HONORIO I: UN PAPA BRILLANTE POR SU DOCTRINA QUE HIZO ERUDITO AL CLERO

La ortodoxia de Honorio probada por los testimonios de sus contemporáneos

y por sus propios escritos

Los Lefebrvianos, siguiendo al hereje Le Floch, profesor de Lefebvre, iluminados por el anti infalibista Jacques Bossuet, que por servilismo hacia el rey galicano Luis XIV, revivió la falsedad, ya condenada por la Iglesia, de que el Papa Honorio I habría sido condenado por un Concilio Ecuménico, son los más entusiastas difundadores de la calumnia contra el Papa Honorio I. Nada más lejos de la verdad, ya que esta infamia que sale de sus bocas y plumas guiadas por el diablo es manifiestamente contraria a la veracidad de los hechos, e interesada para justificar su posición herética y sus capillas cismáticas, pesebres de donde comen. Veamos la verdad, tal cual ocurrió, y como los herejes de todos los tiempos urdieron esa falsa creencia para justificar su desobediencia al dulce Vicario de Cristo en la tierra, en palabras de Santa Catalina de Siena.

La biografía oficial de Honorio, insertada en el Liber pontificalis, alaba a este Papa por sus numerosas buenas obras, y notablemente por haber hecho erudito al clero (Multa bona fecit. Hic erudivit clerum, in: Liber pontificalis, edición anotada por Louis Duchesne y los alumnos de la Escuela de Roma, París 1955, 1. J, p. 323). Jonas de Bobbio, que había visto al Papa en Roma, hizo de él un retrato muy ventajoso: “Venerable, sagaz, de buen consejo, dulce, humilde. Brillante por su doctrina (doctrina clarens)” (Bobbio: Vie de saint Bertulfe, cap. 6). Este elogio concuerda bien con el epitafio de Honorio: “Su nombre es grande en honor, es sagaz, grande en mérito, de una potencia divina en canto sagrado, poderoso por su doctrina (doctrina potens)” (In: Liber pontificalis, nota explicativa 19).

Tuvo un santo celo por la doctrina, puesto que reprocha a los obispos españoles su tibieza en materia de fe. El obispo de Zaragoza, Braulio, hablando en nombre de los obispos reunidos en el cuarto concilio de Toledo (638), intenta justificarse, y después concluye con un cumplido: “Las dos partes del universo, a saber el Oriente y el Occidente, advertidas por tu voz, comprendieron que la ayuda residía en tu divina presidencia y que era necesario unirse para demoler la perfidia de los malvados” (Braulio de Zaragoza: Epistolario, 129, in: Georg Kreuzer: Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit (colección “Papste und Papsttum”, t. VIII), tesis de doctorado, Stuttgart 1975, p. 19). Según el universitario especialista Kreuzer, Braulio hizo allí una alusión a la lucha valiente de Honorio contra el monotelismo.

La herejía “monotelita” pretende que Nuestro Señor no tendría más que “una voluntad”, mientras que en verdad, tiene dos: la divina y la humana. Pero en la época de Honorio, la iglesia no tenía todavía zanjada esta cuestión, y los teólogos disputaban a este respecto. Además, los teólogos disputaban todavía sobre una segunda cuestión:

¿Cristo tiene una o dos voluntades humanas? Luego, tres opiniones:

  • Cristo tiene una voluntad divina más una voluntad humana buena, lo que es teológicamente
  • Cristo tiene solamente una voluntad, o sea, la herejía
  • Cristo tiene una voluntad humana buena (espíritu) más una voluntad humana viciosa (carne), proposición que es teológicamente herética.

Situación enredada, de donde el peligro de quid pro quo, lo que ocurre efectivamente. Pues el obispo Sergio de Constantinopla interroga al Papa Honorio I sobre la opinión c). El Papa dijo que la opinión c) era falsa y adhirió a la opinión a). Además, ordenó a todos abstenerse de disputar sobre la cuestión. Ahora bien, los monotelitas pretendieron enseguida que el Papa habría aprobado la opinión b). De donde la fábula de “Honorio monotelita”.

En lugar de atacar la herejía por medio del anatema y excomunión, Honorio ordenó simplemente a los teólogos abstenerse de disputar sobre la cuestión. En su letra scripta fraternitatis (634) dirigida al obispo Sergio de Constantinopla, el Papa Honorio I demanda guardar silencio, evitar las disputas vanas, caras a los sofistas: “Que Jesucristo sea el mismo que opera las cosas divinas y las cosas humanas, las Escrituras lo muestran claramente. Pero saber si, a causa de las obras de la divinidad y de la humanidad, se debe decir o entender una operación o dos, es lo que no nos debe importar, y lo dejamos a los gramáticos, que tienen costumbre de vender a los niños las palabras que ellos han inventado (Jesucristo tiene dos naturalezas). Nosotros debemos rechazar esas palabras nuevas que escandalizan a las Iglesias, de miedo que los simples, chocados de los términos de dos operaciones, nos crean nestorianos, o que nos crean eutiquianos, si no reconocemos en Jesucristo más que una sola operación. Para no avivar el fuego de las disputas apenas adormecidas, confesamos con simplicidad que el mismo Jesucristo opera en la naturaleza divina y en la naturaleza humana. Es mejor dejar gritar contra nosotros a los vanos espulgadores de las naturalezas, los ampulosos filósofos con voz de ranas, que dejar en ayunas al pobre pueblo. Nos exhortamos, en consecuencia, a evitar la expresión nueva de una o de dos operaciones, y de predicar con nosotros, en la fe ortodoxa y en la unidad católica, un solo Jesucristo operando en las dos naturalezas y lo que es de la divinidad y lo que es de la humanidad” (In: Rohrbacher, t. IV, p. 390).

El Papa imponía entonces el silencio sobre la cuestión de las voluntades de Cristo. Esta actitud, guiada por la preocupación de evitar vanas disputas, no es en el fondo mala en sí misma. Siglos después, los franciscanos y los dominicos disputaban entre ellos por saber si las gotas de sangre perdidas por Jesús durante su camino de cruz permanecían, sí o no, en unión hipostática con Nuestro Señor. El Papa reinante no zanja la cuestión, pero prohíbe a los teólogos librarse a este género de especulaciones ociosas (Pío II: bula Ineffabilis, agosto 1 de 1464). Igualmente, el quinto concilio de Letrán (II sesión, enero 14 de 1516) impone el silencio, prohibiendo a cualquiera pretender determinar la fecha del fin del mundo.

