LOS ROMANOS

La Iglesia romana no jugó un papel significante en el desarrollo del pensamiento cristiano durante este período. No contó con una escuela semejante a los famosos centros científicos del Oriente, a pesar de las frecuentes intervenciones de los papas en las controversias alejandrinas y su solicitud, reflejada en sus cartas, por todo lo que interesaba al mundo cristiano. Durante este período, Roma produjo tan sólo una apología, el Octavius de Minucio Félix. Mas ésta, con ser una elocuente defensa de la fe, apenas alude al aspecto positivo de la fe. Tuvo solamente dos teólogos dignos de mención, Hipólito y Novaciano, ambos antipapas. Sin embargo, en el primero de estos dos podía gloriarse de tener un sabio de la talla de Orígenes por su vasto saber y por la variedad de sus preocupaciones científicas.
El otro fue el primer teólogo romano que escribió en latín. Fue también en la Ciudad Eterna donde salieron a luz dos documentos de suma importancia, el Fragmento Muratoriano, el primer catálogo que se conoce de los libros auténticos del Nuevo Testamento, y la Tradición Apostólica de Hipólito, que es la fuente más rica que poseemos para el estudio de la primitiva liturgia del centro de la cristiandad y de la vida interior de la Iglesia antigua.
Los Comienzos de la Literatura Cristiana Latina en Roma.
En el período que estamos estudiando, el latín fue convirtiéndose gradualmente en la lengua oficial de la Iglesia romana. Las cartas de los papas dejan de escribirse exclusivamente en griego. El papa Cornelio escribió siete cartas en latín a Cipriano, de las cuales se han conservado dos. El papa Esteban, siguiendo este precedente, escribió en latín al mismo destinatario una carta, de la que queda asimismo un fragmento. Es más interesante aún la aparición de una literatura teológica latina. Mientras Hipólito continúa usando el griego, Novaciano, en cambio, compone en un latín culto. Cita, además, en su De Trinitate, una versión latina de la Biblia, que, por consiguiente, existía ya. Sin embargo, los comienzos del latín cristiano en Roma se deben situar en una época mucho más remota de lo que hasta ahora se creía generalmente. Se puede dividir en tres períodos la historia del progreso del latín sobre su rival.
La fase más antigua de la transición se realiza en el plano de la conversación ordinaria. Cuando se predicó la fe en Roma entre los años 30 y 40, la masa de su población no era indígena, sino advenediza. La comunidad cristiana primitiva estaba compuesta predominantemente por orientales. En tales circunstancias, no es de extrañar que el griego, que era el medio ordinario de comunicación, fuera la lengua oficial de la Iglesia y de la liturgia. Parece poderse deducir de numerosas indicaciones que hay en el Pastor de Hermas que hacia el año 150, que es más o menos la fecha de publicación de esta obra, el griego se hablaba cada vez menos en la calle. En efecto, la evolución había progresado tanto, que se hizo la primera versión de la Biblia al latín. De esto dan prueba las citas de la Escritura que se hallan en una versión latina de la Epístola a los Corintios de Clemente, que es de mediados del siglo II.
Las fases segunda y tercera de la transición consisten, respectivamente, en el cambio de la lengua oficial y en el de la lengua litúrgica. Este no se efectuó hasta el pontificado de Dámaso (366-384), mientras que aquél ya se había realizado hacia el 250. Lo prueban las cartas del clero romano durante la vacante producida por la muerte de Fabiano (250-251), las cartas de los papas Cornelio y Esteban y el tratado de De Trinitate de Novaciano.
1. El Octavio
La única apología del cristianismo escrita en latín y en Roma durante el tiempo de las persecuciones es el diálogo Octavio. Se conserva en un solo manuscrito, el Codex Parisinus 1661, saec. IX, como si fuera el libro octavo de la obra de Arnobio Contra los paganos. De hecho, su verdadero autor fue Minucio Félix, como lo testifican Lactancio y San Jerónimo. Lactancio nos da la siguiente información: “Entre los defensores de nuestra fe que conozco, Minucio Félix ocupa un lugar muy distinguido en el foro. Su libro titulado Octavio demuestra qué campeón más excelente de la verdad habría sido de haberse dedicado enteramente a esta clase de estudios” (Div. inst. 5, 1,21). Jerónimo habla de él en varias ocasiones. En el De viris illustribus 58 leemos: “Minucio Félix, distinguido abogado de Roma, escribió un diálogo donde narra una disputa que sostuvieron un cristiano y un gentil; el diálogo se intitula Octavio.”
La escena del diálogo es Roma. Tres personajes toman parte en la discusión: el autor, el abogado Marco Minucio Félix, y sus dos amigos, el cristiano Octavio y el pagano Cecilio. Octavio, que ejercía la misma profesión que Minucio Félix, había venido del África en viaje de visita. Cecilio parece ser natural de Cirta de Numidia, porque habla de Frontón, también de Cirta, como de su conciudadano. La realidad histórica de la conversación es dudosa. El autor toma como modelo los diálogos de Cicerón y se vale de esta forma literaria para presentar la causa del cristianismo frente al paganismo. Sin embargo, no se sigue de ahí que los personajes que toman parte en el diálogo sean ficticios.
A lo que parece, la obra fue escrita en memoria de Octavio, ya muerto, porque el autor empieza evocando la íntima amistad que les había unido. Tenían un solo pensamiento y un solo corazón. Ambos habían abrazado la fe al mismo tiempo.
En los pasatiempos y en los asuntos más serios guardábamos armonía perfecta, idéntica voluntad: hubiérase dicho que teníamos una sola alma dividida entre los dos. El fue confidente de mis amores, colega en mis extravíos religiosos, y, cuando, disipada la ceguera, nacía yo del abismo de las tinieblas a la luz de la verdadera sabiduría, quísome por compañero, y, lo que es más glorioso todavía, me precedió en esta empresa. Al recordar, pues, todo el tiempo de nuestra vida común y de nuestra familiaridad, mi atención se ha fijado, con preferencia, en un grave razonamiento con que atrajo a Cecilio de sus vanas supersticiones a la verdadera religión (1. Excelsa 11, p.36).
La conversación se supone que tuvo lugar durante un paseo a Ostia, famoso lugar de recreo de los romanos. Al pasar por delante de una estatua de Serapis, Cecilio le echó un beso. Este incidente dio origen a una discusión, que tomó la forma de un debate en el foro: Cecilio actuaba de fiscal, Octavio se encargaba de la defensa y Minucio presidía como arbitro en el conflicto entre la fe antigua y la nueva (1-4).
Al llegar al final del muelle, se sentaron, y Cecilio abrió la discusión con una apasionada defensa del paganismo y un violento ataque contra el cristianismo. Como buen filósofo de la Academia, sabe combinar una actitud generalmente escéptica con un entusiasmo por la tradición desprovisto de crítica. Su discurso puede resumirse en estos tres puntos (5-15):
a) En los asuntos humanos, todo es dudoso e incierto y está en suspenso, más bien cuestión de probabilidad que de certeza. La inteligencia del hombre es tan limitada que no puede conocer ni las cosas de arriba ni las de abajo. Pero, si nuestra audacia y avidez tratan todavía de resolver los enigmas del universo, no hay necesidad de recurrir a un dios ni a un creador. Al contrario, el desorden que existe en el mundo físico y moral habla contra una divina providencia. Una casualidad sin ley, caprichosa y llena de azares lo gobierna todo (5).
b) Por lo tanto, lo mejor es aceptar la enseñanzas de nuestros mayores, conservar las creencias que hemos recibido y adorar a los dioses que aprendimos a venerar desde la cuna. Ellos son los que han hecho adelantar los límites del imperio allende las sendas del sol y más allá de los confines del océano (6-7).
c) Es intolerable que haya hombres que estén tan orgullosos y engreídos de su saber que se atrevan a abolir y socavar una región tan antigua, tan útil y tan saludable, como hacen los cristianos. Son ateos, conspiradores que introducen en todas partes un culto obsceno, una promiscuidad de “hermanos” y “hermanas.” Bajo la capa de un nombre sagrado, la simple fornicación se pervierte en incesto. Esta vana y estúpida superstición se gloría en el crimen. Sus doctrinas de un Dios, de la destrucción del mundo por el fuego, de la inmortalidad y resurrección de la carne, del premio y del castigo eterno, son absurdas (5-13).
