Origen apostólico y divino del Apocalipsis.

El testimonio que S. Juan Apóstol y Evangelista se da a sí mismo como autor del Apocalipsis, es tan claro, que antes de la mitad del siglo III no se encuentra escritor alguno ortodoxo que haya vacilado en afirmar el origen apostólico y divino de este libro, y en toda la Iglesia el Apocalipsis fue recibido como profecía divina.

En los códices más antiguos este Libro se titula Apocalypsis Joannis = Apocalipsis de Juan: los más recientes al nombre propio añadían el título honroso de Teólogo, o de Teólogo y Evangelista.

El autor se llama a sí mismo «Juan siervo de Jesucristo, que ha dado testimonio de la palabra de Dios» (Cf. 1, 1-2; 22, 8); dice que estuvo «en una isla que se llama Patmos, por la palabra de Dios, y por el testimonio de Jesús» (1, 9) y habla con tanta autoridad a las siete Iglesias de Asia, que es evidente que estuvo al frente de ellas, de manera que los mismos obispos de aquellas Iglesias debieron escuchar sus palabras (1,4-3,22). Sin que con esto se llame a Juan Apóstol, aunque el mismo no se llame Apóstol, no cabe duda de que lo fue. Y a la verdad así fue entendido su testimonio por los más antiguos testigos; pues todos se sirvieron del Apocalipsis como de obra apostólica y divina.

Como, según el testimonio de S. Ireneo, este libro fue compuesto hacia fines del imperio de Domiciano (esto es, el año 95) no se han de buscar indicios de él en las obras de los primeros Padres apostólicos. Pero desde mediados del siglo II, es decir unos cincuenta años después de haber sido escrito, empiezan a abundar los testimonios.

En las Iglesias de Asia, a las cuales fue el Apocalipsis directamente entregado por un autor, el primer testigo es S. Justino M. el cual afinna que la revelación (o apocalipsis) fue hecha «Joanni uni ex Christi Apostolis = a Juan uno de los Apóstoles de Cristo» (c. Tryph. 81).

En el mismo tiempo un obispo de Sardes, S. Melitón, compuso un libro «del Apocalipsis de Juan». La Iglesia de Esmirna en su relación sobre la muerte de S. Policarpo, narra que el mártir empezó su súplica con algunas palabras del Apocalipsis. En Hierápolis, no lejos de Laodicea, una de las siete Iglesias, S. Papías, discípulo de S. Juan Apóstol, escribió algunas cosas sobre el Apocalipsis, en las cuales afirmó también su origen divino.

De máxima autoridad es el testimonio de S. Ireneo, que aunque fue obispo de Lyon, en su calidad de discípulo de Policarpo, es necesario contarlo entre los testigos de Asia. Ahora bien, no solamente atribuyó el Apocalipsis al Apóstol como autor, sino que tratando del número de la bestia, apela al testimonio de aquellos que «facie ad faciem Joannem viderant = cara a cara habían visto a Juan», y con cuidado indica el tiempo en que se publicó (C. Haer. 4, 20 sq.; 5, 30, 35). A éste se añade Apolonio, presbítero de Éfeso, que contra los montanistas «se sirvió de los testimonios del Apocalipsis de Juan», y entiende indicar al Apóstol Juan (Eus. H. E. 5, 18). Luego durante todo el siglo II la tradición sobre el origen apostólico y divino del Apocalipsis en las Iglesias de Asia en las cuales S. Juan había pasado sus íntimos años, es unánime.

Combina con las Iglesias de Asia también la Iglesia de la Siria occidental y oriental, y el mismo consentimiento lo hallamos en la Iglesia de Alejandría, cuyos testigos eximios son Clemente Alej., y Orígenes.

No es menor el consentimiento del Occidente. En la Iglesia romana, ya lo usó S. Hermas, lo consigna el Canon de Murat. San Hipólito lo explicó y lo alegó frecuentemente bajo el nombre de Juan Apóstol.

De la Iglesia galicana ya hemos visto el testimonio de S. Ireneo, al que se añade toda la Iglesia Vien. y Lugd. que en su epístola a los hermanos de Asia alega el apocalipsis como Escritura. De la Iglesia de África tenemos los testimonios de Tertuliano y S. Cipriano, los cuales reconocen el origen divino y apostólico de este libro.

Después de tantos y tan graves testimonios del siglo II y del principio del III, se ve como Eusebio pudo con razón poner el Apocalipsis entre sus omologoúmena; mas en el mismo lugar mirando la incertidumbre que nacida en algunas Iglesias de Oriente desde mediados del siglo III duró algunos siglos, dice que se le puede poner entre los libros espurios.

Desde mediados del siglo III, en verdad, no se halla un consentimiento tan pleno y unánime, porque la grande autoridad de San Dionisio Alejandrino (+264) hizo que algunas Iglesias, principalmente en Siria y Palestina, la excluyeron de la pública lectura; pero un número mucho mayor de Iglesias orientales y todas las occidentales conservaron la antigua tradición del origen apostólico y divino de este lihro, y las otras Iglesias, casi todas, volvieron a ella.

