VIRGEN CARMELITA.

PATRONA DE LAS MISIONES (1873-1897).

Bien conocida es la vida de este ángel de candor, llamado la «florecita del Carmelo». Ella misma la escribió por orden expresa de su superiora. la Madre Inés de Jesús, en 1895 y 1896, y fué publicada con el título de «Historia de un alma», el año 1898. Completada luego por los informes que facilitó la familia y los que se tomaron del proceso de canonización, constituye el principal documento de la vida de la Santa.

Su padre, Luis Martín, nació en Burdeos el año 1823 y a los veinte años solicitó el ingreso en los canónigos regulares de San Agustín del Monte San Bernardo de Suiza. No pudo admitirle el prior por no haber cursado el joven los estudios de latinidad, y así, de regreso a Alençon, prosiguió el aprendizaje de relojero que había empezado. La madre, Celia Guerín, «maestra de punto», de Alençon, también trató en su día de ingresar en la Congregación de Hijas de la Caridad, pero la Superiora del Hospital de Alençon le declaró que su vocación era vivir como buena cristiana en el siglo.

Celebróse el matrimonio el 13 de julio de 1858, en la iglesia de Nuestra Señora de Alençon. Ambos consortes practicaban sus deberes cristianos sin ostentación, pero con entereza y piedad. La señora Martín no tuvo vocación para esposa de Cristo como su hermana mayor, que ingresó en las Salesas; y pues la llamó el Señor a vivir en el siglo, pidiéndole ella desde el comienzo numerosa prole y la gracia de poder consagrar todos sus hijos al divino servicio. Su demanda fue oída, pues en pocos años alegraban el hogar nueve hijos, cuatro de los cuales no tardaron en ir a juntarse con los coros angélicos; los cinco restantes te consagraron a Dios en la vida religiosa. Cada hijo era, al nacer, consagrado a María, y recibía en el bautismo el nombre de la Reina del cielo. Cuando la cuarta hijita, María Elena, aun de corta edad, hubo muerto, los padres pidieron al Señor un misionero. Dos infantitos vinieron sucesivamente a ocupar un puesto en la familia; pero, al igual que la niñita que les siguió, no hicieron más que aparecer y volar al ciclo. El «misionero» tan deseado iba a ser el noveno y último vástago de la familia.

INFANCIA DE TERESA. — MUERTE DE SU MADRE.

Ese noveno vástago fue una niña que nació el 2 de enero de 1873, en Alençon, y que fue bautizada dos días después en la iglesia de Nuestra Señora. Recibió los nombres de María Francisca Teresa y actuó de madrina su hermana mayor María Luisa.

Teresa era de salud muy delicada. Para sacarla adelante, su madre, agotada ya, hubo de confiarla a una nodriza, campesina robusta y muy experimentada. Su padre la llamaba «su reinecita». Era de genio vivo, expansivo, franco y alegre. Tampoco estaba exenta de defectillos, muy al contrario; ya se la podía encerrar todo el día en el cuarto oscuro, que no soltaría un «sí» ni a tres tirones. A veces se portaba como una niña antojadiza y caprichosilla, pero no tardaba en apenarse de veras por su desabrimiento y palabras irrespetuosas, y corría a pedir perdón.

Contaba apenas cuatro años y medio cuando murió su madre. Todo lo que Teresa vio desde el día en que la viaticaron —días de amargo dolor y lágrimas—, la impresionó profundamente. Escuchaba en silencio lo que se decía en torno suyo, aunque sin comprenderlo bien, y se daba cuenta de la inmensa desventura que alcanzaba a la familia. Esta dolorosísima muerte trocó por completo el carácter de Teresita. Se volvió tímida, retraída, y sensible en extremo.

EN BUISSONNETS. — INTERNA CON LAS BENEDICTINAS.

No tardó el señor Martín en darse cuenta de la necesidad de procurar a sus huerfanitas una segunda madre, y pensó en su hermana. Liquidó, pues, su comercio, vendió la casa, y se marchó a vivir a Buissonnets, en el término de Lisieux, al lado de su cuñado el Sr. Guerín. En este lugar, Teresa aprendió de su hermana Paulina la doctrina cristiana, formándola en la piedad, en el cumplimento del deber y el sacrificio. Se confesó por primera vez a la edad de seis años.

