LA INTENCIÓN DE HACER EL RITO DE LA IGLESIA NO ES SUFICIENTE PARA LA VALIDEZ DEL SACRAMENTO

Se trata en el presente artículo de evaluar si, según el testimonio  de D Julio Aonzo,  obró éste con conciencia recta para dejar de ejercer el ministerio sacerdotal y, por ende, el episcopal, al considerar que el sacramento del Orden sacerdotal que había recibido era nulo, inválido por causa de que el «obispo» ordenante ni siquiera era sacerdote.

Advertimos a los lectores que se trata de un caso práctico relativo, pues, a la conciencia. Y además que en ningún caso estamos de acuerdo con D. Julio Aonzo, 1º con su interpretación milenarista del Apocalipsis, y ni con su novedosa tesis según la cual, para él (para Aonzo) los bautismos de la secta que se constituyó con el conciliábulo (más conocido como Vaticano II) son inválidos. Respecto a lo primero tenemos que decir que su empeño en divulgar la doctrina del milenarismo, es un acto de desobediencia a Pío XII que prohibió enseñarla. Respecto a la segundo, contradice la multitud de definiciones realizadas en el curso de los siglos, desde el Papa Estaban, hasta Pío XII, según la cual el bautismo administrado por los herejes y cismáticos, y aún el realizado por paganos, en caso de grave necesidad, son válidos si se usa la materia y la forma establecida por la Iglesia para la confección del sacramento, y se tiene la intención de ésta (hacer lo que acostumbra la Iglesia),al ser un sacramento de necesidad de medio para la salvación.  Es necesario aclararlo porque, como en este artículo vamos a hablar de intención, como observará el lector, se considera la intención de Lienart desde el punto de vista del receptor del sacramento, y no desde el punto de vista del administrador del sacramento (o sea, a Lienart recibiendo él mismo el episcopado, y no a Lienart confiriendo el episcopado o el sacerdocio a otros). 

Al defender este caso, tampoco defendemos nada de su vida personal pasada. Más lo cortés no quita lo valiente.

Resumen del caso: Aonzo fue «ordenado» «sacerdote» en Albano, Italia, el 22 de agosto de 1982 por Marcel Lefebvre. Fue «consagrado» obispo por Monseñor López Gastón, en Chiguagua, México, el 28 de diciembre de 1992. Dijo su última Misa, hasta hoy, en Pascua de 1996. Las razones de Aonzo para no ejercer más el episcopado, ni el sacerdocio, que él mismo arguye, son las siguientes:

1ª Aunque Mons. José Ramón López Gastón fue un verdadero obispo de la Iglesia católica, no pudo transmitirle el episcopado, porque para ser válidamente consagrado obispo, se ha de haber recibido antes el presbiterado. 2ª Él llegó a la conclusión de que no había recibido el presbiterado, porque Marcel Lefebvre no pudo tampoco recibir el presbiterado de manos del «obispo» Lienart, masón grado 30º luciferino, Caballero Kadoch. Lienart no pudo recibir el episcopado válidamente, o sea fue nulo, o al menos muy dudoso porque cuando lo «consagraron» obispo, él ya era Caballero Kadoch de la masonería luceferina, y es muy improbable que un masón de grado luceferino pueda tener la intención de hacer lo que la Iglesia hace, porque no basta querer hacer el rito 4º Si la recepción del episcopado de Lienart fue nulo, jamás pudo ordenar a Marcel Lefebvre válidamente sacerdote. 5º Y aunque Marcel Lefebvre «recibió» más tarde «el «episcopado» de manos del luciferino Lienart, en cuya ceremonia hubo otros coconsagrantes no luciferinos, dado que Lefebvre no era sacerdote o había dudas, su episcopado es inválido y totalmente nulo o duduso, porque la plenitud sacerdotal: el episcopado , no se puede recibir por salto. 6º Luego el propio Aonzo, al investigar su situación, concluye que Lefebvre no siendo obispo, no le pudo conferir el presbiterado a él .

Para las pruebas indubitables de la pertenencia de Lienart a los altos grados de la masonería luciferina- que el propio Marcel Lefebvre reconoce en dos audiencias-, les remitimos aquí o aquí, entre otros sitios respetables, ya que no es el tema del presente artículo.

Dejemos que el propio D. Julio Aonzo se explique ( fuente aquí):

Explica J,. Aonzo: El “convento” seguía con vida y era una especie de reducto para los católicos sedevacantistas… pero no había Obispo. Entonces algunos fieles y Monseñor López Gastón me propusieron que aceptara el Episcopado. Considerando la vacancia de la Sede, el peligro de muerte espiritual, y la virtud de la epiqueya, me pareció que debía aceptar. Lo comuniqué públicamente y viajé a Chihuaha, México, donde se hizo la ceremonia. Dicha “consagración” fue el 28 de diciembre de 1992. Allí fueron consagrantes los obispos válidos y totalmente legítimos Mons. Héctor Ripoll Puga y Mons. José Ramón López-Gastón. Pero mi problema estaba en que al no estar yo válidamente ordenado por Lefebvre, tampoco podía recibir válidamente el episcopado. Pero por supuesto, yo ni idea tenía en ese momento de la cuestión de Lienart y su pertenencia a la masonería luciferina….[ ya enterado de que era dudoso que Lefebvre hubiera sido ordenado válidamente sacerdote, y como el episcopado no se puede dar por salto según no cualquiera, sino conforme afirma Santo Tomás de Aquino, en cuya Suma Teológica no se contiene error, a tenor de lo afirmado por el Papa Leon XIII] Cuando me recuperé convoqué a los pocos católicos que quedaron conmigo y les hablé claro diciendo que yo no podía seguir ejerciendo el Sacerdocio [al darse cuenta de que probablemente no era sacerdote, actuando así conforme a una conciencia recta].

