LO QUE DICEN LAS SAGRADAS ESCRITURAS

SERMÓN DE SAN LEONARDO DE PUERTO MAURICIO: EL PEQUEÑO NUMERO DE LOS QUE SE SALVAN

En nuestra época difícilmente encontrará sacerdotes o teólogos que le adviertan que la puerta de la salvación es angosta; incluso entre aquellos teólogos más famosos de la primera mitad del pasado siglo que hoy los “tradicionalistas” consultan, ya se afirmaba un optimismo infundado y asomaba una confianza casi idólatra en el hombre. De aquellos polvos, estos lodos.

No es de extrañar, pues, que el que usurpa actualmente la Cátedra de San Pedro, afirme que también los ateos van al cielo. Estas herejías no le sobrevinieron al entendimiento de Bergoglio ipso facto. Bergoglio no es más que el fruto podrido del “magisterio” de Wojtyla  en el que, por ejemplo, afirma que los herejes pueden ser mártires ( Ut Unum Sint :84) en contra de la enseñanza de la Iglesia, v. g. Pelagio II ( Enchiridion Symbolorum .247). Fruto también   del “magisterio” de Ratzinger, que afirma, por ejemplo,  que los musulmanes adoran al único y verdadero Dios (L’Osservatore Romano 24/8/2005 y en otros documentos), lo cual le define como modernista, ( Los modernistas sostienen que los musulmanes adoran al Dios Único y Verdadero, dice  S. Pío X en la Pascendi, condenándoles). Sea suficiente un botón de muestra de cada uno de ellos, siendo los dos honorables delfines y herederos de Montini, para ver en qué acabaron aquellos polvos. Hoy, desgraciadamente, son mayoría las almas que caminan ” alegremente” hacia la perdición eterna; almas, algunas hambrientas, que piden pan y reciben de los mercenarios áspides con mortales venenos.

Veamos lo que dice las Sagradas Escrituras, por una parte: y leamos el conocido Sermón de San Leonardo de Puerto Mauricio que fue el titulado “El pequeño número de los que se salvan”;  aconsejo encarecidamente meditar este sermón para aprovechar la solidez de su argumentación, que le ha merecido la aprobación de la Iglesia.

LO QUE DICEN SAGRADAS ESCRITURAS

Las sagradas Escrituras enseñan más bien que pocos se salvan. 1 Pedro 4, 18 dice: “… el justo a duras penas se salva…”.

En Mateo 7, versículos 13 y 14, Nuestro Señor Jesucristo dice que espacioso es el camino que lleva al infierno, y que el camino al cielo es angosto y son “… pocos los que atinan con ella”.

Lucas 13, 23-24: “Le dijo uno: ‘Señor, ¿son pocos los que se salvan?’ Él le dijo: ‘Esforzaos a entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos serán los que busquen entrar y no podrán’”.

Estos pasajes de las Sagradas Escrituras más bien parecen indicar que, tristemente, sólo una pequeña parte de la humanidad no pasará la eternidad en el fuego perdurable del infierno.

El Papa Gregorio III (739 d.C.): “… está escrito que estrecha es la puerta y angosto el camino que llevan a la vida”.

En el año 600, el Papa San Gregorio Magno habló sobre cuán pocos se salvan:

Papa San Gregorio Magno (600 d.C.): “Entre más abundan los malos, tanto más debemos sufrir con ellos en la paciencia; porque en la era pocos son los granos llevados a los graneros, pero altos son los montones de paja quemados en el fuego”.

 

En San Mateo 7, 21 y 22, Jesucristo dice que los que hacen la voluntad de su Padre se salvarán. Jesús luego dice que, en el día del Juicio, muchos le dirán que ellos profetizaron, expulsaron demonios y obraron milagros en su Nombre. Pero Jesús les dirá:

S. Mateo 7, 23: “Jamás os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad”.

En S. Lucas 10, 19-20, Jesús les dice a sus Apóstoles:

Mirad que os he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os dañará. Sin embargo no os alegréis en esto de que los espíritus se os sujetan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo”.

Jesús les señala a los Apóstoles que tener poderes especiales no es algo que deban alegrarse en ello, sino más bien, alegrarse de que pasarán la eternidad en los cielos y no irán al infierno.

Como todas las cosas pasarán, ¿qué valor real habría si alguien tuviese poderes especiales o pudiera hacer grandes milagros en nombre de Jesús, si después cuando muriera terminase en el infierno para siempre? No importaría en absoluto, porque ese tiempo habrá ya pasado y no regresaría más, y la condición presente de la persona sería la de dolor, miseria y desesperación.

Si alguien se encuentra en el estado de gracia, tiene la fe católica, evangeliza, y tiene una verdadera devoción a la Santísima Virgen María, la persona puede tener la confianza en que él o ella se encuentran en el camino de la salvación.

Pero, salvo por una revelación especial de Dios (como lo declara el Concilio de Trento), no sabemos con absoluta certeza si terminaremos en el cielo. Por lo tanto, debemos trabajar con temor y temblor en la obra de nuestra salvación, como se dice en Filipenses 2, 12.

En Mateo 24, 13, la Biblia también nos dice que “… el que perseverare hasta el fin, ése será salvo”

Nuestro Señor Jesucristo nos reveló que el camino al paraíso es angosto y estrecho y son pocos los que atinan con él, mientras que el camino al infierno es ancho y espacioso y elegido por la mayoría (Mt. 7,13).

S. Mateo 7, 13: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida, y cuán pocos los que dan con ella!”

S. Lucas 13, 24: Esforzaos a entrar por la puerta estrecha; porque os aseguro que muchos serán los que busquen entrar y no podrán”.

Las Sagradas Escrituras también nos enseñan que casi todo el mundo está bajo las tinieblas, tanto es así que hasta Satanás es llamado el “príncipe” (Juan 12, 31) y el “dios” (2 Cor. 4, 3) de este mundo.

1 S. Juan 5, 19: “Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo todo está bajo el maligno”.

Es una triste realidad de la historia que la mayoría de la gente en el mundo es de mala voluntad y no quieren conocer la verdad. Es por eso que casi todo el mundo se encuentra en las tinieblas y en el camino a la perdición. Así ha sido desde un principio. Lo mismo ocurrió cuando solo ocho almas (Noé y su familia) escaparon de la ira de Dios en el diluvio que cubrió toda la tierra, y cuando los israelitas rechazaron la ley de Dios y cayeron en la idolatría una y otra vez.

La verdad es que para aquellos que verdaderamente creen en Dios, que aceptan la plenitud de su verdad (la fe católica), sin corromperla y quieren hacer lo correcto, no les será difícil llegar al cielo, como Jesucristo dijo, “Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt. 11, 30). La razón debida a que pocos se salvan no es tanto porque sea una cosa difícil salvarse, sino más bien porque las personas se niegan a creer y obrar las cosas simples y fáciles que Dios ha revelado y mandado. Los que hacen lo que Dios quiere y creen en lo que Él dice, descubrirán que serán mucho más felices de lo que eran antes.

