ORIGENES DE LA MISA
Números 125-142
“Haced esto en memoria mía”

A. MISA PRIMITIVA:
Reuniones de los primeros Cristianos.
Siglos I – III.
125. Después de Pentecostés, ¿cuántas clases de asambleas o reuniones observamos en los primeros cristianos?
Observamos dos clases de reuniones: unas sin Fracción del Pan o sin Eucaristía, dedicadas propiamente a la instrucción y a la oración; y otras con Fracción del Pan o Eucaristía, consagradas a conmemorar la Cena del Señor.

Acerca de las primeras reuniones véase, por ejemplo: Col. 3, 16; Kfes. 5, 19; 1 Tim, 2, 1 sig. ; 4, 13, etc.

De las segundas copiaremos en seguida algunos testimonios.

126. ¿Cuál era el origen de las primeras reuniones?
Procedían de las asambleas de las sinagogas judias.

LAS SINAGOGAS — literalmente reuniones — eran edificios, en general muy sencillos, situados en lugares elevados, o en valles bien regados por ríos o fuentes para las múltiples purificaciones de los judíos. Dentro, en el fondo de la sala, había una especie de armario, cubierto con un velo o cortina: aquello era el tabernáculo o santuario, el arca o «tebah», donde religiosamente se guardaban los libros sagrados.
Hacia el centro se levantaba una plataforma, donde estaba el pupitre para el lector y donde el rabino o doctor de la Ley, rodeado de los miembros más respetables de la asamblea, hacía sus explicaciones, desenrollando, a medida que iba leyendo, las largas hojas de pergamino que, enrolladas en un bastón de marfil o de madera, constituían los libros de entonces.

Los fieles, los hombres a un lado y las mujeres al otro, se situaban frente a esta tribuna.

No había, en fin, altar ni ornato alguno: sólo ardía una lámpara como en nuestras iglesias, se veía algún cepillo para las limosnas y alguna que otra alhacena para guardar ¡as trompetas y demás objetos litúrgicos.

127. ¿Qué actos se tenían en las sinagogas?
A la sinagoga acudían los judíos, sobre todo los sábados, para asistir a estos tres actos:

1. Oración. 2. Lecturas: una tomada de la LEY, y otra, de los PROFETAS. 3. Interpretación edificante y moral de lo leído por el escriba o doctor.

Entre una y otra lectura se cantaban Salmos.

Recuérdese la estancia de Jesús en la sinagoga de Nazaret: en aquella ocasión N. S. Jesucristo se levantó para hacer la segunda lectura, la de los PROFETAS, quizá por propia iniciativa o, tal vez, invitado por el jefe de la sinagoga. S. Lc. IV, 14.
128. ¿Los judíos cristianos seguían acudiendo al Templo y a los oficios de la sinagoga?

Al principio seguían acudiendo, pues ningún inconveniente podían ofrecer para ellos esas reuniones, y más bien brindaban a los Apóstoles y discípulos de Jesús ocasión muy oportuna de exponer el Evangelio a sus connacionales. Cfr. Act. Ap. XIII, 14-16.

129. ¿Pero qué innovación introdujeron muy pronto los cristianos en sus asambleas?
A las lecturas del Antiguo Testamento fueron añadiendo otras del Nuevo, como las Cartas de San Pablo, los Hechos de los Apóstoles y los Evangelios.

130. ¿Con qué nombre se designaron estas reuniones?
Se llamaron «VIGILIAS», porque tenían lugar por la noche, y la noche solían dividirla los romanos en cuatro vigilias o espacios de tiempo de unas tres horas cada uno.
De éstas y de las siguientes reuniones ya nos habla Plinio — entre los años 111-113 — en la famosa carta que dirigió a Trajano sobre los cristianos. Plinio: Epist, lib. 10, ep. 96. Kirch. 24.

131. ¿Cómo celebraban la segunda clase de reuniones, o sea, las consagradas a conmemorar la Cena del Señor?
Como Jesús había instituido la Eucaristía en un banquete o comida, en el banquete del Cordero Pascual, ellos comenzaron a hacer lo mismo: de este modo se originaron las que pudieran llamarse «MISAS-AGAPES».

