió: “Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que la niña vaya a tener añoranza de nosotros.” Y Joaquín respondió: “Esperemos.” Al llenar a los tres años, dijo Joaquín: “Llamad a las doncellas hebreas que están sin mancilla y que tomen sendas velas encendidas para que la acompañen, no sea que la niña se vuelva atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de Dios.” Y así lo hicieron, mientras iban subiendo al templo de Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de haberla besado, la bendijo y exclamó: “El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel.” Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó con sus piececitos, haciéndose querer por toda la casa de Israel.

Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una palomica, recibiendo alimento de manos de un ángel.

Pero, al llegar a los doce años, los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo: “He aquí que María ha cumplido sus doce años en el templo del Señor, ¿qué habremos de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario? Y dijeron al sumo sacerdote: “Tú, que tienes el altar a tu cargo, entra y ora por ella; y lo que te dé a entender el Señor, eso será lo que hagamos” (BAC 148,155-160).

El evangelio sigue relatando el casamiento de María con José, que por entonces era ya viejo y tenía hijos. También se explican detalladamente el nacimiento de Jesús en una cueva y los milagros que le acompañaron, de una extravagancia sin igual.

El fin principal de toda la obra es probar la virginidad perpetua e inviolada de María antes del parto, en el parto y después del parto. Por eso bebe “del agua de la prueba del Señor,” a fin de apartar de sí toda sospecha (c. 16). Su virginitas in partu es atestiguada por una comadrona que estuvo presente en el alumbramiento (c. 20). Parece que Clemente de Alejandría conoció este evangelio o su fuente legendaria, pues dice en los Stromata (7,93,7): “Después que ella hubo dado a luz, algunos dicen que la atendió una comadrona y se descubrió que era virgen.”

El evangelio termina con el relato del martirio de Zacarías, padre de San Juan Bautista, y de la muerte de Herodes. Al final de todo hay una declaración referente al autor del evangelio: “Y yo, Santiago, que he escrito esta historia en Jerusalén cuando estallaron alborotos con ocasión de la muerte de Herodes, me retiré al desierto hasta que se apaciguó el motín, glorificando al Señor, mi Dios, que me concedió la gracia y la sabiduría necesarias para componer esta narración.”

Evidentemente el autor trata de dar la impresión de que él es el mismísimo Santiago el Menor, obispo de Jerusalén. Quién fuera en realidad, no es posible averiguarlo. Su ignorancia de la geografía de Palestina es sorprendente; por otra parte, se nota en sus narraciones una gran influencia del Antiguo Testamento. Esto viene a indicar que se trata de un cristiano de origen judío que vivía fuera de Palestina, tal vez en Egipto.

En su forma actual, este evangelio no puede ser obra de un solo autor. Los incidentes de la muerte de Zacarías y de la fuga de Juan Bautista se ve que fueron añadidos posteriormente. El hilo de la narración aparece truncado varias veces.

Así, en el capítulo 18, José aparece bruscamente y empieza a hablar sin haber sido introducido.

La forma actual del texto griego data del siglo IV, pues lo utilizó Epifanio a fines del mismo siglo. El Protoevangelio alcanzó una gran difusión, como lo demuestra el hecho de que se conserven unos treinta manuscritos del texto griego. Poseemos, además, antiguas traducciones en siríaco, armenio, copto y eslavo. Con todo, no ha aparecido todavía ningún manuscrito latino de este evangelio.

El Decretum Gelasianum de libris recipiendis et non recipiendis, del siglo VI, condena el escrito como herético. No obstante, no cabe exagerar al hablar de la influencia que este evangelio de la Natividad ha ejercido en el campo de la liturgia, de la literatura y del arte. El culto de Santa Ana y la fiesta eclesiástica de la Presentación de la Virgen en el templo deben su origen a las tradiciones de este libro. Muchas de las encantadoras leyendas de Nuestra Señora se basan en historias del Protoevangelio. Los artistas no se han cansado de inspirarse en él.

  1. El Evangelio de Tomás.

En la Primera homilía sobre San Lucas, Orígenes advierte que “también está en circulación el Evangelio según Tomás.” Este evangelio apócrifo proviene de un ambiente herético, probablemente gnóstico. Hipólito de Roma lo atribuye a los naasenos (Philos. 5,7). Cirilo de Jerusalén, en cambio, en sus Catequesis (4,36) habla de él como de una obra maniquea: “El Nuevo Testamento comprende solamente cuatro evangelios. Los demás son apócrifos y nocivos. También los maniqueos escribieron un evangelio según Tomás, que aun cuando lleve el suave nombre de evangelio, corrompe las almas de los simples.” En la Catequesis 6,31, habla en términos parecidos: “Que nadie lea el Evangelio según Tomás, porque no fue escrito por uno de los doce Apóstoles, sino por uno de los tres impíos discípulos de Manes.” Hipólito, al parecer, se refiere también a este mismo evangelio. Según él, su autor pertenece a los naasenos, mientras que Cirilo atribuye el escrito a los maniqueos. Quizás esta dificultad podría quedar orillada suponiendo que el Evangelio de Tomás maniqueo no fuera sino una nueva redacción alterada del Evangelium Thomae gnóstico. De todos modos, ambos evangelios, tanto el maniqueo como el gnóstico, se han perdido. El Evangelio de la infancia según Tomás, que se conserva en griego, siríaco, armenio, eslavo y latín, parece ser una edición expurgada y abreviada del original. Narra la infancia de Jesús, entretejida de historias sobre sus conocimientos y poder milagrosos para demostrar que Jesús tenía poder divino ya antes del bautismo. El fondo de estos relatos lo forma la vida ordinaria en un pequeño villorrio, como lo muestra la siguiente historia:

«Este niño Jesús, que a la sazón tenía cinco años, se encontraba un día jugando en el cauce de un arroyo después de llover. Y, recogiendo la corriente en pequeñas balsas, la volvía cristalina al instante y la dominaba con su sola palabra. Después hizo una masa blanda de barro y formó con ella doce pajaritos. Era a la sazón día de sábado y había otros muchachos jugando con él. Pero cierto hombre judío, viendo lo que acababa de hacer Jesús en día de fiesta, se fue corriendo hacia su padre José y se lo contó todo: “Mira, tu hijo está en el arroyo y, tomando un poco de barro, ha hecho doce pájaros, profanando con ello el sábado.” Vino José al lugar y, al verle, lo reto diciendo: ¿Por qué haces en sábado lo que no está permitido hacer?” Mas Jesús batió sus palmas y se dirigió a las figurillas, gritándoles: “¡Marchaos!” Y los pajarillos se marcharon todos gorjeando. Los judíos, al ver esto, se llenaron de admiración y fueron a contar a sus jefes lo que habían visto hacer a Jesús” (c.2: BAC 148,303-304).

Algunos milagros no revelan la misma delicadeza. Parece que el autor tuvo un concepto extraño de la divinidad, porque presenta a Jesús usando de su poder para vengarse:

Iba otra vez por medio del pueblo, y un muchacho, que venía corriendo, fue a chocar contra sus espaldas. Irritado Jesús, le dijo: “No proseguirás tu camino.” E inmediatamente cayó muerto el rapaz. Algunos que vieron lo sucedido dijeron: “¿De dónde habrá venido este muchacho, que todas sus palabras resultan hechos consumados?” Y, acercándose a José los padres del difunto, le increpaban diciendo: “Teniendo un hijo como éste, una de dos: o no puedes vivir con nosotros en el pueblo o tienes que acostumbrarle a bendecir y a no maldecir; pues causa la muerte a nuestros hijos.” José llamó aparte a Jesús y le amonestó de esta manera: “¿Por qué haces tales cosas, siendo con ello la causa de que éstos nos odien y persigan?” Jesús replicó: “Bien sé que estas palabras no proceden de ti. Mas por respeto a tu persona callaré. Esos otros, en cambio, recibirán su castigo.” Y en el mismo momento quedaron ciegos los que habían hablado mal de él (c.4-5: BAC 148,305-306).

La forma actual expurgada de este evangelio de la Infancia es probablemente posterior al siglo VI.

  1. El Evangelio árabe de la infancia de Jesús.

El Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de Tomás dieron lugar a otros muchos evangelios de la infancia que amplían las narraciones de estas dos fuentes y añaden nuevas historias. Un ejemplo notable de esto lo ofrece el llamado Evangelio árabe de la infancia de Jesús. Esta compilación tardía toma la materia para su primera parte del Protoevangelio, y para la segunda, del Evangelio de Tomás. A más de eso añade muchos incidentes nuevos y extraños. Así, por ejemplo, refiere que Jesús, cuando yacía en su cuna, dijo a su madre: “Yo soy Jesús, el Hijo de Dios, el Logos, a quien tú has dado a luz.”

  1. La Historia árabe de José el Carpintero.

Otra obra parecida es la llamada Historia árabe de José el Carpintero. Refiere la vida y muerte de José, y reproduce el elogio que Jesús pronunció sobre él. El autor incorpora a su narración material que toma del Protoevangelio y del Evangelio de Tomás, ampliando con nuevas adiciones. El objeto del libro es la glorificación de José y la propagación de su culto, muy popular entonces en Egipto. Tenemos el texto completo en árabe y bohaírico, y fragmentos en sahídico; en el siglo XIV se hizo una traducción en latín.