Se propone ahora la cuestión: ¿Honorio era caído en la herejía? La respuesta es no. ¿Cuál era la cuestión en los debates teológicos?

Desde el pecado original, los hombres tienen dos voluntades humanas contradictorias, la del espíritu y la de la carne. Nuestro Señor, que ha tomado nuestra naturaleza salvo el pecado, ha tomado solamente la voluntad humana no viciada por el pecado original (ha tomado la del espíritu mas no la de la carne). Además, siendo Dios, Nuestro Señor tiene igualmente una voluntad divina. Tiene luego dos voluntades, una humana, otra divina.

Los monotelitas sostenían equivocadamente que Nuestro Señor no tenía más que una sola voluntad (negación de las dos voluntades divina y humana).

El obispo de Constantinopla, Sergio, escribió a Honorio, demandando que algunos afirmaban que había en Nuestro Señor dos voluntades contrarias. Enseñando largamente y en detalle que Cristo tomó una voluntad humana y no dos, Honorio afirma brevemente, solamente de pasada, pues el objeto de la demanda de Sergio era las dos voluntades humanas opuestas, que Cristo tiene también una voluntad divina.

Así pues, la enseñanza del Papa Honorio I era irreprochable: creía y enseñaba que Cristo no tenía dos voluntades humanas contrarias, sino una sola, y que había, además, una voluntad divina.

Primeras supercherías (640-649) contra Honorio, desenmascaradas por los contemporáneos del Papa difunto

Honorio respondió entonces que en Nuestro Señor no había dos voluntades humanas opuestas (espíritu y carne). ¡Por un quid pro quo, algunas personas pretendieron entonces que el Papa habría negado la existencia de dos voluntades humana y divina!

Tres años después del deceso de Honorio, su secretario, conociendo el abuso que algunos monotelitas comenzaban a hacer en Oriente de la correspondencia de su antiguo maestro, escribió al emperador Constantino: “Cuando hablamos de una sola voluntad en el Señor, no teníamos en vista su doble naturaleza, sino solamente su humanidad. Habiendo sostenido Sergio, en efecto, que había en Jesucristo dos voluntades contrarias, nosotros dijimos que no se podía reconocer en Él esas dos voluntades, a saber la de la carne y la del espíritu, como nosotros mismos las tenemos desde el pecado” (In: Monseñor de Ségur: El soberano Pontífice in: Oeuvres complètes, París 1874, t. III, p. 269).

El Papa Juan IV, segundo sucesor de Honorio, atestigua la misma cosa en una epístola tanto más destacable como que la había dictado al mismo padre que había sido secretario de Honorio. Juan IV se lamentaba igualmente de un quid pro quo. “Mi predecesor susodicho decía pues, en su enseñanza sobre el misterio de la encarnación de Cristo, que no ha existido en él, como en nosotros pecadores, dos voluntades contrarias, del espíritu y de la carne. Lo que algunos han trastornado en su propia concepción, y han pensado que él habría enseñado una sola voluntad de su divinidad y de su humanidad, lo que es totalmente contrario a la verdad” (Juan IV: carta Dominus qui dixit al emperador Constantino III, primavera de 641).

Un santo canonizado, el abad Máximo el Confesor, defendió vigorosamente la memoria del Papa contra la tentativa de recuperación de los monotelitas. “Se debe reír, o por mejor decir, se debe llorar a la vista de estos desgraciados (obispos Sergio y Pirro) que osan citar pretendidas decisiones favorables al impío Ekthesis (libelo monotelita de Sergio, aprobado por el emperador en 638), intentar ubicar en sus filas al gran Honorio, y adornarse a los ojos del mundo con la autoridad de un hombre eminente en la causa de la religión. ¿Quién pues ha podido inspirar tanta audacia a estos falsarios? ¡Qué hombre piadoso y ortodoxo, qué obispo, qué Iglesia no los ha conjurado a abandonar la herejía! ¡Pero sobre todo qué no ha hecho el divino Honorio!” (In: Ségur, p. 269).

Este célebre santo, que sería más tarde martirizado por los monotelitas, analiza los escritos de Honorio y llega a la conclusión de que el Papa había reconocido en Cristo dos voluntades, la voluntad divina y la voluntad humana no corrompida. Añade que la tentativa de recuperación fraudulenta del nombre de Honorio para la causa monotelita, hecha por los herejes griegos, había provocado la indignación del clero de Roma. “El excelente abad Anastasio, al regreso de Roma, nos ha referido que había hablado a los padres más considerados de todas las grandes iglesias de la cuestión de la carta escrita por ellos a Sergio y que les había preguntado: “¿Cómo debía comprenderse la expresión: una voluntad en Cristo, contenida en esta carta?” Anastasio encuentra que esta cuestión les afligía y que estaban prestos a defender a Honorio. Anastasio habla también al abad Juan Simponio, que había, por orden de Honorio, redactado esta carta en latín. La opinión de este cura fue: “Quod nullo modo mentionem in ea per numerum fecerit unios omnimodae voluntatis”, es decir que en su carta Honorio no había sostenido jamás que no se debía contar más que una sola voluntad en Cristo, y esta opinión le había sido atribuida por aquéllos que habían traducido la carta al griego. No se debía negar en Cristo la voluntad humana en general, sino solamente la existencia de la voluntad corrompida por el pecado” (San Máximo: Tomus dirigido al padre Marinos, 640/641, in: Charles Joseph Hefele: Histoire des conciles d’après les documents originaux, París 1909, 1. III. p. 382).

Georg Kreuzer (Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit, Papste und Papsttum, t. VIII, tesis de doctorado, Stuttgart 1975) ha editado un texto griego de la carta de Honorio. Precisa que este texto tiene no menos de cuarenta variantes con referencia a otras versiones griegas de este mismo texto.