Piense Usted cuáles serían mis pensamientos, cómo Dios había permitido semejante fraude. Nunca me rebelé contra los designios de Dios, aún sin entenderlos, tampoco he perdido la Fe. Salí de todo eso robustecido pero con una vida entera vacía. Tenía yo en ese tiempo 46 años. En estos momentos tengo 69 años pero tengo fortaleza como si tuviera 50. No padezco de dolores de ningún tipo».

…Durante todo ese tiempo [en el que estuvo ejerciendo su ministerio] yo creía que era legítimo sacerdote y me había apartado de Lefebvre por su actitud ambigua, pero no sabía nada de su historia».

D. Julio Aonzo, a la izquierda de Marcel Lefebvre en la foto, el día de su dudosa ordenación. Agost. 1982

A la derecha de Lefebvre, Francisco Ricossa, dudosamente «ordenado» el mismo día, pero éste calla.

Hay algunos pocos clérigos, generalmente  autodidactas y sin títulos,  que niegan la necesidad de la intención en el ministro y/o en el receptor del sacramento para que el sacramento sea válido. Pero esto es absolutamente contrario a la doctrina de la Iglesia. La Iglesia afirma en su magisterio perene justamente lo contrario, como vamos a demostrar. La Iglesia afirma que no basta la intención de hacer el rito para tener la intención de hacer lo que la Iglesia hace; también pondremos algún hecho histórico al respecto.

SEGÚN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA, Y NO LA OPINIÓN DE UN CLÉRIGO:

SIN INTENCIÓN DE HACER LO QUE HACE LA IGLESIA NO HAY SACRAMENTO

León XIII

«Con este último defecto de forma está unida la falta de intención, que se requiere igualmente de necesidad para que hay sacramento, Así,pues, asintiendo de todo punto a todos los decretos de los Pontífices predecesores nuestros sobre esta misma materia, confirmándolos plenísimamente y como enredándolos por nuestra autoridad, por propia iniciativa y a ciencia cierta, pronunciamos y declaramos que las ordenaciones hechas en rito anglicano han sido  y son absolutamente inválidas y totalmente nulas». En definitiva, por lo que hace a la intención, en el Prayer Book del 1550, no solamente se negaba el Sacramento del Orden, sino que en la celebración de la cena con la que había sido sustituida la Misa, se eliminaba toda idea de sacrificio y de consagración y conversión del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo». DZ 1966. Faltaba por lo tanto la intención necesaria en cuantos se acomodasen a la mentalidad del Prayer Book. Los fieles católicos declararon casi de inmediato la invalidez de las órdenes, sin que tuvieran que esperar más de tres siglos, y no fue hasta casi 350 años más tarde en que el Papa León XIII les dio de nuevo la razón, y zanjó el asunto para siempre. Luego, sin la intención no hay sacramento válido, aunque haya rito externo.

Explica la Enciclopedia católica: «Otro requisito indispensable para la validez de un sacramento es la intención del ministro, esto es, la voluntad de hacer, al administrarlo, lo que hace la verdadera Iglesia de Jesucristo. Si el ministro como es—en el caso de la ordenación, el consagrarte–tiene una idea completamente equivocada de lo que hace la Iglesia que es lo que instituyó Jesucristo, y actúa y forma su intención según sus propias opiniones erróneas y no según la doctrina de la Iglesia; la debida intención falta y el rito sacramental resulta inválido».

Proposiciones jansenistas condenadas por la Iglesia:

Alejandro VIII

«Es válido el bautismo conferido por un ministro que guarda todo el rito externo y la forma de bautizar, pero resuelve internamente consigo en su corazón :’ No intento hacer lo que hace la Iglesia‘» (proposición condenada). Dz 1318. Luego no basta el rito externo para la validez del sacramento, sino, además, se requiere la intención interna. 

Julio III. 

Concilio de Trento.

«…Y, por lo tanto, no debe el penitente hasta el punto de lisonjearse de su propia fe que, cuando...falte al sacerdote intención de obrar seriamente y de absolver verdaderamente; piense, sin embargo, que por su sola fe está verdaderamente y delante de Dios absuelto….» Dz. 902. Luego sin la intención interna del sacerdote de perdonar en el juicio de la penitencia, aunque haya externamente el rito,  no hay sacramento.

Paulo III

Concilio de Trento

«Si alguno dijere que en los ministros, al realizar y conferir los sacramentos, no se requiere la intención por lo menos de hacer lo que hace la Iglesia, sea anatema». DZ855.

Concilio de Letrán

Errores de Lutero condenados por la Bula Exsurge Domine, de 15/8/1520

«Si, por un imposible, el que se confiesa no estuviere contrito, o el sacerdote no lo absolviese en serio, sino por juego, si cree, sin embargo, que está absuelto, está con toda verdad absuelto» ( Proposición condenada) Dz 752. Luego son necesarias la intención del ministro y del receptor, para la validez del sacramento.

