MISA DE LOS CATECUMENOS O ANTE-MISA
NUM. 143-189

A): PURIFICACION DEL ALMA

 

143. ¿Qué carácter tiene esta primera parte de la Misa?
Es una verdadera preparación de los que van a ofrecer el Santo Sacrificio, es decir, del sacerdote y de los fieles. Cfr. n. 217.

144. ¿En qué consiste esta preparación?

Consiste: 1, en purificar el alma por medio del fervoroso arrepentimiento de nuestros pecados; y 2, en ilustrar y robustecer nuestra fe por medio de lecturas y de la predicación.

 

145. ¿Cómo se trata de obtener la purificaeión del alma?
Con dos series de oraciones: a) unas que se recitan al pie del altar, y b) otras que se dicen ya en el mismo altar.

 

146. ¿Cuáles son las oraciones que se recitan al pie del altar?
Son, después de la señal de la cruz — véanse nn. 90 y 94: 1, el salmo 42; 2, el Confiteor con la absolución y algunos versículos; y 3, subiendo las gradas del altar, dos breves súplicas pidiendo el perdón de nuestros pecados.

El salmo y los versículos son dialogados; el Confiteor lo recitan también los asistentes.

Sacerdote y Fieles: En el nombre del Padre (santiguarse), y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
S. Me acercaré al altar de Dios.
P. Al Dios que es la alegría de mi juventud.
S. Hazme justicia, oh Dios, y defiende mi causa de la gente malvada: líbrame del hombre injusto y engañador.

147. ¿En qué circunstancias históricas se compuso el salmo 42?

Es el canto de un desterrado y de un perseguido injustamente por sus enemigos, que deja en las manos de Dios su causa, y en medio de su desgracia sólo le entristece verse alejado del Santuario de Jerusalén.
Absalón, el hermoso hijo de David, se ha rebelado contra su padre. David tiene que huir a toda prisa de Jerusalén y se dispone a pasar con toda su gente al otro lado del Jordán. Lloraba todo el pueblo con grandes sollozos; los sacerdotes querían llevarse el Arca Santa, y ya la habian sacado de Jerusalén, cuando el rey, dirigiéndose al Sumo Sacerdote, Sadoc, le dice: «Vuelve a llevar el Arca de Dios a la ciudad; que si yo hallare gracia en los ojos del Señor, El me hará volver y me dejará ver otra vez su Arca y su Tabernáculo».

Devolvieron, pues, el Arca a Jerusalén, y David partió llorando para su destierro; pero en su corazón entristecido llevaba una esperanza consoladora: “Volvería a ver el Arca de Dios y su Tabernáculo…”. Y fue allá, en el destierro, donde se compuso este salmo, que tan bien expresa los temores y los deseos, la confianza y la alegría del sacerdote, que se acerca a celebrar los divinos misterios. Cfr. II Beg. 15; Zorell, S. J.: Psalterium, Ps, 42.

P. Pues que Tú eres, oh Dios, mi fortaleza, ¡por qué me has desechado, y por qué he de andar triste, mientras me aflige el enemigo?
S. Envíame tu luz y tu verdad; éstas me guiarán a tu monte santo y a tus tabernáculos.
P. Y me acercaré al altar de Dios; al Dios que es la alegría de mi juventud.
S. Te cantaré al son de la citara, oh Dios mío; ¡por qué estás triste, alma mía, y por qué me llenas de turbación?
P. Espera en Dios, porque todavía he de alabarlo, a El que es mi Salvador y mi Dios.
S. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
P. Como era en el principio, y ahora y siempre, y en los siglos ile los siglos. Amén.
S. Me acercaré al altar de Dios.
P. Al Dios que es la alegría de mi juventud.

148. ¿Por qué se escogió este salmo para el comienzo de la Misa?

Se escogió, sobre todo, por el verso cuarto que es como la clave de todo el salmo: «Me acercaré al altar de Dios, — al Dios que es la alegría de mi juventud»; verso que refleja el pensamiento fijo — por eso lo repite tres veces — que absorbe en aquellos instantes al sacerdote: va a entrar en comunicación con el Altísimo, y a este contacto se despoja de la decrépita vejez del pecado para revestirse de la alegre juventud de la gracia, como ya en el siglo IV explicaba S. Ambrosio este verso a los neófitos cuando, después de recibir el bautismo, se dirigían con blancas vestiduras y cantando este salmo hasta el altar para recibir por vez primera la Sagrada Comunión. S. Ambrosio: Migne, P-L: t. 16, col. 437.

149. ¿En qué misas se omite este salmo?

Se omite — no la antífona «Me acercaré al altar de Dios…» que siempre se dice — en las Misas de difuntos y en las feriales, desde el Domingo de Pasión hasta el Jueves Santo; omisión que se explica por una razón histórica, porque esas Misas muy antiguas, no han sufrido influencias posteriores y se conservan según el rito primitivo, cuando la Misa comenzaba por el Introito. Cfr. nn. 141 y 159-161.

150. ¿Cómo se termina el salmo?

Se termina con el «Gloria Patri…» o doxologia menor, así como por oposición se llama doxologia mayor al «Gloria in excelsis…».
De sus dos partes, la primera, «Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto», es la más antigua. Después, los mismos griegos añadieron «et nunc et semper et in saecula», e insistiendo los españoles en esta última palabra, pusieron «in saecula saeculorum». Por fin, los latinos, para oponerse a los arríanos, interpusieron entre ambas expresiones el «sicut erat in principio».
«Quizá no hay en la liturgia otra fórmula alguna de más precioso valor dogmático: fue compuesta indudablemente en tiempo de los errores de Arrio y de Macedonio contra la Trinidad — siglo IV —, oponiéndola como respuesta a sus engaños. Realmente expresa en pocas palabras la fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, en su divinidad, en su igualdad, les honra con el mismo titulo; es una profesión de fe en la Trinidad lo más breve posible… En el siglo V, Casiano afirma que en todo el Occidente se decía el Gloria al fin de todos los salmos; rezábase también en Oriente y en Egipto, aunque no con tanta frecuencia. San Benito adoptó este uso, que pronto prevaleció en toda la Iglesia occidental. Esta confesión solemne de la Trinidad al fin de cada salmo, tiene gran importancia: es como imponerles el sello del bautismo cristiano, que es la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Cabrol: La Oración de la Iglesia, c. 19, pág. 271.
Esta o parecidas fórmulas trinitarias se repiten en la Misa más de veinte veces; y en el Oficio divino de cada día, 85 veces. Cada día, pues, glorificamos a la SS. Trinidad más de cien veces, y cada año, por lo menos, 40.000 veces… y en veinticinco años de sacerdocio ¡UN MILLON DE VECES!