132. ¿Qué eran los ágapes?
Los ágapes (del griego amar) eran los convites de amor de los primeros cristianos y que ordinariamente solían preceder a la Fracción del Pan.
«En nuestras comidas, decía Tertuliano, nada haya vil, o inmodesto. Nadie se eche en su lecho o triclinio sin haber comenzado orando a Dios; no comamos más que lo preciso para apagar el hambre; no bebamos más que lo suficiente a hombres modestos. Se come sin olvidar que Dios nos escucha. Después que se han lavado las manos y se han encendido las antorchas, se invita a cada uno a cantar en medio de la asamblea las alabanzas del Señor, recurriendo a las Santas Escrituras, o al propio impulso. Por ahí se conoce si ha guardado templanza en la bebida. Con la oración se termina igualmente la comida.» Apol. 31.

133. ¿De estas «Misas-Agapes», se eonservan en los Libros Sagrados algunas descripciones?
Podemos citar estas tres, pertenecientes al primer siglo del Cristianismo y que se refieren a diversos puntos del mundo: JERUSALEN, TROADE (Asia Menor) y CORINTO.
EN JERUSALEN, nos dicen los Hechos Apost. II, 46, que los creyentes asistían cada día largos ratos al Templo, unidos con un mismo espíritu, y PARTIENDO EL PAN POR LAS GASAS DE LOS PIELES, TOMABAN EL ALIMENTO CON ALEGRIA Y SENCILLEZ DE CORAZON.
EN TROADE: Como el primer día de la semada — ya el domingo, el dia de la Misa — nos hubiésemos congregado para partir y comer el Pan, Pablo que había de marchar al día siguiente, conferenciaba con los oyentes y alargó la plática hasta la media noche.
Es de advertir que, en el cenáculo donde estábamos congregados, había gran abundancia de luces — ya la luz litúrgica —; y sucedió que, a un mancebo llamado Eutico, estando sentado sobre una ventana, le sobrecogió un sueño muy pesado, mientras proseguía Pablo su largo discurso; y vencido al fin del sueño, cayó desde el tercer piso de la casa abajo, y le levantaron muerto. Pero habiendo bajado Pablo, echóse sobre él, y abrazándole dijo: “No os asustéis, pues está vivo…” Y subiendo luego otra vez, PARTIO EL PAN, y habiendo comido y platicado con ellos hasta el amanecer, después se marchó. Hechos Apost., XX. 7-11.
EN CORINTO: «Primeramente oigo — escribe S. Pablo a los fieles de Corinto — que al juntaros en la iglesia, hay entre vosotros parcialidades o desuniones. Y en parte lo creo… Ahora, pues, cuando os juntáis para los ágapes, ya no es para celebrar la Cena del Señor. Porque cada uno come allí lo que ha llevado para cenar, sin atender a los demás. Y así, sucede que los unos no tienen nada que comer, mientras los otros comen con exceso. ¿No tenéis vuestras casas para comer y beber? ¿o venís a profanar la iglesia de Dios, y avergonzar a los que no tienen nada? ¿Qué os diré sobre eso? ¿Os alabaré? En eso no puedo alabaros.
Porque yo aprendí del Señor lo que también os tengo enseñado, y es que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser entregado, tomó el pan, y dando gracias, lo partió, y dijo a sus discípulos: «TOMAD Y COMED: ESTE ES MI CUERPO, que por vosotros será entregado: HACED ESTO EN MEMORIA MIA». Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: «Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; haced esto cuantas veces lo bebiereis en nombre mío… Por lo cual, hermanos míos, cuando os reunís para esas comidas, esperáos unos a otros». Si alguno tiene hambre — y no puede esperar la cena frugal del ágape —, coma en casa, a fin de que el juntaros no sea para condenación vuestra». 1 Cor. XI, 18-34.

