I

«El hombre no puede realizar una acción más santa, más grande, más sublime que celebrar una Misa, a cuyo respecto el Concilio de Trento dice: “Nosotros debemos confesar que ninguna otra obra puede realizarse tan santa y divina como este formidable Misterio. Dios mismo no puede originar una acción para ser realizada que sea más santa y más grande que la celebración de la Misa”. »
—San Alfonso María de Ligorio

«El Sacrificio de la Misa es y sigue siendo el centro de la Religión cristiana, el compendio de los ejercicios espirituales, el corazón de la devoción y el alma de la piedad. De aquí el poder siempre nuevo e infalible con el que el Santo Sacrificio de la Misa atrae a todos los corazones católicos y reúne a las naciones católicas alrededor de sus altares. Por doquier la Santa Misa conserva este poder magnético de atracción… El Santo Sacrificio de la Misa es el alma y el corazón de la liturgia de la Iglesia; es el cáliz místico que presenta a nuestros labios el fruto dulce de la pasión del Dios-hombre —esto es, la gracia». — Padre Nicolás Gihr

«El que intenta apropiarse del Santo Sacrificio de la Misa de la Iglesia no urde una calamidad menor que si tratara de arrebatar el sol del universo.» —S. Juan Fisher(1469-1535)

I.- La Misa Católica

CUALQUIER DISCUSIÓN DE LA MISA CATÓLICA requiere un reconocimiento de su posición crucial en la Iglesia; así como un poco de comprensión de su naturaleza.

Según San Juan Crisóstomo (347-407), un Padre y Doctor de la Iglesia, cuando se dice la Misa: Se abre una fuente de la que manan ríos espirituales —una fuente alrededor de la cual se sitúan los ángeles, mirando en la belleza de sus chorros, ya que ellos ven más claramente en el poder y santidad de las cosas que están por descubrir, y sus esplendores inaccesibles. San Alfonso María Ligorio (1696-1787) describió la Misa como «la cosa más hermosa de la Iglesia». ¿Y por qué? Porque «en la Misa, Jesucristo se dio Él Mismo a nosotros por medio del Santísimo Sacramento del Altar, que es el fin y el propósito de todos los demás Sacramentos». San Leonardo de Puerto Mauricio llamó a la Misa «el único Sacrificio que nosotros tenemos en nuestra santa religión; un Sacrificio santo, perfecto, en cada punto completo, por el que cada uno de los creyentes honra a Dios noblemente». El Padre Michael Müller, C.SS.R. dice, «El Santo Sacrificio de la Misa es una de esas obras mayores que la omnipotencia de Dios no puede mostrar… Es una imposibilidad absoluta para cualquier entendimiento humano o angélico concebir una idea adecuada de la Misa. Todo lo que nosotros podemos decir es que su dignidad y santidad son infinitas». El Cura de Ars nos dice, «Todas las buenas obras juntas no son de igual valor que el Sacrificio de la Misa porque ellas son las obras del hombre, y la Santa Misa es la obra de Dios». El P. Nicolás Gihr, en su estudio de la Misa, dice: La celebración de la Misa es el servicio divino más digno y más perfecto, porque procura al Altísimo un culto y una veneración que millones de palabras serían incapaces de darle. Es un Sacrificio único [y] aventaja infinitamente en valor y dignidad, en poder y eficacia, a todas las muchas oraciones de la Iglesia y los creyentes. Siempre que este sacrificio conmemorativo se celebra, la obra de redención se realiza. Es el alma y el corazón de la liturgia de la Iglesia; es el cáliz místico que presenta a nuestros labios el fruto dulce de la pasión del Dios-hombre —esto es, la gracia. El Papa Urbano VIII dijo de la Misa: Si hay algo divino entre las posesiones del hombre, que los ciudadanos del Cielo podrían codiciar (si fuera posible), sería ciertamente el Santísimo Sacrificio de la Misa cuya bendición es tal que en él el hombre posee una cierta anticipación del Cielo mientras todavía está en la tierra, incluso tiene ante sus ojos y toma en sus manos al mismo Creador de Cielo y Tierra. Cuán grandemente tienen que esforzarse los mortales para que el privilegio más imponente se guarde con el culto y reverencia debidos, y tengan cuidado para que su negligencia no ofenda a los ojos de los ángeles que miran con adoración envidiosa.

Declaraciones como la anterior son legión entre los escritos de los Santos, Doctores y escritores sagrados de la Iglesia; ellos reflejan la creencia constante de la Iglesia acerca de la naturaleza e importancia del Santo Sacrificio de la Misa.

II.- La Misa Católica es un Verdadero Sacrificio

La Iglesia Católica siempre habla de la Misa como Sacramento y como Sacrificio. El Concilio de Éfeso (431 d. C.) enseña que «Cristo se ha entregado por nosotros, una oblación y un Sacrificio a Dios por olor de dulzura». San Cipriano (200-258) nos dice que «el derecho a celebrar el Santo Sacrificio constituye el adorno más hermoso y la guirnalda de honor del sacerdocio católico, y por esta razón la privación de este privilegio era considerada como el más severo y el más doloroso de los castigos». San Ambrosio (340-397) nos dice que «los ángeles están presentes cuando estamos celebrando el Sacrificio, dado que usted no puede dudar que los ángeles estén presentes, cuando Cristo está allí, cuando Cristo está siendo sacrificado. La Liturgia de Santiago dice: «Acallad toda carne mortal, permaneciendo [en la Consagración] en respeto y temor; porque el Rey de reyes, el Señor de los señores, Cristo nuestro Dios está a punto de ser sacrificado y ser administrado como alimento a los creyentes».

Mas un sacrificio no puede suceder sin inmolación de una víctima. Santo Tomás de Aquino dice, «es apropiado a este Sacramento que Cristo deba ser inmolado en su celebración». (Summa, III, 83, 1). En el Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa, el sacerdote sacrificador primordial, a saber, Cristo, y el presente sacrificial son idénticos. Sólo la naturaleza y el modo de la ofrenda de los dos son diferentes. Todas y cada una de las Misas válidas renuevan el mismo Sacrificio que ocurrió en el Calvario. La única diferencia es que el Sacrificio de Cristo en la Cruz era cruento, y el de la Misa es incruento. El sacrificio de la Cruz y el de la Misa son, no obstante, uno y el mismo Sacrificio. Como declara el Catecismo del Concilio de Trento:

La Víctima cruenta y la incruenta no son dos, sino una única Víctima, cuyo Sacrificio se renueva diariamente en la Eucaristía. El sacerdote también es uno y el mismo, el Señor Cristo; porque los ministros que ofrecen el Sacrificio consagran los sagrados misterios no en su propia persona, sino en la de Cristo, como dejan claro las palabras mismas de la Consagración; porque el sacerdote no dice, «Éste es el Cuerpo de Cristo», sino, «Éste es Mi Cuerpo», y actuando así en la persona del Señor Cristo, él cambia la substancia del pan y el vino en la substancia de Su Cuerpo y Su Sangre. Esta doctrina sobre la naturaleza inmolativa y verdaderamente sacrificial de la Misa está ligada a la conciencia católica, porque como los Cánones del Concilio de Trento declaran: «Si alguien dijera que en la Misa [es decir, en todas y cada una de las Misas] un verdadero y apropiado sacrificio no es ofrecido a Dios… ¡sea anatema!»

¡No siempre las comparaciones son odiosas!

III.- Una Explicación Adicional de la Naturaleza de esta Inmolación

Se dice que el sacrificio inmolativo de Cristo es «perpetuo». Como el Padre M. Olier, el santo fundador de San Sulpicio en París explica: «Para presentar el misterio del santo Sacrificio de la Misa, uno debe saber que este Sacrificio es el Sacrificio del Cielo… Un Sacrificio ofrecido en el Paraíso que, al mismo tiempo, se ofrece aquí en la tierra, y ellos sólo difieren en que aquí en la tierra el Sacrificio ocurre sin ser visto». A lo que el Padre Olier está refiriéndose se explica en la visión apocalíptica del Apóstol San Juan en la que describe el sacrificio del Cordero, «matado» pero vivo y sentado en el trono, con los veinticuatro ancianos que lo adoran, con las melodías de arpa y con el perfume de incienso, mientras las multitudes de ángeles y todas las criaturas cantan la alabanza al Cordero y el eterno «Amén». (Apoc. 5:6-14). Como la Escritura enseña: «el Cordero… fue matado desde el principio del mundo» (Apoc. 13:8), este «Cordero, sin defecto ni mancha, ya conocido antes de la creación del mundo, pero manifestado al fin de los tiempos por amor vuestro» (1 Ped. 1:19-20). La Consagración y el Sacrificio efectuados por el sacerdote (que está en el lugar de Cristo) es, entonces, la manifestación visible de un acto eterno e intemporal. Después de la Consagración, como dice Guéranger en El Año Litúrgico, «¡el Cordero divino yace en nuestro altar!». Así vemos que la Misa es la realidad visible, aquí y ahora, de la Misa intemporal del Cielo, descrita en el Apocalipsis. A través de ella participamos en la Liturgia Celestial; a través de ella las puertas del Cielo se nos abren y la posibilidad de la vida eterna se hace accesible para nosotros. Así en la Misa nosotros vemos el perpetuo Sacrificio Celestial del Cordero descendido del Cielo y presentado en el altar ante nuestros ojos. La Iglesia sostiene unánimemente que Cristo en el Cielo permanece haciendo eternamente una ofrenda externa y visible de Su sagrado Cuerpo, pero mientras que en el Calvario ese Cuerpo se destruyó en la muerte, en el Cielo es aniquilado, por así decirlo, en la gloria devoradora de la radiante vida divina.

El concepto de la Misa como la renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz es importante si queremos entender por qué la Misa es llamada una «conmemoración». No es una conmemoración en el sentido en que nosotros conmemoramos la muerte del soldado desconocido, o incluso la muerte de un ser amado. Ésta es la creencia protestante, a saber, que la Misa es una «conmemoración» de la Crucifixión histórica. Antes bien, la Misa es una conmemoración en el sentido en que «hace volverse a la mente», en el sentido filosófico al que aludía el gran filósofo pagano Platón (427- 347 a.C.), a un recuerdo de algo que tiene su propia realidad autoexistente, perpetua y eterna en el Cielo. De esta manera la Misa hace presente de nuevo lo que aconteció en el Calvario y que está ocurriendo eterna y perpetuamente en el Cielo. Esto, por supuesto, sólo puede ocurrir a través de la mediación de un sacerdote al que le ha sido dado el poder, como así era, «de traer el Cielo a la tierra».

Los protestantes y anglicanos (episcopalianos en América) (Los anglicanos reconocen al Rey o la Reina de Inglaterra como la cabeza de su Iglesia. En el momento de la Revolución americana, los anglicanos de este país rechazaron este «encabezamiento» y se declararon episcopalianos), rechazan este dogma. Ellos niegan que haya ninguna acción immolativa (sacrificial) y por lo tanto ninguna PRESENCIA REAL (Ellos describen con una amplia variedad de maneras la eficacia del pan y el vino usados en su servicio. Algunos admiten que Cristo está «subjetivamente» presente para el adorador (ver la discusión de NOBIS –«Por Nosotros»– más abajo en el texto) pero todos niegan cualquier «PRESENCIA» objetiva, independiente del adorador). Mientras que los católicos veneran a las Sagradas Especies después de la Consagración de la Misa, los protestantes reconocen sólo pan y vino y por ello nos acusan de idolatría. A pesar del hecho de admitir que el Sacrificio de la Cruz fue un verdadero Sacrificio, todavía insisten en que ocurrió por última vez, y que lo único que acontece o puede acontecer en la Misa diaria es una nueva narración a modo de historia de lo que ocurrió hace unos dos mil años. En sus ojos el rito es una mera «conmemoración» de este evento histórico, y, como tal, no requiere ni sacerdote ni especiales poderes sacerdotales para realizarlo. Como Lutero dijo, «La Misa no es un sacrificio… llamadla bendición, Eucaristía, la mesa del Señor, la cena del Señor, la Memoria del Señor o cualquier cosa que gustéis, con tal de que no la ensuciéis con el nombre de un sacrificio o acción». En cuanto a los anglicanos o episcopalianos, el artículo treinta y uno de su «credo» declara que la Misa, tal como es entendida por el Concilio de Trento, es una «fábula blasfema y un engaño peligroso» (Los anglicanos y luteranos todavía dicen el Credo niceno que data de 325. Esta manifestación está tomada, sin embargo, de los «Treinta y nueve Artículos» a los cuales los anglicanos y episcopalianos deben dar su asentimiento «en el significado llano de las palabras»).

Debido a la magnitud infinita de este Sacrificio inmolativo de la Misa, la doctrina católica sostiene que la Misa es también y al mismo tiempo un sacrificio de alabanza, de acción de gracias, de propiciación (reparación, expiación, conciliación), y de impetración (petición).

La Misa es un sacrificio de alabanza y adoración porque La celebración del Sacrificio eucarístico contiene una adoración infinitamente perfecta de Dios, porque es el Sacrificio que Cristo Mismo ofrece a Su Padre celestial. Ni es posible para el hombre crear un rito que sea un Sacrificio mayor de alabanza y adoración, porque es Cristo Mismo y el Espíritu Santo, actuando por medio de los Apóstoles, quien es el Autor de la Misa.

Al mismo tiempo y del mismo modo, la Misa es un sacrificio de acción de gracias. «Ya que en la Santa Misa nosotros adoramos, alabamos y magnificamos a Dios por medio de Cristo y con Él, nosotros cumplimos de una manera perfecta el primer deber que como criaturas debemos al Creador —el deber de gratitud».

Los protestantes están perfectamente dispuestos a reconocer que un servicio del culto sea descrito como un «sacrificio de Alabanza y Acción de gracias». Pero en esto es donde se detienen. Para ellos, afirmar que la Misa es más que esto es una blasfemia. La Iglesia insiste sin embargo en que la verdadera Misa es mucho más (Como los Cánones del Concilio de Trento declaran: «Si alguien dijera que el Sacrificio de la Misa es sólo un sacrificio de alabanza y acción de gracias. Sea anatema». Las oraciones eucarísticas del Novus Ordo Missae constantemente utilizan la frase (un sacrificio de alabanza y acción de gracias) sin referencia a los otros aspectos del sacrificio). Debido a su naturaleza fundamentalmente inmolativa, la Misa es, entre otras cosas, un «sacrificio propiciatorio»; él «propicia» (aplaca) el enojo y la justicia de Dios. Como dice el Padre Nicolás Gihr, «Cristo sobre la Cruz se hizo merecedor para nosotros de todo el perdón del pecado, de la gracia de la santificación y de la beatitud eterna. Quienquiera que se aparta de este Sacrificio; quienquiera que a causa de la desobediencia y la incredulidad lo desprecia y lo rechaza, para él “ya no queda ningún [otro] sacrificio para los pecados, sino una terrible expectativa del juicio y la furia del fuego”». (Heb. 10: 26-27). Además, como acto de propiciación, la Misa «calma y apacigua el justo enojo de Dios, desarma Su justicia e induce al Señor a considerar al hombre pecador con favor y misericordia. Por consiguiente, como sacrificio propiciatorio, la Misa tiene el poder y, como consecuencia de la ordenanza de Cristo, tiene por objeto directa e infaliblemente —esto es, en el más estricto sentido ex opere operato— cancelar el castigo temporal».(Ex opere operato significa literalmente «por su propio poder». Los defectos personales del sacerdote (suponiendo que está adecuadamente ordenado, usa un rito válido y tiene la intención correcta) o del comulgante no afectan a su «poder»).

Es más, esta anulación del castigo temporal puede aplicarse tanto «a los vivos como a los muertos». Como San Agustín dice, «no debe dudarse que los difuntos reciben ayuda de los que actúan en la Iglesia y del Sacrificio dador de vida». Para los vivos, este fruto sólo es concedido «a medias», pues en virtud del Sacrificio, la Eucaristía obtiene esta gracia para los pecadores sólo «si los encuentra dispuestos» (Sto. Tomás, Sent., IV. 12, q.2, a.2.); para los muertos remite infaliblemente, pero no necesariamente del todo, sino sólo de acuerdo con el buen agrado de la Providencia. El Concilio de Trento sostiene que es de fide (es decir, parte de la Fe católica que debe creerse) que «la Santa Misa es un verdadero sacrificio propiciatorio por los vivos y los muertos» y el Catecismo del Concilio de Trento declara que la Misa es «verdaderamente un sacrificio propiciatorio, por medio del cual nos reconciliamos con Dios y recuperamos Su favor». La teología protestante niega específicamente tanto la naturaleza «propiciatoria» de la Misa, como la doctrina de Purgatorio.

Finalmente, la Misa se describe como un sacrificio de impetración o súplica, porque como el mismo Concilio declara, la Misa no sólo se ofrece por los pecados, castigos y satisfacciones, sino también para «otros remedios». El hombre, en unión al sacerdote que ofrece la Misa, puede esperar que sus demandas (con tal de que estén en conformidad con la voluntad de Dios) recibirán una respuesta apropiada. Y en vista de todo lo que se ha dicho anteriormente con respecto al poder y eficacia de la Misa, ¿cómo podría ser de otro modo?

Una Breve Historia de la Misa

No hay en la Misa Tradicional ninguna palabra ni frase, ni un solo acto del celebrante, ni ningún adorno del altar o del sacerdote, que carezca de significado. Eso conlleva naturalmente que cada palabra y acción del sacerdote también sean significantes. La Misa recapitula la historia entera de la Redención. Por ejemplo, cuando se hacen 33 signos de la cruz, es para conmemorar el número de años que Nuestro Señor pasó en la tierra. Cuando el sacerdote extiende sus manos sobre el cáliz mientras recita el Hanc Igitur, está recapitulando la acción del Sumo Sacerdote de los judíos que ponía sus manos sobre el chivo sacrificial para transferirle los pecados del pueblo.