Concilio de Florencia

Decreto para los armenios

«… Todos estos sacramentos [los siete] se realizan por tres elementos: de las cosas, como la materia; de las palabras, como la forma; y de la persona del ministro que confiere el sacramento con intención de hacer lo que hace la Iglesia. Si uno de ellos falta [ la materia, la forma, el ministro con la intención de hacer lo que hace la Iglesia], no se realiza el sacramento Dz 695. Luego si el ministro no tiene intención no hay sacramento.

Concilio de Constanza.

Interrogaciones que han de proponerse a los wicleffitas y hussitas. De la Bula Inter Cunctas.

«Asimismo, [ Se ha de interrogar para ver si son católicos] si cree que un mal sacerdote, con la debida materia y forma, y con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, verdaderamente consagra, verdaderamente absuelve, verdaderamente bautiza, verdaderamente confiere los demás sacramentos». Dz.672. Ergo un obispo o un sacerdotes en pecado puede conferir sacramentos válidamente, siempre que tenga la intención de la Iglesia, y nunca sin ella, y además use de la materia y forma adecuadas.

Inocencio III

Profesión de Fe propuesta a Durando de Huesca en la Carta Eius exemplo.

«…Para este oficio, tres cosas son, como creemos necesarias….y la fiel intención del que las profiere». Dz 424

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SEGÚN LOS DOCTORES Y TEÓLOGOS DE NOTA DE LA IGLESIA Y NO LA DE UN CLÉRIGO:

SIN INTENCIÓN DE HACER LO QUE HACE LA IGLESIA NO HAY SACRAMENTO,

LA INTENCIÓN HA DE SER INTERNA, SIN LA CUAL NO HAY SACRAMENTO.

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, IIIa 64, 8

«¿Se requiere la intención del ministro en la confección del sacramento?

Respondo: Cuando se quiere hacer una cosa y ésta puede tener diversos significados, es necesario que intervenga un elemento para determinarla a uno de ellos. Ahora bien, las acciones sacramentales pueden significar varias cosas. Así, la ablución con agua que tiene lugar en el bautismo, puede significar la limpieza del cuerpo, la salud corporal, un modo de divertirse y muchas cosas más. Por eso es preciso que intervenga la intención del que hace la ablución para determinarla precisamente a la realización del sacramento».

Contra la objeción 1, de la cuestión 64, 8, responde el Aquinate:  «El instrumento inanimado no tiene intención con respecto al efecto producido. Y en lugar de la intención está el impulso que recibe del agente principal. Pero el instrumento animado, cual es el ministro, no solamente es movido, sino que también en cierto modo se mueve a sí mismo en cuanto que con la propia voluntad mueve sus miembros para obrar. Por eso se requiere su intención con la que se someta al impulso del agente principal, o sea, pretenda hacer lo que hace Cristo y la Iglesia«. En efecto, se requiere la intención, ya que ni el ministro ni el receptor del sacramento son una piedra, ni un loro, ni un magnetofón.

Objeción 2 en la cuestión 64, 8.  Un hombre no puede conocer la intención de otro hombre. Y si fuese exigida la intención del ministro para la realización del sacramento, quien se acerca a recibirlo no podría saber si lo ha recibido o no, por lo que tampoco podría tener la certeza de su salvación, tanto más cuanto que hay sacramentos cuya recepción es necesaria para conseguir la salvación, como después se dirá.

Respuesta del Doctor Angélico:  «Acerca de esto hay dos opiniones. Algunos exigen al ministro intención mental y, si falta, no hay sacramento, aunque en el caso de los niños que no pueden desear el bautismo, este defecto es suplido por Cristo, que es quien bautiza internamente y, en el caso de los adultos que sí desean el bautismo, el defecto es suplido por su devoción y su fe».

«Ahora bien, esta opinión puede mantenerse como satisfactoria en lo que se refiere al efecto más profundo del sacramento, que es la justificación. Pero en lo referente al efecto que es res et sacramentum, o sea, el carácter, no se ve cómo la devoción del sujeto pueda suplir la falta de intención del ministro, porque el carácter no se imprime nunca sin el sacramento». Es decir, es necesaria la intención del ministro y su validez como tal, así como la del receptor; la piedad y devoción del receptor ni del ministro no le imprimen el carácter [en este caso sacerdotal, el carácter del sacramento no se recibe por la piedad del receptor].

¿Se requiere la recta intención del ministro para la realización del sacramento? IIIa  64, 10 ad 1

Objeción:  Hemos dicho ya (a.8 ad 1) que la intención del ministro debe identificarse con la intención de la Iglesia. Pero la intención de la Iglesia es siempre recta. Luego la recta intención del ministro se requiere necesariamente para la realización del sacramento.

Repuesta del Doctor Común: 1. «La intención de la Iglesia es recta en lo que se refiere a la confección del sacramento y en lo que se refiere a su uso. La primera asegura la realización del sacramento, la segunda, el mérito de quien lo administra. Por eso, el ministro que identifica su intención con la intención de la Iglesia en la primera  rectitud [ confeccionar el sacramento] y no en la segunda, realiza ciertamente el sacramento, pero sin méritos para él». Ergo, es, cuanto menos dudoso, que un Cabellero Kadosk grado 30 de la masonería luciferina, que asegura que «La filosofía religiosa en su pureza y verdad consiste en la creencia en Lucifer, como Adonay «, pueda tener la intención de la Iglesia, ni como ministro que confiere el sacramento, ni como receptor del mismo.

San Alfonso María Ligorio. n.21.