151. ¿Cuál es la principal de las oraciones que se recitan al pie del altar?

Es el Confíteor con su preludio: «Nuestro auxilio está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra». El sacerdote, con este arranque valiente, con esta innovación magnífica que sintetiza todo el poder de Dios y todo el poder del hombre cuando se apoya en Dios, vence al fin sus temores y vacilaciones, arma su frente y su pecho con la señal de la Cruz, victoriosa en tantos combates, y se inclina profundamente con las manos juntas y los ojos bajos para hacer su apología o justificación, como se llamaba antiguamente al Confíteor.

 

S. Nuestro auxilio (santiguándose) en el nombre del Señor.
P. Que hizo el cielo y la tierra.
S. Yo, pecador, me confieso…
P. Dios todopoderoso tenga misericordia de ti, y perdonados tus pecados, te lleve a la vida eterna.
S. Amén.

152. ¿Qué escena se representa en el Confíteor?
Se representa la escena de un juicio en dos actos:

Primer acto: El sacerdote, como reo encadenado — recuérdese la segunda adición: S. Ignacio de Loyola: Ejercicios Espir.: Adiciones para mejor hacer los Ejercicios—, se siente trasladado ante el tribunal de Dios todopoderoso, a quien acompañan la Sma. Virgen, S. Miguel, S. Juan Bautista, los Príncipes de los Apóstoles y todos los Santos… todos ellos le señalan y acusan como reo culpable; consciente él de sus delitos, se golpea repetidamente el pecho agravando y exagerando su culpa… es el momento más emocionante.
Segundo acto: Al ver el dolor y la contrición del reo, los Santos, de acusadores que, antes eran, se truecan en intercesores y abogados del pobre pecador, y todos con él ruegan y obtienen de Dios N. S. la indulgencia, la absolución y la remisión de todos sus pecados.

 

P. Yo, pecador, me confieso a Dios Todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los Santos y a vos, Padre, que pequé gravemente con el pensamiento, palabra y obra: por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa.
Por tanto, ruego a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los Santos, y a ti, Padre, que roguéis por mi a Dios nuestro Señor.
S. Dios todopoderoso tenga misericordia de vosotros y, perdonados vuestros pecados, os lleve a la vida eterna.
P. Amén.
S. El Señor todopoderoso y misericordioso nos conceda el perdón, la absolución y remisión de nuestros pecados.
P. Amén.
S. Oh, Dios, volviéndote hacia nosotros, nos darás la vida.
P. Y tu pueblo se regocijará en Ti.
S. Muéstrame, Señor, tu misericordia.
P. Y danos tu Salvador.
S. Escucha, Señor, mi oración.
P. Y llegue hasta Ti mi clamor.
S. El Señor sea con vosotros.
P. Y con tu espíritu.

 

Aquí, en Klosteneuburg — nos dice el eminente liturgista Pio Parsch — destino cada semana una hora de liturgia a nuestros muchachos…; a fin de que se fijasen mejor, hicimos una representación real — un niño era Dios Padre; otro, la Madre de Dios; el tercero, S. Miguel, y así siguiendo—. Uno, empero, había de ser el pobre pecador: mientras tanto pronunciábamos todos la oración. En la primera parte, los Santos miraban sombríamente al pobre pecador, como si quisieran condenarle. Pero en el momento de golpearse éste el pecho y pronunciar las palabras: Por mi culpa…, cambió de expresión el semblante de los Santos, quienes se volvieron a Dios levantando sus manos hacia el Juez eterno en demanda de indulgencia y misericordia. Desde entonces nuestros muchachos comprenden muy bien el Confíteor. Parsch: Sigamos la santa Misa, p. 43. El Confíteoraparece en los misales hacia el siglo VIII; aunque la mutua confesión de los pecados, al comienzo de las asambleas religiosas, es tan antigua como el mandato del apóstol Santiago: «Confesaos mutuamente vuestros pecados y orad unos por otros para que seáis salvos». 5. 16. El Confíteor es un «Sacramental», y, por lo tanto, tiene virtud de borrar los pecados veniales de los que se tiene contrición.

 

153. Después del Confiteor y de los clamores de confianza, que en animado diálogo brotan del corazón del sacerdote y de los fieles, ya aliviados de sus pecados, ¿qué saludo dirige el celebrante a la asamblea cristiana?
Les dirige el antiguo y hermoso saludo que ya Booz dirigió a sus segadores, y el Arcángel a la Sma. Virgen, y los Apóstoles a los primeros cristianos: «El Señor sea con vosotros» (Cfr. II Timot. 4, 22; Tesal. 3, 16-18: Golos. 4, 23, etc.).

154. ¿Y qué signilica este saludo en labios del celebrante?

Viene a expresar esta idea: «Voy a hablar a Dios en nombre de todos: unios conmigo para expresarle juntos los mismos anhelos y la misma oración…».
Por eso, este saludo precede generalmente a una oración colectiva, repitiéndolo el sacerdote en la Misa hasta ocho veces; y por eso, cuando aquél ha terminado su oración, el pueblo responde con solemne afirmación: «AMEN, ASI ES… muy bien has expresado nuestra oración». «Si tú alabas a Dios — dice S. Pablo: I Cor. 14, 16 — solamente con el espíritu (usando una lengua que no se entiende), el que está en la clase del pueblo sencillo, ¿cómo ha de decir: Amen, esto es; asi sea, al fin de tu acción de gracias?; puesto que no entiende lo que tú dices». Texto que también prueba el empeño que se debe poner en que el pueblo entienda las oraciones públicas.

155. ¿Y cómo corresponde el pueblo a este saludo?

El pueblo corresponde al saludo del sacerdote deseándole lo mismo… «Y CON TU ESPIRITU». Pero en esta respuesta hay, además, una delicada alusión al poder sagrado que el sacerdote ha recibido del Espíritu Santo; por eso el «Dominus vobiscum» sólo pueden pronunciarlo los sacerdotes y los diáconos; no los demás, porque no se les puede contestar con esta alusión. De suyo la frase «et cum spiritu tuo» es un hebraísmo, y significa sencillamente: «y contigo», pues el hebreo gusta de substituir con frecuencia el pronombre personal con expresiones como estas: «con tu espíritu… con tu alma».

156. Subiendo ya a las gradas del altar, ¿qué oración recita el sacerdote?

Recita una de las oraciones más antiguas, como que es del Sacramentario Leoniano, siglo V (n. 119): es uno de los últimos toques a nuestra purificación, y con él entramos ya con paso firme en el Santo de los Santos, como se llama aquí al altar cristiano, con mucha más razón que al recinto misterioso de Moisés. Cfr. 98.