Por lo que se refiere a la fecha de composición, el evangelio no pudo ser escrito antes del siglo IV ni después del V. Lo más probable es que fuera escrito a finales del siglo IV y que se le hayan ido agregando adiciones en el siglo V y aún más tarde. S. Morenz ha lanzado recientemente la hipótesis de que el texto original fue en griego. Sin embargo, según L. T. Lefort, “la versión árabe hecha sobre un texto bohaírico es bastante aproximada, y su valor no es más que puramente relativo para ayudar a la reconstrucción de la forma original. El texto bohaírico es una simple copia de un modelo sahídico. Toda la cuestión, pues, gravita en torno al texto sahídico, cuestión que debe resolverse antes de abordar la cuestión de la redacción primitiva original.” Lefort duda que el texto sahídico esté suficientemente establecido en los fragmentos que se han publicado hasta el presente. Con todo, registra la existencia de un cuarto manuscrito que era desconocido hasta hace poco.

  1. El Evangelio de Felipe.

No se atribuyeron evangelios apócrifos sólo a Pedro, Santiago y Tomás, sino también a los demás Apóstoles. Epifanio, hablando de los gnósticos egipcios de su tiempo, dice (Haer. 26,13): “Presentan los gnósticos un evangelio compuesto a nombre de Felipe, el santo discípulo, que dice así: Me reveló el Señor qué es lo que debe decir el alma al subir al cielo y cómo debe responder a cada una de las potencias celestiales. A saber: Me he conocido a mí misma, dice, y me he recogido de todas partes y no he procreado hijos al Arconte, sino que he desarraigado sus raíces y he juntado los miembros desparramados y sé quién eres tú. Pues yo, dice, soy de aquellos que viven en las alturas.” Este fragmento del Evangelio de Felipe manifiesta una tendencia muy pronunciada al ascetismo gnóstico, según el cual las partículas de lo divino dispersas por todo el mundo material deben ser reunidas y libertadas de la influencia de la materia. Parece que el libro copto Pistis Sophia se refiere a este Evangelio de Felipe cuando menciona que el apóstol Felipe escribió doctrinas secretas que el Señor enseñara a sus discípulos en sus conversaciones después de la resurrección. De esta referencia puede deducirse que el evangelio existía ya en el siglo III.

  1. Evangelio de Matías.

Orígenes (Hom. 1 in Lucam) afirma que en su tiempo se conocía un evangelio según Matías. M. K. James y O. Bardenhewer creen que las Tradiciones de Matías de que habla Clemente de Alejandría podrían ser el Evangelio de Matías. Otros, como O. Stählin y J. Tixeront, lo ponen en duda. Los pasajes de Clemente son como siguen: “Mas el principio de esta verdad es el admirarse de las cosas, como dice Platón en el Theaetetus y Matías en (sus) Tradiciones al exhortar: Admira lo presente, poniendo éste como el primer grado del conocimiento del más allá (Strom. II 9,45). “Dicen (los gnósticos discípulos de Basílides) que también Matías enseñó de esta manera: “Luchar contra la carne y tratarla con indiferencia, no concediéndole placer alguno desenfrenado, antes, por el contrarío, hacer crecer el alma por la fe y el conocimiento” (Strom. III 4,26). “Se dice en las Tradiciones que el apóstol Matías decía continuamente que, si peca el vecino de un elegido, pecó también el elegido. Pues, si éste se hubiera comportado como manda el Logos, se hubiera avergonzado también el vecino de su propia vida, de manera que no hubiera pecado” (Strom. VII 13,82).

Tanto si estos pasajes de las Tradiciones de Matías formaron alguna vez parte del Evangelio de Matías como si no, éste debió de ser escrito antes del tiempo de Orígenes.

  1. Evangelio según Bernabé.

De este evangelio no se conserva nada. Tenemos noticia de él por el Decretum Gelasianum del siglo VI, que lo coloca entre los apócrifos. También aparece en la Lista de los sesenta libros, obra griega del siglo VII u VIII. No hay que confundirlo con el Evangelio de Bernabé, italiano, publicado en 1907 por Lonsdale y Laura Ragg, pues esta última obra fue escrita en el siglo XIV por un cristiano apóstata que pasó al islam.

Su principal intento es probar que Mahoma es el Mesías y que el islam es la única religión verdadera.

  1. El Evangelio de Bartolomé.

Este evangelio lo mencionan Jerónimo en el prólogo a su Comentario sobre Mateo y el Decretum Gelasianum. Seguramente se identifica con las Cuestiones de Bartolomé, que sabemos fueron escritas originalmente en griego. Además de dos manuscritos griegos, uno en Viena y otro en Jerusalén, se conservan fragmentos de las Cuestiones de Bartolomé en eslavo, copto y latín. En forma de respuestas a las preguntas de Bartolomé contiene revelaciones del Señor después de la resurrección y un relato de la anunciación hecho por María. Incluso Satanás entra en escena para responder a las preguntas de Bartolomé sobre el pecado y la caída de los ángeles. Se describe con todo detalle el Descensus ad inferos.