Algunos obispos de Egipto, entre los cuales el principal fue Nepos de Arsinoe[1], rechazando el excesivo estudio de la interpretación alegórica introducido por Orígenes, cayeron en otro extremo, y explicando en sentido propio también las descripciones simbólicas del Apocalipsis, dieron origen a un milenarismo grosero y carnal. San Dionisio M., discípulo de Orígenes, impugnando este error, puso en duda el origen apostólico del Apocalipsis, de cuyos testimonios se abusaban los milenarios y prefirió atribuir el libro a un piadoso hombre apostólico, de nombre Juan.

Esta sentencia no fue en verdad recibida por la Iglesia de Alejandría; pero por algún tiempo en algunas otras Iglesias, principalmente en la Iglesia palestina y antioqnena, empezó a prevalecer. La abrazaron algunos Padres. San Jerónimo exagera cuando dice «Graeeorum ecclesias Apocalypsin non suseipere = que las Iglesias de los Griegos no reciben la Apocalipsis» (ad Dard. ep. 129, 3); pues con todo el Occidente que (excepto algunos escrúpulos nacidos en España en el siglo VII y luego reprimidos por el Conc. de Toledo en el año 633) antes de la aparición del protestantismo siempre sostuvo el origen apostólico del Apocalipsis juntamente con su origen divino, las más de las Iglesias orientales plenamente se mantuvieron conformes.

De la mayor autoridad en esta cuestión son los Alejandrinos más recientes que S. Dionisio M., de los cuales basta nombrar a S. Atanasio, que registra en su canon el Apocalipsis sin mínimamente titubear, y de sus testimonios se sirve frecuentemente contra los Arríanos (Ep. fest. 39, c. Arian. 2, 23, 45; 3, 4, etc.), a S. Dídimo y a S. Cirilo Alejand., y estos dos bajo el nombre de Juan Apóstol alegan el Apocalipsis como autoridad divina (Didym. de Trinit. 3, 5; in Judae ep.; S. Cyr. de Ador, in spir. 6, etc.). A éstos añadimos otros dos escritores egipcíacos: S. Nilo Ab. y S. Isidoro Pelusiota.

En las Iglesias de Palestina, S. Cirilo de Jerusalén lo omitió en su canon; pero lo alegan bajo el nombre de Juan, S. Metodio Tyr. y S. Epifanio, el cual también reprende a los Alogos por haber rechazado el Apocalipsis con los otros libros de Juan Apóstol (Haer. 51, 3).

En Capadocia S. Gregorio Nac. omitió el Apocalipsis en el catálogo de las Escrituras, pero en las obras suyas lo usó como divino y apostólico. Igualmente como obra del «Evangelista» y «Escritura» lo alegaron S. Basilio M. y S. Gregorio de Niza; los dos sucesores de S. Basilio en la sede de Cesárea, Andrés de Cesar, y Aretas de Cesar, lo ilustraron con comentarios.

En la Siria oriental ya se ha dicho que en el mismo tiempo lo usó San Efrén. Finalmente el Concilio Trulano (c. en Constantinopla el año 692), numeró en su canon «el Apocalipsis de Juan» con los demás libros del N. T., y desde aquel tiempo en todas las Iglesias orientales, también en las cismáticas (excepto sólo la nestoriana) se admite el Apocalipsis como obra de Juan Apóstol divinamente inspirada.

Este unánime consentimiento del orbe cristiano no pudieron perturbarlo aquellos pocos que en el siglo XVI intentaron negar al Apocalipsis su origen apostólico y su carácter profético. Pero en el siglo XVIII nuevos adversarios se levantaron contra la autenticidad del Apocalipsis. Y los racionalistas todos no solamente rechazaron su divina inspiración, porque no quieren reconocer verdaderos vaticinios, sino que los más de ellos también niegan porfiadamente que el Apóstol Juan sea su autor. Con todo, a los argumentos que ya había sacado S. Dionisio M. de la inscripción, dicción y estilo del libro, no agregaron nada fuera de algunas erróneas interpretaciones de algunos pasajes. Y las razones internas tan lejos están de debilitar los testimonios históricos que atribuyen a Juan Apóstol el cuarto Evangelio, las tres epístolas y el Apocalipsis, que más bien hay que decir que lo confirman: y la diferencia de dicción y estilo que existe entre el cuarto Evangelio y el Apocalipsis se explica muy bien si se considera la diversa índole de los dos libros.

En el siglo XVI Erasmo repitió las dificultades de S. Dionisio, mas no se atrevió a negar la autenticidad del libro. Lutero la negó. Entre los racionalistas algunos, máximamente los Neotubingianos (Tubinga – Wurtemberg) reconocen a Juan Apóstol como autor del Apocalipsis, porque así creen poder más fácilmente negarle el cuarto Evangelio; pero los más atribuyen el Apocalipsis a Juan presbítero o a Juan Marcos, o a no sé qué impostor llamado Juan.

