1. 4. PERTURBACIONES QUE ORIGINA EL MATRIMONIO Y EL NO

VENCER LOS AFECTOS TERRENOS

 

¿Qué necesidad hay de exponer lo ilógico de este género de vida, ni aun siquiera de pasada, completando la enumeración de tantas calamidades provenientes de los adulterios, las separaciones violentas y las disensiones ? Por tanto, creo atinar con un razonamiento más elevado y verdadero al suponer que los males que pueden observarse en todas nuestras empresas y nuestros quereres no ejercen su imperio sobre los hombres, a no ser que alguno se imponga voluntariamente a sí mismo tal yugo. Es evidente la verdad de este aserto.

Quien considere con los ojos puros del alma las falsías de esta vida y se eleve sobre las cosas visibles de este mundo, despreciándolas, según dice el Apóstol, como estiércol pestilente, y apartándose de todo comercio de esta vida por la renuncia al matrimonio, se verá libre de toda participación en los vicios humanos; me refiero a la avaricia, al odio, a la envidia, a la avidez de la gloria vana y otras cosas semejantes. Pues quien se encuentra exento de todo esto y lleva una vida completamente libre y pacífica, no tiene nada que pueda concitar la envidia de sus vecinos, siendo así que no ha logrado aquellas cosas por las que suele originarse la envidia. Elevado su espíritu sobre todo lo de este mundo, y teniendo la posesión de la virtud como único bien digno de estimarse, gozará de una vida sin dolores, pacífica y tranquila.

Y aunque no todos los hombres participan de la virtud por igual, sino cada uno según sus fuerzas personales, sin embargo, ella sacia en todo caso los deseos de los que la anhelan.

Y esto no según las normas de las reparticiones terrenas, en las que los distribuidores, cuanto más añaden de un lado, tanto más quitan del otro, y lo que redunda en el bien de un particular, se echa de menos en el haber de sus cooparticipantes, de donde vienen a originarse querellas sobre los lotes mejor abastecidos y se suscitan odios por la disminución de lo obtenido.

En la adquisición de la virtud no existe ocasión de envidia, pues el conseguir una participación mayor no implica detrimento para que los demás reciban una cantidad igual a la que son acreedores. De modo que cada uno puede satisfacer sus propios deseos según su capacidad, sin que el tesoro de las virtudes puede jamás agotarse:

Contemplando el panorama de la vida desde este punto de vista y teniendo a la virtud como el verdadero tesoro, que no puede ser delimitado por términos humanos, ¿sufrirá alguno que su alma se incline al barro deleznable y perecedero? ¿Podrá admirar la riqueza, él poder o cualquiera de las otras cosas que anhela la insensatez humana? Si se encuentra alguno en este estado y se halla aficionado a tales bagatelas, este tal no pertenece a nuestra familia; nada

tiene que ver con nuestra exhortación. Por el contrario, si se ocupa en lo del cielo y se adentra en las esferas de Dios, entonces quedará elevado sobre todas aquellas cosas, no teniendo ocasión de deslizarse a tales errores, me refiero a la ocasión del matrimonio. Porque luego viene el querer ser antepuesto a los demás, que es pasión insoportable, y que quien la considere como la semilla, o mejor, la raíz de la espina que plantó en nosotros el pecado, no se apartará lo más mínimo de la realidad. Ahora bien, la causa de este mal se halla originariamente en las relaciones conyugales.

No es posible, de ordinario, evitar el que el codicioso eche la culpa de su vicio a sus vecinos o el que el enloquecido con el ansia de la gloria o el amante de los honores achaque a sus ascendientes la causa de dichos pecados; pues no quiere aparecer inferior a sus antepasados y desea ser tenido como algo grande en el concepto de la posteridad, dejando a sus hijos algunas referencias suyas. Así, todas las enfermedades del alma de aquí toman su origen: la envidia, el odio, el recuerdo de las injurias pasadas y cualesquiera otras. Todas estas lacras adquieren carta de ciudadanía en cuantos siguen los caminos de esta vida. Pero quien se aleja de todas ellas, contemplando a distancia, como desde un puesto de observación militar, los padecimientos de los hombres, se compadecerá de la ceguera con la que se esclavizaron a tanta nonada, creyendo ver grandezas en las prosperidades de las cosas terrenas; y cuando un hombre tal contempla a otro de los que viven según el siglo, adornado de honras, haberes y poderío, se ríe de su necedad y pondera lo brevísimo del tiempo de la vida humana, que, según computación del Salmista, tiene un término fijo Pasa después a la comparación de aquellos siglos sin fin con este exiguo espacio de la vida, y no puede menos de compadecerse de la locura del que anhela lo sórdido, bajo y que no permanece eternamente.

