ARMONíA DE LAS VIRTUDES OPUESTAS Y MODERACIÓN
EN LA ABSTINENCIA

Contemplamos cada año a los labradores separar con habilidad la paja que está mezclada con el trigo, para poder aprovechar cada cosa en orden a su fin: el trigo como ali­mento y la paja para el fuego y el consumo de los anima­les. Pues, asimismo, el que practica la templanza, separando también la utilidad del placer, como el trigo de la paja, arro­ja el placer a los irracionales, cuyo final ha de ser el fuego, como dice el Apóstol, y con agradecimiento aprovecha lo útil conforme a su necesidad.

Son muchos los que, cayendo en el otro extremo de la inmoderación, por una severidad nimia, sin darse cuenta se esforzaron por alcanzar lo contrario de lo que ellos mismos deseaban, y, apartando su alma, por otro camino, de los bienes elevados y celestiales, se sumergieron en preocupa­ciones y cuidados rastreros, entregando su corazón a inquie­tudes corporales, hasta el punto de no poder ya levantar con libertad sus espíritus a lo alto ni mirar hacia arriba, sino que se deslizaron a lo que aflige y mortifica la carne. Bueno será poner también cuidado en esto y conservar por igual la moderación entre ambos excesos. No enterrar al espíritu bajo la obesidad de la carne, ni tampoco a su vez, por de­bilidades adquiridas, hacer al espíritu débil y escuálido, sin tener posibilidad para los trabajos corporales.

Traigamos a la memoria el sabio mandato que prohíbe igualmente declinar a la diestra o a la siniestra. Oí decir a cierto médico, que disertaba sobre su ciencia, que nuestro cuerpo no está formado por cuatro elementos iguales, sino contrarios entre si; lo frío y lo caliente se funden entremez­clándose; al mismo tiempo se forma una insospechada com­binación con lo húmedo y lo seco, y así se ajustan los con­trarios entre sí por la propiedad de proporción de los ele­mentos unidos. Y disertando sobre estos fenómenos fisioló­gicos, mostraba con sutil agudeza cómo cada uno de estos elementos, que por naturaleza es diametralmente opuesto al otro, por la afinidad de las cualidades intermedias se ajusta con el contrario. Porque, produciéndose el frío y el calor igualmente en lo húmedo y en lo seco y, a su vez, hallándose lo seco y lo húmedo del mismo modo en las cosas calientes y en las frías, esta misma igualdad de cualidades que se muestra entre los contrarios engendra de por sí la fusión de componentes opuestos.

Bien que no sé a qué detenerme en explicar detallada­mente cómo por una parte estas cosas están separadas por su naturaleza contradictoria y por otra se aúnan entre si por la afinidad de sus cualidades. Pero, en fin, he recordado lo dicho porque el que con esta teoría explicaba la constitu­ción del cuerpo aconsejaba que, en cuanto fuera posible, se conservase el equilibrio de las cualidades, porque todo el punto de la salud consistía, a su juicio, en que nada de cuanto hay en nosotros predominase sobre su contrario. Ahora bien, si este razonamiento es verdadero, debemos cuidar del tal equilibrio para la conservación de la salud, no permitiendo exceso ni escasez en ninguno de los ele­mentos contrarios de que constamos, con el desarreglo de nuestra vida.

El auriga que gobierna un tiro de potros que se avienen mal entre sí, no azuza con el látigo al impetuoso, ni refre­na con las riendas al lento, ni a su vez tampoco deja al revoltoso e indómito que corra según su propio impulso con desorden, sino que al uno endereza, al otro reprime, a los de más allá hostiga con el látigo, hasta lograr de todos una acción concorde para la marcha uniforme. Pues de la mis­ma manera, nuestra razón, que lleva las riendas del cuer­po, no deberá pensar en añadir ardores de ímpetu al que hierve fogoso con el fuego de la juventud, ni al que se siente ya apagado por la edad o por el sufrimiento le aumentará el frío y la languidez.

Acerca de las cualidades restantes escuche la voz de la Sagrada Escritura: Para que ni el que tiene mucho rebose nj el que tiene poco escasee, sino que, recortando los ex­cesos en cualquier sentido, procure aumentar aquello de que está falto. Con igual cuidado evitará la inutilización de su cuerpo bajo ninguna de estas formas, ni criando su carne indómita e irrefrenable por las excesivas complacencias ni tornándola débil, desmazalada e inepta para los deberes de la vida por las inmoderadas mortificaciones.

Este es el fin perfectísimo de la continencia: tender no a dañar al cuerpo, sino a facilitar las actividades del es­píritu.