Sin embargo, la triste verdad es que casi todas las personas son de mala voluntad. No es de extrañar que por eso los santos y doctores de la Iglesia siempre hayan enseñado que sólo un pequeño porcentaje de personas se salvarán. De hecho, los santos y los doctores de la Iglesia, incluso durante las épocas de fe, enseñaban que la mayoría de los católicos adultos se condenaban.

San Leonardo de Porto Mauricio [1676-1751 d.C.], hablando de cuán pocos se salvan: “Después de haber consultado a todos los teólogos y de haber hecho un estudio diligente al respecto, él [Suárez] escribió: ‘El sentimiento más común es que, entre los cristianos [católicos], hay más almas condenadas que predestinadas’. Si añadimos la autoridad de los Padres griegos y latinos a lo que dicen los teólogos, encontramos que casi todos ellos dicen lo mismo. Este es el sentimiento de San Teodoro, San Basilio, San Efrén, San Juan Crisóstomo. Es más, según Baronio, era la opinión común entre los Padres griegos que esta verdad fue revelada expresamente a San Simeón Estilita y que después de esta revelación, para asegurar su salvación, decidió vivir en lo alto de un pilar por cuarenta años, expuesto a la intemperie, un ejemplo de penitencia y santidad para todos. Ahora consultemos a los Padres latinos. Escucharán a San Gregorio decir claramente: ‘Muchos alcanzarán la fe, pero pocos el reino celestial’. San Anselmo declara: ‘Son pocos los que se salvan’. San Agustín lo afirma aún más claramente: ‘Por lo tanto, pocos se salvan en comparación con aquellos que se condenan’. Sin embargo, el más terrible es San Jerónimo, que dijo al final de su vida, en presencia de sus discípulos, estas terribles palabras: ‘De cien mil personas que han llevado mala vida, encontrarás apenas una que sea digna de indulgencia’”.

San Leonardo, cuando usa el término cristianos se refiere a los católicos y no a los herejes que etán fuera de la Iglesia y  repite la doctrina consistente de los Padres y Doctores: la mayoría de los católicos adultos (ni siquiera incluyendo el mundo no católico) se condenan. Si este era el sentimiento con respecto a la salvación de los católicos en las épocas de fe, ¿qué dirían estos santos del día de hoy? Si a usted le es difícil o problemático aceptar las verdades presentadas en este sitio web, ya sea porque –dirán algunos– ‘es demasiado difícil creer que toda esta enorme cantidad de personas podrían estar equivocadas o engañadas’, pues, considere la enseñanza de nuestro Señor y de los santos citados . Considere cuánto más verdadera es esta enseñanza acerca de cómo pocos se salvan para nuestro tiempo

San Anselmo: “Si quieres estar seguro de ser parte del número de los elegidos, esfuérzate de ser uno de los pocos, no de la mayoría. Y si quieres estar seguro de tu salvación, esfuérzate de estar entre la minoría de los pocos… No sigas a la gran mayoría de la humanidad, sino a los que entran por la senda estrecha, que renuncian al mundo, que se entregan a la oración, y que nunca relajan sus esfuerzos, ni de día ni de noche, para poder alcanzar la bienaventuranza eterna” (P. Martin Von Cochem, The Four Last Things [Los cuatro novísimos], edición inglesa, p. 221).

EL PEQUEÑO NÚMERO DE LOS QUE SE SALVAN
Por San Leonardo de Puerto Mauricio

Gracias a Dios, el número de los discípulos del Redentor no es tan pequeño como para que la maldad de los escribas y fariseos sea capaz de triunfar sobre Él. Aunque se esforzaron por calumniar su inocencia y engañar a la gente con sus sofismas traicioneros para desacreditar  la doctrina y el carácter de Nuestro Señor, buscando manchas, incluso en el sol,  con todo, muchos  lo reconocieron como el verdadero Mesías, y, sin miedo de castigos o  amenazas, abiertamente se unieron a su causa. Pero, ¿todos los que siguíeron a Cristo, lo siguieron hasta la gloria? Ah, aquí es donde yo solamente venero el misterio profundo y adoro en silencio los abismos de los decretos divinos, en lugar de decidir sobre esta cuestión  tan profunda.  El tema que estoy tratando hoy es muy grave, ha hecho que incluso  tiemblen grandes columnas de la Iglesia. Ha llenado de terror a los más grandes santos y ha poblado de anacoretas los desiertos. El objetivo de esta disertacción es decidir si el número de cristianos (Nota: en la acepción de la época, católicos) que se salvan es mayor o menor que el número de cristianos que son condenados, y espero que esto pueda producir en vosotros un temor saludable acerca de los juicios de Dios.

Hermanos, por el amor que os tengo, me gustaría ser capaz de daros confianza, con la perspectiva de la felicidad eterna diciéndoos: Es seguro que irás al paraíso, el mayor número de cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. Pero, ¿cómo puedo daros esta dulce garantía si os rebelais contra los decretos de Dios como si fueran vuestros peores enemigos? Veo en Dios un deseo sincero de salvaros, pero encuentro en vosotros una inclinación decidida a  condenarse. Entonces, ¿qué voy a hacer si quiero hablar con claridad? Seré desagradable para vosotros. Pero si  no hablo, voy a ser desagradable para Dios.

Por lo tanto, voy a dividir este tema en dos puntos. En el primero, aunque os llene de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre esta cuestión   aunque digan que el mayor número de los cristianos adultos se condenan, y, en adoración silenciosa de este terrible misterio, voy a guardar mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto, trataré de defender la bondad de Dios contra los impíos, al demostraros que los que son condenados están condenados por su propia malicia, porque quisieron condenarse. Así que, aquí ,hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad os asusta, no vayais contra  mí, como si yo quisiera hacer más estrecho para vosotros el camino  del cielo, sino que voy a  ser neutral en este asunto, así que id contra los teólogos y los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en vuestros corazones por la fuerza de la razón. Si  estais atemorizados por esta verdad, dad gracias a Dios por la segunda verdad, que es que  El sólo quiere una cosa: que le den sus corazones totalmente a El. Por último, si me obligais a decir claramente lo que pienso, lo haré para vuestro  consuelo.

La enseñanza de los Padres de la Iglesia:

No es vana curiosidad, sino una precaución saludable proclamar desde lo alto del púlpito ciertas verdades que sirven maravillosamente para contener las indolencias de los libertinos, que  hablan siempre de la misericordia de Dios y de lo fácil que es convertirse, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente dormidos yendo camino del infierno. Para su desilusión y para despertarlos de su letargo, hoy vamos a examinar esta gran pregunta: ¿Es el número de cristianos que se salva mayor que el número de cristianos que se condena?