Contraste impactante entre el original latino diotelita y traducción griega monotelita: la palabra latina “discrete” (de manera distinta) es traducida por el término griego que significa exactamente lo contrario: αδταιρετωζ (sin distinción). Honorio escribió: Cristo “ha operado lo que es humano por la carne asumida de manera inefable y única y completada por la divinidad de manera distinta”. El falsificador griego traduce: Cristo “ha operado lo que es humano por la carne asumida de manera inefable y única y completada por la divinidad sin distinción” (original latino, copia griega infiel y traducción francesa de estos dos textos en Heinrich Denzinger: Symboles et définitions de la foi catholique, París 1996, p. 176). ¿Quién es más creíble: el secretario del Papa que ha escrito el original en latín en Roma, o los copistas de Constantinopla que han traducido mal la carta al griego?

San Máximo puso por escrito un diálogo que tuvo en 645 en Cartago con el monotelita Pirro, que había sucedido al obispo de Constantinopla Sergio, pero que había sido depuesto por el crimen de herejía y exiliado en África. Tras el diálogo con San Máximo, Pirro abjura de sus errores, pero recae más tarde, lo que le valió un anatema por parte del Papa. Este diálogo es muy instructivo, porque muestra cómo los monotelitas maniobraron fraudulentamente para ampararse en la autoridad de Honorio, que estaría, decían, de su parte.

Pirro: “Qué tienes tú que contestar sobre Honorio, pues ha enseñado claramente a mi predecesor que no había más que una sola voluntad en Cristo”.

Máximo: “¿A quién se debe preguntar el sentido de las proposiciones de Honorio, al que ha redactado la carta o bien a los de Constantinopla, que refieren los hechos desnaturalizándolos según los deseos de sus corazones?”

Pirro: “Evidentemente al que la ha redactado”.

Máximo: “Ése vive todavía y ha ilustrado a Occidente con sus virtudes y también con sus definiciones en materia de fe, conformes a la piedad (el antiguo secretario de Honorio había sido elegido Papa bajo el nombre de Teodoro I (642 – 649) al momento (645) en que Máximo escribía su diálogo con Pirro). Ahora bien, he aquí lo que escribía al difunto emperador Constantino: “Nos hemos afirmado que hay una sola voluntad en el Señor, no la de la divinidad y de la humanidad, sino únicamente la de la humanidad; pues habiéndonos escrito Sergio que algunos afirmaban dos voluntades opuestas en Cristo, nos hemos respondido que Cristo no tenía dos voluntades opuestas, carne y espíritu, sino una sola voluntad que caracteriza naturalmente su humanidad. La prueba es que él ha hecho mención de miembros y de carne, cosas que no es lícito de referir a la divinidad”. ¿Pero por qué Honorio no ha hablado de la divinidad? Porque se ha limitado a responder a la demanda de Sergio y además Nos nos atenemos a la costumbre de la Escritura, que habla tanto de la divinidad sola, como de la humanidad sola. En el mismo sentido de evitar la división de la persona de Cristo, Honorio evita hablar de una o de dos operaciones, pero afirma que Cristo actúa de muchas maneras” (San Máximo: Diálogo con Pirro).

Juan IV (640 – 642) tuvo un sínodo romano en 640. Allí condena del monotelismo, pero mantiene silencio sobre Honorio.

Poco tiempo después del deceso de Honorio, las Iglesias de África y las Iglesias de Oriente afirmaron la infalibilidad pontificia en dos cartas al Papa San Teodoro I, tercer sucesor de Honorio (In: Dom Prosper Guéranger: La monarchie pontificale, París y Le Mans 1869, p. 172 – 175). Entonces Honorio no podía haber errado.

Por petición de los obispos africanos, San Teodoro I publica una carta sinodal, demandando a Pablo, obispo de Constantinopla, sucesor de Pirro que había sido depuesto una segunda vez, abandonar la doctrina monotelita. Pablo respondió que no reconocía más que una sola voluntad (monotelismo) y tuvo el atrevimiento de invocar la autoridad de Honorio a favor de su herejía. San Teodoro I evidentemente no da ningún crédito a esta nueva tentativa de enrolamiento del Papa difunto en la causa del monotelismo. Anatematiza a Pablo, pero no a Honorio. Este hecho es referido por el Papa Martín I (649 – 653) durante el concilio de Letrán (In: Jean Dominique Mansi: Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collectio, Florencia 1764 – 1765, reedición París 1901, reedición Graz 1960, t. X, p. 878) y por el autor de la Vita Theodori (In: Liber pontificalis).

El concilio de Letrán habido en Roma en 649, reunió 105 obispos en su mayoría italianos, pero también griegos. Allí fue mencionado el nombre de Honorio. Durante el concilio, en efecto, el Papa Martín I hizo leer una carta del obispo monotelita Pablo de Constantinopla al Papa San Teodoro I. En esta carta, Pablo pretendía apoyarse sobre Sergio de Constantinopla y Honorio de Roma. En efecto, Pablo escribía: “Pero todos los piadosos doctores y predicadores han retenido en su espíritu de esta manera una voluntad (herejía monotelita, una sola voluntad en Cristo). De esto tenemos testimonios: con este hecho están de acuerdo Sergio y Honorio de pía memoria, que decoran la Sede sacerdotal suprema, uno de la nueva Roma (Constantinopla), el otro la de la antigua Roma; así pues tenemos esto (la doctrina monotelita) de ellos” (In Mansi: Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collection, T. X, col. 1026). Esta carta señalaba claramente a Honorio como monotelita. Ahora bien, el concilio anatematizó a Pablo y Sergio, pero no a Honorio, lo que indica que los padres de Letrán tenían por absolutamente infundada la ecuación de Honorio monotelita. Durante la quinta sesión el 31 de octubre de 649, canon 18, se anatematiza a los jefes de la secta monotelita: Teodoro de Farán, Ciro de Alejandría, Sergio de Constantinopla y sus sucesores Pirro y Pablo, pero en absoluto Honorio I.