S. Oremos.

Te suplicamos, Señor, que quites de nosotros nuestras iniquidades, para que merezcamos entrar con conciencia pura en el Santo de los Santos. Por Cristo, N. S. Amén.
Te rogamos, Señor, por los méritos de tus Santos, cuyas reliquias están aqui (besa el ara), y por los de todos los Santos, que te dignes perdonarme todos mis pecados. Amén.

157. ¿Qué es lo primero que hace el sacerdote cuando llega al altar?

Lo besa, con una oración a las reliquias de los Santos, contenidas en el ara: este beso es para esas reliquias y para Jesucristo, de quien es figura el altar. ¡Feliz encuentro! En la entrada misma del Santuario nos encontramos con los Santos, con los amigos de Dios que vienen a acompañarnos y a concelebrar con nosotros el Santo Sacrificio de la Misa. (Véase n. 87.)
Y en efecto, el sacerdote, dirigiéndose a la izquierda del Crucifijo, vuelve a persignarse, porque ahora es cuando comienza la Misa; pues las oraciones precedentes, por no pertenecer propiamente a ella, solían decirse más o menos privadamente en la sacristía, en el camino o en otro altar.

 

158. ¿Cuáles son las oraciones, que con el mismo fin de purificar el alma, se recitan ya en el altar?

Son: 1, El Introito; 2, Los Kyries; 3, El Gloria, y 4. La Oración solemne o Colecta.

159. ¿Qué era el Introito primitivamente?

Como indica su nombre — entrada—, era un salmo o cántico de entrada que el coro cantaba alternando con el pueblo, mientras el Pontífice hacía su entrada solemne en el templo y se dirigía, acompañado de su clero, desde la sacristía o secretarium—situada entonces a la entrada del templo — hasta el altar. Algunas veces suplía al salmo una aclamación, que recibía el mismo nombre, como por ejemplo, el Gaudeamus de algunas de nuestras Misas. Cfr. 141.

160. ¿Y qué es ahora el Introito?

Ahora ya no es un cántico de entrada, ni consta de todo un salmo; pues primero se introdujeron las preces al pie del altar, en la Edad Media, y más tarde, al suprimirse la entrada solemne del clero — por haberse colocado la sacristía junto al altar mayor—, se fue abreviando hasta quedar reducido, hacia el siglo VIII, a una antífona, a un verso del salmo con el Gloria Patri y a la repetición de la antífona.

161. ¿Es importante el Introito en la liturgia?

Es muy importante porque suele condensar en pocas palabras el carácter general de la Misa del día, y también porque viene a ser, por sus preciosas y variadas melodías, como la abertura o pieza musical, que sitúa nuestra alma en el ambiente propio del misterio o fiesta que se celebra.

 

162. Después del Introito regresa el sacerdote al centro del altar, y ¿qué plegaria recita?
Recita los Kyries. Los Kyries son restos venerables de una de las más populares y antiguas formas de la oración cristiana, de la oración llamada litánica o súplica dialogada entre el clero y el pueblo.
Reunidos previamente los fieles en una iglesia — iglesia de la reunión—, se dirigían procesionalmente a la basílica estacional, donde debía celebrarse la misa; en el trayecto, un diácono o sacerdote iba enumerando diversas súplicas, a las que el pueblo o un coro de niños contestaba: KYRIE ELEIS0N, SEÑOR TENED PIEDAD DE NOSOTROS. Recuérdense las letanías del Sábado Santo: son una verdadera oración litánica con sus súplicas contestadas por el pueblo: Te rogamos, óyenos… líbranos, Señor; muchas de estas invocaciones es verdad que son modernas, como los nombres de los Santos; pero en el fondo, como hacen notar Duchesne y Cabrol, es muy antigua, es ciertamente la letanía de los siglos IV y V. La misma forma de oración, tan sencilla y popular, han adoptado las letanías de la Virgen y otras mucho más modernas. Cfr. Cabrol: o. c. cap. 5, pág. 83. Cfr. 141.

 

PRIMERA INCENSACION DEL ALTAR, EN LAS MISAS SOLEMNES, NO DE DIFUNTOS
INTROITO: (del domingo 7 después de Pentecostés).
ANTIFONA: todas las gentes aplaudid con las manos: vitoread al Señor con voces de júbilo. Salmo 46, 2.
VERSO: del salmo con el Gloria Patri: «Porque el Señor es excelso y terrible; es el Rey grande de toda la tierra». GLORIA AL PADRE…
REPETICION de la Antífona: «Todas las gentes»…

163. ¿Y por qué se dicen en lengua griega esas invocaciones?

Porque la lengua litúrgica de los tres primeros siglos fue el griego: tan popular era esa invocación, que se ha respetado en la Misa, en su lengua original. Otro vestigio de la primitiva lengua oficial de la Iglesia, son los Improperios del Viernes Santo. Recuérdese la frase de Cicerón: Graeca leguntur in omnibus fere gentibus. Latina suis finibus, exiguis sane, continentur. Pro Arch. 23.

 

164. Al suprimirse la procesión a la basílica estacional, ¿qué sucedió con la oración litanica?
Que se abrevió notablemente y los Kyries se colocaron después del Introito; y aunque al principio se repetían alternando con el Christe Eleison — este último ya de origen romano — un número indeterminado de veces; ya a fines del siglo VI, el Papa, San Gregorio el Grande, los redujo a nueve: tres Kyries a Dios Padre; tres Christe a Dios Hijo, y tres Kyries a Dios Espíritu Santo. Desde entonces, los Kyries son en todas las Misas el clamor incesante de la miseria humana, son la oración más breve, sencilla y emocionante del pueblo cristiano, son el eco de las humildes plegarias de la cananea, del ciego de Jericó, de los leprosos del Evangelio: Mt. 15, 22; Lc. 18, 39 y 17, 13.

KYRIES.
AL PADRE
Señor, misericordia.
Señor, misericordia.
Señor, misericordia.
AL HIJO
Cristo, misericordia.
Cristo, misericordia.
Cristo, misericordia.
AL ESPIRITU SANTO
Señor, misericordia.
Señor, misericordia.
Señor, misericordia.

165. Al terminar el rezo de los Kyries, ¿qué ceremonia o gesto muy expresivo ejecuta el sacerdote, allí mismo, en el centro del altar?

El sacerdote extiende sus manos, como las alas del alma para elevarse en la oración, las levanta hacia el cielo, vuelve a juntarlas e inclinando la cabeza entona la doxologia mayor o el “Gloria in excelsis Deo». Cfr. 150.

166. ¿Qué es el Gloria?