En octubre de 1881, el señor Martín inscribió a su hijita como pensionista en el monasterio de Benedictinas de Lisieux. Teresa, que sustituía en el colegio a Leonia, se encontró allí con Celina y su prima María Guerín. Con esta última imitaba la vida penitente y silenciosa de los anacoretas. Los años de internado fueron una prueba muy ruda para esta alma tímida, sensible, plácida.

Un año después, en octubre de 1882, Paulina ingresaba en el Carmelo de Lisieux, con el nombre de Inés de Jesús. Esta separación fue para Teresa motivo de vivo pesar; la vida se le presentó con toda su cruda realidad. Para consolarla, su hermana mayor le había explicado en qué consistía la vida de la carmelita, saber: orar, inmolarse, vivir íntimamente con Jesús. Animada de bellos pensamientos comunicó el vivo anhelo a Paulina de ser carmelita y luego a la Madre priora, quien la consideró demasiado joven todavía.

PRIMERA COMUNIÓN

El ingreso en religión de la segunda hija del señor Martín, fue para su «reinecita» causa de grave enfermedad, enfermedad misteriosa a la cual, por divina licencia, no era ajeno el tentador. Le acometieron grandes dolores de cabeza. Al año siguiente, por Pascua, empeoró y fue presa de violentas crisis, hasta el punto de que se temió por su vida. En tal estado, decía cosas ajenas a su modo de pensar y hacía otra como forzada por superior impulso; quedábase desvanecida horas enteras y parecía estar delirando de continuo; visiones terroríficas le arrancaban espantosos gritos; a veces no conocía a su hermana María, que la cuidaba, ni a los demás parientes. El padre, inconmovible como una roca en su fe, mandó celebrar una novena de misas en Nuestra Señora de las Victorias de París.

En el decurso de la novena y en un momento de crisis en extremo violenta y fatigosa, las tres hermanas de la enfermita cayeron de hinojos ante una imagen de la Reina del Cielo que adornaba la sala; mientras oraban, vio Teresa como la estatua, o. por mejor decir, la Soberana de los Ángeles en persona, le sonreía, se adelantaba radiante hacia ella y la miraba con indecible amor. Ante espectáculo tan maravilloso, prorrumpió en llanto consolador y logró, al fin, distinguir a sus hermanas: la Virgen Santísima acababa de curarla.

Ayudada por su hermana María prosiguió Teresa sus estudios, aplicándose en disponer su alma para recibir la primera Comunión con actos de amor, sacrificio y pensando en la brevedad de la vida.

Bien se adivina el fervor y el cuidado escrupuloso con que haría los ejercicios preparatorios a la primera Comunión.

Llegó, por fin, el 8 de mayo de 1884, en que le cupo la dicha de participar en el divino Banquete. Ella misma nos cuenta lo que fue en ese gran día el primer ósculo que Jesús imprimió en su alma; una verdadera fusión en que Teresa desapareció cual gota de agua en el océano, quedando sólo Jesús como dueño y Rey de su corazón; no le exigió sacrificio alguno, pero Teresa se entregó nuevamente a Él para siempre. Por la tarde de ese día feliz, la llevó su padre al Carmelo para ver a Paulina, que aquella mañana misma se había consagrado, como esposa, a Jesucristo. Teresa la contempló embelesada, envuelta en blanco velo como el suyo y ceñida la cabeza por una corona de rosas. Con ansia verdaderamente inenarrable, esperaba ella poder vivir a su lado.

Un mes después recibió la Confirmación. Muy necesaria le era tal gracia, pues las pruebas de todo género no habían de abandonarla por espacio de varios años en forma, sobre todo, de enojosos escrúpulos. Mucho la afectó también la entrada, en el Carmelo, de María, su hermana mayor (octubre de 1886). En tan dolorosa separación no le faltó la asistencia del Señor, el cual le mostró, al propio tiempo, que sólo a Él hay que aficionarse. Recibida la confirmación, solicitó el ingreso en las Hijas de María. Por Navidad de 1886,  se obró en Teresa un cambio sensible; recobró la fortaleza de alma que perdiera con ocasión de la muerte de su madre y triunfó decididamente de sí misma, con lo cual emprendió a pasos agigantados el camino de la perfección.

