Nació en Ferrara el 21 de septiembre de 1452. Fue el tercero de los siete hijos del comerciante Niccoló di Michele dalla Savonarola y de Elena Bonacolsi, descendiente de la noble familia de los Bonacolsi, que fueron señores feudales de Mantúa. Según costumbre de las familias acomodadas, éstos entregaron a varios de sus hijos a la iglesia para que se educaran y fueran sacerdotes. El abuelo, Michele (1385 – 1468), era doctor y autor famoso en medicina, médico del marqués Nicolás III de Este y de los gobernantes ferrarenses. Michele Savonarola, su abuelo, era un hombre profundamente religioso, estudioso de la Biblia, de costumbres sencillas y terminantes. En su vejez escribió folletos como el De láudibus Johánni Baptístæ, los cuales, junto con su educación y su estilo de vida, fueron muy importantes en la formación de Girolamo (Jerónimo). Se encargó de su primera educación enseñándole gramática, música y, más tarde, dibujo. De los hermanos mayores, Ognibene y Bartolomeo, no se tienen noticias, mientras que de los otros hermanos, Maurelio, Alberto, Beatrice y Chiara, se sabe solamente que Alberto era médico y Maurelio era fraile dominico, igual que Girolamo.
Después de la muerte del abuelo, Niccoló deseaba que su hijo estudie medicina. En un principio, Girolamo se mostró apasionado por los Diálogos de Platón, pero pronto se orientó hacia las enseñanzas del aristotelismo y Santo Tomás de Aquino.
Después de haber alcanzado el título de maestro en artes liberales, empezó los estudios de medicina que, sin embargo, abandonó a los dieciocho años para dedicarse a la teología. Escribió, en 1472, el poema De ruina Mundi, el cual permite vislumbrar el tema central de su prédica:

La terra è sì oppressa da ogne vizio,
Che mai da sé non levarà la soma:
A terra se ne va il suo capo, Roma,
Per mai più non tornar al grande offizio…
(La tierra está tan oprimida por el vicio
Que nunca de sí misma librará la carga:
Por tierra cae con su jefe, Roma,
Para nunca más tornar al gran oficio…)

y en 1475, De ruina Ecclésiæ, donde compara la Roma papal de su tiempo con “la falaz y soberbia meretriz, Babilonia“, que ha olvidado y desdeñado el fervor antiguo de los Apóstoles, Mártires y Confesores.

Con este espíritu entró en la iglesia de San Agustín en Faenza, donde al escuchar al predicador un comentario sobre el pasaje “Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre“, decidió ingresar en la orden dominica, ingresando en el convento de San Domenico de Bolonia el 24 de Abril de 1475, recibiendo dos días después el hábito de manos de fray Jorge de Vercelli, prior del convento. Le escribió a su familia que escogió la vida religiosa porque

«he visto la infinita miseria de los hombres, los estupros, los adulterios, los robos, la soberbia, la idolatría, el lenguaje soez, toda la violencia de una sociedad que ha perdido toda capacidad de bien… Para poder vivir libre, he renunciado a tener una mujer y, para poder vivir en paz, me estoy refugiado en este puerto de la religión»

Allí se enfrasca en el estudio teológico, dirigido especialmente por fray Pedro de Bérgamo (autor de la Tabula aurea), Domingo de Perpignano y Nicolás de Pisa, y en 1479 se traslada al convento de Santa Maria degli Angeli en Ferrara, y tres años después a Reggio Emilia, de donde fue enviado al convento de San Marcos en Florencia como lector. Escribió discursos en los que acusó a los hombres de iglesia de todos los pecados habidos y por haber. Los papas humanistas, que ayudaban y mantenían a los artistas, eran su blanco preferido. Sus fieles siguieron con devoción sus llamadas a la vida sencilla. Las misas de Girolamo Savonarola llegaron a juntar 15.000 personas. Decía que todos los males de este mundo se debían a la falta de fe; porque, cualquiera que tuviese fe, se daría cuenta de inmediato que es muy necesario obrar bien, porque las penas del infierno son infinitas. Según Savonarola, los poderosos de este mundo se sentían orgullosos de haber puesto fin a la vida sencilla de los siglos anteriores. Según él, los sacerdotes de esos tiempos eran los peores, por que hacían todo al revés de como deberían hacerlo; a ellos sólo les interesaban los bienes de este mundo, ya no cuidaban las almas ni les inquietban los corazones de su pueblo, si no que sólo se preocupaban de obtener beneficios.