El Gloria es la jubilosa respuesta del cielo a los Kyries suplicantes de la tierra, es el alegre cántico de la Redención del mundo, es la más viva explosión de gozo y alabanza que ha resonado en la tierra.
Sobre su autor, el Liber Pontificalis y S. Anastasio lo atribuyen a S. Telesforo, s. II, quien, al instituir la Misa de media noche de Navidad, lo habría compuesto. El sacerdote, cuando recita el Gloria, hace una pequeña inclinación de cabeza al pronunciar el nombre de Jesús, lo mismo que al indicar los fines primordiales de la Misa: latréutico: «os adoramos»; eucaristico: «os damos gracias por vuestra gloria», e impetratorio y expiatorio: «recibid nuestras súplicas».

167. ¿De cuántas partes consta este cántico?

Consta, primero, de una introducción: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad: introducción que fue el cántico de Belén y la canción de cuna, con que los ángeles arrullaron al Niño-Dios en aquella noche, en que los cielos destilaban miel y dulzura; introducción que ofrece el doble tema del cántico: Gloria a Dios — Paz a los hombres, y que es al mismo tiempo el programa de la Redención de Jesucristo, el fin de la Iglesia Católica en la tierra y también el fin del mismo Sacrificio de la Misa.
Después, la Iglesia, ya por su cuenta, pero con la misma inspiración y en el mismo tono que le han dado los Angeles, consagra la primera parte del cántico a Dios Padre, y le tributa alabanzas y acción de gracias por su gran gloria, es decir, por su obra creadora, redentora y santificadora del género humano; obra que a Dios rinde infinita gloria y a nosotros los mayores beneficios; la segunda parte está dedicada a Dios-Hijo, a quien no sólo se tributa homenaje de alabanza, sino que además se hacen humildes, repetidas y crecientes súplicas, hasta llegar a su divino Corazón con los epítetos más gloriosos para El y más hermosos para nosotros… Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo; y en fin, en la tercera parte se invoca a Dios Espíritu Santo, glorificándole juntamente con el Padre y con el Hijo.
El Gloria, de origen griego como el Kyrie, se introdujo hacia el siglo V, en la primera Misa de la Navidad del Señor, para la que está maravillosamente adaptado. A principios del siglo VI, el Papa Simaco lo señaló también para los domingos y fiestas de los Mártires, pero sólo para las Misas de los obispos; más tarde — hacia el siglo IX— fue extendiéndose este privilegio episcopal a los sacerdotes y a mayor número de fiestas, hasta que, en el siglo XVI, el Papa S. Pio V reglamentó su uso. El Gloria no se dice cuando se usan ornamentos morados y negros, ni en ]as ferias — si no es tiempo pascual —, ni, en fin, en las Misas votivas ordinarias. Cfr. n. 254.

 

GLORIA.
INTRODUCCION

Gloria a Dios en las alturas; y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

AL PADRE
Alabámoste. Bendecímoste. Adorámoste. Glorificámoste. Gracias te damos por tu excelsa gloria. Oh, Señor Dios, Itcy celestial, Dios Padre omnipotente.
AL HIJO
Oh, Señor, Hijo unigénito. Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre. Tú, que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que quitas los pecados del mundo, recibe nuestras súplicas. Tú, que estás sentado a la diestra del Padre, ten misericordia de nosotros. Porque Tú solo eres Santo, Tú solo Señor, Tú solo Altísimo, oh Jesucristo.
AL ESPIRITU SANTO

Con el Espíritu Santo (santiguarse) en la gloria de Dios Padre. A mén.

168. ¿Cuál es la oración que reúne los deseos de todos los que asisten al Santo Sacrificio?
Es la solemne oración llamada «Colecta»: para la cual, el sacerdote, después del Gloria (o del Kyrie), nos prepara con el saludo cristiano: «El Señor sea con vosotros…» y con la invitación a orar: «Oremos».
Antiguamente, en vez del Oremus se empleaban también otras fórmulas, como: «silentium facite… aures ad Dominum»; y solía, además, añadirse una admonición indicando el objeto de la plegaria, como aún se hace el Viernes Santo.

169. ¿Y por qué se llama «Colecta» esta oración?

Se llama así, porque esta palabra significa «reunida», y era antiguamente la oración que se recitaba sobre la asamblea cristiana reunida — Collecta — en una iglesia para ir desde aquí en procesión a la iglesia estacional. V. n. 141. Cfr. Bona: Rer. liturg. I-II, c-5. De hecho, aun hoy día continúa siendo verdadera oración colecta, pues reúne y funde en una sola plegaria los votos y deseos de todos los asistentes al Santo Sacrificio. Durante muchos siglos no hubo en la Misa más que una sola colecta, como todavía se observa en las fiestas principales del año litúrgico, en los días de primera y segunda clase.
Si había una segunda fiesta se celebraba una segunda Misa: ese es el origen de la segunda Misa de Navidad, que primitivamente era la Misa de Santa Anastasia. Suprimida esta segunda Misa, vinieron a sustituirla las Conmemoraciones.

170. ¿De qué partes constan generalmente las Colectas?

Constan: 1, de una invocación o saludo; 2, de alguna alusión al misterio o fiesta del dia; 3, de la súplica, en consonancia con la fiesta o misterio, y 4, de una fórmula final, que es como el sello oficial y la firma favorable de N. S. Jesucristo a nuestra súplica: «Si algo pidiereis al I’adre en mi nombre, os lo dará». S. Jo. 16, 22.
He aquí una de las colectas más antiguas, la de la Epifanía del Señor, con sus diversas partes: 1, oh, Dios; 2, que por medio de una estrella revelaste tu Unigénito Hijo a los gentiles; 3, concédenos propicio que, los que ya te conocemos por la fe, seamos conducidos hasta contemplar tu hermosura y tu grandeza; 4, por el mismo Señor nuestro, Jesucristo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. AMEN.
En su inmensa mayoría las oraciones se dirigen al Padre Celestial, por medio del Hijo; hay alguna que otra dirigida al Hijo, pero ninguna al Espíritu Santo. La conclusión “que contigo vive y reina” (Cristo Rey), es una fórmula de fe en la SSma. Trinidad.

171. ¿Es muy grande el valor de estas oraciones?

Tienen un valor sin igual, porque son la verdadera oración oficial de la Iglesia Católica: es decir, la oración que el Papa, los Obispos y, en su nombre, todos los sacerdotes, dirigen a Dios en cuanto son los representantes auténticos de Cristo, que es nuestro Abogado ante Dios en los cielos.
«Es oración pública, ya que emana de una sociedad visible; pero también es oración interna, particular y más intensa que otras cualesquiera, porque en el sentido completo de su nombre es la oración de todo el cuerpo místico de Cristo: del Jefe y de los miembros. Oración una, santa, católica, apostólica, romana, la reza la Iglesia de la tierra dependiente enteramente del«gran Pontífice, que posee un sacerdocio eterno…» (Hebr. 7, 24. 25); Cfr. Lefebvre: Para comprender la Misa, pág. 32.
Además de que su estructura es generalmente muy rítmica y armoniosa, estas oraciones se distinguen: 1, por su brevedad, 2, por su profunda sencillez; 3, por su vigor y sobriedad de afectos, y 4, por su venerable antigüedad muchas de ellas son de los Sacramentarlos Leoniano, Gelasiano y Gregoriano, es decir, de los siglos VI al VIII. Si rezamos con especial devoción las oraciones atribuidas a los Santos, a un S. Bernardo, a un Sto. Tomás de Aquino o a un S. Ignacio de Loyola, con qué fervor debemos recitar estas plegarias de la Misa, que han pasado por el corazón y los labios de tantas generaciones de Santos.

