Simple y segura disección de la Iglesia Católica

La Iglesia Católica se compara a un árbol espiritual bajo la figura de una viña que extiende sus ramas por toda la tierra1. En un árbol se advierte una raíz, un tronco, ramas gruesas, ramas más menudas, y hojas. Todas estas partes del árbol están ligadas entre sí y dependen de la raíz, que, aunque escondida en la tierra, las nutre todas con la savia que envía hasta las extremidades de las hojas. La raíz de la Iglesia Católica es Nuestro Señor Jesucristo, que está escondido y sin embargo nutre y mantiene con su gracia todas las partes de su Iglesia.

El tronco de la Iglesia Católica es la Santa Sede, porque es único; depende de Jesucristo y de él recibe toda su fuerza, como el tronco depende de la raíz: todo en la Iglesia Católica se relaciona a la Santa Sede, como todas las partes del árbol se relacionan al tronco; por fin, la Santa Sede sostiene a toda la Iglesia Católica.

Las ramas gruesas son los obispos; las menudas son los párrocos; las hojas son los simples fieles. La hoja, para depender de la raíz y sacar de ella la savia que la nutre, Ndebe depender de la rama pequeña y ésta de la rama grande y ésta del tronco.

Pero cuando la hoja ve que se separa la rama chica de la grande, debe adherirse directamente a la grande. Si una rama grande se separa del tronco, los fieles deben separarse del obispo y adherirse a la Santa Sede por medio de los pastores que le están unidos.

No puede suceder que el tronco de la Iglesia Católica se separe de Jesucristo, que estableció a la Iglesia Romana como Madre y Maestra universal. Pero sí puede suceder que alguien designado por la Iglesia Católica para ser su tronco no se una nunca a Jesucristo por iniciar en sí mismo una iglesia nueva y hasta transmitir al árbol veneno contrario al conocido como proveniente de la raíz. De un tal tronco, que no es pontifical ni está en la Santa Sede, deben separarse las ramas grandes y chicas y las hojas, y adherirse directamente a Jesucristo y al árbol visible conocido en su forma normal e histórica, fundado en verdaderos Papas.

Quienes reciben la instrucción de falsos pastores se exponen a perder su alma por ignorancia o por la corrupción de la verdadera Fe, por escuchar a quienes pueden alterar impunemente la Doctrina de la Iglesia Católica.

La tragedia de la «colocativitis»

Hay naturalezas creadas en las que reside una atracción por otras naturalezas creadas en virtud de afinidades ontológicas mutuas. En los seres irracionales esa atracción es incondicional y necesaria; en cambio en los seres racionales está condicionada a una aprehensión objetiva destinada a despertar un interés inteligible. Santo Tomás explica:

hay un doble conocimiento del fin: el perfecto y el imperfecto. Hay un conocimiento perfecto del fin cuando no sólo se aprehende la cosa que es fin, sino también se conoce su razón de fin y la proporción con el fin de lo que se ordena a él. Y este conocimiento compete sólo a la naturaleza racional.
En cambio, el conocimiento imperfecto del fin es el que consiste sólo en la aprehensión del fin, sin que se conozca la razón de fin y la proporción del acto con respecto al fin. Y este conocimiento del fin se encuentra en los animales irracionales mediante los sentidos y la estimación natural.

Esto vale a fortiori en el orden sobrenatural. Así, pues, la afiliación perfecta y responsable de personas llamadas católicas a una eclesialidad llamada católica, mal puede operarse a la manera de una combinación química, o como resultado de algún instinto innato. Una tal afiliación eclesial no puede justificarse porque se la estime deseable: debe podérsela justificar por entendérsela conforme, proporcionada y conveniente al Bien Eclesial conocido como tal. Decía Garrigou-Lagrange, el Maestro Dominicano por excelencia del siglo XX:

El hombre es libre porque se eleva a la percepción de la razón de ser y particularmente de la razón de ser del bien, porque conoce aquello por lo cual el bien es bien, quod quid est boni, seu ratio boni, porque percibe esta razón de ser que reencuentra diversificada en lo deleitable, lo útil y lo honesto.2

Curiosamente, los que se afilian a la Eclesialidad Postconciliar por sentirla «liberadora» (menos deberes, menos sacrificios, más placeres), están muy lejos de ser libres, dado que no pueden explicar ni justificar su afiliación, la cual en eso mismo está destituida de perfección, inteligencia, y libertad, y reducida a la brutalidad ciega y al fracaso.