Almas piadosas,  vosotras podeis marcharos; este sermón no es para vosotras. Su único objetivo es contener el orgullo de los libertinos que echan el santo temor de Dios fuera de su corazón y unen sus fuerzas con las del diablo que, según el parecer de  San Eusebio, condena a las almas,  induciéndoles a  una falsa seguridad. Para resolver esta duda, vamos a poner a los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, en un lado, y en el otro, los teólogos más sabios y los más  eruditos historiadore. Dejemos la Biblia en el centro para que todos la vean. Ahora bien, no escuchad lo que yo voy a deciros – que ya he dicho que yo no quiero hablar por mí mismo o decidir sobre la cuestión -, sino oid lo que estas grandes mentes quieren deciros, ellos que son faros en la Iglesia de Dios para dar luz a los demás para que no pierdan el camino del cielo. De esta manera, guiados por la triple luz de la fe, la autoridad y la razón, vamos a ser capaces de resolver este grave asunto concerteza.

Notad  que no se trata aquí de la raza humana en su conjunto, ni de todos los católicos sin distinción, sino  sólo de los católicos adultos, que tienen libere albedrío y por tanto son capaces de cooperar en el gran asunto de su salvación. Primero vamos a consultar a los teólogos más conocidos para examinar las cosas con más cuidado y no exagerar en su enseñanza: vamos a escuchar a dos cardenales destacados,Cayetano y Belarmino. Ellos enseñan que el mayor número de adultos cristianos se condenan. Si  tuviera  tiempo para señalar las razones en las que se basan, os convenceríais de ello por vosotros mismos.Pero me limitaré aquí a citar al gran teólogo  Suárez. Después de consultar a todos los teólogos y de hacer un estudio diligente del asunto, escribió, “El parecer  más común que se tiene es que, entre los cristianos (católicos en la acepción del término de la época), hay más almas condenadas que almas predestinadas“.

Añadid la autoridad de los padres griegos y latinos a la de los teólogos, y  encontrarán que casi todos dicen lo mismo. Este es el parecer de San Teodoro, San Basilio, san Efrén y san Juan Crisóstomo. Lo que es más, según Baronio es una opinión común entre los padres griegos que esta verdad fue expresamente revelada a San Simeón Estilita y que éste, después de esta revelación, para asegurar su salvación decidió vivir en lo alto de una columna durante cuarenta años, expuesto a la intemperie, y así llegó a ser un modelo de penitencia y de santidad para todos. Ahora vamos a consultar a los Padres latinos. Oigan a San Gregorio decir claramente: “Muchos alcanzan la fe, pero pocos llegan a alcanzar el reino celestial.” San Anselmo declara: “Son  pocos los que se salvan.” San Agustín afirma aún más claramente: “Por lo tanto, pocos se salvan en comparación con aquellos que se condenan”. El más terrible, sin embargo, es San Jerónimo. Al final de su vida, en presencia de sus discípulos, dijo estas terribles palabras: “ De cien mil personas que siempre vivieron mal, apenas  se halla una digna de indulgencia.”

Las palabras de la Sagrada Escritura.

Pero ¿por qué buscar las opiniones de los Padres y teólogos, cuando la Sagrada Escritura resuelve la cuestión con tanta claridad? Buscad en el Antiguo y Nuevo Testamento, y encontrareis una multitud de figuras, símbolos y palabras que señalan claramente esta verdad: muy pocos se salvan. En el tiempo de Noé, la raza humana entera quedó  anegada en el Diluvio, y sólo ocho personas se salvaron en el Arca. San Pedrodice: “Esta arca, es la figura de la Iglesia“, mientras que San Agustín, añade, “y las ocho personas que se salvaron significa que se salvan muy pocos cristianos, porque son muy pocos los que sinceramente renuncian al mundo, ya que los que renuncian al mundo sólo con palabras no pertenecen al misterio que representa esta arca. “La Biblia también nos dice que sólo dos hebreos de dos millones entraron en la Tierra Prometida después de salir de Egipto, y que sólo cuatro escaparon al fuego de Sodoma y de las otras ciudades  incendiadas, y perecieron en ellas. Todo esto significa que el número de los condenados que serán arrojados al fuego como la paja es mucho mayor que la de los salvados que   un día el Padre celestial  reunirá, como trigo precioso, en sus graneros.

No acabaría nunca si  tuviera que señalar todas las figuras, por las que la Sagrada Escritura confirma esta verdad, vamos a contentarnos con escuchar el oráculo viviente de la Sabiduría encarnada. ¿Qué respondió nuestro Señor a aquel hombre curioso del Evangelio que le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” ¿Guardó silencio? ¿Respondió con dificultad? ¿Ocultó su pensamiento por temor a asustar a la gente? No. Interrogado por uno solo, se dirige a todos los presentes. Y les dice: “¿Me preguntais si sólo unos pocos se salvan?” He aquí mi respuesta: “Esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, tratarán de entrar y no podrán.” ¿Quién habla aquí? Es el Hijo de Dios, la Verdad eterna, que en otra ocasión, dice aún  con más claridad: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.” Él no dice que llama a todos y que, de todos los hombres, pocos son los elegidos,  sino que nos dice que muchos son los llamados, lo que significa, como San Gregorio explica que, de entre todos los hombres,  elige a los llamados a la verdadera religión, pero  de ellos  pocos  llegan a salvarse. Hermanos, estas son las palabras de Nuestro Señor Jesucristo. ¿No son claras? Son verdaderas. Diganme ahora si es posible que teniendo  fe en vuestro corazón, no tembleis.

La salvación en los diferentes Estados de la Vida:

Pero, ¡Ah¡ Veo que al hablar de esta manera a todos en general, me salgo de mi propósito. Así que vamos a aplicar esta verdad a varios estados, y  comprendereis que hay que despojarse de la razón, la experiencia y el sentido común de los fieles, y  confesar que la mayoría de católicos se condena. ¿Hay algún estado en el mundo más favorable a la inocencia en el que la salvación parece más fácil y del cual la gente tiene una idea más elevada que la de los sacerdotes, los lugartenientes de Dios? A primera vista, ¿quién no creería que la mayoría de ellos no sólo son buenos sino más  aún perfectos?. Sin embargo, me  horrorizo cuando escucho  declarar a San Jerónimo que aunque el mundo está lleno de sacerdotes, apenas uno de cada cien vive de un manera conforme a su estado,  o cuando oigo a un siervo de Dios que dice que ha conocido por revelación que el número de sacerdotes que caen en el infierno cada día es tan grande que le parece imposible que quede alguno en la tierra, o cuando oigo a San Juan Crisóstomo exclamar con lágrimas en los ojos, “no creo que se salven muchos sacerdotes,  creo por el contrario, que el número de los que se condenan  es mayor”.