Finalmente, en 1482, la orden dominica lo envió al convento de San Marcos en Florencia. En sus discursos hablaba sobre la pobreza y sobre la sobriedad y el carácter fuerte que los verdaderos creyentes deben tener. Su forma de hablar violenta (su acento romañol era “bárbaro” a los oídos florentinos, por lo que sólo lo escuchaban “algunos hombres simples y una que otra mujercilla”) y sus críticas excesivas a los poderosos acabaron por desesperar al pueblo, por lo que debió dejar Florencia en 1487.

Mientras tanto, en 1484 fue electo el cardenal Giovanni Battista Cybo como sucesor de Sixto IV, asumiendo el nombre de Inocencio VIII. Savonarola meditaba en la soledad de la iglesia de San Jorge y recibió luces que le presentaron que existían “muchas razones por las cuales se acercaba algún flagelo para la Iglesia”. Sobre esas razones (las atrocidades de los hombres -homicidios, lujuria, sodomía, idolatría, creencias astrológicas, simonía-, la maldad de los pastores de la Iglesia, la presencia de profecías -señal de próximas desgracias-, el desprecio a los santos, la falta de fe), que atraerían “al flagelo: Anticristo, peste o hambre”, predicó en San Gimigniano durante dos años, pasados los cuales le enviaron al convento de Santo Domingo en Bolonia como maestro de estudios. En su vida conventual se distinguió por sus rigurosos ayunos y penitencias (sobre todo el cilicio).

Con todo, Savonarola nunca se consideró profeta. Estando en San Gimigniano, dijo

“Si tú me preguntas como a Amós, que si yo soy profeta, con él te respondo que Non sum prophéta“.

En Ferrara estuvo dos años en el monasterio de Santa Maria degli Angeli (hoy demolido), sin renunciar a la predicación itinerante sobre la proximidad de los castigos de Dios contra diferentes ciudades, como declaró años después: “Algunas veces prediqué en Brescia y en muchos otros lugares de la Lombardía (Módena, Piascenza y Mantua) sobre estas cosas”. En Brescia, el 30 de noviembre de 1489, predijo que “Los padres verán asesinar a sus propios hijos y con mucha ignominia atormentados por las calles” (en efecto, la ciudad fue saqueada en 1512 por los franceses durante la Guerra de la Liga de Cambrai).

El convento de Ferrara lo envió a predicar la cuaresma en Génova; yéndose, como solía, a pie. El 25 de enero de 1490, le escribió una carta a su madre, la cual se lamentaba de su tanto trasegar, respondiendo que

“si yo estuviese continuamente en Ferrara, creed que no tendría tanto fruto como lo tengo afuera, porque ningún religioso, o poquísimos, da algún fruto de santa vida en la patria propia, y en cambio la santa Escritura siempre grita que se vaya fuera de la patria, y  también porque nadie recibe fe de su patria, como sí a uno forastero, en las predicaciones y consejos; y por eso dice nuestro Salvador que no hay profeta acepto en su patria […]”.

Ya el 29 de Abril de 1489, Lorenzo “El Magnífico”, señor de la ciudad de Florencia, posiblemente por sugerencia de Juan Pico della Mirandola, escribió “al General de los Frailes Predicadores, que envíe aquí a fray Jerónimo de Ferrara”; y, en junio de 1490 entró por la Puerta de San Galo, saludado por un desconocido que lo acompañó desde Bolonia, con las siguientes palabras: “¡Ay de ti si haces aquello por lo cual fuiste enviado por Dios a Florencia!“.