Los principales argumentos ya traídos por S. Dionisio M. son los siguientes:

  1. a) «Juan Evangelista no insertó su nombre ni en el Evangelio ni en las epístolas; mas el autor del Apocalipsis puso su nombre en el mismo exordio» (S. Dionisio y los modernos). — Mas respondemos que esto fue hecho con muchísima razón, porque el Apocalipsis es libro profético, al cual no podía faltar el nombre del autor; los autores antiguos de historia no encabezaban con su nombre sus libros; la primera Epístola es como la prefación del Evangelio, y en las otras dos el Apóstol puso aquel nombre suyo, que era conocido en las Iglesias de Asia. — Y si los modernos añaden que las cosas que se leen en Apoc. 18, 20 et 21, 40, no pudieron ser escritas por el Apóstol, nosotros, por el contrario, decimos y afirmamos que en aquellos pasajes no se encuentra nada que se oponga a la modestia ni a la verdad.
  2. b) Advierte S. Dionisio que el Evangelio respecto a la lengua griega, está escrito con corrección y elegantísimamente, mas la dicción griega del Apocalipsis no es muy correcta, y tiene barbarismos y solecismos. Y los modernos añaden que expresiones y frases frecuentemente usadas en el Evangelio, no se encuentran en el Apocalipsis; y expresiones usadas en el Apocalipsis, no se encuentran en el Evangelio. — Contestamos que la elegancia de la dicción griega en el Evangelio no se exagera menos que la falta de pureza en el Apocalipsis. Además en el Apocalipsis S. Juan continuamente tiene delante de los ojos los vaticinios del Antiguo T. y alude a ellos; de ahí la frecuencia de los hebraísmos. También se ha de tener presente que uno es el estilo del profeta y otro el del historiador, y las expresiones que cuadran muy bien en la narración histórica, no se prestan igualmente bien para las visiones proféticas.

Finalmente aunque la dicción del Apocalipsis no sea tan pura, con todo, tiene gran consonancia con el cuarto Evangelio; y si se mira a lo castizo de la lengua, en todo el Nuevo Testamento ningún libro se asemeja más al Apocalipsis que el Cuarto Evangelio.

  1. c) S. Dionisio pensó que del carácter y de toda la disposición de los dos libros (Evang. y Apocalip.) se arguye que el autor de uno no es el mismo que el del otro. Y los modernos dicen que en el Apocalipsis se halla mayor vehemencia, ingenio más ardiente, más exuberante fuerza de imaginación, que en el Evangelio.

Nosotros tampoco negamos esta diferencia, sino que añadimos que en el Evangelio S. Juan como testigo fiel narra lo que vio hacer y oyó decir por Cristo en la tierra, y que en el Apocalipsis igualmente como fiel testigo describe las sublimes visiones que le fueron presentadas. Y tal vez ¿es la misma índole la que se ve en las narraciones históricas de Isaías y de Jeremías y lo que se descubre en las visiones y vaticinios de los mismos escritores? Y si los modernos han pretendido descubrir en el Apocalipsis alguna ciencia rabínica, que Juan no ha poseído, se ha de notar que con el nombre de ciencia rabínica, por los adversarios se quiere principalmente designar la perfecta ciencia de las Escrituras, que el autor del Apocalipsis debía hacer ver; mas ¿quién podrá probar que S. Juan ignoró las Escrituras? ¿No se descubre tal vez la misma ciencia del Antiguo Testamento en el cuarto Evangelio?

  1. d) La última objeción es sólo de los modernos que dicen que el Apocalipsis difiere del Evangelio en las doctrinas. Mas no concuerdan los adversarios entre sí y uno pone delante un punto de doctrina, y otro punto. Y para bajar al particular, he aquí algunos puntos que son los principales.

Dícese: El Evangelista contraría el judaísmo; y el autor del Apocalipsis lo favorece. — Sólo podrá decir que el Apocalipsis judaíza el que aplica todas las cosas que se dicen de Jerusalén, de las doce tribus, etc., en sentido propio a la ciudad de Jemsalén y al antiguo pueblo judaico, y no ve que se trata de la Iglesia. Y que la Iglesia no conste de solos Judíos, se ve de 5, 8 sqq. y 7, 9 sqq. y 21, 24, etc.

Añaden que en el Evangelio se enseña la venida de Cristo solamente espiritual, y en el Apocalipsis solamente la visible. — R. Véase en el Evangelio 5, 28 sq.; 6, 39 sq.; 11, 24; 12, 48, en la primera Epístola 2, 18, 28; 4, 13, 17; y nótese que la venida espiritual de Cristo en el alma de los fieles, la enseña también el Apocalipsis, 3, 20, etc.

Pretenden sostener que en el Apocalipsis se predica a un Mesías castigador, y en el Evangelio, salvador. — R. Sin duda el Apocalipsis contiene muchas más cosas sobre la suerte futura de los pecadores (y también, sobre la salud de los bienaventurados) y sobre los castigos de los enemigos del Mesías; mas también el Evangelio predica el Mesías futuro como juez y anuncia los castigos para los pecadores (Jn. 3, 26; 5, 22-29; cf. todas las disputas del Señor con los Judíos).

Se dice que todo el libro contradice a Marc. 13, 32, como si en el Apocalipsis nos hubiese sido revelado el día y la hora del juicio futuro. — Otras cosas agregan que no merecen el honor de una respuesta.