Mira aún más alto, y mira a los prelados de la Santa Iglesia, los pastores que tienen a  su cargo las almas. ¿Es el número de los que se salvan entre ellos mayor que el número de los que se condenan? Escuchen a Cantimpré. Les contará un hecho sucedido, y podrán sacar las conclusiones. Hubo un sínodo que se celebró en París, y un gran número de obispos y pastores que tenían a  su cargo las almas, estuvieron presentes. El rey y los príncipes también fueron a añadir lustre a esta asamblea con su presencia. Un famoso predicador fue invitado a predicar. Mientras estaba preparando su sermón, un horrible demonio se le apareció y le dijo: “Deja tus libros. Si quieres hacer un sermón que sea útil a los príncipes y prelados, conténtate  con decirles esto de nuestra parte,” Nosotros los príncipes de las tinieblas les agradecemos, príncipes, prelados y pastores de almas, que, debido a su negligencia, la mayor parte de los fieles se condenen. Además,  diles que les tenemos preparado   una recompensa por este servicio para cuando  estén con nosotros en el infierno” .

¡Ay de los  que mandan sobre otros! Si tantos son condenados por vuestra culpa, ¿qué va a pasar con vosotros? Si pocos de los que siendo los  primeros en la Iglesia de Dios se salvan,¿ quéva a pasar, pues, con vosotros? Tomemos  otros estados, ambos sexos, todas las condiciones, maridos, esposas, viudas, mujeres jóvenes, hombres jóvenes, soldados, comerciantes, artesanos, pobres y ricos, nobles y plebeyos. ¿Qué podemos decir acerca de todas estas personas que viven tan mal? El siguiente relato de San Vicente Ferrer os mostrará lo que podeis pensar de ello. Relata que un archidiácono en Lyon renunció a su cargo y se retiró a un lugar desierto para hacer penitencia, y que murió al mismo día y hora que San Bernardo. Después de su muerte, se apareció a su obispo y le dijo: “Sepa, Monseñor,  que en el mismo instante  de mi muerte, treinta y tres mil personas también murieron. De esta cifra, Bernardo y yo fuimos al cielo sin demora,  tres  fueron al purgatorio, y todos los demás cayeron en el infierno”. Nuestras crónicas franciscanas relatan un suceso aún más terrible. Uno de nuestros hermanos, bien conocido por su doctrina y santidad, estaba predicando en Alemania. Describió la fealdad del pecado de impureza tan vivamente que una mujer cayó muerta de tristeza ante la mirada de todos. Entonces, volviendo a la vida, dijo, “Cuando me presenté ante el Tribunal de Dios, sesenta mil personas llegaron al mismo tiempo de todas partes del mundo. De este número, tres se salvaron y fueron al purgatorio, y el resto se  condenaron “.

¡Oh abismo de los juicios de Dios! De treinta mil, sólo cinco se salvaron! ¡Y  de sesenta mil, sólo  se salvaron tres y fueron al purgatorio! Vosotros pecadores que me estais escuchando, en qué grupo vais a ser contados? … ¿Qué decís? … ¿Qué pensais? …

Os veo a casi todos  bajar la cabeza, llenos de asombro y horror. Pero vamos a dejar nuestro estupor a un lado, y en lugar centrarnos en lo que sentimos, vamos a tratar de sacar algún provecho de nuestro miedo. ¿No es cierto que hay dos caminos que conducen al cielo que son la inocencia y el arrepentimiento? Ahora bien, si os muestro que muy pocos toman uno u otro de estos dos caminos, como personas racionales  que sois llegareis a la conclusión de que muy pocos se salvan. Y para  probarlo pregunto: ¿en qué edad, empleo o condición no hallareis que el número de los malos no sea cien veces mayor que el de los buenos, de modo  que  se podría decir, “Los buenos son muy escasos y los malvados se cuentan  en  un  gran número “? Se podría decir de nuestro tiempo lo que Salviano, dijo del suyo: es más fácil encontrar una innumerable multitud de pecadores, inmersos en toda clase de iniquidades que  unos pocos hombres inocentes. ¿Cuántos servidores son totalmente honestos y fieles en sus funciones? ¿Cuántos comerciantes son justos y equitativos en su comercio?, ¿Cuántos artesanos justos y veraces, cuántos vendedores desinteresados y sinceros? ¿Cuántos jueces no sentencian en contra de la equidad? ¿Cuántos soldados no pasan por encima de inocentes, ¿cuántos amos no retienen injustamente el salario de quienes les sirven, o no tratan de dominar a sus inferiores? En todas partes, los buenos son raros y los malos muy numerosos. ¿Quién no sabe que hoy en día hay una gran licencia entre los hombres maduros, libertad entre las jóvenes, vanidad en las mujeres, libertinaje en la nobleza, corrupción en la clase media, disolución en el pueblo, descaro en los pobres? De manera que uno podría decir lo que David dijo de su época: “Todos por igual  han ido por mal camino … no hay ni siquiera uno que haga el bien, ni siquiera unosólo?”.

Vayan a la calle y a la plaza, al palacio y la casa, a la ciudad y al campo, al tribunal y al tribunal de la ley, e incluso al templo de Dios. ¿Dónde se encuentra la virtud? “¡Ay!” grita Salviano, “salvo por un número muy pequeño que huye del mal, qué es la asamblea de los cristianos si no un sumidero de vicios?” Lo que podemos encontrar en todas partes es el egoísmo, la ambición, la gula y el lujo. ¿No está la mayoría de los  hombres manchados por el vicio de la impureza? ¿y no dice  San Juan con razón “El mundo entero – si se puede decir así- se encuentra asentado en la maldad?” Yo no soy el que digo esto, la razón nos obliga a creer que de aquellos que viven tan mal, muy pocos se salvan.

Pero direis: ¿ Es que no puede la penitencia reparar la pérdida de la inocencia? Eso es cierto, lo admito. Pero también sé que la penitencia es muy difícil en la práctica; hemos perdido la costumbre de manera tan completa, y está  tan olvidada de los pecadores, que esto sólo debería ser suficiente para convencerlos de que muy pocos se salvan por este camino. ¡Oh, cuán empinada, estrecha y espinosa, horrible de ver y difícil de escalar  es! Dondequiera que miremos, vemos rastros de sangre y cosas que atraen tristes recuerdos. Muchos  desfallecen a la vista de ella. Muchos abandonan al principio. Otros muchos  caen de cansancio en el medio, y muchos renuncian miserablemente al final. ¡Y cuan pocos son los que perseveran en ella hasta la muerte! San Ambrosio dice que es más fácil encontrar hombres que han mantenido su inocencia que encontrar hombres que han hecho verdadera penitencia.