(El «chivo expiatorio», que prefigura a Cristo, era adornado con una cinta roja —como Cristo fue cubierto con mofa con una clámide roja durante Su proceso— y después llevado al desierto donde era despeñado desde un alto precipicio como sacrificio.)

Cuando el sacerdote mira al altar durante el Sacrificio (excepto cuando se vuelve para traernos las bendiciones que proceden de allí), es porque la acción está ocurriendo sobre el altar, y el sacerdote es, como Cristo al cual representa, un Intermediario entre nosotros y Dios Padre. Si el altar mira tradicionalmente al Este, es porque ésta es la dirección del Sol Naciente que, como la «la luz del mundo», es un símbolo de Nuestro Señor que es la verdadera «Luz del Mundo». En cuanto al altar (no es una «mesa»), nosotros sabemos por el rito tradicional de consagración de altares católicos que nuestro altar está vinculado al altar de Moisés y también al de Jacob (la almohada de Jacob) —y que el altar eterno es, él mismo, el cuerpo de Cristo que está situado «en el centro del mundo» —el axis mundi— para que toda la creación sea, como era, periférica a la Misa «eterna» y capaz así de ser unificada a través de la acción divina. (Como dice Sto. Tomás en su Homilía para el Segundo domingo de Adviento, «Todas esas cosas que para nosotros son desatinadas, son atinadas para Él».) Si se usan seis velas en la Misa mayor, es porque esto representa la integración del Menorah judío, o candelabro de siete brazos, en el Sacrificio de Cristo Nuestro Señor, que es y substituye al central o Séptima Vela. Si el sacerdote se viste al modo real durante el rito, es porque representa a Cristo Rey. Ya no es un individuo (por ejemplo, «el P. Roberto»,etc.), sino un alter Christus, «otro Cristo». El sacerdote no purifica sus manos en balde antes de realizar el Sacrificio, ni por vanas razones limpia el cáliz con cuidado exquisito después de consumir las Sagradas Especies. Ninguno de estos actos es invención de hombres. Como el Abad Guéranger dice: «estas ceremonias se remontan hasta los Apóstoles». De igual modo, encontramos a la gran autoridad sobre la Misa, el Padre Nicolás Gihr, diciendo:

El ejemplo de Cristo era para los Apóstoles la norma en la celebración del Sacrificio. Ellos hicieron, primero, sólo lo que antes había hecho Cristo. Según Sus instrucciones y bajo la inspiración del Espíritu Santo, observaron además otras cosas, a saber, según las circunstancias ellos agregaron varias oraciones y observancias para celebrar los Sagrados Misterios tan digna y edificantemente como fuera posible. Esas partes constitutivas del rito sacrificial que se encuentran en todas las liturgias antiguas tienen su origen indiscutiblemente en los tiempos apostólicos y la tradición: los rasgos esenciales y fundamentales del rito sacrificial, introducidos y aumentados por los Apóstoles, estaban conservados con fidelidad y reverencia en las bendiciones místicas, el uso de las luces, el incienso, las vestiduras y muchas cosas de esa naturaleza que ella [la Iglesia] emplea por la prescripción Apostólica y por tradición.

Mientras que a veces se agregaron ciertas oraciones a la Misa Tradicional, es bien conocido que su núcleo central o «Canon» permaneció fijo e inalterado desde los primeros días. Según Sir William Palmer, un historiador no católico:

No parece nada desatinado pensar que la Liturgia romana, como se usaba en tiempos de [el Papa San] Gregorio Magno [590-604], pudiera haber existido desde la más remota antigüedad, y quizás haya casi tan buenas razones por remitir su composición original a la Edad Apostólica. (Citado por Patrick H. Omlor, Interdum, Edición No. 7, Menlo Park, CA).

En cuanto a los hechos, la investigación histórica, tanto la católica como la protestante, ha mostrado que la Misa Tradicional data de antes de, al menos, el siglo cuarto. (Antes de ese tiempo, la Iglesia estaba sometida a una persecución severa, y por consiguiente los archivos históricos son escasos. Por otra parte hay considerables evidencias de que la Misa era considerada demasiado sagrada para ser puesta por escrito). Desde entonces hasta 1962, cuando Juan XXIII agregó el nombre de San José al Canon de la Misa, un total de 26 palabras se han agregado al Canon Tradicional, por los Papas San León (440- 461) y San Gregorio Magno (590-604). De este modo, como el Concilio de Trento declara exactamente, el Canon «está compuesto por las mismas palabras del Señor, la tradición de los Apóstoles y las instituciones pías de los santos pontífices». En el curso de la historia se han hecho además algunas adiciones —aunque nunca ninguna resta. Como resultado, el Concilio de Trento ordenó que «todas esas adiciones deben ser quitadas, y que la Iglesia debe establecer firmemente el uso de la Misa como era en tiempos de S. Gregorio» (590-604). Ésta es pues la Misa Tradicional. Ésta es «la Misa de Todos los Tiempos». Ésta es la Misa que fue «codificada» y «promulgada» por el Papa San Pío V en 1570 tras el Concilio de Trento. Ésta es la Misa que está protegida por su Bula Apostólica Quo Primum de esa misma fecha. Ésta es la Misa que Pablo VI cambió, porque, entre otras cosas, contenía «aspectos indeseables» y «no expresaba adecuadamente el significado de las cosas santas». (Declaraciones hechas públicamente y referidas en el Osservatore Romano en el agradecimiento a los seis «observadores» protestantes por su ayuda en la formulación de la Nueva Misa (o Novus Ordo Missae) usada por la Iglesia en los tiempos posconciliares.

UNA ORACIÓN CATÓLICA TRADICIONAL PARA ANTES DE LA MISA

¡Oh! Dios mío, Padre Eterno y Omnipotente, yo Te ofrezco en unión con Tu Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, Su propia Pasión y muerte en la Cruz en este Santo Sacrificio de la Misa: en profunda ADORACIÓN de Tu Divina Majestad; en jubilosa ACCIÓN DE GRACIAS por todas Tus gracias y bendiciones; en humilde REPARACIÓN por mis innumerables pecados y los del mundo entero; y en ardiente SÚPLICA por Tu misericordia y gracia, así como por mis necesidades temporales y las de mis seres queridos y vecinos. ¡Oh Dios, ten misericordia de mí, pecador!

¿Podemos perder la Misa?

Si Satanás hubiera sido consciente de que Cristo es el Logos Divino [Segunda Persona de la Santísima Trinidad], nunca habría agitado para la Crucifixión. Es innecesario decir que cada Misa verdadera le recuerda de nuevo su terrible error al mismo tiempo que es un vehículo para conferir gracias infinitas sobre la humanidad. No es extraño que el diablo tenga un intenso odio a la Misa. Siempre se ha vaticinado que la verdadera Misa nos sería arrebatada. Escuchemos las palabras de San Alfonso M. de Ligorio:

El diablo siempre h a intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles los precursores del Anticristo quien, antes de nada, intentará abolir y abolirá efectivamente el Santo Sacrificio del Altar, como castigo por los pecados de los hombres, según la predicción de Daniel, «Y se hizo fuerza contra el sacrificio perpetuo». (Dan. 8:12)

Sobre lo mismo abunda el Padre Denis Fahey:

Toda la espantosa energía del odio de Satanás está especialmente dirigida contra el Santo Sacrificio de la Misa. En formación con él y animado con el mismo odio, hay un ejército de satélites invisibles de la misma naturaleza. Todos sus esfuerzos se dirigen a impedir su celebración exterminando el sacerdocio, y a restringir sus esfuerzos. Si Satanás no puede tener éxito anulando completamente el único y solo acto aceptable de culto, él se esforzará por limitarlo a las mentes y corazones de tan pocos individuos como sea posible. (1)

El odio de los «Reformadores» del siglo XVI hacia la Misa Tradicional es bien conocido. Ante todo, aborrecieron cualquier sugerencia de que la Misa fuera un «Sacrificio inmolativo». Lutero lo llamó una «abominación», un «culto blasfemo y falso», e instruyó a los gobernantes bajo su influencia para «atacar a los idolatras» y para suprimir su culto en la medida de lo posible. Negó repetidamente su verdadera naturaleza sacrificial y sobre todo odió el «Canon abominable en el cual la Misa se hace sacrificio». De hecho, llegó a decir, «yo afirmo que todos los burdeles, los asesinatos, los robos, los crímenes, los adulterios son menos inicuos que esta abominación de la Misa Papista». Acerca del Canon o núcleo de la Misa, declaró:

«Ese Canon abominable es una confluencia de albañales de aguas fangosas, que ha hecho de la Misa un sacrificio. La Misa no es un sacrificio. No es el acto de un sacerdote que sacrifica. Junto con el Canon, nosotros desechamos todo lo que implica una oblación.»

En palabras que son casi proféticas hizo notar que «cuando la Misa haya sido destruida, creo que habremos destruido al Papado. Creo que es en la Misa, como sobre una roca, donde el Papado se apoya enteramente todo se colapsará por necesidad cuando se colapse su sacrílega y abominable Misa».

Todos esto nos lleva a los problemas de la Nueva Misa. Es bien conocido que el contraste de los católicos tradicionales es su negativa a participar en el Nuevo Orden de la Misa —el Novus Ordo Missae— como se estableció el 3 de abril de 1969, tras el Concilio Vaticano II. Por razones que luego se aclararán, es de suma importancia para nosotros repasar las razones de sus objeciones a este Nuevo Rito. El resto de este estudio intentará explicar y clarificar su actitud.

EL NUEVO ORDEN DE LA MISA ha sido el sujeto de muchos libros críticos, artículos y folletos desde 1968. Con el interés renovado en la Misa latina tradicional, puede ser conveniente una vez más resumir algunos de los argumentos contra el Nuevo Rito para subrayar el hecho de que las objeciones de los católicos «tradicionales» a la Nueva Misa no están basadas en cuestiones de estética o nostalgia, sino más bien, y eminentemente lo más importante, en cuestiones de doctrina, pedagogía religiosa (instrucción) y validez. La «Nueva Misa», o Novus Ordo Missae («Nuevo Orden de la Misa» ambos nombres se usarán alternativamente en este libro) fue ofrecida públicamente por primera vez en la Capilla Sixtina antes de un sínodo de obispos en octubre de 1967. En ese momento fue llamada Missa Normativa, o «Misa normativa». Los obispos presentes fueron consultados acerca de su opinión sobre si debería ponerse en práctica: 71 votaron sí; 62 votaron sí con reservas; y 43 la rechazaron categóricamente. Para adecuarse a los deseos de este último grupo, se hicieron varios cambios menores, incluyendo la restauración de dos de las oraciones tradicionales del Ofertorio. Pablo VI promulgó la forma final de esta Misa como el Novus Ordo Missae en su Constitución Apostólica Missale Romanum, el 3 de abril de 1969. Unido a su Constitución Apostólica estaba un texto explicativo titulado la Institutio Generalis («Institución General»). Mientras que los obispos liberales estaban encantados, otros estaban lejos de ser complacidos. Los Cardenales Ottaviani y Bacci escribieron a Pablo VI en septiembre de 1967, manifestando que la «Nueva Misa» representaba, «tanto en su conjunto como en sus detalles, una notable desviación de la teología católica de la Misa tal como fue formulada en la Sesión XXII del Concilio de Trento». Junto con la carta, le presentaron el ahora célebre Estudio Crítico del Novus Ordo Missae, preparado por un grupo de teólogos romanos. En un esfuerzo por desviar las críticas hechas en este documento, el 26 de marzo de 1970 se emitió una Instrucción General revisada —pero no se hizo absolutamente ningún cambio en el texto real del Novus Ordo Missae mismo. Desde entonces, se han hecho algunos cambios menores en la Nueva Misa; la edición actual aparecía en 1975. Permítasenos examinar este Nuevo Rito con mayor detalle.

Si el Novus Ordo Missae (o «Nueva Misa») había de reflejar las creencias de la Iglesia posconciliar, así como las de nuestros «separados» hermanos protestantes, y al mismo tiempo permanecer aceptable a los católicos criados en la Fe Antigua, tenía que conseguir varios objetivos: 1) Tenía que evitar profesar demasiado abiertamente en las nuevas doctrinas, aunque eliminando al mismo tiempo cualquier cosa que las contradijera. Asimismo, no podría negar ninguna doctrina católica directamente — sólo podría diluirla o expurgarla. 2) Tenía que introducir los cambios lentamente y guardar los suficientes adornos externos de un verdadero sacrificio para dar la impresión de que nada significante había cambiado. 3) Tenía que crear un rito que por razones ecuménicas fuera aceptable para los protestantes de todo matiz y convicción, aunque todos ellos nieguen consistentemente que la Misa es verdaderamente el sacrificio incruento del Calvario y que un sacerdote «que sacrifique» es necesario para ofrecerlo. Y 4) Tenía que amortiguar la resistencia católica e introducir en las vidas de los creyentes las ideas modernistas promulgadas en consecuencia con el Vaticano II. La única manera en que la Nueva Misa podría conseguir todo esto estaba en el uso de la ambigüedad, la supresión y la traducción infiel.

No hay nada ambiguo en los ritos tradicionales de la Iglesia; y de hecho, la Misa es, como dicen los teólogos, un locus (fuente) primario de sus enseñanzas. A pesar de la laxitud del lenguaje moderno, no debemos olvidarnos de que la declaración ambigua es fundamentalmente deshonesta. Cada padre y cada madre sabe que cuando su hijo recurre al equívoco, está intentando esconder algo. Y cada sacerdote sabe de qué modo usan a veces los penitentes esta estrategia en el confesionario. Es aun más deshonesto, una vez el Magisterium de la Iglesia ha hablado claramente sobre un problema, tener a esos responsables de conservar el «Depósito de la Fe» usando el equívoco o la ambigüedad para encubrir un cambio en la creencia. Como dice el Libro de los Proverbios, «Dios odia una boca perversa». (Prov. 8:13). En el siglo XVI, el Obispo Cranmer, reformador protestante, utilizaba la ambigüedad para establecer la secta protestante anglicana (episcopaliana) en Inglaterra. A la vez, el Pastor inglés Dryander escribió a Zurich, declarando que el primer Libro de la Plegaria Común albergaba «todo tipo de decepción por la ambigüedad o el fraude del lenguaje» Según T. M. Parker, teólogo anglicano, el resultado neto era que El Primer Libro de la Plegaria de Eduardo VI no podía ser convicto de herejía manifiesta, porque fue tramado diestramente y no contenía ningún rechazo expreso de la doctrina de la prerreforma. Era, como lo expresó un erudito anglicano, «un ensayo ingenioso en ambigüedad», intencionalmente redactado de tal manera que el más conservador podía poner su propia interpretación en él y reconciliar sus conciencias usándolo, mientras los reformadores lo interpretarían en su propio sentido y lo reconocerían como un instrumento para impulsar la próxima fase de la revolución religiosa. Aparte de la ambigüedad en el Novus Ordo Missae, uno debe considerar las numerosas supresiones que los innovadores posconciliares hicieron —de un 60 a un 80 por ciento del Rito Tradicional de la Misa fue eliminado, dependiendo de la Plegaria Eucarística que se use. Y estas supresiones precisamente son aquéllas que Lutero y Cranmer habían hecho —aquéllas que tienen que ver con la naturaleza sacrificatoria de la Misa. La ambigüedad, las supresiones y, finalmente, las traducciones infieles eran utilizadas para conseguir los propósitos de los innovadores.

El segundo requisito era la necesidad de que la Nueva Misa mantuviese los adornos externos de un rito católico. Una vez más, había precedentes suficientes.28 Considérese la descripción siguiente del servicio luterano primitivo, como nos es dada por el gran erudito jesuita Hartmann Grisar: Alguien que entrara en la iglesia parroquial de Wittenberg después de la victoria de Lutero, descubriría que se usaban para el servicio divino las mismas vestiduras de antaño, y oiría los mismos himnos latinos de antaño. La Hostia era elevada en la Consagración. A los ojos de las gentes era la misma Misa de antes, a pesar de que Lutero omitía todas las plegarias que presentaban la sagrada función como un Sacrificio. Las gentes eran mantenidas intencionalmente en la oscuridad sobre este punto. «Nosotros no podemos apartar a las gentes comunes del sacramento, y probablemente sea así hasta que el evangelio sea bien comprendido», decía Lutero. Explicaba el rito de la celebración de la Misa como «una cosa puramente externa», y dijo, además, que «las palabras condenables pertinentes al Sacrificio podían omitirse todas muy rápidamente, puesto que los cristianos ordinarios no notarían su omisión y de aquí que no hubiera ningún peligro de escándalo».

Los innovadores litúrgicos posconciliares siguieron el mismo patrón. Como los autores del Estudio Crítico del Novus Ordo Missae apuntaron, «habiendo quitado la piedra clave, los reformadores tenían que colocar un andamiaje». Uno se acuerda de la sentencia de Lenin: «Guardad la cáscara, pero vaciadla de contenido». Después del Concilio Vaticano II, y siguiendo el modelo establecido por Lucero y Cranmer, se introdujeron cambios en la liturgia católica, al principio despacio, y después a un ritmo cada vez más rápido. Los que padecieron los primeros días del «Aggiornamento» recordarán los frecuentes cambios asignados. El Cardenal Heenan de Inglaterra da testimonio de esto, declarando que habríamos sido «conmocionados» si todos los cambios hubieran sido introducidos de golpe. Los cambios vinieron, sin embargo, uno sobre otro, y si hemos de creer a la Jerarquía de la Iglesia, todavía hay más en perspectiva. Hay mucha palabrería hoy de «violencia institucional ». Yo no puedo imaginar ningún ejemplo mejor de esto que la manera en que la «Nueva Misa» se forzó dentro de las tragaderas del laicado.