Octavio contesta a este violento ataque en un tono sereno y persuasivo, siguiendo a su adversario paso a paso. Su refutación va precedida de algunas palabras de Minucio, que advierte a los contrincantes que no se dejen fascinar por el sonido de las palabras e insiste en el fin único del debate, que es la búsqueda de la verdad.
Octavio desarrolla los siguientes puntos:
a) Cuando Cecilio dio rienda suelta a su indignación y se lamentó de que gente analfabeta, pobre e ignorante, como son los cristianos, se metiera a discutir sobre cosas sobrenaturales, deberia haberse acordado de que todos los hombres, sin distinción de edad, sexo o categoría, son creados con la facultad de razonar y entender. El discernimiento no se adquiere con la fortuna, sino que lo implanta la naturaleza. Los ricos, absorbidos por sus negocios, abren sus ojos más al oro que al cielo. Son los humildes los que han meditado en la sabiduría y han transmitido a otros sus enseñanzas. Los que consideran el plan de este gran universo no como el producto de la inteligencia divina, sino como un conglomerado de elementos y átomos reunidos por el azar, no tienen juicio, ni sentido, ni siquiera ojos. Si levantamos nuestros ojos al cielo y vemos todas las cosas que hay debajo, salta a la vista que hay una divinidad que inspira, mueve, alimenta y dirige toda la naturaleza. Este poder supremo no puede ser susceptible de división, sino que tiene que ser uno. Dios, es verdad, no puede ser visto con ojos humanos, pues es demasiado brillante para la vista. Pero existe, como existe el sol, en el que tampoco podemos fijar nuestros ojos. En esto los poetas y filósofos paganos están de acuerdo con los cristianos, de manera que podríamos llamar filósofos a los cristianos de hoy, y cristianos a los filósofos de antaño (14-19).
b) Por eso no debemos dejarnos cautivar por nuestras fábulas ni descarriar por una tradición ignorante. La religión pagana es una mezcla fantástica de mitos y misterios repugnantes inmorales. Ciertamente no ha sido esta superstición la que ha dado a los romanos, el imperio del mundo. Todo lo que ellos tienen, ocupan y poseen es el botín de la violencia. Sus templos son fruto del botín de las ciudades que arruinaron. No es la religión lo que ha hecho grandes a los romanos, sino la impunidad de sus sacrilegios (20-27).
c) Las acusaciones relativas a la conducta y creencias de los fieles son calumnias que han propalado los demonios. Las principales doctrinas del cristianismo se pueden demostrar con argumentos de razón, como lo certifican los mismos filósofos paganos. El comportamiento de los fieles es su mejor apología. No predican grandes cosas, pero las viven (28-38).
Después de esta demostración magistral no había necesidad de arbitro. Cecilio mismo se declara convencido sobre los puntos principales. Las dificultades de menor envergadura se dejan para más tarde. Minucio se siente aliviado al verse dispensado de la odiosa tarea de dar sentencia. El diálogo termina con estas palabras: “Seguimos luego nuestro camino, contentos y felices, Cecilio por haber hallado la fe, Octavio por haber ganado una victoria y yo por la fe del uno y la victoria del otro” (40).
Esta deliciosa defensa del cristianismo ha sido admirada siempre por su nobleza y elegancia. El autor muestra una notable imparcialidad hacia los puntos de vista paganos. Aun cuando refuta las calumnias que se aducían contra los cristianos, procura evitar todo lo que pueda parecer ofensivo. El diálogo está bien llevado. La presentación es agradable. Hay claridad de expresión. La materia está bien distribuida. No hay digresiones. Todas estas cualidades contribuyen a hacer del Octavius la más bella apología de la Iglesia primitiva. Su estilo pulido, sus períodos bien equilibrados y su atención meticulosa a las reglas clásicas del ritmo de la prosa hacen recordar mucho a Cicerón. Cicerón fue, sin duda alguna, su modelo. El De natura deorum no sólo le proporcionó la trama del libro, sino que todo un pasaje (1,25-42) reaparece al pie de la letra en el Octavio (c.19). También utilizó otros escritos del maestro, especialmente De divinatione y De republica. También toma bastante de Séneca. La ética del diálogo tiene muchos puntos de contacto con el ideal de la filosofía estoica. Cita varias veces a Platón. Hay reminiscencias de Hornero, Jenofonte, Floro, Horacio, Juvenal, Lucrecio, Marcial, Ovidio, Salustio, Tibulo y Virgilio. Por lo que toca a fuentes cristianas, se advierten numerosas analogías con los primeros apologistas, por ejemplo, Justino, Taciano, Atenágoras y Teófilo; mas esas semejanzas no son lo suficientemente acusadas como para poder probar una dependencia verdadera. El Octavius no cita ni un solo pasaje de la Escritura. La explicación más probable de esta anomalía es que Minucio se proponía, ante todo, convencer a los paganos cultos, y, a los ojos de éstos, la Escritura no tenía ningún valor probativo. Por la misma razón, probablemente, el diálogo contiene muy pocos elementos característicos de la verdad revelada. La doctrina de Dios corresponde a la concepción estoica. El monoteísmo y la fe en la inmortalidad del alma son los dos polos alrededor de los cuales gira la filosofía del autor. El cristianismo se presenta a sus ojos como una moral práctica.
Para determinar la fecha de composición del Octavius es importante observar la estrecha relación de ideas y expresiones que guarda con el Apologeticum de Tertuliano, escrito hacia el 197, y, en algunos casos, con el Ad nationes del mismo autor. Estas analogías parecen probar que hay dependencia entre los dos tratados. Pero dista aún mucho de estar definitivamente resuelta la difícil cuestión de prioridad, que ha sido largamente discutida por los sabios. San Jerónimo (De vir. ill. 53.58; Epist. 70,5) concede la prioridad a Tertuliano, pero hay muchas razones en favor de la opinión contraria.
2. Sobre el destino (De fato).
En su Octavio, Minucio Félix se refiere a un tratado De fato que tenía intención de escribir más tarde: “Pero sobre el destino basta por ahora. Reservamos este asunto para una discusión más completa y extensa en otro lugar” (36,2). Si lo escribió, se ha perdido el escrito. San Jerónimo (De vir. ill. 58) conoció un libro De fato vel contra mathematicos, atribuido a Minucio Félix, pero duda de su autenticidad: “Circula también bajo su nombre otra obra, Del hado o contra los matemáticos; pero este tratado, aunque debido a la pluma de un hombre de talento, no me parece que corresponde al estilo de la obra ya mencionada (Octavio).”
Hipólito de Roma.