 

ORACION O COLECTA.

S. El Señor sea con vosotros.
P. Y con tu espíritu.
S. Oremos: «1. Oh, Dios, 2, cuya providencia no se engaña jamás en sus disposiciones; 3, humildemente te suplicamos que apartes de nosotros todo lo dañoso y nos concedas todo lo saludable, 4, por nuestro Señor Jesucristo… (Del mismo domingo 7 después de Pentec.).

 

172. TRANSICION: DE LA PURIFICACION DEL ALMA A LA ILUSTRACION DE LA FE.
a) Nuestra madre la Iglesia, queriendo prepararnos para el Santo Sacrificio, ha tratado hasta aquí de purificar nuestra alma por medio del fervoroso arrepentimiento de nuestros pecados, y ha logrado levantarnos desde la miseria y bajeza de nuestras culpas hasta la misma presencia de Dios N. S., a quien acabamos de exponer nuestras súplicas en la solemne oración de la «Colecta». El procedimiento, que ha usado la Iglesia para esta sublime ascensión, no ha podido ser más natural y sencillo: pretendíamos acercarnos a Dios… Lo hicimos como si nos presentáramos ante un señor poderoso para dirigirle una petición. En el umbral limpiamos el calzado, pusimos orden en nuestros vestidos — el Confíteor — y llamamos a la puerta con mesura — los Kyries—. Al entrar y ser admitidos a la presencia del Señor poderoso, le saludamos — Gloria—, y por fin le expusimos nuestra demanda — Colecta—. Mas, para que nuestra súplica sea verdaderamente escuchada, sacamos una carta de recomendación o tarjeta de visita del señor párroco, o de otro conocido: esto cabalmente hicimos en la Colecta, refiriéndonos a Jesucristo… «Por Jesucristo…», al final de la oración. Parsch: o. c. pág. 65.
b) Dios N. S., infinitamente amable, se ha dignado recibir muy complacido nuestra visita y nuestra súplica ; pero ahora, es El quien va a hablarnos a nosotros — pues hasta ahora hemos sido sólo nosotros los que hemos hablado a Dios—, y va a hablarnos primero por medio de sus legados y embajadores, los Profetas y los Apóstoles— en la EPISTOLA—, y después, por medio de su propio Hijo — en el EVANGELIO—, es decir, va a hablarnos con la lectura de los libros sagrados, con la BIBLIA… He aquí el libro de texto del Cristianismo, el libro incomparable y divino que la Iglesia pone en nuestras manos para ilustrar y robustecer nuestra fe; por eso la Misa, donde se lee y se comenta ese libro, es también la escuela y la cátedra popular donde Dios mismo es el maestro soberano que enseña, que corrige, que educa a su pueblo.

173. ¿Qué nos recuerdan estas lecturas?

Las lecturas de la Epístola y del Evangelio, separadas por el canto del Gradual y del Aleluia — o del Tracto — y seguidas de la predicación, nos recuerdan las asambleas de las sinagogas judias, donde se tenían también dos clases de lecturas, separadas por el canto de los salmos y seguidas de la interpretación o explicación de lo leído. Cfr. 126 y 127.

174. ¿Cómo comenzaba la Misa en los tiempos más remotos?

Comenzaba por estas lecturas, como puede verse en la descripción de S. Justino 136 (2) y en la Misa del ViernesSanto, que es el ejemplo más genuino y primitivo que conservamos de la Misa de los catecúmenos. El Introito, como se sabe, se añadió en el siglo V y se atribuye al Papa Celestino (+ 432). V. 141 (3) y 159.
Entonces, además de leerse «las memorias de los Apóstoles (el Evangelio) y los escritos de los Profetas», como dice S. Justino, también se leían a veces las cartas de los Papas, de los Obispos y de otras iglesias; cartas que solían llamarse«pacificas o comunicatorias», porque tendían a conservar la unión y la paz entre los Obispos y el Papa. Era también frecuente leer las actas de los mártires. «Por ahí se ve cuán llena de vida era esta parte de la Misa, aun me atreveré a decir, que ésta era la que le daba la nota de actualidad. Imagínense, por ejemplo, los sentimientos que habían de experimentar los fieles al escuchar la lectura de una carta recibida entonces mismo de sus hermanos de Lyon, que se hallaban encarcelados por Cristo, algunos de los cuales habían ya sufrido la tortura, el potro o las uñas de hierro, u oían ya los rugidos de los leones, destinados a devorarlos dentro de algunos días, quizá de algunas horas: «Lectura de las cartas de las iglesias de Viena y Lyon: los siervos de Cristo, que están en Viena y en Lyon, en la Galia, a los hermanos de Asia y de Frigia, que tienen la misma fe y la misma esperanza de redención que nosotros, paz y gracia y gloria a Dios Padre y a Cristo, nuestro Maestro». Cabrol: o. c., cap. 7, pág. 111.
Hasta el siglo V, en que comenzaron a fijarse para cada Misa fragmentos escogidos de la Biblia, las lecturas seguían un solo trazo, es decir, se continuaba al día siguiente en el punto donde se había dejado en la última asamblea, siguiendo siempre la dirección del Obispo.

175. Actualmente en nuestras misas, ¿cuántas lecturas suele haber?

Suele haber, por lo regular, dos lecturas: 1, la Epístola (de epistello, enviar), o sea algún trozo escogido de una carta o misiva de los Apóstoles, o algún pasaje del Antiguo Testamento, y 2, el Evangelio.
Decimos por lo regular, porque hay Misas que, por ser muy antiguas — Cuatro Témporas, Vigilias, Semana Santa…—, tienen tres y aun siete lecturas: como antiguamente estas epístolas no se cantaban, sino que sólo se leían, el misal les da siempre el título de lectura… Lectura de la Epístola… Lectura del libro de la Sabiduría.

176. ¿Cuáles son las epístolas que con más frecuencia se leen en la Misa?