Ad validitatem sacramenti requiritur in ministro intentio aliqua vera et seria saltem faciendi id quod facit Ecclesia. Const. x Con. Trid. sess 7, can. 11.  «An requiratur in ministro intentio faciendi acramentum? Resp. Neg., saltem explícite, modo haec intentio non excludatur. Sufficit eniem ut intendat in genere et implicite facere quod Ecllesia facit.

Francisco Suárez. –Autor de nota-(conocido como Doctor Eximius, fue un teólogo, filósofo y jurista jesuita español. Una de las principales figuras del movimiento de la Escuela de Salamanca, fue considerado uno de los mejores escolásticos después de Tomás de Aquino.). En de legibus. De lege positiva canónica 2, pag. 46.  Corpus Hispanorum de Pace S.C.I.C.: Sobre el sacramento del matrimonio y el resto del sacramentos:

La Iglesia puede preceptuar el consentimiento interno, y de hecho lo preceptúa:

«Para celebrar un verdadero contrato mediante palabras externas [rito] es indispensable el consentimiento interno, por más que tal conocimiento no aparezca con evidencia con las palabras externas… Y sin embargo la Iglesia,  más aún también el Estado, puede preceptuar a sus súbditos en numerosos casos que celebren un contrato con verdadero consentimiento. Así también la Iglesia a todos los que reciben una orden sagrada el voto de castidad, lo cual no es posible sin intención interna de hacerlo o de obligarse a la castidad, intención que no se da a conocer a través de la ceremonia externa de la ordenación. Idéntico argumento puede suministrar el hecho de que la Iglesia pueda preceptuar a veces la celebración de la Misa, lo cual no es posible sin la intención interna de celebrarla… Y el precepto de rezar las horas canónicas, ya que prescindiendo de la cuestión de la atención, hay acuerdo general entre los doctores en la necesidad, al menos, de la intención de orar, nacida de tal precepto, dado que sin intención de orar no habrá intención verdadera sino simulada».[ Sigue el gran teólogo explicando la causa de que la Iglesia preceptué la obligación interna tanto del receptor como del ministro que confiere el orden sacerdotal. Véase la obra citada].

Enciclopedia Católica.

Otro requisito indispensable para la validez de un sacramento es la intención del ministro, esto es, la voluntad de hacer, al administrarlo, lo que hace la verdadera Iglesia de Jesucristo. Si el ministro como es—en el caso de la ordenación, el consagrante—tiene una idea completamente equivocada de lo que hace la Iglesia que es lo que instituyó Jesucristo, y actúa y forma su intención según sus propias opiniones erróneas y no según la doctrina de la Iglesia; la debida intención falta y el rito sacramental resulta inválido.

La Iglesia enseña de manera inequívoca que para que los sacramentos sean válidos, el ministro debe tener la intención de hacer cuando menos lo que hace la Iglesia. Esto quedo enfáticamente establecido por el Concilio de Trento (sesión VII). La opinión defendida alguna vez por teólogos como Catarino y Salmerón de que solo se requiere la intención de realizar deliberadamente el rito exterior propio de cada sacramento, y mientras que esto fuera cierto, el disentimiento interno del ministro con respecto a la Iglesia no invalidaría el sacramento, ya no tiene partidarios [ excepto, por desgracia, la de unos pocos acéfalos y la de algún que otro clérigo particular]. La doctrina común actual es que se requiere la intención real interna de actuar como ministro de Cristo, o llevar a cabo lo que Jesucristo instituyó que los sacramentos producirían, como por ejemplo bautizar, dar la absolución, etc. Esta intención no necesita ser del tipo llamada actual, ya que con frecuencia seria prácticamente imposible. Basta con que sea virtual. Ni la intención habitual ni la interpretativa del ministro bastará para conferirle validez al sacramento. La verdad es que en el aquí y el ahora cuando se confiere el sacramento no existe ninguna de estas dos intenciones y, por lo tanto, no pueden ejercer ninguna influencia determinante en lo que se está haciendo. Administrar los sacramentos con una intención condicional que hace su efecto contingente a un evento futuro es conferirlos de manera inválida. Esto se aplica a todos los sacramentos con excepción del matrimonio que, por ser un contrato, es susceptible de tal limitación. En cuanto a los receptores de los sacramentos, es cierto que no se requiere ninguna intención de parte de los menores que no han llegado a la edad de la razón o que son retrasados mentales para que sean válidos los sacramentos que son capaces de recibir. En el caso de los adultos, por otro lado, es indispensable tener algún tipo de intención. La razón de esto es que nuestra justificación no se produce sin nuestra cooperación y ello incluye la voluntad racional de aprovechar los medios de santificación. No siempre es claro que tanta intención basta. En general, se requiere mas intención en proporción a una mayor participación del receptor en el sacramento mismo. Así podría parecer que en condiciones ordinarias se requiere una intención virtual en el caso de la confesión y del matrimonio. En cuanto al resto de los sacramentos basta una intención habitual. En el caso de una persona en estado inconsciente y en peligro de muerte, la intención habitual puede estar implícita y bastar para conferirle validez a los sacramentos que en ese momento son necesarios o muy útiles; esto es, la intención habitual puede estar contenida en el propósito mas general que el individuo tuvo en algún momento de su vida y del cual nunca se ha retractado para poder aprovechar estos medios de salvación en ese momento tan supremo».