Cuando Orígenes visitó la comunidad cristiana de Roma hacia el año 212 oyó en una iglesia un sermón Sobre la alabanza de nuestro Señor y Salvador. El predicador era el sacerdote romano Hipólito, que más tarde fue el primer antipapa. Pero murió mártir (235) y es venerado por la Iglesia como santo hasta nuestros días. Hay muchas razones para creer que no era natural de Roma, ni siquiera latino de origen. Sus sorprendentes conocimientos de la filosofía griega desde los orígenes hasta su época, su familiaridad con los misterios griegos, toda su psicología están indicando que procedía del Este. Su postura teológica y el parentesco que se advierte entre su doctrina del Logos y la de los teólogos griegos demuestran que recibió una formación helenística y que estaba relacionado con Alejandría. Es griego en la expresión y en el pensamiento. De hecho, es el último autor cristiano de Roma que emplea este lenguaje. Su producción literaria es comparable en volumen a la de su contemporáneo Orígenes, pero no así en profundidad y originalidad de pensamiento. Se interesa más de cuestiones prácticas que de problemas científicos. El campo de sus preocupaciones es más amplio que el del maestro alejandrino y se extiende a problemas que Orígenes jamás abordó. Publicó tratados antiheréticos, una Crónica, un Ordo eclesiástico y hasta poesía religiosa. Según Focio (Bibl. Cod. 121), Hipólito, en una de sus obras perdidas, afirmaba ser discípulo de Ireneo. De ser esto así, participó ciertamente del celo de su maestro por la defensa de la doctrina católica contra las herejías. Sin embargo, al atacar violentamente el modalismo trinitario y el patripasianismo de Noeto, Cleomenes, Epígono y Sabelio, fue demasiado lejos y sostuvo una teología del Logos que adolecía de tendencias subordinacionistas. Cuando el papa Calixto mitigó la disciplina para los penitentes que se habían hecho culpables de pecado mortal, el ambicioso y austero Hipólito le reprochó que, con su lenidad, se separaba de la tradición de la primitiva Iglesia. Acusó, además, a Calixto de ser discípulo de Sabelio y hereje, y, con algunos de sus partidarios, se separó de la Iglesia. Fue elegido obispo de Roma por un círculo reducido, pero influyente, convirtiéndose así en el primer antipapa. Incluso cuando a Calixto sucedió Urbano (223-230), y a éste Ponciano (230-235), el cisma continuó, hasta que Maximino el Tracio desterró a ambos, a Ponciano e Hipólito, a Cerdeña, donde parece que se reconciliaron. Ponciano renunció al pontificado el 28 de septiembre del 235, a fin de que la comunidad de Roma pudiera elegir un sucesor. Hipólito debió de hacer otro tanto con su cargo, y parece que volvió al seno de la Iglesia antes o después de haber salido de Roma. La comunidad reunida eligió a Anteros (235-236). Ponciano e Hipólito murieron poco después en la “isla de la muerte.” El papa Fabián (236-250) hizo trasladar sus cuerpos a Roma, donde fueron solemnemente inhumados, el papa Ponciano en la cripta papal de San Calixto, Hipólito en el cementerio de la vía Tiburtina, que aún lleva su nombre. Los funerales se celebraron el mismo día, 13 de agosto del 236 ó 237. La Iglesia sigue conmemorando a Hipólito en este mismo día. La lista más antigua de mártires, la depositio martyrum, del año 354, señala para los idus Aug., Ypoliti inTiburtina et Pontiani in Callisti (EH 544,7; 547,19). El papa Dámaso decoró la tumba de Hipólito con una inscripción. En e”a hace notar que había sido discípulo de Novaciano (sic), pero que luego fue mártir, después de aconsejar a sus seguidores que se reconciliaran con la Iglesia (EH 590). En el Museo Laterano de Roma se conserva la famosa estatua de San Hipólito descubierta el año 1551. Probablemente se la levantaron en el cementerio subterráneo donde enterraron a Hipólito o en la cercana basílica. Tiene todas las características de una estatua ejecutada en el siglo III. Fue erigida por sus admiradores. En la silla en que está sentado el santo aparecen grabadas su tabla pascual y una lista completa de sus obras.
I. Sus Obras.
Los escritos de Hipólito sufrieron la misma suerte que los de Orígenes, aunque por razones distintas. De sus numerosas obras se conservan muy pocas en su texto original griego. La pérdida del texto original se debe atribuir a la cristología herética del autor y a su condición de cismático, pero sobre todo al hecho de que, después de su muerte, el conocimiento del griego fue desapareciendo gradualmente de Roma. Afortunadamente, muchas de sus obras han sobrevivido, íntegramente o en fragmentos, en traducciones latinas, siríacas, coptas, árabes, etiópicas, armenias, georgianas y eslavas. La cantidad y variedad de traducciones orientales proclaman la fama que conservó su nombre en Oriente, de tal suerte que le fueron atribuidos, además, muchos tratados espúreos.
Durante los últimos años, las obras de Hipólito han sido objeto de discusiones y controversias muy vivas. P. Nautin se propuso demostrar, con una mezcla de rigor científico y de espíritu combativo, que Hipólito no es el autor de los Philosophumena, designados también con el título de Elenchos o Refutatio. No niega que exista una relación entre el Canon pascual, los libros inscritos en la estatua de la vía Tiburtina, el tratado Sobre el Universo y el Elenchos. Sin embargo, su autor no sería Hipólito de Roma, sino un tal Josipo, desconocido hasta ahora. P. Nautin identifica a este Josipo con el Josephus mencionado como el autor del tratado Sobre el Universo en una copia utilizada por Focio (Bibl. Cod. 48), con el Josephus de que se habla en el De mundi creatione de Juan Filópono y con aquel otro que en los Sacra Parallela de San Juan Damasceno se menciona como autor del tratado Contra Platón sobre el Universo. P. Nautin no niega la posibilidad de que el nombre de Josipo se deba a un grave error del primer copista, que de esta manera habría entrado en las tres fuentes. Afirma, sin embargo, que “la distinción de este Josipo y de Hipólito nos permite hacernos una idea más exacta del uno y del otro.” Nautin distingue, pues, dos grupos en el Corpus de los escritos atribuidos a Hipólito. El primero comprende el Elenchos, el fragmento Sobre el Universo y la Synagogé o Crónica de la historia del mundo. Este grupo debería atribuirse al presbítero romano y antipapa Josipo. Es a este mismo Josipo a quien habrían erigido sus partidarios la célebre estatua con la lista de sus tratados. El segundo grupo comprende los tratados el Anticristo, el Comentario sobre Daniel, el Comentario sobre el Cantar de los Cantares, las Bendiciones de Jacob y de Moisés, el Syntagma, con el fragmento Contra Noetum a manera de conclusión, el fragmento de Verona de la Constitución eclesiástica editada por Hauler. Estos son, según Nautin, los escritos auténticos de cierto Hipólito, obispo oriental sin duda alguna. La estatua no puede representar a Hipólito, porque en el catálogo que da no se citan sus obras más conocidas, especialmente el Anticristo y el Comentario sobre Daniel.
No se puede poner en tela de juicio que Nautin ha demostrado satisfactoriamente que muchas de las atribuciones modernas de Hipólito están desprovistas de fundamento. Sin embargo, en general, sus conclusiones no han conseguido la adhesión de la mayoría de los eruditos, que siguen considerando las listas de escritos que nos dan Eusebio y San Jerónimo como documentos de primer orden, y la estatua del Museo de Letrán como un monumento erigido a Hipólito de Roma.
B. Capelle, M. Richard, J. Daniélou, G. Bardy, B. Botte, S. Giet y otros han demostrado que las obras que Nautin divide en dos grupos tienen numerosos puntos comunes en cuanto a estilo y vocabulario, y que no se pueden atribuir a dos autores distintos, sino que deben proceder de una sola mano. Con todo, la controversia dista aún mucho de estar zanjada.
1. Los Philosophumena.
La obra más preciosa de Hipólito son los Philosophumena o Refutación de todas las herejías. El autor la llama al principio del primer libro ?at? pas?? a???se?? ??e????.
El conjunto de la obra comprende diez libros. El autor (9,3) no aplica el nombre de Philosophumena, o Exposición de las doctrinas filosóficas, más que a los primeros libros, que tratan de la filosofía de los griegos. Ese titulo no se puede aplicar al resto de la obra. Ninguna lista de los escritos de Hipólito, ni la de Eusebio (Hist. eccl. 6,22), ni la de Jerónimo (De vir. ill. 61), ni la de su estatua, mencionan este escrito, el más importante de Hipólito. El primer libro se conocía desde 1701, pero pasaba como obra de Orígenes, a quien le atribuían todas las ediciones impresas. Los libros 2 y 3 no se han encontrado todavía, pero los libros 4-10 los descubrió Minoides Mynas, en 1842, en un códice griego del siglo XIV, que entonces pertenecía al monasterio del Monte Atos y ahora se conserva en París. Fueron publicados (juntamente con el libro i) por primera vez en Oxford, en 1851, por M. E. Miller, pero siempre bajo el nombre de Orígenes. El año 1859, los Philosophumena fueron, finalmente, restituidos a Hipólito en la edición de L. Dunker y F. G. Schneidewind. En el proemio y en otros dos lugares (10,32 y 10,30), el autor remite al Syntagma, a la Esencia del Universo y a la Crónica como a escritos que había publicado anteriormente. Ahora bien, sabemos que estas tres obras pertenecen a Hipólito. Su paternidad fue aceptada comúnmente hasta que P. Nautin la puso recientemente en duda, pero, al parecer, sin dar razones decisivas.