Si se considera el sacramento de la penitencia¡ hay tantas confesiones inválidas, tantas excusas estudiadas, tantos arrepentimientos engañosos, tantas falsas promesas, tantas resoluciones inútiles, tantas absoluciones inválidas! ¿Puede pensarse que es válida la confesión de alguien que se acusa de pecados de impureza y sigue aferrándose a la ocasión de ellos? ¿O la de  alguien que se acusa de injusticias evidentes, sin la intención de hacer la reparación  debida  por ellas? ¿O la de  alguien que cae de nuevo en las mismas iniquidades después de ir a la confesión? ¡Oh, qué horribles abusos los  de tan gran sacramento! Uno confiesa para evitar la excomunión, otro para tener reputación de penitente. Uno se libera de sus pecados para calmar sus remordimientos, otro los oculta por vergüenza. Uno los acusa imperfectamente por malicia, otro lo hace por costumbre. Uno no tiene la intención de  la verdadera finalidad del sacramento, a otro le falta la contrición necesaria, y al otro  un firme propósito. Pobres confesores, ¡cuántos esfuerzos hacen para atraer al mayor número de penitentes a estas resoluciones y actos, sin que la confesión sea un sacrilegio, la absolución una condena y la penitencia una ilusión¡

¿Dónde se meten ahora, los que creen que el número de los salvados entre los cristianos es mayor que la de los condenados y los que para autorizar su opinión, razonan de esta manera: la mayor parte de los adultos católicos mueren en sus camas, armados con los sacramentos de la la Iglesia, por consiguiente, la mayoría de los católicos adultos se salvan? ¡Ah, qué buen razonamiento! Se debería decir exactamente lo contrario. La mayoría de los adultos católicos se confiesan mal en la muerte, por lo tanto la mayoría de ellos se condenan. Digo esto, porque, para una persona moribunda que no se ha confesado bien cuando se encontraba en buen estado de salud, será aún más difícil hacerlo cuando esté en cama con el corazón pesado, la cabeza inestable, la mente confusa; cuando se deja llevar  por quienes le rodean ,y, sobre todo por los demonios que buscan  por todos los medios  echarlo al infierno. Ahora bien, si se añade a todos estos falsos penitentes,  los otros pecadores que mueren de forma inesperada en el pecado, debido a la ignorancia de los médicos o por culpa de sus familiares, que mueren por envenenamiento o al ser enterrado en los terremotos, o en un accidente cerebrovascular, o en una caída, o en el campo de batalla, en una pelea, en una trampa, alcanzado por un rayo, quemados o ahogados, ¿No os veis obligados a concluir que la mayoría de adultos cristianos se condenan? Ese es el razonamiento de San Juan Crisóstomo. Este santo, dice que la mayoría de los cristianos  caminan al infierno a lo largo de su vida. ¿Por qué, entonces, estais tan sorprendidos de que la mayor parte vaya al infierno? Para llegar a una puerta, debeis tomar el camino que conduce a ella. ¿Qué teneis que responder a esta poderosa razón?

La respuesta, me direis, es que la misericordia de Dios es grande. Sí, para los que le temen, dice el profeta, pero grande es su justicia para los que no le temen, y condena a todos los pecadores obstinados.

Así que me direis: Bueno, entonces, ¿para quién es el paraíso, si no es para los cristianos? Es para los cristianos, por supuesto, pero para aquellos que no deshonran  su carácter de cristianos y que viven como cristianos. Además, si al número de adultos cristianos que mueren en gracia de Dios, se añade el de innumerable niños que mueren después del bautismo y antes de llegar a la edad de la razón, no os sorprendereis de que San Juan Apostol, hablando de los que se salvan, dice, “vi una gran multitud que nadie podía contar”.

Y esto es lo que engaña a los que pretenden que el número de los salvados entre los católicos es mayor que el de los condenados … Si a ese número, se añade el de los adultos que se han  acogido al seguro de la inocencia, o que después de haberse manchado, se han lavado en las lágrimas de la penitencia, es cierto que se salva un gran número, y  esto  explica las palabras de San Juan, “Yo vi una gran multitud“, y estas otras palabras de nuestro Señor,” muchos vendrán de oriente y de occidente, y harán fiesta con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos “, e igualmente explica las otras figuras que suelen citarse a favor de esa opinión. Pero si  hablamos de los cristianos adultos, la experiencia, la razón, la autoridad,  y la Escritura   todas ellas coinciden en afirmar  que la mayoría de las almas se condena. No creas que por esto, el paraíso está vacío, por el contrario, es un reino muy poblado. Y si los condenados son “tan numerosos como la arena en el mar”, los salvados son “tan numerosos como las estrellas del cielo”, es decir, tanto los unos como los otros son innumerables, aunque en proporciones muy diferentes.

Un día San Juan Crisóstomo, predicando en la catedral de Constantinopla, y teniendo en cuenta estas cosas, no podía dejar de temblar de horror y preguntar: “De un gran número de personas, ¿cuántos creeis  que van a salvarse?” Y sin esperar una respuesta, añadió, “entre  miles de personas, no encontraríamos un centenar que se salvasen, e incluso dudo de los cien”. ¡Qué cosa tan horrible! El gran santo cree que de miles  personas, apenas cien se salvarían, y aun peor, no estaba seguro de esa cifra. ¿Qué será de vosotros que me estais escuchando? ¡Dios mío, no puedo pensar en esto sin estremecerme! Hermanos, el problema de la salvación es una cosa muy difícil, pues de acuerdo a las máximas de los teólogos, cuando un fin exige grandes esfuerzos, sólo unos pocos logran alcanzarlo.

Por eso, Santo Tomás, el Doctor Angélico, después de pesar todas las razones a favor y en contra, en su inmensa erudición, finalmente llegó a la conclusión de que el mayor número de católicos adultos se condenan. Él dice, “Debido a que la gracia sobrenatural sobrepasa al estado natural, sobre todo porque  éste ha sido privado de la gracia original, es un pequeño número el que se salva.”

Entonces, quítense las vendas de esos ojos que  ciega  el amor propio, que les impide creer una verdad tan obvia dándoles ideas muy falsas sobre la justicia de Dios, “Padre Justo, el mundo no te ha conocido “, dijo Nuestro Señor Jesucristo. Él no dice “Padre Todopoderoso, bondadoso y misericordioso.” Dice “Padre Justo”, por lo que podemos entender que, de todos los atributos de Dios, ninguno debe tenerse más presente que su justicia, porque los hombres se niegan a creer lo que tienen miedo de sufrir. Por lo tanto, quitaos las vendas que cubren sus ojos y decid entre lágrimas: ¡Ay! Un gran número de católicos, un gran  número de  las personas que viven ahora, incluso los de  que están en esta asamblea, se condenará! ¿Qué tema podría ser más merecedor de  lágrimas?