134. ¿Qué observamos en esta última descripción, la más completa que conservamos de las «Misas-Agapes»?
Observamos que el apóstol San Pablo reprende los abusos a que ya entonces — hacia el año 56—daban lugar estas reuniones; abusos que se dieron no sólo en Corinto, sino también en otras partes y que obligaron, ya en el primer siglo, a separar el ágape de la misa, y, más tarde, a fines del siglo IV, a suprimirlo del todo. Concilio de Teodicea (entre 341 y 381), c. 27. Kirch, n. 470; Tercer Concilio de Cartago (391), c. 301. Como saludable reacción contra los abusos de los ágapes, prescribióse entonces el ayuno eucarístico, que permanece en vigor hasta nuestros días.
Del ayuno eucaristico ya nos habla la Tradición Apostólica, de Hipólito, compuesta hacia el 218, en estos términos: «Todo fiel debe vigilar atentamente para no tomar nada antes de recibir la Eucaristía. Porque cuando los fieles la reciben, aunque se le ofreciera a uno un veneno mortal, no podría causarles ningún efecto». C. 28.

135. ¿Qué sucedió al cabo de algún tiempo con estas dos clases de reuniones?
Que naturalmente terminaron por juntarse y formar una sola reunión litúrgica.
«Estos dos ritos, estan bien hechos el uno para el otro, debían encontrarse y unirse. Era muy natural que, después de la reunión en que se habían cantando salmos, leído la ley, los profetas, los Apóstoles y el Evangelio y se había predicado al pueblo, se tuviese la idea de celebrar la Eucaristía. No había preparación más conveniente. Desde el siglo II, por lo menos, esta adaptación está hecha, y llega a ser universal en una época en que todavía no existían las diferencias entre las diversas familias litúrgicas.» Cabrol: Les Origines Liturgiques, IV: La Messe, pág. 137.

136. ¿Dónde vemos ya juntas ambas reuniones?
En la célebre descripción, que nos dejó de la Misa de su tiempo, el gran apologista y mártir del siglo II, San Justino— murió entre 163 y 167—. En ella y ¡a diecinueve siglos de distancia de nosotros!, reconocemos los rasgos característicos de nuestra Misa: el orden ha permanecido esencialmente el mismo.
1. El día del sol — es decir, el domingo; ¡ya es el dia de la misal — todos los que viven en las ciudades o en los campos, se reúnen en un mismo sitio:
2. Y cuando lo permite el tiempo, se leen las Memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas (LECTURA DE LA SAGRADA ESCRITORA: EPISTOLAS Y EVANGELIOS).
3. Después, cuando ha cesado el lector, el presidente — el Obispo — toma la palabra para hacer una exhortación e invita a seguir tan hermosos ejemplos (PREDICACION: HOMILIA).
4. Luego, todos nos levantamos a un tiempo y recitamos oraciones por nosotros mismos… y por todos los otros de todas partes del mundo. (ORACIONES DEL VIERNES SANTO.)
5. Después que terminamos de rezar, nos saludamos mutuamente con el ósculo de paz. (Hoy EL OSCULO DE PAZ se da inmediatamente antes de la comunión: en otras liturgias, como se ve aquí, en S. Justino, y en las Constituciones de los Apost. — siglo V —, precedía a la Ofrenda u Ofertorio, según el mandato del Señor: San Mateo, V, 23-24.) V. 48.
6. Luego se lleva al que preside a los hermanos, pan y una copa con agua y vino, y éste, cogiéndola, da rienda suelta a la alabanza y gloria al Padre de todos, en nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y prosigue con prolongada eucaristía, o acción de gracias, por los dones recibidos de Aquél. Después que las oraciones y la eucaristía han terminado, todo el pueblo responde por aclamación: AMEN. (PLEGARIA EUCARISTICA: PREFACIO Y CANON.) Cfr. n. 212 y 230.
7. Entonces, los que entre nosotros se llaman diáconos — propios ayudantes—, reparten el pan, el vino y el agua con los que se ha dado gracias, los reparten entre los asistentes y lo llevan a los ausentes (COMUNION BAJO AMBAS ESPECIES). V. n. 45.
8. Los que viven en la abundancia y quieren hacer limosnas, dan cada uno lo que puede; lo recolectado se envía al presidente — Obispo—, quien los distribuye entre los huérfanos, las viudas, los enfermos, los necesitados, los prisioneros y los huéspedes extranjeros. (COLECTA, DERECHOS DEL CULTO, LIMOSNAS.) Cfr. 193.
9. Nos reunimos en el día del sol, porque es el primer día en el cual Dios, sacando la materia de las Tinieblas, creó el mundo, y en este mismo día, Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos (EL DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR, sustituyendo al sábado judío).

Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, del que nadie puede participar, si no tiene por verdaderas nuestras doctrinas y recibido el baño para el perdón de los pecados y para un nuevo nacimiento y vive como Cristo ha enseñado; pues no recibimos esto como pan ordinario y vino común, sino que sabemos que el alimento consagrado en la acción de gracias, es la carne y sangre de Aquel encarnado. Porque los Apóstoles en sus comentarios, que se llaman Evangelios, enseñan que asi se lo encargó Jesús… S. JUSTINO: Primera Apología, dirigida al emperador Antonio Pío (138-161). Kirch, nn. 42, 44.

137. ¿De dónde salió, pues, nuestra misa actual?
De la combinación de las dos clases de reuniones, que celebraban los primeros cristianos: de las vigilias cristianas o antiguas asambleas de la sinagoga judía, prontamente remozadas y cristianizadas por el catolicismo naciente; y de las reuniones eucaristicas o reproducciones conmemorativas de la Cena del Séñor.

138. ¿Cómo se llamó la parte de la misa formada con los elementos de las vigilias cristianas?
Se llamó «ANTE-MISA» y también «MISA DE LOS CATECUMENOS», abarcando, en líneas generales, los mismos actos que las vigilias; es decir, 1, Oración (Preces al pie del altar, cantos, etc.); 2, Lecturas (dos, Epístola y Evangelio; y hasta el siglo VII, antes se leía la Profecía, o lectura del A. Testamento, como todavía se hace en ciertas Misas: miércoles de Témporas, miércoles tercero de Cuaresma, etc.), y 3, Predicación u Homilía.

139. ¿Por qué se llamó a esta parte «ante-misa»?
Se llamó «ante-Misa», porque se encuentra antes de la Misa, o sacrificio propiamente dicho, que comienza con el Ofertorio, y porque viene a ser la mejor preparación y el vestíbulo más digno del grandioso templo donde van a celebrarse los divinos misterios.

140. ¿Y por qué fué llamada «misa de los catecúmenos»?
Porque a esta parte de la Misa, podían asistir los catecúmenos, penitentes públicos y, aun a veces, los misnos gentiles pero al terminarse la homilía y al decir en voz alta el diácono: Recedant catechumeni, retírense los catecúmenos, salían todos éstos o se retiraban al atrio del templo.
EL CATECUMENADO, la gran institución de la Iglesia para la preparación o iniciación de los aspirantes al bautismo — que en su mayoría eran adultos —, comprendía escrutinios o exámenes sobre la vida de los conversos, exorcismo, unciones, signaciones y sobre todo CATEQUESIS (del griego, hacer resonar al oído, instruir de viva voz) se desarrolla durante los tres primeros siglos, alcanza su plena madurez en el siglo IV con la paz concedida a la Iglesia por Constantino y termina hacia el siglo VI, por la práctica, ya general, de administrar el bautismo a los niños — pues antes era frecuente retardar este sacramento hasta la edad adulta —, y también por razón de la modificación de la penitencia pública.
Los ritos principales del catecumenado persisten, sin embargo, en nuestro bautismo y vuelven a recobrar su antigua actualidad en las misiones entre infieles. Para completar la materia, véase: «Una Misa a principios del siglo III»: Cabrol: La Orac. de la Iglesia, c. VII.