Nadie soñaba con condenar a este Papa de santa memoria, todo lo contrario. Durante este mismo concilio de Letrán, el obispo Esteban de Dor hizo un testimonio de la más alta importancia. San Sofronio, obispo fallecido en 638, adversario principal del monotelita Sergio, mientras vivía el Papa, había sido puesto al corriente de la carta de Honorio que exigía a Sergio guardar silencio. Como Sergio continuaba soltando sus herejías, San Sofronio dijo entonces a Esteban que fuera de Jerusalén a Roma para informar al Papa. “Marcha desde la salida del sol hasta el anochecer, hasta que arribes a la Sede Apostólica, donde se encuentra el fundamento de la doctrina ortodoxa, y no ceses de develar a los hombres santos que se encuentran allá abajo las maquinaciones de los herejes, hasta que la nueva herejía sea completamente aniquilada” (In: Gerhard Schneemann: Studien über die Honorius-Frage, Friburgo 1864, p. 20). Este testimonio constituye una prueba formal de la ortodoxia de Honorio y del clero romano.

El sínodo reunido en Roma por el Papa santo Agatón no condena a Honorio. San Agatón tuvo aun la prudencia de redactar expresamente dos cartas para suprimir toda posibilidad de acusación contra el Papa difunto. “Se cree con razón que el Papa Agatón ha hecho esta declaración para quitar toda sospecha de error de parte de Honorio” (San Alfonso: Dissertation sur l’autorité du pape, artículo 1, §3, in: Oeuvres complètes, 1887, reeditado en Bélgica en 1975, t. IX, p. 330). Sabiendo que se iba a realizar un concilio ecuménico en Constantinopla, y que los monotelitas de esta ciudad habían intentado ya en dos oportunidades servirse del nombre de Honorio (cf.supra), el Papa estableció una suerte de “certificado de ortodoxia” para todos los Papas que habían reinado hasta él. La autenticidad de estas dos cartas no es discutida por ningún historiador, mientras que muchos historiadores sostienen que las actas del sexto concilio ecuménico de Constantinopla están interpoladas. En la duda, es necesario atenerse a estas dos cartas de Agatón, cuya autenticidad fue verificada y certificada por los mismos participantes del concilio.

La autenticidad de la carta de Agatón al emperador fue certificada durante la cuarta sesión; su contenido fue aprobado por los obispos durante la decimoctava sesión. Esta carta fue “escrita por Dios, y por Agatón Pedro ha hablado”. Es entonces esta carta la que debe servir como guía.

El Papa exhorta al emperador a guardar la fe “definida por los santos y apostólicos predecesores y los cinco concilios ecuménicos”. Esta fe, nosotros la “recibimos por la tradición de los Apóstoles y de los Pontífices apostólicos”, es decir, por los Papas. Enseguida, Agatón expone la sana doctrina (refutación del monotelismo) y agrega: “He aquí la profesión verdadera e inmaculada de la religión cristiana, que no es inventada por la malicia humana, sino que el Espíritu Santo enseña por la boca de los Pontífices Romanos”, uno de ellos Honorio. Agatón, sabiendo que Teodoro y Macario, y antes que ellos Pirro y Pablo, habían invocado el nombre de Honorio a favor de la causa monotelita, tomó la delantera y declara inocente por anticipación al Papa Honorio:

“Bajo la presidencia de San Pedro, esta Iglesia Apostólica que es la suya jamás se ha alejado de la vía de verdad, para entrar en cualquier partido de error. Desde siempre, la Iglesia Católica de Cristo toda entera y los sínodos universales han abrazado fielmente su autoridad y la han seguido en todas las cosas, como siendo la del príncipe de todos los Apóstoles. Todos los padres venerables se han conformado a esta doctrina apostólica. Es esta la doctrina que han venerado los santos doctores ortodoxos, y que los herejes han perseguido con sus acusaciones y rechazado con todo su odio. Por la gracia de Dios Todopoderoso, no se podrá jamás demostrar que esta Iglesia haya desviado del sendero de la tradición apostólica, ni que haya sucumbido, corrompiéndose, ante las novedades heréticas, sino que gracias al príncipe de los Apóstoles, ella permanece inmaculada, según la divina promesa del Señor (sigue la cita de Lucas XXII, 32)”. Cristo “prometió que la fe de Pedro no desfallecería en absoluto; lo exhorta a confirmar a sus hermanos, lo que los pontífices apostólicos, mis predecesores, hicieron siempre intrépidamente”. Mis predecesores “no descuidaron jamás exhortar a los herejes, y de advertirlos con súplicas que abandonasen los errores dogmáticos de la herejía, o, al menos, que se callaran”, y no creasen así un cisma enseñando una voluntad y una operación de Nuestro Señor Jesucristo.

Agatón hizo allí una alusión clara a Honorio, que había demandado a Sergio que se callara. Después prosigue: “Desgraciado de mí si descuidara predicar la verdad que éstos, mis predecesores, entre los cuales Honorio, predicaron sinceramente. Desgraciado de mí, si yo sepultara la verdad por mi silencio” (Agatón: carta Consideranti mihi al emperador, 27 de marzo de 680, in: Mansi, t. XI, col. 234 ss.). Como se ve, no se puede reprochar a Honorio de haber guardado silencio, pues Agatón dice que todos sus predecesores sin excepción predicaron la verdad y reprendieron a los herejes. ¿Se vio jamás mejor certificado de buena conducta? Advertencia: este certificado de buena conducta fue puesto por las nubes por los padres del concilio: “Por Agatón Pedro ha hablado”. En consecuencia, ¿cómo habrían podido condenar un Papa por el crimen de herejía?

La falsificación de las actas del sexto concilio ecuménico (680-681)

Sin embargo, consultando ciertas obras históricas, se lee que Honorio habría sido anatematizado por el sexto concilio ecuménico. ¿Cómo explicar esta contradicción entre los elogios del Papa Agatón y las actas del concilio? Es que las actas del Concilio fueron falsificadas por los griegos.

Los griegos falsificaron a menudo las actas de los concilios. “Agregar o quitar a las actas de los concilios son empresas ordinarias para los griegos”, decía Anastasio el bibliotecario (In: Ségur, p. 271). Anastasio el bibliotecario (800-879) vivió en Roma. Era archivista de los Papas y traductor célebre por su conocimiento del griego.

