¿HAY ALGÚN MODO INFALIBLE DE CONSEGUIR LA PERSEVERANCIA FINAL?

Sí. Con la oración revestida de las debidas condiciones puede obtenerse infaliblemente de Dios el gran don de la perseve­rancia final.

Expliquemos, ante todo, los términos de la conclusión;

Con la oración, de petición o súplica.

Revestida de las debidas condiciones. Santo Tomás señala cuatro

II-II, 83, 15ad 2):

  1. que se pida algo para sí mismo (el prójimo puede oponer obstáculo voluntario y resistencia.
  2. cosas necesarias o convenientes salvación eterna;
  3. piadosamente (es decir, con fe, humildad, en nombre Cristo, etc.).
  4.  con perseverancia, o sea, insistentemente hasta conseguirlo

Cuando se juntan estas cuatro condiciones, se obtiene siempre, infaliblemente, lo que se pide, en virtud de la promesa divina, que consta en el Evangelio, como vamos a ver en seguida.

Puede Obtenerse. No decimos merecerse, sino obtenerse, conseguirse de justicia, sino de pura liberalidad y misericordia. No se trata de recibir un jornal, sino de pedir una limosna.

Infaliblemente. Por la promesa de Dios, que se ha comprometido a ello y es imposible que deje de cumplir su palabra.

El gran don. Continúa siéndolo aun cuando lo obtengamos infaliblemente, puesto que no lo habremos obtenido por vía de mérito o de justicia, sino de impetración o de limosna gratuita.

De la perseverancia final. O sea, de la muerte en gracia de Dios, co­nectada infaliblemente con la salvación eterna.

He aquí la prueba de nuestra conclusión

LA SAGRADA ESCRITURA. Nos dice con toda claridad que obtendremos de Dios todo cuanto pidamos en orden a nuestra eterna salvación y, como es obvio, ninguna otra cosa es más necesaria para conseguirla que la perseverancia final. La promesa divina consta con toda claridad. He aquí algunos textos:

“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.  (Mateo 7:7-8

Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis.”  (Mateo 21:22)

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis.  (Juan 15:7)

En aquel día no me preguntaréis nada; en verdad, en verdades digo: Cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi nombre.” Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo.”  (Juan 16:23-24)

Y la confianza que tenemos en El es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, El nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho.  (1 Juan 5:14-15)

EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA—El concilio II de Orange afirma que «la ayuda de Dios ha de ser implorada siempre, aun por los renacidos y sanados, para que puedan llegar a buen fin o perseve­rar en la buena obra» (Denz. 183). El concilio de Trento, después de decir que nadie puede saber con certeza si recibirá o no el don de la perseverancia final, añade, sin embargo, que «todos deben colocar y poner en el auxilio de Dios la más firme esperanza» (Denz. 8o6), ya que «Dios no manda imposibles a nadie, sino que al mandar avi­sa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas y ayuda para que puedas» (Denz. 804). Por otra parte, la Iglesia en su liturgia pide con­tinuamente la perseverancia en el bien y la salvación eterna. Y. se­gún San Agustín, en el Padrenuestro no pedimos otra cosa que la perseverancia final ( De dono perseverantiae).

LA RAZÓN TEOLÓGICA.—He aquí cómo expone Santo Tomás los argumentos de razón:

«Con la oración podemos impetrar incluso lo que no podemos merecer. Porque Dios escucha a los mismos pecadores cuando le piden perdón, aunque de ningún modo lo merecen, como explica San Agustín comentando aquello del Evangelio (lo. 9,31): Sabemos que Dios no escucha a los pecadores. De otra suerte hubiera sido inútil la oración del publicano cuando decía:

Compadécete de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc. 18,13). De seme­jante manera podemos impetrar el don de la perseverancia final para nosotros o para otros, aunque no caiga bajo el mérito» (I-II. 114 9ad)

«Hay también en la Sagrada Escritura muchas oraciones en las cuales se pide a Dios la perseverancia; por ejemplo, en el Salmo: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pisadas no resbalen (Ps. 56,5). Y en la epístola segunda a los Tesalonicenses (2,16-57): Dios, nuestro Padre, consuele vues­tros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena. Esto mismo se pide en la oración dominical, principalmente cuando se dice: «Venga a nos tu reino», pues no vendrá a nosotros el reino de Dios si no perseverásemos en el bien. Pero sería ridículo pedir a Dios lo que no proviene de El. Luego la perseverancia del hombre procede de Dios» ( Contra Gentiles III,155)

