SERMONES DESDE EL POZO DE SICAR (3)

Dominica II in Quadragesima

 In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

Texto del sermón. (al final del mismo puede descargarlo en pdf.)

La santa Madre Iglesia nos propone para el Evangelio de hoy la narración de San Mateo sobre la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo ante Pedro, Santiago y Juan.

         Vemos que Jesús lleva a sus tres discípulos a un monte alto; y a ellos solos. En las Sagradas Escrituras comprobamos la existencia de varios montes, y cada uno significa una comprensión espiritual de Dios. Recordemos solo algunos; primero el Carmelo, en donde Dios hizo bajar fuego del cielo (1 Reyes 18:19 y 36/39); Fuego sin el cual no se puede prender la tierra; fuego que « se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo.» (Jr. 20,9) ; sin él la semilla de nuestra palabra apenas germinará en los corazones. Hagamos memoria del monte Sion; Dios los escogió como su santuario; es la morada de Cristo Jesús, sobre él está el Cordero (Ap. 14, 1-5); significa nuestro corazón, donde  Jesús quiere reinar. Digamos algo sobre el monte Moriah, donde nuestra fe y obediencia ha de ser puesta a prueba, como fue probado Abraham (Génesis 22: 1-2), porque es necesario para alcanzar algún día una herencia incorruptible « …si bien ahora por poco tiempo conviene que seáis afligidos con varias tentaciones,  para que vuestra fe probada de esta manera y mucho más acendrada que el oro (que se acrisola con el fuego) se halle digna de alabanza, de gloria y de honor en la venida manifiesta de Jesucristo para juzgaros» (1Pe 1, 6-7).

         Vengamos ahora a este monte de la Transfiguración. Comenta San Jerónimo. «Es de considerar que el Señor se negó a dar a los escribas y a los fariseos las señales que le pedían. Y a los apóstoles, para aumentar su fe, les da la señal: nada menos que la de hacer bajar a Elías del lugar donde estaba y la de sacar a Moisés de entre los muertos, que es lo que se había mandado a Achab por Isaías ( Is 7): “Que pidiese una señal en el cielo o en el infierno”». San Juan Crisóstomo comenta: « “Si quieres, hagamos aquí tres tiendas” etc.; pensó que si se hacían éstas no iría Jesús a Jerusalén y si no iba no moriría, pues sabía que allí le tenderían lazos los escribas. Pensaba además con la presencia de Elías, que hizo bajar fuego sobre la montaña ( 2Re 1) y con la de Moisés, que entró en una nube y habló a Dios (Ex 24; 33), que podrían ocultarse de manera que ningún pecador pudiese saber dónde estaban» (homiliae in Matthaeum, hom. 56,2).

         Con su transfiguración en el monte Tabor, Cristo trata de sacarles del desconcierto que los precedentes anuncios debieron causar en sus discípulos y confirmarlos en su fe. Necesitaban de su confirmación porque, aun habiéndole seguido luego de haber sido tratado como plebeyo: «Acaso no éste el hijo del carpintero» (Mt13,55; Mc 6,3); de ignorante: «¿Cómo es que éste sabe las letras si no ha estudiado?» (Jn 7,5); de bebedor, glotón y amigo de pecadores (Lc 7,34); de hechicero (Mt 9,34); de endemoniado (Jn 8, 48), etc., necesitaban ser fortalecidos para que no se escandalizasen de que iba a ser llamado blasfemo al afirmar que era el Hijo de Dios: «Ha blasfemado..es Reo de muerte» (Mt 26, 65-66), y tenido por criminal tan notorio que no necesitaban proceso para condenarlo (Jn 18,30).   La voz del Padre confirma que Jesús es el Mesías, su Hijo, cuya enseñanza ellos tienen que aceptar. San Remigio, comentando la sugerencia de Pedro, dice «Se equivocó además porque quiso establecer aquí en la tierra el reino de los elegidos, que prometió Dios dar en el cielo. Se equivocó también porque se olvidó de que tanto él como sus compañeros eran mortales y quiso subir, sin gustar la muerte, a la felicidad eterna».