Por Ludwig Ott -teólogo de nota-( Fue un teólogo católico romano y medievalista de Baviera , Alemania. Después de entrenarse en la Universidad Católica de Eichstätt-Ingolstadt , Ott fue ordenado sacerdote en 1930. Recibió su doctorado en Munich (1931-1936) con Martin Grabmann y fue asesorado por él en el estudio del desarrollo de la teología medieval. En 1936 fue profesor außerordentlicher , y en 1941 profesor profesor de dogmática en el colegio episcopal de filosofía y teología en Eichstätt. De 1960 a 1962 fue rector de esta universidad católica. Su investigación se centró principalmente en el área de la dogmática . Con sus Fundamentos del dogma católico , produjo un trabajo de referencia estándar sobre dogmática. La obra, popular entre el clero, siendo un manual de estudios para seminaristas,  y los laicos, ha sido traducida a más de diez idiomas

Para la validez del sacramento se requiere por parte del que lo recibe, si tiene uso de razón, la intención de recibirlo ( Sentencia cierta. Ott.. Manual de Teología Dogmática)

Tiene por objeto esta intención meramente externa el realizar con seriedad y en las debidas circunstancias la ceremonia religiosa, pero dejando a un lado su significación religiosa interna. Como es natural, tal intención no responde al deber de hacer lo que hace la Iglesia, ni al papel del ministro como servidor de Cristo, ni a la finalidad del signo sacramental, que en sí es ambiguo y recibe su determinación de la intención interna; ni está de acuerdo tampoco con las declaraciones del magisterio; cf. Dz 424: «fidelis intentio». El papa Alejandro VIII condenó en 1690 la siguiente proposición : «Valet baptismus collatus a ministro, qui omnem ritum externum formamque baptizandi observat, intus vero in corde suo apud se resolvit : non intendo, quod facit Ecclesia»; Dz 1318; cf. Dz 672, 695, 902.

NO ES SUFICIENTE LA INTENCIÓN DE HACER LA CEREMONIA SACRAMENTAL

«Según la opinión hoy (1941) casi general de los teólogos, para la administración válida de los sacramentos se requiere la intención interna, es decir, – es insuficiente la intención meramente externa» (Ludwig Ott, Manual de Teología dogmática).

NADIE PUEDE RECIBIR EL PODER EPISCOPAL SINO ES SACERDOTE

«El poder episcopal depende del poder sacerdotal, ya que nadie puede recibir el poder episcopal si aún no tiene poder sacerdotal. Por lo tanto, el episcopado no es una Orden «. (Summa Theologica, Sup. 40, 5).

NO ES LÍCITO RECIBIR SACRAMENTOS EN LA DUDA DE SU VALIDEZ

El Papa Inocencio XI CONDENÓ, entre otras,  la siguiente proposición como error en materia moral.

«No es ilícito seguir en la administración de los sacramentos la opinión probable sobre el valor del sacramento, dejada la más segura, a no ser que lo vede la ley, la convención o el peligro de incurrir en grave daño. De ahí que no sólo debe usarse de la opinión probable en la administración del bautismo, del orden sacerdotal o del episcopado»(doctrina condenada por la Iglesia) Dz 1151. Es decir, la Iglesia manda en materia de moral que en materia de sacramentos se tome siempre la opinión más segura (tuciorismo), y condena optar por la probable. vése en el mismo sentido otras condenas del mismo Papa: Dz 1152, al 1157, en el Decreto del Santo Oficio e 4 de marzo de 1679.

EN LA DUDA POSITIVA Y PROBABLE

No es lícito jamás obrar con duda positiva práctica de la licitud de la acción.

Royo Marín– teólogo de nota- .Fue un religioso dominico español.​ Influyente teólogo y moralista que conservó y compendió en muchas obras la enseñanza y la espiritualidad católicas, especialmente siguiendo la doctrina de santo Tomás de Aquino, su Teología de la Perfección Cristiana fue elogiada por Garrigou Lagrange. Fue profesor emérito de Teología Moral y Dogmática de la Universidad de San Esteban, de Salamanca.

«Nótese bien el sentido del principio no es lícito jamás actuar con duda positiva y práctica de la licitud de la acción..Se trata de una duda positiva, o sea apoyada en graves razones ; y práctica, o sea que se refiere al hecho concreto que se va a realizar. En estas condiciones jamás es lícito realizar ese acto».(Teología Moral para Seglares. BAC. 1958).

«La razón la hemos indicado ya varias veces. El que obra con conciencia dudosa acepta la posibilidad de la ofensa de Dios y, por lo mismo, peca tanto si en el orden real y objetivo aquella acción es realmente mala como si es inocente y buena. El pecado cometido es el mismo que constituye el objeto de la duda, revestido con todas sus circunstancias especiales: mortal o venial, de esta especie o de la otra, según se le previó en la duda». (Ibid.). Sobre lo que hacer para disipar la duda aquí.

RESUMIMOS EL MAGISTERIO EXPUESTO,

CONFORME A CASI UNANIMIDAD DE LOS TEÓLOGOS

EL MINISTRO Y EL SUJETO DE LOS SACRAMENTOS

EL MINISTRO DE LOS SACRAMENTOS

La validez y eficacia de los sacramentos no dependen de la ortodoxia ni del estado de gracia.

