COMUNIÓN ESPIRITUAL (UN EJEMPLO)

Algunos nos han mostrado su preocupación porque ya no quedan sacerdotes españoles que ofrezcan el Santo Sacrificio de la Misa sin ofender a Dios, al haber caído todos en herejía y cisma, conduciendo a las almas, no al Cuerpo Místico, sino a la capilla acéfala, secta al fin, de tal o cual supuesto sacerdote, constituido en Papa de facto. Están en lo cierto, pero no cabe desesperarse, porque la Iglesia es indefectible, y Cristo no priva de la gracia de los sacramentos a los pocos fieles que persisten en la fe de la Iglesia, si se lo piden. Algunos han preguntado cómo se hace una comunión espiritual; por cuya razón hemos puesto un ejemplo de una comunión espiritual que con frecuencia solemos hacer los miembros de Sapientiae Sedei Filii, pero el lector encontrará muchos ejemplos en internet, especialmente de San Alfonso María Ligorio. Antes del siguiente vídeo de una comunión espiritual, les dejo con un extracto del texto del P. Demarís, buen pastor, dirigido a sus fieles que carecían de los sacramentos, aconsejándoles encarecidamente leer las Consolaciones de este Padre, para que no caigan en la tentación de cambiar sacramentos por fe, OFENDIENDO A DIOS, y sigan el ejemplo de San Hermenegildo que prefirió el martirio antes de comulgar de manos de un obispo hereje, cuya consagración eucarística era válida, pero ilegitima;  es decir, prefirió la fe íntegra a comulgar sacrílegamente.

«Amar a Dios y no temer más que a Él es patrimonio del pequeño número de los elegidos. Este amor y este temor forman a los mártires, desapegando a los fieles del mundo y apegándolos a Dios y a su santa ley. 

   Para mantener este amor y temor en vuestros corazones, velad y orad, incrementad vuestras buenas obras y unid a ello las instrucciones edificantes de que los primeros fieles nos dieron ejemplo. Que los confesores de la fe sean familiares para vosotros y glorificad al Señor, al modo como lo hacían los primeros cristianos como nos lo dicen  los Hechos de los Apóstoles.

   Esta práctica os será tanto más saludable cuanto más privados estéis de los ministros del Señor, que alimentaban vuestras almas con el pan de la palabra. 

Como esta pérdida os priva de los sacramentos y de las consolaciones espirituales, vuestra piedad se alarma, se ve abandonada. Por legítima que sea vuestra desolación, no olvidéis que Dios es vuestro Padre y que, si permite que carezcáis de los mediadores instituidos por Él para dispensar sus misterios, no cierra por eso los canales de sus gracias y sus misericordias.

Vosotros conocéis la eficacia de los sacramentos, sabéis la obligación a nosotros impuesta de recurrir al sacramento de la penitencia para purificarnos de nuestros pecados. Pero para aprovechar de estos canales de misericordia se necesitan ministros del Señor. ¡En la situación en que estamos, sin culto, sin altar, sin sacrificio, sin sacerdote, no vemos más que el cielo! ¡Y no tenemos mediador alguno entre los hombres!… Que este abandono no os abata. La fe nos ofrece a Jesucristo, ese mediador inmortal. Él ve nuestro corazón, oye nuestros deseos, corona nuestra fidelidad. A los ojos de su misericordia todopoderosa somos ese paralítico enfermo hacía treinta y ocho años (Juan, cap. 5) a quien para curarlo le dijo no que hiciera venir a alguno que lo arrojara a la piscina, sino que tomara su camilla y anduviera…

Quien no puede confesarse a un sacerdote, pero, teniendo todas las disposiciones necesarias para el sacramento, lo desea y tiene un anhelo firme y constante de él, oye a Jesucristo que, tocado por su fe y testigo de ella, le dice lo que una vez a la mujer pecadora: “Vete. Mucho te está perdonado porque has amado mucho” (Lucas 7. 36-48).