  1. Otros evangelios apócrifos.

Como los herejes, especialmente los gnósticos, tenían por costumbre escribir evangelios en defensa de sus propias doctrinas, no es de extrañar que existiera un número tan elevado de obras apócrifas. De la mayoría no sabemos más que el nombre, como por ejemplo:

  1. El Evangelio de Andrés. De probable origen gnóstico; parece que San Agustín alude a él (Contra adversarios legis et prophetarum 1,20).
  2. El Evangelio de Judas Iscariote, usado por la secta gnóstica de los cainitas.
  3. El Evangelio de Tadeo, citado en el Decretum Gelasianum.
  4. El Evangelio de Eva. De él dice Epifanio que circulaba entre los borboritas, una secta gnóstica ofita. Algunos de estos evangelios llevan el nombre de herejes famosos.
  5. El Evangelio según Basílides. Orígenes dice que este heresiarca “tuvo la audacia” de escribir un evangelio; es mencionado también por Ambrosio y Jerónimo. Es posible que Basílides hubiera retocado los evangelios canónicos con el fin de adaptarlos a las doctrinas gnósticas.
  6. El Evangelio de Cerinto, mencionado por Epifanio.
  7. 7. El Evangelio de Valentín: conocemos su existencia por Tertuliano.
  8. El Evangelio de Apeles, del que nos hablan Jerónimo y Epifanio.

Una nota característica común a todos estos evangelios gnósticos es la manera arbitraria como usan los datos canónicos. Las narraciones de los evangelios canónicos sirven como de marco a las revelaciones gnósticas, hechas por el Señor o por María en conversaciones con los discípulos de Jesús después de su resurrección. Estos evangelios tienen cierto cariz apocalíptico debido a las especulaciones cosmológicas que contienen. Por eso se les ha llamado evangelios-apocalipsis.

III. Hechos Apócrifos de los Apóstoles.

Los Hechos apócrifos de los Apóstoles tienen de común con los evangelios apócrifos el hecho de querer suplir lo que falta en el Nuevo Testamento. Parece ser que el origen de estos Hechos apócrifos se debe, en buena parte, al deseo de crear una literatura popular capaz de sustituir las fábulas paganas de carácter erótico. Se complacen en aventuras y descripciones de países lejanos y pueblos extraños; sus héroes se ven envueltos en toda clase de peligros. Se nota en estos escritos de una manera más pronunciada que en los evangelios apócrifos la influencia de los cuentos populares entonces de moda, del folklore y de las leyendas. Algunas veces, no obstante, en el fondo de estos cuentos milagrosos y fantásticos aparece una tradición histórica. Tal es el caso, por ejemplo, de los Hechos de Pedro y Pablo cuando narran el martirio de ambos apóstoles en Roma, y el de los Hechos de Juan al hablar de su permanencia en Efeso.

A pesar de que la mayor parte de esos Hechos revelen tendencias heréticas, son, sin embargo, de gran interés para la historia de la Iglesia y de la cultura. Proyectan abundante luz sobre la historia del culto cristiano en los siglos II y III; describen las formas más antiguas de funciones religiosas en casas privadas, y contienen himnos y oraciones que constituyen los primeros pasos de la poesía cristiana. Reflejan también los ideales ascéticos de las grandes sectas heréticas y describen el sincretismo de los círculos gnósticos, mezcla de creencias cristianas y de ideas y supersticiones paganas. M. R. James dice: “Entre las plegarias y discursos de los Apóstoles en los Hechos espurios se hallan expresiones muy notables y hasta magníficas; un buen número de sus narraciones son extraordinarias y llenas de imaginación, y han sido consagradas por el genio de los artistas medievales que nos las han hecho familiares. Sus autores, sin embargo, no hablan con el acento de un Pablo o de un Juan, ni tampoco con la tranquila simplicidad de los tres primeros evangelios. Ni es injusto decir que, cuando tratan de imitar el tono de los primeros, caen en el teatralismo, y cuando quieren remedar a los segundos, son insípidos. En suma, un estudio atento de esta literatura, en conjunto y en detalle, aumenta nuestro respeto por el buen sentido de la Iglesia católica y por la prudencia de los sabios de Alejandría, Antioquía y Roma: ellos fueron, por cierto, expertos cambistas que probaron todas las cosas y se quedaron con lo que era bueno.”

Se desconoce a los verdaderos autores de estos Hechos. A. partir del siglo V se menciona a un tal Leukios como autor de los Hechos heréticos de los Apóstoles. Focio (Bibl. Cod. 114) llama a Leukios Carinos autor de una colección de Hechos de Pedro, Pablo, Andrés, Tomás y Juan. Con todo, parece que en un principio Leukios era considerado como autor de los Hechos de Juan solamente; más tarde se le fueron atribuyendo todos los demás Hechos apócrifos. Para impedir la difusión de las doctrinas heréticas por medio de esos Hechos. Se colmó de esta manera la falta de datos canónicos relativos a los viajes misioneros de los Apóstoles. Muchas de las lecciones del Breviario Romano para las festividades de los Apóstoles se basan en estos Hechos.