Luego sin razón se objeta la diversidad de doctrinas; más rectamente de la identidad de doctrinas inferimos que uno solo y el mismo es el autor del cuarto Evangelio y del Apocalipsis. En todos los libros que se atribuyen a S. Juan resplandece la divinidad de Nuestro Señor, más que en los otros; y como en verdad su Evangelio es la historia del Verbo encarnado que moró en esta tierra, así el Apocalipsis con razón es llamado la historia del Verbo encarnado que reina glorioso en los cielos. Solamente por S. Juan el Hijo de Dios es llamado Verbo (Jn. 1, 1 sqq.; 1 Jn. 1, 1; Apoc. 1, 2; 19, 13); solamente S. Juan nos lo presenta como Agnus (Jn. 1, 29, 36; 19, 36; Apoc. 5, 6, etc.); que todas las cosas han sido hechas por el Verbo lo enseña S. Juan (1, 3); y que el Verbo es el principio de toda criatura de Dios, lo enseña el Apoc. (3, 14).

Estas pocas cosas, a las que se podrían añadir muchas otras, ya bastante prueban que los testimonios externos de la autenticidad del libro son confirmados por el carácter y la índole del mismo libro.

  1. Carácter profético, argumento y orden del Apocalipsis.

El Apocalipsis es contado entre los libros proféticos ya por el testimonio del mismo autor del libro, ya por el de la Iglesia. Por este motivo, todas las descripciones de su argumento que niegan el carácter profético del libro, es necesario descartarlas desde luego. Mas aún rechazadas éstas, queda todavía una gran variedad de pareceres sobre el argumento genuino de este libro, pues los símbolos por medio de los cuales es propuesto el argumento, son explicados de diversa manera también por los católicos.

Nuestro libro es llamado por S. Juan la revelación, que Jesucristo recibiéndola del Padre, manifestó al Apóstol por un ángel, para que la manifestase a sus siervos (1, 1); trata de las cosas futuras «quae oportet fieri cito = que conviene sean hechas luego» (1, 1; 22, 6), y por tanto se llama también profecía (1, 3; 22, 7, 19). La Iglesia fundándose sobre el testimonio claro del autor, siempre contó entre los libros proféticos el Apocalipsis, y lo tuvo como único libro profético del Nuevo Testamento, aunque es cierto que en los Evangelios, y en las Epístolas se hallan algunos vaticinios; pero la revelación de las cosas futuras, constituye en la sola Apocalipsis un íntegro argumento.

Luego erraron los racionalistas, que aunque negaron el carácter profético del Apocalipsis, quisieron definir su argumento. Si a ellos prestamos fe, el autor de este libro hace el papel de un poeta, que adornó con ficciones poéticas cosas en parte presentes y en parte próximamente futuras, que se pueden llegar a conjeturar, o también una cierta vana esperanza propagada en aquel tiempo entre los cristianos, varios propusieron numerosos sistemas de explicación, los cuales estriban sobre hipótesis e interpretaciones arbitrarias.

Según otros en el Apocalipsis se expone como en un drama dividido en tres partes la victoria que los Cristianos pensaban que la nueva religión reportaría sobre el judaísmo y el politeísmo. Según otros se trata en este libro del imperio romano que Juan erróneamente esperó acabaría pronto, etc. No es el caso de perder tiempo en la refutación de estas y semejantes ficciones o fábulas.

También los católicos y aquellos acatólicos que admiten como verdaderos los vaticinios, están en desacuerdo sobre la determinación del argumento de este libro. Y esto, no nos extrañará si consideramos que a Juan, como a muchos profetas del A. T., fueron manifestadas las cosas futuras bajo el velo de los símbolos, y que este libro consta casi íntegramente de descripciones de visiones simbólicas. Con todo, algunos símbolos parece que son explicados en el mismo Apocalipsis o en otros libros sagrados,[2] mas nos es desconocida la significación de muchos otros. Daremos, pues, un esbozo de los principales sistemas de explicación propuestos por los católicos, e insinuaremos lo que más probablemente se ha de pensar de ellos.

Para que los varios pareceres sobre el argumento del Apocalipsis se entiendan más fácilmente, conviene adelantar un breve esbozo de toda la obra, que presente los principales símbolos y el orden de los mismos.

TÍTULO (1, 1-3). Insinúa el autor y escritor de las visiones, el argumento general y el fruto.

EXORDIO (1, 4 – 3, 22). Consta de ocho epístolas, con las cuales el libro es dirigido a las siete Iglesias de Asia.

  1. En la primera (1, 4-20) destinada a todos, el Apóstol narra que le fue mandado que escribiese estas visiones tenidas en Patmos y las transmitiera a las Iglesias.
  2. Las otras siete, dirigidas a las siete síngulas Iglesias (2,1-3,22), las alaban o vituperan según el estado de ellas, que se describe, y las amonestan a obedecer a lo que se les dice.

LAS VISIONES QUE SE DEBEN TRANSMITIR A LAS SIETE IGLESIAS (4, 1 -22, 5) componen el cuerpo de la obra.