San Roberto Belarmino escribió: “Si pues los griegos corrompieron el III, IV, V y VII sínodo, ¿es extraordinario que hayan corrompido igualmente el VI?” (De romano pontifice, libro IV, cap. 11).

Los griegos eran mal vistos por Roma a causa de sus fraudes múltiples. Los Papas se quejaban bastante a menudo. El Papa San Nicolás I da una autorización basada sobre un documento que había recibido de Grecia, pero precisa: “visto que este documento no sea falsificado según la costumbre de los griegos (non falsata more Graecorom)” (carta al emperador Michel). El Papa San León I el Grande (carta Puritatem fidei, marzo 10 de 454) se lamenta, porque algunos habían falsificado su carta a Flaviano. Después de haber cambiado algunos verbos y sílabas, los falsificadores sostenían que el Papa León habría caído en la herejía de Nestorio. Una desventura similar habría de llegarle al Papa Honorio. Pues desde las primeras sesiones del sexto concilio, se descubrió la presencia de falsarios entre los participantes.

Desde el comienzo de la primera sesión, los legados pontificios declararon que desde hacía 46 años, el monotelismo era enseñado por los obispos de Constantinopla Sergio, Pablo, Pirro y Pedro, así como por Ciro patriarca de Alejandría y Teodoro obispo de Farán. Ninguna mención de Honorio. A pesar de los esfuerzos de la Sede Apostólica, ellos permanecían aferrados al error con pertinacia.

El Patriarca de Antioquía, Macario, replica que los monotelitas tenían su doctrina de los concilios, de los padres de la Iglesia “y además también de Honorio, que fue Papa de la antigua Roma” (In: Mansi, t. XI, col. 213). El concilio examina entonces las piezas producidas por Macario. Se lee un pasaje del concilio de Éfeso, que contenía una cita de San Cirilo de Alejandría. Esta cita no era monotelita (como lo pretendía Macario), sino diotelita. Durante la tercera sesión, se leyeron las actas del quinto concilio ecuménico: una carta del obispo de Constantinopla Menas, que contenía la fórmula “una voluntas”, pareció sospechosa a los legados. Se compara el texto producido por Macario con los originales de los archivos imperiales, y se comprueba entonces que Macario había añadido la carta de Menas en las actas del quinto concilio. Durante la séptima sesión, se descubrió que Macario había fabricado igualmente otra falsificación, a saber una carta del Papa Vigilio que definía (él decía) “una operación” de Cristo. En la novena sesión, se comparan las citas patrísticas producidas por Macario con los ejemplares auténticos guardados por el patriarcado y se prueba que Macario había falsificado los escritos de los Padres. El obispo de Antioquía se obstina y se aferra a sus (pretendidas) autoridades (Concilios, Padres, Honorio). Fue entonces anatematizado y depuesto por crimen de falsificación de escritos.

En la oncena sesión, se leyó un escrito anterior de Macario, según el cual Honorio habría ya sido condenado en razón de su monotelismo. Esto era una mentira tan evidente que no fue tomado en serio por nadie.

Hay todo el derecho de creer que el conjunto de las actas del sexto concilio haya sido alterada por un falsificador. He aquí algunas pruebas.