  1. Los Hechos de Pablo (????e? ?a????).

En su tratado De baptismo (c.17), Tertuliano hace esta observación: “Mas si los escritos que circulan fraudulentamente bajo el nombre de Pablo invocan el ejemplo de Tecla en favor del derecho de las mujeres a enseñar y bautizar, que sepa todo el mundo que el sacerdote del Asia que los compuso con el fin de aumentar la fama de Pablo por medio de episodios de su propia invención, después de haber sido hallado culpable y de haber confesado que lo había hecho por amor a Pablo, fue depuesto de su oficio.” Ya antes de Tertuliano circulaban, pues, ciertos Hechos de Pablo, y su autor era sacerdote del Asia Menor; su suspensión hubo de ocurrir antes del año 190. No fue posible determinar todo el contenido y extensión de estos Hechos hasta que C. Schmidt publicó en 1904 el fragmento de una traducción copta de los Hechos paulinos contenidos en un papiro de la Universidad de Heidelberg.

Esta versión copta probó en particular que los tres escritos que se conocían mucho antes como tres tratados independientes no eran originalmente sino partes de los Hechos de Pablo. A saber: 1) Los Hechos de Pablo y Tecla; 2) La Correspondencia de San Pablo con los Corintios, y 3) el Martirio de San Pablo.

  1. La obra griega: Acta Pauli et Theclae (????e?? ?a???? ?a? T????).

San Jerónimo la llama (De vir. ill. 7) Periodi Pauli et Theclae. Cuenta la historia de Tecla, una doncella griega, originaria de Iconium, que se había convertido merced a las predicaciones de Pablo. Rompe con su novio y sigue al Apóstol, asistiéndole en su obra misionera. Escapa milagrosamente a persecuciones y muerte, y, finalmente, se retira a Seleucia. La narración tiene todas las apariencias de ficción y carece, al parecer, de toda base histórica. A pesar de eso, el culto a Santa Tecla se hizo muy popular y se difundió por Oriente y Occidente. Una prueba de ello la tenemos en el Ritual Romano, que cita su nombre en la recomendación del alma (Proficiscere). No puede decirse a ciencia cierta si esta veneración se debe únicamente a los Hechos o si la narración contiene un núcleo histórico. El texto griego de estos Hechos se ha conservado en gran cantidad de manuscritos. Hay, además, cinco códices latinos y muchísimas traducciones en lenguas orientales.

El contenido de esta novela tuvo, y aún tiene, enorme influencia en la literatura y arte cristianos. En el capítulo 3 se da una descripción de Pablo, que fijó el tipo de los retratos del Apóstol desde una época muy temprana: “Y vio llegar a Pablo, hombre de baja estatura, calvo y tuerto, fuerte, de cejas muy pobladas y juntas y nariz un tanto aguileña, lleno de gracia; a veces parecía hombre, pero otras veces su rostro era de un ángel.”

  1. La Correspondencia de San Pablo con los Corintios,

 que constituye otra parte de los Acta Pauli, contiene la respuesta de los Corintios a su segunda carta, más una tercera carta que el Apóstol les había dirigido (cf. Cartas apócrifas, p. 153).

  1. Los Hechos de Pablo,

 comprenden, además, el Martyrium o Passio Pauli. El texto se ha conservado en dos manuscritos griegos, en una traducción latina incompleta y en varias versiones: en siríaco, copto, eslavo y etiópico. Su contenido es legendario. La obra trata de la predicación de Pablo y de su trabajo apostólico en Roma, de la persecución de Nerón y de la ejecución del Apóstol. La descripción de su muerte ha influido sobremanera en el arte cristiano y en la liturgia: “Entonces Pablo se puso de pie mirando hacia el este y, con las manos levantadas al cielo, oró largo tiempo. En sus oraciones hablaba en hebreo con los Padres; luego, sin proferir palabra, ofreció el cuello al verdugo. Y cuando éste le cortó la cabeza, salpicó leche sobre la túnica del soldado.” Después de su muerte, Pablo se aparece al emperador y le profetiza el juicio que le sobrevendrá. En toda la obra aparece muy marcada la idea de Cristo Rey y de la Militia Christi. A Jesús se le llama el “Rey eterno,” el “Rey de los siglos,” y los cristianos son los “soldados del gran Rey.” Con trazos vigorosos se describe la oposición existente entre el culto de Cristo y el del emperador romano.

El reciente hallazgo de una parte importante de los Hechos en su texto griego original ha demostrado que la conclusión de C. Schmidt respecto a la forma original de los mismos era correcta. Once páginas de un papiro escrito hacia el año 300, ahora se conserva en Hamburgo, han venido a completar parte del texto que aún faltaba.

  1. Los Hechos de Pedro

Los Hechos de Pedro fueron compuestos hacia el año 190. El autor parece que vivió en Siria o Palestina, más bien que en Roma. No tenemos el texto completo, pero de él se han recobrado como unos dos tercios de varias procedencias.