Y por otro capítulo, ¿qué motivo puede haber para que el honor de aquí abajo, que muchos desean, sea digno de obtener la bienaventuranza? ¿Qué añade al sujeto que goza de él? El que ha nacido con la condición de morir, siempre seguirá siendo mortal, tanto si recibe honras como si no las recibe.

Acaso posee grandes extensiones territoriales. Y ¿a qué fin apetecible puede esto conducirle? A no ser que alguno, falto de juicio, juzgue por suyo la que en rigor no le pertenece. Tanta es su codicia, que no se da cuenta, según parece, que la tierra y toda su abundancia es del Señor. El es el verdadero rey de la tierra, y si los hambres llegan a poder ser llamados señores de lo que no poseen, se debe al nombre que Ies otorga la pasión de su avaricia, sin derecho alguno.

La tierra, dice el sabio Eclesiastés, permanece eternamente, sirviendo a todas las edades; alimenta a unos y a otros de los nacidos de ella En realidad, los hombres no son dueños ni siquiera de sí mismos, sino que están pendientes de los designios del supremo Hacedor: nacen sin saberlo, dejan el estadio mortal cuando menos lo desean. Llevados, por tanto, de una insigne vanidad, intentan dominar la tierra, sin parar mientes en que, mientras ellos nacen y mueren, la tierra permanece siempre inmutable.

Quienquiera, pues, que tenga estos criterios y que repute por nada cuanto en la estima del vulgo se considera como precioso y honorífico, quienquiera que se deje guiar únicamente por el amor de la vida sobrenatural, y que juzgue que toda carne es heno y que como flor de heno debe tasarse toda la vida del hombre sobre la tierra, ¿podrá tener como objeto de sus diligencias y desvelos al heno, que hoy es y mañana no aparece? Más aún; el que se acostumbra a contemplar las cosas divinas se convence de que no sólo las cosas humanas carecen de consistencia, sino que el universo todo no puede permanecer eternamente, y así desprecia esta vida como ajena y caduca. Bien claras son las palabras del Señor: “Los cielos y la tierra pasarán”; y todo espera necesariamente la mutación de su forma.

Por tanto, no es extraña que mientras uno vive bajo los pliegues de esta tienda de campaña, como dice el Apóstol, revestido con la mortalidad y agobiado por las cargas de esta vida presente, se duela de que se prolongue su destierro, como canta el profeta Salmista en sus versos inspirados. Y en verdad que viven envueltos en tinieblas los que pasan su vida en tales moradas. Así llora el profeta la demora de dicho destierro: ¡Ay de mi, dice, que se ha prorrogado mi destierro ¡. Achaca a las tinieblas la causa de esta tristeza. Aprendimos de los entendidos que las tinieblas se llaman Cedar en la lengua hebrea. Y creo que con razón; pues así como con las tinieblas de la noche pierden los hombres su dominio de lo exterior, así también estos tales pierden el verdadero conocimiento cayendo en el error y no viendo que todas estas cosas que se tienen como honrosas en este mundo, y que se muestran así en oposición a sus contrarias, no tienen otro fundamento sino el que les da la opinión de los hombres insensatos. Ellas de por sí son nada. Nada la bajeza del linaje, nada la cuna ilustre, nada la gloria, nada la magnificencia, nada la historia de los antepasados, nada el orgullo, nada las posesiones presentes, nada el dominar a otros, nada el estar bajo su yugo, nada las riquezas, o la pobreza, o la miseria, o cualquiera otra de las eventualidades de nuestra vida, aunque a los ignorantes les parezcan tener suma importancia, porque toman como módulo de comparación el placer.