B. MISA ESTACIONAL ROMANA:
Expansión y florecimiento de la Misa
(siglos IV-VI).

141. Al salir la Iglesia de las catacumbas y concederse libertad religiosa al Cristianismo, ¿cuáles son las innovaciones más importantes que hallamos en la celebración de la Misa?
En este período de verdadera revolución religiosa, es admirable el despliegue de la Misa y el crecimiento de sus ceremonias: imitando las fiestas estacionales, que ya venían celebrándose en los Santos Lugares de Jerusalén y de Belén — así también se explican los nombres que recibieron algunas de las basílicas romanas: Sta. Cruz de Jerusalén, Sta. María la Mayor—, comenzaron a tenerse en Roma las llamadas «Misas estacionales».
La palabra “estación”, en latín: statio, es un término militar que puede traducirse por «centinela o puesto de guardia». Todavía nuestros misales siguen indicando al frente de las Misas la iglesia estacional: actualmente hay señalados 89 días de estación, la mayor parte de ellos en Adviento y en todas las ferias de Cuaresma.
Todas las Misas de Cuaresma tienen su Estación. El Papa iba celebrando sucesivamente la Misa solemne en las grandes Basílicas de Roma, en sus 25 parroquias. Estas parroquias, que existían ya en el siglo V, se llamaban «títulos», y los sacerdotes de Roma que las servían se llamaban Cardenales (incardinati), que quiere decir ligados a estas Iglesias. Por eso aun hoy día los Cardenales son titulares de cada uno de estos santuarios.

La Misa estacional dió origen, entre otras menos importantes, a las siguientes innovaciones:
1, Colecta. 2, Kyries. 3, Introito. 4, Gloria.
1. Reunión en la basílica de la Colecta.
En los días más señalados, la comunidad cristiana de Roma comienza por esta época a acudir a una de las basílicas de la Ciudad Eterna, para reunirse allí con el Papa y el clero romano; una vez reunida la asamblea de los fieles — ecclesia collecta—, se canta un salmo y el Papa recita una oración que se llama «COLECTA», es decir, «oración sobre la iglesia reunida». Cfr. 168-171.
2. Procesión hacia la basílica estacional: Kyries.
Da la bendición el Pontífice, y se organiza una solemnísima procesión, con la Cruz estacional al frente, llevada por un subdiácono —V. n. 90—; durante el trayecto se canta una oración litánica, o sea, una serie de breves y ardientes súplicas, seguidas de repetidos KYRIES. Cfr. 162-164.
3. Entrada del clero en la basílica: INTROITO.
Llega la procesión a la basílica estacional: el pueblo penetra en el templo y el Papa o el Obispo se desvía hacia un lado del atrio —V. n. 74-75— para entrar en el «secretarium o sacristía», situada entonces a la entrada de la iglesia; cuando el Pontífice y su cortejo, revestidos ya de preciosos ornamentos salen de la sacristía y avanzan por entre la compacta multitud de los fieles para dirigirse al altar, el mismo pueblo — más tarde una afinada schola cantorum — prorrumpe en un entusiasta cántico de entrada: el INTROITO. (V, n. 159-161.)
Durante los primeros siglos, como a la Misa precedía siempre la Vigilia — V. n. 130 —, no era necesario este cántico o salmo de entrada.
4. Comienzo de la Liturgia: GLORIA.
Comienza la liturgia, la Misa, con un cántico matinal, el GLORIA, ya usado en el Oriente en el Oficio divino. Cfr. n. 150.

LAS FIESTAS ESTACIONALES llegaron a su máximo esplendor bajo el pontificado de S. Gregorio Magno (590-604); comenzaron a decaer hacia el siglo VIII, y finalmente desaparecieron del todo a principios del s. XIV con el destierro de los Papas en Avignon.
LECTURAS