  1. a) La parte principal de los Hechos existe en una traducción latina, hallada en un manuscrito de Vercelli (Actus Vercellenses). Esta versión, intitulada Actus Petri cum Simone, refiere cómo 1) Pablo se despide de los cristianos de Roma y parte para España; 2) Simón Mago llega a Roma y pone en aprieto a los cristianos con sus aparentes milagros; 3) Pedro se traslada a Roma y confunde al mago, quien muere al intentar volar del foro romano al cielo. El documento concluye con una narración del martirio de Pedro.

Una clave muy interesante para determinar el medio ambiente intelectual del autor nos la da el capítulo 2 de los Hechos, donde se hace mención de Pablo celebrando la Eucaristía con pan y agua: “Luego trajeron a Pablo pan y agua para el sacrificio, a fin de que pudiera hacer oración y distribuirlos a cada uno.” Esto indica que el autor compartía las ideas docetistas. Se advierte la influencia de la misma secta cuando Pedro predica contra el matrimonio e induce a las mujeres a abandonar a sus maridos.

  1. b) El Martirio de San Pedro, que constituye la tercera parte de los Actus Vercellenses, existe también en el original griego (?a?t????? t?? a???? ap?st???? ??t???). Trae la historia del “Domine, quo vadis?” Como Pedro se sintiera impelido a abandonar Roma, encontró a Jesús. “Y cuando le vio, le dijo: ¿Adónde vas, Señor? Y el Señor le replicó: Voy a Roma a ser crucificado. Señor — le dijo Pedro —, ¿vas a ser crucificado otra vez? Y El le respondió: Sí, Pedro, voy a ser crucificado otra vez. Cayó entonces Pedro en la cuenta y, habiendo visto al Señor remontarse a los cielos, volvió a Roma, lleno de regocijo y glorificando al Señor porque éste había dicho: Voy a ser crucificado de nuevo, que es lo que estaba a punto de suceder a Pedro” (c.35). La narración continúa con la condenación a muerte de Pedro por el prefecto Agripa. Fue crucificado cabeza abajo, a petición suya. Antes de morir pronunció un largo sermón sobre la cruz y su sentido simbólico, que muestra de nuevo influencias gnósticas.
  2. c) El Martyrium beati Petri Apostoli a Lino conscriptum,

no es del mismo autor. Fue escrito en latín, probablemente en el siglo VI. Su autor no puede ser evidentemente, el primer sucesor de San Pedro, Lino, a quien se atribuye la obra. La historia es mera leyenda. Sigue el martirio original, tal como se encuentra en los Actus Vercellenses, pero añade algunos detalles por ejemplo, los nombres de Proceso y Martiniano, carceleros de Pedro.

  1. Los Hechos de Pedro y Pablo.

Los Hechos de Pedro y Pablo (????e? t?? a???? ap?st???? ??t??? ?a? ?a????) no se parecen en nada a los Hechos de Pablo ni a los Hechos de Pedro, que acabamos de mencionar. Ponen de relieve la amistad y el compañerismo estrecho que existían entre los dos Apóstoles. El texto empieza con el viaje de Pablo de la isla de Gaudomelete a Roma; relata luego los trabajos apostólicos y el martirio de los dos apóstoles en esta ciudad. El autor usó evidentemente el libro canónico de los Hechos de los Apóstoles como base de la descripción del viaje de Pablo. Es posible que compusiera su obra con la intención de que reemplazara a los Hechos heréticos. El escrito es quizás del siglo III. Apenas se advierten en ella indicios de influencia herética. De estos Hechos se conservan sólo unos fragmentos en griego y latín.

  1. Los Hechos de Juan.

Los Hechos de Juan son los más antiguos apócrifos de Apóstoles que poseemos. Fueron compuestos en el Asia Menor entre el 150 y el 180. No se conserva el texto íntegro, pero poseemos una parte considerable del original griego, completado, para varios episodios, por una traducción latina. La obra se presenta como la narración de un testigo ocular de los viajes misioneros de Juan en el Asia Menor. Cuenta sus milagros, sus sermones y su muerte. Los sermones del Apóstol ofrecen una prueba inequívoca de las tendencias docetistas del autor, especialmente la descripción de Jesús y de su cuerpo inmaterial; así, por ejemplo, en el capítulo 93: “A veces cuando le agarraba, me encontraba con un cuerpo material y sólido. Otras veces, en cambio, al tocarlo, la substancia era inmaterial, corno si no existiera en absoluto.” El himno al Padre, que Jesús canta con sus Apóstoles antes de ir a la muerte, tanto en su expresión como en su estructura, está coloreado de gnosticismo. El autor muestra particular debilidad por historias extrañas, como la Drusiana, y por incidentes humorísticos. La moral es de la filosofía popular. Estos Hechos presentan, sin embargo, un gran interés para la historia del cristianismo. Así, por ejemplo, aportan el testimonio más antiguo de la celebración de la Eucaristía por los difuntos: “Al día siguiente, cuando amanecía, vino Juan, acompañado de Andrónico y de los hermanos, al sepulcro, por ser el tercer día de la muerte de Drusiana, para que pudiéramos partir allí el pan” (c.72). Más adelante, en el capítulo 85, se nos da la oración eucarística que recitó el Apóstol en esos funerales: “Habiendo dicho esto, Juan tomó pan y lo llevó al interior del sepulcro para partirlo, y dijo:

Glorificamos tu nombre,

que nos convirtió del error y del engaño cruel;

te glorificamos a tí, que has puesto ante nuestros ojos

lo que hemos visto;

damos testimonio de tu amorosa bondad,

que se manifestó de diversas maneras;

loamos tu misericordioso nombre, ¡oh Señor!,

que has convencido

a los que creen en ti;

te damos gracias, ¡oh Señor Jesucristo!,

por haber creído en tu gracia inmutable;

te damos gracias

a ti que necesitaste de nuestra naturaleza para poderla salvar;

te damos gracias a ti que nos diste esta fe firme,

pues Tú sólo eres Dios, ahora y por siempre.

Nosotros, tus siervos, te damos gracias, ¡oh Santo!,

los que nos hemos reunido con buena intención

y hemos sido congregados del mundo.

  1. Los Hechos de Andrés.

Además de los Hechos de Juan, Eusebio menciona (Hist. eccl 3,25,6) los Hechos de Andrés como obra de herejes. “Ningún autor ortodoxo — dice — ha creído jamás conveniente referirse en sus escritos a ninguna de estas obras. Además, el carácter de la fraseología difiere del estilo apostólico, y el pensamiento y la doctrina de su contenido están en abierta contradicción con la verdadera ortodoxia y muestran claramente ser falsificaciones de herejes.”

Se cree que el autor de estos Hechos de Andrés fue Leukios Carinos, quien los habría compuesto hacia el año 260. Hoy día existen solamente unos pocos fragmentos que contienen los siguientes episodios:

1.La historia de Andrés y Matías entre los caníbales del mar Negro, que existe en traducciones latina, siríaca, copla y armenia, así como en el poema anglosajón Andreas, atribuido a Cynewulf.

2.La historia de Pedro y Andrés.

  1. El martirio de Andrés en la ciudad de Pairas, en Acaya, compuesto hacia el año 400. Este documento presenta la forma de una carta encíclica de los sacerdotes y diáconos de Acaya acerca de la muerte de Andrés. Existe en griego y latín, y parece que no tiene relación alguna con los Hechos gnósticos de Andrés, condenados por Eusebio.
  2. Se conserva otro fragmento en el Codex Vaticanus graec. 808, en el que se refieren los sufrimientos de Andrés en Acaya y los discursos que pronunció en la cárcel de Patrás.
  3. Un relato del martirio de Andrés del que tenemos numerosas narraciones.

Todas estas narraciones coinciden en un punto: antes de su muerte, Andrés se vuelve hacia la cruz, en la que pronto va a morir, y le dirige un largo discurso que recuerda otro discurso semejante de los Hechos de Pedro. Exactamente igual que en éstos, en los Hechos de Andrés el apóstol preconiza también la renuncia al matrimonio, lo que origina una serie de sucesos con los maridos y con las autoridades paganas, y, finalmente, la muerte del apóstol.

  1. Los Hechos de Tomás.

Los Hechos de Tomás son los únicos Hechos apócrifos de los que poseemos el texto completo. Fueron escritos en siríaco en la primera mitad del siglo III. El autor pertenecía, según toda probabilidad, a la secta de Bardesano en Edesa. Poco después de su composición fueron traducidos al griego; de esta traducción quedan muchos manuscritos. También existen una ver armenia y otra etiópica, amén de dos versiones latinas diferentes.

Estos hechos presentan a Tomás como misionero y apóstol de la India. Se relatan detalladamente los incidentes y las experiencias del viaje. En la India convierte al rey Gundafor. Tras haber obrado muchos milagros, alcanza la palma del martirio.

Toda la narración comprende cuatro actos. A pesar de que se ha demostrado la existencia de un rey indio llamado Gundafor en el siglo I, han fracasado todos los intentos efectuados hasta ahora para probar la verdad histórica de la labor misionera de Tomás en la India. Los Hechos son claramente de origen gnóstico y revelan, además, en parte, tendencias maniqueas. Su ideal ascético es el mismo que el de los Hechos de Andrés y Pedro. Se renuncia al matrimonio y se aconseja a las mujeres que abandonen a sus maridos. La obra contiene varios himnos litúrgicos de singular belleza. El más notable es el himno del alma o de la redención, que probablemente es mucho más antiguo que los Hechos, y parece como inserido artificialmente en la narración. La canción representa a Cristo como el hijo del rey, enviado de su país natal, en Oriente, a Egipto, en el Occidente, para vencer al dragón y adquirir la perla. Hecho esto, vuelve a su luminoso país de Oriente. El País oriental es el cielo o el paraíso, del cual Cristo desciende a este mundo pecador para redimir el alma enredada en la materia.