  • La carta de Agatón. En su carta al emperador, leída en la cuarta sesión, el Papa San Agatón había condenado por sus nombres a siete herejes monotelitas (In: Mansi, t. XI, col. 274-275). Durante la decimotercera sesión, los padres del concilio escribieron (pretendidamente) al Papa Agatón: “Nos hemos excluido del rebaño del Señor a aquellos que han errado en la fe, o, para hablar con David, los hemos muerto con anatemas, según la sentencia pronunciada anteriormente en tus santas cartas contra Teodoro de Farán, Sergio, Honorio, Ciro, Pablo, Pirro y Pedro” (In: Mansi, t. XI, col. 683). Los padres del concilio, o mejor, el copista que falsifica la declaración de los Padres, son aquí tomados en flagrante delito de mentira: han reemplazado el nombre de uno de los condenados por el de Honorio. Comparemos las dos
  • Lista auténtica, leída en la cuarta sesión, del Papa San Agatón: “1. Teodosio el hereje de Alejandría, 2. Ciro de Alejandría, 3. Teodoro obispo de Farán, 4. Sergio de Constantinopla, 5. Pirro, Patriarca de Constantinopla, 6. Pablo también, su sucesor, 7. Pedro, su sucesor”.
  • Falsa lista de la pretendida decimotercera sesión cuyo autor es el copista falsificador: “1. Honorio, 2. Ciro, Teodoro, obispo de Farán, 4. Sergio, 5. Pirro, 6. Pablo, 7. Pedro”.
  • El nombre del hereje Teodosio de Alejandría es borrado y reemplazado por el de Honorio. Esto constituye una prueba indubitable de que las actas del concilio fueron
  • La actitud del Emperador. En la carta imperial que confirma el concilio, el Emperador retoma el anatema que castigaba a los herejes monotelitas siguientes: “Designamos como tales herejes a Teodoro antiguo obispo de Farán, Sergio antiguo obispo de esta villa imperial (Constantinopla) protegida por Dios. Con ellos era de la misma opinión y de la misma impiedad Honorio, antiguamente Papa de la antigua Roma, que era hereje como ellos, estaba de acuerdo con ellos y afirmaba la herejía; y Ciro obispo de Alejandría, y similarmente Pirro, Pedro y Pablo” (In: Mansi, 1. XI, col 710-711).
  • Ahora bien, muy curiosamente, este mismo emperador, en dos cartas dirigidas al Papa León II para informarle de los resultados del concilio, no hizo ninguna mención de la condenación de Honorio, como lo señala un historiador perspicaz. “Otra prueba de que las actas han sido falsificadas y que el texto original no llevaba en absoluto la condenación ni el nombre de Honorio, es que el emperador no dudaba de Se habría cuidado mucho de mantenerlo en secreto; por eso escribió a San León II, sucesor de San Agatón, y al concilio romano según las verdaderas actas de las sesiones, en las cuales siempre había participado. Igualmente, no hay una sola palabra sobre Honorio en estas dos cartas”, (Édouard Dumont: Pruebas de la falsificación de las actas del VI Concilio contra Honorio in Annales de Philosophie chrétienne, París 1853, p. 417). Si verdaderamente el concilio hubiera anatematizado a un Papa, el Emperador no habría dejado de señalar un acontecimiento tan sensacional a León II. Pero no hizo nada. Su silencio prueba que no hubo condenación de Honorio.
  • Hay gato encerrado. Intrigados por la reflexión de Édouard Dumont, investigamos estas dos cartas del emperador a León II.
  • Extracto de la primera carta: La ley antigua es salida del Monte Sion; la cumbre de la perfección doctrinal se encuentra sobre el Monte Apostólico en Roma” (In Mansi, t. XI, col. 715). En términos muy poéticos, el emperador hace allí un magnífico cumplido al
  • “Gloria a Dios, que ha hecho cosas gloriosas y ha conservado la fe íntegra entre nosotros. De ninguna manera podría llegar, y Dios ha predicho que esto no ocurriría jamás, que las puertas del infierno (es decir los embustes de la herejía) puedan prevalecer contra esta piedra sobre la cual ha fundado la Iglesia” (In: Mansi, t. XI, col. 718). El emperador manifiesta así en forma que no puede ser más explícita que jamás una herejía podrá prevalecer contra un
  • Extracto de la segunda carta, dirigida al sínodo romano: “Estamos impresionados de admiración por la relación de Agatón que es la voz misma de Pedro” (In: Mansi, t. XI, col. 722). Ahora bien, Agatón, es necesario recordarlo, había afirmado no menos de cuatro veces en su carta al Emperador que ningún Papa había
  • Notable contraste: por una parte, el Emperador alaba al Papado (“cumbre de la perfección doctrinal”, “piedra” inaccesible a la herejía); ¿por la otra habría anatematizado a un Papa “hereje” tanto como los monotelitas, “de acuerdo con ellos” y que habría “afirmado la herejía”? ¿No es una buena prueba suplementaria de que las actas del concilio fueron adulteradas?
  • La biografía de Agatón es una fuente de informaciones independiente de las actas falsificadas del concilio. Según esta biografía, los padres, los legados y el Emperador quitaron de los dípticos de la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla los nombres de “Ciro, Sergio, Pirro, Pablo y Pedro”, en razón de su herejía (Liber pontificalis, vida de Agatón, II, p. 354). Se habrá advertido: ninguna mención de Honorio.
  • Una carta ficticia de Honorio. Durante la decimotercera sesión, se leyeron dos cartas de Honorio a Sergio, lo que es una impostura. Pues Honorio había escrito solamente una carta, no dos. Da fe de esto el testimonio del secretario del Papa difunto, que habla de una respuesta a Sergio. La segunda carta es redactada por “Sericus”, mientras que el secretario de Honorio se llamaba “Juan”. Resumen de una tesis de doctorado especializado: “El testimonio de los escritores contemporáneos nos permite pues mirar a la segunda carta como enteramente imaginada y a la primera como falsificada” (Padre Benjamin Marcellin Constant: Étude historique sur les lettres d’Honorius (tesis de doctorado defendida en Lyon), París 1877, p. 57). La primera carta (Scripta fraternitatis, 634), ha sido mal traducida al griego (cf. supra nuestra muestra latín-griego-francés); la segunda carta (Scripta dilectissimi, 634) es inauténtica (Cf. también el artículo de Silva Tarouca en Gregorianum, n. 12, 1931, p. 44-46).
  • El extraño silencio de los legados y del Papa Agatón. Honorio fue (supuestamente) acusado en la duodécima sesión, y luego anatematizado a partir de la decimotercera sesión. “Hasta la duodécima sesión del sexto concilio ecuménico, los legados pontificios habían tomado la palabra frecuentemente. Su comportamiento parece entonces muy extraño después de la duodécima sesión. Cuando fueron leídas las dos cartas de Honorio, no se les oyó una sola palabra para defenderlo. Aceptaron en silencio la condena de Honorio I y confirmaron sin contradicción el anatema pronunciado en su contra” (Kreuzer, 97-100).
  • En el Liber pontificalis se encuentran las biografías oficiales de los Papas. Ahora bien, en la biografía de Agatón no se hace ninguna mención de la condena de Honorio. Erich Caspar (Geschichte des Papsttums, Tubinga 1930-1933, t. II, p. 609) intenta explicar la ausencia de la condena de Honorio I en la Vita Agathonis pretendiendo que los legados pontificios habrían cesado, a partir de marzo/abril de 681, de enviar reportes a Roma en razón del “mal aspecto” tomado por el concilio. Pero esta hipótesis es desmentida por el contenido de la Vita misma, que habla todavía de asuntos que pueden haber tenido lugar solamente después del 26 de abril (momento de la decimoquinta sesión). (Cf. Duchesne: Liber pontificalis, I. p. 356, nota explicativa 13).
  • Reflexionemos un poco: si Agatón hubiera realmente recibido una noticia tan sensacional, inaudita en la historia de la Iglesia y en contradicción flagrante con la carta que acababa de escribir para certificar la ortodoxia de los Papas, ciertamente habría reaccionado. Pero en la Vita Agathonis no figura ninguna mención de la condena de Honorio, lo que indica que ella es puramente ficticia. Igualmente, los legados, si realmente se hubiera intentado anatematizar a Honorio, seguramente habrían hecho sus comentarios. Su mutismo repentino y anormal indica que un copista inserta el anatema contra Honorio, pero se olvida de inventar igualmente algunos discursos de los legados, que habrían vuelto plausible la cosa. “Pero suponed que el nombre de Honorio no haya sido en absoluto mezclado en todo esto, el silencio de los legados se concibe muy fácilmente. Evidentemente no habrían tenido nada que decir en este caso” (Dumont: “El sexto concilio y el Papa Honorio”, in: Annales de philosophie chrétienne, París 1853, p. 58).
  • Cartas falsas de León II. Agatón falleció el 10 de enero de 681 y fue reemplazado hacia fin de año por León II (681-683). El obispo de Constantinopla, Teodoro, fabrica entonces dos cartas ficticias del Papa León II, que habría (supuestamente) confirmado el anatema contra Honorio (numerosas pruebas de la falsificación en Dumont, p. 418-419 y en Caesar Baronius: Annales Ecclesiastici, Anvers. 1600, anno 683). Teodoro acredita así entre los griegos la fábula del anatema contra Honorio. Esta fábula llega a los oídos de Roma. Dos siglos después, Roma venga solemnemente la memoria ultrajada de