  1. Introducción sobre el lugar y el modo con que el Apóstol recibió estas revelaciones (4, 1 – 5, 14). Arrebatado al cielo vio el trono de Dios rodeado de 24 ancianos y cuatro animales que alaban a Dios (4, 1-11); el que estaba sentado sobre el trono tenía el libro, cuyos siete sellos el Cordero abrió (5, 1 – 14); lo que aconteció en la apertura de los sellos, forma el argumento de las visiones.
  2. El Cordero abre los seis primeros sellos (6, 1-17); a la apertura de los cuatro primeros sellos por orden salen el caballo blanco para vencer, el bermejo, el negro, el pálido, para afligir la tierra con varios castigos (6, 1-8). Al abrirse el quinto los mártires piden que sea vengada su sangre; y al abrirse el sexto suceden grandes portentos; espanto de los malos (6, 9-17).
  3. Antes de ser abierto el séptimo sello son señalados los siervos de Dios (7, 1-17) y a su apertura siete ángeles toman las siete trompetas, a cuyo sonido se revelan las cosas que eran cerradas por el séptimo sello (8, 1-5).
  4. Al sonido de las cuatro primeras trompetas es destruida la tercera parte de la tierra, del mar, de los ríos, de las estrellas (8, 6-12).
  5. Antes del sonido de las otras tres se dice el triple ¡ay! a los moradores de la tierra (8, 13) y al sonido de la quinta trompeta salen langostas, que atormentan a los hombres que no tienen la señal de Dios. Primer ¡ay! (9, 1-12).
  6. Al sonido de la sexta trompeta cuatro ángeles destruyen la tercera parte de los hombres, mas los restantes no hacen penitencia (9, 13-21). Por tanto al Apóstol se le manda comer el libro ofrecídole por el ángel, para que de nuevo profetice a las gentes (10, 1-11); el templo también debe ser medido excepto el atrio que es entregado a las gentes para ser conculcado, mientras en el mismo tiempo dos testigos de Dios profetizan (11, 1-6); éstos, muertos por la bestia, luego resucitan; es destruida la décima parte de la ciudad. Segundo ¡ay! (11, 7-14).
  7. Al sonido de la séptima trompeta los ancianos celebrando la victoria de Dios (11, 15- 19) aparece una mujer que ha de dar a luz un hijo rey, a quien el dragón persigue; mas arrebatado para Dios, es desechado el dragón, el cual entonces hace guerra contra los piadosos (12, 1-18). También dos bestias, suben una desde el mar, y la otra desde la tierra y seducen a los hombres; el nombre de la segunda bestia se indica con el número 666 (13, 1-18). Entretanto, estando el Cordero sobre el monte Sión, tres ángeles anuncian la cercana caída de Babilonia la grande, y al Hijo del nombre se le manda enviar una hoz sobre la tierra, para vendimiar y echar los racimos en el lago de la ira de Dios (14, 1-20).
  8. Siete ángeles reciben siete copas; habiendo sido derramadas sobre la tierra, se originan nuevas plagas (15, 1 – 16, 21).
  9. Uno de estos ángeles hace ver al Apóstol la condenación de aquella grande cortesana Babilonia (17, 1-18), el segundo bajando del cielo anuncia que Babilonia ya había caído (18, 1-20), el tercero predice que la ruina será eterna (19, 1-10).
  10. Sigue la última lucha del verbo de Dios con el dragón. La bestia es vencida y es echada por el ángel en el abismo por mil años, después de los cuales será soltada por breve tiempo (19, 11 -20, 3); resucitan los santos y reinan con Cristo mil años; pasados los cuales, Satanás mueve nueva guerra; pero vencido es echado en el infierno para ser eternamente atormentado; con él son castigados aquellos cuyos nombres no están en el libro de la vida (20, 4 – 15).
  11. Existe un nuevo cielo y una nueva tierra, sobre la cual del cielo desciende la nueva Jerusalén (21, 1 – 22, 5).

EPÍLOGO. En él se dice que todas estas cosas son verdaderas y que se cumplirán pronto (22, 6-20) y el libro termina deseando a todos los santos (según el texto griego) la gracia de Nuestro Señor Jesucristo (22, 21).

Ante todo hay que advertir que, según el parecer más probable, el argumento propio sólo empieza con el capítulo cuarto; y el orden de los eventos será el mismo de los símbolos, de manera que después de aquellos eventos que son significados por los siete sellos, a la apertura del séptimo sello, siguen los eventos anunciados por las trompetas, y al sonido de la séptima trompeta, siguen aquellos otros eventos que son descritos sucesivamente.

Este libro parece que está trabado de tal manera que, aunque se puedan admitir algunas prolepsis, o anticipaciones (11, 15 sqq.; 18, 1-3) todas las cosas están colocadas según el orden de tiempo.

La otra opinión que sostiene que por los sellos, las trompetas y las copas se prenuncian los mismos o al menos simultáneos eventos, por la autoridad de los Padres que la siguieron, no se puede rechazar del todo, aunque parece poco probable considerada en sí misma. San Victorino Petav. ya advirtió «non aspiciendum esse ordinem dictorum, quoniam saepe Spiritus S., ubi ad novissimi temporis finem percurrit, iterum ad eadem tempora redeat et suppleat ea, quae minus dixerat = No se debe mirar al orden de las cosas dichas, porque a menudo el Espíritu S. cuando corrió hasta el fin del último tiempo, de nuevo vuelve y suple las cosas que dijo muy brevemente» (in Apoc. 7, 2).