En el convento de Santa Maria degli Angeli se dedicó con especial énfasis a la predicación después de haber estudiado técnicas para hacer discursos públicos (en 1484 fue nombrado predicador de la Cuaresma en la Basílica de San Lorenzo, sin éxito alguno, debido a que entonces, como él decía, “no tenía ni voz, ni pecho, ni manera de predicar, casi que mis prédicas eran un fastidio para todos los hombres“).
En 1491, a la edad de 34 años, se le entregó la titularidad de la iglesia de San Marcos en Florencia. Desde allí atacó al Papa Inocencio VIII como “el más vergonzozo de toda la historia, con el mayor número de pecados, reencarnación del mismísimo diablo”. Y el gobernante de Florencia, Lorenzo de Médici
Sus ardientes predicaciones, llenas de avisos proféticos, no eran extrañas en la época, pero sus profecías parecían cumplirse con los desastres que estaba viviendo la ciudad de Florencia en esos años, como por ejemplo la derrota contra los franceses, o el excesivo lujo de los ricos, que vivían rodeados de obras de arte, frente a miles de personas que vivían en la pobreza. En estas condiciones, la población se acercaba a Savonarola porque denunciaba todo esto. Otro desastre fue la epidemia de la sífilis (llamada entonces “mal francés”). Muchos llegaron a creer que Savonarola era el profeta de los “últimos tiempos”.
La iglesia de San Marcos donde predicaba Savonarola fue conocida por su fanatismo. Savonarola no era un teólogo en el sentido de proclamar doctrinas. En su lugar, predicaba su idea de la vida cristiana, afirmando que un alma intachable era preferible a cualquier acto lujoso o ceremonia excesiva. Con sus críticas no intentaba hacer la guerra contra la Iglesia de Roma sino que desea corregir los pecados de algunos de sus prelados. Lorenzo de Médici, que gobernaba Florencia y mantenía con su dinero y sus negocios a Miguel Ángel, también conocía a Savonarola, pero este último le hizo blanco de sus críticas. Ante las amenazas de destierro (Lorenzo había expulsado de la ciudad al beato Bernardino de Feltre en 1476 por su prédica contra la usura), Savonarola dijo: “yo soy un forastero y él un citadino y el primero de la ciudad; yo he de estar y él no tendrá a donde ir: yo viviré y no él“.

Se dice que Lorenzo llamó a Savonarola en su lecho de muerte en 1492 y Savonarola lo maldijo, haciendo que Lorenzo terminase sus días, hasta el último suspiro, temiéndole al infierno. Finalmente, Lorenzo y su hijo Piero de Médici se convirtieron en uno de los blancos de las predicaciones de Savonarola.

El rey francés Carlos VIII quiso hacer valer su derecho a gobernar Nápoles, por lo que decidió entrar en Italia con su ejército y pasar por Florencia. Savonarola entonces lo consideró un enviado de los cielos para poner orden en el clero, que él consideraba impuro. El 8 de noviembre de 1494, en la Florencia invadida por el rey francés, estalló una sonada rebelión. La familia gobernante de los Médici fueron acusados y expulsados. Savonarola, tras la expulsión de los Médici, surge como líder de la ciudad. Girolamo comienza entonces a gobernar la República Democrática de Florencia, de carácter fuertemente religioso. Como ahora estaba en el poder, se pone a perseguir ferozmente a los homosexuales, las bebidas alcohólicas, el juego, la ropa indecente, los cosméticos. Savonarola ordenó a la policía que buscara por la ciudad cualquier cosa que permitiera la vanidad o el pecado. Tablas de juego, libros donde se trataban temas sexuales, peinetas, espejos, perfumes, ropa indecente… son retirados por la policía y echados al fuego purificador, la llamada “hoguera de las vanidades”, un inmenso fuego que ardía en la plaza principal de la ciudad. También se quemaron cuadros y obras maestras del Renacimiento, libros de Petrarca y Bocaccio, libros de los antiguos escritores de la civilización romana y griega de incalculable valor, por ser considerados inmorales. Todo ello en un intento por obligar a los ciudadanos a que retornen a las costumbres sencillas de los antiguos.
En estas condiciones, se formó un grupo contrario al gobierno de Savonarola, llamados los arrabbiati (los enojados), que son derrotados en las calles por los seguidores de Girolamo. Los franciscanos, encabezados por Francesco de la Curia, fueron los mayores opositores a Savonarola, pues con sus predicaciones en la iglesia dominica de San Marcos, la iglesia franciscana de la Santa Cruz pierde adeptos y se queda vacía.
En esta época, sus ataques contra la familia española del Papa, la familia Borgia, se vuelven todavía más fuertes, enemistándose definitivamente con el Duque Sforza de Milán y el papa Alejandro VI.
Savonarola atacó a los Borgia acusándoles de pecadores. Su feroz ataque se centró en Rodrigo Borgia, que poco después llegó a ser Papa con el nombre de Alejandro VI. Savonarola atacó a los amigos de ese Papa, acusándolos de pecadores, incestuosos y mentirosos. Alejandro VI pidió a Savonarola que cambiara su actitud. El monje no aceptó, e incluso llegó a cuestionar la autoridad del papa, acusándole de ser un hereje usurpador:
“Bajo el Cielo, no puede haber un pecado más grave que el pervertir la adoración verdadera a Dios, y tornarla una deshonra a la Divina Majestad […] Al presente, en la Iglesia de Dios, vemos un estado de cosas en el cual, de alto abajo, movido a cólera por esta intolerable corrupción, ha permitido Dios, hace algún tiempo, que la Iglesia estuviera sin un verdadero pastor. Por eso doy testimonio, en Nombre de Dios, que este Alejandro VI de ninguna manera es Papa y no puede ser reconocido como tal… Por esto yo declaro en primer lugar y afirmo con toda certeza, que ese hombre no es Cristiano; que incluso no tiene ya la creencia de que existe Dios, lo que sobrepasa los límites finales de la infidelidad y la impiedad“.