Aunque en las Misas de algunos Santos y, sobre todo, en las ferias de Cuaresma no faltan preciosas lecturas del Antiguo Testamento; pero, en general, son las epístolas inmortales del gran Apóstol de las Gentes, San Pablo, las que forman el fondo doctrinal de nuestras lecturas.
San Pablo es, por excelencia, el Apóstol de Jesucristo, y es también nuestro apóstol. Desde el momento en que el mismo Jesucristo le llamó de entre sus más encarnizados perseguidores para convertirle en instrumento elegido que anunciase su nombre a todas las naciones, a los reyes y a los hijos de Israel, Pablo no pensó, ni respiró, ni vivió más que para Cristo… IN CHRISTO JESU es la fórmula sublime que, con estas o parecidas palabras, repite hasta 164 veces en sus cartas. Y es nuestro apóstol, porque nosotros tenemos la gloria de haber sido los gentiles a quienes él vino a predicar a Cristo. Sus catorce cartas, desarrollando, entre otros, estos tres temas favoritos suyos: la necesidad de la fe, lo gratuito de la justificación y, sobre todo,la universalidad del cristianismo no pueden envejecer y presentan hoy la misma actualidad que cuando se escribieron. «Entregado asiduamente a la lectura de las cartas del bienaventurado Pablo — decía S. Juan Crisóstomo, confesando que les debía toda su elocuencia —, lo que siento y me llega al alma es que no todos, como sería justo, conocen a tal varón; y algunos lo desconocen hasta el punto de no saber ni el número de sus epístolas. Esto no proviene de su incapacidad, sino de que no quieren tener continuamente en sus manos los escritos de este santo varón.» Pref. a las Epist. de San Pablo (Breviar. Rom: Domin. 11 post Epiphan., 2 Noct.)

EPISTOLA.

Lectura de la Epístola del Bienaventurado Apóstol Pablo a los Romanos (VI, 19-23). Hermanos: Hablaré a lo humano, en atención a la flaqueza de vuestra carne: asi como habéis empleado los miembros de vuestro cuerpo para servir a la impureza y a la iniquidad, asi ahora empleadlos para que sirvan a la justicia, para la santificación. Porque érais esclavos del pecado sacudisteis el yugo de la justicia. ¿Y qué fruto sacasteis entonces de üquellos desórdenes, de que ahora os avergonzáis? En verdad que la muerte es el fin a que conducen. Por lo contrario, ahora que estáis libres del pecado y que habéis sido hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la santificación, que tiene como fin la vida eterna. Porque la paga del pecado es la muerte; el galardón de la virtud es la vida eterna, en J. C. N. S.

P. Gracias a Dios.

177. ¿Con qué fórmulas litúrgicas responde el pueblo a la lectura de la Epístola y del Evangelio?
A la lectura de la Epístola responde con esta fórmula de origen apostólico: 1 Cor. XV, 57; II Cor. II, 14; Tesal. V, 18, y que fue respuesta de muchos mártires cuando recibían la sentencia de muerte: DEO GRATIAS, GRACIAS A DIOS; fórmula tradicional en tantos actos de la vida religiosa y tan arraigada en nuestro pueblo cristiano que, a un «muchas gracias», sabe todavía responder con nobleza: «A Dios sean dadas».
Hasta los niños cristianos sabían responder con el DEO GRATIAS al oír la sentencia de los tiranos: el año 304, en Cartago, los perseguidores sorprenden al niño Hilarión en una asamblea eucarística junto con sus padres y hermanos. El procónsul, después de haber martirizado a muchos, reservó para el último lugar al pequeño Hilarión. Ni caricias, ni halagos pudieron arrancarle la fe a aquel valiente niño. Al fin le amenazó con hacerle arrancar el pelo, la nariz y las orejas. Pero el intrépido niño le contestó:«Haz como quieras: yo soy cristiano». Y cuando por fin el procónsul mandó llevarlo a la cárcel, el niño se contentó con replicar: DEO GRATIAS. Acta Sanct. Saturnini, Dativi, etc., 17: Ruinart, pág. 346.
A la lectura del Evangelio precede el «GLORIA A TI, SEÑOR», ya de uso corriente en el siglo IV, y a su terminación se añade esta otra fórmula, también muy antigua: «ALABANZA A TI, CRISTO».

 

178. Terminada la lectura de la Epístola, ¿qué suele cantarse en las misas solemnes o leerse en las privadas?
Suele cantarse o leerse el GRADUAL y el ALELUIA, o en lugar de este último, el TRACTO.
EL GRADUAL, más antiguo que el Introito, era en otros tiempos todo un salmo que cantaba un cantor desde las gradas del pulpito — de ahí su nombre—, y que venía a expresar con sencilla melodía los sentimientos que despertaban la Epístola que acababa de leerse, o la fiesta del día. Hoy ha quedado reducido a un versículo con su respuesta.

179. «La historia del ALELUIA es todo un poema» (Cardenal Pitra).

Palabra hebrea, compuesta, que significa «Alabad o alabanza a Dios», ha pasado inalterable a todas las lenguas: para los mártires era el grito que los animaba en su postrer combate (Cornel. A. Lapide: Comment. in Ep. ad Eph. V, 20); para el labrador era grito de alegría en sus faenas del campo; para los bretones recién convertidos — año 429 — fué lo primero que aprendieron a cantar (S. Gregorio: I 27 c-8), y el canto de victoria con que triunfaron de sus enemigos. De persecut. vandal. I (Migne: P. L. 58, 108.) Por su carácter de gozo se omite en los días de penitencia: en este caso le sustituye a veces el TRACTO: o sea un canto de tristeza y de penitencia formado por algunos versículos que se cantaba — como indica su nombre tractos, arrastrado, seguido — seguidamente, todo de una vez, sin modulaciones en la voz.

180. El canto del Aleluia dio origen a las SECUENCIAS.

La última a se alargaba con multitud de notas musicales: en seguida, a cada nota se añadió una sílaba, y a cada grupo de notas una palabra, una frase… ; así nacieron las SECUENCIAS, o sea las cosas que siguen.
Antes, casi cada fiesta y cada domingo tenían sus secuencias; se han llegado a contar 900 de estas composiciones de muy diverso mérito y gusto literario; la reforma del misal admitió cinco, que escogió entre las más bellas: «Victimae paschali laudes», que se atribuye a Wipo, 1050, capellán de Conrado II y de Enrique III; «Veni, Sáncte Spiritus», atribuida a Inocencio III (1198-1216); «Lauda Sion, Salvatorem», de Sto. Tomás de Aquino (1226-1274); «Dies irae», de Tomás de Celano (1260), y “Stabat Mater”, de Iacopone de Todi (+ 1306), aunque no se introdujo en el misal hasta 1727.