En el mismo parecer fue más allá S. Agustín, pues pensó que no sólo había repetición de las mismas cosas, sino plena inversión de orden.[3] Esta opinión gustó a muchos; pero si no se usa suma diligencia y cautela, esta opinión se ve que puede abrir un anchísimo campo a arbitrarias explicaciones.

Se controvierte si las epístolas que antepone al libro, pertenezcan o no al argumento mismo del libro.

Casi innumerables son las definiciones del argumento del Apocalipsis, y difícilmente se encuentran dos intérpretes que lo expilquen de la misma precisa manera. Unos intérpretes creen que el profeta describe proféticamente en su libro toda la historia de la Iglesia. Otros sostienen que trata principalmente de la primera edad de la Iglesia, casi hasta los comienzos del siglo V. Los últimos finalmente opinan que el autor trata de los últimos tiempos de la Iglesia.

Entre estos varios sistemas, el primero que sostiene que la visión apocalíptica abraza todas las edades, o tiempos de la Iglesia, desde la primera hasta la última, aunque no le falte autoridad externa, con todo, no es abonado por la probabilidad interna.

Algunos sostenedores de este sistema opinaron que en este libro se indicaban sucesivamente los principales acontecimientos, alegres y principalmente tristes, de cada edad de la historia de la Iglesia; otros ven descritas en las siete cartas, sellos, trompetas, etc., las varias edades, etc.; otros los principales acontecimientos, etc.

Este sistema, que tiene algún fundamento en los Padres, no empezó a ser cultivado sino en la edad media. Se apoya sobre una muy incierta hipótesis; pues todos sus adeptos han supuesto que ya vivían en la última edad de la Iglesia, y por tanto se esforzaron por acomodar a las visiones los siglos precedentes distribuidos en cinco o seis edades. Observamos nosotros, ¿quién puede decir en que época de la Iglesia nos hallamos? Los Tesalonicenses ya en el tiempo apostólico habían pensado que era próxima la venida de Jesucristo; de igual manera pensaron en su tiempo S. León M., S. Gregorio M. y otros!

Con mayor razón se debe rechazar la interpretación de aquellos que quieren deducir con precisión del Apocalipsis el año de la venida de Cristo. «Mas de aquel día, y de aquella hora nadie sabe… Estad sobre aviso, velad, y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo» (Marc. 13, 32, 33).

El segundo sistema (que sostiene que el argumento principal son los primeros tiempos de la Iglesia y principalmente su triunfo sobre el judaismo y el politeísmo, y cree que se abrazan o abarcan sólo ligeramente los últimos tiempos de la Iglesia en los últimos dos capítulos del Apocalipsis), verdaderamente fue desconocido por los Padres; sin embargo el disentimiento continuo de ellos crea grandísimo prejuicio contra la verdad de él.

Este sistema fue seguido por muchos: Bossuet lo adoptó: poco más o menos siguieron a Bossuet: Dupin, Calmet, Lallemant, etc. Según Bossuet, después de los avisos a las Iglesias de Asia, empiezan los vaticinios. La primera sección de los vaticinios (4, 1-8, 12) predice las desgracias, pérdidas infligidas a los Judíos por Trajano y Adriano y explica las razones por que los Judíos se atrajeron aquellos castigos. La segunda sección, brevísima (9, 1 – 12), describe las herejías judaicas nacidas en los siglos II y III. La tercera finalmente (9,13-20,15) predice la caída del imperio romano pagano que debía empezar con la irrupción de los Partos y terminar con la expugnación de Roma bajo Alarico a principios del siglo V. Los últimos dos capítulos (21,1-22,21) según Bossuet contienen las promesas. Otros dividen el Apocalipsis en otras secciones, etc. No hay dos autores que vean expresados con los mismos símbolos y visiones los eventos de los cuatro o cinco primeros siglos de la Iglesia.

El tercer sistema también, que sostiene que se predicen los últimos acontecimientos de la Iglesia en tiempo del Anticristo de tal manera que la primera historia de la Iglesia, más que descrita, es apenas vislumbrada, fue propuesto bajo varias formas. Y como es abonado por la autoridad de los Padres y se conforma más con la índole misma del libro, se debe preferir a los anteriores; y lo que algunos modernos oponen a su verdad, es cosa de poca importancia.

Las cosas que los Stos. Ireneo, Hipólito, Agustín y otros traen del Apocalipsis, las explican en general del tiempo del Anticristo o de las cosas que sucederán después de haber sido vencido el Anticristo, y los comentarios más antiguos, que nos quedaron, de Andrés y Aretas Ces., de S. Victorino Petav., del ven. Beda, aunque apliquen algunas cosas a los primeros tiempos, o también las expliquen de una manera más general de las discordias o guerras entre los justos y los pecadores, o de la lueha de la carne y del espíritu en cada hombre, la gran mayoría de aquellas cosas la refieren a los últimos tiempos de la Iglesia.