La prueba teológica por razones internas la tenemos en la tesis de la eficiencia «ex opere operato» de los sacramentos, así como también en la consideración de que el ministro humano en los mismos no es sino causa instrumental con respecto a Cristo, que es el ministro primario. Como el instrumento obra por virtud de la causa principal, por lo mismo la eficiencia del sacramento no dependerá de la situación subjetiva del que lo administra. Si de ella dependiera, tendríamos una fuente de continua incertidumbre e intranquilidad; cf. S.th. tu 64, 5.

c) Dignidad del ministro

Como servidor y representante de Cristo, el ministro está obligado en conciencia. a administrar los sacramentos dignamente, es decir, en estado. de gracia ; cf. Ex 19, 22 ; Lev 19, 2 ; 21, 6. Es sacrilegio administrar un sacramento en estado de pecado mortal. Se exceptúa la administración del bautismo en peligro de muerte, porque el ministro del bautismo de necesidad no obra como ministro oficial de la Iglesia, sino que es uno que corre en auxilio de una persona que se halla en peligro. El Catecismo Romano (II1, 20, 2) hace la siguiente exhortación : «Lo santo — no cesaremos de encarecerlo — hay que tratarlo con santidad y respeto» ; cf. S.th. iii 64, 6.

2. La acción del ministro

a.) Para administrar válidamente los sacramentos es necesario que el ministro realice como conviene los signos sacramentales (de fe).

Ello significa que debe emplear la materia y forma sustanciales del Sacramento, uniéndolas ambas en un único signo sacramental ; Dz 695.

b) El ministro ha de tener, además, la intención de hacer, cuando menos, lo que hace la Iglesia (de fe).

El concilio de Trento, contra los reformadores, que negaban fuera necesaria la intención del que administra los sacramentos, porque éstos no tendrían más que un valor subjetivo y psicológico, declaró : «Si quis dixerit, in ministris, dum sacramenta conficiunt et conferunt, non requiri intentionem saltem faciendi quod facit Ecclesia», a. s.; Dz 854; cf. Dz 424, 672, 695, 752.

La expresión «intendere facere quod facit Ecclesia» (pretender hacer lo que hace la Iglesia) es corriente desde finales del siglo xii y comienzos del xiii (Prepositino, Gaufrido de Poitiers, Guillermo de Auxerre, Felipe el Canciller).

a’) Necesidad de la intención

 «El papa Cornelio (251-253) declaró la consagración episcopal de Novaciano como (imposición de las manos aparente y nula», es decir, como inválida, evidentemente por falta de la intención necesaria por parte del ministro» (EusEBio, H. eccl. vi 43, 9). En la época patrística reinaba alguna incertidumbre sobre la validez del bautismo que se efectúa en broma o por juego. El problema lo aclaró por vez primera la escolástica primitiva, sobre todo Hugo de SAN VÍCTOR (De sácr. II 6, 13).

Se deduce que es necesaria la intención, por las siguientes razones:

Como el ministro humano es servidor y representante de Cristo (1 Cor 4, 1; 2 Cor 5, 20), está obligado a someter y adecuar su voluntad a la voluntad de Cristo, que es quien le ha confiado el encargo de administrar el sacramento. Cristo sigue viendo y obrando en su Iglesia. Por eso basta la intención de hacer lo que hace la Iglesia.

El ministro humano es un ser dotado de razón y libertad. Por eso, el acto de administrar los sacramentos ha de ser un «acto humano», es decir, una acción que procede del entendimiento y de la libre voluntad. HUGO DE SAN VÍCTOR, que es el primero en acentuar la necesidad de la intención, enseña : «rationale esse oportet opus ministeriorum Dei» (De sacr. II 6, 13).

El signo sacramental es ambiguo e indiferente de por sí para diversos usos. Por la intención del ministro se convierte en significativo y ordenado al efecto sacramental; cf. S.th. iii 64, 8. 

b’) Cualidad de la intención

Por lo que respecta a la faceta subjetiva, el ideal es la intención actual, es decir, aquella intención de la voluntad que precede y acompaña toda la ceremonia; pero notemos que tal intención no es necesaria. Basta la intención virtual, es decir, la que se concibe antes de la ceremonia y que durante el transcurso de ésta subsiste virtualmente (SANTO TOMÁS la llama intención habitual ; S.th. iii 64, 8 ad 3). Es insuficiente la intención habitual, es decir, aquella que se concibe antes de la ceremonia y no se retira, pero que durante la ceremonia no existe de manera actual ni siquiera virtual, y por lo mismo no tiene influencia sobre ella.

Por lo que respecta a la faceta objetiva, basta la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Por eso no es necesario que el ministro tenga la intención de lograr los efectos del sacramento que pretende lograr la Iglesia, v.g., la remisión de los pecados. No es necesario tampoco que tenga intención de realizar un rito específicamente católico. Basta el propósito de efectuar una ceremonia religiosa corriente entre los cristianos.

c’) Insuficiencia de la intención meramente externa

Según la opinión hoy casi general de los teólogos, para la administración válida de los sacramentos se requiere la intención interna, es decir, una intención tal que no solamente tenga por objeto la realización externa de la ceremonia sacramental, sino también su significación interna. Es insuficiente la intención meramente externa que consideraron como suficiente  A. Catarino, O. P. ( 1533). Tiene por objeto esta intención meramente externa el realizar con seriedad y en las debidas circunstancias la ceremonia religiosa, pero dejando a un lado su significación religiosa interna. Como es natural, tal intención no responde al deber de hacer lo que hace la Iglesia, ni al papel del ministro como servidor de Cristo, ni a la finalidad del signo sacramental, que en sí es ambiguo y recibe su determinación de la intención interna; ni está de acuerdo tampoco con las declaraciones del magisterio; cf. Dz 424: «fidelis intentio». El papa Alejandro VIII condenó en 1690 la siguiente proposición : «Valet baptismus collatus a ministro, qui omnem ritum externum formamque baptizandi observat, intus vero in corde suo apud se resolvit : non intendo, quod facit Ecclesia» ; Dz 1318; cf. Dz 672, 695, 902.