 

GRADUAL

VERSO (del salmo 33): Venid, hijos, y oídme: yo os enseñaré el temor del Señor.
RESPUESTA (del mismo salmo): Acercáos a El, y seréis iluminados: y vuestros rostros no serán confundidos.
ALELUIA
Aleluia, aleluia. Todas las gentes aplaudid con las manos; vitoread al Señor con poces de júbilo. Aleluia.

181. ¿Cuál es el punto culminante de la Misa de ios catecúmenos?
Es la lectura del EVANGELIO.

Aunque los encargados de leer el Evangelio fueron desde la antigüedad los diáconos, en muchas iglesias, en las fiestas principales, le leía algún sacerdote, y a veces hasta los mismos reyes y príncipes cristianos. «En el día santo de la Natividad del Señor — nos dice Alberto Argentinense en su Cronicón —, el Rey Garlos comulgó y leyó en la Misa del Gallo, en voz alta y teniendo en la mano la espada desenvainada, el Evangelio: «Exiit edictum a Caesare Augusto». Este texto (advierte oportunamente Diez Gut. O’Neil) nos recuerda la costumbre de la Edad Media, en la que todos los militares oían el Evangelio con la espada desnuda y levantada en alto. ¡Espectáculo impresionante para todos los cristianos, quienes comprendían perfectamente su significado!: todos los presentes estaban decididos a defender con las armas las verdades del Evangelio. De aquel uso nació la tan popular y gráfica manera de expresar la amistad entre la Iglesia y el Estado, en la España Imperial del tiempo de los Reyes Católicos, con la frase: «CRUZ Y ESPADA».

182. ¿Cómo se prepara el sacerdote para este acto?

En medio del altar, con las manos juntas y profundamente inclinado, recita en voz baja una plegaria pidiendo a Dios que purifique su corazón y sus labios como purificó los labios del profeta Isaías.
Con grandiosa inspiración, inmediatamente antes del Evangelio, la liturgia Católica nombra a Isaías, al mayor de los profetas, al «Profeta-Evangelista», como se le ha llamado, sobre todo, por sus sorprendentes visiones de los dolores y de la Pasión de N. S. Jesucristo…— ¡Ay de mi! —, exclamó Isaías, cuando Dios le llamaba al ministerio profético — ¡Ay de mi!, que soy hombre de labios impuros y estoy viendo con mis propios ojos al Rey, Señor de los Ejércitos. Pero uno de los serafines, que planeaba en torno del Señor, vino volando hacia mi, y en su mano tenía una brasa ardiente que con las tenazas, había tomado del altar. Con ella tocó mi boca y dijo: —Tu iniquidad ha sido quitada… Asi tiembla el sacerdote cuando va a cumplir el oficio del heraldo del Evangelio, y suplica a Dios renueve en su favor el milagro del carbón ardiente. Cfr. Isai. 6.

 

EVANGELIO

PREPARACION: «Purifica mi corazón y mis labios, oh Dios todopoderoso, que purificaste los labios del profeta Isaías con un carbón encendido; dígnate por tu grata misericordia purificarme del mismo modo, para que pueda anunciar dignamente tu santo Erangelio. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Dame, Sefior, tu bendición.
El Señor esté en mi corazón y en mis labios, para que pueda anunciar digna y competentemente su Evangelio. Amén.

183. ¿Por qué el Evangelio se lee en el lado derecho del altar?

Porque es universalmente considerado como el lugar más honorífico; y también por esta razón simbólica: ese lado en las basílicas antiguas venía a coincidir con el Norte, pues se construían generalmente de tal manera que los fieles orasen cara al Oriente — del Oriente vino Jesucristo, los Profetas le llamaron «Oriente, Luz Verdadera, Sol de Justicia»—; y como en la S. Escritura el lado Norte, región fría y obscura, simboliza al paganismo y, en cambio, el Sur representa a los adoradores del verdadero Dios, por eso el Evangelio, que viene a iluminar las tinieblas del paganismo, se lee en el lado Norte, así como la Epístola, que es para los ya cristianos, se lee en el lado Sur.

 

184. ¿Con qué honores y ceremonias ha rodeado la Iglesia la lectura del Evangelio?
Como para ella el libro de los Evangelios representa al mismo Jesucristo, que vive siempre y palpita en sus páginas, la Iglesia le rinde los mayores honores.
Los Evangelios son los principales documentos que refieren la buena noticia — eso significa en griego la palabra —, o sea, la salvación del mundo traída por Jesús, el hecho de la revelación cristiana, la vida y doctrina de N. S. Jesucristo. Decimos que son los principales, porque entre los documentos cristianos, que hablan sobre lo mismo, hay, además, otros, como los Hechos de los Apóstoles y los demás escritos del Nuevo Testamento; y entre los no cristianos, están los escritos de los judíos, Josefo y Filón: y los latinos, de Plinio, el joven — su famosa carta 97—, los de Suetonio— vidas de Claudio y de Nerón — y, sobre todo, Tácito. —Anuales, lib. XV.
En el curso del año Litúrgico, la Iglesia nos ofrece en su Misal cerca de doscientos trozos evangélicos diferentes:

65 de San Mateo. — 63 de San Juan. — 58 de San Lucas. — 12 de San Marcos.

Después del Smo. Sacramento, nada puede haber para nosotros más precioso que el “Verbum vitae”, la palabra de vida, encerrada en este libro sagrado por excelencia.

 

185. ¿Dónde se despliegan con toda su magnificencia esos honores al libro de los Evangelios?
En la Misa solemne: el diácono toma el Evangeliario y lo coloca sobre el altar, manifestando así la identidad que existe entre el Verbo de Dios, que vamos a oír en el Evangelio, y Nuestro Señor, de quien el altar es representación o imagen. Bendecido el incienso por el celebrante, el diácono se arrodilla sobre el peldaño más elevado del altar y recita la oración «Purifica mi corazón»; se levanta, vuelve a tomar el Evangeliario que, Jesucristo, figurado por el altar, parece confiarle, y prosternado a los pies del celebrante le pide su bendición: se la da en nombre de la Sma. Trinidad, y el diácono besa la mano del sacerdote, mano que éste ha colocado sobre el libro en ademán de entregárselo y de que lo lea en nombre suyo. Se organiza en seguida la procesión para el canto del Evangelio: Cfr. 251: hacia el atril o pulpito avanza el turiferario, dos acólitos con sendos ciriales, el sub-diácono y, por fin, el diácono llevando con respeto y con cariño delante del pecho el Evangeliario… Saludo a la asamblea:Dominus vobiscum, anuncio del trozo evangélico que va a leerse, cruces sobre el libro y sobre sí mismo: en la frente; el cristiano no debe avergonzarse del Evangelio: en la boca, debe confesarlo en todas partes: en el pecho, debe llevarlo siempre impreso en el corazón… Aclamación entusiasta del pueblo a Jesucristo: Gloria a Ti, Señor… tres golpes de incienso al Evangeliario y, por fin, la lectura alegre, reposada, del texto evangélico. Un beso de amor al libro de los Evangelios y de agradecimiento a Cristo, que acaba de hablarnos, viene a cerrar todo el magnífico ceremonial con que la Iglesia quiere honrar a su libro más querido. Cfr. Gueranger: La Santa Misa, explicada, pág. 48-54. Antiguamente también los fieles besaban ahora — mientras se recitaba el CREDO — el Evangeliario, que ante ellos iba pasando un sub-diácono: los seglares lo besaban cerrado, y los clérigos abierto.