El rey Jerjes, de pie sobre una colina, mirando a su ejército de cien mil soldados en batalla, y considerando que de todos ellos no habría un solo hombre vivo en cien años, no pudo contener las lágrimas. ¿No tenemos más razón  para  llorar con el pensamiento de que, de tantos católicos, la mayoría se condenará? ¿Acaso este pensamiento no debería hacer que nuestros ojos derramen  ríos de lágrimas, o al menos produczcan en nuestro corazón el  mismo sentimiento de compasión que sintió un hermano agustíno, Ven. Marcello de Santo Domingo? Un día, mientras estaba meditando sobre las penas  eternas, el Señor le mostró cuántas almas iban al infierno en aquel momento y le hizo ver un camino muy amplio en el que veintidós mil reprobados iban corriendo hacia el abismo, que tropezando entre sí . El siervo de Dios se quedó estupefacto ante la vista y exclamó: “¡Oh, cuán gran número! ¡Cuán gran número! Y aún hay más en camino. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué locura!” Déjenme repetir con Jeremías: “¿Quién va a dar agua a mi cabeza, y una fuente de lágrimas a mis ojos? Lloro día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo“.

¡Pobres almas! ¿Cómo se puede correr tan de prisa hacia el infierno? Por piedad deténganse y escuchadme un momento! O entendeis lo que significa salvarse y condenarse por toda la eternidad, o no. Si lo entendeis  y, a pesar de eso, no decidís cambiar de vida hoy mismo, hacer una buena confesión y pisotear al mundo, en una palabra,  hacer todo  los esfuerzos para ser contados entre el número pequeño de los que se salvan; yo digo que no teneis  fe. Tendríais más excusa, si no lo entendierais, porque si no, es que sois dementes. Ser salvados para toda la eternidad, o ser condenados por toda la eternidad, y  no hacer sus máximos esfuerzos para evitar una cosa, y asegurarse  la otra, es algo inconcebible.

La Bondad de Dios:

Tal vez no creeis en la terrible verdad que os acabo de mostrar. Pero son la mayoría de los teólogos altamente considerados  y los Padres más ilustres, los que han hablado a través de mí. Entonces, ¿cómo  podeis resistir a estas  razones  que cuentan con el apoyo de tantos personajes  y las palabras de la Escritura? Si  aún no os decidís, a pesar de esto, y si vuestras mentes se inclinan a la opinión contraria, ¿estas autoridades no bastan para haceros temblar? Ah, esto muestra que no os importa mucho vuestra salvación! En esta importante cuestión, un hombre sensato es convencido con más fuerza ante la menor duda del riesgo  que corre, por la evidencia de la ruina total a que se expone  el alma. Uno de nuestros hermanos, Giles de Asis, tenía la costumbre de decir que si un solo hombre fuera  a condenarse,  haría todo lo posible para asegurarse de que no fuera él ese hombre.

Entonces, ¿qué debemos hacer, nosotros los que sabemos que la mayor parte de los hombres va a ser condenada, incluso la mayor parte de todos los católicos? ¿Qué debemos hacer? Tomar la resolución de pertenecer al escaso número de los que se salvan. Alguno dirá: Si Cristo iba a condenarme, ¿por qué me ha creado? Silencio, lengua precipitada! Dios no creó a nadie para condenarlo, pero el que  se condena,  se condena porque  quiere. Por lo tanto,   respeta la bondad de mi Dios y  absuelvela de toda culpa. Esto será el tema del segundo punto.

Antes de continuar, vamos a colocar a un lado todos los libros y todas las herejías de Lutero y Calvino, y en el otro lado los libros y las herejías de los pelagianos y semipelagianos, y vamos a quemarlos. Algunos destruyen la gracia, otros la libertad, y todos están llenos de errores, así que los echamos en el fuego. Todos los condenados tienen puesto en su frente el oráculo del profeta Oseas, “Tu condena viene de ti”, de modo que puedan entender que todo el que está condenado, está condenado por su propia malicia y porque ha querido condenarse.

Primero vamos a poner estas dos verdades innegables como fundamento: “Dios quiere que todos los hombres se salven” y “Todos necesitan de la gracia de Dios“. Ahora bien, si se demuestra que Dios quiere salvar a todos los hombres, y que para ello le da a todos ellos su gracia y todos los demás medios necesarios para obtener este fin sublime, estaremos obligados a aceptar que quien se condena debe imputarlo a su propia malicia, y que si la mayoría de los cristianos se condenan, es porque quieren. “Tu condenación viene de ti, la ayuda de la gracia viene sólo en mí.”

Dios quiere que todos los hombres se salven:

En un centenar de lugares en las Sagradas Escrituras, Dios nos dice que es realmente su deseo el salvar a todos los hombres. “Es acaso mi voluntad que el pecador muera, y no que se convierta de sus caminos? … Vivo yo, dice  el Señor. Yo no deseo la muerte del pecador. Si se convierte vivira”. Cuando alguien quiere algo mucho, dice que se está muriendo con el deseo de ello, es una hipérbole. Pero Dios ha querido y aún quiere nuestra salvación, tanto, que murió de deseo, y sufrió la muerte para darnos vida. Esta voluntad de salvar a los hombres , no es una voluntad superficial y aparente en Dios, es un voluntad real, efectiva, y benéfica, porque Él nos da todos los medios más adecuados  para salvarnos. No nos los da  para que no lo consigamos, nos los da con una voluntad sincera, con la intención de que podamos obtener su efecto. Y si no lo obtenemos, se muestra afligido y ofendido por ello. Incluso manda  a los  que van a la condenación a hacer su voluntad, a fin de salvarse; les exhorta a cumplirla, les obliga, y si no la obedecen, pecan. Por lo tanto, pueden hacerla y así salvarse.

Es más, porque Dios ve que ni siquiera podemos hacer uso de su gracia, sin su ayuda, El nos da otras ayudas, y si a veces son ineficaces, es nuestra culpa, porque con estas mismas ayudas, se puede abusar de ellas y ser condenados con ellas, mas otro con ellas puede hacer el bien y ser salvo; incluso podríamos salvarnos con las ayudas de menor fuerza. Sí, puede suceder que uno abuse de una mayor gracia y se condene, mientras que otro coopera con una gracia menor y se salva.

San Agustín exclama: “Por tanto, si alguien se aparta de la justicia, este es llevado por su libre voluntad, arrastrado por su concupiscencia, y engañado por su propia deseo”. Pero para aquellos que no entienden teología, esto es lo que les tengo que decir : Dios es tan bueno que cuando ve a un pecador corriendo a su ruina, corre detrás de él, le llama, le suplica y lo acompaña hasta las puertas del infierno, ¿qué no hará para convertirlo? Le envía buenas inspiraciones y pensamientos santos, y en caso de que no saque provecho de ellos, El se enoja y se indigna, El lo persigue. ¿El le golpeara? No. Él golpea el aire y lo perdona. Pero  si el pecador no se convierte todavía. Dios le envía una enfermedad mortal. Sin duda, es todo para su bien. Pero, hermanos, si Dios lo cura,  y el pecador se obstina en el mal,  Dios en su misericordia, busca otro camino. Él le concede un año más, y cuando este año pasa le concede otro.