Dos Técnicas de Supresión

Los innovadores emplearon dos técnicas para depurar la Misa de doctrinas católicas —la omisión y la castración. Como se ha citado anteriormente, entre el 60 y el 80 por ciento de la Misa tradicional se suprimió. Yo le pido al lector que compare el Nuevo Orden de la Misa con el Rito Tradicional, como se encuentra en cualquier misal antiguo publicado durante los últimos 500 años —es decir, antes de 1960. (Los misales antiguos normalmente están en latín por un lado y en lengua moderna por el otro.) El número de oraciones desaparecidas es asombroso. Están perdidas todas las oraciones dichas al pie del altar (nótese, la Misa Tradicional no se decía sobre una «mesa»), incluyendo el Salmo 42 y el Aufer a nobis . El aspecto personal de la confesión reflejado en la oración Confiteor es reemplazado por un truncado «Rito Penitencial» que hace hincapié en los pecados contra «nuestros hermanos y hermanas». La oración para la absolució n (Indulgentiam) se omite.

En el Ofertorio, el Suscipe Santcte Pater, el Deus qui Humanae, el Offerimus tibi, el Veni Santificator, el Lavabo (Salmo 25), y el Suscipe Sancta han desaparecido todos. Nótese cuántos conceptos doctrinales fueron proclamados claramente en estas oraciones, que parecen encontrar inaceptables los innovadores litúrgicos. Sólo el In Spiritu Humilitatis y el Orate Fratres se han mantenido, y esto, como veremos, por razones específicas. En el Canon, si el «presidente» prefiere no usar «la Plegaria Eucarística Nº 1» (que está falsamente etiquetada de Canon romano antiguo, y que, siendo la Oración Eucarística más larga, de hecho se usa raramente), se han anulado las siguientes seis oraciones antes de la muy cuestionable Consagración: Te Igitur, Memento Domine, Communicantes, Hanc Igitur, Quam Oblationem y Qui Pridie. Después de la Consagración se suprimen las siete plegarias siguientes, el Unde et Memores, Supra quae Propitio, Supplices Te Rogamus, Memento Etiam, Nobis quoque Peccatoribus, el Per Quem haec Omnia y el Per Ipsum. Por si esto no fuera suficiente, también han sido suprimidas las siguientes plegarias usadas a continuación del «Padrenuestro»: a saber, el Panem Coelestem, Quid Retribuam, el segundo Confiteor, el Misereatur y el Indulgentiam. También se ha eliminado el triple Domine Non sum Dignus, el Corpus Tuum, el Placeat Tibi y el último Evangelio. De nuevo, se deben considerar los innumerables conceptos doctrinales que se han echado en el olvido por estos cambios —y por encima de todo, cualquier referencia a la Misa como siendo un sacrificio immolativo y la necesidad de un verdadero sacerdote sacrificador para ofrecerla. Y esto sin mencionar las genuflexiones, las Señales de la Cruz, las bendiciones, las reverencias al Sagrario, los besos al altar y otras acciones del sacerdote que también se han cancelado. Demasiado para la primera técnica de supresión, a saber, la omisión positiva.

Un ejemplo excelente de la segunda técnica de supresión —es decir, el uso de la castración— es proporcionado por los cambios hechos en la plegaria Libera nos que sigue al «Padrenuestro». En el Rito Tradicional se lee: Te rogamos, Señor, que nos libres de todos los males pasados, presentes y futuros; y por la intercesión de la santa y gloriosa siempre virgen María, Madre de Dios, con Tus santos Apóstoles Pedro y Pablo, Andrés y todos los santos, concédenos propicia paz en nuestros días, para que, ayudados de Tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y seguros de toda perturbación…

Ahora se lee: Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo.

Nótese que se han eliminado las referencias a la Bienaventurada Virgen, los Apóstoles y todos los santos. Parecería de esto que su intercesión ya no se requiere —probablemente porque ofendería a las sensibilidades protestantes y así frustraría el intento «pastoral» del rito. Nótese que tanto en la técnica de ambigüedad como en la de eliminación los innovadores no pueden ser acusados de «cambiar» directamente la enseñanza católica —sólo de ignorarla. Este patrón es constante a lo largo de la Nueva Misa: todas las referencias claras a la naturaleza propiciatoria (que expía) e impetratoria (que ruega) de la Misa están eliminadas. Toda referencia explícita al sacrificio inmolativo de una víctima y a la Presencia Real es anulada. El residuo es meramente un «sacrificio de alabanza y acción de gracias», tal como encuentran aceptable los protestantes. Mientras que es verdad que los adultos, bien formados en la Fe católica, pueden tener algún grado de protección de las ambigüedades y supresiones en la Nueva Misa, pero recordando también la conexión muy directa e importante entre plegaria y creencia —bellamente expresada en la famosa y concisa expresión latina, Lex orandi, lex credendi («la manera de orar es [lleva a] la manera de creer»)— debemos preguntar ¿CÓMO pueden evitar nuestros hijos tener sus creencias religiosas neutralizadas por un rito en el que se ha eliminado la mención de los elementos de expiación y sacrificio?


Mientras que la mayoría de los católicos, acostumbrados a confiar en lo que Roma ha prescrito, estuvieron de acuerdo con los cambios litúrgicos, otros protestaron fuertemente. Petición tras petición fue enviada a Roma, y todas fueron ignoradas persistentemente. (Algunos católicos conservadores todavía están intentando efectuar los cambios en la Nueva Misa por este método evidentemente fútil). Pablo VI, al parecer deseando fomentar la Revolución Litúrgica sin perder ningún creyente, dio sus usuales respuestas contradictorias. Nos dijo por un lado que el Nuevo Orden de la Misa había cambiado de «un modo asombroso y extraordinario», que «era singularmente nuevo» y que «la innovación más grande [él usó la palabra “mutación”] estaba en la Plegaria Eucarística». Por otro lado, encontró necesario asegurarnos repetidamente que «nada había cambiado en la esencia de la Misa tradicional». Otro testigo era más honrado y sincero. El Padre Joseph Gelineau, S.J., uno de los periti («expertos» consejeros teológicos) conciliares, declaró sin ambages que el resultado final de todos los cambios en la liturgia era «una liturgia diferente de la Misa». Él continuó: «Hay que decir esto sin ambigüedad: el rito romano como nosotros le conocimos ya no existe. Ha sido destruido». El Cardenal Benelli, uno de los arquitectos principales de la nueva liturgia, declaró que la nueva liturgia refleja una «nueva eclesiología». El liturgista Padre Louis Bouyer opinó que «La liturgia católica ha sido derrocada bajo el pretexto de hacerla más compatible con la perspectiva contemporánea». Finalmente, el Arzobispo Bugnini, funcionario ejecutivo de Pablo VI en la creación del Novus Ordo Missae, describió el resultado como «una nueva canción » y como «la conquista de la Iglesia». A pesar de todo esto, Pablo VI, insistió: «Estad muy seguros de una cosa: nada substancial de la Misa tradicional ha sido alterado». (DOL., No. 1759). No había ninguna disminución o disculpa, o cambio en la Nueva Misa, para complacer las quejas legítimas de los católicos perspicaces, preocupados, o para contestar las muchas quejas publicadas sobre los problemas de la Nueva Misa. Estos cambios —que apropiadamente se han llamado «La Revolución Litúrgica»— devinieron un fait accompli.

NOTAS:

1.- Fr. Denis Fahey, The Mystical Body of Christ and the Reorganization of Society (Dublín: Regina Publications)

[Sigue II]

Los Autores de la Nueva Misa

Nosotros sabemos que finalmente el Espíritu Santo es el autor de la Misa Tradicional, «la cosa más hermosa de este lado de Cielo», como el P. Frederick Faber la llamó. Según el Concilio de Trento, la parte central de la Misa, llamada Canon, «Está compuesto de las palabras mismas del Señor, de las tradicio nes de los apóstoles y de las piadosas instituciones de los santos Pontífices». El núcleo del Canon se remonta al menos a la mitad del siglo cuarto. Antes de ese tiempo, los archivos históricos son escasos, porque la Iglesia estaba bajo persecución. (La última de las 10 grandes persecuciones romanas acabó en 304.) Sin embargo, como el historiador anglicano Sir William Palmer declara, «hay buenas razones para remitir su composición original a la Edad Apostólica». El Canon fue considerado tan sagrado que los primeros sacramentarios lo escribieron en tinta de oro y los teólogos medievales se refirieron a él como el «Santo de los Santos». No es de extrañar que el Padre Louis Bouyer dijera una vez, «desecharlo sería un rechazo de cualquier demanda por parte de la Iglesia romana a representar la verdadera Iglesia católica». En cuanto a las plegarias y ceremonias que rodean al Canon, están todas sacadas de la Escritura y/o la Tradición.

Cuando llegamos al Novus Ordo Missae, nosotros también conocemos a sus autores. Mientras que Pablo VI era formal y jurídicamente el responsable, fue compuesto de hecho por un comité llamado Concilium que consistía en unos 200 individuos muchos de los cuales habían hecho las veces de periti («expertos») Conciliares durante el Concilio Vaticano II. A su cabeza estaba el Arzobispo Annibale Bugnini cuyas conexiones francmasónicas están virtualmente fuera de discusión. El Concilium fue auxiliado por seis «observadores» protestantes, a quienes Pablo VI dio las gracias públicamente por su ayuda en la «reedición, de una manera nueva, de los textos litúrgicos a fin de que la lex orandi (la norma de orar) se conforme mejor con la lex credendi (la norma de creer)». Como previamente hemos citado, nosotros estamos forzados aceptar que o la lex orandi anterior a esta época no se conformaba muy bien a la lex credendi —o bien que la lex credendi fue cambiada. ¿Y desde cuándo la Iglesia necesitó la ayuda de protestantes, herejes —hombres que por definición rechazan su enseñanza— para asistirla en la formulación de sus ritos? Considerado el fondo de esos responsables de la creación de la Nueva Misa y considerando su notable desviación en el asunto y representación de la Misa Tradicional (como veremos más plenamente debajo), a pesar del uso blando en la Nueva Misa de frases escriturarias, uno puede cuestionar seriamente si el Espíritu Santo tuvo algo que ver con su creación.
Por qué fue Escrita la Nueva Misa

La pretensión de que el laicado había exigido la «renovación» de la Misa —que es lo que nos habían predicado a todos nosotros cuando los cambios litúrgicos estaban teniendo lugar durante los años 60— nunca se ha probado. Sin embargo después, los revolucionarios siempre intentan promulgar sus esquemas dictatoriales «en nombre del pueblo». Entonces ¿por qué todos los cambios? Y éstos, no sólo en el rito de la propia Misa, sino también en todo lo que sustentaba ese rito —los altares convertidos en mesas, los sagrarios cambiados de sitio, el sacerdote mirando a la congregación, la barandilla del presbiterio quitada, la mesa puesta en un más nivel bajo, la eliminación de los seis candelabros de la Misa Mayor, la colocación de la mesa más cerca del pueblo e incluso en medio de él, la eliminación virtual de servidores, etc.— la lista aumenta sin parar.

Según las declaraciones de Pablo VI, los cambios se hicieron: 1) para acercar la liturgia de la Iglesia a la mentalidad moderna; 2) en obediencia al mandato del Vaticano II; 3) para tomar conocimiento del progreso en los estudios litúrgicos; 4) para volver a la práctica primitiva; y 5) por razones «pastorales». Permítanos, a su vez, considerar cada uno de estos puntos.

La primera razón no es sino una manera de expresar el principio de Aggiornamento —de acercamiento al mundo moderno, su antropocentrismo (hombrecentrismo) y su pensamiento utópico, sus ideas falsas de progreso y evolución como aplicadas a la verdad misma, en el seno de la Iglesia. Como Pablo VI dijo, «Si el mundo cambia, ¿no debería cambiar también la religión?… es por esta misma razón que la Iglesia tiene, especialmente después del Concilio [Vaticano II], tantas reformas emprendidas…» (Audiencia general, el 2 de julio de 1969). Se ha olvidado el principio de que el mundo debe tomar como modelo a la Iglesia, y no al revés. ¿Debe el padre del hijo pródigo unirse a su hijo en la dilapidación de los tesoros de la familia, y no debe el hijo volver al seno de su padre y al uso racional de su patrimonio?

La segunda razón: La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II recomienda que el rito de la Misa se revise «de acuerdo con la sana tradición». También dice que la liturgia está hecha de «elementos invariables instituidos divinamente, y de elementos sujetos al cambio». Ciertamente los «elementos invariables» se refieren al Canon venerable, y sobre todo a la forma (las palabras de Consagración) y la substancia del Sacramento mismo. De hecho, semejante opinión se refuerza si uno lee el Diario del Concilio que declara que los Padres insistieron en que el Canon de la Misa especialmente debe permanecer intacto (5 de Noviembre de 1962).

No obstante, si se compara el Novus Ordo Missae con el Rito Tradicional, pronto se encuentra que pocos de los artículos, si es que hubo alguno, fueron considerados verdaderamente invariables. Además, el original latino del Nuevo Misal de Pablo VI está cargado con «opciones», (Éstas «opciones» encerraban a menudo ideas tradicionales. Éste era un método hábil para permitirles afirmar a los apologistas posconciliares que el Nuevo Rito todavía era ortodoxo, aunque al mismo tiempo garantizaba virtualmente que nadie utilizaría estas «opciones» en la liturgia cotidiana) y cualquier reflexión de la doctrina católica encontrada dentro de él fue pronto borrada por las traducciones en lengua vernácula — traducciones sancionadas por las directrices oficiales de Roma. Cierto, palabras tales como «Aleluya» no se pusieron en lengua vernácula, y ciertas oraciones como el «Padrenuestro» quedaban intactas. Pero éstas eran, en todo caso, siempre aceptables para los protestantes. Sin embargo una cosa está clara: a pesar de las muchas «bombas de relojería» (como Michael Davies las llama) en la Constitución sobre la Liturgia, ninguno de los Padres en el Vaticano II —excepto los que estaban «en el ajo» — previó los cambios radicales en la Misa que seguirían como un «mandato» de este Concilio. (Por ejemplo, el Arzobispo R. J. Dwyer de Portland, Oregón, dijo: «¿Quién soñó en ese día [cuando los Padres del Concilio votaron la Constitución sobre la Liturgia ] que en unos años, menos de una década, el pasado latino de la Iglesia sería casi expurgado, y que se reduciría a una memoria que se marchita a medio plazo? El pensamiento de ello nos habría horrorizado, pero parecía más allá del reino de lo posible por lo ridículo. Así que, entonces, nos reímos»).

Con respecto a la tercera razón para los cambios litúrgicos, es decir, «el progreso en los estudios litúrgicos», uno presume que Pablo VI estaba refiriéndose a las voluminosas producciones modernistas que llenan las publicaciones litúrgicas del periodo inmediato pre y posconciliar. Sin embargo, dar el nombre de «progreso» a estas producciones pseudoeruditas —todas persiguieron fomentar la revolución litúrgica— es simplemente un abuso del idioma. También lo es olvidarse de la tremenda erudición legítima que precedió la codificación de la Misa por el Papa S. Pío V en 1570.
Con respecto a la cuarta razón, es decir, «un retorno a la práctica primitiva», es difícil entender por qué precisamente aquéllos que adaptarían nuestra fe al mundo moderno nos harían al mismo tiempo volver a la práctica primitiva. Semejante esfuerzo, como quemar una vela por ambos extremos, pronto deja muy poco del original en el medio. Además de esto, el único documento antiguo con alguna importancia real que ha salido a la luz desde el tiempo del Papa San Pío V es la Tradición Apostólica de Hipólito, y de ella tenemos sólo una versión parcial y reconstruida del documento original (Para detalles sobre esto, ver mi artículo «The Post-Conciliar Rite of Holy Orders», Studies in Comparative Religion, v. 16, nos. 2 y 3. Disponible por la Sociedad de S. Pío V, 8 Pond Place, Oyster Bay Cove, N.Y. 11771). Además, Hipólito era un cismático y un antipapa cuando lo escribió —y a pesar de esto, como veremos más abajo, fue drásticamente reescrito por los liturgistas posconciliares para ponerlo de acuerdo con las teologías protestante y modernista. Tal es el caso que el Padre John Barry Ryan llama al resultado una completa «nueva creación» (P. John Barry Ryan, The Eucharistic Prayer (Nueva York: Paulist Press, 1974), pág. 26). La otra oración antigua incorporada en el Novus Ordo Missae es lo que el Padre Jungmann llama una «reconstrucción… probablemente las mismas palabras usadas en la bendición del pan y del vino en una comida judía en tiempos de Cristo” (P. Joseph Jungmann, S.J., The Mass (Collegeville, MN,: Liturgical Press, 1975), pág. 190. El P. Jungmann era un miembro del revolucionario Concilium litúrgico y aprobó totalmente los cambios hechos en la Misa).

Efectivamente, esto es cierto. Cualquiera que haya asistido a un banquete judío está familiarizado con la frase «Bendito seas Tú, Oh Señor, Dios de toda la creación…» Son las gracias judías dichas por el Rabino antes de las comidas mientras parte el pan.
La última razón de Pablo VI para los cambios litúrgicos era «pastoral». Hasta donde yo puedo determinar, ni él ni el Concilio definieron nunca este término. En el «doble lenguaje» de la Iglesia posconciliar, nosotros bien podemos preguntar, exactamente ¿qué significa «pastoral»? La respuesta puede encontrarse en la «Carta a los presidentes de los concilios nacionales de obispos concerniente a las plegarias eucarísticas», enviada por la Sagrada Congregación para el Culto Divino:

La razón por la cual se ha ofrecido semejante variedad de textos (refiriéndose al número de Plegarias Eucarísticas en la Nueva Misa), y el resultado final que se ha pretendido lograr con tales formularios nuevos, son de naturaleza pastoral: a saber, reflejar la unidad y la diversidad de la plegaria litúrgica. Al usar los diversos textos contenidos en el nuevo Misal romano, las diferentes comunidades cristianas, cuando se reúnen para celebrar la Eucaristía, son capaces de sentir que ellas mismas forman la Iglesia una que ora con la misma fe, que usa la misma plegaria.
En otras palabras, nosotros podemos concluir que el «intento pastoral» era y es crear un servicio que cualquier persona cristiana pueda usar —para fomentar ese ecumenismo y «unidad» que la Iglesia posconciliar cree y enseña es su «misión interna».