Ratzinger: Distinta fe que la católica

No hay afiliación eclesial justa si no la precede un conocimiento inteligente, es decir que proyecte su luz sobre las razones del bien que motivan y legitiman la afiliación. Incumbe a la inteligencia iluminada por la Fe asignarle un fin y revelarle las grandes y únicas razones de afiliarse a esta existencia eclesial. El grande y único motivo que retiene al católico en determinada existencia eclesial y no en otra es la misma fe que lo inclina a decir «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica», porque la última resolución ha de hacerse al testimonio interno y a los testimonios de Dios en cuanto al acto.1

Desgraciadamente no lo han entendido inmensas multitudes dominadas por el ansia incondicional y ciega por tener puestos de mando eclesial ocupados y espacios de actividad religiosa grupal patrocinados «de arriba » de manera que esté prominentemente y socialmente colocado el lugar eclesial donde uno ha de colocarse. Pero —reiteremos esta verdad cardinal tan descuidada— el lugar eclesial donde uno ha de colocarse es ante todo elegible por su bondad conocida por el intelecto iluminado por la Fe, no ante todo elegible por su prominencia social captada por la imaginación y la emoción. El Doctor Angélico, comentando un pasaje del Apóstol2 llama «hombre animal», al que juzga de Dios y de las cosas de Dios según captaciones sensibles primitivas —incluida la fantasía y la letra de la ley— y se aficiona exclusivamente a lo apetecido por su naturaleza sensual.

En su Sermón de la Montaña, el Divino Maestro prescribe el término justo a que debe dirigirse la inteligencia y la voluntad:

No queráis amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen, y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad más bien para vosotros tesoros en el cielo, donde no hay ni orín ni polillas que los consuman, ni tampoco ladrones que los desentierren y roben.3

Únicamente pudiera sin incumplimiento del precepto divino atesorarse en la tierra si se lo hace en una persona jurídica divinamente capacitada para atesorar eso mismo en el Cielo, y esa es la Iglesia Católica verdadera, que también puede llamarse «principio del Cielo en la tierra». Sería espiritualmente seguro un atesoramiento con lugar en la tierra pero razón (ratio) garantizada en el Cielo.

Aquí se ofrecen cuatro categorías de hombres:

1. Los que entendiendo razón de Cielo atesoran en la Iglesia con razón
de Cielo;
2. Los que sin entender razón de Cielo atesoran en la Iglesia con razón
de Cielo;
3. Los que suponiendo razón de Cielo atesoran en una iglesia sin razón
de Cielo;
4. Los que sin suponer razón de Cielo atesoran en una iglesia sin razón
de Cielo.

Huelga decir que los primeros serán completamente afortunados, los segundos incompletamente afortunados, y desafortunados los de las últimas dos categorías.

Nos permitimos designar como colocativitis la disposición deformada que consiste en juzgar como absoluta e intrínsecamente bueno, y digno de ser perseguido a toda costa, un estado de cosas colocadas que sólo tiene razón de ser si los prelados colocados y colocantes constituyen ellos mismos la Iglesia Católica gobernante por su confesión de Fe y su comunión con la sociedad divina que conserva intacta esa Fe. Carecen en parte predominante de esa confesión y en parte total de esa comunión los prelados subordinados a la potestad vaticana apóstata y determinada por el Anticatolicismo del Vaticano II y —lo cual es más y peor— determinada
a hacerlo determinante sobre creyentes ilusos o atónitos.

Aunque sea dable y deseable —y de hecho se haya dado espléndidamente por muchos siglos en naciones enteras— una colocación social prominente de la esfera eclesial católica, eso sólo puede ser bajo ciertas condiciones objetivas y precisas que emanan necesariamente de la propia naturaleza de la Iglesia Católica.1

Como práctica general de los bautizados católicos tras el Vaticano II, y en una insólita y vertiginosa incoherencia fundamental, no se aplica a la colocación nominal católica prevalente la regla de su unión formal al Catolicismo inmortalizado en el Magisterio Perenne Infalible Indivisible y condicionador de la verdadera Autoridad Apostólica. En cambio, por un burdísimo «acortamiento» exterminador, se aplica a la colocación nominal católica prevalente el criterio de lo que hace el partido más fuerte ante los sentidos.