  1. Los Hechos de Tadeo.

En su Historia eclesiástica (1,13), Eusebio da a entender que conoció los Hechos de Tadeo, que fueron compuestos en Siria. Según él, en estos Hechos se refería cómo el rey Abgaro de Edesa, habiendo oído hablar de Jesús y de sus milagros, mandó una carta pidiéndole que viniera a curarle de una terrible enfermedad. Jesús no accedió a su ruego, pero, a su vez, escribió al rey otra carta en la que le prometía enviarle a uno de sus discípulos. El hecho es que, después de la resurrección, el apóstol Tomás, por moción divina, envió a Edesa a Tadeo, uno de los setenta discípulos del Señor. Tadeo curó al rey de su enfermedad, y toda Edesa se convirtió al cristianismo. Eusebio tradujo del siríaco al griego la correspondencia entre Jesús y el rey Abgaro. Nos dice que tomó su texto de los archivos de Edesa. He aquí lo que él refiere:

Hay también constancia escrita de estas cosas, copiada de los archivos de Edesa, que por aquel entonces era una ciudad real. Al menos, en los documentos públicos que hay allí y que contienen los hechos de la antigüedad y del tiempo de Abgaro, se conserva toda esta historia desde aquel tiempo hasta el presente. Pero nada hay que pueda compararse con la lectura de las mismas cartas, que hemos sacado de los archivos, y que, traducidas literalmente del siríaco, dicen: Copia de una carta que el toparca Abgaro escribió a Jesús a Jerusalén por medio del correo Ananías.

“Abgaro Uchama, toparca, a Jesús, el buen Salvador que ha aparecido en Jerusalén, salud.

Han llegado a mis oídos noticias referentes a ti y a las curaciones que realizas sin necesidad de medicinas ni hierbas. Pues, según dicen, haces que los ciegos recobren la vista y que los rengos caminen; limpias a los leprosos y expulsas los espíritus inmundos y los demonios; devuelves la salud a los que se encuentran aquejados de largas enfermedades y resucitas a los muertos. Al oír todo esto acerca de ti, he dado en pensar una de estas dos cosas: o que tú eres Dios, que has bajado del cielo y obras estas cosas, o bien que eres el Hijo de Dios para realizar estos portentos. Esta es la causa que me ha impulsado a escribirte, rogándote que te apresures a venir y me cures de la dolencia que me aqueja. He oído, además, que los judíos se burlan de ti y que pretenden hacerte mal. Mi ciudad es pequeña, pero noble, y es suficiente para nos otros dos.”

Contestación de Jesús al toparca Abgaro por el correo Ananías.

“Dichoso tú por haber creído en mí sin haberme visto. Pues escrito está acerca de mí que los que me hubieren visto, no creerán en raí, para que los que no me hayan visto crean y tengan vida. En cuanto a lo que me escribiste de ir ahí, debo cumplir primero aquello a lo que fui enviado y, una vez que lo haya realizado, volver a aquel que me envió. Cuando haya sido elevado, te enviaré uno de mis discípulos para que cure tu dolencia y te dé vida a ti y a los que están contigo.”

Estas cartas de Jesús y el rey Abgaro se divulgaron por todo el Oriente y fueron introducidas en el Occidente por la traducción que hizo Rufino de la Historia de la Iglesia de Eusebio. Se sabe que el rey Abgaro Uchama reinó desde el año 4 antes de Cristo hasta el 7 después de Cristo, y del 13 al 50. Sin embargo, las cartas no son auténticas. Agustín (Contra Faust. 28,4; Consens. Ev. 1,7,11) niega la existencia de cartas auténticas de Jesús, y el Decretum Gelasianum califica de apócrifas estas cartas. Los Hechos de Tadeo no son más que leyendas locales, escritas durante el siglo III.

Estos Hechos existen también en siríaco bajo otra forma, la llamada Doctrina Addei, que fue publicada en 1876. El contenido es el mismo que conocemos por Eusebio, mas con una adición: el mensajero Ananías, que llevó la carta a Jesús, pintó un retrato de éste y lo llevó a su rey. Abgaro le asignó un lugar de honor en su palacio. En cambio, la Doctrina Addei no menciona la carta que escribió Jesús. La contestación de Jesús a la carta de Abgaro la llevó oralmente Ananías. Tal vez el autor conocía la afirmación de Agustín. La Doctrina Addei fue compuesta probablemente hacia el año 400. Aparte el original siríaco, existe una traducción armenia y otra griega.

Además de los Hechos que hemos examinado, existen otros muchos. La mayoría pertenecen a los siglos IV y V. Algunos son incluso posteriores. Basta citar aquí los Hechos de Mateo, de los que solamente se conserva la última parte, y los de Felipe y Bartolomé. De los discípulos y compañeros de los Apóstoles tenemos los Hechos apócrifos de Bernabé, Timoteo y Marco.