Aceptable a los protestantes

Ahora, el problema real para los innovadores no era si el Nuevo Orden de la Misa mantenía lo bastante de su carácter católico como para ser aceptable al creyente católico, sino si era suficientemente «ecuménica» como para satisfacer a los protestantes de convicciones liberales y conservadoras. Aquí la respuesta era un clamoroso «¡Sí!». Permítasenos escuchar al Consistorio Superior de la Iglesia de la Confesión de Augsburgo de Alsacia y Lorena, una importante autoridad luterana. El 8 de diciembre de 1973, ellos reconocieron públicamente su voluntad de tomar parte en la «celebración eucarística católica» porque ello les permitía «usar estas nuevas plegarias eucarísticas con las cuales se sentían en casa». ¿Y por qué se sentían en casa con ellas? Porque ellas tenían «la ventaja de dar una interpretación diferente a la teología del sacrificio» que ellos estaban acostumbrados a atribuir al catolicismo. Los luteranos, los anglicanos y una amplia variedad de otras sectas no sólo encuentran la Nueva Misa aceptable, muchos de ellos han cambiado de hecho sus propios ritos para ponerlos de acuerdo con ella. Para entender por qué, permítasenos volver a un teólogo protestante francés:

Si se tiene en cuenta la evolución decisiva en la liturgia eucarística de la Iglesia católica, la opción de sustituir por otras plegarias Eucarísticas el Canon de la Misa, la supresión de la idea de que la Misa es un sacrificio y la posibilidad de recibir la comunión bajo ambas especies, entonces no hay más justificación para las Iglesias Reformadas que les prohiben a sus miembros que asistan a la Eucaristía en una iglesia católica (Le Monde, Sept., 1970).
Ahora hay algo un poco sorprendente en todo esto. Permítasenos recordar que los anglicanos (llamados episcopalianos en América) oficialmente consideran la enseñanza católica en la Misa como una «fábula blasfema» (Cf. página 7, nota a pie de página 13. Artículo XXXI de los Treinta y nueve Artículos). y que los luteranos creen que la Misa no es ni un sacrificio ni el acto de un sacerdote sacrificador. Lutero, de hecho, llamó al Canon «una confluencia de albañales de aguas fangosas…» peor que «todos los burdeles, asesinatos, robos, crímenes y adulterios». Aun más sin rodeos, Lutero dijo de su propia «nueva misa»: «Llamadla bendición, eucaristía, la mesa del Señor, la cena del Señor, el memorial del Señor o cualquier nombre que queráis, con tal de que no la ensuciéis con el nombre de un sacrificio o de un acto». (Estas frases serán muy familiares a los católicos posconciliares. Es pertinente que Lutero nos diga que fue Satanás quien lo convenció de que la Misa no era un verdadero Sacrificio, y que venerando el pan, él era culpable de idolatría. Satanás se le apareció y le dijo: «Escúchame, doctor sabio, durante quince años has sido un horrible idólatra. ¿Y si el cuerpo y sangre de Jesucristo no están allí presentes, y que adoraste e hiciste adorar a otros pan y vino? Y si tu ordenación y consagración fueran tan inválidas, como es falso ese sacerdote del turco y del samaritano, y su culto impío¼ ¡Qué sacerdocio es ese! Yo mantengo, entonces, que tú no has consagrado en la Misa y que has ofrecido y has hecho a otros adorar simple pan y vino… Entonces, si no eres capaz de consagrar y no has de intentarlo, ¿qué haces mientras dices misa y consagras, sino blasfemar y tentar a Dios?» Lutero reconoció al final de esta disertación que él fue incapaz de contestar a los argumentos de Satanás, y dejó de decir la Misa inmediatamente. Los det alles están disponibles en la Vida de Lutero de Audin, y se cita por el P. Michael Müller, C.SS.R., God the Teacher of Mankind—The Holy sacrifice of the Mass (St. Louis: B. Herder, 1885), pág. 482).

El Estudio Crítico del Novus Ordo Missae de los teólogos romanos, mencionado antes, también explica precisamente por qué el Novus Ordo Missae es tan aceptable a aquellos que rechazan toda creencia en un Sacrificio inmolativo:
La posición del sacerdote y el pueblo está alterada, y el celebrante aparece como nada más que un ministro protestante… Por una serie de equívocos el énfasis se pone obsesivamente en la «cena» y el «memorial», en lugar de en la renovación del incruento Sacrificio de Calvario… Nunca se alude a la Presencia Real de Cristo y la creencia en ella se repudia implícitamente… Tiene todas las posibilidades de satisfacer al más modernista de los protestantes.

Veremos si esta declaración está justificada cuando llevemos nuestra investigación del propio rito.

La Estructura de la Nueva Misa

La Misa Tradicional está dividida en dos partes: «la Misa de los Catecúmenos» y «la Misa de los Fieles». Como el Misal de S. Andrés declara, «Los catecúmenos, cristianos por deseo y creencia, podían tomar parte en las oraciones y cantos de los fieles, escuchar con ellos las lecturas y enseñanzas, pero como ellos no estaban bautizados todavía, no podían participar o estar presentes en la Misa. Ellos eran despedidos antes del Ofertorio».

La Nueva Misa también está dividida en dos secciones, «la Liturgia de la Palabra» y «la Liturgia de la Eucaristía». La primera corresponde aproximadamente a la Misa de los Catecúmenos, pero se ha alterado para ponerla completamente de acuerdo con la teología protestante. Las Oraciones al Pie del Altar han desaparecido. Después de que el «sacerdote -presidente» saluda a los feligreses, se empieza con una confesión truncada. A los católicos posconciliares se les niega la fórmula de absolución que sigue al Tradicional Confiteor —el Indulgentiam… que es capaz de dar la absolución para esos pecados veniales en los que incluso los más buenos de nosotros caemos (El P. Jungmann explica que esta oración simplemente es una confesión de que nosotros somos pecadores, «y que el Misereatur fue guardado, como esta oración, diferente del Indulgentiam, podría decirse por cualquier hombre común». The Mass, pág. 167). (Considerando la naturaleza augusta de la verdadera Misa, lo único apropiado es que el laicado no sólo debe estar en estado de gracia, es decir, no tener ningún pecado mortal en sus almas, ellos también deben estar absueltos igualmente de sus pecados veniales.) El Gloria todavía se permite en domingos y algunos días de fiesta, pero falsa e incompletamente traducido —con el falso concepto de que la paz está disponible para «todos los hombres», y no sólo para los de buena voluntad, como el Gloria tradicional declara. (Se argumentará que la versión latina que se encuentra en el Nuevo Misal de Pablo VI está inalterado, pero en el orden práctico, el latín ya no es utilizado realmente como lengua litúrgica en gran amplitud. Por consiguiente, el pueblo casi nunca lo comprende.) La característica principal de «la Liturgia de la Palabra» (que en la Nueva Misa se supone que corresponde a la «Misa de los Catecúmenos») es la lectura de la Escritura —pero de tal manera que lleva a uno a creer que es la Escritura, en lugar de las Sagradas Especies o la Eucaristía, lo que es la Palabra de Dios hecha carne. Las lecturas se toman de las nuevas, ecuménicas y frecuentemente falsas traducciones de la Biblia. Además, son parte de un ciclo trianual, en lugar de un ciclo anual, como en la Misa Tridentina, y por consiguiente apenas puede llamarse «fijo», porque el Nuevo Leccionario permite una multitud de opciones que pueden seguirse a discreción del celebrante. El ciclo de un año usado en la Misa Tradicional es de gran antigüedad, habiendo sido establecido por el Papa S. Dámaso (366-384), (conocido por la frase «dejadnos guardar la fe de S. Dámaso»). Lecturas oídas cada año en la Misa católica Tradicional devienen parte de la conciencia que tiene el católico de la Sagrada Escritura. Aquéllas basadas en un ciclo trianual, incluso aparte del problema de las «opciones» permitidas al celebrante, lo más probablemente nunca lo harán ya que muy raramente ocurrirá que sean recordadas con facilidad.

La Escritura en la Nueva Misa es seguida por una «homilía», que, de acuerdo con la práctica protestante, casi siempre deviene el centro del Nuevo Rito. En el Rito Tradicional, el sacerdote era litúrgicamente hablando un «nadie» —su propia personalidad realmente no cuenta para nada. Antes de todos los cambios en la liturgia, uno nunca pensó en preguntar quién estaba diciendo la Misa. Pero en el Novus Ordo Missae, la personalidad del sacerdote deviene importantísima; su alocución es significante, y las personas eligen a menudo a qué servicio asistirán dependiendo de quién esté celebrando. Esta práctica por católicos que asisten a la Nueva Misa tiene además el resultado de proveer a todos con una selección de formularios «liberales» o «conservadores», y así, en efecto, la Nueva Misa divide grandemente a la Iglesia militante en varios campamentos de creencia.
La «Liturgia de la Palabra» concluye con el Credo —que los anglicanos y luteranos también mantienen— pero traducido en lengua vernácula con el comunitario «Creemos», en lugar de «Creo» (que es exactamente lo que significa credo en latín), para que no sea ahora tanto un «Credo» («Creo») como un «Credimus» («Creemos»). El reverenciado término «consubstantial» está ausente de esta declaración de fe. (La palabra «consubstantial» es de uso reverenciado desde el Concilio de Nicea (325 d.C.), donde fue usada para distinguir la doctrina católica de la herejía de Arrio. El heresiarca Arrio, como muchos protestantes liberales, negó la divinidad de Cristo, y por lo tanto el término «consubstantial» tiene connotaciones antiecuménicas. El Papa S. Dámaso (366-384) anatematizó a todos los que se negaran a usar el término «consubstantial». Los traductores posconciliares justificaron este error con las razones de que «el hijo no es creado sino engendrado, él comparte la misma categoría de ser que el Padre». Esto es, por decir lo mínimo, semiarrianismo. Michael Davies aborda este problema en PPNM., pp. 619-621.47 está ausente de esta declaración de fe).
Todos estos cambios en lo que se llamaba la Misa de los Catecúmenos, por muy ofensivos que sean, de ninguna manera afectan al Sacrificio mismo. Es a la segunda parte del Rito a la que debemos prestar nuestra atención especial. Por conveniencia, yo abordaré primero el Ofertorio, y después los cambios en el Canon —la parte del Rito en que tiene lugar la Consagración. Se mostrará que, en casi cada situación, se hace la adaptación a la creencia protestante, si no se impone. En consecuencia, al Novus Ordo Missae le falta el claro carácter de un acto immolativo, y el celebrante ya no aparece como un «sacerdote sacrificador». De hecho, quedará claro, cuando procedamos con este análisis, que no es el sacerdote, sino «el pueblo de Dios» quien celebra la nueva liturgia —bajo la dirección del «sacerdote -presidente».

El Ofertorio

En el Rito Tradicional de la Misa, la primera parte de «la Misa de los Fieles» es el Ofertorio. Su importancia se manifiesta por dos hechos: 1) en los tiempos antiguos los catecúmenos eran despedidos antes del comienzo del Ofertorio, y 2) los fieles debían estar presentes cuando empezaban las oraciones del Ofertorio para cumplir con su obligación de Misa dominical. En el Ofertorio, el Sacrificio de la Misa es tanto preparado como dirigido a un fin determinado. En esencia, las oraciones del Ofertorio anticipan la Consagración y hacen inequívocamente clara la naturaleza sacrificial del resto de la Misa. En la Misa católica tradicional, las oraciones del Ofertorio se refieren al pan por el término hostia o «víctima». Así, en la primera oración del Ofertorio de la Misa Tradicional, el sacerdote descubre el cáliz, toma la patena dorada con la hostia de pan ázimo, eleva su corazón y dice:

Recibe, oh Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia inmaculada, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, Dios mío, vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, y por todos los circunstantes, y también por todos los fieles cristianos vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación en la vida eterna.

¡Qué maravilla de exactitud doctrinal! Junto con las acciones del sacerdote, esta oración deja claro que lo que se ofrece en la Misa es la «hostia inmaculada» o víctima. Segundo, la naturaleza propiciatoria (reparadora) de la Misa es explícita —se ofrece por nuestros pecados. Tercero, nos recuerda que la Misa se ofrece «por los vivos y los muertos»; y cuarto, que es el sacerdote quien ofrece el Sacrificio como un mediador entre el hombre y Dios. La belleza de su expresión precisa es el splendor veritatis —el «esplendor de la verdad».

En la Nueva Misa esta oración, huelga decirlo, ha sido completamente suprimida. Y una de las razones que ofrece Pablo VI para proceder así es hacer el contenido doctrinal de la Misa más claro (cf. pág. 25). De hecho, sólo dos de las doce oraciones del Ofertorio en el Rito Tradicional, se mantienen en la Nueva Misa. (Monseñor Frederick McManus era la fuerza directora detrás de las traducciones inglesas. Ya en 1963 objetó a las Oraciones del Ofertorio que «anticipan el Canon y oscurecen la ofrenda sacrificial en el propio Canon». («El Futuro: Sus Esperanzas y Dificultades» en The Revival of the Liturgy [Nueva York: Herder & Herder, 1963], pág. 217). Uno bien puede preguntarse cómo la Iglesia ha sobrevivido durante los últimos 2.000 años sin la ayuda de estas innovaciones litúrgicas). Y es de interés el hecho de que las oraciones suprimidas son las mismas que Lutero y Cranmer eliminaron. (Cf. Liturgical Revolution—Cranmer’s Godly Order (Devon, Inglaterra: Augustine, 1976) de Michael Davies). ¿Y por qué las eliminaron? Porque, como Lutero dijo, ellas «saben a Sacrificio… la abominación llamada el ofertorio, y desde este punto casi todo hiede a oblación».

El Novus Ordo Missae no sólo omite estas oraciones significativas, sino que abole efectivamente el Ofertorio entero. La Instrucción General habla en cambio de la «Preparación de los Dones». Y dentro de esta parte del Nuevo Rito no hay ni una palabra que indique que es la Víctima Divina lo que se ofrece. El pan y el vino —«el fruto del trabajo del hombre»— es todo lo que se ofrece. Michael Davies señala que este concepto es totalmente compatible con la teoría teilhardiana de que el esfuerzo humano, el trabajo de las manos humanas, deviene de una cierta manera la materia del Sacramento. Y además, salvo la oración del lavado de las manos, todas las peticiones están en primera persona del plural —«nosotros»— lo que es congruente con el falso concepto encerrado en varias partes de la Nueva Misa de que no es el sacerdote- presidente quien ofrece la Misa por su propio poder sacerdotal especial, sino que es la «asamblea» o «el pueblo de Dios» quien lo hace.
De acuerdo con este principio, se han eliminado sistemáticamente todas las oraciones de la Misa Tradicional que diferencian al sacerdote del laicado. El original latino del Nuevo Misal todavía hace tal distinción dentro de la oración Orate Fratres.

Ésta era una oración que el Concilio quiso anular y que fue restaurada para complacer al Sínodo de Obispos. Sin embargo, los innovadores lograron su deseo en la traducción vernácula —en inglés, francés, portugués y alemán— donde la distinción de sacerdote del laicado fue eliminada.

Los conservadores apuntaron a la retención en el Novus Ordo Missae de la oración del Ofertorio tradicional In Spiritu Humilitatis («en Espíritu de Humildad») como prueba de que el nuevo rito del Ofertorio alude a la enseñanza tradicional de que la Misa es por encima de todo un Sacrificio ofrecido a Dios. Ahora, esta oración está tomada de Daniel (3:39-40) y se refiere al sacrificio personal —a lo sumo, un «sacrificio de alabanza y acción de gracias»— hecho por Azarías y sus compañeros en el horno ardiente. Como tal, esta oración es totalmente aceptable a los protestantes y fue retenida por ellos en los «reformados» servicios luteranos y anglicanos. Cualquiera debería dudar de su aceptabilidad por la mente modernista, pero ha de considerarse la interpretación puesta en esta oración por el Padre Joseph Jungmann, S.J. —un liberal y uno de los miembros más eruditos del Concilium responsable del Nuevo Rito:

La oración «En espíritu de humildad» que siempre había servido como un resumen enfático del procedimiento de ofrenda, y como tal era recitado con una inclinación profunda [inclinando el cuerpo el sacerdote] se ha retenido inalterada por la mera razón de que confiere la expresión apropiada al «sacrificio invisible» del corazón como el significado interior de toda la ofrenda exterior.

En el «Ofertorio» del Novus Ordo Missae, cuando es interpretado literalmente, es decir, según los rezos realmente dichos, y no según la acepción tradicional de lo que el Ofertorio de la Misa realmente es (o se supone que está en la Nueva Misa), entonces, todo lo que el «Ofertorio» de la Nueva Misa realmente indica es que lo ofrecido en la Nueva Misa es pan y vino. Contra esta observación, algunos dirán que, en la ofrenda del pan-hostia, el sacerdote-presidente en la Nueva Misa dice, «sea para nosotros pan de vida». Pero como señaló el difunto Padre Burns, uno de los sacerdotes más conservadores del Novus Ordo de América, esto también puede entenderse como referiéndose al pan que nosotros comemos cada día en nuestras comidas ordinarias, a menudo llamado «el sostén de la vida».