INGRESA EN EL CARMELO DE LISIEUX.

Apenas cumplidos los catorce años, Teresa comunicó a Celina el propósito irrevocable de ingresar en el Carmelo en las Navidades de 1887, día del primer aniversario de su «conversión». El día de Pentecostés comunicó tales proyectos a su padre. Éste acogió la noticia con lágrimas de alegría y de dolor a la vez; sin embargo, vencido por las razones de la niña, le dio al fin su consentimiento.

La priora del Carmelo, Madre María Gonzaga, no opuso reparo a la admisión de la postulante, pero el superior eclesiástico de la comunidad no autorizaba el ingreso hasta los veintiún años. Ante semejante contrariedad no se dio por vencida la niña, y acompañada de su padre marchó el 31 de octubre a pedir audiencia al obispo de Bayeux y de Lisieux. Este prelado no dio contestación prometiendo hacerlo más tarde. El Sr. Martín junto con sus hijas Celina y Teresa partió, a principios de noviembre, en peregrinación diocesana por Suiza, Italia y Roma. En la audiencia pontificia del 20 de noviembre, arrodillada la santa niña a los pies del papa León XIII, le dijo: «Santísimo Padre, en honor de vuestro jubileo, permitidme ingresar en el Carmelo a los 15 años». «Hija mía, haz lo que dispongan los Superiores … que, si Dios quiere, ya ingresarás», fue la contestación del Sumo Pontífice.

Ante evasivas como éstas, Teresa se entristecía mucho, pero no perdía la calma y, sumisa y confiada, se remitía a la Divina Providencia. Al regreso de la peregrinación escribió al prelado, el cual, con fecha 28 de diciembre, permitió su ingreso inmediato por carta dirigida a la priora, la cual, sin embargo, juzgó oportuno demorarlo hasta pasada la Cuaresma. Teresa quedó una vez más no poco contrariada. Por fin, el 9 de abril de 1888, fiesta de la Anunciación, el Sr. Martín acompañó a su «reinecita», la nueva sierva del Señor, a la capilla del Carmelo. Toda la familia comulgó, terminada la misa, la postulante fue presurosa a llamar a la puerta del monasterio y abandonó definitivamente el mundo.

EN EL HUERTECITO DEL CARMELO

Teresa hallábase al fin en la morada tan apetecida; la vida religiosa resultó ser tal como ella se la había figurado: con más espinas que rosas. La sequedad de alma fue por mucho tiempo su pan cotidiano, pero la certeza que se le dio de no haber cometido jamás pecado mortal, le tornó de nuevo a la paz. La madre priora, que formaba a la postulante en la humildad y desapego de las cosas terrenas, mostrábase unas veces indiferente, otras severa y pródiga en reproches. Teresa había venido al convento para salvar almas y, en particular, para rogar por los sacerdotes. Comprendió que Jesús no le otorgaría almas, sino por la cruz. Buscaba en la Sagrada Escritura y en el Evangelio cuanto su alma necesitaba, y allí  encontró el caminito llano del propio abandono.

La toma de hábito, a la que asistió su padre, tuvo lugar el 10 de enero de 1889, y la presidio el prelado. Jesús otorgó a su desposada la alfombra de nieve que tanto había deseado para ese día. Para colmo de ventura, impusiéronle el nombre que en lo secreto de su corazón había elegido: «Teresa del Niño Jesús», al cual le fue dado añadir: «y de la Santa Faz».