Para el que posee un espíritu elevado, todas las cosas son de igual valor, ni juzga ser una preferible a la otra, pues de igual modo se dirige la vida a su fin entre las cosas más opuestas; y la misma posibilidad de vivir bien o mal existe en ambas suertes de vida, sea manejando las armas de la diestra como las de la siniestra a través de la buena fama o de la ignominia, según dice el Apóstol . Por medio de todas estas cosas, el que ha logrado una mente pura penetra en la verdad íntima de lo existente y realiza rectamente su viaje, recorriendo desde el principio hasta el fin el tiempo que le ha sido designado.

A la manera de los viajeros sensatos, marcha siempre adelante, haciendo poco caso de lo que se le presenta en el camino. La intención del viajero se orienta hacia el término de su viaje, ora tenga que hacerlo por entre prados o tierras cultivadas, ora a través de grandes desiertos o parajes rocosos; no hay deleite o molestia que le impida tender a la meta prefijada. Del mismo modo, este varón justo, caminando derechamente, llegará al fin que se propuso sin apartarse por desviaciones engañosas; sino que, con la mirada puesta únicamente en el cielo, dará término a su peregrinación mortal, cual experto timonel, que dirige la nave por lo que observa en las estrellas.

El hombre, empero, que es más corto de entendimiento, mira hacia la tierra; arroja su alma a las sensualidades del cuerpo como se lanza el ganado al pasto; sólo vive para el vientre y para lo relacionado con el vientre; apartado de la vida de Dios y ajeno a las promesas de los libros sagrados, no juzga nada deleitable fuera del gozar con el cuerpo. Este tal y los que siguen su camino andan en tinieblas, como dice la Escritura porque se encuentran en su vida

obras malas. En ellos se dan, a saber: avaricia, pusilanimidad, desbocada afición a los placeres, deseo de imperio, hambre de vanagoloria y toda una multitud de aficiones desordenadas propias de los hombres. Todos estos vicios están enlazados entre sí el uno con el otro, y, por tanto, la persona que contrajere uno de ellos contraerá los demás como por cierta necesidad natural. Es lo que vemos en una cadena: si la agitamos de un extremo, no pueden los demás anillos permanecer inmóviles, sino que el último se mueve a la par que el primero, comunicándose desde éste el  movimiento a través de la sucesión continua de eslabones. De un modo semejante se unen y enlazan entre sí los afectos humanos, aconteciendo casi de ordinario que, si uno de ellos se apodera del alma, toda la multitud de los restantes irrumpen juntamente con él.

Por si necesitas la explicación de esta como cadena de males, suponte una persona que por buscar un pequeño placer haya sido vencida por la pasión de la vanagloria. Ineludiblemente

acompañará a la vanagloria un ansia de hacerse con más, pues nadie puede ser dominado por la pasión de poseer más si no marcha en vanguardia como guía el deseo de la gloria. Después de esta pasión de superar en bienes materiales o en dignidades concita la ira contra los iguales, o la soberbia para con los inferiores, o la envidia respecto a los superiores, cuya compañera es la hipocresía; a ésta sigue la amargura de ánimo y a ésta el odio hacia los demás; y como término de todo ello, la condenación eterna, que lleva a la gehena, a las tinieblas y al fuego.

¿Ves, pues, el camino de los vicios, y cómo de un placer se derivan todas las pasiones? Pues una vez que ha entrado en la vida de uno todo este cortejo de pasiones, no hay más que un camino, según nos enseñan los Libros Sagrados, para libramos de ellas, y es el apartarnos de aquella vida que lleva consigo el acompañamiento de tales afecciones inoportunas. No es posible desear vivir en Sodoma y evitar la lluvia de fuego. No puede nadie, después de salido,

volverse de nuevo hacia las cenizas de la ciudad maldita sin dejar de convertirse en estatua de sal. Nadie se redimirá de la esclavitud de Egipto si no abandona aquel país, quiero decir esta vida de baja condición, y no se decide a atravesar, no ya el mar Rojo, sino el negro y tenebroso piélago de la vida. Ahora bien, según dice el Señor, si la verdad no nos liberta permaneceremos en el dolor de la esclavitud.