En cuanto al contenido y en cuanto al método, el autor depende de su maestro, Ireneo. La introducción describe el contenido, plan y división de la obra:
Probaremos que (los herejes) son ateos, tanto en sus opiniones como en su modo (de tratar una cuestión). Mostraremos cuál es el origen de sus empresas y cómo han tratado de establecer sus creencias, sin tomar nada de las Sagradas Escrituras. No ha sido tampoco por respetar la tradición de un santo que ellos se lanzaron de cabeza a todas estas teorías. Antes bien, probaremos que sus doctrinas las sacaron de la sabiduría de los griegos, de las conclusiones de los autores de sistemas filosóficos, de los pretendidos misterios y de las divagaciones de los astrólogos. Parécenos, pues, oportuno exponer en primer lugar las opiniones que emitieron los filósofos griegos y probar a nuestros lectores que son más antiguas que aquéllas (las herejías) y más dignas de respeto sus ideas sobre la divinidad. Compararemos luego cada herejía con el sistema del respectivo filósofo, con lo que se echará de ver que el primer fautor de la herejía se sirvió de estos esbozos y los adaptó para su provecho, apropiándose sus principios. Empujado por ellos hacia lo peor, ha construido su propia doctrina. La empresa, es verdad, exige gran trabajo y largas investigaciones. No nos debe, pues, faltar el valor… Para comenzar, pues, declararemos quiénes fueron entre los griegos los primeros en señalar los principios de la filosofía natural. De ellos especialmente tomaron furtivamente sus opiniones los que comenzaron a propalar estas teorías. Lo probaremos luego, cuando comparemos los unos con los otros. Asignaremos a cada uno de los que han jugado papel de jefe entre los filósofos las doctrinas que les son propias y pondremos de manifiesto la desnudez e indecencia de estos heresiarcas (Proem.).
En este resumen aparece claramente todo el plan de la obra. La intención del autor es demostrar el carácter no cristiano de las herejías, probando su dependencia de la filosofía pagana. Por eso la Refutación consta de dos partes. La primera, que comprende los libros 1-4, trata de los diferentes sistemas paganos. El libro primero es un resumen bastante mediocre de la historia de la filosofía griega desde Tales a Hesíodo. El autor se sirvió de fuentes secundarias y de escaso valor. Los libros segundo y tercero se han perdido. Trataban de las religiones de misterios y de la mitología de los griegos y de los bárbaros. El cuarto libro está consagrado a la astrología y a la magia. La segunda parte de la obra, libros 5-9, refuta las herejías relacionando cada una de las 33 sectas gnósticas con uno de los sistemas filosóficos o paganos mencionados en la primera parte. El libro 10 hace un resumen de todo lo que precede y propone luego una cronología de la historia judía y hace una exposición de la verdadera doctrina. Los libros 5-9 son superiores a los demás, porque en ellos el autor se halla en su propio terreno y da muestras de un sentido crítico más seguro. Depende en gran medida del tratado de Ireneo, Adversas haereses, pero ciertamente usó varias obras gnósticas que ya no existen. Por esta razón la Refutación sigue siendo una de las fuentes más importantes para la historia del gnosticismo. El autor parece indicar (9,12) que el papa Calixto había muerto ya cuando él compuso este tratado. Su composición, pues, tiene que ser posterior al año 222.
2. El Syntagma o Contra las herejías.
Mucho antes de escribir su Philosophumena o Refutación de todas las herejías, Hipólito había compuesto una obra que Eusebio llama (Hist. eccl. 6,22) Contra todas las herejías, San Jerónimo (De vir. ill. 61) Adversum omnes haereses, pero Focio (Bibl. cod. 121) Syntagma, o, para ser más exactos, “Syntagma contra treinta y dos herejías, de Hipólito, discípulo de Ireneo.” Da la siguiente descripción:
Empieza con los dositeanos y continúa con las herejías de Noeto y los noecianos, que, dice, fueron refutadas por Ireneo en sus conferencias. La presente obra es un resumen de estas conferencias. El estilo es claro, un tanto severo y exento de redundancias, aunque no manifiesta ninguna tendencia hacia el aticismo (ibid.).
Esta referencia es muy valiosa, porque el original se ha perdido. Sin embargo, se puede reconstruir con los fragmentos que se han conservado. Se puede rehacer el catálogo de las treinta y dos herejías de que trataba Hipólito en el Syntagma consultando los escritores posteriores que utilizaron esta obra. R. A. Lipsius ha demostrado que la lista de las falsas doctrinas estampada al final del De praescriptione (46-53) de Tertuliano no es más que un resumen del susodicho tratado de Hipólito y que Epifanio, en su Panarion, y Filastrio, en su Liber de haeresibus, se sirvieron ampliamente de él. Parece, pues, que este pequeño tratado tuvo mayor influencia sobre las generaciones posteriores que los Philosophumena. El Syntagma pertenece al primer periodo de la vida de Hipólito, cuando Ceferino era obispo de Roma (199-217). Se hace mención de él en el prefacio de los Philosophumena (1,20).
3. El anticristo (?e?? t?? ??t????st??).
De sus tratados dogmáticos no ha llegado hasta nosotros completo más que el De antichristo, compuesto hacia el año 200. Se conserva en su texto griego. Va dirigido a un tal Teófilo, a quien el autor llama querido hermano.” Hipólito da primeramente un resumen de la obra (c.5); anuncia que piensa tratar de las siguientes cuestiones:
En qué consistirá la venida y cómo se producirá; en qué ocasión y en qué momento se revelará ese impío; de dónde vendrá y de qué tribu; cuál es su nombre, ese nombre indicado con números en la Escritura; cómo inducirá a los seres humanos a error, reuniéndolos de los confines de la tierra; cómo provocará tribulaciones y persecuciones contra los santos; de qué manera se ensalzará a sí mismo como dios; cuál será su fin y cómo se revelará en el cielo la repentina aparición del Señor; qué cosa será la conflagración del universo; cuál será el glorioso y celestial reinado de los santos cuando reinen juntamente con Cristo, y cuál será el castigo de los culpables por el fuego.
Como muchos de sus contemporáneos consideraban a Roma como el imperio del anticristo, el autor demuestra que Roma representa solamente el cuarto poder de la visión de Daniel y que la aparición del anticristo vendrá después. Su venida no es, pues, inminente, a pesar de la nueva persecución de los cristianos bajo Septimio Severo. Este tratado representa, en la literatura patrística, la disertación de mayor envergadura sobre el problema del anticristo. En algunas de sus opiniones Hipólito se muestra discípulo de Ireneo, pero en otras se aparta considerablemente de él.
La autenticidad de este escrito está bien establecida, pues el propio Hipólito se la atribuye a sí mismo en su Comentario a Daniel (4,7,1; 13,1). El texto griego se conserva en tres manuscritos. Existen también una versión en eslavo antiguo y otra en georgiano y fragmentos en armenio.
4. Tratados exegéticos
Al igual que su contemporáneo Orígenes, Hipólito compuso numerosos comentarios sobre los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. También tiene de común con el alejandrino que en la interpretación de las Escrituras sigue el método alegórico y tipológico. Hay, sin embargo, una notable diferencia en las aplicaciones: las de Orígenes son místicas; las de Hipólito, más sobrias. De su producción exegética nos queda muy poco.
a) El Comentario sobre Daniel.