Esta intención interna que se requiere puede ser especial y refleja o general y directa, según que en particular o en general se pretenda la significación religiosa interna de la ceremonia sacramental, y se haga esto con reflexión o sin ella sobre el fin y los efectos del sacramento.

 EL SUJETO RECEPTOR DE LOS SACRAMENTOS

1. La persona del que los recibe

El sacramento solamente puede ser recibido de manera válida por una persona que se halle en estado de peregrinación («in statu viae») (sent. común).

Como el sacramento comunica la gracia espiritual de manera sensible, sólo un ser sensitivo-racional, cual es el hombre que vive sobre la tierra, puede ser sujeto apropiado para su recepción. Los muertos no pueden recibir sacramentos. Los sínodos de Hipona (393) y Cartago (397) prohiben que se bautice y dé la comunión a los muertos.

2. Condiciones para la recepción válida

b) Para la validez del sacramento se requiere por parte del que lo recibe, si tiene uso de razón, la intención de recibirlo (sent. cierta).

Según doctrina del concilio de Trento, la justificación de las personas que han llegado al uso de la razón (por gozar del ejercicio del entendimiento y la libre voluntad) tiene lugar por medio de lvoluntaria aceptación de la gracia («per voluntariam susceptionem gratiae et donorum») ; Dz 799. El sacramento que se recibe sin intención o contra la propia voluntad es, por tanto, inválido. El papa Inocencio III declaró que el bautismo obligado era inválido ; Dz 411.

La necesidad de tener intención de recibir un sacramento no se funda, como la de administrarlo, en la naturaleza del signo sacramental, sino únicamente en la libre voluntad del hombre. Es conveniente a la sabiduría de Dios el tener en consideración la libertad del hombre y hacer depender la salvación del que ha llegado al uso de la razón de su propia decisión. El niño, que no tiene todavía uso de razón, recibe la gracia sacramental sin su consentimiento. El papa Inocencio III declaró (1201) a propósito del bautismo de los niños : «El pecado original, que se contrae sin consentimiento, se perdona también sin consentimiento, en virtud del sacramento» ; Dz 410.

Cualidad de la intención

Como el papel que desempeña el que recibe el sacramento es puramente receptivo, basta ordinariamente, desde el punto de vista subjetivo, la intención habitual, y en caso de necesidad (pérdida del conocimiento, perturbación mental) el sacramento puede ser administrado si existen razones fundadas para admitir que el sujeto, antes de sobrevenir el caso de necesidad, tenía al menos el deseo implícito de recibir el sacramento (intención interpretativa). En el matrimonio se requiere intención virtual, porque los contrayentes no son meros receptores, sino, al mismo tiempo, ministros del sacramento; y lo mismo se diga, probablemente, del orden sagrado, por las graves obligaciones que de él se derivan- sin intención interna de recibir el episcopado, el solo rito externo no lo confiere-. En cuanto a la faceta objetiva, basta la intención de recibir lo que administra la Iglesia.

3. Condiciones para recibir dignamente los sacramentos

Para recibir digna o fructuosamente los sacramentos, se requiere disposición moral en todo aquel que ha llegado al uso de razón (de fe).

Tal disposición consiste en apartar de sí los estorbos para recibir la gracia ; Dz 849: «non ponentibus obicem». En los sacramentos de muertos (BAUTISMO Y PENITENCIA), lo que impide la gracia es la incredulidad y la falta de penitencia; y la disposición requerida consiste en la fe y el arrepentimiento (atrición). En los sacramentos de vivos (ORDEN SACERDOTAL Y EL RESTO), lo que impide la gracia es el estado de pecado mortal, y la disposición requerida consiste en el estado de gracia. Para recibir dignamente la eucaristía, exige la Iglesia que se reciba previamente el sacramento de la penitencia siempre que hubiera precedido pecado mortal ; Dz 880, 893 ; CIC 807, 856.


4. Reviviscencia de las sacramentos

El sacramento recibido válida pero indignamente confiere el sacramentum — el bautismo, la confirmación y el orden confieren también el carácter («res et sacramentun») —, pero no la res o virtus sacramenta, es decir, la gracia («sacramentum informe»).

Los sacramentos del bautismo, la confirmación y el orden reviven, después de removerse la indisposición moral, es decir perdonados los pecados mortales, si fueron recibidos válida- pero no si fueran recibidos inválidamente, como por ejemplo el episcopado- pero indignamente. Quiere esto decir que el efecto de la gracia sacramental tiene lugar con posterioridad al momento de la recepción del sacramento.(sent. común).

La razón para que se verifique la reviviscencia de los sacramentos se funda, por una parte, en la misericordia de Dios y, por otra, en la absoluta imposibilidad de repetir esos sacramentos- si fueron válidos, nunca si fueron nulos, por ejemplo por la falta de intención interna requerida-.