Así vemos como los contagiados de colocativitis suponen que hay más seguridad en que un Heresiarca Sistemático se siente en la Cátedra de la Verdad, que en ver esa cátedra libre de error: más vale un colocadocolocante malo, que ninguno… Algo tiene que estar puesto, y si la Eclesialidad Postcatólica está tan puesta en tanto —y uno mismo en ella—, será bien y para bien… Lo otro que quedaría, sería el vacío y el vértigo de la no-colocación —como si no hubiera bastante colocación ofrecida en el objeto divino de la Fe Católica, aunque este descoloque la presente falsa eclesialidad e invalide los falsos consuelos y falsas seguridades de muerte
que ella da por tres días de vida miserable en la tierra.

La colocativitis es engañosa porque obedece a la impresión de un falso prestigio y de un falso orden. Es, además, terriblemente tramposa por fomentar la ilusión de una falsa seguridad: «tenemos papa, tenemos obispo, tenemos parroquias, tenemos administración de sacramentos; además tenemos intelectualidad, beneficencia y hasta influencia política — eso nos basta para quedarnos; eso nos habilitará a reparar fisuras con paciencia». ¿Todo eso les basta para quedarse en ese lugar, si en él no tienen a Dios ni a Su Autoridad ni a Su seguridad? ¿Repararán muchas fisuras en una nueva casa toda cuya atmósfera general está intoxicada?

En el séptimo versículo de los Cantares dice el Esposo a la Esposa:

Si lo ignoras [Vulgata: si ignoras te], ¡oh hermosísima entre las mujeres! sal fuera, y ve siguiendo las huellas de los ganados, y guía tus cabrillos a pacer junto a las cabañas de los pastores de mis ovejas.

Haimo de Auxerre, en su comentario a los Cantares, al detenerse en el sexto versículo interpreta a Cristo advirtiendo a la Iglesia —en este contexto sólo puede tratarse de los prelados de la misma— que si no reconoce la dignidad y hermosura con que Él la ornó, Él le requerirá apartarse de Él a seguir las huellas de los ganados y prosigue con notas de mucha actualidad para hoy:

Hoc est, sequere et imitare doctrinam errantium hæreticorum, qui contempto vero pastore unius gregis, multos sibi greges coacervaverunt; et pasce hædos tuos juxta tabernacula pastorum, idest peccatores et erroneos auditores sub dogmate hæreticorum. Unus enim pastor est Christus, qui unum habet gregem, idest unitatem Ecclesiæ Catholicæ: pastores vero multi sunt hæretici, qui gregem deceptorum hominum sibi aggregant, quos Diabolo pascunt, de quibus Psalmista (Psal. 48): sicut oves in Inferno positi sunt. Oves vocantur in loco hoc mali, non propter boni simplicitatem vel ignorantiam, sed propter hebetudinem: quia nesciunt resistere pravæ doctrinæ; sed omnia quæ sibi imponuntur a malis doctoribus, sustinent non bona patientia.

Pedro de Alvernia, comentarista medieval del Estagirita que complementa algunos capítulos faltantes de Santo Tomás, dice que la ciudad no es la comunicación del lugar, sino la comunicación del bien vivir compuesta de casas y diversas clases en vistas de una vida perfecta y de por sí suficiente1. En la Iglesia Católica el bien vivir es el vivir de la Fe divina. Donde esta vida está reemplazada por la muerte ecumenista relativista, aunque haya mucha y plena comunicación «de lugar», no hay la pertenencia a la Iglesia Católica.

