«Cuántos fieles, a la hora de confesar a Cristo,

flaquearon por causa de los abrazos de sus parientes »

San Agustín (Sermo 284)

No hemos hablado todavía de una de las pruebas morales más duras que habían de sufrir los mártires, fueran hombres o mujeres, nobles o plebeyos, ricos o pobres. Es difícil describir los sufrimientos de aquellos que se veían en la alternativa de guardarse fieles a Cristo o de ceder a los reclamos de la propia familia, llenos de amor y de angustia.

Así comienza a narrar Paul Allard el último apartado de la Lección VI de su obra Diez Lecciones sobre el Martirio, antes de describir el martirio de Santa Perpetua y luego el de San Ireneo de Sirmio, que le ofrecemos más abajo. Tras leer los martirios en los que la gran tentación y última  fueron los lazos familiares que les solicitaban sacrificar un grano a los ídolos o, al menos, simular que lo hicieron, no podemos sentir más gran tristeza al ver la situación en que se encuentran muchas almas; las cuales, sin ánimo de ser exhaustivos, reflejamos en los siguientes items:

  • La de esposos que acuerdan alternar con sus esposas, o viceversa -tanto monta monta tanto- la asistencia a la Misa tradicional agradable a Dios, con la asistencia a la misa bastarda del Novus Ordo que desagrada al Padre eterno, porque uno de ellos quiere ser miembro de la iglesia conciliar. 
  • La del cónyuge que se abstiene de ir a la Misa verdadera para tener paz en casa.
  • La del padre o madre, o ambos, que callan ante el concubinato de sus hijos.
  • La del padre o madre, o ambos, que impulsan a sus hijos a que limiten los embarazos  por medios naturales, contrariando el fin primario del matrimonio, o por medios artificiales; o callan, o incluso practican ellos mismos.
  • La del miembro de la familia, sea padre, hijo, cónyuge, abuelo, que ponen la tranquilidad familiar por encima del perfeccionamiento espiritual al que están llamados por Dios.
  • La del padre, madre o ambos que no pone por encima de todo el que sus hijos reciban una educación católica, fin primario del matrimonio, enviándolos a escuelas laicas o de la iglesia conciliar.
  • La del padre o la madre que no ejerce la autoridad que Dios le ha dado para que sus hijos practiquen la verdadera Religión, ni corrigen a sus hijos emulando así las costumbres del siglo.
  • La del cónyuge católico que permite al cónyuge liberal que ejerza la autoridad para conformarlos con el mundo, en lugar de con Cristo, y prefiere la tranquilidad a la división que trae Cristo.
  • La de los padres auto dicentes católicos que ofrecen y consiente a sus hijos los medios de comunicación modernos sin estar firmes en la fe para poder poner óbice a sus contenidos, muchas veces subliminales: ventanas por las que Satanás entre el los salones y habitaciones de las casas.
  • La de los padres cuyo único fin es que sus hijos sean hombres de provechos: abogados, médicos…, para lo cual sacrifican todo y gastan su vida trabajando en ello.
  • La de todos aquellos que piensan y actúan para no diferenciarse mucho del mundo. A todos, les recordamos las palabras del señor Jesús:

No tenéis que pensar que yo haya venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra; pues he venido a separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra; y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa. Quien ama al padre o a la madre más que a mí, no merece ser mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a mí, tampoco merece ser mío. Y quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien a costa de su alma conserva su vida la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar.
(Mateo 10:34-39)

Les dejo con el magnífico relato de los Martirios de Santa Perpetua y San Ireneo de Sirmio del Acta de los Mártires:

Poco después del año 200, Perpetua, la célebre mártir de Cartago, escribe de su propia mano la primera parte de su Pasión, relatando las pruebas terribles que por parte de su padre hubo de pasar antes de morir.