Fraudes de los griegos contra Honorio definitivamente condenados por la Iglesia

El concilio de Roma: Durante el concilio de Roma del año 869, el Papa Adriano II hizo una alocución y declara: “Leemos que el Pontífice Romano ha juzgado a los prelados de todas las Iglesias; pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos” (citado por León XIII: encíclica Satis cognitum, junio 29 de 1896). Y sin embargo, los griegos afirmaban que Honorio había sido juzgado. ¿Cómo explicar esta divergencia entre la afirmación del Papa Adriano II y la de los griegos?

Es Anastasio el Bibliotecario quien va a dar la respuesta. Escribía al Papa Juan VIII que las actas del séptimo concilio ecuménico guardadas por los griegos estaban adulteradas, porque contenían notablemente elementos apócrifos del sexto concilio. “Debe destacarse que en ese concilio se encuentran muchos cánones y decisiones de los Apóstoles y del sexto concilio, cuya interpretación entre nosotros no es ni conocida, ni recibida” (Anastasio: Prefacio de su traducción del séptimo concilio, in: Dumont, p. 434). Así pues, los Orientales creían en la condena de Honorio, sobre la fe de actas falsificadas, mientras que los Occidentales, en posesión de las actas auténticas, tenían a Honorio en gran honor.

Esta divergencia entre Oriente y Occidente en la causa de Honorio es corroborada por la omisión de los griegos, o la mención de los romanos, de Honorio en los dípticos después del sexto concilio. En Constantinopla, el nombre de Honorio era borrado de los dípticos bajo Justiniano II, quien luego fue asesinado por el usurpador Bardano, discípulo del monotelita Macario. El monotelita Bardano hizo restablecer a Sergio y Honorio en los dípticos. Pero al cabo de dos años, fue derrocado a su vez por el nuevo emperador Anastasio II, que elimina de nuevo a Sergio y Honorio de los dípticos (testimonio de un contemporáneo griego, el diácono Agatón de Constantinopla: Epílogo, 714, in: Dumont, p. 420). En Roma, por el contrario, el nombre de Honorio no fue jamás borrado de los dípticos (testimonio de Anastasio el bibliotecario, que vivía en Roma en el siglo IX, in Baronius, anno 681).

Esta cuestión de los dípticos tiene su importancia. Pues ser mencionado en los dípticos es una prueba de ortodoxia. “Yo prometo no recitar durante los santos misterios los nombres de aquéllos que se han separado de la comunión de la Iglesia Católica” (San Hormisdas: Libellus fidei, agosto 11 de 515). Dado que Honorio continuaba figurando en los dípticos en Roma, esto indica que jamás fue suprimido de la comunión de la Iglesia Católica. Dicho de otra manera: jamás la Iglesia de Roma ratificó la pretendida condena de Honorio, inventada por el falsario griego Teodoro, y retomada por el cismático griego Focio. 157

El séptimo concilio ecuménico: Durante la séptima sesión del octavo concilio ecuménico (Constantinopla IV), el Papa Adriano II constata que los griegos, pero no los Papas, decían que Honorio era anatema. Adriano II dijo que juzgar a un Papa era una cosa totalmente contraria al derecho canónico. “Es ésa una presunción intolerable que no se puede atender. ¿Quién de entre vosotros, yo lo pregunto, ha oído jamás cosa parecida, o quién jamás ha encontrado en alguna parte mención de una tan temeraria enormidad? Nos hemos leído que el Pontífice Romano se ha pronunciado sobre los jefes de todas las Iglesias, Nos no hemos leído que sobre él nadie se haya pronunciado. Porque bien que se haya dicho anatema a Honorio, después de su muerte, por los Orientales, falta saber que había sido acusado de herejía, por cuya causa solamente es lícito a los inferiores resistir a la impulsión de los superiores, y rechazar sus malvados sentimientos. Pero aun entonces no habría sido permitido a quienquiera ese celo de los patriarcas y de otros obispos de emitir ninguna sentencia a su respecto, si previamente el Pontífice de la misma primera Sede no hubiera intervenido precedentemente por la autoridad de su consentimiento” (In: Mansi, t. XVI, col. 126). Adriano II dijo bien Honorio acusado por los orientales, pero estableció igualmente que no se encuentra ninguna aprobación pontificia de parecido acto. Esto confirma que los ejemplares de las actas del sexto concilio en poder de los griegos han sido alteradas por falsificadores. “Los manuscritos hechos en Roma son mucho más verídicos que los fabricados por los griegos, porque entre nosotros, no se practican ni los artificios ni las imposturas” (San Gregorio el Grande: Carta 6 a Narsem).

Adriano II con el fin de mostrar que nadie tiene el derecho de anatematizar a un Papa, evoca enseguida el caso del Papa Símaco que había sido acusado calumniosamente de muchos crímenes. “El rey de Italia, Teodorico, queriendo atacar al Papa Símaco hasta obtener su condenación en justicia” convoca a numerosos clérigos de su reino y les dice que muchos crímenes horribles habían sido cometidos por Símaco. Les ordena reunirse en sínodo y “constatar esto por un juicio”. Los prelados se reunieron por deferencia hacia el rey. Pero sabían que el primado del Papa no permitía que fuera “sometido al juicio de sus inferiores”. ¿Qué hacer? ¿Juzgar a un Papa en violación del derecho, o bien incurrir en la cólera del rey rehusando erigirse en juez? “Al fin, estos prelados verdaderamente venerables, cuando vieron que no podían, sin autorización pontificia, alzar la mano contra el Papa, y cualesquiera que fueran los actos del Papa Símaco denunciados, reservaron todo al juicio de Dios” (In: Mansi, t. XVI, col. 126).