Colocarse; colocarse; colocarse a toda costa… Exceptuadas las mentes sanas, esa es la conducta eclesial dominante hoy. Siniestra sombra y parodia de la Confesión de Fe; mezquino sustituto de la tenencia de algo grande que uno pueda decirse a uno mismo acerca de Dios, y de lo suficiente para decirle a Dios acerca de Él mismo y acerca del lugar donde uno se coloca en Su nombre… El apego morboso a la eclesialidad «romana» postconciliar que pretende tener una autoridad con cuyas condiciones esenciales ha roto —como que bien pudo hacerlo tras hacerse defectible por hacerse no-Iglesia— es un emprendimiento de Satanás sobre numerosísimas almas que tenían buena voluntad y que poco a poco la han ido deponiendo para solamente conservar obstinación.

Qué dónde en definitiva

Un resumen muy significativo. Los tres rindiendo pleitesía a los que, como dice N. S. Jesucristo, “tienen por padre al demonio” y son deicidas.

A favor de la colocativitis artificialmente creada, la fobia de carecer de papa se difunde como mancha de aceite que inculca una herejía objetiva sobre la naturaleza misma de la Iglesia, separando la Fe colocante de la Autoridad colocada-colocante. La Iglesia es el lugar de la Fe; pero también la Fe es el lugar de la Iglesia. Son co-extensivas, de manera que la Iglesia no se extienda a donde no está la Fe (al menos inconsciente habitual bautismal) y la Fe no se extienda a donde no está la Iglesia.

¿Pero de qué modo es cada una de ambas realidades «locativa» de la recíproca? No del mismo modo.

En tiempos de orden se encuentra la Fe en la Iglesia, que la guarda, la comunica, y hasta la norma. No así en tiempo de desgobierno y eclipse. En todo tiempo, también de desgobierno y eclipse, se encuentra la Iglesia, al menos en su orden invisible, en la Fe, que la funda y la constituye y brilla en sus documentos normativos definitivos.

Que el lugar de lo católico es dictado por la Fe Católica debería darse por sobreentendido: pero no se da por sobreentendido hoy, cometiéndose, en cambio, la inversión monstruosa de dar por Fe Católica la que vive como en lugar propio en el cuerpo social putativamente católico más fuerte: la Eclesialidad Postconciliar.

Cualquier naturaleza se salva al máximo en sus propios lugares. Este principio de razón fue sentado ya por Aristóteles1. Las cosas livianas o pesadas buscan —o necesitan— respectivamente el cielo y la tierra como lugares propios que las contengan mejor. De modo análogo, el lugar propio de todo lo católico, incluido lo visible y organizado y gobernado, es la Fe Católica. Arrancado de ella, lo católico se corrompe o anula. Y tiende a ser arrancado de la Fe Católica lo que es insertado en una eclesialidad que se ha arrancado de la Fe Católica en el Vaticano II para proponerle y procurar imponerle un lugar ciertamente muy impropio.

Toca a la forma contener y tener razón de totalidad y eventualmente virtud localizadora1; pero la causa formal de la Iglesia2 es la unión de los fieles con su Cabeza divina, unión que es la unidad del Cuerpo Místico de Cristo, y consiste en la Fe.

Pesadilla jurídica

Por una tragedia histórica ya larga y todavía plenamente vigente, hace falta —¡y cuánta!— que sea extirpado de la Iglesia Católica de manera jurídica y oficial el mismo organismo eclesial y para-eclesial que de manera jurídica y oficial propaga ese Anticatolicismo. Esa extirpación sólo podrá realizarla la Iglesia Católica una vez restaurado el Papado en ella.

También la podría realizar la Eclesialidad Postcatólica declarando su intención de desunirse de la Iglesia Católica para constituir una secta aparte.

Así, pues, una eclesialidad mundial que se hace pasar por «la Iglesia Católica» estando llena de destructividad anticatólica furtiva, por desgracia de pesadilla, no consta oficialmente ser otra iglesia, pero obra como tal y lo es. Está jurídicamente y materialmente adherida por inercia a la Iglesia Católica, pero sin ser de ella ni continuarla formalmente, y obrando como el factor mundial más poderoso de desunión mortífera entre católicos e Iglesia Católica. «Tribulatio magna».

Parte del trabajo Sedeluncia del  Padre Patricio Shaw .

CONTINUARÁ, D. m.,  con QUIÉN ESTÁ EN QUÉ COMUNIDAD ECLESIAL.100

Leer parte Iª