Savonarola inició la predicación de la Cuaresma -era 17 de Febrero de 1496- con estas palabras:

Ven aquí, Iglesia bellaca, ven aquí y escucha lo que el Señor te dice: Yo te había dado hermosas vestiduras, y tú de ellas hiciste ídolos. Los vasos diste a la soberbia; los sacramentos a la simonía; en la lujuria te hiciste meretriz descarada; tú eres peor que una bestia; tú eres un monstruo abominable. Una vez te avergonzaste de tus pecados, pero ahora no más.

El 24 de Febrero tronó desde el púlpito:

Nosotros no hablamos sino cosas verdaderas, pero son vuestros pecados los que profetizan contra vosotros […] nosotros conducimos a los hombres a la simplicidad y a las mujeres al vivir honesto, vosotros los conducís a la lujuria y la pompa y la soberbia, que ha dañado al mundo y ha corrompido a los hombres en lascivos, a las mujeres en deshonestas, a los jóvenes ha conducido a la sodomía y a la inmundicia, haciéndoles comportarse como meretrices.

Disparaba contra las delicadezas de la Corte Papal y contra aquel Renacimiento que quería recuperar el paganismo vencido por la Cristiandad medieval (de ahí la famosa Hoguera de las Vanidades, donde libros, pinturas y joyas fueron consumidos por las llamas). En agosto Alejandro VI le ofrecerá nombrarle Cardenal a cambio de retractarse de las precedentes críticas a la Iglesia y que se abstuviese en el futuro de hacerlo; fray Girolamo prometió responder el día siguiente, en la prédica que realizó en la Sala del Consejo, en presencia de la Señoría:

No quiero capelos, no quiero mitras grandes o pequeñas, quiero lo que le has dado a tus santos: la muerte. ¡Un capelo rojo, pero de sangre, eso quiero!

Sus truenos contra Roma le valdrán la excomunión, fulminada el 12 de Mayo de 1497: Recientemente se ha demostrado, tanto por una correspondencia entre el fraile y el Papa como por la correspondencia entre el Papa y otras personalidades, que aquella excomunión era falsa: fue emanada por el Cardenal arzobispo de Perugia Juan López en nombre del Papa, por instigación de César Borgia, que contrató un falsario para crear una excomunión ficta y destruir al religioso. Alejandro protestó vivamente contra el Cardenal y amenazó a Florencia con el entredicho (la suspensión de los sacramentos, indulgencias y funerales) a fin de que le fuese entregado fray Jerónimo, a fin de poder salvarlo y hacerlo disculparse, pero con alguien como César, no tuvo tanto poder para revelar el engaño. En todo caso, Savonarola impugnó la excomunión mediante su Carta a todos los cristianos e hijos dilectos de Dios, donde dice:

¿Ya leíste esta excomunión? ¿Quién la ha mandado? Pero suponiendo por ventura que así fuese, ¿no recuerdas que yo te dije que aunque viniese, no valdría nada? […] no os maravilléis de nuestras persecuciones, no olvideis, ¡oh buenos!, que este es el fin de los profetas: este es el fin y la ganancia nuestra en este mundo.