Este mismo método de explicación en la edad media fue seguido por Alcuino, Ruperto Tuit., etc., y en tiempo más reciente por Fr. Ribera, Comelio a Lapide, y muchos otros, a los cuales se añadieron los recientísimos Aug. Bisping, Fil. Krementz, etc.

Esta explicación es en cierta manera tradicional, aunque no se le puede llamar tradición en sentido propio, porque este sistema no fue siempre propuesto bajo la misma forma, y cada uno de los símbolos en cada forma es explicado de diversa manera. Mas aquí el disentimiento de los intérpretes es otra razón por la cual creemos que se debe preferir este sistema. Porque si la mayor parte del Apocalipsis (lo que suponen los dos primeros sistemas) tratara de cosas ya verificadas o acontecidas, el consentimiento de los intérpretes no debía absolutamente faltar siquiera en la explicación de los símbolos principales. Mas si por el contrario (como sostiene el tercer sistema) la mayor parte del Apocalipsis trata de las cosas futuras, que sólo pueden ser objeto de conjeturas de parte de los intérpretes, es evidente que no podía haber idéntico consentimiento, a no ser que se diga que los intérpretes fueron iluminados por el mismo espíritu profético que el autor.

Los adversarios de este sistema objetan:

  1. a) S. Juan dice que los vaticinios se deben cumplir cito = luego (1, 1-3; 22, 6, 20); o dice «tempus prope est — el tiempo está cerca» (1, 3; 22, 10). R. No se debe extremar el sentido de la palabra cito. Pues todos los intérpretes católicos sin excepción extienden al menos los dos o tres últimos capítulos de los últimos tiempos de la Iglesia; ahora bien aquel «cito» (22, 6) abarca o comprende también aquellos últimos capítulos; luego puede y debe ser explicado en los otros vaticinios en el sentido que en estos últimos capítulos.
  2. b) Dicen: inútiles serían los vaticinios si tratasen sólo de los últimos tiempos. R. Del fin y de la utilidad del Apocalipsis trataremos en el número siguiente. Nosotros les preguntamos a ellos: ¿Fue tal vez inútil aquel proto-evangelio que fue dado a nuestros primeros padres después de su pecado y que sólo después de tantos siglos debía cumplirse y que no pudo ser por ellos plenamente comprendido?
  3. c) Agregan que los sostenedores de este sistema deberían sostener el milenarismo condenado por la Iglesia. R. En primer lugar: muchos intérpretes que defienden este sistema, repudian duramente cualquier milenarismo, y de consiguiente se presenta esta objeción sin motivo; en segundo lugar negamos que la Iglesia haya condenado toda forma de milenarismo (Cf. S. Agust. serm. 259, 2; Civit. Dei, 20, 7 et Franzelin de Div. Trad. p. 204).
  4. d) Finalmente objetan que los cap. 17 y 18 se deben entender de Roma pagana, y por tanto todo el Apocalipsis trata del judaismo y del politeísmo vencidos. R. La conclusión se extiende demasiado; porque con razón se pregunta si aquella Roma pagana es o no figura (tipo) o símbolo de la metrópoli en la cual morará el Anticristo, o más bien tipo o símbolo del mismo reino anticristiano. Tal vez ¿podrá uno dudar que el Señor (Mt. 24) habló de los últimos tiempos, aunque algunas cosas de las que dijo, debían cumplirse de un modo imperfecto y típico en la destrucción de la ciudad santa?
  5. Fin y utilidad del Apocalipsis.

Dios quiso dar por medio de S. Juan el Apocalipsis próximamente a las Iglesias de Asia, que se encontraban en gravísimos peligros, para exhortarlas y fortalecerlas a conservar la pureza de la fe y a sobrellevar las persecuciones, y a conseguir este fin responde óptimamente la obra.

Hacia fines del siglo I las Iglesias de Asia Menor se hallaban en grandes dificultades, que nacían de las varias herejías que se levantaban o que combatidas no habían desaparecido del todo, y de los perseguidores. Dios en su bondad dio a la Iglesia la revelación o Apocalipsis por medio de S. Juan, el solo sobreviviente de los Apóstoles: y no sólo exhortó a los cristianos a la confianza y paciencia, sino que también levantó sus ánimos con la magnífica descripción del triunfo final. En todas las epístolas con que S. Juan dirige el Apocalipsis a las Iglesias de Asia siempre se promete el premio «vincenti = al vencedor» y en cada una de las siete promesas es indicado uno de los frutos, de todos los cuales nos dicen los últimos dos capítulos, gozarán los bienaventurados en la nueva Jerusalén.

Sin embargo Dios destinó a la Iglesia universal de todos los tiempos la revelación o Apocalipsis, para que sirviera de consuelo y exhortación a todos los fieles de todos los tiempos en todas las tribulaciones: y también por medio de ella quiso exponer con más claridad muchos dogmas, para que el Apocalipsis fuera digna conclusión de los Libros Sagrados.