Muchos teólogos, considerando la misericordia de Dios, suponen también la reviviscencia de los sacramentos de la extremaunción y el matrimonio, pues también estos dos sacramentos son relativamente no reiterables. El sacramento de la penitencia no puede revivir, porque en él significa lo mismo recibirlo indigna que inválidamente. En la eucaristía es improbable la reviviscencia, porque este sacramento es fácil volver a recibirlo.

La reviviscencia del bautismo la enseñó ya SAN AGUSTÍN; cf. De baptismo r 12, 18: «Lo que ya antes se había dado [a saber: el bautismo], comienza a ser eficiente para la salvación cuando la impenitencia se ha cambiado por verdadera penitencia» ; cf. S.th. iii 69, 10.

 JUICIO OBJETIVO DEL CASO J. AONZO

1º Cuando Aonzo creyó recibir el sacerdocio de Marcel Lefebvre, deconocía la cualidad de masón luciferino de quién «ordenó» a Marcel Lefebvre, y no podía saberlo en ese momento. Luego obró con conciencia recta.

2º Años más tarde se hace público una acumulación de pruebas que evidencian la pertenencia a la masonería de Linart, que hasta el mismo Lefebvre manifiesta.

3º Aonzo con su excelente formación, habiendo pasado por el seminario, conoce la doctrina de la Iglesia sobre la necesidad tanto del ministro como del receptor del sacramento de tener una intención interna de pretender hacer lo que hace la Iglesia, para que el sacramento sea válido.

4º.  Se plantea, pues, en principio una duda POSITIVA Y PRÁCTICA sobre la validez de su ordenación sacerdotal basado en la duda de que Linart hubiera recibido válidamente el episcopado, y de igual manera en que Lefebvre hubira sido ni siquiera sacerdote, pues fue «ordenado» por Lienart, y como el episcopado no se puede dar por salto, cabe la duda sobre la validez del episcopado por salto.

5º No es una duda meramente negativa que no se apoya en ninguna razón  o en razones muy ligeras e inconsistentes, que puede y debe despreciarse en la práctica, por ser una duda imprudente. Sino que es una duda POSITIVA fundada en graves hechos demostrados:

1º  Lienart llegó al grado 30. Kadosh ……………… 1924 ( Fuentes: Don Luigi Villa. Chiesa Viva n. 51; Marqués de la Franquerie, en su libro: «La pontificia infalibilidad», que por primera vez se presentó a la atención de los católicos angloparlantes por el mencionado Dr. Hugo M. Kellner; Lista Pecorelli, 30 Giurnali, etc.

2º Fue “Obispo” consagrado, cuatro años depués……………………… 12 – 8-1928

3º El caballero kadosh, segun Mons L. Morurin,  por lo tanto, es un hombre que con juramento solemne e irrevocable, ofrece incienso a satanás, glorifica con invocaciones de lucifer, comete un asesinato ritual, formal o material, sube la escalera de siete pasos, según un ritual gnóstico de magia pagana, pisotea la corona y el símbolo de la tiara del papado, jura odio contra Dios y la religión cristiana, brinda con una daga hacia el cielo gritando «Deus sanctus, nokem», es decir: ¡venganza del dios santo [lucifer]! » y «Adonai, nokem»: «Vendetta Adonai»! Cardenal A. Lienart, en 1924 fue consagrado «caballero kadosh», 30º grado de masonería, «sacrificio lucifer», «iniciado perfecto», «caballero del águila blanca y negra», que significa: «sacerdote del bien príncipe hermafrodita (Caballero Kadosch-30 ° liv.. De: Mons. L. Meurin «Franco-albañilería: sinagoga de satanás – 1893)

6º Se trata, pues, de una duda PRÁCTICA,  es decir, que se refiere a los hechos concretos que va a realizar, o sea, la confección de sacramentos de forma dudosa.

7º Dado que, vista la evolución del personaje Lienart, es prácticamente seguro que jamás se arrepintió de su pertenencia a la masonería luciferina, sino que cada vez fue más descaradamente pública su participación, así como también considerando las declaraciones en su lecho de muerte, no cabe probabilidad de revivescencia del sacramento en él.

8º.  Luego, si es positivamente dudoso que Lienart recibiera válidamente el episcopado, es muy dudoso, entonces, que Marcel Lefebvre fuera sacerdote, lo que implica que sin ser présbitero con anteriorioridad ningún obispo, incluso válido, pudo conferirle con validez el episcopado, ni aun con el rito tradicional, ni aún con intención.

9º. Si  sobre Marcel Lefebvre recae la duda sobre su sacerdocio y episcopado, todas sus ordenaciones están salpicadas y manchadas de esa duda, y por lo tanto, también la de Julio Aonzo.

10º A tenor de la doctrina de la Iglesia sobre la necesidad de la intención, que se pone como duda positiva y práctica en el caso de la «recepción» del «episcopado», fundada en hechos graves demostrados, D. Julio Aonzo, no sólo aplicó correctamente la doctrina de la Iglesia a su caso particular, sino que obró moralmente de forma irreprochable, al cesar de hacer actos sacramentales dudosos.

Con la casi segura invalidez de las órdenes recibidas de Marcel Lefebvre están de acuerdo la inmensa mayoría de los obispos que se adscriben al llamado conclavismo, tanto en América, como en Europa. Ellos comprenden que esta es una cuestión moral  de duda positiva y práctica fácil de resolver, como ha hecho rectamente D. Julio Aonzo.

Sofronio,

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