La oración, «En Espíritu de Humildad», en la Nueva Misa, también incluye la frase «por nosotros» en la cual insistió el reformador protestante inglés Cranmer del siglo XVI negando el principio sacramental ex opere operato —el principio por el que, si la forma y la materia usadas por el sacerdote que ofrece la Misa son las apropiadas, y con tal de que el celebrante sea un verdadero sacerdote, la Consagración ocurre, sin tener en cuenta la disposición del sacerdote u otros participantes. El mismo comentario que se hacía con respecto al pan que es «el sostén de la vida» puede hacerse con respecto al vino y la frase «sea nuestra bebida espiritual». Y así, una vez más, parece adecuada la conclusión del Estudio Crítico del Novus Ordo Missae de los Cardenales Ottaviani y Bacci:

Los tres fines de la Misa se han alterado; no se permite ninguna distinción entre el sacrificio Divino y el humano; el pan y el vino son sólo «espiritualmente» (no substancialmente) cambiados… No encontramos ni una palabra acerca del poder del sacerdote para sacrificar, o sobre su acto de consagración, la efectuación a través de él de la Presencia Eucarística. Él aparece ahora como nada más que un ministro protestante .

Las Nuevas Plegarias Eucarísticas

El corazón de la Misa Tradicional es el Canon. Permanece igual cada vez que se ofrece la Misa, excepto durante las fiestas más solemnes de la Iglesia, cuando se agregan una frase o dos que se refieren al misterio que se está celebrando. En la Nueva Misa, el Canon es abolido. En su lugar es sustituido por una de las cuatro (al menos por ahora) «Anáforas» o «Plegarias Eucarísticas».

La primera Plegaria Eucarística (incluso en latín) no es, como se afirma a menudo, el Canon romano antiguo con el que estábamos tan familiarizados en la Misa tridentina. Está solamente modelada sobre el Canon tradicional, pero contiene varias diferencias significativas. La pretensión de que el Canon antiguo de la Misa era mantenido permitió aceptar el Nuevo Rito con un mínimo de protestas tanto por parte de los sacerdotes como del laicado. Aquellos sacerdotes que usaban la Primera Plegaria Eucarística estaban seguros de que ellos estaban diciendo en efecto la antigua Misa.

Sin embargo, con la destrucción del Ofertorio tradicional, y sus oraciones que exponen precisamente lo que ocurre durante el Canon, y con las falsas traducciones modernas, la Plegaria Eucarística Número Uno es totalmente susceptible de ser interpretada de forma completamente modernista y protestante.

La frase que permite esta interpretación errónea se encuentra en la oración Quam Oblationem: «Dignaos en un todo bendecir esta ofrenda, admitirla, ratificarla y aceptarla, a fin de que SE CONVIERTA PARA NOSOTROS en el Cuerpo y la Sangre de…». En ausencia de las tradicionales plegarias del Ofertorio, «para nosotros» puede entenderse en el sentido cranmeriano y de general aceptación protestante, perceptiblemente, que el pan y el vino no son transubstanciados para que ellos se conviertan el cuerpo y la sangre de Jesucristo substancialmente y en sí mismos, sino que cuando nosotros los recibimos «con fe viva», ellos podrían devenir PARA NOSOTROS (!) la presencia de Jesucristo. En la primera edición del Libro de la Plegaria Común de Cranmer, él prologó las Palabras de Institución (es decir, las palabras usadas por la llamada «consagración» protestante) con esta frase:

Óyenos, Padre misericordioso, nosotros Te imploramos; y con Tu Espíritu Santo y Tu Palabra dígnate bendecir y santificar estos Tus dones y creación de pan y vino para que ellos puedan hacerse PARA NOSOTROS el cuerpo y la sangre de Tu muy amado Hijo, Jesucristo. [El resaltado es añadido].
Algunos de sus compañeros reformadores atacaron esta redacción con el argumento de que era susceptible de ser entendida como ¡efectuando la Transubstanciación! Cranmer contestó a esto con indignación: «Nosotros no oramos en absoluto para que el pan y el vino devengan el cuerpo y la sangre de Cristo, sino para que en ese santo misterio devengan eso PARA NOSOTROS; es decir, para que nosotros podamos recibir así dignamente y del mismo modo podamos ser así participantes del cuerpo y la sangre de Cristo, y de que por lo tanto en espíritu y en verdad seamos espiritualmente alimentados». Cranmer estaba insistiendo en que la expresión «para nosotros» significaba que la Transubstanciación (El cambio de la substancia del pan y el vino en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo) no ocurría objetivamente, sino que la disposición personal de los presentes les permitía ser nutridos espiritualmente. En otros términos, la frase negaba en efecto la doctrina católica tal como más tarde sería solemnemente definida en la Sesión XXII del Concilio de Trento. (Los católicos creen que, con tal que el sacerdote esté ordenado válidamente, use la forma y la materia apropiadas (las palabras y la «materia» y/o la acción), y tenga la intención correcta, la Consagración acaece. La frase técnica aplicada al poder de un Sacramento es ex opere operato, que significa que la operación del Sacramento tiene lugar automáticamente, si estos cuatro requisitos están presentes. Ocurre sin tener en cuenta el estado espiritual del sacerdote o del pueblo presente. El espacio ha limitado nuestra capacidad para discutir el problema de la «intención». Baste decir que hay una intención externa implícita en las palabras y acciones del sacerdote, y también una intención interna por parte del sacerdote mismo, que nosotros nunca podemos saber, aparte de informarnos sobre él. En la Misa Tradicional, uno podría suponer que la intención interna corresponde con los actos y palabras exteriores —el sacerdote habría tenido que abrigar una intención interna positivamente contraria para invalidar la Misa (es decir, un sacerdote que dice la Misa Tradicional puede proponerse no consagrar mientras usa las palabras y acciones correctas, y entonces nada pasaría. Por supuesto sería culpable de un grave sacrilegio). En el Nuevo Rito, las palabras y actos externos de ninguna manera nos aseguran que una intención apropiada por parte del celebrante esté presente. Si la intención interior del sacerdote está basada en las palabras y acciones externas del Novus Ordo Missae, el Sacramento es, por lo menos, muy dudoso. Para el sacerdote que consagra —asumiendo por el momento que eso incluso sea posible en este rito, sobre todo cuando se dice en muchas de las lenguas vernáculas— él debe tener la intención positiva de «hacer lo que la Iglesia hace», y/o, «hacer lo que Cristo quería». Lo que hace todo este asunto sumamente pertinente es que a la mayoría de los sacerdotes que están siendo instruidos hoy no se les enseña la teología sacramental tradicional y por consiguiente muy probablemente no saben la naturaleza de la intención positiva que deben abrigar. Según el P. Robert Burns, C.S.P., editorialista de The Wanderer , «Muchos sacerdotes recientemente ordenados son herejes formales o materiales en el día de su ordenación. Esto es así, porque sus maestros abrazaron los errores Modernistas y los trasladaron a sus estudiantes. Sus estudiantes, después de la ordenación, propagaron estos errores a su vez, o en la enseñanza catequística o en el púlpito predicando. La mis ma situación es verdad también en los casos de muchos sacerdotes antiguos que han vuelto a las escuelas de teología para recibir cursos de actualización o de “readiestramiento en teología”»).
Se dice que la Segunda Plegaria Eucarística ha sido tomada de la Tradición Apostólica de Hipólito (escrita, debe recordarse, en un momento en que él era cismático y antipapa). Sin embargo, a este ya cuestionable documento, los innovadores le hicieron cambios significativos. Así, por ejemplo, suprimieron las frases ut mortem solveret et vincula diaboli dirumperet, et infernum calceret et iustos illuminet («para que Él [Cristo] venza a la muerte, rompa las cadenas de Satanás, huelle el Infierno e ilumine al justo»), y qua nos dignos habuisti adstare coram te et tibi sacerdotes ministrare («para hacernos dignos de estar en Tu presencia y servirte como sacerdotes») —conceptos católicos que los innovadores litúrgicos quitaron y conceptos todos que los innovadores y los protestantes liberales aborrecen. Lo más significativo de todo, ellos insertaron caprichosamente en el texto original la misma frase «PARA NOSOTROS», una acción que hace su intento herético más que claro.

Como en el segundo Libro de la Plegaria Común de Cranmer, así también en la Plegaria Eucarística Número 2 del Novus Ordo, se ha eliminado toda presencia de una interpretación católica. Cuando se usa la Plegaria Eucarística Número 2, el Te Igitur, Memento domine y Quam Oblationem —tres oraciones que inequívocamente permiten una interpretación católica de nobis (para nosotros)— ya no se dicen. Así, no hay absolutamente NINGUNA preparación (fortalecimiento o desarrollo) en la Plegaria Eucarística Número 2 para la «Consagración» de las especies (el pan y el vino). Estornude usted y lo echará de menos.

En la Misa Tradicional es imposible entender la palabra nobis en el sentido cranmeriano (es decir, donde la Transubstanciación se niega). En la Plegaria Eucarística Número 1 del Novus Ordo Missae, la situación con respecto a la intención del sacerdote para consagrar (efectuar la Transubstanciación) es ambigua. Pero en la Plegaria Eucarística Número 2, la enseñanza católica a este respecto desaparece completamente y triunfa la acepción protestante. Como Ross Williamson dijo, «es imposible entenderlo de cualquier otra manera que en el sentido cranmeriano». (Hugh Ross Williamson, The Modern Mass (Rockford, IL,: TAN, 1971), pág. 26. El señor Williamson recurrió a la jerarquía inglesa para quitar las palabras «para nosotros» de la Plegaria Eucarística 2 «como evidencia de buena fe». Pero su petición fue completamente ignorada).

Además, la naturaleza deliberada de los cambios en la Plegaria Eucarística Número 2 —la adición del nobis al «canon» de Hipólito— repercute en la manera en que nosotros vamos a entender el nobis en la Plegaria Eucarística Número 1. Para empeorar la cuestión, los creadores del Novus Ordo Missae muestran su preferencia claramente por la Plegaria Eucarística Número 2. Los documentos oficiales de Roma nos dicen que la Plegaria Eucarística 2 pue}de usarse en cualquier ocasión.

Se recomienda para los domingos «a menos que se elija otra Plegaria Eucarística por razones pastorales». También es particularmente conveniente «para las misas diarias, o para la misa en circunstancias particulares». Además, se recomienda para «las misas con niños, jóvenes y grupos pequeños», y sobre todo para la catequesis (DOL., Nos. 1712 y 1960).

Fuera del poder de estas sugerencias —la naturaleza humana es lo que es— los sacerdotes se inclinarán a usar la Plegaria Eucarística 2 por su brevedad. Cuanto más ordinariamente se diga, más rápidamente se perderá la comprensión católica de la verdadera naturaleza de la Misa.
Merece la pena notar que Pablo VI agregó la frase quod pro vobis tradetur («que será entregado por vosotros») a las supuestas palabras de Consagración en la Nueva Misa. Lo mismo hicieron Lutero y Cranmer en sus servicios litúrgicos protestantes.

Lutero explicó las razones para esto en su Catecismo Breve. «La palabra “por vosotros” invoca simplemente a los corazones creyentes». Lo cual, claro, además sólo destaca la importancia de la palabra nobis («para nosotros») en todo este sórdido asunto.

El espacio en esta corta presentación sólo permite un comentario breve sobre las Plegarias Eucarísticas 3 y 4. En la Plegaria Eucarística 3 las palabras siguientes se dirigen al Señor: «De edad en edad Tú reúnes un pueblo para Ti mismo, para que del este al oeste pueda hacerse una ofrenda perfecta a la gloria de Tu nombre». Esta frase deja claro una vez más que es el pueblo, en lugar del sacerdote, quien es el elemento indispensable en la celebración. (Ver el comentario del P. Joseph Jungmann, The Mass: An Historical, Theological and Pastoral Survey (Collegeville, MN,: Liturgical Press, 1976), pág. 201). Incluso Michael Davies advierte que «en ninguna de las nuevas Plegarias Eucarísticas se deja claro que la Consagración se efectúa solo por el sacerdote, y que él no está actuand o como un portavoz o presidente para una congregación que concelebra». (PPNM., pág. 343).

La Plegaria Eucarística 4, compuesta por el innovador P. Cipriano Vagaggini, aún presenta otro aspecto interesante de la «Revolución Litúrgica». El propio latín es inocuo, pero la traducción oficial (y aceptada por Roma) usada en los Estados Unidos estaba claramente abierta a una interpretación herética. Compare los pasajes siguientes, uno del Prefacio a la Plegaria Eucarística 4, y el otro del Prefacio de la Misa Tradicional de la Santísima Trinidad:
Nueva Misa

En verdad es justo darte gracias, y deber nuestro glorificarte, Padre Santo, porque tú eres el único Dios vivo y verdadero…

Misa Tradicional

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que te demos gracias en todo tiempo y lugar a Ti, Señor Santo, Padre omnipotente, Dios eterno, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios y un solo Señor, no con unidad de persona, sino en la Trinidad de una misma substancia.
Afrontando el hecho de que la enseñanza entera de la Iglesia se contiene en la liturgia, éste es un muy instructivo fragmento de embustes. En la versión latina de la Nueva Misa se encuentran las palabras unus Deus («un Dios»), y no se enseña ninguna herejía explícita. Sin embargo, incluso en latín, aparte del Credo, no hay ninguna expresión clara de la doctrina de la Trinidad. Cuando nosotros llegamos a la versión vernácula de la Plegaria Eucarística 4, la errónea traducción de unus Deus por «Tú solo eres Dios» claramente se aparta de la norma tradicional. En ausencia de cualquier otra referencia al Hijo o el Espíritu Santo en esta plegaria, el uso de la palabra «solo» parece ser una negación explícita de la doctrina de la Santísima Trinidad —pero definitivamente una negación implícita, al menos. Es por esta razón que algunos se han referido a esta Plegaria Eucarística como «el Canon arriano». (El hereje Arrio negó la doctrina católica de la Trinidad). Aquí todavía tenemos otro ejemplo de «¡un retorno a la práctica primitiva!» Debido a las repetidas quejas, esta traducción errónea se ha corregido recientemente. Que una fórmula explícitamente herética pueda usarse durante 18 años en la Iglesia posconciliar dice todo acerca del menosprecio de los innovadores litúrgicos por las doctrinas fundamentales de la Iglesia católica (Se cambió a «Tú eres el único Dios» el 24 de febrero de 1985).
La «Narrativa de la Institución»

En el Novus Ordo Missae, como en el servicio luterano, las palabras de la Consagración —el corazón mismo del Rito Tradicional— son ahora parte de lo que se llama la «Narrativa de la Institución» (El término «Institución» se refiere a la Institución del Sacramento por Cristo, y podría ser un término teológico perfectamente legítimo. La idea de que la Misa es una mera «narrativa» es, sin embargo, patentemente falsa y completamente protestante. A pesar de esto los catecismos oficiales franceses hacen afirmaciones tales como que «en el corazón de la Misa yace una historia…». El Misal francés oficial, publicado con la aprobación de la jerarquía francesa, afirma que ¡la Misa «es simplemente una cuestión de hacer el memorial del sacrificio único ya cumplido»! («Il s’agit simplement de faire mémoire de l’unique sacrifice déjà accompli»). Esta afirmación ha sido repetida en más de una edición, y lo ha sido a pesar de las repetidas protestas de los fieles. Y, sin embargo, parecería ser la enseñanza «oficial» de la Iglesia conciliar en Francia), una expresión que no se encuentra en los misales tradicionales de la Iglesia.

Solamente poniendo las palabras de la Consagración bajo semejante título se induce al «sacerdote-presidente» en la Nueva Misa a decir estas palabras como si estuviera meramente volviendo a narrar la historia de la Última Cena, hace unos 2000 años, en lugar de consagrar realmente el pan y el vino aquí y ahora. Volviendo exclusivamente a narrar la historia de la Última Cena no cambia el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo —el sacerdote debe actuar in persona Christi, es decir, debe decir estas palabras cruciales «en la persona de Cristo», porque es Cristo quien, por Su poder infinito, a través de las palabras del sacerdote, efectúa la Consagración.

La versión «revisada» de la Instrucción General, pretendiendo apaciguar a los críticos de la Nueva Misa, habla del sacerdote que actúa in persona Christi, pero no con respecto a la manera en que dice las palabras de la Consagración. Aun cuando el uso de la frase «Narrativa de la Institución» fuera el único defecto en el Nuevo Rito, sería suficiente para levantar graves dudas acerca de si se cambian o no los elementos pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Nueva Misa.
La Iglesia siempre ha enseñado que para que las Sagradas Especies se confeccionen en la Misa, esto es, para que la Consagración acontezca, el sacerdote debe 1) estar debidamente ordenado, 2) querer hacer lo que la Iglesia quiere hacer en la Misa, 3) usar la materia apropiada y 4) usar la forma (o las palabras) apropiadas. También debe decir las Palabras de la Consagración como un acto que él personalmente, por su propio poder sacerdotal, ejecuta in persona Christi («en la Persona de Cristo», que es el Sacerdote Principal en cada Misa), y no como parte de una mera narrativa histórica, como ocurre cuando lee el Evangelio durante la Misa. Si debe decir las palabras de Consagración como una mera narrativa, convierte lo que se supone que ocurre en la Misa (a saber la Consagración) en sólo un simple memorial de un evento histórico que acaeció hace dos mil años, y nada sagrado tiene lugar, es decir, no hay Consagración.
Como Sto. Tomás de Aquino dice:

La Consagración es cumplida por las palabras y expresiones del Señor Jesús. Porque, con todas las demás palabras habladas, se alaba a Dios, se ruega por el pueblo, por los reyes y otros; pero cuando llega el momento de perfeccionar el Sacramento, el sacerdote ya no usa sus propias palabras, sino las palabras de Cristo. Por consiguiente, son las palabras de CRISTO las que perfeccionan el Sacramento… La forma de este Sacramento es pronunciada como si Cristo estuviera hablando personalmente, para que sea entendido que el ministro no hace nada en la perfección de este Sacramento, excepto pronunciar las palabras de Cristo. (Summa, III, Q. 78, Art. 1).