Me parece oír al Salvador diciéndonos: “¡Oh, no temáis ser separados de mi mesa por la confesión de mi nombre! Es esta una gracia que os hago, que significa un raro bien. Reparad con esta humillación -una privación que me glorifica- todas las comuniones que me deshonraron. Sentid esta gracia: nada podéis hacer sin mí, ¡y yo pongo entre vuestras manos un recurso para que hagáis lo que yo hice por vosotros y me devolváis generosamente lo más grande que os di! Os los di Yo: cuando de ello se os separa por ser fieles a mi servicio, devolvéis a mi verdad lo que de mi caridad recibisteis. Nada más grande tengo yo para daros y tampoco tenéis vosotros nada más grande para darme. Vuestro reconocimiento por la gracia que os hice, equipara la grandeza del don que os hice. Consolaos si no os llamo a derramar vuestra sangre como los mártires; he aquí la mía para suplirla. Cada vez que os impidan beberla, lo tomaré como si hubierais derramado la propia. Y la mía es infinitamente más preciosa…”

   Es así como encontramos la Eucaristía en la misma privación de la Eucaristía. Por lo demás, ¿quién puede separarnos de Jesucristo y de su Iglesia en la comunión, cuando por la fe nos acercamos a sus altares de modo tanto más eficaz cuanto más espiritual y más alejado de los sentidos?

   Esto es lo que llamo comulgar espiritualmente, uniéndose a los fieles que pueden hacerlo en los diversos lugares de la tierra. Esta comunión ya os era familiar en los tiempos en que podíais acercaros a la Santa Mesa; conocéis de ella las ventajas y el modo. Por eso no seguiré hablándoos al respecto».

TEXTO DE ESTA COMUNIÓN ESPIRITUAL

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo todo lo que haya de malo en mis entrañas y en mi corazón, para que te sirva con un cuerpo puro y casto, y te agrade por la limpieza de mi corazón. 

Inflama, oh Espíritu Santo, mi pecho de deseos de manducar la gloriosa carne de Nuestro Señor Jesucristo y del anhelo de embriagar toda mi alma con su preciosísima sangre.  

Oh Jesús, hiere mi corazón con el dardo suavísimo y saludable de tu amor, a fin de que se derrita y desfallezca de amor a ti y en el deseo de poseerte. Haz, oh Dios mío, que suspire por tu gloria y desee verme libre de este cuerpo de corrupción y unirme contigo íntimamente.  

Oh Pan de los ángeles, Alimento de almas santas, Pan nuestro de cada día, lleno de dulzura y de suavidad, que hace sentir las delicias de su celestial sabor a cuantos con Él se alimentan, concédeme que mi alma tenga hambre y sed de ti. 

Oh Jesús, ruego a tu inmensa bondad, que te dignes sanar mi enfermedad, lavar mi inmundicia, iluminar mi ceguedad, enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el Pan de los ángeles, al Rey de reyes y Señor de los que dominan, con tanto dolor y amor verdaderos, con tanta pureza y fe, con tales intenciones y propósitos cual conviene a la salud de mi alma.  

Concédeme, te lo ruego, ya que no puedo recibir ahora el Santísimo Sacramento, la virtud y la gracia del Sacramento. Oh benignísimo Dios, concédeme recibir la virtud y la gracia del Cuerpo y Sangre de tu Unigénito Hijo y Señor nuestro Jesucristo, formado en las entrañas virginales, purísimas, invioladas e intactas de la Santísima Virgen María, de tal modo que merezca ser incorporado al Cuerpo místico, la Iglesia, y ser contado entre sus miembros vivos. Oh Padre amantísimo, concédeme contemplar cara a cara en el Cielo a tu amado Hijo, al cual me dispongo ahora a recibir en mi corazón bajo el velo de la fe en esta vida mortal, por el ferviente deseo de mi alma, y que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén. 

 

Alma de Cristo, santifícame. 

Cuerpo de Cristo, sálvame. 

Sangre de Cristo, embriágame. 

Agua del costado de Cristo, lávame. 

Pasión de Cristo, confórtame. 

¡Oh, buen Jesús!, óyeme. 

Dentro de tus llagas, escóndeme. 

No permitas que me aparte de Ti. 

Del maligno enemigo, defiéndeme. 

En la hora de mi muerte, llámame. 

Y mándame ir a Ti. 

Para que con tus santos te alabe. 

Por los siglos de los siglos. 

Amén.