A estos argumentos de Santo Tomás se pueden añadir otros que se apoyan no sólo en la bondad, sino hasta en la justicia misma de Dios. He aquí uno de los más claros y convincentes:

Todo hombre está obligado a asegurar su salvación por todos los medios a su alcance. Ahora bien: como la perseverancia final—condición indispen­sable para salvarse—no puede ser merecida por nadie, si no tuviéramos a nuestra disposición un medio seguro e infalible de conseguirla, sería vano e injusto el precepto divino que nos obliga a salvarnos: porque podría darse el caso de no conseguir esa salvación después de haber hecho de nuestra parte todo lo posible para asegurarla, lo cual es absurdo, blasfemo y heré­tico. Tiene que haber, pues, un medio seguro e infalible de salvación colo­cado al alcance de todos los hombres, y ese medio no es otro que la oración de súplica revestida de las debidas condiciones.

Contra esta doctrina, tan profundamente tranquilizadora, pue­den, sin embargo, ponerse algunas objeciones aparatosas, la solución de las cuales redondeará la doctrina que acabamos de exponer y la hará más clara y coherente.

Primera Objeción: La voluntad de Dios y sus disposiciones eternas son absolutamente inmutables. Si El ha dispuesto conceder­nos la gracia de la perseverancia final, nos la concederá aunque no se la pidamos; y si no, es inútil que se la pidamos, pues infaliblemen­te nos quedaremos sin ella, ya que Dios no puede cambiar de vo­luntad.

RESPUESTA: Es cierto que Dios no cambia ni puede cambiar de voluntad, porque ese cambio supondría una equivocación o error en la primera determinación divina, lo cual es imposible en Dios. Pero de ahí no se sigue que la oración sea inútil, porque Dios ha determinado desde toda la eternidad conceder algunas cosas a condi­ción de que se las pidan, o sea, vinculándolas a nuestras oraciones. De donde se sigue que, si pedimos esas cosas, las tendremos cierta­mente; pero, si no las pedimos, nos quedaremos sin ellas. No se trata de que Dios mude o cambie su voluntad, sino de que nosotros cumplamos la condición que El ha señalado para concedernos tales gra­cias. Escuchemos a Santo Tomás explicando esta doctrina:

«La divina Providencia no sólo dispone las cosas que se han de produ­cir en el mundo, sino también las causas y el orden en que han de producirse. Ahora bien: entre esas causas figuran los actos humanos. Luego hay que concluir que los hombres tienen que hacer algunas cosas, no para cambiar con ellas las disposiciones divinas, sino para cumplir las condiciones que Dios ha señalado para que se verifiquen aquellas cosas. No orarnos, pues, para cambiar las divinas disposiciones, sino para impetrar lo que Dios dis­puso conceder a las oraciones de los Santos.

La oración no es, pues, una simple condición, sino una verdadera causa segunda condicional (la causa primera absoluta de todo cuanto existe es el mismo Dios). No se puede cosechar sin haber sembrado; la siembra no es simple condición, sino causa segunda de la cosecha.

Segunda objeción.O estoy predestinado o no lo estoy. Si lo estoy, me salvará infaliblemente haga lo que haga, pues la divina predestinación es infalible o infrustrable; y si no lo estoy, haga lo que haga, me condenaré sin remedio. Luego es inútil orar o practicar el bien.

RESPUESTA. Hay aquí un sofisma muy grande, que se deshace fácilmente con los principios que acabamos de sentar al resolver la objeción anterior. Es cierto que la predestinación es infrustrable y no puede fallar; pero también lo es que el hombre tiene que cooperar a la gracia cumpliendo los planes misericordiosos de Dios, sin cuya cooperación no se realizarían esos planes. El predestinado coopera­rá de hecho, infaliblemente, a los planes de Dios, ya que está pre­destinada por Dios esta misma cooperación, que se realizará sin fal­ta; pero esta cooperación es de tal manera necesaria, que sin ella el hombre no se salvaría. Escuchemos a Santo Tomás:

En la predestinación hay que distinguir dos cosas: la misma preordina­ción divina y su efecto. En cuanto a lo primero, la predestinación en modo alguno puede ser ayudada por las oraciones de los santos, pues no son éstas las que hacen que alguien sea predestinado por Dios. Pero, en cuanto a lo segundo, se dice que la predestinación es ayudada por las oraciones de los santos y por otras obras buenas; porque la providencia, de la que forma parte a predestinación, no prescinde de las causas segundas, sino que pro­vee a sus efectos en forma tal, que incluso el orden de las causas segundas está comprendido en sus planes. Por tanto, así como Dios provee a los efectos naturales de modo que tengan causas también naturales, sin las cuales no se producirán, de la misma manera predestina la salvación de alguien de modo tal, que bajo el orden de la predestinación queda compren­dido todo lo que promueve la salvación del hombre, bien sean sus propias ora­ciones, las de los demás, las otras obras buenas o cualquiera de las cosas sin las cuales no se alcanza la salvación. Y he aquí por qué los predestinados deben poner empeño en orar y practicar el bien, pues de esta manera se realiza con certeza el efecto de la predestinación, y por esto dice San Pedro:
Procurad, por vuestras buenas obras, hacer cierta vuestra vocación y elección . De modo que la predestinación conseguirá sin falta su objetivo, pero a base de la libre cooperación del hombre; de tal manera que no se conseguiría sin esta cooperación, que, sin embargo, se realizará de hecho infaliblemente por estar también predestinada . Por eso es una gran señal de predestinación el vivir habitualmente en gracia de Dios y esforzarse en cumplir sus mandamientos, pues con ello aparece claro que vamos cumpliendo los planes de Dios en orden a nuestra eterna salvación, que llegará de hecho a su debido tiempo, o sea, cuando hayamos cumplido por nuestra parte la última condición prevista y ordenada por Dios.

Y con esto queda deshecho el sofisma del llamado determinismo teológico de los fatalistas árabes y algunos protestantes). Aquello de quello que Dios sabe que ocurrirá, ocurrirá sin falta, es una verdad muy grande; pero de esto no se sigue que el hombre no pueda o no deba hacer nada para sal­varse, sino que es necesario que coopere a la acción de Dios para llegar los dos juntos (Dios y el hombre) al resultado previsto por Dios.

Con este sofisma del determinismo teológico quiso engañar el demonio a un monje que hacía mucha penitencias según se lee en las Vidas de los Padres del desierto. Presentándose un día el tentador, arguyó al monje del siguiente modo: «O estás predestinado o no lo estás. Si lo estás, ¿para qué haces penitencia pues de todas formas te has de salvar? Y si no lo estás, ¿por qué te molestas en hacerla, pues de todas formas te has de condenar? Luego déjate de penitencias y entrégate a toda clase de placeres sin miedo a cambiar por ellos los planes que Dios tenga sobre ti’ A lo que contestó el monje agudamente retorciéndole el argumento en la siguiente forma: «O estoy predestinado o no lo estoy: dices bien. Si lo estoy, ¿por qué me tientas, si de todas formas me he de salvar? Y si no lo estoy. ¿por qué te molestas en tentarme, si de todas formas iré contigo al infierno? Luego vete de aquí y déjame en paz con misa penitencias.

No sabemos si el anterior relato es o no histórico, pero es indu­dable que echa completamente por tierra el argumento de los fata­listas. Dios, en el orden de la intención, nos ha predestinado por un de­creto enteramente gratuito y misericordioso, ya que la predestina­ción—al menos tomada adecuadamente, o sea, incluyendo todo el proceso de la gracia y la gloria—es completamente gratuita como reconocen todas las escuelas teológicas y se desprende de los datos de la fe. Pero en este orden de la ejecución exige y reclama nuestra cooperación, como causa segunda porque todo bien procede de Dios causa primera,   para llevar a cabo aquel plan enteramente gratuito de su decreto eterno. Sin esta cooperación aquel plan no se realizaría de hecho; aunque esta cooperación no faltara en los predestinados, que la prestarán libre pero infaliblemente en el sentido que hemos explicado. Por eso no hay otra señal más clara de predestinación que vivir habitualmente en gracia de Dios, trabajando con temor y temblor en nuestra propia salvación, como nos dice San Pedro, porque es dogma de fe  que “Nadie puede saber con certeza, a no ser por revelación especial de Dios, si recibirá el don de la perseverancia final” . Y  no la hay señal  tan clara de reprobación como vivir habitualmente en pecado, sin preocuparse de salir de él. Así pues, no cesemos de hacer la oración revestida de las debidas condiciones para que, no por mérito nuestro, sino cual mendigos, podamos alcanzar el gran don de la perseverancia final.