Decir las palabras de la Consagración meramente como parte de una narrativa volvería inválida la Misa; es decir, el pan y el vino seguirían siendo después sólo pan y vino y no se convertirían en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Según el eminente liturgista, Padre O’Connell:

Las Palabras de la Consagración tienen que ser dichas, no meramente como un relato histórico de palabras usadas una vez por Nuestro Señor — como el celebrante las recita, por ejemplo, en los relatos de la Última Cena que se leen en la Misa en la Semana Santa o en la Fiesta del Corpus Christi— sino como una afirmación presente por el sacerdote que habla en la persona de Cristo, y pensando efectuar algo, aquí y ahora, por el pronunciamiento de estas palabras59. [El énfasis está añadido] Los sacerdotes más viejos pueden decir las palabras de la Consagración in persona Christi por hábito. Los sacerdotes más jóvenes, basando su práctica en la Instrucción General y en las teorías modernistas de teología sacramental que embeben en los seminarios posconciliares, casi con seguridad no lo harán. Así, apenas es sorprendente encontrar al Estudio Crítico del Nuevo Orden de la Misa de los Cardenales Ottaviani y Bacci apuntando que las Palabras de la Consagración, cuando aparecen en el contexto del Novus Ordo [en latín] pueden ser válidas según la intención del sacerdote que oficia. Pero pueden no serlo, porque ya no son ex vi verborum («por la fuerza de las palabras usadas»), o más precisamente, en virtud del modus significandi («el modo de significar») que han tenido ahora hasta en la Misa. ¿Harán una consagración válida en el futuro los sacerdotes que no han tenido la instrucción tradicional y que confían en el Novus Ordo para hacer lo que la Iglesia hace? Uno puede permitirse dudarlo… Estas palabras del Estudio Crítico, habiendo sido publicadas en septiembre de 1969, son increíblemente perspicaces, si no ciertamente profética.

[sigue III]

Cambiando Las Palabras de Cristo

Y así llegamos ahora a considerar las palabras mismas de la Consagración. Estas palabras en la Misa Tradicional son las más sagradas, porque se atribuyen por tradición al propio Cristo, y es por medio de ellas que se «confeccionan» las Sagradas Especies (el pan y el vino se cambian en el Cuerpo y la Sangre de Cristo). Estas palabras preciosas, las mismas palabras de Cristo, antiguamente escritas sólo en oro y siempre destacadas y enfatizadas en su forma impresa, se han alterado e incrustado en la Narrativa de la Institución de la Nueva Misa.
Ahora bien, un Sacramento, por definición doctrinal, es «una señal sensible, instituida por Nuestro Señor Jesucristo, para significar y producir gracia». Esta señal sensible consiste en una «materia» y una «forma» (es decir, una «sustancia material» apropiada y unas «palabras» apropiadas). Como San Agustín enseña, «la palabra [“forma”] se une al elemento [“materia”] y el Sacramento existe».
Ejemplos de «materia» son el agua en el Bautismo y el pan de trigo y el vino de uva en la Misa (En una edición anterior de este librito, el problema de materia inválida se suscitó en referencia a la legislación posconciliar que les permite a los sacerdotes alcohólicos usar el mosto para celebrar la Nueva Misa (DOL., No. 1674, R51). Pero, como Santo Tomás apunta (Summa, III, 74), el Papa Julio permitió de hecho el uso de mustum, o jugo de uvas maduras, en casos de necesidad. Por otro lado, que la bebida artificialmente procesada que nosotros llamamos «mosto» se encuentre por esta norma como materia válida parece, a mí por lo menos, cuestionable. Recientemente, Juan Pablo II, en nombre de la inculturación, ha autorizado ad experimentum («experimental») el uso de hostias hechas de la harina del grano del cazabe y vino hecho de maíz en Zaire. La fuente de esta declaración es La Croix (París), 9 de agosto de 1989, y referido por el P. Noel Barbara en Forts dans la Foi, No. 7, 1990).
La «forma» consiste en las palabras que el «ministro del Sacramento» pronuncia y que aplica a la materia. Estas palabras «determinan» a la materia a producir el efecto del Sacramento, y también significan íntimamente lo que el Sacramento realiza. Las formas («palabras») de los Sacramentos nos fueron dadas por Cristo in especie (exactamente) o in genere (de una manera general). Según la enseñanza normal, Cristo determinó qué gracias especiales serían conferidas por medio de los ritos externos: para algunos Sacramentos (por ejemplo el Bautismo, la Eucaristía) Él determinó minuciosamente (in especie) la materia y la forma: para otros Él determinó sólo de una manera general (in genere) que debe haber una ceremonia externa por la cual las gracias especiales serán conferidas, dejando a los Apóstoles o a la Iglesia el poder de determinar lo que Él no había determinado —por ejemplo, prescribir la materia y la forma de los Sacramentos de la Confirmación y de las Sagradas Órdenes.
La forma de la Consagración en la Misa Tradicional ha sido fija desde los tiempos apostólicos. Ha sido «canónicamente» fijado desde el llamado Decreto Armenio del Concilio de Florencia (1438-1445).

Debajo se dan todas las formas conocidas de los diversos ritos que la Iglesia siempre ha aceptado como válidos. (Hay 76 de tales ritos en los diversos idiomas, pero todos ellos han quedado entre alguno de los modelos dados debajo). Nótese que la única variación significante se relaciona con las palabras Mysterium fidei. Se dice que estas dos palabras han sido agregadas a las palabras de Cristo por los Apóstoles —un acto completamente dentro de su incumbencia y función, porque la Revelación viene a nosotros tanto de Cristo como de los Apóstoles. La razón para las otras variaciones menores es que los diversos Apóstoles establecieron la Misa separadamente, en las diversas partes del mundo a las que fueron enviados. Así, Santo Tomás nos informa, «Santiago, el hermano del Señor según la carne, y Basilio, Obispo de Cesarea, revisaron el rito de celebración de la Misa». (Summa, III, Q. 83, Art. 4). Todos usan la misma fórmula para la Consagración del Pan. Para el vino: Bizantina: «Esta es Mi sangre del Nuevo Testamento, la cual es derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados». Armenia: «Esta es Mi sangre del Nuevo Testamento, la cual es derramada por vosotros y por muchos para la expiación y el perdón de los pecados». Copta: «Porque esta es Mi sangre del Nuevo Pacto, la cual será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados». Etíope: «Esta es Mi sangre del Nuevo pacto, la cual será derramada y ofrecida para el perdón de los pecados y la vida eterna de vosotros y de muchos». Maronita: Como el rito latino. Caldea: «Esta es Mi sangre del Nuevo Pacto, el misterio de la fe, que es derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados». Malabar: «Porque este es el cáliz de mi Sangre del Testamento Nuevo y Eterno, el Misterio de la Fe, que es derramada por vosotros y por muchos para la remisión de los pecados». La enumeración más completa se da en The Liturgies of Ss. Mark, James, Clement, Chrysostom, and Basil and the Church of Malabar del Rev. J. M. Neale y el Rev. R. F. Littledale. (Londres: Hayes, fecha desconocida).

Según el Catecismo del Concilio de Trento, la forma (escrita en mayúsculas debajo) se encuentra dentro de estas palabras en el Canon:

El cual, el día antes de su pasión, tomó el pan en sus santas y venerables manos; y elevando sus ojos al cielo, a Ti, ¡oh Dios!, Padre suyo omnipotente, dando gracias, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed todos de él:

PORQUE ESTE ES MI CUERPO

Igualmente, después de haber cenado, tomando asimismo este glorioso Cáliz en sus santas y venerables manos, dándote también gracias lo bendijo, y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y bebed todos de él:

PORQUE ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO: MISTERIO DE FE: LA CUAL SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS EN REMISIÓN DE LOS PECADOS.

Todas las veces que hiciereis esto, lo haréis en memoria de mí.

El Catecismo del Concilio de Trento continúa: «De esta forma, nadie puede dudar». Tomado del Libro de Misa para el Pueblo, y de acuerdo con los Documentos sobre la Liturgia , párr. 1360, lo siguiente es la «forma» para el Novus Ordo Missae (En el Libro de Misa para el Pueblo —como en el «Missalette» de uso común en las iglesias americanas— ninguna palabra se escribe con mayúscula o en bastardilla; ellas van juntas para que la forma del Sacramento no pueda de ninguna manera distinguirse del resto del texto que forma parte de la Narrativa de la Institución: sin embargo en el original latino de Pablo VI, las palabras están en un tipo ligeramente más grande, señalado debajo con cursiva).

Antes de que fuera entregado a la muerte, una muerte libremente aceptada, tomó pan y te dio gracias. Partió el pan, lo dio a sus discípulos, y dijo:

Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Acabada la cena, tomó la copa. De nuevo te dio gracias y alabanza, dio la copa a sus discípulos, y dijo: Tomadla, y bebed todos de ella: esta es la copa de mi sangre, la sangre de la alianza nueva y eterna. Será derramada por vosotros y por todos los hombres para que los pecados sean perdonados. Haced esto en conmemoración mía.

En la Instrucción General que acompaña al Nuevo Orden de la Misa, estas palabras son llamadas «las palabras del Señor», en lugar de, como en las rúbricas adjuntas al Rito Tradicional, las «Palabras de la Consagración». Yo soy consciente de que la segunda versión de la Instrucción General enmendó el párrafo 55d para leer «la narrativa de la Institución y la consagración», pero esto de ninguna manera cambia la importancia de lo que hemos dicho. En el contexto de la Nueva Misa la consagración puede significar simplemente que el pan y el vino son «puestos aparte» para el uso sagrado.

En la presentación de estas nuevas formas Pablo VI las llamó «las palabras del Señor» (dominica verba) en lugar de «las Palabras de la Consagración» — enfatizando así una vez más la naturaleza narrativa del Rito. Habiendo cambiado las mismas palabras de Nuestro Señor, dijo además que «las deseó como sigue» (Documentos sobre la Liturgia , párr. 1360; también, cf. Missale Romanum de Pablo VI, su Constitución Apostólica del 3 de abril de 1969, que establecen la Nueva Misa). ¡Es inconcebible que nadie, incluso un Papa, pueda «desear» que las palabras de Cristo sean de otra manera que como son! Parecería, sin embargo, que para los innovadores, incluso las mismas palabras de Cristo no son ni sacrosantas ni inviolables. Y así es con exactitud que Pablo VI describió los cambios introducidos en las Plegarias Eucarísticas como «singularmente nuevos», como «asombrosos y extraordinarios» y como la «más grande innovación» de todas las innovaciones introducidas. En realidad, con respecto a las palabras de la Consagración instituidas por Cristo en la Última Cena, Pablo VI usó el término latino «mutation».

Cuando tal «mutación» es sustancial —que es, cuando cambia el significado de la forma de un Sacramento, lo vuelve inválido. Como veremos, aunque haya sólo duda sobre si un cambio en las palabras de un Sacramento es sustancial o no, es decir, si hay o no cambio en el significado, el uso de semejante forma es considerado sacrílego. Se dice que ciertas palabras en las formas sacramentales son esenciales. Se dice que otras son sustanciales porque están tan íntimamente relacionadas con las palabras esenciales que cualquier cambio en ellas implica un cambio de significado. Otras aún se requieren para la integridad o plenitud de la forma. No hay que decir que, cualquiera que crea en el poder de la forma (las palabras del Sacramento) se lo pensará mucho antes de ponerse a jugar con ella.
Cambiando la forma del Sacramento de la Santa Eucaristía, los innovadores argumentaron que ellos estaban poniéndolo «de acuerdo con la Escritura» (Lutero también deseó hacer esto —un proceso que de nuevo apunta al aspecto narrativo del Nuevo Rito. Cf. Roland Bainton, Here & Eternal (Nueva York: Mentor Paperbacks, 1950/1978). Ahora bien, no hay absolutamente ninguna razón por la cual deba hacerse esto. La escritura no es una fuente mayor de Revelación que la Tradición —de hecho, hablando estrictamente, la Escritura es parte de la Tradición. ¡Imagínese el clamor y el lamento que se levantarían si alguien dijera que quería cambiar la Escritura para ponerla de acuerdo con la Tradición! ¡No es de la Escritura, sino de la Tradición de donde recibimos la forma (las palabras) utilizadas en la confección de la Eucaristía! Así debe ser verdaderamente, porque el primer Evangelio fue escrito unos ocho años después de la muerte de Nuestro Señor. Escuchemos las palabras del Cardinal Manning:

Nosotros no recibimos nuestra religión de las Escrituras, ni la hacemos depender de ellas. Nuestra fe estaba en el mundo antes de que el Nuevo Testamento fuera escrito. (The Temporal Mission of the Church, Londres: Burns and Oates, 1901).

Y, como el Padre Joseph Jungmann declara:
En todas las liturgias conocidas el núcleo de la eucaristía, y por consiguiente de la Misa, está formado por la narrativa de la institución y las palabras de la Consagración. Nuestra primera observación a este respecto es el hecho notable de que los textos del relato de la institución, entre ellos en particular, el más antiguo, nunca son simplemente un texto de la Escritura reiterado. Ellos se remontan a la tradición prebíblica. Aquí afrontamos una consecuencia del hecho de que la Eucaristía era celebrada antes de que los evangelistas y San Pablo empezaran a registrar la Historia del Evangelio. ( A. Jungmann, S.J., The Mass of the Roman Rite: Its Origins and Development (Nueva York, Benziger, 1950), v. 1, pág. 194. Dom Gaspar Guéranger también apuntó en sus Institutions Liturgiques que «esas ceremonias se remontan a los Apóstoles”. La liturgia Apostólica se encuentra completamente fuera de la Escritura; pertenece al dominio de la Tradición».

Además de esto, el Papa Inocencio III (1198-1216) nota «que hay tres elementos en la narrativa no conmemorados por los Evangelistas: “con sus ojos levantados al cielo”, “y eterno testamento” (mientras que los Evangelios sólo dan “del Nuevo Testamento”) y “misterio de fe” (mysterium fidei)». Y sostiene que éstos proceden de Cristo y los Apóstoles, «porque ¿quién sería tan presuntuoso y atrevido como para insertar [mucho menos quitar] estas cosas de su propia devoción? En verdad, los Apóstoles recibieron la forma de las palabras del propio Cristo, y la Iglesia lo recibió de los Apóstoles mismos» (De Sacro Altaris Mysterio, citado por Maurice de la Taille, El Misterio de la Fe, Tesis XXIV y XXV, pág. 454).

De hecho, es muy posible, e incluso probable, que los relatos de la Escritura eviten intencionalmente dar la forma correcta de este Sacramento, para que no se profane.

Escuchemos a Santo Tomás de Aquino:

Los Evangelistas no se propusieron transmitir la forma de los Sacramentos que en la Iglesia primitiva tuvieron que ser mantenidos ocultos, como Dionisio observa en la conclusión de su libro sobre la Jerarquía Eclesiástica; su objeto era escribir la historia de Cristo. (Summa, III, Q. 78, el Arte. 3).

Nadie puede dudar que la Iglesia posconciliar ha ido contra la Tradición, contra los decretos de los Concilios Ecuménicos y contra el Catecismo del Concilio de Trento cambiando la forma del Sacramento de la Santa Eucaristía. No es una cuestión de debate acerca de si tiene el derecho de hacer eso. Como el Concilio de Trento y Pío XII dejan claro, la Iglesia tiene el poder para determinar o cambiar las cosas en la administración de los sacramentos pero «la Iglesia no tiene ningún poder acerca de “la substancia de los sacramentos”». (Esto por no señalar una declaración aislada. Considérese lo siguiente: «Es bien sabido que la Iglesia no tiene ningún derecho para reformar nada en la substancia de los Sacramentos. (Papa San Pío X, Ex quo nono, Denzinger 2147A).

Uno de los documentos impreso delante de cada edición del Misal tradicional del altar romano es la Instrucción del Papa San Pío V titulada De defectibus (1572) que declara en parte:

Si alguien omite o cambia algo en la forma de la consagración del Cuerpo y la Sangre, y con este cambio de palabras no quiere decir lo mismo, entonces no efectúa el sacramento.

Con respecto a aquellas formas sacramentales que se nos dieron in genere, las palabras pueden cambiarse, a condición de que no haya ningún cambio de significado. Cuando ocurre una alteración en el significado, el cambio se llama «sustancial». Ahora bien, aparte del hecho de que no se puede aplicar este principio a las formas que nos fueron dadas específicamente por Cristo (in specie), se argumenta no obstante por algunos que, a pesar del cambio en las palabras, no hay ningún cambio en el significado, y por consiguiente ningún cambio sustancial. Nos atañe entonces considerar la substancia de la forma del Sacramento, porque si hay un cambio «sustancial» —es decir, un cambio en el significado— entonces la forma se torna indiscutiblemente inválida. Ésta no es una cuestión de debate, sino de hecho. (“Si cualquier parte sustancial de la forma sacramental se suprime, está claro que el sentido esencial de las palabras se destruye; y en consecuencia el Sacramento es inválido». (Summa, III, Q. 60, Art. 8).

Primero, considérese el cambio en la primera y la última frase de la supuesta «forma de la consagración» en la Nueva Misa. En lugar de «haced estas cosas», nos encontramos al celebrante dando instrucciones de «haced esto», es decir, «tomad y comed (bebed)», sugiriendo firmemente así que lo que está implicado es una «cena» y un «memorial», en lugar de la acción íntegra. Y toda esta actividad supone una «copa» en lugar de un «cáliz», reforzando así además una implicación meramente culinaria. Luego, nótese la adición de la frase «que será entregado por vosotros». Nosotros ya hemos aludido a la razón de Lutero para agregar esta frase (cf. página 41), y el Novus Ordo Missae, como hemos visto, la adoptó de acuerdo con el rito luterano.

La eliminación de la frase «Misterio de Fe» (que la Tradición nos dice que fue agregado por los Apóstoles) y su desplazamiento a la llamada «Aclamación Memorial», que sigue a las palabras de la Consagración, lleva al creyente a creer que el Misterio de Fe miente, no en la Consagración, sino en la Muerte, Resurrección y Venida Final de Cristo. En la Nueva Misa, mientras Cristo está supuestamente sobre el altar después de las palabras de la Consagración, al creyente se le hace decir, «Hasta que vuelvas»; qué juegos de total contradicción para la realidad de Su Presencia Sacramental.