Es el que se conserva en mejor estado. El texto íntegro nos ha llegado en una traducción en eslavo antiguo, y la mayor parte del texto original griego, en fragmentos. Existe una divergencia de opiniones en cuanto a la fecha de su composición. Según P. Nautin, es probablemente posterior al año 235, ciertamente posterior a 222. Sin embargo, muchos pasajes dan a entender que Hipólito lo compuso estando todavía bajo la impresión causada por la persecución de Septimio Severo, que empezó el año 202. Por ésta y otras razones se ha creído hasta aquí que la obra fue compuesta hacia el 204; M. Richard ha sostenido esta misma fecha recientemente. En este caso, el Comentario sobre Daniel sería el primer tratado exegético conocido de la Iglesia cristiana que poseemos.
El Comentario está dividido en cuatro libros. Como base para su comentario, el autor usa la versión griega de Teodoción, que incluye las secciones deuterocanónicas. El primer libro trata de la historia de Susana. El autor ve en ella la figura de la Esposa inmaculada de Cristo, la Iglesia, perseguida por dos pueblos, los judíos y los paganos:
Susana era figura de la Iglesia, y Joaquín, su esposo, de Cristo. El jardín “que estaba cerca de su casa” figuraba la sociedad de los santos, plantados cual árboles fructíferos en medio de la Iglesia. Babilonia es el mundo. Los dos ancianos representan en figura a los dos pueblos que conspiran contra la Iglesia, el de la circuncisión y el de los gentiles. Las palabras “fueron constituidos en jueces, que parecían gobernar al pueblo” significan que en este mundo ellos ejercen la autoridad y el poder, juzgando a los justos injustamente… ¿Cómo pueden, en efecto, juzgar rectamente los enemigos y destructores de la Iglesia, cómo pueden mirar al cielo con corazón puro, siendo esclavos del príncipe de este mundo?… Estos dos pueblos, instigados por Satán, que obra en ellos, no cesan de maquinar persecuciones y tribulaciones contra la Iglesia. Buscan la manera de destruirla, pero no se entienden entre sí (1,14-15)… Cuando la bienaventurada Susana oyó estas palabras (de los ancianos), sintió gran dolor en su corazón y mantuvo cerrada su boca, pues no quería ser deshonrada por viejos perversos. Ahora bien, como se puede ver en toda verdad, lo que acaeció a Susana lo ves realizado todavía hoy en la Iglesia. Porque cuando los dos pueblos se unen para seducir a los santos, están al acecho, esperando una ocasión propicia; entran entonces en la casa de Dios, cuando todos están orando y cantando himnos a Dios; toman a algunos de ellos, los sacan fuera y les hacen violencia, diciendo: “Venid, tened comercio con nosotros y adorad a los dioses. Si no consentís, daremos testimonio contra vosotros.” Y cuando ellos rehúsan, los arrastran a los tribunales y los acusan de obrar contra los decretos del César, y los hacen condenar a muerte (ibid. 20).
El libro segundo identifica los cuatro reinos mencionados en Daniel, 2 y 7, con los imperios babilonio, persa, griego y romano. El tercero trata de la cuestión crucial de su tiempo: las relaciones de los cristianos con el Estado. En el libro cuarto (c.23) aparece por primera vez en la literatura patrística el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo y el 25 de marzo como la de su muerte. El autor afirma que Cristo nació en miércoles, 25 de diciembre, el año 42 del emperador Augusto. De ser auténtico este pasaje, sería de suma importancia para la historia de la fiesta de Navidad; pero parece ser una interpolación, aunque muy antigua.
b) El Comentario sobre el Cantar de los Cantares.
El texto completo se conserva sólo en georgiano, pero existen fragmentos en griego, eslavo, armenio y siríaco. A pesar de que en la versión georgiana el Comentario llega solamente hasta Cant. 3,7, puede, con todo, representar el tratado entero. Esta traducción se conserva en un manuscrito del siglo X, pero data de una época mucho más antigua. Es traducción literal de una versión armenia, hecha directamente sobre el original griego.
El tono del Comentario es oratorio y hay varios pasajes que dan la impresión de que el autor se está dirigiendo a una asamblea. Parece, pues, que el tratado es una colección de homilías. La interpretación es alegórica y recuerda un comentario de Orígenes sobre el mismo libro. El Rey del Cantar es Cristo, y su Esposa, la Iglesia. Pero, a veces, igual que en Orígenes, la esposa del Cantar representa al alma enamorada de Dios. Esta alegoría influyó poderosamente en toda la exégesis posterior del Occidente, hasta en el misticismo de la Edad Media. San Ambrosio, en su comentario al salmo 118. utilizó ampliamente la obra de Hipólito.
c) Sobre las bendiciones de Isaac, Jacob y Moisés.
Los comentarios sobre Génesis 27 y 49, que contienen las bendiciones de Isaac y de Jacob, se conservan en el original griego y en una traducción armenia y en otra georgiana.
El comentario sobre Deuteronomio 33 (la bendición de Moisés j se conserva en una traducción armenia, en otra georgiana y en dos cortos fragmentos del texto griego original. Desde el principio hasta el fin, la exégesis de estos comentarios es tipológica. Difiere de la de Orígenes, contemporáneo de Hipólito, como también difiere de la exégesis de la futura escuela de Antioquía; muestra, en cambio, numerosos puntos de contacto con la exégesis de Justino, Ireneo y Tertuliano.
d) La Historia de David y Goliat.
Es una homilía sobre 1 Reyes 17, que se conserva en una traducción armenia y en otra georgiana.
e) Homilía sobre los Salmos.
El manuscrito Brit. Mus. syr. 860 (add. 12154) contiene bajo el nombre de Hipólito una introducción bastante extensa al Salterio, que publicó P. de Lagarde y tradujo al alemán H. Achelis. Éstos dos autores consideraban perdido el texto original. Recientemente se ha identificado este texto con una homilía sobre los títulos de los salmos, descubierta en las Catenae griegas sobre los salmos y editada el año 1887 por Pitra. Como las Catenae no mencionan el autor, se echó en olvido la sugerencia hecha por Pitra en el sentido de que esta homilía podría ser de Hipólito, hasta que la recordó el cardenal Mercali y P. Nautin consiguió establecer la paternidad de Hipólito.
El contenido indica que a la homilía precedía la lectura litúrgica de los salmos 1 y 2. El autor explica en su introducción que se cree obligado a hablar primeramente de los salmos en general, para demostrar que tienen un significado profundo y sólido. Y esto con tanta más razón cuanto que un salmo ha sido echado a perder por una nueva herejía, cuyo error no ha sido reconocido todavía. Así, pues, la homilía comprende dos partes, la primera sobre el salterio en general, la segunda sobre los salmos 1 y 2.
La primera prueba, contra esta nueva herejía, que David es el autor del salterio, aun cuando no todos los salmos hayan sido compuestos por él. Demuestra también que los títulos de los salmos tienen un sentido espiritual y forman una unidad con los correspondientes salmos. El autor combate, pues, la teoría de quienes suponen que esos títulos fueron añadidos más tarde y que están desprovistos de toda inspiración.
La segunda parte comenta los dos salmos que se acaban de leer. El autor explica por qué son los dos primeros del salterio y no llevan título. Son los primeros porque tratan de Cristo, y Cristo es el principio de todas las cosas. El salmo 1 describe su nacimiento, y el salmo 2, su pasión. Tratándose de dos acontecimientos que los profetas anunciaron suficientemente, David no creyó necesario indicar con encabezamientos especiales el contenido de estos salmos. La brevedad de la segunda parte da pie a pensar que el texto original era probablemente más extenso y que ha desaparecido la terminación de la homilía. La ausencia de toda doxología invita a pensar lo mismo. La estatua de Hipólito, en la lista de sus escritos, menciona un tratado sobre los salmos (els t?\>$ ?a?µ???), y San Jerónimo (De vir. ill. 61) conoce esta obra, que él titula De Psalmis. Queda por resolver la cuestión: ¿Quién es el hereje que Hipólito quiere refutar en esta homilía? P. Nautin vuelve aquí a su teoría y supone que Hipólito se refería al antipapa Josipo, a quien el mismo Nautin atribuye la estatua mencionada más arriba. Esta teoría no ha encontrado hasta el momento bases suficientes.