En la navidad de 1497 volvió a predicar contra Alejandro VI:

El papa es hierro roto (no es más un instrumento del Señor) y no se está obligado a obedecerle, anatema a quien ordena contra la caridad. […] Cualquier cosa hecha contra la caridad, elíjase muy pronto su Sucesor, que la Barca de Pedro no pudo atender.

En 1498 el papa ordenó su arresto y ejecución. El 7 de abril de 1498 falleció Carlos VIII, el rey de Francia, quien había sido hasta entonces defensor de Savonarola. El 8 de abril de 1498, una parte del ejército del papa entra en Florencia. La ciudad no opone resistencia, y los ciudadanos se muestran dispuestos a detener al monje. Éste se esconde junto con sus seguidores en el convento de San Marcos. Mueren muchos de los que intentan protegerlo. Savonarola y los suyos acaban siendo derrotados, incluyendo a sus dos amigos Fray Domenico de Pescia y Fray Silvestro. Poco después, Savonarola, acusado de herejía, cisma y denigración a la Santa Sede, fue conducido a la prisión de Florencia. Durante cuarenta y dos días se le tortura a él y a sus amigos. Después de este tiempo Savonarola firma su arrepentimiento con el brazo derecho, brazo que los torturadores habían dejado intacto para que pudiese hacerlo. La confesión fue firmada antes del 8 de mayo de 1498. Después, se arrepientió de haber firmado esa confesión que le entregaron los torturadores, y ruega a Dios para que tenga misericordia con él por su debilidad física en la confesión de los crímenes que en realidad creía no haber cometido. En el día de su ejecución, el 23 de mayo de 1498, todavía trabajaba en otra meditación, llamada Obsédit me que significa “Obsesionado conmigo”.

El día fijado para su ejecución lo llevaron hasta la Plaza della Signoria junto con sus fieles seguidores, Fray Silvestro de Pescia y Fray Domenico. A los tres les despojaron de sus hábitos y les relajaron al brazo secular. Otro que estaba presente, cuenta en su diario que el fraile tardó en quemarse varias horas. Los restos eran sacados y devueltos a la hoguera repetidamente, a fin de que los savonarolistas no los trataran como reliquias. Sólo cenizas quedaron al final, que por último serían arrojadas al río Arno, al lado del Ponte Vecchio. Nicolás Maquiavelo, autor de El Príncipe, también atestiguó y escribió sobre la ejecución. El gobierno de Florencia fue posteriormente recuperado por la familia Médici.
Savonarola era intenso, ferviente y carismático en el aspecto personal. A menudo se le compara a Lutero en su denuncia de la corrupción de la Iglesia de su tiempo, pero él no establecía las bases doctrinales que, con Lutero, llevarían al quiebre. De hecho, en sus predicaciones y escritos se manifiesta el respeto y la fe incontrastable en el dogma católico, siendo así era un adelantado de la reforma moral que vendría en la Contrarreforma. Después de la muerte de Savonarola se origina en Florencia el grupo conocido como Piagnoni para conservar su memoria, organizado en una especie de gremio. Ahora, después de su muerte, los seguidores de la orden de San Francisco apoyan las ideas de Savonarola, se organizan junto a los demás seguidores de Girolamo, y en 1527 expulsan de nuevo a los gobernantes de la familia Médici, estableciendo otra vez una república. Esta termina en 1530, en la batalla de Gavinana. Savonarola atrajo la admiración de muchos humanistas religiosos posteriores, quienes valoraron sus profundas convicciones espirituales, pasando por alto sus siniestros excesos como gobernante de Florencia.

Sus obras fueron puestas en el Índice de 1559, siendo rehabilitadas en los siglos posteriores, porque Benedicto XIV declaró que en las obras de Savonarola no había la menor sombra de herejía. En el siglo XX, un movimiento para la canonización de Savonarola se inicia entre los dominicos, al juzgar que su expulsión y ejecución habían sido injustas. Se inauguran monumentos a Savonarola en Ferrara, Bolonia (junto a la Basílica Patriarcal de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores y la Santa Inquisición) y Florencia. De él dirá, siglos después, el padre Enrique Lacordaire: “Jerónimo Savonarola fue en balde ajusticiado y quemado vivo en medio de un pueblo ingrato, pues su virtud y su gloria se elevaron sobre las llamas de su hoguera. El papa Paulo III declaró que miraría como sospechoso de herejía a quien osara acusar de ella a Savonarola”.

(Fuente:  Web Miles Christi)