142. LA LENGUA DE LA LITURGIA
«Nuestras ceremonias, realmente, son hermosas, emocionantes, dignas de Dios — se me podría objetar —, pero sería mayor su eficacia si se hiciesen, no en lengua latina, sino en lengua vernácula. Antiguamente, cuando los hombres hablaban el latín, podía seguirse la liturgia. ¿Pero hoy? ¿Quién sabe el latín? Aun aquellos que lo estudiaron en el bachillerato, ¡cuán aprisa lo han olvidado! ¿No sería más lógico que la Iglesia permitiese a cada pueblo hacer las ceremonias culturales en su propio idioma? ¿No irían los hombres con más gusto a la iglesia y no sacarían más provecho de los actos del culto?…
Asi raciocinan muchos. Y nosotros hemos de contestar a estas cuestiones.
Ante todo, confesamos el hecho de que hoy día — descontándose el clero — son pocos los fieles que entienden la lengua latina de nuestras ceremonias. Pero la Iglesia no procedió en este punto según un plan preconcebido; lo que hay ahora en realidad, es el resultado de un desarrollo histórico. Al principio, la lengua latina era la lengua viva del pueblo en la parte occidental de la Iglesia; al principio, por tanto, la liturgia tenía la misma lengua del pueblo. El latín murió en los labios de nuestros mayores, pero la Iglesia lo conservó y lo conserva aún hoy, aunque dificulte la comprensión de la liturgia.
Nadie lleva más que la Iglesia Católica sobre el corazón, el que los hombres sean profundamente religiosos. Por tanto, si ella guardó con venerable piedad la lengua latina, tendrá sus motivos serios para ello.

¿Cuáles son éstos?
1. Ante todo, la Iglesia necesita una lengua universal, porque universal es ella; y para hacer patente por doquiera su unidad, necesita una lengua única, común a todos. En atención al desarrollo del comercio mundial se ha creado una lengua artificiosa, universal: el esperanto; ¡cuánto más necesaria es para la Iglesia Católica, que tiene fieles por todas partes, desde Groenlandia hasta el Cabo de Buena Esperanza, desde el Oriente hasta el Occidente!
Por otra parte, si la Iglesia universal necesita una lengua universal, es un consuelo para los pueblos pequeños, que la lengua de la Iglesia no sea ni el alemán, ni el francés, ni el inglés, sino el latín, que en la actualidad ya no es de ningún pueblo, y por lo mismo, no hiere la sensibilidad nacional de nadie. En este punto podríamos aducir un gran número de motivos sentimentales, que prueban el acierto con que procede la Iglesia. Veamos unos pocos casos. Un buque llega a América. Lleva emigrantes húngaros. Hombres de piel curtida, húngaros castizos de la región de Tisza, entran en la Babilonia del puerto americano… No conocen a nadie, no entienden una sola palabra… Con un sentimiento de amargura van y vienen por las calles desconocidas de la ingente metrópoli…, cuando un día se encuentran con una iglesia católica. Entran, y en seguida se sienten en casa… En casa, porque la lámpara del santuario brilla de la misma manera que allá lejos, en la pequeña aldea húngara, y el celebrante — inglés o español, o de otra nacionalidad cualquiera — canta el «Golria» de la misma manera, y los saluda con las mismas palabras que el viejo párroco allá en casa: «¡Dominus vobiscum! El Señor está con vosotros». ¡Qué oleadas de consuelo entran entonces en el corazón! ¡Sólo puede saberlo quien ha pasado mucho tiempo lejos, en el extranjero!…
Pero ¡qué satisfacción también para nosotros, sacerdotes, y qué prueba más contundente de la unidad de nuestra fe sacrosanta el ver que en cualquier punto del mundo, doquiera que vayamos, en todas partes, nuestra Misa es la misma! En cierta ocasión, yo viajaba por el Lago Maggiore, justamente cuando el pueblo de una pequeña isla, Isola Bella, celebraba la fiesta de su titular. El párroco me invitó a celebrar la Misa mayor. La iglesia estaba atestada de fieles italianos, y ni siquiera notaron que, entre los dos ministros italianos, un sacerdote húngaro celebraba la misa de fiesta.
De la misma manera, en una isla holandesa rodeaban el altar piadosos pescadores, y yo cantaba la Misa solemne. Y lo mismo en París, en la parroquia del XII distrito… En Chicago, los acólitos eran muchachos americanos, que no había visto en mi vida ; y todo iba con tanta precisión y ajuste como si me hubiesen ayudado durante años… Y podría aducir otros muchos ejemplos. Esta manifestación magnífica de la unidad, es uno de los motivo, por los cuales la Iglesia tiene apego a la liturgia unificada, a la lengua única, el latín.