Las siguientes obras exegéticas se han perdido, a excepción de algunos fragmentos: Los seis días de la creación, Qué siguió a los seis días, La bendición de Isaac, La bendición de Balaam, El cántico de Moisés, El libro de Rut, Elcana y Ana, La pitonisa de Endor, Los Proverbios, Eclesiastés, parte de Isaías, partes de Ezequiel, Zacarías, partes de Mateo, Los dos ladrones, La parábola de los talentos, El Apocalipsis.
5. Tratados cronológicos.
a) La Crónica (???????? ß?ß????).
El año 234, Hipólito compuso una crónica de la historia del mundo, que abarca desde la creación al año de su composición. Lo escribió para calmar la ansiedad de los que creían en la proximidad del juicio final y del milenio. En efecto, estas teorías turbaban el ánimo de muchos cristianos durante las duras persecuciones de que eran objeto. Deseando disipar estas preocupaciones, Hipólito tomó el trabajo de probar de tres maneras diferentes que, al momento de escribir su Crónica, habían pasado solamente cinco mil setecientos treinta y ocho años desde la creación del mundo. Como el mundo debía durar seis mil años, su fin estaba todavía muy lejos. Una de las partes más importantes del libro es el Diamerismos o ‘División’ de la tierra entre los hijos de Noé (Gen. 10). Por los detalles que da en esta sección, los escritores posteriores hicieron mucho uso de la Crónica. Incluye también el Stadiasmos, o medida en estadios, de la distancia entre Alejandría y España, con una descripción de los puertos, de los lugares donde se podía obtener agua potable, de las costas del Mediterráneo y otras informaciones de valor para un capitán de barco, o sea, una especie de guía de navegación. Todos estos datos los tomó, sin duda, de manuales helenísticos. Pero, en conjunto, su fuente principal es la Biblia. En parte se inspira también en la Crónica de Julio Africano, que apareció el año 221, y en la sección cronológica de los Stromateis de Clemente de Alejandría (109-136). Lo único que queda del texto original griego son unos pocos fragmentos; uno de ellos, de considerable extensión, fue hallado por A. Bauer en un manuscrito de Madrid del siglo X; otro, del siglo VII, se conserva en Oxyrh. papyrus 0.870 (vol.6,176). Existen, además, tres versiones latinas independientes, los Excerpta Barbari y los dos Libri generationis. La primera de estas dos que se encuentran en los Libri generationis es una traducción bastante fiel, basada, según parece, en el original que sirvió para la traducción armenia editada por B. Sargisean.
b) El Cómputo pascual.
En la lista grabada en la silla de la estatua de Hipólito aparece un tratado intitulado Determinación de la fecha de Pascua (?p?de??? ?????? t?? p?s?a). Se trata evidentemente de la misma obra de que habla Eusebio en su Historia eclesiástica (6,22,1):
Por este mismo tiempo Hipólito compuso, además de otros muchos comentarios, un tratado Sobre la Pascua, en el que establece cálculo de los tiempos y propone un canon de un ciclo de dieciséis años para la Pascua, determinando las fechas a partir del año primero del emperador Alejandro.
De este pasaje se desprende que la obra fue escrita el año 222. Las tablas pascuales grabadas en la parte lateral de la silla están tomadas de ella y abarcan desde el año 222 al año 233, y representan el fragmento más importante de todos los que se conservan. La intención del autor era liberar a la Iglesia del calendario judío y calcular científicamente la luna llena de Pascua. Fracasó en su intento, porque ya en el año 237 su solución no concordaba con los datos astronómicos. Esta es una prueba de que la famosa estatua debió de erigirse antes de ese año. Fuera del pasaje copiado en la silla, quedan muy pocos y pequeños fragmentos griegos y siríacos. Para corregir el ciclo de Hipólito, un autor anónimo compuso el año 243 una obra llamada De Pascha computu; se halla entre los escritos de San Cipriano (véase p.644s.).
6. Homilías.
La mayoría de los comentarios exegéticos de Hipólito son de carácter homilético; los escribió para la edificación de los fieles, de manera que es casi imposible trazar una línea de separación entre las obras exegéticas y las homiléticas. Sin embargo, algunos sermones merecen ser mencionados aquí.
a) Sobre la Pascua (Els t? áyiov p?s?a)
Eusebio (Hist. eccl. 6,22,1) menciona dos obras de Hipólito sobre la Pascua. Una de ellas es su Determinación de la fecha de Pascua, de la que acabamos de hablar; la otra se consideraba perdida, hasta que Ch. Martin creyó haberla descubierto en 1926 entre los sermones del Crisóstomo (PG 59, 375-746). Diez años más tarde publicó él mismo una parte importante de esta obra de un palimpsesto de Grottaferrata del siglo VIII o IX, el Codex Cryptoferratensis B. a. LV, que la atribuye expresamente a “Hipólito, obispo de Roma y mártir.” Así, pues, la identificación no parecía ofrecer ninguna duda. Pero, recientemente, P. Nautin ha probado que su teología es decididamente antiarriana, pues insiste en que ni la divinidad ni la humanidad de Cristo han quedado disminuidas, aunque atribuya a la humanidad “una naturaleza angélica.” Esta clase de consideraciones es completamente ajena al pensamiento de Hipólito. El escrito, además, subraya con particular énfasis la voluntad del Logos en la encarnación, al paso que Hipólito considera solamente la voluntad del Padre. Finalmente, la doxología final menciona sólo a Cristo, mientras que las numerosas fórmulas de este género que se encuentran en Hipólito nunca dejan de mencionar también a la primera Persona. Según Nautin, todos estos indicios apuntan al siglo IV. Ch. Martin ya no sostiene la paternidad de Hipólito, pero sigue persuadido de que la homilía es del siglo III, y no del IV. A pesar de todo, el hallazgo de Ch. Martin continúa siendo de importancia, porque ha probado con certeza que la fuente principal de esta obra es Hipólito. Esto nos permite hacernos alguna idea del contenido de su Homilía sobre la Pascua. El sermón que poseemos, lo mismo que su modelo del siglo III, toma como texto Éxodo 12,1-14.43-49, la narración de la institución de la Pascua que prepara la liberación de Israel, y demuestra frase por frase cómo estos sucesos fueron figura de nuestra redención. Es una proclamación triunfal del plan divino de salvación, que toma casi la forma de un himno. Cristo mismo es la Pascua, y no participó, naturalmente, en ella. Sigue luego una descripción del descenso al limbo y de la victoria del Salvador. También se dice que la Pascua cae el 14 de Nisán.
b) Sobre la alabanza del Señor, nuestro Salvador
Esta homilía, que, según afirma San Jerónimo (De vir. ill. 61), predicó Hipólito en presencia de Orígenes cuando éste visitó Roma, se ha perdido. Hasta el presente no se ha recobrado ningún fragmento.
c) Homilía sobre la herejía de Noeto (?µ???a e?? t?? a??es?? ???t?? …).
Existe un extenso fragmento (Cod. Vaticanus 2431, saec. XII) que lleva este título, pero no parece justo conservarle el nombre de “homilía” que le da. No es una homilía, sino parte, tal vez el final, de un tratado antiherético. Focio, en el resumen que da del Syntagma (véase p.459), dice que esta obra terminaba con una exposición de la herejía de Noeto. Por esta razón, alguno ha emitido la hipótesis de que esta homilía sería la sección final del Syntagma; pero la cita es demasiado larga para que pueda pertenecer a una obra tan breve. El fragmento que poseemos refuta el monarquianismo modelista y patripasiano (EP 391-4), doctrina que, según los Philosophumena (1,7; 10,27), Noeto fue el primero en defender.
d)Demostración contra los Judíos (?µ???a irpos ???da???? ap?de??t???).