Pero si el pecador todavía quiere arrojarse al infierno a pesar de todo esto, ¿qué hace Dios? ¿ le abandona? No. Él lo toma de la mano, y mientras que él tiene un pie en el infierno y el otro fuera, El le habla y le implora que no abuse de sus gracias. Ahora les pregunto, si ese hombre se condena ¿no es cierto que se condena en contra de la voluntad de Dios y porque quiere condenarse? Ahora venid  y preguntadme: Si Dios iba a condenarme, ¿por qué me ha creado?

Pecador ingrato, aprende hoy de que si te condenas, no es Dios quien tiene la culpa, sino eres tu y tu propia voluntad. Para que te convenzas tú mismo, baja hasta las profundidades del abismo, y os traeré una de esas miserables almas condenadas ardiendo en el infierno, para que estas te expliquen esta verdad. Aquí está uno ahora: “Dime, ¿quién eres?” “Soy un pobre idólatra, nacido en una tierra desconocida, nunca oí hablar del cielo o del infierno, ni de lo que estoy sufriendo ahora”. “¡Pobre miserable! Vete, no eres al que estoy buscando”. Otro viene; ahí está. “¿Quién eres?” “Soy un cismático de los extremos de Tartaria, siempre he vivido en un estado incivilizado, casi sin saber que hay un Dios.” “Tú no eres al que quiero, regresa al infierno”.

Aquí está otro. ¿Y tú quién eres? “” Soy un pobre hereje del Norte. Nací bajo el Polo y nunca vi ni la luz del sol ni la luz de la fe “. “No eres al que yo estoy buscando, regresa al infierno.” Hermanos, mi corazón se rompe al ver a estos desgraciados que ni siquiera sabían de la verdadera fe entre los condenados. Aun así, sabemos que la sentencia de condena fue pronunciada contra ellos y se les dijo, “tu condena proviene de ti.” Fueron condenados porque querían serlo. ¡Recibieron tantas ayudas de Dios para ser salvados! No sabemos cuántas, pero ellos  lo saben bien, y ahora gritan “¡Oh Señor, tú eres justo … y tus juicios son equitativos”.

Hermanos,  debeis saber que la creencia más antigua es la de la Ley de Dios, que todos llevamos escrita en nuestros corazones, que se puede aprender sin maestro, y que basta con tener la luz de la razón para conocer todos los preceptos de esta ley. Por eso, incluso los bárbaros se esconden  al momento de cometer el pecado, porque saben que están haciendo mal, y que son condenados por no haber observado la ley natural escrita en sus corazones, porque si la hubíeran observado, Dios habría hecho un milagro en lugar de dejarlos  condenarses, él les hubiera enviado a alguien para que les enseñe y les hubiera dado otras ayudas, de las que se hicieron indignos por no vivir en conformidad con las inspiraciones de su propia conciencia, que nunca dejó de advertirles del bien que deben hacer y el mal que deben evitar. Así que es su conciencia, la que los acusa en el Tribunal de Dios, y les dice constantemente en el infierno, “Tu condena proviene de ti.”Ellos se ven obligados a confesar que son merecedores de su destino. Ahora bien, si estos infieles no tienen excusa, ¿habra alguna  excusa para un católico que tenia tantos sacramentos, tantos sermones, tantas ayudas a su disposición? ¿Cómo te atreves a decir: “Si Dios iba a condenarme, ¿por qué me ha creado?” ¿Cómo te atreves a hablar de esta manera, cuando Dios le da tantas ayudas para salvarte?

Vosotros, que estais sufriendo en el abismo, contéstadme! ¿Hay católicos entre vosotros? “Por cierto que los hay!” ¿Cuántos? Que uno de ellos venga aquí! “Eso es imposible, están demasiado abajo, y para poder hacer que ellos vengan aquí tendriamos que poner todo el infierno de cabeza, sería más fácil detener a uno de los que va a caer en él “. Así pues, me dirijo a vosotros que vivís habitualmente en pecado mortal, en el odio, en el fango del vicio de la impureza, y que os acercais al infierno cada día. Detente, y da la vuelta, es Jesús el que te llama y que, con sus heridas, así como con tantas voces elocuentes, te grita a ti, “Hijo mío, si te condenas, sólo te puedes culpar a tí mismo:” Tu condenación viene de ti. ” Alzad vuestros ojos y ved todas las gracias con las que os he enriquecido para asegurar vuestra salvación eterna. Te podría haber hecho nacer en un bosque en Babaria, que es lo que hice con muchos otros, pero yo te hice nacer en la Iglesia Católica, te puse un padre tan bueno, una madre excelente, que te dio las más puras instrucciones y enseñanzas. Si te condenas a pesar de esto, ¿quién tiene la culpa? Tu propia culpa es, Hijo mio, tu propia culpa: “Tu condenación proviene de ti. ”

“Yo te podía haber echado en el infierno después del primer pecado mortal que cometiste, sin esperar al segundo: lo hice con tantos otros, pero fui paciente contigo, te esperé durante muchos largos años. Todavía estoy esperando de ti hoy  la penitencia. Si te condenas, a pesar de todo eso, ¿de quién es la culpa? Es culpa tuya, Hijo mio, tu propia culpa: “Tu condena proviene de ti.” Tu sabes cuántos han muerto ante tus propios ojos y han sido condenados, esta era una advertencia para ti. Tu sabes cuantos otros he puesto por el buen camino para darte  ejemplo. ¿Recuerdas lo que ese excelente confesor te dijo? yo soy el que hice que lo dijera. ¿No te ordenó cambiar tu vida, para hacer una buena confesión? Yo soy el que le inspiró. Recuerdas aquel sermón que tocó tu corazón? Yo soy el que te llevó allí. Y lo que pasó entre tú y yo en el secreto de tu corazón, … que nunca puedes olvidar.

“Esas inspiraciones interiores, ese conocimiento claro, ese constante remordimiento de conciencia, te atreves a negarlos? Todas estas fueron tantas ayudas de mi gracia, porque quería salvarte. Rehusé dárselas a muchos otros, y te las di a ti porque te amaba tiernamente. Hijo mio, hijo mio, si yo les hubiera hablado con tanta ternura como me dirijo a ti hoy, ¿cuántas otras almas hubieran vuelto al camino correcto! Y tú … Me das la espalda. Escucha lo que te voy a decir, y estas son mis últimas palabras: Tu me has costado mi sangre, si deseas condenarte  a pesar de la sangre que derramé por ti, no me culpes, sólo a ti mismo te puedes acusar, y por toda la eternidad, no olvides que si te condenas, a pesar de mí,  te condenas porque quies condenarte: ‘Tu condena proviene de ti. ”

Oh, mi buen Jesús, las piedras mismas se partirian al oir palabras tan dulces, expresiones tan tiernas. ¿Hay alguien aquí que quiere condenarse, con tantas gracias y ayudas? Si hay alguien,  que me escuche, y que se resista si puede.