Apenas detenida, es visitada por su padre: «Se esforzaba por apartarme de mi designio por el amor que me profesaba. -“Padre, le dije, ¿ves este vaso que hay en el suelo?” -“Sí, lo veo”. -“¿Podrías tu darle otro nombre que el de vaso?” -“No, no podría”. -“Pues de igual modo yo tampoco puedo llamarme otra cosa que cristiana”. Mi padre, irritado por mis palabras, se arrojó sobre mí para arrancarme los ojos; pero sólo me hizo algún daño y se fue».

Ella y sus compañeras fueron encerradas en la prisión de Cartago, donde podían ser visitadas a veces por sus padres. «Yo, sigue escribiendo Perpetua, daba entonces el pecho a mi niño, medio muerto de hambre, e inquieta hablaba de él a mi madre, consolaba a mi hermano y a todos recomendaba a mi hijo. Estas preocupaciones me duraron algunos días, y al fin conseguí que se me dejase tener conmigo a mi hijo en la cárcel. Al punto recobré fuerzas, cesó la inquietud que él me ocasionaba, y la prisión se me convirtió en lugar de delicias, que yo prefería a cualquier otro».

Pasaron así algunos días, y «se divulgó el rumor de que íbamos a ser interrogados. Mi padre llegó de la ciudad, abrumado de dolor, y subió a donde yo estaba, esperando persuadirme. “Hija mía, ten compasión de mis cabellos blancos, ten compasión de tu padre, si es que aún soy digno de este nombre. Acuérdate de que mis manos te alimentaron, de que gracias a mis cuidados has llegado a la flor de la juventud, de que te he preferido a todos tus hermanos, y no me hagas blanco de las burlas de los hombres. Piensa en tus hermanos, en tu madre, en tu tía; piensa en tu hijo, que sin ti no podrá vivir. Desiste de tu determinación, que nos perdería a todos. Ninguno de nosotros se atreverá a levantar la voz si tú eres condenada al suplicio”.

«Así hablaba mi padre, llevado de su afecto hacia mí. Se arrojaba a mis pies, derramaba lágrimas y me llamaba no ya “hija mía”, sino “señora mía”. Y yo me compadecía de los cabellos blancos de mi padre, el único de mi familia que no había de alegrarse de mis dolores. Yo le tranquilicé diciéndole: “En el camino del tribunal pasará lo que Dios quiera, porque no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios”. Él se alejó de mí tristísimo».

Llega el día del interrogatorio. «Cuando me llegó el turno de ser interrogada, apareció de pronto mi padre con mi hijo en los brazos. Me llamó aparte y me dijo con voz suplicante: “Ten compasión de tu hijo”. Y el procurador Hilariano, que había recibido el derecho de espada en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano, me dijo: “Compadécete de los cabellos blancos de tu padre y de la infancia de tu hijo. Sacrifica por la salud de los emperadores”. Yo le respondí: “No sacrifico”. Hilariano preguntó: “¿Eres cristiana?”. Respondí: “Sí, soy cristiana”. Y como mi padre siguiera allí para hacerme caer, Hilariano mandó que lo echasen, y le golpearon con una vara. Sentí el golpe como si yo misma lo hubiera recibido: ¡tanta pena me daba la infeliz ancianidad de mi padre! Entonces el juez pronunció la sentencia que nos condenaba a todos a las fieras, y volvimos alegres a la cárcel.

«Como mi hijo estaba acostumbrado a que yo le diese el pecho y a estar conmigo en la cárcel, inmediatamente envié al diácono Pomponio a pedírselo a mi padre. Pero mi padre no quiso dárselo. Tuvo Dios a bien que el niño no volviese a pedir el pecho y que yo no fuera molestada por mi leche, de suerte que me quedé sin inquietud y sin dolor».

Aún Perpetua ha de verse probada de nuevo por los suyos. «Como se acercaba el día del espectáculo, vino a verme mi padre, consumido de angustia. Se mesaba la barba, se arrojó al suelo y hundía la frente en el polvo, maldiciendo la edad a que había llegado y diciendo palabras capaces de conmover a cualquier persona. Yo estaba tristísima, pensando en tan desventurada ancianidad».

«Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate. Lo que en el mismo combate suceda, si alguno quiere, que lo escriba». En efecto, lo escribió Sáturo, y por él sabemos que una de las últimas palabras de Perpetua fue para su familia. Estando ya en pie, en el anfiteatro, esperando a la muerte, llama a su hermano, y cuando éste llega acompañado de otro cristiano, les dice: «Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros, y no os escandalicéis de mis padecimientos».

Cuántos mártires, como Perpetua, tuvieron en sus familiares su más atroz tormento. Y también, como dice San Agustín, «cuántos fieles, a la hora de confesar a Cristo, flaquearon por causa de los abrazos de sus parientes» (Sermo 284). Por el contrario, otro ejemplo impresionante de fidelidad nos viene dada a principios del siglo IV por el mártir San Ireneo, joven obispo de Sirmio, que a principios del siglo IV sufre pasión bajo Probo, gobernador de Panonia, en esta región evangelizada hacía poco.

Comparece Ireneo ante Probo, que para hacerle abjurar le somete a tortura. «Llegaron sus familiares, y al verlo en el tormento, le suplicaban, y sus hijos, abrazándole los pies, le decían: “¡Padre, compadécete de ti y de nosotros!” Su mujer le conjura, llorando. Todos sus parientes lloraban y se dolían sobre él, gemían los criados de la casa, gritaban los vecinos y se lamentaban los amigos y, como formando un coro, le decían: “Ten compasión de tu juventud”.

«Pero él, manteniendo fija su alma en aquella sentencia del Señor: “Si alguno me negare ante los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”, los dominaba a todos y no respondía a ninguno, pues tenía prisa en que se cumpliese la esperanza de su vocación altísima.

«El prefecto Probo le dice: -“¿Qué dices a todo esto? Reflexiona. Que las lágrimas de tantos dobleguen tu locura y, mirando por tu juventud, sacrifica. Ireneo responde: -“Lo que tengo que hacer para mirar por mi juventud es precisamente no sacrificar”. Queda, pues, en la cárcel, donde por muchos días es sometido a diversas penas.

«Después de un tiempo, a media noche, sentado en su tribunal el presidente Probo, hace traer al beatísimo mártir Ireneo y le dice: -“Sacrifica por fin, Ireneo, y te ahorrarás penas […] Ahórrate la muerte. Que te basten ya los tormentos que has sufrido». Todo es inútil ante la firmeza del mártir, y Probo intenta hacer vibrar las fibras afectivas más íntimas del mártir:

«-“¿Tienes esposa?”. -“No la tengo”. -“¿Tienes hijos?” -“No los tengo”. -“¿Tienes parientes?” -“No”. -“¿Quiénes eran, entonces, todos aquellos que lloraban en la sesión anterior?”. Ireneo responde: -“Mi Señor Jesucristo ha dicho: El que ama a su padre o a su madre o a su esposa o a sus hijos o a sus hermanos o a sus parientes más que a mí, no es digno de mí”. Y elevando los ojos al cielo, y fija su mente en aquellas promesas, todo lo despreció, confesando no tener pariente alguno sino a Él.

«-“Sacrifica siquiera por amor a ellos”. Responde Ireneo: -“Mis hijos tienen el mismo Dios que yo, que puede salvarlos. Tú haz lo que han mandado hacer”».

Con los ojos obstinadamente fijos en el cielo, citando palabras de la Escritura, dando respuestas breves y concisas o callando sin dar respuesta, para escapar así al mismo tiempo a las trampas de su juez y a los dulces lazos familiares, se ve claro que el mártir pretende guardarse de su propia flaqueza y, como dice el cronista, también se nota que tiene prisa en que se cumpla en él cuanto antes la esperanza de su vocación altísima.

“Y cuando hubo abierto el quinto sello, vi debajo o al pie del altar las almas de los que fueron muertos por la palabra de Dios y por ratificar su testimonio.”  (Apocalipsis 6:9)

“Y clamaban a grandes voces, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor (tú que eres santo y veraz), difieres hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los que habitan en la tierra?. ” (Apocalipsis 6:10)