2. Y no es este el motivo principal. Hay otro más profundo que aconseja este proceder a la Iglesia, y es: CONSERVAR LA PUREZA DE NUESTRA FE.
Supongamos, por ejemplo, que el Papa Silvestre II, al enviar la corona a San Esteban, le hubiese dado permiso de celebrar las funciones litúrgicas en húngaro. ¿Qué habrían hecho con este permiso los antiguos húngaros? ¡Qué apuro para ellos! ¿Cómo expresar en su idioma primitivo los pensamientos más difíciles de la filosofía y de la teología, aquellas sutilezas que muchas veces no son más que diferencias de matiz, pero que, en los dogmas, pueden tener una importancia suma?
Pero supongamos que se hubiese logrado expresarlo todo en la antigua lengua húngara de hace mil años. ¿Cómo estaríamos hoy? O tendríamos que usar las primitivas traducciones, y entonces todo el mundo se reiría durante la Misa, o habríamos de traducir continuamente, en consonancia con la evolución de la lengua, el texto de la Misa, y entonces habría tantas costumbres y tantos textos húngaros como iglesias. Este cambio continuo, ¿no sería en detrimento de la piedad? ¿No sacudiría la fe que tenemos en la invariabilidad de nuestra doctrina? ¿No quitaría a nuestro culto la fuerza y el encanto misterioso que le da justamente la pátina de la antigüedad?

3. Y llegamos al tercer pensamiento, a la tercera razón por la cual la Iglesia no quiere renunciar a la lengua latina. Y es: su antigüedad en la liturgia.
La Humanidad estuvo cegada durante cierto tiempo por la fiebre de la innovación. Había que innovar a toda costa. «Nada de lo antiguo es bueno, y todo lo nuevo trae la salvación», ésta era la divisa. Hoy día — después de amargos experimentos — ya estamos desengañados. Ya sabemos que «no todo lo que brilla es oro», y estamos convencidos, además, de que «no todo lo nuevo es bueno». Concedemos que el hombre no puede ser anticuado, que no es posible detenernos en las costumbres rancias de épocas pasadas; pero hacemos constar también que no podemos correr tan sin freno por los caminos de la innovación, que hayamos de echar por la borda tradiciones antiguas, que aun hoy día son valiosas.
El hombre de hoy va sabiendo apreciar de nuevo el pasado, y esto es un fenómeno alentador. Hay quienes se pavonean con la antigüedad de su prosapia. Guardamos con esmero la espada de gala, las alhajas de la familia, los retratos y .los muebles que nos vienen de nuestros antepasados. Hay millonario americano que darla un potosí para hacer remontar a cien o cincuenta años la antigüedad de su árbol genealógico.
Pues bien; la lengua latina de nuestras ceremonias tiene dos mil años. Supongamos por un momento que el gramófono existía hace ya cien años, y que de repente en el círculo familiar se oye la voz del bisabuelo o tatarabuelo. ¡Cómo se enturbiarían de pura emoción los ojos de los nietos! ¿Pues no hemos de sentir nosotros la misma emoción en las ceremonias de la santa Misa, en que llega a nuestros oídos la voz de nuestros mayores, cristianos de hace mil y dos mil años?
«CHRISTE, AUDI NOS, CHRISTE, EXAUDI NOS», «CRISTO, OYENOS…» ¿Quién pronunció estas palabras? Nuestros primeros mártires, al sentir en su cuerpo los zarpazos de fieras hambrientas, de fieras que tenían sed de sangre, allá en las arenas del circo romano, mientras el público aplaudía. «CHRISTE. AUDI NOS»
«DOMINUS VOBISCUM», «EL SEÑOR ESTA CON VOSOTROS». ¿Quién pronunció estas otras palabras? Nuestros mayores, los primeros mártires del cristianismo, cuando por la noche, en los corredores subterráneos de Roma, hincados de hinojos, rodeaban al Papa que celebraba la Misa y esperaban temblando el momento de ser acometidos por los verdugos que los perseguían…
¿Se puede renunciar con ligereza a esta preciosa herencia?
No ha mucho, en Alemania, hubo entre los no católicos un movimiento para suprimir de su culto las pocas palabras extranjeras que todavía quedaban, como, por ejemplo, «Aleluia», «Hosanna», «Kyrie eleison o Amén». ¿Cuál fué la solución? Un pastor protestante contestó…, entonando el panegírico del papado, por haber logrado extender por todo el mundo una lengua litúrgica común, y con todo, respetar los diferentes rasgos raciales. Aquel pastor protestante dijo textualmente: «La Misa en latín es un lazo que une a todos los católicos del mundo entero, mientras que nosotros, protestantes, al encontrarnos en un país cuya lengua desconocemos, nos sentimos extraños frente a las ceremonias de nuestra propia religión. El latín nunca debiera haber desaparecido de nuestro culto». «Osservatore Romano», 16 nov. 1927.
“Si lo observan los otros, nosotros tenemos motivo más que suficiente para estar orgullosos». Tihamer Toth: Los Diez Mandamientos, t. I, pp. 293-298.