Un fragmento notable que se conserva con este título hace responsables a los judíos de sus miserias y desgracias. La causa fueron los crímenes que cometieron contra el Mesías. Se ha conservado en griego en el mismo Cod. Vaticanus gr. 1431, donde viene después del fragmento Contra Noetum. E. Schwartz lo reeditó en 1936 como “Homilía de Hipólito.” El primero que lo atribuyó a Hipólito fue el jesuita Francisco de Torres. Éste autor preparó en el siglo XVI una traducción latina que A. Possevino publicó en su Apparatus sacer, en 1603. Allí el fragmento aparece bajo el título S. Hippolyti Martyris Demonstratio adversas Iudaeos. Sin embargo, el manuscrito del Vaticano no menciona el autor, y el hecho de que siga al Contra Noetum no prueba, en manera alguna, la paternidad de Hipólito.
7. La Tradición apostólica (?p?st????? pa??d?s??).
De todos los escritos de Hipólito, el que más interés ha despertado en nuestra generación es la Tradición apostólica. Si exceptuamos la Didaché, es el más antiguo y el más importante de las Constituciones eclesiásticas de la antigüedad, pues contiene un ritual rudimentario con reglas y formas fijas para la ordenación y otras funciones de los distintos grados de la jerarquía, para la celebración de la Eucaristía y la administración del bautismo. El título de esta obra figura en la silla de la estatua de Hipólito erigida en el siglo III. Se la consideraba perdida hasta que E. Schwartz afirmó en 1910, y R. H. Connolly demostró en 1916, que el texto latino de la llamada Constitución de la Iglesia egipcia es, en substancia, la Tradición apostólica de Hipólito. La Constitución de la Iglesia egipcia se llamaba así simplemente porque el mundo moderno la había conocido en traducciones etiópica y cóptica. El descubrimiento ha tenido considerable importancia. Basta considerar que ha proporcionado una nueva base para la historia de la liturgia romana y nos ha dado la fuente más rica de información que poseemos para el conocimiento de la constitución y vida de la Iglesia durante los tres primeros siglos. Fue escrita hacia el año 215.
Transmisión del texto.
El texto original de la Tradición apostólica se ha perdido, fuera de unos pequeños fragmentos, conservados en documentos griegos posteriores, sobre todo en el libro VIII de las Constituciones apostólicas y en su Epítome. Existen, sin embargo, traducciones coptas, árabes, etiópicas y latinas. Combinando estas traducciones, podemos hacernos una idea exacta del lenguaje y tenor de todo el documento. La versión latina, que remonta probablemente el siglo IV, fue descubierta en un palimpsesto de fines del siglo V, de la biblioteca del cabildo catedral de Verona. La traducción es tan servilmente literal y sigue tan de cerca la construcción y la forma griegas, que es posible reconstruir el texto original a base de ella. Por desgracia, abarca tan sólo parte de la obra. E. Hauler la publicó por primera vez en 1900.
En el Occidente, la Tradición apostólica no tuvo graninfluencia y fue olvidada pronto juntamente con las demás obras de su autor. En Oriente, por el contrario, especialmente en Egipto, se la aceptó como modelo y tipo. En sus traducciones copta, etiópica y árabe desempeñó un papel importante en la formación de la liturgia e influyó asimismo sobre la vida cristiana y el derecho canónico de las iglesias orientales.
De todas esas versiones orientales, solamente la sahídica se basa directamente en el texto griego. Se conserva en una colección de leyes, llamada Heptateuco egipcio. Contiene muchas palabras griegas en caracteres sahídicos, de manera que se pueden descubrir los términos originales. Data probablemente del año 500 ca. La publicó por vez primera P. Lagarde en 1883. De mucho menos valor es la versión bohaírica, hecha a base de un manuscrito sahídico mediocre.
La versión árabe depende de la sahídica, y no remonta más allá del siglo X; tiene, con todo, un valor propio, porque proviene de una copia que es independiente del arquetipo de los códices sahídicos conocidos.
La etiópica fue la primera de las versiones de la Tradición apostólica que se descubrió. J. Ludolf editó partes de ella en 1691. Está separada del original por dos versiones intermedias, pues fue hecha a base de la versión árabe. Contiene, sin embargo, algunos capítulos que no aparecen en ésta. Debió, pues, de existir una versión árabe más antigua que, a su vez, supone una versión sahídica anterior. En estas antiquísimas versiones no se habían practicado aún las omisiones hechas posteriormente para evitar conflictos con las costumbres locales. Así, pues, la versión etiópica es la única de las traducciones orientales que trae el texto de las oraciones para la ordenación tal como aparecen en la versión latina.
Documentos derivados
La Tradición apostólica es la fuente de un gran numero de constituciones eclesiásticas orientales. Así, por ejemplo, hay indicios clarísimos de dependencia en el libro VIII de las Constituciones apostólicas, compilación siríaca hecha hacia el año 380, que representa la más exacta colección litúrgico-canónica que ha llegado hasta nosotros de la antigüedad cristiana. Existe también un Epítome de este libro VIII, tomado directamente de la Tradición apostólica. El título Epítome se presta a confusiones; no se trata de un resumen o abreviación, sino de una serie de extractos. El autor prefirió copiar las mismas palabras de Hipólito antes que adaptar el texto de su fuente inmediata. En algunos manuscritos, el Epítome se llama Constituciones por Hipólito. No se pueden determinar con exactitud la fecha y el lugar de origen, pero el estado excelente de su texto indica que esos extractos debieron de hacerse poco después de la aparición de las Constituciones apostólicas.
El llamado Testamento de Nuestro Señor, la última de las Constituciones eclesiásticas propiamente dichas, utilizó la Tradición apostólica de una manera particular. El autor añadió tantas cosas de otras dos fuentes, que de hecho resulta una obra enteramente distinta. A pesar de eso, recientes investigaciones han probado que reproduce el texto de Hipólito con más fidelidad que cualquier otro documento y que manejó un códice excelente de la Tradición apostólica. Aunque el Testamento se escribió originalmente en griego, hoy día existe solamente una versión siríaca, publicada por I. Rahmani, con una traducción latina, en 1899. La obra data, según parece, del siglo V y parece haber sido compuesta en Siria.
Los Cánones de Hipólito se basan también en la Tradición apostólica. Su redacción se hizo probablemente en Siria hacia el año 500. Representan una redacción relativamente tardía y poco hábil de la Constitución eclesiástica de Hipólito. Nada queda del original griego; en cambio, se han conservado una versión árabe y otra etiópica. La primera parece hecha no directamente del original griego, sino de la versión etiópica.
Contenido.
La Tradición apostólica comprende tres partes principales:
I. La primera contiene un prólogo, cánones para la elección y consagración de un obispo, la oración de su consagración, la liturgia eucarística que sigue a esta ceremonia y las bendiciones de aceite, del queso y de las aceitunas. Siguen luego normas y oraciones para la ordenación de sacerdotes y diáconos; finalmente, se nabla de los confesores, viudas, vírgenes, subdiáconos y de los que tienen el don de curar.
En el prólogo el autor explica el título de su tratado:
Ahora pasamos, de la caridad que Dios ha testimoniado a todos los santos, a lo esencial de la tradición que conviene a las iglesias, a fin de que los que han sido bien instruidos guarden la tradición que se ha mantenido hasta el presente, según la exposición que de ella hacemos, y al comprenderla sean fortalecidos, a causa de la caída o del error que se ha producido recientemente por ignorancia o a causa de los ignorantes (1).
Este párrafo indica que Hipólito se proponía mencionar solamente las formas y los ritos que eran ya tradicionales y las costumbres establecidas ya de antiguo. Si las consigna por escrito es para protestar contra las innovaciones. Por consiguiente, la liturgia descrita en esta Constitución pertenece a una época más antigua, y por eso mismo de un valor mayor. Es la liturgia en uso en Roma probablemente en la segunda mitad del siglo II.