También se argumenta que no se requiere nada más que el sacerdote diga las Palabras esenciales de la Consagración —«Éste es Mi Cuerpo», «Esta es Mi Sangre» Los que sostienen esta posición ignoran los defectos de «forma» de la Nueva Misa (las palabras esenciales necesarias para la confección del Sacramento) y el hecho de que las palabras precedentes —es decir, el ambiente en que estas palabras de la «forma» ocurren (como después veremos plenamente)— alteran el significado de las palabras de la forma. También ignoran el hecho de que las palabras de la forma de la Nueva Misa, aunque esenciales a la forma del Sacramento, no constituyen la forma COMPLETA del Sacramento. (Uno debe comparar la forma de la Nueva Misa con la de la Misa católica romana tradicional, o incluso con las formas usadas por los otros ritos de la Iglesia Católica romana). Finalmente, los que se oponen a estas críticas de la «Consagración» de la Nueva Misa ignoran el hecho de que está prohibido para un sacerdote utilizar las Palabras de Consagración con la intención de confeccionar las Sagradas Especies fuera de una verdadera Misa (Los teólogos señalan que la Transubstanciación ocurre inmediatamente después, o a la vez, que el sacerdote dice «Éste es mi Cuerpo» —siendo la prueba que el Cuerpo del Señor es adorado en este momento. Sin embargo, es sacrílego consagrar el Pan sin consagrar el Vino. «La consagración distinta de los elementos del pan y el vino, la representación separada del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las dos especies, esto es, el derramamiento místico de la sangre, es, en virtud de la institución de Cristo completamente necesaria, no sólo por legal, sino para la celebración válida del Sacrificio Eucarístico. Si una substancia se consagra, correctamente o no, entonces Cristo está ciertamente presente bajo una especie, pero el Sacrificio no se completa, porque se necesita una característica y requisito esencial, a saber la consagración doble. Por lo tanto es de ordenación divina que ambos elementos —el pan y el vino— deben consagrarse siempre, para que el Sacrificio Eucarístico pueda tener lugar». Rev. Dr. Nicolás Gihr, The Holy Sacrifice of the Mass, Londres: Herder, 1929. Algunos uniatas y ortodoxos griegos han argumentado que a pesar de los cambios, la Consagración ocurre debido a la plegaria Epiklesis. Sin embargo, sin entrar en el asunto de la Epiklesis, (ver la Enciclopedia Católica, 1914 para un detallado examen) la plegaria en la Misa latina que es el equivalente de la Epiklesis en la Misa de S. Juan Crisóstomo se ha anulado).

Como el Canon 817 del Código de Derecho Canónico de 1917 declara, «incluso en caso de necesidad extrema, es ilegal consagrar una especie sin la otra o consagrar las dos fuera de la Misa». El canonista benedictino Padre Charles Augustine hace una apostilla sobre esto al efecto de que «consagrar fuera de la Misa no sólo sería un sacrilegio, sino probablemente un intento de consagración inválida”. (P. Charles Augustine, A Commentary on the New Code of Canon Law (1917) (St. Louis: B. Herder Book Co., 1925), v. 4, pág. 155, comentando el Canon 817. Algunos pueden argüir que tenemos ahora un Nuevo Código de Derecho Canónico, que data de 1983, y por consiguiente que la observación presente no es una objeción válida. Sin embargo hay un principio, en Derecho Canónico (como en el Derecho Civil) que en tanto en cuan to una ley no ha sido específicamente abrogada, todavía está en efecto. También, cf. al mismo efecto el Canon 5 de Códice de 1983).

La cuestión del contexto en que se usan las palabras esenciales de la Consagración es muy importante porque este trasfondo es capaz de cambiar su significado de una manera sustancial. Ésta es otra razón por la que la Iglesia Católica ha sido tradicionalmente siempre tan insistente en la integridad de la forma (es decir, todas las palabras de la forma) utilizada para confeccionar los Sacramentos. Consideremos la enseñanza de Santo Tomás de Aquino sobre este punto:
Algunos han mantenido que solo las palabras «Éste es el Cáliz de Mi Sangre» pertenecen a la substancia de la forma, pero no las palabras que siguen. Ahora bien esto parece incorrecto, porque las palabras que siguen son determinaciones del predicado, esto es, de la Sangre de Cristo; por consiguiente ellas pertenecen a la integridad de la expresión. Y sobre este motivo otros dicen más exactamente que todas las palabras que siguen son de la substancia de la forma, hasta las palabras, «todas las veces que hiciereis esto». [Pero no incluyendo estas palabras, porque el sacerdote suelta el Cáliz cuando llega a ellas]. Por ello es que el sacerdote pronuncia todas las palabras, mediante el mismo rito y manera, sosteniendo el cáliz en sus manos. (Summa, III, Q. 78, Art. 3).

«Todos» por «Muchos»

La culminación del sacrilegio ocurre con el uso de la nueva forma de las Palabras de la Consagración del vino con la falsa traducción de la palabra latina multis («muchos») en la versión latina del Novus Ordo Missae por «todos» en casi todas versiones vernáculas, un cambio que (para usar las palabras de Santo Tomás de Aquino) claramente «determina el predicado» con un significado que es diferente del tradicionalmente señalado por la Iglesia Católica. La excusa dada para esta falsa traducción era que no hay ninguna palabra aramea para «todos», una falsedad filológica propagada por el erudito protestante Joachim Jeremias y una de las que han sido repetidamente expuestas. (Ver Interdum, No. 2 P.H. Omlor, Menlo Park, CA (24 de febrero de 1970), pág. 2. Joachim Jeremias era un protestante que específicamente negó la posibilidad de la Transubstanciación. Su aseveración de que no había ninguna palabra para «todos» en arameo también se demuestra falsa por referencia al Porta Linguarum Orientalium. Todo esto no es una cuestión de sutilezas sobre detalles irrelevantes. El Concilio de Nicea contendió con el problema de añadir una letra a la palabra homoousios que cambiaba el significado del término. Como León XIII dijo en Satis Cognitum: «Nada es más peligroso que los herejes que, mientras que conservan casi todo el remanente de la enseñanza de la Iglesia intacto, corrompen con una simple palabra (el subrayado es mío), como una gota de veneno, la pureza y la simplicidad de la fe que hemos recibido de Dios a través de la Tradición y a través de los Apóstoles». Se ha señalado que Joachim no fue el primero en sugerir esta falsa traducción de multis a «todos». Patrick Omlor ha publicado recientemente un muy completo sumario del problema —respondiendo con claridad a aquéllos que han objetado o han criticado su posición. El intitulado Cuestionando la Validez del Caso McCarthy, está disponible en Preserving Christian Publications, 283 1st Street, Albany, N. Y., 12206, EE.UU.; o en Joseph M. Omlor, P.O. box 650, South Perth, WA. 6151, Australia).

Por otra parte, de los diversos ritos de la Misa que la Iglesia tradicionalmente ha reconocido siempre como válidos —unos 76 ritos diferentes en muchos idiomas diferentes, muchos de los cuales se remontan a los tiempos apostólicos— NINGUNO ha usado nunca «todos» en la forma para la Consagración del vino.

Lo que hace más ofensiva esta peculiar falsa traducción es que la Iglesia siempre ha enseñado que la palabra «todos», por razones muy específicas, ¡no se usa intencionadamente! San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, explica por qué no en una opinión que también es confirmada por Santo Tomás Aquino y el Catecismo del Concilio de Trento, el primero en la historia de la Iglesia:

Las palabras pro vobis et pro multis [«por vosotros y por muchos»] se usan para distinguir la virtud de la Sangre de Cristo de sus frutos: pues la Sangre de nuestro Salvador es de valor suficiente para salvar a todos los hombres, pero sus frutos sólo son aplicables a un cierto número y no a todos, y esto es por su propia falta. O, como los teólogos dicen, esta Sangre preciosa es (en sí misma) suficientemente (sufficienter) capaz de salvar a todos los hombres, pero (por nuestra parte) eficazmente (efficaciter) no salva a todos —salva sólo a aquéllos que cooperan con la gracia [Tratado sobre la Santa Eucaristía, el subrayado es mío]. (Santo Tomás de Aquino expresa la misma opinión en Summa, III, Q. 78, Ad 3).

A este propósito el Papa Benedicto XIV (1740-1758) discutió este problema y declaró que esta enseñanza «explica correctamente» el uso de Cristo de «por muchos», como opuesto a «por todos» (De Sacrosanctae Missae Sacrificio). En vista de la enseñanza constante de la Iglesia, este cambio de «muchos» a «todos» en las traducciones a lenguas modernas del latín original del Nuevo Orden de la Misa no puede ser accidental. El original latino del Novus Ordo Missae todavía usa multis, pero ¿cuán a menudo se oye el Novus Ordo Missae en latín? Además, esta falsa traducción acaece en casi todas las versiones vernáculas: por ejemplo, en alemán, für alle; en italiano, tutti; y en francés, la vaga palabra la multitude. En polaco, por alguna razón, «muchos» se mantiene. Roma claramente aprobó las cambiadas «traducciones» (Documentos sobre la liturgia, No. 1445, Nota a pie de página R 13).

Según el Arzobispo Rembertt Weakland de Milwaukee, Pablo VI se reservó para sí la aprobación de las traducciones vernáculas de la Narrativa de la Institución, y sobre todo de la palabra multis. Dado todo este trasfondo, es difícil evitar la conclusión de que la herejía de la apocatástasis se está promoviendo con la expresión de la «Consagración» del Nuevo Orden de la Misa —es decir, la herejía sostenida por muchos de nuestros «hermanos separados» (como los anabaptistas, los Hermanos moravos, los cristadelfinos, protestantes racionalistas, universalistas y teilhardianos), a saber, (la falsa idea) de que todos los hombres se salvarán. (Para un estudio interesante de cómo esta enseñanza está implícita en los discursos y escritos de Juan Pablo II, ver P. Louis-Marie de Blignieres, Juan Pablo II y la Doctrina católica (1983), distribuido por The Roman Catholic Association, Oyster Bay Cove, NY 11771. theologie de Karol Wojtyla de Wiegand Siebel (Basilea: SAKA, 1989). Una traducción inglesa de este libro está en preparación en el momento de esta redacción).

La Aclamación Memorial

Como se ha mencionado arriba, la frase Mysterium Fidei («El Misterio de Fe») es parte de la forma de la Consagración en la Misa Tradicional. En la Nueva Misa, la frase ha sido alejada de la forma y puesta en la introducción a la «Aclamación Memorial» del pueblo, implicando así que el Misterio de Fe es la Muerte, Resurrección y Venida Final de Nuestro Señor, en lugar de Su «Presencia Real» en el altar. Tampoco las otras Aclamaciones Memoriales son más específicas; por ejemplo, «Cuando comemos este pan y bebemos esta copa nosotros proclamamos Tu muerte, Señor Jesús, hasta que Tú vengas en gloria».

El Arzobispo Annibale Bugnini, arquitecto principal de la Nueva Misa, nos informa en sus memorias que discutió este problema directamente con Pablo VI. El Concilium había deseado dejar el texto de la «Aclamación Memorial» a los diversos Comités Nacionales de Obispos sobre la Liturgia, pero Pablo VI urgió a que «una serie de aclamaciones (5 ó 6) deben prepararse para [usar] después de la consagración». Según el Arzobispo Bugnini, Pablo VI temió que si la iniciativa se dejaba a los Comités de Obispos, se introducirían aclamaciones impropias como «Señor mío y Dios mío”. La Iglesia Católica siempre ha alentado tradicionalmente el uso por el pueblo, en privado y en silencio, en la Elevación de la Hostia durante la Misa y la Bendición, de la oración jaculatoria «Señor mío y Dios mío»; el Papa San Pío X otorgó abundantes indulgencias a esta práctica, puesto que afirma la creencia en la Presencia Real y da alabanzas a Dios.

El Cuerpo de Cristo
En la Misa Tradicional, la fórmula que el sacerdote recita mientras distribuye la Sagrada Comunión es, «La Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna. Amén». Esto también ha sido cambiado. La nueva fórmula es simple, «El Cuerpo de Cristo». Algunos conservadores pretenden que la Presencia Real es afirmada cuando el «sacerdote-presidente» dice esta frase. Eso no es así. Según la Instrucción del Comité de los Obispos norteamericanos para la Liturgia, El uso de la frase «el cuerpo de Cristo, Amén», en el rito de la comunión afirma de una manera muy poderosa la presencia y el papel de la comunidad. El ministro [sic] reconoce que la persona está por causa del bautismo y la confirmación y lo que la comunidad es y hace en la acción litúrgica. El cambio al uso de la frase «El cuerpo de Cristo», en lugar de la fórmula larga que anteriormente decía el sacerdote, tiene varias repercusiones en la renovación litúrgica. Primero, pretende resaltar el concepto importante de la comunidad como el cuerpo de Cristo; en segundo lugar, lleva a enfocar el asentimiento del individuo en el culto de la comunidad, y finalmente, demuestra la importancia de la presencia de Cristo en la celebración litúrgica (Los Obispos norteamericanos han negado esta declaración recientemente. El asunto se debatió en The Remnant (St Paul, Minn., EE.UU.), el 15 de Septiembre de 1990).

Y de hecho, de acuerdo con este «Nuevo Evangelio», el Comité de los Obispos norteamericanos para la Liturgia ¡prohibió estrictamente que el sacerdote dijera, «Éste es el Cuerpo de Cristo»!

El Altar se Convierte en Mesa

Ahora todo este «alimento espiritual» se efectúa, no en un altar, cuya finalidad es el sacrificio, sino en una mesa. Una altar de piedra que contiene las reliquias ya no se necesita para la Misa que se celebrará en lo sucesivo. Los sagrarios ya no se colocarán en estas mesas, como están en los altares del Rito Tradicional —de hecho, si estuvieran, el sacerdote-presidente tendría gran problema en dirigirse y ver a su congregación (Muchos católicos posconciliares conservadores arguyen que el traslado de los sagrarios fue un «exceso». Ellos están equivocados. Se ordenó directamente por Roma con la indicación de que se trasladaran al lado de las capillas. Ver P. Anthony Cekada, «A Response», The Roman Catholic, enero de 1987).
Los seis cirios usados en la Misa Mayor, y que recuerdan al Menorah judío del Antiguo Testamento (el Candelabro de Siete brazos), con Cristo, la Luz del Mundo que es ahora el central y séptimo «cirio», se han perdido. Mientras dice la Misa el sacerdote ya no mira al crucifijo que, según La Enciclopedia católica (ed. De 1908), es «el ornamento principal del altar puesto [allí] para recordar al celebrante y al pueblo que la Víctima ofrecida en el altar es la misma que la que se ofreció en la Cruz», y «que debe colocarse en el altar cada vez que la Misa se celebre» (Citado por Benedicto XIV, Constitución Accepimus, 1746).

En cambio, el «presidente» ahora mira sobre el altar sólo a ¡un micrófono! (Algunos sacerdotes conservadores mantienen un crucifijo tumbado sobre la mesa, pero cosas así no se ordenaron). El altar ya no está cubierto con tres manteles de lino o cáñamo, para absorber cualquier posible derrame de la Preciosa Sangre de Nuestro Señor — manteles simbólicos del sudario (Los tres manteles también son simbólicos de la triple división del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia Militante, la Iglesia Doliente y la Iglesia Triunfante), en que el Cuerpo de Nuestro Señor fue envuelto.

Ni es ahora un requisito usar lino —se usará cualquier material. Se han perdido las barandillas del presbiterio, para que el santuario (el sagrado cercado donde Santo el Sacrificio de la Misa se ofrece) se una a la nave (donde se sitúa tradicionalmente el pueblo mientras asiste a la Misa) —la distinción entre el santuario y el «mundo» (siempre cuidadosamente hecha en todas las iglesias católicas tradicionales) se destruye de la misma manera que la anteriormente bien definida distinción entre el sacerdote y el seglar. (La comunión se recibe en la mano y de pie — si no se distribuye en una cesta.) El «presidente» besa la «mesa» sólo dos veces, comparado con las 8 veces en la Misa Tradicional y de ningún modo antes de cada bendición y Dominus vobiscum (El Señor esté con vosotros), como antes. Nosotros no podemos ayudar pero podemos recordar que el Reformador protestante Cranmer del siglo XVI dijo: «El uso de un altar es sacrificar sobre él; el uso de una mesa es servirles a los hombres para comer sobre ella» (Citado de The Works of Thomas Cranmer (Londres: Parker Society), v. 2, pág. 524. Aquí la presunción es que las diversas acciones del sacerdote en la Misa Tradicional son arbitrarias y sin significado metafísico. Que ese no es el caso se muestra claramente por P. James Meagher, D.D., How Christ Said the First Mass (Rockford, IL,: TAN, 1984). El Novus Ordo Missae, sin embargo, es claramente el producto de decisiones arbitrarias y completamente humanas. Según M. Davies, esta cita, aunque atribuida a Cranmer, fue hecha por Nicolás Ridley, Obispo de Londres en 1550. (The Liturgical Revolution, Angelus Press, Texas, 1983, página 33).

En cuanto al sacerdote-presidente, ya no dice el Lavabo innocentes («Lavaré mis manos entre los inocentes y estaré alrededor de Tu altar, Señor!) en el momento del Ofertorio. En cambio, él ahora recita un único verso del Salmo 50 en el que no se menciona ningún altar y en el que simplemente pide a Dios que perdone sus pecados. Y la «comida» imaginaria se lleva más allá. De los vasos sagrados no se ocupan ya sólo aquéllos que tienen Órdenes Sagradas, o al menos sólo los sacristanes especialmente designados; sino que ahora son manipulados por seglares, a menudo escogidos al azar entre la congregación. Ni los vasos están ya necesariamente hechos de metales preciosos (oro y plata) y cubiertos con un velo, simbólico de su carácter misterioso y sagrado. Al final del presente servicio de «comida-tipo», la «copa» no necesita ser purificada enseguida: su purificación puede posponerse para más tarde. En algunos lugares (de acuerdo con rúbricas «opcionales»), se entrega, impura, a un seglar que la aparta a una mesa auxiliar. Los signos de la Cruz se reducen a sólo 3, comparados con los 33 en la Misa Tradicional (y 48 bendiciones con la Señal de la Cruz, a fin de cuentas), pero a estas alturas, uno apenas debe sorprenderse.