Quedaba inaugurado el noviciado. No hablemos de las mortificaciones voluntarias de los sentidos, de las maceraciones y disciplinas, ni mencionemos las luchas que sostenía en su corazón incluso evitando hasta el fin de su vida, cuanto le era posible, la compañía prolongada de sus hermanas: lo más terrible para ella fueron las arideces interiores y  tribulaciones frecuentes, para las cuales no hallaba consuelo alguno. Diríase que Jesús dormía. Con todo, Teresa estaba satisfecha, e iba disponiendo su alma con el mayor cuidado para el día de sus místicos esponsales.

Una vez más le aguardaba nuevo contratiempo: la poca edad retrasó sus legítimos y vehementes deseos hasta el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora. En la víspera, le movió el demonio terrible tentación de desaliento, pero lo venció con un acto de humildad, Jesucristo, que no se deja vencer en generosidad, inundó con torrentes de paz el alma de la desposada. En la ceremonia simbólica de la toma del velo, que se celebró el 24 de septiembre siguiente, la ausencia del señor Martín hizo derramar lágrimas de profundo dolor a su hija: había abandonado este valle de lágrimas el 29 de julio de 1891. La larga enfermedad que padeció le sirvió a no dudarlo, de purgatorio, conforme al deseo de Teresa. Así las cosas, Celina pudo ingresar el 14 de septiembre siguiente en el Carmelo de Lisieux, con el nombre de Sor Genoveva de la Santa Faz. Por su parte, Leonia había de tomar también el velo en la Visitación con el nombre de Francisca Teresa.

Entretanto, Teresa del Niño Jesús, tras haber desempeñado varios oficios, fue elegida, con gran sorpresa de su parte, para el cargo delicado de auxiliar de la maestra de novicias; de hecho, toda la responsabilidad recaía sobre ella. Su enseñanza a las novicias puede compendiarse en estas dos cosas: olvido de sí mismas y caridad, temas que resumen todas sus lecciones.

ÚLTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE DE LA SANTA.

En la noche del Jueves al Viernes Santo (2-3 de abril 1896) Teresa arrojó sangre por dos veces. Con ello quería darle a entender el Señor que su entrada en la vida eterna estaba cercana. De allí en adelante, se notó que las fuerzas empezaban a faltarle; y tanto más cuanto que la heroica religiosa se empeñaba en seguir hasta completo agotamiento los ejercicios de comunidad, pues todavía no sospechaba la gravedad de su estado. Para colmo de males, a los sufrimientos del cuerpo se le agregaron males morales causados por repetidos asaltos del demonio, particularmente tentaciones de amor y desconfianza. La enferma lo sufría todo resignada; se encontraba satisfecha de padecer por su Jesús; de inmolarse por las almas, por los sacerdotes y, aun más, si cabe, por los misioneros. También ella solicitó un día partir para el Extremo Oriente, al remoto Carmelo de Hanoi.

Hacia la primavera de 1897, los síntomas del mal fueron cada vez más alarmantes; el 8 de julio abandonó Teresa su aposento y se dirigió a la enfermería. En los postreros meses de su sacrificio, solía hablar del «caminito llano», del «caminito infantil» de toda buena carmelita. Anunció que, después de la muerte que debía unirla con Dios y dar principio a su felicidad eterna, haría caer sobre la tierra una «lluvia de rosas» y que pasaría la bienaventuranza eterna «haciendo bien a este mundo» (17 de julio). El 30 del mismo mes, recibió la Extremaunción. Desde el 17 de agosto, tuvo frecuentes vómitos la privaron de la dicha de la Sagrada Comunión.  Teresa había deseado morir de amor a Jesús crucificado y su deseo fue atendido; el 30 de septiembre, sufrió penosa agonía, exenta de todo consuelo humano y divino: ello era debido al vehemente deseo de salvar almas. En ese mismo día, después del Angelus vespertino, dirigió una prolongada mirada a una imagen de María Santísima, y luego al Crucifijo exclamando: «;Oh cuanto la amo!» «¡Dios mío… os amo!» Fueron sus postreras palabras. Los funerales constituyeron un triunfo. Según su promesa, no tardó en caer sobre su tumba copiosa lluvia de rosas de milagros y favores, que aceleraron extraordinariamente su causa de beatificación. La canonizó Pío XI en 1925, y en 1927 la proclamó copatrona de las Misiones.