         Pues bien, toda alma que aspira a la perfección ha de pasar por estos montes, comenzando su camino y  terminándolo en aquel del cual no hemos aún hablado: El Gólgota. Porque aquellos espíritus que quieren llegar a Dios a través de cosas dulces y sabrosas, consuelos, visiones, regalos del alma, dádivas, satisfacciones, elogios…, están pidiendo al Señor una tienda en mitad de su camino; se niegan así a culminar su peregrinaje espiritual, empezando en el primer monte,  el Gólgota, monte de la renuncia y muerte del yo. Este es el primero para todo aquel «a quien Dios hace el regalo de  conducir por la senda de este monte (Carmelo)» (Subida al Monte Carmelo, San Juan de la Cruz); Si no pasamos por él seremos tan terrenales y superficiales como antes, y no se produce provecho alguno en la vida espiritual. Para ganancia de nuestro espíritu es necesario, en palabras de San Juan de la Cruz:

         1º El alma se ha de despojar de todas las cosas del mundo que antes poseía, lo que significa una negación de sí mismo; entendiéndose correctamente esto, se ha de decir que, se trata, no tanto de las carencias de las cosas, sino de los afectos y apegos a las mismas; si por ejemplo, el alma renuncia al deseo de placer que encuentra en el sentido del oído u en los otros sentidos externos e internos, se quedará a oscuras y sin nada. En relación a esto, dice David: «Pauper sum ego, et in laboribus a iuventute mea- Soy pobre y me veo en sacrificios desde mi juventud-» (Sal 87, 16); dice que es pobre, pero era rico, y como, sin embargo, su voluntad no era esclava de la riqueza, era tanto como ser pobre; porque si hubiera sido pobre, pero su afecto estuviera puesto en la riqueza, sería tanto como ser rico. Mas no se trata sólo de subir al Gólgota los afectos a las cosas materiales, sino, también,  todo apego a las criaturas, porque todo lo creado comparado con Dios es nada.

         2º También ha de desnudarse nuestro entendimiento de su propia luz, para que la fe pueda conducirnos a la unión con Dios. Así no debemos asirnos a aquello de lo que entendemos, disfrutamos, sentimos o imaginamos, porque todo ello es tiniebla que nos hará equivocarnos; sino sólo debemos aferrarnos a la fe desnuda que está muy por encima de lo que entendemos, sentimos, e imaginamos. Es por esta razón que tantos católicos se deslizan con facilidad al error y hasta la herejía. Es necesario, pues, mortificar nuestro propio entendimiento, porque si el ciego no es totalmente ciego, no se dejará guiar bien por su lazarillo. Por tanto, el alma, dice San Juan de la Cruz « yendo más allá de todo lo que puede saber y entender espiritual y naturalmente, ha de desear con todo su corazón llegar a aquello que no puede saber en esta vida ni cabrá en su corazón, y dejando atrás todo lo que temporal y espiritualmente experimenta y siente, y puede experimentar y sentir en esta vida, ha de desear con todas sus fuerzas lo que está más allá de todo sentimiento y deleite» (Subida al Monte Carmelo, Libro II, cap. IV).

         3º Y así, también, hemos de llevar al Gólgota los objetos de la memoria, y de la voluntad. Mas explicar esto haría muy largo este modesto sermón, y Dios mediante, tendremos ocasión de hablar de ello.

         Pues bien, concluyamos diciendo que si ya poseemos el fuego del monte Carmelo, aun hemos de ser probados en la fe del monte Moriah, para ser llevados, al fin de este breve día, que es nuestra vida en la tierra, al Gólgota, desde donde Cristo nos transfigurará, porque Dios nos ha destinado a la eterna comunión con Él, que San Juan llama la “vida eterna”, Así, Jesús comunicó la promesa del Padre a los suyos: «bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,21); gozo de aquel día sin fin en el que debemos poner en cada momento nuestros ojos, si queremos no tropezar en el apego a las criaturas, aunque sólo sea con las más sutiles.

Ave María purísima. Sin pecado concebida.