El Sacerdote Mirando al Pueblo

Todas estas cosas se hacen con el sacerdote mirando a la congregación. Su colocación ya no simboliza el hecho de que él es un intermediario entre Dios y el hombre, como en la Misa Tradicional donde mira al Sagrario, sino que ahora es el «presidente» de una asamblea, que preside la mesa alrededor de la cual los creyentes se reúnen y se «refrescan» ellos mismos en la «cena conmemorativa». (Todas estas frases son de la Instrucción General.) Con grandes gastos, se han destruido los altares en muchas de nuestras iglesias y se han reemplazado por mesas, puestas —al menos simbólicamente, desde que a menudo no hay ninguna distinción entre santuario y nave— en el centro de la comunidad.

¿Por qué este último extraordinario y simbólicamente importante cambio? El cardenal Lercaro, el presidente del Concilium (que creó el Nuevo Rito), nos informó que esto «constituye una celebración de la Eucaristía que es auténtica y más comunitaria» (DOL., No. 428) (El cardenal Lercaro, anteriormente Obispo de Bolonia y apodado el «Obispo Rojo» (The New Montinian Church, P. Joaquín Arriaga, Lucidi, California, 1985), era presidente del Concilium que creó el Novus Ordo Missae. El Arzobispo Bugnini era secretario. En vista de las afiliaciones comunistas anteriores y la posterior conexión francmasónica, no es sorprendente que la Nueva Misa resultante sea lo que es. Debe recordarse que, dado que el Concilium creó la Misa, Pablo VI y los papas posconciliares son jurídicamente responsables por su promulgación).

Pablo VI aprobó la nueva disposición, porque el altar estaba ahora «puesto para el diálogo con la asamblea», y porque era una de las cosas que hicieron de la Misa del domingo, «no tanto una obligación, sino un deleite; no sólo cumplido como un deber, sino reclamado como un derecho», (DOL., No. 430).

La importancia simbólica del cambio de posición del «presidente» también es muy grande. ¿Cómo puede un sacerdote realizar un Sacrificio a Dios tanto como un alter Christus («otro Cristo») y como un intermediario entre el hombre y Dios, por un lado, cuando por otro lado está mirando a la congregación «ontológica»? Muchas religiones aparte del catolicismo tienen ritos sacrificiales, pero en ninguna de ellas se ha visto esta inversión. Y dentro de la tradición católica no hay más precedente para el sacerdote mirando a la congregación que para el laicado que se reúna alrededor de una mesa para compartir un «seder» judío o comida-tipo de Pascua (Es de interés señalar que la práctica del sacerdote mirando a la congregación se ejerció entre sacerdotes que trabajaban con los Boy Scouts y otros movimientos de juventud en Italia ya en 1933. Un capellán del Movimiento de Juventud católico en ese momento era el P. Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI. (Ver P. Francesco Ricossa, «La Revolución Litúrgica», The Roman Catholic, febrero, 1987).

¿Puede alguien imaginar al Sumo Sacerdote de los antiguos judíos actuar de esta manera ante el Sancta Sanctórum? ¿Puede imaginarse a un niño pidiendo el perdón de su padre mientras mira a sus camaradas de la escuela? Sea como fuere, esta inversión de la posición del sacerdote deja clara una vez más la naturaleza no sacrificatoria y la intención del Novus Ordo Missae.

Es totalmente falso afirmar que la práctica del sacerdote mirando al pueblo es un retorno a la práctica primitiva. En la Última Cena, los Apóstoles no se sentaron alrededor de la mesa de cualquier manera, sino, más bien, como en cualquier fiesta judía solemne, ellos se sentaron de cara al Templo de Jerusalén. Como Mons. Klaus Gamber, Director del Instituto Litúrgico en Regensburg declaró, «nunca hubo una celebración versus populum [«de cara al pueblo»] ni en la iglesia Oriental ni en la Occidental. En cambio, había una orientación hacia el este». No es sorprendente que fuera Martín Lutero quien primero sugirió esta inversión. Es verdad que había ciertas iglesias en que el sacerdote daba «la cara al pueblo», pero esto era porque las restricciones arquitectónicas impusieron algunas veces esta necesidad para tener el altar situado encima de una tumba sagrada en particular —como en San Pedro y Santa Cecilia en Roma.

El Padre Louis Bouver en su Liturgia y Arquitectura ha mostrado concluyentemente que no hay absolutamente ninguna evidencia de que en la antigüedad el sacerdote, por cualquier razón, encarase nunca al pueblo mientras decía la Misa. Aquéllos que hablaron de volver a la Cristiandad primitiva —los «Reformadores» protestantes o teólogos posconciliares— habrían hecho bien en recordar la queja que Nuestro Señor hizo por boca del Profeta Jeremías: «Ellos han vuelto sus espaldas a mí, y no sus caras”. (Jer. 2:27-sig.)
La verdad del asunto es que el sacerdote, siempre que sea posible, se encara al Este. Y esto es, como Santo Tomás de Aquino nos dice, porque: 1) La manera en que los cielos se mueven del Este al Oeste simboliza la majestad de Dios; 2) Simboliza nuestro deseo de volver al Paraíso; y 3) Se espera que Cristo, la Luz del Mundo, vuelva desde el Este. (Summa, II-II, Q. 84, 3 ad. 3).

¿Es Aceptable Una Consagración Dudosa?

Es duro ver cómo los llamados conservadores pueden argumentar que los cambios en la Misa, y sobre todo, los cambios en la fórmula de la consagración, no han vuelto la Misa inválida. Ciertamente, ante la evidencia dada, deben estar de acuerdo, al menos, en que la cuestión está abierta al debate. Pero si está abierta al debate, hay duda —y sobre todo, hay duda con respecto a la forma (las palabras) de la Consagración.

Bajo tales circunstancias, los católicos están obligados a abstenerse de cualquier participación en tales ritos. Escuchemos lo que dos manuales teológicos normales de antes del Concilio Vaticano Segundo tenían que decir sobre el empleo de una forma dudosa de un Sacramento:
En la dispensación de los sacramentos, como también en la consagración en la Misa, nunca se permitía adoptar un criterio de acción probable acerca de la validez y abandonar el criterio más seguro. Lo contrario fue condenado explícitamente por el Papa Inocencio XI [1670-1676]. Hacer tal cosa sería un pecado penoso contra la religión, es decir un acto de irreverencia hacia lo que Cristo Nuestro Señor ha instituido. Sería un pecado penoso contra la caridad, puesto que el destinatario probablemente sería privado de las gracias y efectos del sacramento. Sería un pecado penoso contra la justicia, puesto que el destinatario tiene derecho a los sacramentos válidos (P. Henry Davis, S.J., Moral and Pastoral Theology (Londres: Sheed and Ward, 1936), v. 2, pág. 27).

La materia y la forma deben ser ciertamente válidas. Por lo tanto uno no puede seguir un criterio probable y usar una materia o una forma dudosa. Actuando de otro modo, uno comete un sacrilegio (P. Heribert Jone, Moral Theology (Westminster, MD: Newman, 1952), pág. 323).

No maravilla entonces que teólogos preconciliares como J. M. Hervé instruyan al sacerdote a no omitir nada, no agregar nada, no cambiar nada de la forma; Tener cuidado con transmutar, corromper o interrumpir las palabras (Canónigo J. M. Hervé, Manuale Theologiae Dogmaticae (París: Berche et Pagis, 1934).
Por consiguiente, es indefendible distribuir o recibir un Sacramento cuya validez es sólo «probable». La validez debe ser cierta.

El Sacramento de la Unidad

Desde el Concilio Vaticano II, nos han dicho repetidamente que la Eucaristía es el «sacramento de la unidad». Uno debe ser cuidadoso de cómo entiende esta frase perfectamente legítima. La Iglesia tradicionalmente enseña que sólo los católicos en estado de gracia pueden recibir merecidamente las Sagradas Especies. La unidad es, por definición, una característica de la Verdadera Iglesia, y aquéllos que tienen el privilegio de recibir la Comunión de ella participan de esa unidad.

Como se ha señalado en otra parte, el concepto posconciliar de «unidad» es enormemente diferente. La actitud predominante entre la jerarquía presente en Roma imagina a la Iglesia como habiendo perdido su «unidad» con aquéllos que están fuera de ella, debido principalmente a sus propias faltas. Por consiguiente, ella busca restablecer esta unidad por un ecumenismo falso —el Código de Derecho Canónico de 1983, por ejemplo, permite a los separados de la Iglesia unirse a ella participando en la Eucaristía, bajo ciertas circunstancias, y esto sin exigir de forma alguna que ellos acepten la plenitud de la Fe católica, o que estén en estado de gracia.

Todo lo que necesitan hacer en realidad es muestra de «alguna señal de creencia en estos sacramentos consonante con la fe de la Iglesia». (Ver también DOL., Nos. 1022 y 1029). «Alguna señal de creencia» es, por decir algo, una frase vaga. Y además, es ambigua tanto si la «consonancia» de su creencia es estar con la enseñanza tradicional de la Iglesia, como sólo con la nueva, la pervertida teología posconciliar. Ciertamente, si nuestros «hermanos separados» tuvieran plena creencia, ellos se volverían católicos. Pero muchos protestantes que están en un estado de pecado mortal pueden decir que tienen «alguna señal de creencia» en la Eucaristía.
Sea como fuere, a los no católicos ahora se les permite a menudo participar en el rito posconciliar, y esto se contiene tanto en la práctica como en el nuevo Código de Derecho Canónico (Ver los Cánones 844-4, 843-1 y 912, Code of Canon Law, Text and Commentary (Nueva York: Paulist, 1985). Los comentarios dejan esto aun más claro que los Cánones. También, los papas posconciliares han sido personalmente conocidos por autorizar la intercomunión sin conversión o Confesión). Y por qué esto no había de ser así, cuando uno considera el texto siguiente tomado de los documentos del Vaticano II:

Las Comunidades eclesiales separadas de nosotros no tienen la unidad plena con nosotros que deriva del bautismo… No obstante, cuando en la Cena del Señor ellos conmemoran Su muerte y resurrección, atestiguan el signo de la vida en la comunión con Cristo y esperan Su Segunda Venida gloriosa. (Decreto sobre el Ecumenismo).

La Instrucción General

Hasta ahora hemos mostrado que todo en la Nueva Misa apunta en una dirección. Fue creada para acomodar a los protestantes y fomentar esa unidad que es la «misión interior» de la «la Nueva Iglesia» (El Decreto sobre el Ecumenismo del Vaticano II se titula Unitatis Reintegratio —literalmente, «La Restauración de la Unidad». Nos dice que «es el propósito del Concilio nutrir cualquier cosa que pueda contribuir a la unidad de todos los que creen en Cristo». Esto es por lo que, parecería, la Nueva Misa niega la naturaleza sacrificatoria de la Misa implícitamente.
Pero hay más. La Instrucción General en el Novus Ordo declara que no es el sacerdote-presidente quien celebra el rito, sino el «pueblo de Dios», o la «comunidad». Examinaremos ahora esta Instrucción General y, sobre todo, la definición que contiene de la Misa. La Instrucción General sirve como una suerte de prólogo al Nuevo Rito y se promulgó junto con la Constitución Missale Romanum de Pablo VI. Se encontrará en los nuevos misales ocupando el mismo sitio que la Bula Quo Primum (1570) y la Instrucción De Defectibus (1572) ocuparon en el misal romano tradicional. Según la Sagrada Congregación para el Culto Divino, «La Instrucción es un resumen y aplicación exactos de los principios doctrinales y normas prácticas sobre la Eucaristía que están contenidos en la Constitución Conciliar» y «busca proveer las directrices para la catequesis de los fieles y ofrecer el criterio principal para la celebración eucarística». El cardenal Villot es aún más específico:

La Instrucción General no es una mera colección de rúbricas, sino una síntesis de principios teológicos, ascéticos [y] pastorales que son indispensables para un conocimiento doctrinal de la Misa, para su celebración, su catequesis y sus dimensiones pastorales. (DOL., No. 1780).

Si nosotros hemos de entender el Nuevo Rito, debemos tener el recurso de esta Instrucción General —incluso si como Michael Davies dice, es «uno de los documentos más deplorables nunca aprobados por ningún Sumo Pontífice”. Es más, debe quedar claro que, sin tener en cuenta quién la escribió realmente, fue Pablo VI por su facultad oficial quién la promulgó.

Definiendo la Nueva Misa

Volvámonos en primer lugar a lo que fue el pasaje más polémico de la Instrucción General cuando apareció originalmente en 1969:

  1. La Cena del Señor o Misa es la sagrada asamblea o congregación del pueblo de Dios reunido, con un sacerdote que preside, para celebrar el memorial del Señor. Por esta razón la promesa de Cristo se aplica supremamente a la congregación local de la Iglesia: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos». (Mat. 1:20). (DOL., No. 1397).
  2. La Misa está compuesta por la liturgia de la palabra y la liturgia de la Eucaristía, dos partes tan estrechamente conectadas que no forman sino un solo acto de culto, porque en la Misa la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo se pone para el pueblo de Dios, para recibir de él instrucción y alimento. Hay también ciertos ritos para iniciar y concluir la celebración. (DOL., No. 1398).

En la Misa Tradicional es claramente sólo el sacerdote quién celebra; la Presencia Real se efectúa independiente e indiferentemente de si una «asamblea» está presente o no. En la definición anterior, sin embargo, cuando uno considera en realidad lo que se ha dicho exactamente en este documento, la frase «con un sacerdote que preside» no es de ningún modo esencial a lo que ocurre. Uno sólo tiene que omitir esta frase para ver que la acción del rito se realiza por la «asamblea o congregación del pueblo de Dios reunido». Comprobémoslo: «La Cena del Señor o la Misa es la sagrada asamblea o congregación del pueblo de Dios reunido… para celebrar el memorial del Señor». (DOL., No. 1397, con las palabras «con un sacerdote que preside» omitidas donde la elipsis aparece.)

Otras frases de la Instrucción General refuerzan tal interpretación. Así, el párrafo 60 declara que el sacerdote «une al pueblo a él mismo en la ofrenda del sacrificio», y el párrafo 62 declara que «el pueblo de Dios ofrece la víctima, no por medio de las manos del sacerdote, sino también junto con él». Y el asunto se recalca continuamente dentro del propio Rito por el uso insistente de «nosotros» en todas las oraciones. (En la Misa Tradicional, el sacerdote usa «yo» al referirse a «quién» es el que ofrece la Misa.)

El concepto del sacerdote «que preside», a pesar del hecho que se encuentra en Justino Mártir (un Padre de la Iglesia primitiva), es una innovación. El verbo «presidir» viene del latino praesedere que significa literalmente «sentarse en el primer lugar» y significa, como el Diccionario Webster declara, «ocupar el lugar de autoridad, como un presidente, un gerente, un moderador, etc.» Presidir una acción de ninguna manera significa llevar a cabo la acción personalmente —de hecho, en casi cada situación donde una persona «preside», realmente se aísla de la acción realizada. El Presidente de la Asamblea francesa, por ejemplo, ¡ni siquiera vota! Ni lo hace el Presidente del Senado norteamericano, excepto cuando hay necesidad de deshacer un empate (El término «presidente» (praestoos en griego) se encuentra en la Primera

Apología de San Justino Mártir, escrita para el Emperador Antonino Pío, un pagano. El P. Anthony Cekada nota en un libro en preparación que es bastante posible que Justino escogiera el término para distinguir el sacerdocio cristiano del sacerdocio pagano. En el contexto del Novus Ordo Missae, es imposible divorciar el significado de «presidente» de sus connotaciones políticas. Esta ambigüedad es más satisfactoria a aquéllos que, de acuerdo con la teología protestante, consideran al «ministro», no como llamado (por medio de una llamada divina, la «vocación») por Dios, sino como una persona escogida por la congregación).

Según esta nueva definición, la Misa aún se hace equivalente a la Cena del Señor. Mientras que la frase puede encontrarse en la Escritura (I Cor. XI, 20), no está en ninguna parte de la tradición teológica católica. De hecho, la frase «la Cena de Señor » se usó específicamente por los Reformadores protestantes del siglo XVI para distinguir sus servicios de la Misa católica. Sugerir hoy que los dos son equivalentes es una abominación para los católicos que conozcan su religión.

Mucho peor es la declaración de que la promesa de Cristo se aplica supremamente a la congregación local “Donde dos o tres se reúnen en Mi nombre, yo estoy en medio de ellos”». Aclaremos el significado. ¡Si se acepta esto, Cristo no está más presente en la Nueva Misa de Pablo VI que lo está cuando un padre reúne a sus hijos para las oraciones vespertinas! Uno se acuerda de la declaración del Reformador protestante Cranmer cuando este problema se planteó con respecto al rito anglicano: «Cristo está presente dondequiera que la iglesia le hace oración, y se reúne en Su nombre».

Muchos se horrorizaron por esta definición. Como declara el Estudio Crítico del Nuevo Orden de la Misa enviado a Pablo VI por los Cardenales Ottaviani y Bacci, de ninguna manera implica ni la Presencia Real, ni la realidad del sacrificio, ni la función sacramental del sacerdote consagrando o el valor intrínseco del Sacrificio Eucarístico independiente de la presencia del pueblo. En una palabra, no implica ninguno de los valores dogmáticos esenciales de la Misa.

Visto en “Fundación San Vicente Ferrer”