Según Hipólito, la consagración del obispo se celebra el domingo. El candidato ha sido elegido antes por todo el pueblo, y de la manera lo más pública posible. Deben asistir los obispos vecinos. El presbiterio está presente juntamente con toda la comunidad. Los obispos imponen las manos sobre el elegido, mientras los presbíteros están de pie en silencio. Todos deben guardar silencio y orar para que descienda el Espíritu Santo. Luego un obispo impone la mano y dice:
¡Oh Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que vives en los cielos, pero prestas atención a los humildes; que sabes todas las cosas antes de que sucedan, que diste ordenanzas a tu Iglesia por el Verbo de tu gracia, que preordinaste desde el principio a la raza de los justos según Abrahán, instituyendo a los príncipes y a los sacerdotes y no dejando a tu santuario sin ministros; que desde el origen del mundo te has complacido en ser glorificado por aquellos que has escogido!, derrama ahora ese Poder que viene de ti, el Espíritu soberano que diste a tu amado Hijo Jesucristo y que El derramó sobre tus santos Apóstoles, que establecieron la Iglesia en el lugar de tu santuario para la gloria y la alabanza incesante de tu nombre. Tú, Padre, que conoces los corazones, otorga a este tu siervo que Tú has escogido para el episcopado el poder de alimentar a tu rebaño, de ejercer tu sacerdocio soberano sin reproche, sirviéndote de día y de noche, para que él pueda tener propicio tu semblante y ofrecerte los dones de tu santa Iglesia, y para que, en virtud del espíritu del sacerdocio soberano, tenga poder de perdonar los pecados de acuerdo con tu mandamiento, para distribuir cargos según tu precepto, para desatar todo lazo en virtud del poder que Tú diste a los Apóstoles y para que él pueda serte agradable por la mansedumbre y pureza de su corazón, ofreciéndote un olor de suavidad por tu Hijo Jesucristo, por quien sea a Ti la gloria, el poder y el honor, al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo (en tu Iglesia) ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
En esta oración se recalcan la sucesión apostólica y el poder de perdonar los pecados. Es, pues, cierto que Hipólito no ponía en duda el poder de los obispos de perdonar, aunque se opuso a Calixto porque perdonaba pecados graves. La liturgia de la misa que sigue a la consagración de obispo contiene el más antiguo canon o plegaria eucarística que tenemos. Es muy breve y de carácter puramente cristológico. Su único tema es la obra de Cristo. No hay Sanctus, pero hay epiclesis:
El Señor sea con vosotros.
Y con tu espíritu,
¡En alto los corazones!
Los tenemos vueltos hacia el Señor.
Demos gracias al Señor.
Es propio y justo.
Te damos gracias, ¡oh Dios!, por tu bienamado Hijo Jesucristo, a quien Tú has enviado en estos últimos tiempos como Salvador, Redentor y Mensajero de tu voluntad, El que es tu Verbo inseparable, por quien creaste todas las cosas, en quien Tú te complaciste, a quien envías del cielo al seno de la Virgen, y que, habiendo sido concebido, se encarnó y se manifestó como tu Hijo, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen; que cumplió tu voluntad y te adquirió un pueblo santo, extendió sus manos cuando sufrió para libertar del sufrimiento a los que crean en Ti.
Y cuando El se entregó voluntariamente al sufrimiento, para destruir la muerte y romper las cadenas del diablo, aplastar el infierno e iluminar a los justos, establecer el testamento y manifestar la resurrección, tomó pan, dio gracias y dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo, que es roto por vosotros.” De la misma manera también el cáliz, diciendo: “Esta es la sangre que es derramada por vosotros. Cuantas veces hagáis esto, haced memoria de mí.”
Recordando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos el pan y el vino, dándote gracias porque nos has juzgado dignos de estar ante Ti y de servirte.
Y te rogamos que tengas a bien enviar tu Santo Espíritu sobre el sacrificio de la Iglesia. Une a todos los santos y concede a los que la reciban que sean llenos del Espíritu Santo, fortalece su fe por la verdad, a fin de que podamos ensalzarte y loarte por tu Hijo, Jesucristo, por quien tienes honor y gloria; al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo en tu santa Iglesia, ahora y en los siglos de los siglos. Amén.
Estas oraciones demuestran que la liturgia, contra lo que sucedía en los días de San Justino, pasa de la improvisación a formas fijas. Justino dice que el obispo “según sus fuerzas hace subir a Dios sus preces y acciones de gracias” (véase p.209). Hipólito nos da una fórmula concreta. Pero ésta no era obligatoria, pues Hipólito afirma claramente que el celebrante conserva el derecho de componer su propia fórmula:
Que el obispo dé gracias según lo que nosotros hemos dicho más arriba. Pero no es absolutamente necesario que pronuncie las mismas palabras que antes dimos, como si tuviera que decirlas de memoria en su acción de gracias a Dios; que cada cual ore según sus fuerzas. Si es capaz de recitar convenientemente con una plegaria grande y elegida, está bien. Pero si prefiriera orar y recitar una plegaria según una fórmula fija, que nadie se lo impida, con tal de que su plegaria sea correcta y conforme a la ortodoxia.
Es interesante observar que las versiones árabe y etiópica quitan el no que hay al principio de este pasaje, de manera que dice: “Es absolutamente necesario que pronuncie estas mismas palabras.” Por consiguiente, cuando se hicieron las versiones, la liturgia ya estaba fijada, y no estaba permitida la improvisación. En cambio, en tiempo de Hipólito aún estaba permitida.
II. Si la primera parte de la Tradición apostólica trata de la Jerarquía, la segunda da normas para los seglares. Se legisla sobre los recién convertidos, sobre las artes y profesiones prohibidas a los cristianos, los catecúmenos, el bautismo, la confirmación y la primera comunión. La descripción del bautismo que encontramos aquí es de inestimable valor, porque contiene el primer Símbolo romano (véase p.33).
Que baje al agua y que el que le bautiza le imponga la mano sobre la cabeza diciendo: ¿Crees en Dios Padre todopoderoso? Y el que es bautizado responda: Creo. Que le bautice entonces una vez teniendo la mano puesta sobre su cabeza. Que después de esto diga: ¿Crees en Jesucristo, el Hijo de Dios, que nació por el Espíritu Santo de la Virgen María, que fue crucificado en los días de Poncio Pilato, murió y fue sepultado, resucitó al tercer día vivo de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, vendrá a juzgar a los vivos -y a los muertos? Y cuando él haya dicho: Creo, que le bautice por segunda vez. Que diga otra vez: ¿Crees en el Espíritu Santo y en la santa Iglesia y en la resurrección de la carne? Que el que es bautizado diga: Creo. Y que le bautice por tercera vez. Después de esto, cuando sube del agua, que sea ungido por un presbítero con el óleo que ha sido santificado, diciendo: Yo te unjo con óleo santo en el nombre de Jesucristo. Y luego cada cual se enjuga con una toalla y se ponen sus vestidos, y, hecho esto, que entren a la iglesia.
La administración del sacramento aparece aquí repartida entre las tres preguntas dirigidas al candidato. A cada respuesta, éste es sumergido en el agua. No hay indicación clara de que el ministro recite una fórmula especial mientras bautiza. La misma costumbre hallamos en Tertuliano (De baptismo 2,1; De corona 3), en Ambrosio (De sacramentis 2,7,20). La Iglesia de Roma la conservó por largo tiempo, puesto que el Sacramentario Gelasiano (ed. Wilson, p.86) sigue atestiguando el mismo procedimiento. El pasaje de la Tradición apostólica que hemos citado suministra información muy valiosa para estudiar el origen y la historia del Credo.
Después de la descripción del bautismo, sigue la del rito de la confirmación:
Que el obispo, imponiéndoles la mano, ore:
¡Oh Señor Dios, que juzgaste a estos tus siervos dignos de merecer el perdón de los pecados por el lavacro de la regeneración del Espíritu Santo!, envía sobre ellos tu gracia, para que puedan servirte según tu voluntad; porque a Ti es la gloria, al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
Luego, derramando con la mano óleo santificado e imponiéndola sobre la cabeza de ellos, diga: Yo te unjo con óleo en el Señor, el Padre todopoderoso, y en Jesucristo y en el Espíritu Santo. Y después de haber hecho la consignación en la frente, que les dé el saludo de paz y diga: El Señor sea contigo. Y que el que ha sido consignado diga: Y con tu espíritu. Que haga de la misma manera con cada uno. Que después de esto ore con todo el pueblo. Pero que no recen con los fieles antes de haber recibido todo esto.
Y cuando hayan orado, que den todos el saludo de paz.