186. ¿En qué actitud debe oírse la lectura del Evangelio?

En señal de respeto al Evangelio y de obediencia pronta y enérgica a sus enseñanzas, debe oírse de pie.
Los Obispos se quitan la mitra, y en otros tiempos los caballeros cristianos y las Ordenes militares presentaban armas, desenvainando sus espadas, y hasta los emperadores, los reyes y sus esposas deponían en este momento sus brillantes diademas.
¡Con qué cariño miraba el pueblo cristiano al libro de los Evangelios! «¿No ves — nos dice S. Juan Crisóstomo — cómo las mujeres y los niños pequeñitos llevan los Evangelios suspendidos del cuello, como un escudo de defensa?» Homil, 19 ad pop. Cfr. n. 257. Y de Santa Cecilia nos dicen las Actas de su martirio, que siempre llevaba en el pecho, como la más preciosa reliquia, el Evangelio de Cristo. Todavía hoy este libro, que ricamente encuadernado presidió los Concilios y recibió los más solemnes juramentos de los fieles, de los caudillos y de los jefes supremos de los pueblos, sigue ahora testificando las afirmaciones más graves de la vida, recibiendo la profesión de los sacerdotes y de los doctores. —¿Existe alguna relación entre las dos lecturas: entre la Epístola y el Evangelio?: Aunque no siempre, pero en muchos casos podemos hallar alguna de estas relaciones: de la promesa al cumplimiento, o de la moral al dogma…

 

LECTURA DEL EVANGELIO:

S. El Señor sea con vosotros.
P. Y con tu espíritu.
S. Continuación del santo Evangelio, según S. Mateo (7, 15-21):
P. Gloria a Ti, Señor.
S. En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discipulos: Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los zarzales? Asi, todo árbol bueno da buenos frutos; y todo árbol malo produce frutos malos. No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no da fruto será cortado y echado al fuego. Asi, pues, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará por eso en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará ni el reino de los cielos.
P. Alabanza a Ti, oh Cristo.

 

187. CON LA HOMILIA o comentario familiar del Evangelio — eso significa homilía—, solía terminar la primera parte de la Misa, o Misa de los catecúmenos: era ahora cuando tenía lugar la despedida — missa — de los catecúmenos: «Después del sermón — nos dice San Agustín: Serm. 49, 8 — se despide a los catecúmenos, y quedan sólo los fieles». Cfr. nn. 127 y 138.

 

188. EL CREDO. Pero ya a principios del siglo VI, primero en Oriente, en Constantinopla, después en Occidente, en España — Concilio de Toledo, año 589—, y luego en toda la cristiandad, comienza a recitarse en la Misa EL CREDO, como afirmación pública y solemne, clara y distinta de las creencias católicas.
Antes, el CREDO, en su forma más antigua y simplificada — como el que aprendemos en el Catecismo, y que se llama«Símbolo de los Apóstoles» porque representa el fondo de la predicación apostólica—, estaba únicamente reservado para las ceremonias del BAUTISMO, donde realmente la profesión de fe, más aún que en la Misa, tiene su lugar propio y natural.
EL CREDO NO SE RECITA EN TODAS LAS MISAS: La Iglesia, al reglamentar su uso, ha tenido presente, sobre todo, estos dos motivos:

1. EL CONCURSO DEL PUEBLO: todos los domingos del año — Patronos principales —, Dedicación de las iglesias.
2. RELACION DEL CREDO CON LA FIESTA QUE SE CELEBRA: fiestas del Señor — de la Sma. Virgen —, de los Santos Angeles (invisibilium), Apóstoles y Doctores.

CREDO o Símbolo Niceno-Constantinopolitano.
CREO EN DIOS PADRE

Creo en un solo Dios (inclinación).
Padre Todopoderoso, creador del cielo y de, la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. (Angeles.)

CREO EN DIOS HIJO

Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo unigénito de Dios.
Y nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho, consubstancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas.
El cual por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó de. los cielos (arrodillándose) Y SE ENCARNO POR OBRA DEL ESPIRITU SANTO, DE MARIA VIRGEN: Y SE HIZO HOMBRE.
Fue crucificado también por nosotros: padeció bajo el poder de Poncio Pilotos, y fue sepultado.
Y resucitó al tercer día, según las Escrituras.
Y subió al cielo: está sentado a la diestra del Padre.
Y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos; y su reino no tendrá fin.

CREO EN DIOS ESPIRITU SANTO

Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificador. Que del Padre y del Hijo procede.
Que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado. Que habló por medio de los Profetas.

189. ¿Cómo se llama el Credo o Símbolo que recitamos en la Misa?

Se llama «SIMBOLO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO», porque viene a ser una fusión de los dos Símbolos redactados por esos Concilios, celebrados el de Nicea en el año 825, y el de Constantinopla en 381.
En realidad, en la Iglesia Católica nunca ha existido más que un solo Símbolo, firme e inalterable en cuanto al fondo; pero en cuanto a la forma, es decir, en cuanto al modo de proponer más explícitamente éste o aquél dogma, y de desarrollar uno u otro artículo, ya contenido en el Símbolo de los Apóstoles, pero que requería mayor declaración y más rotunda afirmación ante los ataques del error y de la herejía, estos dos Concilios Ecuménicos — o sea, Concilios a los que asisten Obispos de todo el mundo, al de Nicea asistieron 318, y ostentando la representación del PAPA, acudió nuestro célebre OSIO de Córdoba — dieron nueva forma al símbolo de los Apóstoles: el de Nicea, para combatir la herejía de Arrio, que negaba la divinidad de Jesucristo, explicó más detalladamente el segundo artículo del Credo; y el de Constantinopla confirmó plenamente la divinidad del Espíritu Santo para oponerse a Macedonio.
Como uno de los mejores comentarios del CREDO, recomendamos a nuestros lectores el original libro del Coronel Ignotus (José de Elola) «EL CREDO Y LA RAZON» (3 edic.).

 

CREO EN LA IGLESIA

Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados.
Y espero la resurrección de los muertos.
Y la vida del siglo venidero (santiguándose). Amén.