El hecho de que la Iglesia Católica, para su Liturgia posea actualmente una lengua particular, el latín, ininteligible para quien no lo haya estudiado, no es un hecho insólito, raro o aislado. Nada de eso: todas las razas y pueblos han tenido y tienen su propia lengua litúrgica, y tan diversa de su lengua vulgar actual, que se requiere especial estudio para entenderlas: los coptos, por ejemplo, usan en su liturgia la lengua cóptica, pero tan diversa de la suya actual, que ha sido necesario traducir al árabe — lengua ahora vulgar en aquella región—: las rúbricas del misal, no ya para uso del pueblo menos instruido, sino de los mismos sacerdotes; algo parecido puede afirmarse de los griegos, de los sirios, caldeos, eslavos, armenios, etiópicos, etc. La lengua del Corán, el árabe clásico, en que está escrito este libro sagrado de los mahometanos, hace mucho tiempo que dejó de hablarse entre el pueblo. El Veda, de la India, a solos los Braemanes les está permitido leerlo, y a los ministros inferiores se les prohibe escuchar su lectura o hablar de él. Lo mismo que la lengua llamada Pali, lengua litúrgica de Ceilán, Maduré, de gran parte de Java y de la Indochina y de todo el Japón, hace muchos sigJos que dejó de hablarse… No hay que multiplicar más los ejemplos; es éste un fenómeno histórico, por otra parte muy natural y obvio: el escrupuloso cuidado y la sagrada veneración con que se aprenden de coro y se guardan y heredan de generación en generación las fórmulas, plegarias, ritos y ceremonias religiosas no permiten los cambios y alteraciones que producen la inestabilidad y evoluciones filológicas de las lenguas vivas modernas.

LA PRIMERA MISA DE N. S. J. C. tuvo su oblación u Ofertorio en la ULTIMA CENA; y su inmolación o Consagración dilatóse a través de toda la Pasión, consumándose, por fin, en el Calvario con la muerte de la VICTIMA en la Cruz.
En tiempo de N. S. J. C. se comía al estilo griego y romano, es decir, echados o reclinados sobre el costado izquierdo en lechos o divanes, muy parecidos a nuestros canapés, y que solían recibir tres, cuatro y aun cinco comensales; la mesa, generalmente cuadrada, era, por lo tanto, más baja que las nuestras. Todo parece indicar que Jesús, Pedro y Juan pertenecían al mismo lecho: Jesús, en el medio y apoyado en el codo izquierdo, tenía delante de sí a S. Juan y detrás a S. Pedro. Así se explican satisfactoriamente algunos detalles interesantísimos de la ULTIMA CENA. El lugar más honorífico era el lectus medius, y en éste, el puesto de honor destinado al convidado más distinguido, era el locus medius.

(Cf. LAURAND : Manual de Est. Grieg. y Lat,, I, 51 y IV, 125).
Antonio Rubinos S.J.
CATECISMO HISTORICO-LITURGICO DE LA MISA