Siempre en vista de demostrar que es ilícito acusar y juzgar un Papa, Adriano II cita en ejemplo la actitud de Juan, obispo de Antioquía. Este prelado había anatematizado a un obispo, pero había prohibido atacar al Papa. Juan no había hesitado en anatematizar al hereje Cirilo, obispo de Alejandría; y sin embargo, este mismo Juan escribió en una carta al Papa San Celestino I, aprobada por el concilio de Éfeso en su tercera sesión, que era ilícito juzgar a la Sede de Roma, venerable por la antigüedad de su autoridad. “Si se diera licencia a aquéllos que quieren maltratar por injurias a las Sedes más antiguas y de emitir sentencias contrariamente a las leyes y cánones contra ellas, cuando no se tiene ningún poder contra estas Sedes. Los asuntos de la Iglesia irán hasta la confusión extrema” (In: Mansi, t. XVI, col. 126).

El discurso de Adriano II hizo su efecto. Los padres del concilio redactaron, en efecto, un canon expreso contra ciertos griegos, entre los cuales Focio, que había atacado a Honorio y pretendido deponer al Papa legítimo Nicolás I, que pretendían criticar, aun juzgar a los Papas. La Iglesia Católica no ha aceptado jamás una tal insolencia. La pretendida condena de Honorio fue expresamente criticada por Adriano II y los padres del octavo concilio:

“La palabra de Dios, que Cristo ha dicho a los santos Apóstoles y a sus discípulos “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe” (Mateo X, 40) y “quien a vosotros desprecia me desprecia” (Lucas X, 16), creemos que ha sido dirigida también a todos los que, después de ellos y a su ejemplo, son devenidos soberanos Pontífices. Que nadie redacte ni componga escritos y discursos contra el muy santo Papa de la antigua Roma, bajo pretexto de pretendidas faltas que él habría cometido; lo que ha hecho recientemente Focio, y Dióscoro antes que él. Cualquiera que tenga la audacia de injuriar por escrito o sin escrito la Sede del príncipe de los Apóstoles, Pedro, será condenado como ellos. Si un concilio universal es reunido y se eleva alguna incertidumbre y controversia respecto a la Santa Iglesia de Roma, es menester que con veneración y debida reverencia se investigue y se reciba solución de la cuestión propuesta, o sacar provecho o aprovechar, pero no dar temeraria sentencia contra los Sumos Pontífices de la antigua Roma” (Octavo concilio ecuménico (867), canon 21).

El Papa Adriano II impone a todos los clérigos de Oriente y Occidente la firma de la profesión de fe del Papa San Hormisdas. Honorio tuvo también su “certificado de ortodoxia”, pues esta profesión de fe dice que la promesa de Cristo “es verificada en los hechos; pues la religión católica ha sido siempre guardada sin tacha en la Sede Apostólica”.

¿Qué piensan los padres del Vaticano de la pretendida condenación de Honorio durante el sexto concilio ecuménico? Esto puede deducirse de una alusión discreta, pero firme. En el capítulo cuarto de Pastor aeternus, los padres del Vaticano escriben que “esta Sede de Pedro permaneció pura de todo error” y reenvían, en nota, a esto: “cf. la carta del Papa San Agatón al emperador aprobada por el sexto concilio ecuménico”. En los esquemas preparatorios de Pastor aeternus, extractos de esta carta eran citados; en el esquema definitivo, solamente la referencia en pie de página. Según los padres del Vaticano, se debe retener del sexto concilio ecuménico no una ficticia condena de Honorio, sino la carta auténtica del Papa reinante, que certificaba que todos los Papas eran ortodoxos y lucharon contra las herejías. Además, citan el formulario de Hormisdas-Adriano II (cf. supra) y dicen expresamente: “Nuestros predecesores han trabajado infatigablemente en la propagación de la doctrina salutífera de Cristo entre todos los pueblos de la tierra y han velado con cuidado igual para la conservación auténtica y pura, allí donde había sido recibida”.

Las obras históricas que tratan a Honorio de hereje son prohibidas por la Iglesia

Monseñor Jacques Bossuet, por servilismo hacia el rey galicano Luis XIV, escribió un panfleto pseudocientífico contra la infalibilidad. Aborda largamente el caso de Honorio en esta Defensio declarationis conventos cleri Gallicani anni 1682 (1730, libro VII, cap. 21-29). Honorio habría aprobado la herejía de Sergio y habría sido condenado en el sexto concilio por haber precipitado a la Iglesia en el error. El Papa reinante evalúa poner este libro en el Índex, pero se abstiene por razones políticas (no indisponer a Luis XIV). En una carta al inquisidor general de España, fechada el 13 de julio de 1748, Benedicto XIV desaprueba este libro y expresa: “Desde el tiempo de Clemente XII, nuestro predecesor de feliz memoria, se analiza proscribir esta obra, y se ha concluido por no hacerlo, no solamente a causa de la reputación del autor, que ha rendido servicios eminentes a la religión bajo tantos otros jefes, sino porque se tenía temor fundado de excitar por esto nuevos trastornos”.

Según otras obras de historiadores protestantes, galicanos y jansenistas, Honorio habría sido hereje. Es interesante notar que fueron puestos en el Índex 2929. La Santa Iglesia da así a entender que la teoría “Honorio hereje” es una tesis ilícita.

Decir que Honorio habría sido condenado por crimen de herejía es una aserción científicamente falsa. Decir que habría sido “solamente” anatematizado por su negligencia en combatir la herejía es una aserción igualmente falsa. Según el testimonio de los contemporáneos, que estaban bien ubicados para saberlo, este Papa “poderoso por su doctrina” (epitafio) combatió vigorosamente el monotelismo (testimonio de los obispos españoles), se esforzó por traer al buen camino al monotelita Sergio (testimonio de San Máximo).

Resumen: Honorio I fue un Papa “brillante por su doctrina”, que combatió vigorosamente la herejía monotelita. La Iglesia ha definido dogmáticamente en el concilio Vaticano (1869-1870) que todos los Papas sin excepción han sido ortodoxos y ha puesto en el Índex los libros pseudohistóricos que pretenden lo contrario.

Misterio de Iniquidad: edición Sededelasabiduria