Sin duda todavía hoy es obscuro para nosotros el Apocalipsis; ni la mayor parte de sus símbolos fueron explicados cumplidamente, ni su argumento fue definido con certeza; pero es cosa que se predice el triunfo final de Cristo y de la Iglesia sobre todos sus enemigos internos y externos. En todos los peligros que hubiere, siempre estamos seguros que la Iglesia los vencerá, y vencidos aquellos peligros alcanzará nuevo resplandor y nueva gloria. El Apocalipsis confirma la promesa hecha por el Señor, que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia fundada sobre Pedro, y es como un complemento de esta preclara promesa.

Mas en cierta manera el Apoc. completa también los cuatro Evangelios; los Evangelios en efecto nos presentan al Hijo de Dios que «semetipsum exinanivit formam servi accipiens» y que se humilló «factus obediens usque ad mortem crucis»; y el Apocalipsis nos presenta al mismo Hijo de Dios glorificado, «cui est datum nomen, quod est supra omne nomen, ut in nomine Jesu omne genu flectatur, et omnis lingua confiteatur, quia Dominus Jesus Christus in gloria est Dei Patris». Luego nos recuerda y explica los vaticinios del A. T. de la venida gloriosa y del reino eterno del Mesías; y el entero libro es como un cántico triunfal y nupcial de Cristo que vencidos todos los enemigos celebra sus bodas con su esposa la Iglesia (19, 7, 9; 20, 9, etc.). Además expone más claramente muchos otros dogmas sobre los ángeles, la gloria eterna de los bienaventurados y de las penas de los condenados, de los divinos atributos, etc., etc.

 Luego no obstante la obscuridad del argumento, el Apocalipsis es también utilísimo para nosotros y será utilísimo en todos los tiempos, hasta que finalmente, cumplidos todos los vaticinios, también todos los símbolos sean aclarados con luz divina. «Porque todas las cosas, que han sido escritas, para nuestra enseñanza están escritas, para que por la paciencia y consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Rom. 15, 4). Por otra parte si no la entendemos todavía, su obscuridad también nos exhorta a la humildad, y para que con S. Dionisio M. digamos: (Frag. 3): «Formándome de aquel libro (el Apocalipsis) esta opinión de que sobrepuja el alcance de mi sentido, creo que en él está escondida cierta arcana y verdaderamente admirable inteligencia de cada cosa. En efecto, aunque yo no entiendo, pienso sin embargo que las palabras encierran cierto sentido más alto; y no mido ni juzgo con mi mismo juicio las cosas, sino que concediendo la mayor parte a la fe, creo que son más sublimes de lo que puedan ser por mí alcanzadas. Ni condeno lo que no pude entender, sino que por esto mismo lo admiro más, porque no lo puedo comprender».

[1] NEPOS DE ARSINOË: Milenarista del siglo III y obispo de Arsinoë (en el Fayum, Egipto moderno); autor de himnos litúrgicos y de una visión judaizante del Apocalipsis llamada «Refutación de los alegoristas». Aunque perdido, Eusebio de Cesárea (Hist. Eccl., 7.24, 25) describe este libro como si hubiera sido refutado por el Obispo Dionisio de Alejandría (m. 265) en un tracto de dos volúmenes, «Sobre las promesas». Nepos propuso un punto de vista milenarista en el que interpretaba las promesas hechas a los santos en las Escrituras que debían cumplirse en esta tierra durante un reinado de los justos de mil años, en el que los poderes físicos del hombre recibirían plena satisfacción. Dionisio primero sostuvo una conferencia de tres días para disipar los efectos de esta doctrina entre los obispos egipcios, luego escribió su refutación.

[2] Lo que signifique: «Ego sum alpha et omega = Yo soy el alfa y el omega» (1, 8) se explica en 21, 6; 22, 13, con las palabras que se agregan: «initium et finis = el principio y el fin; primus et novissimus = el primero y el postrero (1, 17)». «Septem candelabra = siete candeleras» (1, 12) y «septem stellae = siete estrellas» (1, 16) se explica que significan las siete iglesias y los siete ángeles de ellas respectivamente en 1, 20. «Gladius ex utraque parte acutus = espada aguda de dos filos» (1, 16) se puede explicar con Is. 69, 2. «Claves mortis et inferni = las llaves de la muerte y del infierno» (1, 18 cf. 9, 1; 20, 1) según 3, 7, designa la suprema autoridad sobre la muerte y el infierno, etc.

[3] S. Agust. De Civit. 20, 17: «En este libro del Apocalipsis se declaran muchos misterios en énfasis profético, para excitar el entendimiento del lector, especialmente porque de tal suerte repite en muchas maneras unas mismas cosas, que parece que dice otras y otras: averiguándose que estas mismas las dice de una y otra y muchas maneras». Y en el mismo libr. c. 14: «Y para demostrar qué clases de muertos han de ser juzgados, esto es, chicos y grandes, recopilando, dice, como retrocediendo a lo que había dejado, o por mejor decir, diferido: Y el mar dió los muertos que habían sido sepultados en sus aguas; la muerte y el infierno dieron también los muertos que en sí tenían. Esto sin duda sucedió primero que los muertos fuesen juzgados, y sin embargo dijo aquello primero».

P. LUIS MACCHI