Baronio relata que después de la apostasía infame de Juliano el Apóstata, este concibió un odio tan grande contra el Santo Bautismo que día y noche, buscó la manera en la que podría borrar el suyo. A tal fin, se preparo un baño de sangre de cabra y se colocó en el, queriendo que esta sangre impura de la víctima consagrada a Venus pudiera borrar el carácter sagrado del bautismo de su alma. Tal comportamiento te parecerá abominable, pero si el plan de Juliano hubiera podido tener éxito, es cierto  que estaría sufriendo mucho menos en el infierno.

Pecadores, el consejo que os quiero dar, sin duda, parecerá extraño, pero si  lo entendeis bien,  está, por el contrario,   inspirado por la tierna compasión  que tengo por vosotros. Os suplico de rodillas, por la sangre de Cristo y por el Corazón de María, que cambieis vuestras vidas, volved al camino que conduce al cielo, y haced todo lo posible por pertenecer al escaso número de los que se salvan. Si, en lugar de ello, deseais continuar  por el camino que conduce al infierno, al menos, encontrad una manera de borrar vuestro bautismo. ¡Ay de ti si llevas el Santo Nombre de Jesucristo y el carácter sagrado de los cristianos grabado en tu alma al infierno! Tu castigo será aún mayor. Así que lo que yo te aconsejo que hagas es esto: si no deseas convertirte, ve hoy mismo y pídele a tu párroco que borre tu nombre del registro bautismal, de modo que no quede ningún recuerdo de que hayas sido alguna vez un cristiano; implora a tu ángel de la guarda para que  borre de su libro de gracias las inspiraciones y las ayudas que te ha dado por orden de Dios, porque ¡ay de vosotros si  las recuerda! Decid a Nuestro Señor que retire su fe, su bautismo, sus sacramentos.

¿Estás horrorizado al pensar así? Pues bien, échate a los pies de Jesucristo, y dile, con lágrimas en los ojos y el corazón contrito: “Señor, confieso que hasta ahora no he vivido como cristiano. No soy digno de ser contado entre tus elegidos . Reconozco que merezco ser condenado, pero tu misericordia es grande y lleno de confianza en tu gracia, te digo que quiero salvar mi alma, aunque tenga que sacrificar mi fortuna, mi honor, y hasta mi vida, con tal que salvarme. Si he sido infiel, hasta ahora, me arrepiento, deploro, detesto mi infidelidad, te pido humildemente que me perdones por ello. Perdóname, buen Jesús, y también fortaléceme, para que pueda salvarme. No te pido  la riqueza, ni el honor ni la prosperidad, te pido una sola cosa, que salves mi alma. ”

Y tú, oh Jesús! ¿Qué dices? ¡Oh buen Pastor, mira a la oveja descarriada que vuelve a ti; abraza a este pecador arrepentido, bendice sus suspiros y lágrimas, o más bien bendice a estas fieles tuyos que están tan dispuests y que no quieren nada más que su salvación. Hermanos, a los pies de Nuestro Señor, vamos a clamar que queremos salvar nuestra alma, cueste lo que cueste. Pongámonos todos a decirle con los ojos llenos de lágrimas, “Buen Jesús, yo quiero salvar mi alma,” ¡Oh, benditas lágrimas, benditos suspiros!

Conclusión:

Hermanos, hoy quiero despediros  consolados. Así que si me preguntan mi parecer sobre el número de los que se salvan, aquí está: Sean muchos o pocos los que se salven, digo que todo aquel que quiere ser salvo, será salvo, y que nadie puede ser condenado si no quiere serlo. Y si bien es cierto que pocos se salvan, es porque hay pocos que viven bien. Por lo demás, comparen estas dos sentencias: la primera afirma  que están condenados la  mayor parte de  los católicos, la segunda, por el contrario, pretende que se salvan el mayor número de católicos. Imagina a un ángel enviado por Dios para confirmar la primera sentencia, viene a decir que no sólo  la mayoría de los católicos  se condenana, sino  que de esta asamblea, de todos los aquí presentes, uno solo se salvará. Si obedeces los mandamientos de Dios, si detestas la corrupción de este mundo, si abrazas la cruz de Jesucristo en un espíritu de penitencia, serás ese uno que se salve.

Ahora imagínate al mismo ángel que viene a ti confirmando la segunda opinión. Él te dice que no sólo se salvan la mayor parte de los católicos, sino  que de todos los de esta asamblea, uno solo va a ser condenado y todos los demás se salvarán. Si después de esto, continuas con tus usuras, tus venganzas, tus acciones criminales, tus impurezas, entonces serás ese uno que se condene.

¿Cuál es la utilidad de saber si muchos o pocos se salvan? San Pedro nos dice: “Esfuérzate con buenas obras en hacer tu elección segura.” Cuando la hermana de Santo Tomás de Aquino le preguntó qué debia hacer para ir al cielo, éste dijo: “te salvarás si deseas serlo.” Yo les digo lo mismo a ustedes, y aquí está la prueba de mi afirmación. Nadie se condena si no comete pecado mortal, lo cual es de  fe. Y nadie comete un pecado mortal, a menos que quiera: lo cual es una proposición teológica innegable. Por lo tanto, nadie va al infierno a menos que él quiera, y la consecuencia es obvia. ¿Acaso eso no es suficiente para tranquilizaros? Llorad por los pecados del pasado, haced una buena confesión, no pequeis más en el futuro, y todos os salvareis. ¿Por qué te atormentas así? Es cierto que hay que cometer el pecado mortal para ir al infierno, y que para cometer el pecado mortal debes querer hacerlo, y como consecuencia, nadie va al infierno a menos que quiera. Esto no es sólo una opinión, es una verdad innegable y muy  consoladora. Dios os la haga entender, y que Dios os bendiga. Amén.

Consideraciones finales

En las primeras normas sobre el discernimiento de espíritus, San Ignacio pone de manifiesto que es típico del espíritu del mal tranquilizar a los pecadores. Por lo tanto, debemos predicar constantemente y sacarlos de esta falsa seguridad pero dando lugar a la confianza y a la esperanza en el perdón infinito del Señor y de su misericordia, para que la conversión sea fácil con su gracia todopoderosa. Pero también debemos recordar que “Dios no puede ser burlado”, y que alguien que vive habitualmente en el estado de pecado mortal está en el camino de la condenación eterna.

Hay milagros de último minuto, pero a menos que sostengamos que los milagros son algo común, estamos obligados a aceptar que para la mayoría de las personas que viven en el estado de pecado mortal, la condenación final es la posibilidad más probable.

La doctrina de San Leonardo de Puerto Mauricio ha salvado y salvará innumerables almas hasta el final del tiempo. Esto es lo que dice la Iglesia en la oración del Oficio Divino, Lección Sexta, hablando de la elocuencia celestial San Leonardo: Al oírle, hasta los corazónes de hierro y bronce se inclinaban fuerteme a la penitencia, a causa de la sorprendente eficacia de la predicación y el celo ardiente del predicador. Y en la oración litúrgica pedimos al Señor, “danos el poder para doblar el corazón de los pecadores endurecidos por la predicación.“