Y siendo esto así, ¿cómo se entiende que quien busca lo falso o vive en medio de los errores de la vida pueda ser dueño de la verdad? ¿Cómo habrá sacudido de sí el yugo de la esclavitud quien entrega su vida, como sierva, a las necesidades de la naturaleza?

Un ejemplo aclarará más nuestro raciocinio. Un río ya de suyo caudaloso hace más rápido su curso con las avenidas invernales, arrastra hacia su lecho piedras, troncos y cuanto halla a su paso; pero sólo resulta peligroso y amenazador para quienes viven vecinos de él, no para los que de lejos se guardan de su impetuosidad. Del mismo modo, quien se produce a sí mismo esta turbación de su existencia, él solo es quien la padece y él solo quien ha de soportar aquellas pasiones hacia las cuales empuja la naturaleza a los que se acercan a sus riberas cuando viene desbordada por los vicios de la vida. En cambio, el que, como dice la Escritura, abandona el torrente y el agua de corriente impetuosa, se verá libre de caer como presa de los dientes de esta vida, según añade el mismo salmo y, como el pájaro, escapará del lazo con las alas de la virtud.

En el ejemplo del torrente se muestra cómo la vida de los mortales, abundante en perturbaciones y eventualidades imprevistas, es fácilmente arrastrada hacia las inclinaciones

de la naturaleza. Nada permanece de cuanto se afana por conseguir; ni esperan las cosas a que se harten aquellos que las deseaban. Y cuando, llevadas de su propio impulso, se aproximan y llegan a ser logradas, entonces acaban su curso, y lo presente se substrae a nuestra vista con un reflujo oculto, huyendo de nuestros sentidos con suma celeridad. Util es, por consiguiente, mantenerse lejos de la marea de la vida y no estimar en menos lo sempiterno por hallarnos

sumergidos de lleno en lo caduco. Porque ¿cómo será posible que amando alguna cosa de esta vida podamos conservarla hasta el fin? ¿Acaso permanecerá para siempre algo de aquello que más hemos deseado? ¿Qué supone el vigor de la juventud? ¿Qué la integridad de las fuerzas y de la forma? ¿Qué la riqueza, la gloria y el poder? Aun cuando florecieren por breve tiempo, ¿no se desvanecen y, desvanecidas, vienen a reducirse a lo contrario de su nombre?

¿Quién vive una juventud perenne? ¿A quién le ayudan siempre las fuerzas? ¿Acaso no forma la naturaleza la flor de la belleza, más breve aún que aquellas flores que se abren las primeras en primavera? A éstas la naturaleza las hace florecer a su debido tiempo, y después de haber florecido durante un pequeño intervalo, las marchita; aparecen de nuevo, se desvanecen después y tornan otra vez a cubrirse de lozanía, hasta que por fin aparece su belleza, con el nuevo tiempo, en todo su esplendor. Por lo que hace a las flores humanas, la naturaleza las muestra en toda su hermosura durante la primavera de la juventud, para dejarlas después ajadas en el invierno de la vejez. Y lo mismo ocurre con todo lo demás que ha ilusionado durante algún tiempo a los sentidos de la carne: que, una vez pasado y desaparecido, se olvida.

Pues si las transformaciones que se realizan por ley de de la naturaleza afligen a los que se aficionan a ellas, no queda sino un medio para huir de semejantes males, cual es el no entregarse a nada que pueda turbar el alma, antes bien apartarse, en cuanto sea posible, de toda afección y todo comercio carnal, procurando vivir ajeno a toda connivencia con el propio cuerpo, a fin de que aun esta vida que procede de la carne se mantenga inmune de las tribulaciones de la carne. Esto es vivir únicamente según el espíritu, tratando de imitar, en cuanto de sí depende, aquel género de existencia propio de las potestades incorpóreas, entre las cuales no se toman esposos ni esposas sino que todas sus actividades y su proceder se enderezan a contemplar al Padre de la incorrupción y a conformar, en lo posible, por medio de la imitación, su propia naturaleza con aquel supremo arquetipo de la belleza.